que los condes le otorgaban, no escaseó sus visitas á la Segada. La
mayor parte de los días iba después de comer y volvía á la caída de la
tarde. Alguna vez se quedaba hasta las diez ó las once de la noche.
Entonces un criado de la casa salía acompañándole con un farol hasta el
puente. Allí le dejaba, y Octavio caminaba solo por la carretera hasta
llegar á la villa. El trayecto era breve, como ya sabemos. Nuestro
joven, emboscado en un laberinto de pensamientos vagos y risueños, lo
convertía en brevísimo. Á tales horas poca gente se hallaba en el
camino. Algún que otro arriero con sus mulas delante y montado en una de
ellas sobre una pirámide de fardos; cualquier vecino que por casualidad
saliese en busca de una vaca extraviada, ó los mozos crudos de Vegalora
que tuviesen arrestos suficientes para ir á cortejar las mozas de la
Segada ó de otros lugares cercanos. El señorito Octavio, aunque no
sintiese miedo precisamente cuando veía blanquear entre las sombras
espesas la camisa de un labrador, no le hacía gracia ninguna. Por un
instante quedaban suspensos en el aire los risueños fantasmas de su
imaginación, esperando que el transeunte pasase. Cuando éste decía:
«Buenas noches, señorito Octavio», dejaba escapar un suspiro de
satisfacción al verse reconocido y murmuraba: «Es una temeridad andar á
estas horas solo por tales sitios: ¡no me vendré otro día sin un arma!».
El acuerdo jamás llegaba á cumplirse, y seguía yendo y viniendo de
Vegalora á la Segada totalmente inerme y á merced de todos los riesgos y
venturas. Quizá tuviese un vago presentimiento de que el arma no le
había de prestar socorro muy eficaz en caso de apuro.
Para comprender bien qué casta de pensamientos alteraban y embebecían al
joven durante sus paseos nocturnos, son necesarios algunos antecedentes
sobre su educación, temperamento y aficiones. El padre del héroe, D.
Baltasar Rodríguez, era hombre que poseía inteligencia clara,
ilustración, si no muy extensa, bastante sólida, y sobre todo una
sensibilidad exquisita que procuraba ocultar cuidadosamente debajo de un
exterior frío y hasta severo. Ésta era la parte flaca, pensaba él, de
su carácter, y la combatía y la refrenaba sin tregua en todos los
momentos de la vida sin lograr resultados satisfactorios. D. Baltasar no
aceptaba su excelente corazón como un beneficio de la Providencia, sino
como carga pesadísima que le había molestado durante su carrera,
estorbándole en el logro de todos sus propósitos. «Si yo hubiese tenido
arranque para dejar á mi mujer y á mi chiquitín y partir para Cuba,
cuando en 1854 me ofrecieron la plaza de secretario del Banco de la
Habana--solía decir á sus amigos íntimos,--á estas horas otra sería mi
fortuna. Si me hubiera aprovechado, como D. Marcelino, de la ruina de la
casa de Argüelles, esa vega que usted ve ahí, señor juez, sería mía. Si
tuviese valor para arrojar de la casería á Modesto Fernández, que hace
ocho años que no me paga renta alguna, podría agregar todas esas tierras
á la posesión y ésta doblaría de valor... Pero ¡si no puede
ser!--concluía siempre en tono desesperado.--¡Si los hombres como yo
debieran estarse quietos en su casa y no meterse en dibujos!» Cuando
alguno por consolarle le decía: «Después de todo, D. Baltasar, es mucho
mejor tener la conciencia tranquila como usted, que no manchada como los
otros», volvíase airadamente exclamando: «¿Y qué es la conciencia? Yo no
creo en la conciencia. Veo que D. Agapito de las Regueras, después de
haberse comido la fortuna de los hijos de su hermano, vive tan
tranquilo y es más feliz que yo. Veo que D. Marcelino goza de su riqueza
con la serenidad de un arcángel y no sueña que hay seres que derraman
lágrimas por su causa... ¡La conciencia, la conciencia! La conciencia es
una cosa que sirve sólo para molestar á los hombres honrados». No dejaba
de ofrecer ribetes de cómico el deseo ardiente que D. Baltasar tenía de
ser un hombre inmoral y perverso.
El temperamento de Octavio guardaba bastantes afinidades con el suyo, lo
cual le traía desesperado. D. Baltasar hubiera dado cualquier cosa por
que su hijo fuese un lagarto que se perdiera de vista, un truchimán
capaz de enredar con sus artimañas á todo el concejo. Pero
desgraciadamente no era así ó, por mejor decir, era todo lo contrario.
