conversación en la mesa. Poco después de tomar el café, Matilde rogó que
sacasen los caballos de la cuadra, pues había dejado á los pequeños con
la criada y estaba inquieta. Y montando con más arrojo que donaire y
acompañada de su robusto marido, partióse al trote corto, y es fama que
durante el camino no dirigió la palabra á su consorte.
Volvió Laura á la soledad de su cuarto. El día seguía despejado y
caluroso. Era la hora de la siesta. Los ruidos del campo se habían
apagado por completo. En la casa no se escuchaba más que la conversación
de los criados que departían ó altercaban en la cocina y el choque de la
vajilla al ser limpiada. Después de permanecer un rato apoyada en la
ventana, resolvióse á salir, no sin haberse procurado una sombrilla y
tomar su álbum de dibujos y algunos lápices. Cuando salvó la huerta con
ligero paso, el calor había alcanzado su grado máximo. El sol relucía
iracundo en las alturas con grandes ansias de reducir á cenizas todos
los verdores del valle. El viento perezoso no les daba ayuda con leve y
fresco soplo siquiera. Los árboles, las hierbas, las plantas y las
flores sufrían á pie firme aquel chubasco de rayos con dignidad y
resignación. Puesto que no hay otro remedio, parecían decir, dejémonos
tostar por ese bárbaro, esperando mejores tiempos. Algunas hojas más
pequeñas que las otras no podían resistir aquel infierno y se doblaban y
retorcían como pacientes en el tormento.
La condesa avanzaba por la huerta. La sombra desmesurada de su quitasol
corría como densa nube por encima de los cuadros de hortaliza. Algún
pájaro que venía jadeante á refugiarse entre los árboles proyectaba
también su monstruosa silueta al pasar. Abrió la puerta de la pomarada,
y entrando en ella la recorrió á lo ancho hasta dar con su mano en el
pestillo de otra puerta de madera. Detrás de ésta había un vasto campo
poblado de castaños que estaba en declive y era también pertenencia de
la casa. Empezó á subir por él lentamente, apoyándose en el quitasol que
ya había cerrado. Parábase de vez en cuando á tomar aliento con pretexto
de contemplar el valle que se iba desplegando á sus espaldas con
infinitos tonos verdes que la luz del sol matizaba. Cuando se sintió
incapaz de seguir, buscó con la vista el castaño más grande y frondoso y
fuése á sentar debajo de él. Dejó pasear su mirada serena por el hermoso
panorama que tenía delante. El Lora, como una cinta de plata bruñida,
desarrollábase á sus anchas por la parte llana. Las montañas mostraban á
lo lejos sus faldas de terciopelo verde.
Por último abrió el álbum, y tomando el lápiz se puso á dibujar el
tronco añoso y retorcido de un árbol cercano. Embebecida en su trabajo
no escuchaba el crujir de la hierba que no muy lejos de allí estaban
segando. Al cabo de poco tiempo una voz fresca de barítono entonó con
pausa las primeras notas graves de uno de los cantos del país. Laura
dejó reposar el lápiz: le parecía conocer aquella voz y aquel canto.
Sintió vibrar en su corazón los ecos perdidos de aquella balada triste y
monótona como todas las que resuenan en los valles del Norte. En otro
tiempo lejano, muy lejano, esas mismas notas, suaves como el arrullo de
la tórtola y prolongadas como el rumor del río, habían pasado muchas
veces por la garganta de una niña cándida y alegre á quien todos besaban
y llamaban de tú, trasformada después en ilustre dama.
Cuando el canto hubo cesado, se levantó y empezó á caminar hacia el
sitio de donde saliera. No tardó mucho tiempo en ver desde el bosque
donde se hallaba un prado extenso que le seguía. En medio de él una
cuadrilla de segadores inclinados hacia la tierra movían sus brazos á
compás. Cerca de ellos, en pie, estaba un joven vestido de dril azul y
sombrero de paja. Era nuestro conocido Pedro, que vigilaba los trabajos
de la gente y los dirigía. Podría tener unos veinticinco años de edad.
Era de mediana estatura, robusto y bien formado, de rostro moreno y
expresivo, con grandes ojos negros y cabello crespo y enredado. No había
nacido en la Segada, sino muy cerca de la casa de D. Álvaro Estrada.
