mayordomo, le arrastró hacia el sitio del baile y se introdujo allá
resueltamente. Y con gran pasmo del grupo de curiosos, puestos uno
enfrente de otro, comenzaron á bailar con brío y arrogancia al son de la
gaita. Los mozos, levantando los brazos y mirando á las mujeres
atrevidamente á la cara, ejecutaban mil suertes de figuras, brincaban
hacia atrás y hacia adelante haciendo ruido con sus fuertes y
claveteados zapatos. Las mujeres, con los brazos y los ojos bajos,
brincaban mucho menos y recibían la ruidosa y tosca adoración de su
pareja dignamente y ruborizándose. Pero ¡quién se acordaba de ninguna de
ellas teniendo á la vista la figura encantadora y risueña de la condesa
de Trevia! La muchedumbre, que discurría con estrépito por el vasto
prado; el manso río, que atravesaba el valle sin prisa de llegar á su
destino, como un viajero que admira la amenidad del sitio; el césped
florido, donde los pies se hundían con deleite; los árboles, y las
imponentes montañas, que cerraban á corta distancia el horizonte, todo
estaba allí colocado por Dios con el objeto exclusivo de ver á Laura.
Por lo menos no habría hombre de mediano sentido práctico que no diera
todas aquellas hermosuras por uno de los rizos que caían en desorden
sobre su frente, alborotándose más y más con los rápidos movimientos del
baile. Cuando ya tenía las mejillas encendidas como amapolas y los pies
se negaban á separarse de la tierra, quedó inmóvil, y empezó á darse
aire con el pañuelo. En aquel momento alzóse un poco de tumulto cerca de
ellos: se oyeron algunos gritos coléricos y también el chasquido de los
garrotes. La gente acudió allá en tropel. Viéronse bastantes palos
enarbolados y otros tantos combatientes ebrios de furor, y alguno de
ellos soltando sangre por la frente. Salió una voz del tumulto gritando:
«¡Pedro, que matan á tu primo!» El mayordomo partió como un rayo, y
vibrando su nudoso garrote empezó á repartir palos lindamente. Pronto
trazó el miedo un círculo espacioso en torno suyo. Las mujeres se cogían
á la cintura de los campeones, queriendo sujetarlos. La condesa, al
igual de ellas, también trataba de contener á Pedro vertiendo lágrimas
de susto. Cesó al cabo la gresca por la misma razón que había empezado,
esto es, por ninguna. Quedaron algunas mesas de dulces por el suelo y no
pocas cestas de fruta volcadas. Los heridos se fueron á lavar al río,
que estaba cerca.
La danza siguió dando vueltas en torno del gran nogal. Á la condesa
también le vino en apetencia el entrar en ella. Ya los hombres y las
mujeres no estaban separados como en los antiguos tiempos, sino
agradablemente confundidos, aunque agarrándose sólo por el dedo meñique.
Los mozos terciaban sus garrotes haciéndolos descansar sobre el brazo,
lo cual prestaba á la danza el aspecto guerrero que indudablemente tuvo
en su origen. Cuando la condesa y Pedro entraron, la mitad de la danza
decía cantando:
¡Ay, un galán d'esta villa!
¡Ay, un galán d'esta casa!
La otra mitad contestaba:
¡Ay, diga lo qu'él quería!
¡Ay, diga lo qu'él buscaba!
La melodía era suave y monótona. En una mitad cantaban las voces agudas,
y en la otra las graves, prolongando todas mucho la vocal final del
segundo verso:
¡Ay, busco la blanca niña!
¡Ay, busco la niña blanca!
Al instante respondían los otros:
¡Ay, que no l'hay n'esta villa!
¡Ay, que no l'hay n'esta casa!
La condesa se balanceaba cogida al dedo del mayordomo. Á menudo volvía
la cabeza para dirigirle una sonrisa. Todos tenían los ojos puestos en
ella, mostrando gran satisfacción de verse tan honrados.