«Este chico, decía, me da á mí quince y raya. Cuando yo me muera será
capaz de pedir permiso á los vecinos para comer lo que le pertenece.»
Sintiéndose y sintiéndole tan lejos del carácter que ambicionaba, no
dejaba de exponerle á menudo las ventajas de este carácter ideal. «Mira
al hijo de D. Rodrigo cómo se las ha arreglado para echar á los dos
médicos del municipio y quedarse él solo cobrando el sueldo de ambos.
Mira al secretario del ayuntamiento qué casa tan hermosa está levantando
en la plaza.»
--¿Y qué sueldo tiene el secretario?--preguntaba Octavio.
--Diez mil reales.
--¿Y con diez mil reales al año se levantan casas magníficas?
--Ahí verás tú--respondía D. Baltasar guiñando maliciosamente el ojo
izquierdo.
Y el padre y el hijo, las dos almas más cándidas y nobles de la comarca,
proseguían silenciosamente su paseo abismados en la admiración que les
infundían aquellos miserables á quienes no podían imitar.
D.ª Rosario era digna consorte del buen abogado. Por más que existiesen
entre ambos notables puntos de desemejanza, tocaban sólo á la
superficie, dejando incólume el fondo, igualmente generoso y honrado. El
ingenio y la discreción no eran las cualidades sobresalientes de D.ª
Rosario. Por lo mismo eran aquellas en que más hincapié hacía su vanidad
pueril é inofensiva. También se vanagloriaba de poseer un alma elevada y
poética, que había sabido resistir á la influencia prosaica y á las
costumbres vulgares del pueblo en que vivía. Por la noche, antes de
recogerse, solía abrir el balcón de su cuarto para contemplar la bóveda
estrellada. Alimentaba un canario y una pareja de tórtolas, y cultivaba
esmeradamente en tiestos algunas plantas de claveles y geranios. Los
días festivos dedicábalos íntegros á la lectura de novelas
sentimentales. Por estas razones y por algunas otras análogas, se
consideraba la mujer más sensible del distrito.
Octavio poseía varias propensiones ó cualidades de su madre, entre ellas
la afición á las flores y á la lectura. Pero estas aficiones, al ser
trasmitidas, sufrieron alguna modificación, como sucede casi siempre en
tales casos. D.ª Rosario alimentaba su inclinación á las flores regando
los crecidos y frescos claveles y geranios de sus tiestos. Octavio
desdeñaba estas flores por vulgares y mentaba á menudo en su discurso
otras exóticas, totalmente desconocidas para los habitantes de la villa.
Aseguraba con formalidad que el mejor adorno de los jardines y salones
no eran las flores, sino las plantas y los arbustos. Citaba y describía
con frase pintoresca los que estaban á la moda por aquel tiempo en los
saraos de la corte, tales como las _begonias_, _marantos_, _bambús de la
India_, _pándanos de Java_, _latanieros_, etc., etc. Había llegado hasta
pedir la semilla de muchos de ellos á París; pero como no tenía estufas
en el jardín ni disponía de otros medios indispensables para la vida de
tales plantas, no había logrado aclimatar ninguna. Sin embargo, á fuerza
de cuidados y después de reñir mucho con el criado y de incomodarse,
había conseguido formar una glorieta bastante hermosa y tupida de
_lianas_ y _capullos de Levante_. Era el sitio predilecto de nuestro
joven, donde solía refugiarse á leer en las tardes calurosas de estío.
También crecían en el jardín varias plantas de reseda y heliotropo, y
una muchedumbre de perlas de Oriente y rosales de _malmaisson_, que
debían igualmente su existencia á sus desvelos.
Otro tanto había sucedido con la lectura. Octavio había principiado por
leer los tomos desvencijados y grasientos que su madre guardaba en el
armario de la ropa blanca. No tardó en cansarse de ellos hallándolos
demasiadamente inocentes. Enfrascóse después en el trágico laberinto de
los folletines que, si bien le mantuvieron agitado y divertido una larga
temporada, no consiguieron pegársele al alma. Por último, habiendo
llegado á Vegalora cierto ingeniero belga para dirigir el laboreo de
unas minas de D. Baltasar, tomó algunas lecciones de francés y trabó
conocimiento por su mediación con los más acreditados y flamantes
novelistas de la nación vecina, Alfonso Karr, Julio Janin, Teófilo
Gauthier, Octavio Feuillet y otros. El último fué el que inmediatamente
adquirió la privanza de su corazón: le sedujo hasta un punto indecible.