Tocóle ir de soldado á los veinte años y consiguió llegar á sargento muy
pronto por su buena conducta y rápida comprensión. Cuando volvió á su
país, hacía poco más de un año, había perdido el hábito de trabajar en
las faenas del campo, aunque ganara mucho en el manejo de la pluma y
buenos modales. Por influencia de Matilde y su marido entró como
administrador subalterno de la casa de Trevia, habitando en el palacio
de la Segada y dependiendo del administrador general, que residía en la
capital de la provincia.
La condesa se fué acercando al sitio donde estaba la cuadrilla. Al verla
todos suspendieron el trabajo: apoyados en la guadaña quedáronse
contemplándola mientras Pedro corrió hacia ella con el sombrero en la
mano.
--¿No tiene usted miedo al calor, señora condesa?
--No; viniendo preservada del sol no es tan grande. Ponte el sombrero.
Al parecer, pronto segaréis el prado.
--Pensábamos darlo por concluído esta tarde.
--Mucho es, sin embargo.
Llegaron cerca de los segadores, que la saludaron llevando las manos á
los sombreros, boinas y monteras, que de todo había. La condesa pasó la
vista por aquellos rostros atezados y cubiertos de sudor que sonreían
rústicamente sin quitarla ojo.
--Mal día tenéis, amigos míos--dijo movida á compasión por la fatiga que
revelaban.
--La luna nos incomoda un poco, señora--respondió un viejo
sonriendo,--pero ya estamos acostumbrados.
Los compañeros rieron, y la condesa también, por complacencia.
--Mira, ven á mostrarme el establo: así nos libraremos un poco del
calor.
--Como guste la señora.
El establo se hallaba en la parte superior del prado. Era un edificio
construído con poco esmero, compuesto únicamente de una gran pieza al
nivel de la tierra para el ganado, y otra encima de ella para guardar la
hierba. Pedro corrió el cerrojo de una gran puerta pintada con almagre y
la abrió de par en par. El vaho que despedían los animales les calentó
el rostro. Las diez ó doce vacas que había dentro acostadas sobre hojas
de castaño y rumiando con sosiego volvieron lentamente la cabeza para
mirar á la puerta. Una de ellas, más medrosa que las otras, se puso en
pie. La condesa aspiró aquel ambiente denso y húmedo con más placer que
los perfumes de su tocador.
--¿Cómo se llama esa vaca que se ha levantado?
--Cereza.
--¡Qué hermosa es!
Entró en el establo y dió algunos pasos hacia ella.
--¡Cuidado, señora, que es un animal muy torpe!
Pero la condesa no hizo caso. Llegó hasta la vaca, la cual sacudió la
cabeza y lanzó un resoplido con señales de susto.
--¡Cuidado, señora, cuidado!--volvió á exclamar Pedro.
La condesa, sin vacilar, puso su diminuta mano sobre el testuz del
animal; después lo cogió por un cuerno, y, por último, empezó á
acariciarle el hocico. La vaca al principio sacudía la cabeza, hacía
sonar la cadena que la sujetaba; mas pronto se dió á partido,
contentándose con soplar fuerte y abrir mucho los ojos. Al fin, vencida
de gusto por las caricias, extendió la cerviz y lamió con su áspera
lengua la mano de la señora.
--Ya ves que no hay por qué tenerla miedo--dijo riendo y secando la mano
con el pañuelo.
Pedro la contemplaba con sorpresa.
--Éstas son las crías, ¿verdad?--dijo apuntando para unas cuantas
becerras sujetas á otro pesebre más chico.
--Sí, señora; ahora no hay más que tres, pero muy pronto tendremos otras
dos.
--¿Cuánto tiempo tiene esta pequeñita?
--No tiene más que un mes. Nació el 27 de Mayo.
--¡Qué cosa tan linda! ¡es una monada!
La becerra se puso á dar brincos y á tirar de la cadena cuando se
acercaron á ella. Una de las vacas volvió rápidamente la cabeza y lanzó
un débil mugido.
--¡Mira, mira la madre cómo nos riñe! La pobrecilla cree que vamos á
hacer daño á su hija. No tengas cuidado--exclamó dirigiéndose á ella,
que no la tocaremos.
La vaca, como si quedase satisfecha con aquellas palabras, dejó de mirar
á la cría y siguió ruminado tranquilamente.