Si no era una mi prima,
Si no era una mi hermana.
Y cantaban las voces graves en seguida, bien enteradas de todo:
¡Ay, del marido pedida!
¡Ay, del marido velada!
--Pedro--dijo en voz baja la condesa,--¿cómo eres tan quimerista? Yo te
creía más pacífico... ¡Me has dado un susto!... Todavía me late el
corazón con prisa.
--¡Ah, señorita! ¡Si usted supiera el sentimiento que tengo por haber
hecho esa barbaridad!... Me estaría dando de palos hasta romperme la
cabeza, por bruto. Pero ya ve usted, era mi primo... Usted es muy buena,
señorita, y me perdonará, ¿no es cierto?
--Sí, Periquillo, estás perdonado--repuso haciendo una mueca graciosa y
soltando el dedo para apretar la mano del joven.
¡Ay, bien qu'ora la castiga!
¡Ay, bien que la castigaba!
Y mejor enterados los otros, respondían:
¡Ay, con varillas de oliva!
¡Ay, con varillas de malva!
Los mozos y las mozas se dirigían en los intermedios del canto palabras
sueltas y se daban leves empellones á guisa de caricias, no siendo al
parecer estos requiebros de hombros los que menos estimaban las
doncellas de sus galanes. Todos cantaban maquinalmente y sin darse
cuenta del drama sombrío que se iba desenvolviendo en su romance. La
misma Laura, que pudiera ver en él tristes analogías, no fijaba la
atención. Pocas veces se la vió tan risueña y despegada de malos
pensamientos. Con la boca entreabierta, los ojos brillantes y el vaivén
incitante de su cuerpo garrido, parecía otra Laura evocada y traída de
los abismos del tiempo por aquel ritmo primitivo.
¡Ay, que su amigo l'espera
¡Ay, que su amigo l'aguarda!
Al pie de una fuente fría,
Al pie de una fuente clara,
Que por el oro corría,
Que por el oro manaba.
--¿No le parece á usted, señorita, que podemos ir dejando la romería? El
sol está ya muy bajo...
Laura sacudió la cabeza como si despertase de un sueño y soltó sus manos
del corro. Cuando se alejaron de la danza las voces agudas cantaban:
Ya su buen amor venía,
Ya su buen amor llegaba.
Y las graves respondían:
Por donde ora el sol salía,
Por donde ora el sol rayaba.
Despidiéronse de cuantos amigos hallaron. La sombra, en efecto, había
invadido todo el valle y empezaba á escalar lentamente las montañas.
Compraron confites y avellanas tostadas y bebieron unos sorbos de vino
para tomar fuerzas. Algunas aldeanas los acompañaron un buen trozo del
camino, despidiéndolos á la salida del valle. Al entrar en la cañada,
una brisa perezosa y blanda vino á acariciarles el rostro y las manos.
Caminaban charlando y comiendo avellanas. Cuando la condesa tenía
reunidos en la mano algunos cascos, los arrojaba riendo á la cara de su
acompañante. La voz de la gaita se perdía moribunda ya en los repliegues
y concavidades de las peñas. El río se quejaba amargamente del poco
sitio que éstas le dejaban. Cerrábanse los avellanos formando túnel y
oscureciendo mucho el camino. Los honrados castaños alargaban sus palmas
sobre las cabezas de los romeros brindándoles protección. Al pasar cerca
del molino Laura le dirigió una mirada. La gran culebra triste y oscura
no acababa de encontrar guarida y seguía arrastrándose silenciosamente
entre las sombras del crepúsculo. Los pedazos del lagarto que Pedro
había matado se reflejaban aún en su lomo tembloroso y plomizo. Cuando
llegó la pareja al palacio era ya noche cerrada.
IX
Fragmentos de un diario.
Cierto no habrá lector que haga al señorito Octavio la ofensa de
suponerle desprovisto de un _diario_. Los héroes de novela tienen
ciertas obligaciones á las que no pueden sustraerse.