Encargó todas sus obras á París y las hizo encuadernar lujosísimamente
en piel de Rusia (una de las manías de nuestro héroe era el tener todos
sus libros encuadernados con elegancia). Colocadas en lugar preferente
de su biblioteca, fueron para él, á un tiempo mismo, código de la
cortesanía y biblia de los sentimientos nebulosos y delicados.
Desde entonces vivió una vida ficticia, pero llena de encantos,
incomprensible para la mayoría de los humanos, sobre todo para los
humanos de Vegalora. Alejándose cada vez más del comercio de la gente
que le rodeaba, principió á asistir con la imaginación á las escenas
descritas con más arte que vigor por su favorito Feuillet, y á
representárselas con tal verdad, que ni un solo pormenor les faltaba.
Conocía de un cabo á otro el _faubourg Saint-Germain_, teatro
imprescindible de las novelas de su homónimo, y trataba familiarmente á
los personajes que allí figuraban. Estaba á la vez enamorado de _Julia
Trecœur_ la _Petite comtesse_ y _Sibila_, y admiraba profundamente el
carácter extravagante y las maneras cortesanas y el valor de _Monsieur
de Camors_. No se le caían de la mente aquellos diálogos ingeniosos
donde la respuesta, siempre oportuna, parecía meditada con espacio y no
fruto de la improvisación, ni los rasgos delicados donde se mostraba de
golpe y en cualquier menudencia la elevación y nobleza de un alma, ni la
galantería voluptuosa y discreta, ni el estilo insinuante y perfumado
que caracterizan á tales obras.
Y no solamente fué espectador humilde de estas escenas, sino que,
dejando suelta la rienda á su fantasía desocupada, se puso á tejer
novelas análogas de las cuales siempre resultaba él el héroe ó
protagonista. Ahora se veía á los pies de una duquesa diciéndole con voz
temblorosa frases apasionadas y candentes que ella escuchaba arrobada y
suspensa; ahora se encontraba batiéndose á espada con un joven coronel
en mitad de un bosque, con dos amigos vestidos de negro al lado; ahora
asistía á la caza de un jabalí cabalgando á la par de una hermosa y
egregia dama, á quien salvaba la vida por un acto de valor heroico;
ahora, en fin, resolvía suicidarse escribiendo antes una larga carta de
despedida cuajada de frases elocuentes y tildes psicológicas, nada
claras para el que no estuviese iniciado en el lenguaje cortesano, á la
señora de su mejor amigo, de quien había tenido la desgracia de
enamorarse perdidamente.
Aunque éstas no fuesen más que imaginaciones que vivían ocultas y
satisfechas en el magín de nuestro señorito, todavía lograron
trasladarse un tanto á la vida real por la fuerza de la costumbre y la
huella que iban dejando en su espíritu. Así, de un modo vago é
inconsciente, principió á imitar el carácter y las inclinaciones de los
personajes que más admiraba y á adoptar en la forma estrecha y
deficiente que podía los usos de la sociedad elevada donde tenía puestos
los ojos. Entonces se le vió andar por los parajes más retirados de la
población, solo y vestido con extraordinaria elegancia. Á lo mejor se
paraba ante un niño que lloraba en medio de la calle y lo consolaba y le
limpiaba las lágrimas con su pañuelo, y le metía después una moneda de
plata en la mano. Otras veces se le veía paseando á caballo, también
solo, por las cercanías, dejando las riendas sueltas y contemplando el
paisaje con mucho sosiego, ó bien marchando á todo escape como si huyese
de alguno que le perseguía. Encargó á Madrid cajas de guantes y
corbatas, suscribiéndose á dos periódicos franceses que traían revistas
de salones. También hizo venir floretes y caretas con todos los
restantes adminículos del juego de esgrima. Como en Vegalora y acaso en
toda la provincia no había maestro de armas que le enseñase, compró un
tratado, y ateniéndose á sus explicaciones y á las figuras que
representaban sus grabados, se puso á esgrimir el florete contra las
paredes, sin otro resultado que el de romper dos ó tres cristales y
tirar un frasco de tinta sobre la mesa. También quiso ensayarse en la
caza por ser el recreo favorito de la aristocracia; pero siendo la
tierra donde vivía extremadamente montuosa y quebrada, se fatigaba
demasiado y hubo de renunciar á ella.