--¡Qué animalitos de Dios! Son como nosotros.
--Y á veces mejores que nosotros--respondió Pedro.
--Y á veces mejores que nosotros--repitió la condesa, por cuyos ojos
pasó una nube que apagó un instante su brillo.
Salieron del establo cuando venían hacía él algunas mujeres con cargas
de hierba en la cabeza.
--¿Vais á meter la hierba en el pajar?--les preguntó.
--Sí, señora; la que traemos ya está seca.
--¿Queréis que os ayude?
Todas se echaron á reir. Una de ellas, más atrevida que las otras,
respondió:
--Sí, señora; súbase al pajar y recoja la hierba que nosotras le
daremos.
Pedro alzó una escalera de mano que estaba en el suelo y la arrimó á la
abertura del pajar, subiendo inmediatamente por ella.
--¿Se atreve usted á subir, señorita?--dijo desde arriba.
--Mira si me atrevo--contestó su ama al tiempo que ascendía por la
escala con soltura y decisión.
Pedro la tomó por la mano al tiempo de poner el pie en el pajar. Estaba
éste mediado de hierba. Laura se dejó caer sobre ella pesadamente,
aspirando con voluptuosidad el aroma fresco del heno, del tomillo, saúco
silvestre y otras hierbas aromáticas que se crían en los prados de la
montaña; después se levantó y se puso á dar vueltas de un lado á otro,
hundiéndose hasta la rodilla. Esto le placía sobremanera, á juzgar por
la sonrisa feliz que contraía sus labios. El pajar estaba solamente
cubierto por las tejas. Como éstas no ajustaban herméticamente, por los
claros que dejaban penetraba la luz, que por breves intervalos hería el
rostro de la condesa.
--Yo me colocaré á la ventana y recibiré la hierba que me den las
mujeres. Usted, señorita, ¿quiere ser la encargada de esparcirla?
--Sí, sí; estoy dispuesta á trabajar mucho; empieza cuando quieras.
--Pues á ello; ¡eh! tú, Rosaura, sube esa carga.
Una mujer subió hasta la mitad de la escalera de mano; desde allí
entregó su carga á Pedro, que después de desatarla comenzó á tomar
grandes brazados de hierba y á arrojarlos con fuerza hacia el sitio
donde se hallaba la condesa, que á su vez la tomaba también y la iba
esparciendo convenientemente. Al poco tiempo de ejecutar esta tarea,
algunas gotas de sudor empezaron á correr por su frente.
--¡Si vierais cómo trabaja la señora condesa!--dijo el mayordomo á las
mujeres de abajo.
--Así, así; hoy ganará su jornal--respondió una.
La condesa reía. Tenía ya las mejillas encendidas como la grana. Toda su
sangre de aldeana parecía fluir á ellas velozmente cansada de agitar el
corazón.
--¿No está usted fatigada, señorita?
--No, no; adelante.
--Pronto concluiremos; faltan solamente tres cargas.
Aunque no quería confesarlo, se hallaba horriblemente fatigada. Sus
hermosos brazos, que se trasparentaban dentro de la bata sutil que los
cubría, se iban moviendo cada vez con menos soltura: tenía la boca
entreabierta y respiraba aceleradamente. Al encendido encarnado de las
mejillas había sucedido cierta palidez, sobre todo en los labios y en el
hueco de los ojos. Cuando Pedro dijo «ya hemos concluído», se dejó caer
como una piedra, exclamando:
--¡Qué atrocidad! ¡Cómo me he cansado!
--¿La habrá hecho á usted daño, señorita?--preguntó el mayordomo con
solicitud.
--No, no; esto pasará en seguida.
Poco á poco, en efecto, fué desapareciendo la palidez del rostro, que
volvió á teñirse de vivo carmín. Los labios se fueron plegando para
ocultar las dos filas de primorosos dientes que habían mostrado hasta
entonces. Con el pañuelo se enjugaba el sudor del rostro y cuello. Tenía
la cabeza cubierta de hierbas y hojas menudas que se habían enredado en
el cabello. De vez en cuando levantaba con la mano los rizos que le
caían por la frente.