Hé aquí algunos trozos arrancados de su cuaderno.
Son de gran utilidad para el curso de esta historia. Están escritos de
su mismo puño en una magnífica letra inglesa.
Julio 26.
Lo mismo que ayer. ¡Qué tiempo tan fatal! No tengo disculpa para ir allá
con esta lluvia que ahora da en caer por las tardes... ¡Y yo que
atravesaría el Océano en una lancha por tocar un dedo de su hermosa
mano!
Julio 27.
Lo mismo que ayer y que anteayer. Las mañanas están limpias y claras, y
á la tarde es precisamente cuando estalla la borrasca. Me desespero. Hoy
no pude resistir la tentación: tomé el impermeable y me fuí hacia allá.
Después de pasar el puente salté á los prados para atravesar el camino.
Si me hubieran visto caminar con aquel temporal no sé lo que hubieran
pensado. Mi objeto único y exclusivo era verla, aunque fuese de lejos.
Me aposté detrás de un árbol y estuve esperando no sé cuánto tiempo. El
agua me bañaba el rostro y el cuello. Al fin oí su voz clara y perlada.
Salió al corredor con su hijo y ambos se divirtieron un rato en extender
las manos para recibir en ellas los hilos de agua que caían del techo,
secándose después con el pañuelo. ¡Qué aspecto infantil tan encantador
toma á veces! Y no obstante, yo la prefiero altiva y soberbia, cuando
pasea su mirada distraída por los objetos y contesta á un saludo
profundo con leve inclinación de cabeza. Mujeres hay muchas; damas muy
pocas. Cuando me acerco á ella tiemblo de los pies á la cabeza, pero
este temblor me hace gozar extraordinariamente. Son misterios de mi
organismo que á nadie se pueden confiar, porque nadie los entendería.
* * * * *
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Agosto 1.º
Hoy, hablando con ella de la antigüedad de mi familia, me enredé en un
lío de mentiras tan grande, que no sé cómo pude salir de él. Me puse
colorado hasta las orejas, y cuantos más esfuerzos hacía por aparecer
sereno, más me sofocaba. Si lo notó, como es de presumir, ¡qué idea tan
baja habrá formado de mí! Estoy vendido con este rubor estúpido que me
asalta por el más leve motivo. Se me figuró que al despedirme hizo un
gesto de desprecio, ¡Dios mío, que estúpido soy!
Agosto 2.
Cuando creí que iba á encontrarla fría y seria por mi necedad de ayer,
recibí la deliciosa sorpresa de hallarla más amable y jovial que nunca.
Jamás se acaba de entender á esta clase de mujeres; pero estos vaivenes
y misterios son los que más encienden el amor. Al verla hoy dirigirse á
mí tan cariñosa y risueña, me dió un vuelco el corazón; se me cortó la
voz: seguramente me puse pálido. Nunca me ha pasado esto con Carmen. Á
los ocho días de tratarla ya me la sabía de memoria y predecía todas sus
respuestas y ademanes. ¡Pobre Carmen, qué mal le pago el amor que me
tiene! Pero ella, ó el diablo por ella, se empeña en quitarme las
ilusiones. Ayer me decía con gran amabilidad que esperaba que hoy fuese
á su casa á comer _de mediodía_. ¿Tengo yo la culpa de que la pobre niña
sea tan chabacana?... Hoy ha estado cariñosa en extremo conmigo, hasta
el punto de que su marido fijase alguna vez con insistencia su mirada en
nosotros. Esto ha contenido un poco los ímpetus de la lengua, pronta á
dejar escapar mi dulce secreto. Yo pensaba que á los maridos se les
tenía siempre lástima; pero no es así. Ese hombre me causa pavor. Su
mirada me hace temblar. Hemos merendado en el campo, que estaba
delicioso. He gozado pocas veces tanto en mi vida. El humor de ella
excelente, aunque á veces decaía repentinamente y sin motivo. Como yo me
negase á tomar cierto confite del que se hacían grandes elogios,
levantóse de improviso con una cucharilla en la mano; se acercó á mí; me
hizo con un gesto encantador abrir la boca y me introdujo allá la
cuchara cargada de dulce. Dudo que la ambrosía tuviese mejor gusto.