Como al fin y al cabo Octavio tenía veinte años y una imaginación nada
apagada, y le bullía la sangre en el cuerpo, por más que en todo el
pueblo no hubiese mujer capaz de inspirarle una pasión aérea y nerviosa
como su entendimiento más que su corazón ansiaba, no pudo sustraerse á
la ley que á todos los humanos encadena. Un día, hallándose en el jardín
de su casa recortando los setos de boj y membrillo, para lo cual, y con
objeto de no lastimarse las manos, solía ponerse guantes, vió en el
balcón cercano unas cabecitas rubias que le sonreían. Eran los hijos de
D. Marcelino, á quienes Octavio, como vecino, no dejaba de conocer
muchísimo. Allí no estaban más que los pequeños. Empezó á hacerles señas
y á enviarles besos con la punta de los dedos, que los niños se
apresuraban á devolver por el mismo procedimiento. Cansado de la
mímica, les dijo esforzando la voz:
--¿Queréis una flor?
Los chiquillos gritaron «sí, sí», moviendo la cabeza afirmativamente
hasta descoyuntarse. Octavio arrancó un clavel y se lo arrojó, pero no
habiendo hecho bien la puntería cayó en el patio contiguo, con grande y
ruidoso sentimiento de los nenes. Tomó otro riendo y volvió á tirarlo.
Esta vez obtuvo un resultado satisfactorio. El niño que lo cogió le dió
las gracias con un beso. Los demás se pusieron á gritar:
--Dame otro, dame otro.
--Allá voy; no hay que impacientarse; para todos habrá.
Mas cuando se disponía á tirar el segundo clavel, vió levantarse
rápidamente sobre las maderas de la galería otra cabeza rubia un poco
mayor, aunque no menos hermosa. Una mano blanca salió por un instante
fuera, y una voz de timbre dulce y sonoro pronunció estas palabras:
--Esa es mejor.
Al mismo tiempo cayó á sus pies una grande y magnífica rosa de
Alejandría. La cabeza y la mano habían desaparecido como un relámpago.
El joven, recogiendo la flor con no poca sorpresa, preguntó:
--¿Quién está ahí con vosotros?
Los niños respondieron á coro:
--Es Carmen, es Carmen. ¡Uy! ¡uy! ¡uy!
Los chicos lanzaron gritos de dolor. Al parecer, su hermana, poco
satisfecha de la sinceridad del coro, les estaba repartiendo sendos
pellizcos en las piernas.
--Decidle que se asome para darle las gracias.
--No quiere... no quiere asomarse.
--Pues entonces dadle las gracias en mi nombre.
--Dice que no las merece.
--Dile que siento mucho que no se asome.
--Dice que por qué.
--Porque me gustaría mucho verla.
--Dice que bien vista la tienes.
Efectivamente, Octavio la veía todos los días, ya en la calle, ya en el
balcón; pero con la superioridad desdeñosa que los mancebos muestran
siempre á los niños, aumentada en este caso por sus aficiones
romancescas y costumbres singulares, no había reparado en ella.
Insensiblemente Carmen había ido creciendo y desarrollándose hasta
convertirse en una mujercita muy linda y apuesta, sin que nuestro joven
lo echase de ver. Cuando se efectuó la anterior escena podría tener
catorce ó quince años.
En la noche de aquel día, Octavio, un tanto preocupado con la aventura
de la flor, que le dejara en la boca cierto sabor novelesco muy de su
gusto, fué de tertulia á la tienda de D. Marcelino, donde casi nunca
ponía los pies. Apenas le vió la niña, se dió á correr por las escaleras
arriba como una cierva huída, y no pareció en toda la noche. Otro tanto
sucedió en las tres ó cuatro siguientes. Al fin, aquella corza
ligerísima, un poco más familiarizada con la vista del joven, principió
á vagar por los contornos de la tienda, aunque siempre recelosa y pronta
á escapar. Una noche Octavio le dió la mano al despedirse, como si se
tratase de una persona formal. La niña se lo agradeció con una sonrisa.
En las noches siguientes se aventuró á mirarle de aquel modo dulce,
rápido y lleno de timidez, de que ya hemos hablado. Octavio llamaba á
estas miradas _de vuelta de llave_, porque, en efecto, parecía que abría
un instante las puertas de su alma, y veloz como un relámpago tornaba á
echar el cerrojo. Para abreviar, Octavio y Carmen se entendieron
perfectamente al poco tiempo. De este noviazgo imprevisto se habló
bastantes días en la villa.