Después de una pausa bastante prolongada, fijó sus ojos con insistencia
en Pedro, que se había sentado á su lado, y aun estuvo de este modo
algún tiempo sin hablarle. Al cabo le preguntó:
--¿Eras tú el que cantaba hace poco?
--¿Dónde, en el prado?... Sí, señora.
--¡Cuántas veces habré cantado yo ese romance!... En mi casa lo llamaban
el romance de Laura. Tú eras muy niño, pero tu madre se acordará
seguramente de habérmelo oído.
--También yo me acuerdo.
--¿De veras? Debías de ser una criatura. Cuando me casé todavía ibas á
la escuela. Me acuerdo de verte pasar por delante de casa con el
cartapacio de cuero colgado al cuello. ¿No teníais la escuela en el
atrio de la iglesia?... Sí, sí; lo recuerdo perfectamente. El maestro
era un aldeano bastante bárbaro. Mi madre reñía con él algunas veces por
lo mucho que os maltrataba. Tú eras muy guapo de chico, pero también muy
travieso. Un día pasó un muchacho por delante de nuestra puerta con la
cara ensangrentada y nos dijo que tú le habías golpeado. Mi padre se
incomodó mucho...
--¿Era un hijo del tío Pepe, de la casa de abajo?
--Me parece que sí.
--Pues le pegué porque estaba pinchando con un alfiler á una niña de
menos edad que él, hija de Telesforo el tabernero. No se me olvida que
caimos los dos rodando en el barranco que hay junto á la iglesia. Me
acuerdo bien, porque aquel día me puso el cuerpo el maestro lo mismo que
una criba.
--¡Qué bruto!... Pues otra vez un criado de casa te quiso meter miedo
cuando ibas al oscurecer á la iglesia á tocar la oración, disfrazándose
con una sábana á modo de fantasma... ¡Pero bueno eras tú para dejarte
meter miedo!... Así que estuvo cerca tomaste una piedra y se la tiraste
á la cabeza con la mayor frescura. Vino descalabrado para casa, jurando
que se las habías de pagar.
--Pues yo, señorita, me acuerdo de usted en aquel tiempo como si la
tuviera delante de los ojos. ¡Qué divertida y jaranera era usted! Donde
usted estaba no podía haber mal humor, y en todos los horuelos y
_esfoyazas_ se aguardaba á la señorita Laura como al agua de Mayo. Oía
decir en mi casa y en todas partes que no había corazón como el suyo:
así que la quería más que á ninguna de sus hermanas. Después tuve
motivos para quererla mucho más, porque hizo usted por mí una cosa que
no la olvidaré mientras viva, así viva mil años.
--No recuerdo...
--Pues yo lo tengo bien presente. Mi padre, como usted sabe, señorita,
hacía almadreñas, y de eso vivíamos. Marchaba por la mañana al monte y
solía venir á la tarde. Los jueves iba á Vegalora á vender las
almadreñas. Yo acostumbraba á llevarle la comida al monte. En una
ocasión mi madre había estado enferma y en la cama algunos días, y tomó
algunas medicinas que yo le fuí á buscar. Al parecer se gastó en ellas
el único dinero que había en casa, porque me acuerdo bien que un martes
á la hora en que yo solía ir al monte con la comida, me dijo mi madre:
«No tengo que mandar á tu padre; el tabernero no quiso fiarme el pan ni
darme un poco de manteca para componer las patatas. Díle que si tiene
algunos cuartos te los dé. Á mí me proporcionará un poco de caldo la tía
Prudencia y tengo bastante». Marchéme al monte y hallé á mi padre
trabajando con mucho afán. Cuando me vió llegar sin la cesta me
preguntó: «¿No me traes la comida?» «Mi madre me dijo que no tenía que
mandarle; que si usted tenía algunos cuartos me los diera para comprar
pan.» Llevó la mano al bolsillo, pero no sacó nada de allí, y me dijo
con una alegría que yo comprendí que era fingida: «No hay necesidad de
ir por pan; no tengo hoy ganas de comer; conque á trabajar, amigo mío».