Agosto 3.
(Aquí apunta el héroe la escena que se ha descrito al final del capítulo
séptimo.)
* * * * *
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Agosto 5.
Ayer me llamó el conde aparte con aparato de misterio. Confieso que le
seguí más muerto que vivo. No dudé que había sospechado mi pasión; pero
la amable sonrisa con que inauguró su discurso me tranquilizó
completamente. Me dijo que se acercaban las elecciones para diputados á
Cortes y que contaba con mi apoyo y el de mi padre. No tuve valor para
contestarle que yo no tengo ninguna influencia, y que mi padre, como
hombre afiliado á un partido político, tiene compromisos ineludibles,
contrarios, sin duda, á las ideas que él representa. ¡Cuánto siento que
papá figure en un partido tan avanzado! No sé por qué ha tenido la
desdichada ocurrencia de enamorarse de esa chusma insolente que
escarnece todo lo grande y elevado. La igualdad que esa gente pide es la
igualdad en la grosería y la bajeza. Les molesta el brillo de los
salones, y sienten envidia y piden que todo el mundo habite en desvanes.
Se sienten molestados por la superioridad de los nobles, por su cultura,
por su valor, por su exquisita educación, y pretenden que sean torpes y
cobardes como ellos, sin que sus nombres ilustres, que van unidos á las
inmarcesibles glorias de España, les infundan respeto. Odian también la
religión, porque se opone á sus apetitos y les encarece la humildad.
Quieren, en una palabra, destruir las dos cosas más hermosas que los
hombres han poseído jamás: el culto á la divinidad y esa sublime
magistratura de los siglos, que se llama poder real. Me avergüenzo de
haber querido también su destrucción. Todo el que tenga alma de artista
sentirá siempre repugnancia hacia el triunfo de la fuerza numérica.
* * * * *
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Agosto 9.
Estoy inquieto; no puedo dormir. Me levanto de la cama y escribo estos
cuatro renglones en un estado casi febril. Todo el mundo nota que ando
ojeroso y pálido estos días. Y en efecto, siento una intranquilidad tan
grande en mi alma y en mi cuerpo, como si tuviera una pila de
electricidad en la cabeza y otra en el corazón. ¡Dios mío, por darle un
beso, aunque fuese en su lindo pie desnudo, renunciaría á todas las
dichas de este mundo! Por besar su cuello blanco y perfumado me parece
que daría también las del otro. Hoy hemos dado un paseo relativamente
largo. Seguimos el arroyo que baja de la montaña á unirse en la Segada
con el Lora, caminando siempre entre árboles. Como íbamos formando
grupo, apenas pude hablar con ella. Llevaba un vestido azul oscuro; el
cabello al desgaire; en el brazo derecho un brazalete de esmeraldas y en
el cuello un medallón de las mismas piedras. No necesitaba estampar
estos pormenores, porque los he de recordar mientras me dure la vida. En
cierto paraje estrecho tropezó en una piedra grande, y gracias á D.
Primitivo, que la sostuvo, no cayó. Me he fijado en la piedra, porque
pienso arrojarla al río... Pero no; mejor será llevarla á mi jardín y
conservarla. Llegamos cerca de una capilla llamada de la _Consolación_.
La condesa se empeñó en entrar; yo la seguí. Los demás, incluso el cura
de la Segada, se quedaron fuera con el pretexto de que estaban sudando.
La luz se filtraba con trabajo dentro del exiguo templo por dos
ventanillas estrechas que más parecían grietas. Colgada frente al altar
de la Virgen, chisporroteaba una lámpara de bronce. Aquella Virgen
solitaria, de mejillas y pies rosados, de ojos cándidos y piadosos,
recibiendo como única adoración el triste chisporroteo de la lámpara,
infundía en el alma tierna y amorosa devoción. El silencio era grande.
Las sombras descendían del techo por intervalos y cubrían con tupido
manto alternativamente el altar, el confesonario, la Virgen y el
pavimento. La condesa se hincó de rodillas y me dijo en voz baja y
sonriendo:
--¿Quiere usted rezar unas Ave-marías conmigo?
Me apresuré á hincarme también á su lado. Empezó á rezar delante, muy
bajo, y yo á responderle. No puedo describir la sensación deliciosa que
tal oración me causó, aunque sí presumo que no aprovechó nada á mi alma.
Aquel cuchicheo tan suave que salía de su boca, penetraba en todo mi ser
y lo henchía de voluptuosidad. Hubiese querido prolongar unos instantes
más aquel estado, y morirme después.
Cuando volvíamos para casa traté de explicarle algo de lo que me pasaba,
para que conociese siquiera un parte del amor infinito que me inspira;
pero siempre rehuía la conversación. Una vez, sin embargo, logré que se
fijase.
--Quisiera morirme pronto--le dije repentinamente.
--¿Y por qué?--repuso volviendo el rostro con sorpresa.
--Porque llevo dentro de mí un demonio que me atormenta sin cesar.
--¿Qué demonio es ése?
--Una pasión imposible.
Siguió caminando en silencio unos momentos y se puso grave. Hasta
entonces había estado risueña y habladora.
--No encuentro motivo para que usted desee la muerte, Octavio. Una
pasión, por imposible que sea, arrastra consigo muchos y dulces
placeres. Solamente el amar es ya una felicidad inmensa... á mi entender
mucho mayor que la de ser amado. Si es verdad que usted siente una
pasión, y esa pasión es noble, procure usted encerrarla en el fondo del
alma como una joya preciosa, como una flor delicada. Las flores no
crecen en los parajes infectos ó áridos. Quizá le preserve de cometer
malas acciones; y aunque no fuese más que por esto, debe usted
bendecirla.
No me cabe duda que entendió mi declaración. Su mirada huía de la mía al
decirme estas palabras; su voz temblaba; su paso era precipitado... ¡Oh,
sí, me ama, me ama!... Siento no obstante una turbación... Me encuentro
tan agitado... Todas las noches sueño cosas espantosas...
Agosto 15.
Me causa vergüenza escribir lo que acaba de sucederme; pero ¿no ha de
ser este libro solamente para mí? No quiero dejar de apuntarlo, aunque
me cueste trabajo. Tendré siempre á la vista la historia exacta de mi
vida.
Hemos estado en el monte á cazar. Salimos á las cinco y media de la
mañana y regresamos á las siete de la tarde. El conde se empeña en que
_ella_ cace también: ¡y por qué sitios! Por mucho que la imaginación
trabaje, es imposible que se forje nada tan fragoso y espantable. Hemos
estado en la misma Peña Mayor; pero antes de llegar allá necesitamos
atravesar bosques espesos de hayas, donde se deja en pedazos la ropa y
hasta la piel, senderos labrados en la roca sobre negros abismos, donde
un tropezón cuesta la vida, y puentes rústicos, formados á veces de un
solo tronco de árbol, que por maravilla no se va uno cien veces al
torrente. Las montañas se elevan á menudo perpendicularmente sobre
nuestras cabezas, dejando sólo un estrecho paso que se reparten el
hombre y el arroyo. En otras ocasiones los peñascos se aglomeran en un
punto, los unos sobre los otros, de tal suerte que el hombre y el arroyo
se ven obligados á dar mil vueltas y rodeos para hallar salida. Ella
pasa por los sitios más peligrosos sin ningún miedo. Á veces parece
gozar desafiando á la muerte. Verdad que lleva consigo á Pedro el
mayordomo, que conoce todos aquellos parajes al dedillo y anda por ellos
lo mismo que por una sala. Le he visto hoy coger á la condesa como si
fuese una muñeca y atravesar de dos brincos un puente hecho de troncos
podridos. Después de andar inútilmente bastante tiempo, y ya bien
mediada la tarde, echamos un rebaño de nueve corzos. Ni ella ni yo, por
haber disparado con precipitación, conseguimos tocar á ninguno. El conde
esperó con calma que estuviesen cerca y dejó dos muertos de dos
disparos. La impasibilidad con que este hombre lo ejecuta todo es para
sorprender á cualquiera. Ella le tiene miedo, y esto me obliga á odiarle
con todo mi corazón, por más que reconozca que es un hombre distinguido.
