frase que acaba usted de cantar. De todas las melodías que hasta ahora
he escuchado, ninguna expresa más vivamente el triunfo del amor. Hay
cantos donde se pinta mejor el amor inocente y puro; los hay también que
reproducen con más verdad las amarguras del amor desgraciado ó los
gritos desesperados de una pasión tempestuosa y loca; pero ninguno donde
el amor se muestre tan feliz y embriagador, henchido de alegría y
cargado de perfumes; donde el alma y los sentidos reposen con más
deleite. ¡Oh! Es el amor con que sueña la juventud; que enciende el
corazón sin consumirlo; que inunda nuestro espíritu de luz y de armonía,
y penetra, cual bálsamo dulcísimo, por todos los poros del cuerpo.
--¡Está usted elocuente!--dijo la condesa mirando con sorpresa al joven,
que daba muestras de hallarse conmovido.
--Lo que estoy es ridículo espetándole á usted un discurso sobre el dúo
de una ópera--repuso él sonriendo y calmándose repentinamente.
--Nada de eso; habla usted perfectamente, y sobre todo, el calor con que
se expresa prueba que tiene usted un corazón sensible.
--Lo cual es una desgracia, condesa.
--No lo crea usted. Aunque se sufra mucho, vale más sentir que no
sentir. Siempre es preferible ser hombre á ser piedra.
--No me atrevo á disputarlo, porque mi causa es antipática; pero crea
usted que hay momentos en que daría uno cualquier cosa por ser piedra.
--Nada, nada, Octavio, está usted enamorado; se le conoce á la
legua--dijo la condesa con alegría infantil y familiar capaz de
trastornar á cualquiera.
--Sí que lo estoy--repuso Octavio con firmeza y clavando sus ojos en la
dama;--pero no sabe usted de quién.
La condesa miró en aquel instante para la huerta y vió á miss Florencia
que parada en medio de un camino los contemplaba fijamente. Después,
arrastrada por cierta fuerza misteriosa que acredita la existencia del
magnetismo, volvió la cabeza hacia la sala y halló los ojos turbios y
fríos del conde que también los contemplaba. Y como si imaginase que con
un arma de fuego le estaban apuntando al pecho y con otra á la espalda,
dejó velozmente el balcón, dió algunas vueltas por la sala, fué, por
último, á sentarse delante del piano y empezó á correr los dedos por las
teclas distraídamente.
Octavio, en la misma postura y absorto en sus pensamientos, no parecía
haber notado su marcha brusca ni escuchar las caprichosas notas que
salían del piano. Los dedos de la dama, cansados sin duda de vagar á la
ventura por el teclado, empezaron á señalar delicadamente una melodía.
Era _il sol de l'ánima_. Á Octavio le dió un vuelco el corazón y volvió
rápidamente la cabeza. La condesa, con la sonrisa en los labios y los
ojos medio cerrados, le miraba por entre sus negras y largas pestañas
con expresión picaresca. Después que hubo cesado, Octavio se dirigió á
ella, apretó su mano un poco más que de costumbre y se despidió hasta el
día siguiente. El rostro del mancebo, al enderezar la marcha hacia
Vegalora, parecía decir á los árboles que sombreaban el camino: «Amigos
míos, esto es hecho».
VIII
La romería.
El conde dijo á la condesa:
--Si tienes gusto en ir á esa fiesta, vé, querida mía. Me has de
permitir, sin embargo, que no te acompañe. Esos recreos campestres no
despiertan en mi corazón los tiernos y bucólicos sentimientos que en el
tuyo.
Lo dijo con la sonrisa de siempre. Estaban presentes el cura de la
Segada y el licenciado Velasco de la Cueva. El conde de Trevia guardaba
á su mujer delante de gente el respeto y atención que la más egregia
dama pudiera exigir de su marido. Aun, en este punto, iba más allá de lo
que ordinariamente se practica en el mundo. Ora fuese resultado de su
carácter extravagante, ora procediese de un prurito de resucitar añejas
y olvidadas costumbres de la nobleza, ó simplemente por apartarse del
vulgo, lo cierto es que su excelencia rodeaba á la condesa públicamente
de un aparato de ceremonia y homenaje que recordaba los buenos tiempos
de la caballería ó la refinada cortesanía de los salones de Luis XIV.