Y se puso, en efecto, á manejar el hacha con nuevo afán. Yo, entre
tanto, empecé á corretear por las cercanías, sin sospechar que mi padre
no había tomado alimento desde el día anterior. No obstante, me hice
cargo pronto de que su ardor iba cediendo y las fuerzas le abandonaban
poco á poco. Movía los brazos con dificultad y á menudo se detenía para
tomar aliento. Sin darme cuenta de ello, cesé de enredar y me fuí
acercando á él, mirándole en silencio. Al cabo de un rato dejó caer el
hacha de las manos y fijó en mi una mirada de angustia que aún tengo
clavada en el corazón. «No puedo más, Pedro; tengo hambre», me dijo. Yo
no sé lo que pasó por mí entonces, señorita. Se me hizo un nudo aquí,
en la garganta, como si fuese á ahogarme. Se me figuró que todas las
cosas daban vueltas á mi alrededor, y sentí dentro del pecho un frío
particular, que nunca más volví á sentir. De repente me acuerdo que eché
á correr como un loco por el monte abajo, sin saber adónde marchaba.
Como no seguía la vereda, me iba destrozando los pies con la retama y
las zarzas; pero no lo notaba. No veía nada. Las lágrimas me nublaban
los ojos; pero corría, corría cada vez con más furor, y sin saber cómo
ni de qué manera, me encontré delante de su casa. Estaba usted sola al
balcón cosiendo, y recuerdo que la dije temblando de miedo: «Señorita,
mi padre tiene hambre; déme usted una limosna, por Dios». Me miró usted
con mucha sorpresa, y me dijo: «Aguarda un instante». Al poco tiempo
bajó usted á la calle, se enteró de lo que pasaba, y me dió una peseta,
diciéndome: «Anda, ve á comprar pan, y corre á llevárselo». No había
necesidad de advertírmelo. Partí como una exhalación á la taberna,
compré un pan y un buen pedazo de queso, y subí dando brincos y trepando
como un corzo al sitio donde estaba. Cuando me vió con el pan y el queso
en la mano, lo primero que hizo fué preguntarme: «¿Quién te dió eso?»
«La señorita Laura.» «Que Dios se lo pague y se lo represente de gloria
en el cielo.» Después se puso á comer con un ansia que partía el
corazón. «Come tú también, hijo mío», me dijo al poco tiempo, «Ya me
dieron de comer abajo», le respondí. Era mentira. Yo tampoco había
tomado nada aquel día, pero quise que mi padre comiera lo que le hacía
falta. Cuando bajé, tragando unas cortecillas que había dejado, y la vi
á usted otra vez en el corredor, le juro que me pareció más hermosa que
la Virgen. Quise darla las gracias; pero no fuí capaz de decir una
palabra. Pasé con la montera en la mano, sin dejar de mirarla. Algo
debió usted conocer en mis ojos, porque se sonrió y me saludó con la
mano.
--¡Pobre Pedro!
--Los perros no olvidan la mano que les ha acariciado una vez. El hombre
que olvida los beneficios es peor que un perro.
--Después que yo me fuí has estado en el servicio, ¿verdad?
--Sí, señora; me tocó la suerte. Cuando me marché, la víspera de San
Antonio, creí que todos estos picachos se me venían encima. Iba más
triste que la medianoche. Este pobre Canelo que usted ve aquí era
entonces un cachorrillo, y me siguió más de cuatro leguas, hasta que
tuve que pegarle para que se volviese; pero después de pegarle, todavía
me seguía de lejos. Entonces hice que lo atasen y lo llevasen á
Vegalora. En mi casa no podían mantenerlo: se lo dejé á un amigo
panadero que tengo en la villa. Así que perdí de vista estas montañas,
ya me sentí otro hombre, y canté y retocé como los demás. ¡Qué palos me
tienen costado estos retozos! Había un sargento en mi compañía que
nunca prevenía las cosas más que una vez. Decía que él no era reloj de
repetición. Á la segunda hablaba con el garrote. Pues, á pesar de
santiguarnos de lo lindo, no le queríamos mal, porque era hombre franco
y nunca delataba á nadie. En una acción cayó herido á mi lado: yo lo
cogí y lo llevé sobre las espaldas cerca de una hora, hasta encontrar
una barraca, donde murió á las pocas horas.
--¡No habrás pasado pocos trabajos, Periquillo! Llevarías escapulario
siempre, ¿no es verdad?
--De Nuestra Señora del Carmen.
--¿Caíste herido alguna vez?
--Sí, señora; una vez, en Navarra, me pasó una bala de un lado á otro;
me entró por aquí, salva sea la parte, y me salió por aquí. Poco faltó
para que me echasen la tierra encima. En Cuba, un negro, mas negro que
las tinieblas, grande como un castaño, me descargó un machetazo en un
hombro, que á poco me parte en dos. Sin embargo, me curé más fácilmente
que del balazo. Pero en la guerra lo de menos son las heridas, señora
condesa. Cuando uno cae herido, lo llevan al hospital y allí se está
tres ó cuatro meses como un canónigo, tomando buenos caldos y platicando
con algún compañero, mientras los demás andan con la lengua fuera de
aquí para allá, unas veces comiendo mal y otras veces sin comer, al sol
cuando lo hace y al agua cuando cae... También tienen sus raticos
buenos, no vaya usted á creerse; cuando uno va á atacar una trinchera,
pongo por caso, y suena la corneta en medio del silencio, y se descargan
los primeros tiros, y se huele el humo de la pólvora, y sin verlo,
porque el humo lo tapa, se escucha la voz ronca del oficial que grita:
«Adelante, muchachos»; y se sube, se sube hasta encaramarse sobre la
trinchera, salpicados de sangre, entre los quejidos de los que caen, los
gritos de los que suben y el choque de las bayonetas, aunque parezca
mentira, siente uno unas cosquillas que corren por todo el cuerpo y le
hacen gozar... Hay momentos que no se cambiarían por muchos años de
buena vida, señorita...
Pedro se había ido animando poco á poco. Sus grandes ojos negros giraban
descompasados con fiera expresión. Su crespa cabellera erizábase como la
crin de un corcel de guerra. La condesa le miraba con susto.
--¡Qué atrocidad!--exclamó.--¡Qué gustos tan bárbaros tenéis los
hombres!
--Tiene usted razón, señorita; bien mirado, ¿habrá bestialidad mayor que
la guerra?
--Y sin embargo, yo no sé lo que tiene, que hasta á nosotras las mujeres
nos inflama y entusiasma. ¡Cuántas veces, al ver pasar un batallón
marchando al son de la música con su bandera desplegada y las agudas
bayonetas en alto que brillan al sol y se mueven con siniestro compás,
me ha entrado en apetito el ser hombre para seguir su suerte borrascosa!
Desengáñate, Pedro: á vosotros, cuando los tiempos vienen malos, os
queda el recurso de luchar con el destino, mientras que nosotras...
¡Jesús!... ¿qué me ha picado aquí?
La condesa interrumpió su discurso para sacar vivamente una mano que
tenía metida en la hierba. En la blanca y torneada muñeca apareció una
gota de sangre. Pedro se apoderó instantáneamente de aquella mano, y
poniendo los labios sobre ella, chupó la gota de sangre.
--¿Qué haces?
--Nada, señorita. Si la ha mordido una víbora, no es usted ya la que
muere.
--¡Qué horror! ¡Quiera Dios que no sea víbora! Gracias, Pedro... Has
hecho mal en exponerte... ¡La Virgen del Carmen permita que no sea
víbora!
--No se apure usted. Expuse tantas veces la vida por cosas que á la
larga no me importaban, que nada tiene de particular que la exponga por
mi señora.
--Gracias, gracias, Periquillo... No querrá Dios que sea víbora...
Ofrezco una misa á la Virgen del Carmen si no te sucede nada... Mira,
vámonos de aquí... Estoy agitada... nerviosa... Vámonos, vámonos pronto.
La condesa tornó á bajar la escalera de mano, ayudada por Pedro, y
juntos atravesaron el prado, descendieron por el bosque de castaños y
penetraron en la pomarada, abriendo la puerta de madera. Á los pocos
pasos Laura distinguió á lo lejos entre el follaje á su marido,
acompañado de Octavio.
--Vuélvete, Pedro, que ya no me haces falta--se apresuró á decir.
Después avanzó sola hacia el sitio en que se hallaba el conde. Y como
llegase allá, fué saludada por Octavio que se hizo almíbar al tomarle la
mano y enterarse de su salud. Todos juntos se dirigieron lentamente
hacia el palacio, porque el sol ya declinaba. En una de las revueltas
del camino tuvo tiempo el conde para decir en secreto á su mujer:
--Conviene que te muestres amable con ese muchacho.
VII
Il sol de l'ánima