No creo que la maltrate, pues al fin y al cabo «nobleza obliga», pero me
da el corazón que no la quiere. ¡Qué sacrilegio! ¿Dónde tendrá los ojos
el señor conde de Trevia?
Después que presenciamos las últimas convulsiones de los corzos (cuando
contemplé el dolor de aquellos inocentes animalitos, por nada en el
mundo hubiera querido ser su matador), subimos aún más para ver el lago
_Ausente_, que es un capricho grandioso de la Naturaleza. Está rodeado
de altas y descarnadas montañas que forman un anfiteatro en el cual la
superficie tranquila del agua forma el redondel. Nos asomamos por uno de
los peñascos que lo circundan. La soledad de aquel sitio es aterradora y
oprimió mi corazón. Parece el lugar donde los genios de la montaña
vienen á llorar sus tristezas, y aquellas aguas opacas y pesadas como el
plomo, las lágrimas que derraman. El conde, apenas hubo arrojado sobre
él una mirada, se volvió con Pedro. Quedamos ella y yo en pie sobre el
abismo. ¡Qué hermosa estaba sobre su pedestal granítico! Después de
Dios, jamás contempló aquellas aguas un ser tan bello. Sentí que el
corazón me latía fuertemente; me pasó como un carbón encendido por la
garganta; turbóseme la vista, y sin saber cómo, me encontré á sus pies,
diciendo:
--Más vale morir una vez que morir mil veces cada día. Hace un mes que
tengo un infierno en el corazón... Una palabra, una mirada, un gesto de
usted puede elevarme repentinamente al cielo... Porque quiero que usted
sepa que la amo... sí... la amo como un insensato que soy. Soy un
insensato... pero ya no tiene remedio... Si esa palabra ó esa mirada no
viene, tendrá usted la triste satisfacción de verme rodar ahora hasta
esas negras aguas que me taparán para siempre.
Quedó un momento suspensa, mostrando gran sorpresa. Me dirigió una
mirada altiva y prolongada; y sin proferir palabra volvió la espalda y
echó á andar lentamente.
No sé lo que pasó por mí. Cuanto tenía delante, el lago, la tierra, el
cielo, quedaron confundidos y se oscurecieron. Sentí que era necesario
morir, y vi la muerte delante de los ojos. Pero un pensamiento maldito
de temor se alzó en mi corazón con poder invencible. Vi de improviso y
en un solo instante todo mi pasado: los sitios donde corrieron las
dulces horas de mi infancia, el pequeño lecho donde me dormía oyendo los
cuentos de la criada; sentí sobre la frente los tiernos besos de mi
madre y en las mejillas la áspera caricia de la mano de mi padre, más
suave para mí que el ala de un ángel... ¡El lago estaba tan negro!...
¡Qué rumor lúgubre levantaría mi cuerpo ensangrentado al penetrar en
él!... ¡Ay! Faltóme el valor... ¡Qué vergüenza!... Metí el rostro entre
las manos y rompí á llorar como un niño.
Noté que ya no andaba, y sin verla sentí que su mirada se posaba sobre
mí más dulce y compasiva.
Durante el camino no me atreví á despegar los labios. Ella también iba
silenciosa. El conde y Pedro charlaban de las ocurrencias de la caza.
Cuando llegamos á casa era ya noche. Lo primero que vimos en el portal
fué á la monísima Emilia que extendió los bracitos hacia su madre
gritando de alegría. Ésta se apresuró á levantarla y le dió un sonoro
beso en la frente. Después, señalándomela con ademán imperioso, me dijo:
«¡Ahí!»
Obedecí sumiso y besé también la frente de la niña.
Agosto 16.
Salgo de la cama en este instante. No he soñado monstruosidades como
otras veces, pero ha sido tan triste mi sueño, que aún estoy conmovido.
Siento dentro del alma una melancolía honda y desgarradora como si me
encontrase solo en el mundo.
Soñé que me hallaba en medio de un salón de baile espléndido y hermoso y
profusamente iluminado. Pero lo raro es que en aquel salón no había
nadie más que yo, que me paseaba en traje de etiqueta, viendo repetirse
mi imagen en todos los espejos. El silencio era casi absoluto. Mis pies
se hundían en la mullida alfombra sin producir ruido. Al cabo de algún
tiempo observé que se abría una puerta y aparecía en ella la torneada
figura de la condesa, rica y elegantemente vestida. Dirigióse á mí
sonriendo y me dijo: «¿Quiere usted que bailemos un poco?» Al mismo
tiempo escuché los acordes de un vals de Strauss, tocado admirablemente
por una orquesta invisible. Nos pusimos á bailar. Ella se abandonó en
mis brazos como una niña y corrimos el salón de un cabo á otro sin tocar
apenas en el suelo. Yo, sin gastar preámbulos, le declaré mi amor con
palabras fogosas y apasionadas. Me respondió que su amor era tan grande
como el mío y empezó á estrecharse más contra mi pecho. Turbado y ebrio
de voluptuosidad, quise acercar mis labios á los suyos; pero en aquel
momento me sentí cogido por unas manos de hierro. Volví la cabeza y se
me figuró ver el rostro pálido del conde. Todo desapareció y mi sueño
quedó disipado, como las imágenes de un cuadro disolvente.
Desperté muy agitado. Aunque estoy mejor, aún me dura la alteración
nerviosa. No sé si llegaré á presentarme otra vez en la Segada. Quisiera
tener fuerzas para huir de estos sitios.
X
Síntomas graves.
EL calor había alcanzado su grado máximo. Los árboles y las plantas,
poco acostumbrados á él, empezaban á sentirse sofocados y demandaban á
las nubes, que pasaban volando sobre ellos, algunas gotas de agua; pero
las nubes se hacían las sordas y seguían inflexibles su camino por el
espacio. Los frutos comenzaban á amarillear; los riachuelos se secaban
dejando al descubierto su lecho de guijarros que los rayos del sol
tornaba blancos. Si se aplicaba un fósforo encendido á la hierba, ardía
como estopa. La gente de la Segada tenía que andar un kilómetro para ir
á la fuente, porque la del pueblo se había agotado.
La vida en el palacio era monótona, pero dulce y amable. Laura tenía
perfectamente distribuído el tiempo, y lejos de aburrirse se encontraba
como el pez en el agua. La idea de su vuelta á Madrid la estremecía. Se
levantaba muy temprano y salía á la huerta, donde hizo por su mano
algunas notables mejoras, como fué la de trasplantar algunos claveles
que estaban demasiado prietos y se molestaban, y limpiar el polvo con
delicado esmero á las hojas de una enredadera: también colocó una
esterita de quitaipón sobre los alelíes para que el sol no los quemase á
ciertas horas del día. Tornaba al palacio siempre fatigada y se
apresuraba á lavarse las manos manchadas de tierra. Después se
desayunaba en compañía de sus hijos, con los cuales permanecía encerrada
en sus habitaciones toda la mañana, alternando los juegos con el
trabajo. Eran las horas más deliciosas de su existencia. Pero venían á
avisarla que el almuerzo estaba servido y era fuerza resignarse otra vez
á ver sonrisas ambiguas, miradas crueles, semblantes odiados.