Apenas entró nuestro señorito en amores francos con la hija de D.
Marcelino, principió á desbordarse de su fantasía el torrente de
emociones vagas y refinadas, sentimientos alambicados y caprichos
extravagantes que allí habían ido formando depósito. Y tanto por el
cariño que inmediatamente nació en su corazón, como por conceder un
desahogo á las imaginaciones que desde hacía tiempo bullían en su
cabeza, comenzó á ensayar en sus relaciones todo aquel conjunto de
metafísicas amorosas y zalamerías aristocráticas de que estaban plagadas
las novelas que más á menudo leía. Algo de ello ha visto ya el lector en
uno de los anteriores capítulos; pero no fué más que una muestra
insignificante; porque el depósito de monerías de Octavio era
inagotable. Unas veces pedía el pañuelo á su novia y se lo devolvía al
día siguiente, después de haber dormido con la cabeza apoyada en él.
Otras se levantaba á horas avanzadas de la noche, echaba una escala de
seda, que había comprado, á los balcones de D. Marcelino, subía por
ella, y llamaba muy discretamente en el cuarto de Carmen. La niña,
muerta de miedo, preguntaba: «¿Quién anda ahí?» Octavio, metiendo la voz
por las rendijas del balcón, respondía: «Carmen, te quiero, te quiero»;
y se descolgaba rápidamente riéndose del susto de su novia. Otras veces
reñía con ella por cualquier bagatela y pasaba ocho días sin verla, al
cabo de los cuales, aprovechando un momento en que los dejaban solos, se
arrojaba á sus pies pidiéndole perdón y haciendo mil extremos de
arrepentimiento. Tan pronto ideaba obstáculos insuperables para unirse
con su amada, ya fuese la oposición violenta de D. Marcelino--el cual,
dicho sea entre paréntesis, no pensaba en semejante cosa,--ó algún
funesto misterio que se interponía entre ambos, como se complacía en
llamarla su prometida y su esposa y en que saliera á paseo con su madre
D.ª Rosario ó viniese á comer á su propia casa. En cierta ocasión se
empeñó en que le dijese que le quería más que á Dios; en otra se le
antojó que durmiese con guantes para conservar bellas y tersas las
manos.
Todos estos caprichos y otros infinitos más de nuestro héroe acogíalos
la niña con marcado disgusto y resistiéndose. No acertaba á
comprenderlos. En no pocos casos hubo de negarse rotundamente á las que
ella consideraba burlas más que pruebas de amor.
La verdad es que Carmen estaba formada de una pasta muy distinta de la
de su novio. Por su natural era poco á propósito para sondear las
profundidades más ó menos ridículas y extravagantes, pero siempre
espirituales, del carácter de Octavio. Hubiera preferido, sin duda, unos
amores menos alambicados, un novio más á la pata llana, que hiciera lo
que los demás, esto es, que la acompañara en paseos y romerías, le
contase las especies que corrían por la villa, le dijese que la quería
cuando viniese á cuento y en términos lisos y llanos; y si alguna vez le
entraban tentaciones de ser más tierno que de costumbre, le diese
buenamente un beso en las mejillas y no en la punta de los dedos ó en el
pelo, como hacía el suyo.
Cuando los condes de Trevia llegaron al país, los amores de Octavio y
Carmen contaban cerca de dos años de existencia. En este tiempo los
caprichos del uno y la resistencia de la otra habían ido cediendo
paulatinamente. Ambos se habían llegado á _acostumbrar_ y reñían con
menos frecuencia y hubieran concluído por casarse sin la aparición
inopinada en Vegalora de la condesa de Trevia. Pero esta noble señora
tuvo el privilegio de resucitar inmediatamente, y á la primera
entrevista, todas las ilusiones amortiguadas de nuestro héroe,
removiendo de una vez el depósito de aficiones, esperanzas y sueños
seductores que yacían desmayados en el fondo de su alma. Y en verdad que
nadie que tuviera ojos en la cara y alguna inclinación artística en el
corazón lo extrañaría.