La servidumbre y los amigos íntimos sabían, no obstante, á qué atenerse
sobre esta cortesía.
La condesa quiso ir á la romería de su parroquia. La idea de presenciar
nuevamente una fiesta donde tanto había gozado cuando niña, la
lisonjeaba en extremo. Pedro, por su parte, no dejaba de mentar á menudo
esta romería, que era también la suya, y de prometérselas muy felices
para cuando llegase, lo cual aguijaba más y más el deseo de su señora.
Decidió por fin ésta, con la venia de su marido, acudir á ella y dijo á
Pedro:
--Si no fuese porque no quiero impedir que te diviertas á tu sabor, tú
serías mi acompañante en la expedición.
--Y lo seré, señorita, si es que usted no me echa de su lado. La mejor
diversión para mí hoy es ver honrada la romería de mi parroquia por la
señora condesa.
--¿Lo dices de veras?
--Señorita, le hablo con el corazón.
--No te creo.
El mayordomo hizo mil protestas á cual más exagerada para que le
creyese.
--Gracias, gracias. Ven conmigo, pero ya sabes que no te lo exijo.
--Señorita, por Dios, no me ofenda...
Después de haber hablado algún tiempo sobre ello, decidió la condesa ir
á pie para confundirse con la muchedumbre de los romeros y participar de
todos los placeres y molestias de este género de regocijos.
Salieron poco después de almorzar. Laura llevaba un gracioso traje corto
de rayas blancas y verdes, ligeramente descotado en forma de corazón. La
cabeza descubierta y sueltas sobre la espalda las dos esplendidas
trenzas de su cabello castaño. Pedro vestía pantalón apretado de color
lila, chaqueta negra, también ceñida, sombrero de paja, un pañuelo
blanco de seda al cuello y faja morada. En la mano llevaba un garrote de
acebo muy pintarrajeado con una cinta para colgar de la muñeca. El
Canelo, con el rabo enroscado, marchaba delante, unas veces cerca, otras
lejos, y parándose con frecuencia á ver si sus amos le seguían.
Mientras no salvaron el puente caminaron en silencio. La condesa
observaba con el rabillo del ojo y sonriendo picarescamente la actitud
encogida y espantada de su acompañante. Al llegar á la carretera tuvo
compasión de él y le dirigió la palabra.
--¿Sabes que es un garrote tremendo ese que llevas?
--No es malo, señorita, pero lo que importa es manejarlo bien cuando
llegue el caso.
--Dámelo, y toma. Yo llevaré el palo y tú la sombrilla, que no me hace
falta.
Y empezó á caminar apoyándose en él con mucho donaire. Al cabo de un
rato dijo con gesto de fatiga:
--Mira... Llévalo tú, que no puedo. Está visto que hoy no he de dar
ningún palo en la romería.
Pedro sonrió. Quiso decir algo, tal vez una galantería; movió un poco
los labios; se puso encarnado... y no dijo nada.
--Por más que disimules, Pedro, no puedes ocultar que vas á disgusto
conmigo. Vamos, dí la verdad, ¿no hubieras preferido ir solo?
Trató de convencer á su señora por cuantos medios le sugirió su
imaginación de que iba contentísimo. La condesa le contradecía, riendo
al verle tan sofocado: celebraba con mucha algazara los disparates que
al pobre muchacho se le ocurrían para demostrar su tesis.
--¿Y qué dirá tu novia cuando vea que no bailas con ella? Procuraré que
tengas un rato libre.
--Pero si no tengo novia... ¿Quién le dijo á usted eso?... Apuesto á que
fué Manuel de María... Pues que se ande con cuidado ese charlatán con
las bromas, que bien sabe cómo las gasto...
Dieron un corto rodeo para no pasar por la villa y tornaron á seguir la
carretera, siempre á orillas del Lora. La tarde estaba apacible y
límpida: sólo algunas nubes festonadas asomaban la frente por encima de
la crestería de las montañas. El sol no les molestaba sino á ratos, y su
fuerza estaba deleitosamente mitigada por un vientecillo fresco que el
río traía sobre su corriente. Según se alejaban del palacio y de sus
contornos, crecía pasmosamente la locuacidad de la condesa. Empezó á
descargar una nube de preguntas sobre la cabeza del mayordomo. ¿Había
estado en la romería el año anterior? ¿Había venido con alguna muchacha?
¿Qué casa era aquella que se veía del lado allá del río? ¿Habría
salmones en el pozo que tenían á sus pies? ¿Cuántas veces se había
bañado ya desde que empezó el verano? ¿Cuántos años tenía el Canelo?
¿Era buen cazador?--Á todas iba contestando Pedro con la gravedad y
firmeza que le caracterizaban, satisfaciendo la curiosidad de su señora
y esclareciendo su inteligencia sobre las diversas cuestiones que
sometía á su decisión. Paulatinamente se había ido despojando del temor
y cortedad que le embargaban.
La pobre Laura, con su figurilla menuda y agraciada, con sus manos y
mejillas de clavel, los ojos claros y húmedos, los labios rojos y
sonrientes, y sobre todo, con las palabras amables que dulcemente fluían
de ellos sin compostura, no era á propósito para inspirar temor á nadie.
Quizá en los salones de la corte, fastuosamente ataviada, cuando
aquellos ojos garzos rasgados se clavaran con ceño, y aquellos labios
frescos y cándidos se plegaran duramente con una sonrisa fría, pudiera
aparecer altiva (y tal era la opinión que de ella tenían formada
muchos). Pero la dama orgullosa y severa se había quedado por allá. Aquí
no estaba á la sazón más que una hermosa mujer que charlaba por los
codos y marchaba sin compás, unas veces á brincos y otras arrastrando
los pies, bajándose á lo mejor para tomar una piedra y arrojarla al río,
ó pegando golpecitos con la sombrilla en las ramas de los árboles.
Pronto divisaron la casa solariega de los Estrada encima de la carretera
como á unas cien varas. Allí desembocaba en el Lora un riachuelo.
Nuestra pareja abandonó la carretera y emprendió la marcha por la
estrecha cañada que este riachuelo seguía. Al pasar por debajo de su
casa, la condesa alzó los ojos hacia ella y sacó el pañuelo para enjugar
unas lágrimas.
--Pedro--dijo señalándola con el dedo,--ahí ya no queda nadie.
Siguieron marchando. Bien pronto la variedad amena del camino divertió á
la condesa de los tristes recuerdos que le asaltaron á la vista de su
antigua morada. La garganta por donde caminaban era estrechísima.
Formábanla dos enormes montañas calizas cortadas verticalmente, de
suerte que era tan estrecha por arriba como por abajo. Aquellas
monstruosas paredes eran blancas, pero estaban salpicadas por grandes
manchas de musgo.
--¡Qué atrocidad! ¡Qué altura tienen estas montañas, y qué cercanas
están! ¡Si parece que se vienen encima!
--¿Ve usted, señorita, aquel agujero que tiene la peña allá arriba?
--Sí.
--Pues antes había allí un nido de buitres, y yo entré de chico una vez
á cogerles los huevos.
--¿Y por donde te encaramaste allá?
--Por una cornisa que forma la peña y que apenas se ve desde aquí. Por
cierto que cuando llegué delante del agujero salió de repente el pájaro
y me dió un aletazo en la cara que me hizo vacilar.
--Si te hubieras caído, adiós romerías, ¿verdad, Pedro?
--Iría á las romerías del cielo, que deben de ser mejores que éstas.
--Tienes razón. ¡Qué hermosas serán las fiestas que los ángeles celebran
en honor de Dios! ¿No hubiera valido mucho más morirse de niño, sin
haber pecado, para ser uno de esos ángeles que están á los pies de la
Virgen?... Pero ahora... ahora ya no puede ser... Debemos contentarnos,
si somos buenos, con ir al cielo y estarnos allí muy quietos, gozando
con ver á Dios, y nada más...
Siguieron hablando de cosas del cielo algún tiempo, pero no como
personas graves, sino como niños. Aquella charla pueril parecía
refrescar á la condesa. La niña cándida y bulliciosa volvía á nacer
dentro de ella, y salía lanzando dulces carcajadas á la luz, olvidándose
de la oscura prisión en que había yacido once años. Hablaba por hablar,
como los niños; preguntaba las cosas más sencillas y menudas,
complaciéndose en humillar su inteligencia cultivada y en trocar sus
maneras cortesanas por otras rudas y campesinas.
Mas era de observar cómo, á medida que esta trasformación se operaba,
cambiábase también el encogimiento y temor del mayordomo en franqueza y
libertad. Insensiblemente Pedro empezó á tratar á su señora como á una
compañera, hasta reirse algunas veces de sus preguntas inocentes y
disparatadas. La condesa reía también, así que las hacía; pero le daba
golpecitos con la sombrilla, llamándole burlón y cazurro. Si la
despojasen de su ropa y la pusiesen un traje de aldeana, hubieran pasado
muy bien por novios ó hermanos. Cuando encontraban una saltadera, el
muchacho saltaba primero y alargaba su gran mano endurecida á la
condesa, que sumía dentro de ella la suya breve y fragante como un botón
de rosa. Otras veces, si era demasiado alta y la señorita gritaba desde
arriba que tenía miedo, la tomaba por la cintura y la depositaba en el
suelo con la misma delicadeza que si fuese un objeto de cristal. «¡Qué
fuerza tienes, Pedro! le decía ella. Si me dieses un golpe con esas
manazas, me matarías.» El mayordomo sonreía á modo de sultán acariciado
y se encogía de hombros con desdén. Poco á poco se iba estableciendo
entre ellos la relación trazada por la naturaleza: ella, como ser débil,
delicado y menesteroso, sometiéndose; él, como fuerte y enérgico,
dominándola y protegiéndola.
El camino estaba sombreado por avellanos, que con sus haces de troncos
delgados, formando á modo de enormes canastillos, salían de los prados
vecinos. El verde claro y deslumbrador de éstos resaltaba y hacía
contraste con el oscuro de aquéllos, regalando la vista y convidando á
reposar. El río corría murmurando por el fondo de la cañada. En uno de
los prados que bordaban el camino, corría también un arroyo que servía
para mover el molino que blanqueaba entre los árboles. Era cristalino y
puro, y se desataba tan gentil y suavemente que daba gloria verlo
marchar por la pradera. La condesa significó el deseo de reposar un
instante en su orilla. Estaba cansada y le placía en extremo mirar el
curso del agua. Además, tenían tiempo de sobra para estar en la romería.
Sentáronse sobre el manto de césped salpicado de florecillas blancas, y
empezaron á contemplar con ojos extáticos la serpiente de plata que se
arrastraba perezosamente á buscar su guarida en el molino. La condesa se
bajaba, metía la mano entre sus escamas y la sacaba mojada y la sacudía
riendo sobre la cara de Pedro, el cual reía á su vez y no se tomaba el
trabajo de limpiarse. Pero no por marchar suavemente dejaba de murmurar
la cristalina sierpe algunas cosas al oído de nuestra pareja. Al
principio la condesa pensaba que decía siempre lo mismo.
--¡Qué pesadez! Siempre el mismo _ru, ru_... ¡llega á marear! ¿No
observas con qué gravedad murmura esta gran culebra?... Parece un
maestro que nos está sermoneando, sin cansarse jamás de darnos
consejos... Escucha ahora sin embargo... ¡Qué notas de flauta tan
hermosas!... Ya vuelve al _ru, ru_... Otra vez la flauta... Parece que
interrumpe su sermón para hacernos una caricia...
Pedro con sus grandes ojos abiertos seguía la corriente del agua.
--¡Qué serio te has puesto, Periquillo!... ¿Te vas aprovechando de los
consejos del agua?... ¡No pongas esos ojazos, hombre, que me asustas!
La joven reía sin cesar y sin motivo, como quien se desquita de largo
ayuno. Eran sus carcajadas sonoras y claras, pero no en tono agudo, sino
grave. Las notas firmes y llenas que de su garganta se escapaban cuando
reía, contrastaban un poco con la pureza y trasparencia de su mirada.
Salían teñidas de cierta sensualidad punzante que agitaba los sentidos.
Era una risa dulce y amarga á un mismo tiempo, como la de una bacante.
La cándida Laura estaba muy lejos de sospechar los misterios amables de
su risa. Si los conociese, tal vez notaría el brillo inusitado de los
ojos de sus amigos cuando la dejaba correr por su garganta y se
ruborizara.
--Mire usted, señorita, cómo se inclinan estos avellanos sobre el
arroyo... Parece que arden de sed los pobres. ¡Qué pena debe de ser
mirar el agua tan cerca y no poder beberla!... Mire usted, mire usted,
sin embargo, aquella rama... ya consiguió besar la corriente... ¡Cómo se
pondrá ahora el cuerpo de agua!... ¡Calle, ahora salimos con que nos
estaba escuchando aquel lagarto!...
En efecto, uno de estos animales de pintada piel había asomado primero
la cabeza al ruido de la conversación por entre dos piedras, y no tardó
en salir todo él, quedando inmóvil, según su costumbre.
--¡Ah maldito!--gritó el mayordomo arrojándole una piedra con todas sus
fuerzas.--¡No escucharás más tiempo!
La piedra cayó sobre el lomo del animal, partiéndolo en dos. La cola dió
todavía algunos brincos sobre la arena.
--¡Pobrecillo!--exclamó la condesa.--¡Para qué lo has matado!
--Señorita, dicen que estos animaluchos hablan con las brujas y les
cuentan todo lo que oyen. Parece increíble, ¿verdad?... Pues á mí de
chico me sucedió que una vez hablé mal del maestro con otro compañero, y
prometí vengarme de él cuando fuese mayor. Un lagarto nos estaba
escuchando. Pues al día siguiente lo supo por una bruja que llamaban la
tía Dolorosa. Por poco me deshace á palos. Entonces me puse á cavilar si
sería el lagarto, ¡y les tomé un odio!...
Sin dejar de hablar, levantáronse y emprendieron nuevamente la marcha.
No tardaron en salir de la áspera y estrecha cañada y desembocar en un
valle relativamente ancho. Era casi circular y alcanzaría dos kilómetros
de diámetro. Nada más fértil y frondoso que aquel pedacito de tierra
llana circundado de altísimas montañas. Todo él estaba dedicado á
pradería y semejaba una alfombra donde los setos guarnecidos de
avellanos trazaban los dibujos. El río corría por el medio más sereno y
tranquilo que en la cañada. Á la entrada encontraron la casa de Pedro,
quien se empeñó en que su señora descansara en ella un instante. Laura
no osó negarse. La casa estaba habitada solamente por la madre de Pedro
y por un hermanito de doce años. El padre había muerto. Allí fueron de
oir las exclamaciones de la buena mujer al ver á la señora condesa en
compañía de su hijo. No sabía lo que le pasaba. Corría de un lado á otro
poniéndole dos sillas á un mismo tiempo para que se sentase. Hacía mil
reverencias ridículas y no se cansaba de repetir «¡que cuándo podía
esperar ella que la señora condesa se dignara entrar en una choza tan
miserable!» El joven escuchaba las zalamerías de su madre con
indiferencia: Laura, con semblante risueño y agradecido. La pobre mujer
no podía ofrecer nada más que una taza de leche y torta de borona, pero
«¡cómo había de comer cosa tan ruin la señora condesa!»
--Que lo coma para que sepa cómo viven los pobres--dijo Pedro con
cierto énfasis brutal.
La condesa, lejos de ofenderse, le dirigió sonriendo una mirada humilde
y aceptó de manos de su espantada madre la taza de leche y la torta.
Comió, si no con gran placer, al menos sin hacer ningún asco, mientras
el mayordomo la contemplaba fijamente con expresión triunfal. El Canelo
participó también del festín, y bien lo tenía ganado, pues por milagro
no se le desprendió el rabo á fuerza de menearlo.
--Vamos, vamos, que ya es hora de ir llegando á la fiesta.
Y otra vez emprendieron la marcha, alargando el paso. Salvaron casi todo
el valle caminando por una de las laderas. Á la mitad de él próximamente
sintieron el lejano y débil repiqueteo del tambor. Algo más adelante
percibieron un murmullo ó rumor vago y confuso que despierta siempre
dulce emoción en los que asisten á esta clase de regocijos. La romería
estaba cerca. Caminaron todavía algunos minutos por un espeso maizal que
los ocultaba enteramente, y llegaron por fin á un sitio desde el cual
vieron á corta distancia el campo donde se celebraba. Era un vasto prado
de verde claro, todo circuído de avellanos.
El espectáculo que ofrecía era á par sorprendente y deleitoso. Por
encima de él hormigueaba una muchedumbre compuesta principalmente de
mujeres, cuyos pañuelos de diversos y vivos colores, al moverse,
mareaban y turbaban la vista. Los hombres en su mayoría se hallaban
recostados debajo de los árboles, bebiendo pésimo vino y cantando
desentonadamente. Escuchábanse los gritos desafinados de los pregoneros,
ofreciendo agua de limón, sangría de vino tinto y avellanas tostadas, y
los sonidos agudos y gangosos de la gaita, siempre acompañada del
tambor. Esparcidas por diversos parajes del campo veíanse algunas mesas
vestidas de lienzo blanco y atestadas de ciertos confites peculiares de
la fiesta, como mazapanes, amargos, florones, madamitas, crucetas que se
llevaban los ojos de los niños y los cuartos de las madres. Pocos se van
de las romerías sin algunos de estos dulces en un pañuelo, los cuales
toman el nombre de _perdones_, por ser la ofrenda que los romeros hacen
á su familia en recompensa de haberse quedado en casa mientras ellos se
divierten.
En uno de los ángulos del prado se hallaba el grupo de los bailadores
que movían las piernas con ligereza al son de la gaita y el tambor,
rodeados de otro grupo más numeroso de curiosos. Pero lo que más atraía
la vista era un gran nogal, colocado casi en el centro del campo, que
por lo espeso de sus hojas y lo bien recortado semejaba una enorme
planta de albahaca. Debajo de él una cantina, donde los cueros hinchados
que guardaban el vino yacían insolentemente sobre las mesas, inmóviles
como borrachos. En torno de la cantina y del árbol se había formado una
danza que daba vueltas pesadamente, cantando las baladas del país.
Nuestra pareja se introdujo entre la muchedumbre. Inmediatamente se
vieron rodeados por una porción de aldeanas conocidas de Laura en otro
tiempo, quienes prorrumpieron en exclamaciones de sorpresa y placer,
saludándola con muestras de un regocijo espontáneo, y prodigándola mil
epítetos cariñosos de los que tanto abundan en la lengua rústica y
primitiva de estas comarcas, tales como «botón de rosa, lucero, corazón
de manteca, reitana y palomina sin hiel». Ninguna, sin embargo, se
atrevía á llamarla de tú, ni á besarla, aunque buena gana se les pasaba
á todas. Algunas, no pudiendo resistir la tentación, le tomaban las
manos y se las cubrían de besos. Laura, muy conmovida, consiguió á
fuerza de trabajos desprenderse de aquel grupo y seguir adelante.
Marchaba apoyándose en el brazo de Pedro aspirando con delicia todos los
olores y todos los ruidos de la romería, parándose á cada instante y
fijando su atención en cuanto la rodeaba. Cerca de una mesa de confites
percibió al fin á una joven que hacía tiempo la miraba con ojos tímidos
y ansiosos. Era la amiga más íntima que había tenido. Voló hacia ella y
la estrechó entre sus brazos con fuerza. La aldeana recibió tal
impresión, que no acertó á decir ni hacer nada, y se dejó acariciar por
la condesa, inmóvil y desfallecida, pero soltando por sus ojos tristes
un diluvio de lágrimas. Después charlaron mucho de cuanto les había
pasado. Pedro, que no podía tomar parte en la conversación, derramaba
la vista con semblante distraído por los contornos.
--Perico, te estás aburriendo. De buena gana bailarías un poco, ¿no es
verdad?... Pues mira, por mí no has de dejar de hacerlo. Vamos allá, que
quiero bailar contigo.