Pocas mujeres pudieran hallarse que reflejasen en su fisonomía más
nobleza, bondad y ternura, ni que supiesen unir de modo más dichoso una
modestia sincera á una firmeza y elegancia en sus modales que alguna vez
la hacían aparecer altiva y desdeñosa. Precisamente esta última cualidad
era la que más atraía y encantaba al hijo de D. Baltasar. Avezado al
trato insustancial y vulgar de las jóvenes de Vegalora, que sin motivo
se reían estrepitosamente ó se mostraban serias como un regidor de
ayuntamiento, de esas niñas que observan las corbatas que uno tiene y
las botas que trae y se enfadan si no se las saluda á una legua de
distancia, y se hacen almíbar así que un joven rico se acerca á darles
las buenas tardes, la condesa fué para él una revelación ó, por mejor
decir, la realización viva, hecha carne y al alcance de la mano, de lo
que los libros le habían ya revelado. Cuando se acercaba á saludarla y
tocaba sus dedos finos enguantados y aspiraba el perfume delicado que se
escapaba de su persona, como si fuese cualidad de ella y no afeite del
tocador, y escuchaba su voz siempre entonada discretamente y veía vagar
por sus labios una sonrisa distraída y melancólica, se acordaba de las
heroínas que sucesivamente habían ocupado su fantasía y se decía que la
condesa nada desmerecía á su lado. Cuando volvía de la Segada después de
haber pasado algunas horas cerca de ella y entraba por los sucios
arrabales de Vegalora, nuestro señorito dejaba escapar siempre un
suspiro y se pasaba la mano por la frente. Allí se rompía el encanto. La
nube brillante que le envolvía durante el camino volaba á unirse con las
que el sol besaba antes de morir.
Una tarde se hallaban ambos asomados de bruces al balcón principal de la
casa. El conde leía un periódico. Miss Florencia paseaba por la huerta
con los niños. El día estaba opaco y caluroso. Montones de nubes espesas
vendaban la frente de la Peña Mayor y bajaban hasta reposar sobre las
colinas más próximas, cubriendo todo el valle de un toldo impenetrable,
sin que por ello hubiese temor de lluvia ó tempestad. En estas tardes,
frecuentes en los países del Norte, el silencio es más completo, el aire
sofocante y abrasa las mejillas. Si no fuese por el rumor del río, se
creería uno sordo, pues los pájaros callan posados inmóviles sobre las
ramas, los perros dormitan tendidos en los parajes más frescos, las
bestias de carga reposan en el establo ó pacen silenciosamente en los
prados, los insectos no zumban y los humanos se esconden no se sabe
dónde. Y, sin embargo, nunca se muestra la vida tan poderosa como en
estos días. Parece que por las entrañas de la tierra circula una fuente
abundosa de actividad que fecunda los gérmenes depositados en ella y
prestos á salir. Hay como una concentración de fuerzas en la naturaleza
y un prurito irresistible de crear. Por eso la gente del país llama con
notable exactitud á estos días _criadores_. Nuestro cuerpo sufre la
misma influencia. Advertimos en él, en medio de cierta pesadez
letárgica, mayor fuerza y salud. La sangre hierve, circulando
activamente por las venas y latiendo con inusitado brío en las sienes;
las mejillas se inflaman; los labios se secan y los ojos brillan
suavemente como las luces encendidas en los dormitorios.
La condesa llevó una mano á la frente y separó un poco los rizos que le
caían.
--¡Qué calor tan sofocante! Prefiero los días de sol; ¿y usted?
--Antes también los prefería. Hoy me he pasado á los nublados.
--¿Y por qué?
--Por algo extraño que está acaeciendo en mi espíritu y que no acierto á
explicarme. He cambiado mucho de gustos de poco tiempo á esta parte,
condesa.
--Pues yo voy á explicarle en dos palabras lo que le sucede. Usted está
enamorado, Octavio.
--Puede ser--respondió ruborizándose.
--Sí, sí, estoy enterada de todo. Ayer me la han enseñado. ¡Es preciosa!
Lo que es en este asunto le aconsejo que no cambie de gusto.
--¿Y si cambiase?
--Iría usted perdiendo en el cambio probablemente.
--¿Y si no perdiese?
--Haría usted mal de todos modos.
La condesa vaciló un instante antes de responder así. Octavio, al
observarlo, sonrió levemente. Los dos callaron hundiendo sus ojos en
aquella gasa impenetrable de vapores. La condesa buscaba el sol. Octavio
buscaba una fórmula. La condesa principió á tararear _piano_ la famosa
frase _il sol de l'ánima_ de _Rigoletto_. Octavio la escuchaba con
arrobamiento: sintió húmedos sus ojos y apretada la garganta. Cuando la
dama distraídamente quiso pasar á otra melodía, la interrumpió
exclamando: