vestida de estantería de madera llena de piezas de paño y sembrada,
sobre todo hacia los rincones, de multitud de objetos polvorientos y
enmohecidos, las señoras se despojaron de sus abrigos. En el centro
había una gran mesa cubierta con tapete azul, y colgando sobre ella una
lámpara idéntica á la de la tienda. Sentáronse todos con gran algazara
moviendo las sillas mucho más de lo necesario. Octavio se sentó al lado
de Carmen, sin que nadie se acordase de disputarle el sitio, antes por
el contrario, se observó por varias de las señoras que D.ª Feliciana,
distraídamente sin duda, soltó velozmente la silla que tenía cogida al
lado de la de su hija cuando nuestro joven se acercó á ella.
--Venga esa bolsa, Carmelita--dijo Paco, que andaba dando vueltas
alrededor de la mesa, metiendo la cabeza entre las señoras, hablando y
riendo con todas;--¿dónde la ha puesto usted?
--Ahí, en el segundo estante, á la izquierda... cójala usted.
--Señoras, yo llevo la voz cantante esta noche. Les participo que he
tomado antes de venir dos huevos crudos. Ninguna de ustedes está en
situación de hacerme la competencia. Daré el do de pecho y haré algunas
_fermatas_ de última novedad.
Sacó de la enorme bolsa de percal un enjambre de cartones de lotería y
los dejó sobre la mesa. Las señoras se apresuraron á tomarlos y ponerlos
delante de sí, uniéndolos simétricamente. Después sacó un plato de metal
que quedó fijo en el centro.
--Vamos, señoras, dinero al plato--dijo doña Feliciana.
Los tertulios fueron sacando de sus faltriqueras un crecido número de
monedas de cobre y otro mucho más escaso de plata.
--Yo no tomo hoy más que un cartón--dijo una señora que tenía cara de
lagartija.--El domingo perdí seis reales... Ahí va un perro chico.
--Doña Demetria--apuntó Paco,--es usted muy desgraciada en el juego.
Debe usted ser dichosa en amores.
--Sí lo he sido, porque nunca tuve un novio tan insignificante como
usted.
--Por más que usted piense otra cosa, doña Demetria, sigo creyendo que
usted y yo haríamos una pareja muy linda... Ya sabe usted que en cuanto
esos labios de coral pronuncien el ansiado sí, encargo el _trousseau_ á
Madrid... ¿Le gustan las camisas abiertas, D.ª Demetria?
--Vaya, vaya, callen los novios y empiece ya á cantar--manifestó D.ª
Feliciana.
--Vamos allá.
Paco empezó á remover con mucha prisa y donaire la bolsa. Las bolas de
madera de boj que había dentro produjeron un ruido desagradable.
Octavio acercó la boca al oído de Carmen y le dijo suavemente en voz muy
baja:
--¿Te has acordado de mí hoy?
La niña sonrió y siguió mirando para los cartones que tenía delante.
¡Hola, hola! ¿Pero el señorito Octavio es novio de la niña de D.
Marcelino? ¡Quién lo hubiera pensado hace pocas horas al verle tan
rendido y melifluo al lado de la condesa de Trevia! Y no es un novio
cualquiera, según todas las señales, sino un novio consentido y aceptado
por los padres; un novio oficial. ¡Qué bien se conoce que D. Baltasar
Rodríguez ganó mucho dinero á la abogacía y aún más con algunos negocios
de minas en que estaba metido! D. Marcelino poseía un buen capital, pero
tenía varios hijos, mientras D. Baltasar acumulaba riquezas para uno
solo. He aquí el secreto de que nuestro señorito se hallase sentado tan
á sus anchas al lado de la hermosa Carmen.
--Esta noche he soñado--continuó Octavio en voz apenas perceptible--que
te habías muerto. Estabas tendida sobre un lecho de hojas de laurel y
sándalo y tenías ceñida la frente por una corona de azahar. Tu madre me
llevó de la mano adonde yacías y me dijo: «Mira qué hermosa está; ¡si
parece que está dormida!» Yo me incliné sobre ti y te contemplé algún
tiempo y se me saltaron las lágrimas. Mis lágrimas cayeron sobre tu
rostro y levantaste la cabeza con un movimiento rápido, «¡Está viva,
está viva!» gritó tu madre...
--¡Sabes que sueñas unas cosas divertidas! Habrías cenado fuerte.
--Entonces yo me incliné aún más, mucho más, metí las manos suavemente
por debajo de tu cabeza y la aproximé mucho, muchísimo á la mía. Después
hice una cosa que quisiera estar haciendo á todas horas...
--¡Qué tonto eres!--dijo la niña ruborizándose.
--El once; el cuarenta y tres; el setenta pelado, y revuelvo--gritó
Paco.
Mientras agitaba las bolas, todas las miradas se posaron en los dos
amantes, que instantáneamente dejaron de conversar. Paco volvió á sacar
y á gritar los números.
--¿Me quieres mucho?
--¿No te lo he dicho bastantes veces? Ya debías estar cansado de
saberlo.
--Díme, cuando te despiertas por la noche, ¿en qué piensas?
--Yo nunca despierto por la noche, querido. En cuanto apago la luz quedo
como un leño, y si alguna vez, por casualidad, despierto, al día
siguiente no me acuerdo de lo que estuve pensando. Ya sabes que no soy
tan poética como tú... Apunta ese diez y siete que acaba de salir...
Creo que para querer bien no es necesario tener esas ideas románticas.
--Pues yo creo que sí.
--Pues yo creo que no.
--Vaya, no riñamos y mírame un poco. Tú no sabes las cosas que yo veo al
través de tus pupilas azules. Lo más hermoso que existe en la creación
es azul: el cielo, el mar y tus ojos. ¿No has observado qué afición
tengo al color azul desde que te quiero? Mira mi traje; mira mi
corbata...
--El veintiocho; el tres; el cinco; el ochenta pelado, y revuelvo--gritó
Paco.
--Ya tengo terno--dijo D.ª Feliciana.--Oiga, Paco; no ha contado usted á
estas señoras la escena de la llegada de los condes. ¡Si vieran ustedes
qué bien imita á Laura! Es morirse de risa. Vamos, Paco, describa usted
la escena.
--Sí, sí, que la describa--dijeron todos.
--Ahora estamos jugando; más tarde--repuso Paco.
--No, no, ahora--clamaron todos.
El jugador se hizo todavía un poco de rogar; pero al fin, cediendo á las
instancias reiteradas del concurso, dejó la bolsa sobre la mesa y dijo á
D.ª Feliciana:
--Pues bien, ofrézcame usted las rosquillas. D.ª Feliciana se levantó
con la sonrisa en los labios, tomó el plato de los cuartos y se fué
hacia él en ademán humilde y presentándoselo. Entonces el jugador, con
modales grotescos y atiplando la voz, comenzó á remedar á la condesa de
Trevia (que en aquella tertulia se llamaba siempre Laura á secas),
contrahaciendo sus nobles y sencillas palabras y poniendo en caricatura
sus graciosos ademanes. Los tertulios todos, exceptuando á Octavio,
reían con estrépito. Paco Ruiz tomaba con la punta de los dedos, y como
temiendo mancharse, una moneda del plato y figuraba morderla con mucha
delicadeza, diciendo:
--Están muy buenas, D.ª Feliciana; ¿las ha hecho usted? No podía usted
ofrecerme regalo mejor, señora.
Y las frases incisivas y groseras volaban de boca en boca, mientras el
jugador, como un notable comediante, seguía parodiando la escena breve
en la cual aquella D.ª Feliciana que ahora reía con tanto gozo, había
salido á la calle toda sofocada con una bandeja de confites, prodigando
á la condesa las más extremadas y serviles lisonjas. Una señora
exclamaba: «¡Ya lo creo que estarían buenas! ¡Que se acuerde de las que
comía en casa de su padre!» Otra decía: «¡Vaya por Dios, señor; yo con
estas cosas me mareo!» Más allá murmuraba una vieja: «¡Qué mundo éste y
cuántas vueltas da!» Y todas ellas hacían coro con sus risas maliciosas
y sus dichos punzantes á la mímica del jugador, el cual, así que
concluyó de representar la escena, volvió á coger la bolsa y dijo como
hablando consigo mismo en tono entre compasivo y desdeñoso: «Á esta
pobre Laura le sienta el condado como á un Cristo un par de pistolas».
Las señoras le miraron con respeto y rieron discretamente este chiste
que cerraba la serie de los pronunciados con tal motivo. Octavio dijo á
Carmen en voz baja pero irritada:
--¡Parece mentira que te rías de estas payasadas!
La niña le miró con ojos muy abiertos y asombrados, como si no acertara
á comprender la posibilidad de que fuese malo y feo lo que solazaba á
tanta gente respetable. Desde que tuviera uso de razón no había
escuchado en su tienda otras conversaciones.
--El treinta y dos; el siete; el setenta y uno; la niña bonita...
--Es decir, Carmen--sopló Octavio al oído de su novia, la cual le pagó
con una mirada risueña que sin duda significaba: «¡Acabaras de decir
algo de provecho!»
--Los anteojos de Mahoma; el uno; arriba y abajo...
--¡Alto! ¡alto! ¡alto!--exclamó atropellándose una señora que tenía una
verruga en la nariz y gastaba sortijas de pelo en las sienes.
--Ya principia D.ª Faustina--exclamó D.ª Feliciana con mal
humor.--¡Bendito sea Dios, señora, qué suerte tiene usted!
Mientras se confrontaban los números del cartón con los de las bolas que
se hallaban esparcidas encima de la mesa, tarea que duró buen rato,
porque Paco se complacía en atormentar á la afortunada señora, los
amantes no cruzaron la palabra. Cuando el jugador volvió á agitar la
bolsa comenzó otra vez su arrullo suave.
--Te voy á pedir una cosa.
--¿Qué es?
--¿Me la concederás?
--Díme antes lo que es.
--No, no; quiero que me digas primero si has de concedérmela.
--Mientras no sepa de qué se trata, no te lo puedo decir. Ya comprendes
que si es una cosa que no deba concederte...
--Pues bien, te lo diré; dame un zapatito tuyo.
--¡Ave María Purísima! ¿Y para qué quieres tú eso?
--Para tenerlo guardado siempre como una reliquia en un cofrecito de
cristal y ponerlo al lado de mi cama; para sacarlo cuando me vaya á
acostar y acordarme de ti y darle un millón de besos...
--¡Calla, calla!--exclamó la niña sonriendo ruborizada.
--El diez y seis; el treinta y nueve; el setenta pelado, y revuelvo.
--¡Jesús, qué setenta--interrumpió D.ª Demetria;--ni una sola vez deja
de salir!
--¿Me lo concederás, hermosa?
--No.
--¿Por qué?
--Porque es una suciedad... Apunta ese cuarenta y nueve.
--Todo es límpido y bello tratándose de ti.
--¿Te figuras que soy cuerpo santo? Espera, espera un poco--dijo mirando
para los cartones de Octavio;--has dejado pasar el trece sin dar el
alto.
--¿Qué es eso? ¿qué es eso?--preguntó doña Feliciana introduciéndose en
la conversación.
--Que Octavio ha dejado pasar el trece que le faltaba sin dar el alto.
--Pues ahora ya no tiene derecho--exclamó precipitadamente y lanzando
miradas ansiosas al plato D.ª Faustina.
--¿Y por qué no la ha de tener, si estaba distraído?--repuso D.ª
Feliciana.
--Pues por lo mismo; el juego es juego y se ha de atender á él con
formalidad.
--No se apure usted tanto, señora, que no es puñalada de pícaro. Si
tuviera los cinco sentidos puestos en el cartón, como usted, no le
sucedería eso.
--No se necesita tener puestos los cinco sentidos para apuntar los
números que salen, y es triste gracia que, porque una persona se
distraiga, los demás suframos las consecuencias.
--Más triste es la gracia de ganar una lotería y que otro se la lleve.
--Mire usted--dijo Paco al oído de la señora que tenía á su lado--con
qué energía defiende D.ª Feliciana los perros chicos de su yerno.
D.ª Feliciana comprendió por el movimiento de los labios del jugador y
por la sonrisa de su compañera que había servido de tema á una burla, y
no dijo otra palabra. El juego continuó y volvió á escucharse el cántico
de los números en medio de religioso silencio. Al cabo de unos instantes
D.ª Faustina dió el alto.
Considere el lector lo que entonces pasó por el corazón de D.ª
Feliciana. Si no fuese porque Paco la miraba fijamente y sonriendo, es
seguro que aquella noche D.ª Faustina hubiera oído las verdades del
barquero. Otras cinco veces entraron de golpe las bolas de boj en la
bolsa, y otras tantas salieron una á una y con pausa. Con la vista fija
en los cartones y un grano de maíz entre los dedos, los tertulianos
permanecían silenciosos y atentos, excepto nuestro señorito que á menudo
se inclinaba hacia la oreja nacarada de Carmen para decirle algunas
palabras. Aunque parezca mentira, aquel senado gozaba placeres infinitos
mientras alguno de sus miembros no gritaba «¡alto! ¡alto!» El único que
se aburría soberanamente era Paco, quien procuraba ostentar su
aburrimiento y presentarlo á la tertulia como un nuevo derecho á su
gratitud y admiración. Su grito bronco y desafinado llegaba
perfectamente hasta la tienda y hacía sonreir á los padres graves en los
momentos de silencio. La charla de éstos sólo llegaba á la trastienda
cuando degeneraba en disputa. Á las diez se levantó una señora diciendo
que era muy tarde. Las demás lograron convencerla de que debía esperar
la última lotería. Cuando concluyó, todos empujaron los cartones hacia
adelante. Paco comenzó á tirar granos de maíz á las señoras, que se
alborotaron como gallinas en el corral, y muertas de risa dispararon
iguales proyectiles contra el agresor, quien, haciendo muecas y
contorsiones cómicas, fué á refugiarse en un rincón de la estancia.
Mientras tanto Octavio separaba un lápiz de oro que pendía como dije de
la cadena de su reloj, y volviendo un cartón del revés escribió estas
palabras: «Adiós, dueño mío; voy á pensar en ti». Después presentó el
cartón á su novia. La niña se rió, y pidiéndole el lápiz comenzó á
borrar lenta y cuidadosamente lo escrito.
--Vaya, vaya, que es muy tarde--dijo con impaciencia la señora que
primero se había levantado.
Empezaron á ponerse los abrigos. Paco tomó el serenero de una señora, se
envolvió la cabeza con él y salió de esta traza á la tienda, donde fué
recibido con risas protectoras y benévolas. Las señoras á su vez
chillaban y soltaban carcajadas agudas que provocaban á reir. Hubo, lo
mismo que á la entrada, apretones de manos, besos sonoros y mucho ruido.
Todas las damas hablaban á un tiempo. Octavio aprovechó la confusión
para mandar un beso á su novia con la punta de los dedos. Por fin el
bullicioso grupo salió á la tienda, y de allí, después de haber tomado
en su compañía la parte masculina de la tertulia, á la calle. En la
puerta encontraron á Homobono Pereda, que era un muchacho de veintidós
años con las piernas torcidas y cara de niño llorón. En Vegalora le
llamaban el _Feto_. Acababa de concluir la carrera de Filosofía y Letras
en Madrid y tenía ya escrito y publicado un volumen sobre los _Orígenes
de la vida_; otro, que comprendía sólo la parte general, sobre el _Libre
albedrío_, y un folleto de sesenta páginas titulado _¿Adónde vamos?_ en
el cual se esclarecían de todo en todo las más famosas teorías y
sistemas que han nacido para defender la inmortalidad del alma. D. Lino
deploraba en público «las ideas extraviadas y los sueños» de su hijo,
pero en realidad no dejaba de considerarlo como un milagro y como á tal
lo sacaba á pasear casi todas las tardes por la villa, ofreciéndolo á la
admiración de sus convecinos con la misma unción que el sacerdote al
presentar el Santísimo Sacramento á la vista del pueblo.
--¡Á buena hora llega usted!--dijeron á un tiempo dos señoras, así que
vieron á Homobono.--De seguro estaría usted estudiando... Los libros le
sacan á usted loco.
--No lo crean ustedes--repuso el Feto ruborizándose.--No hice más que
entretenerme un rato... Pensaba venir á jugar, pero se me pasó la hora
sin saber cómo... Aunque ya era tarde, como estaba fatigado, salí á
tomar un poco el fresco... Tengo la cabeza como un horno...
--Eso no puede ser bueno, Homobono--dijo una señora.
--Se está usted matando--añadió otra.
--Todos los extremos son malos--apuntó una tercera.
--¡Sí, sí, estudia, querido,--exclamó Paco Ruiz,--que ya verás cómo te
paga este país!
D. Lino sonreía bienaventuradamente diciendo al promotor «que bueno era
estudiar; que brutos demasiados había en Vegalora». El grupo siguió
marchando por las calles oscuras y mal empedradas, riendo cuando alguno
tropezaba y charlando animadamente. Poco á poco se fué reduciendo el
pelotón por ir deteniéndose cada cual á la puerta de su casa. Octavio no
se fué á la suya hasta después de acompañarlos á todos. Ya sabemos el
trabajo que le costaba despedirse de un concurso. Cuando llegó á ella,
su madre le esperaba y la cena también. D. Baltasar se había ido á la
cama. Durante la cena, madre é hijo hablaron como dos amigos en tono
discreto y confidencial. No diremos lo que hablaron, porque se va
haciendo muy largo este capítulo. Sólo apuntaremos que Octavio llevó
casi todo el tiempo la palabra y que su madre le escuchaba atentamente y
con satisfacción. Los ojos de D.ª Rosario expresaban un orgullo inocente
al posarse sobre el rostro de su hijo, mas lánguido y ojeroso que de
costumbre.
Finalmente, entróse nuestro mancebo en el cuarto donde por la mañana le
encontramos, y mientras se desnudaba perezosamente y arreglaba con
voluptuosidad las cortinas del lecho, no dejó de pensar un instante...
¿En quién, en quién pensaba el hijo único de D. Baltasar Rodríguez? Las
palabras fugaces que se le escapaban una que otra vez de los labios eran
incoherentes. Sólo cuando alzó la ropa del lecho y metió una pierna
dentro se le oyó claramente decir: «¡Que elegancia, qué distinción!» Y
más tarde, cuando apagó de un soplo la luz de la bujía y se zambulló en
las sábanas, también se le oyó murmurar: «Muy linda: tiene un tipo
ideal, pero ¡es tan cursi la pobre!»
VI
Un día más.
La doncella que á la mañana siguiente entró en el dormitorio de la
condesa de Trevia hizo el menor ruido posible al entreabrir los
balcones. Dirigió una mirada triste y compasiva al lecho de su señora y
salió sobre la punta de los pies como había entrado. La condesa se
incorporó y estuvo buen rato paseando la vista por los objetos que en
torno suyo yacían con insistente y extraña curiosidad, como si la
hubiesen trasportado durante el sueño á un paraje que jamás hubiera
visto. Tenía las mejillas encendidas: sus ojos brillaban de un modo
sombrío debajo de la primorosa cofia que mantenía prisioneros los
cabellos. Bien se echaba de ver que no había despertado en aquel
momento. El sueño dulce de la juventud no arrebata de tal suerte las
mejillas; no infunde en los ojos semejante brillo ni deja, sobre todo,
tal expresión aciaga sobre el rostro.
Por delante de aquellos ojos inmóviles y resplandecientes como el acero
bruñido había desfilado durante la noche una procesión de fantasmas. La
mirada de Laura guardaba aún restos del terror y el extravío que las
visiones infunden en el alma.
¿Qué había pasado aquella noche? Sería lo que otras veces. Porque la
joven condesa, en los años que llevaba de matrimonio, había visto
desfilar muy á menudo sobre su lecho la misma procesión de fantasmas
pálidos. Un criado indiscreto dijo al cabo de algún tiempo á un vecino
de Vegalora que aquella noche había visto por la rendija de una puerta á
la condesa de rodillas ante miss Florencia. El conde, con el rostro más
pálido que nunca, los brazos cruzados y un poco tembloroso, estaba en
pie mirándola fijamente. Antes había percibido en el gabinete de sus
amos ruido de pasos precipitados, voces y gemidos.
La condesa concluyó por fijar su mirada extraviada en el brazo que tenía
fuera de la cama: hizo un gesto de dolor, sacó el otro que tenía entre
sábanas, y suave y lentamente empezó á recoger hacia arriba la manga del
primero. La tenue camisa de batista fué poco á poco arrollándose en
torno de aquel brazo como un turbante. Los hechizos de aquel brazo,
prodigio de elegancia y blancura, iban quedando al descubierto sin
recibir el homenaje de admiración que un escultor le hubiera seguramente
otorgado. Cesó de dar vueltas. En una de ellas apareció sobre el fondo
blanco y lustroso una gran mancha morada con bordes amarillentos. Laura,
al ver aquella mancha, no pudo reprimir un leve gesto de espanto.
Después siguió con la vista clavada en ella larguísimo rato con la misma
expresión de extravío ó indiferencia. Poco á poco se fueron contrayendo
sus labios y dejaron paso á una sonrisa dura y cruel como nunca se había
visto en su cándida boca. Y detrás de esta sonrisa quiso percibirse,
allá en el fondo de la garganta, una risa apagada, nerviosa,
amenazadora, como jamás tampoco había salido de su pecho. Todas las
almas, hasta las más puras, se sienten acariciadas en algún instante de
la vida por el crimen. La condesa sentía ahora sobre la frente su beso
ardoroso, maldito. Separó los ojos de la mancha morada y los movió
siniestramente en todas direcciones. Parecía buscar la víctima. Dejó
vagar sus manos crispadas sobre la cama, apretando con fuerza la ropa.
Quizá buscaba el arma.
Pero ni la víctima ni el arma se mostraron. En vez de ellas, tropezaron
sus ojos al pasar por la ventana con los almenados riscos de la Peña
Mayor, que flotaba á lo lejos en el éter azul. Pocas veces apareció tan
pura y limpia de vapores como en aquel momento. La mañana era
espléndida. El sol había madrugado mucho, señal cierta de que á la
tarde se nublaría. Los contornos de la Peña Mayor y de sus compañeras
parecían dibujados sobre el gran lienzo del firmamento por un pincel
monstruoso. Laura miró otra vez á la mancha del brazo y otra vez levantó
la vista hacia las altas montañas del horizonte. El odio y la ira que
habían enturbiado sus claras pupilas se fueron disolviendo y tornaron á
aparecer en ellas las purezas y hermosuras del fondo. No tardaron en
nublarse de lágrimas y aun en dar paso á un torrente de ellas que le
abrasaron las mejillas, refrescándole el alma.
Vistióse con pausa, sin pedir auxilio á la doncella, y arrastrando un
poco los pies, que iban calzados con unos pantuflos de raso amarillo, se
acercó á la ventana. Las mañanas son frescas en este país hasta en el
mes de Junio, y los cristales se habían empañado. Se puso á escribir
distraídamente sobre ellos con su dedo rosado. Primero escribió su
nombre varias veces. Después trazó el de su niña «Emilia»; después el de
su hijo mayor «Pepito». Las letras despedían hermosos reflejos azules.
El dedo de la condesa, al trazarlas, producía débil chirrido. Quedóse un
instante pensativa. De pronto escribió rápidamente con caracteres casi
ininteligibles sobre el cristal el nombre de «Carlos». Era el de su
marido. Y al instante, rápidamente también y con cierta ansiedad feroz,
puso la palma de la mano sobre él y lo hizo desaparecer. Quedó limpio el
cristal. La Peña Mayor, bañada ya por la luz del sol, dejóse ver
risueña y serena como nunca.
Hizo llamar á sus hijos, y pasó más de una hora jugando con ellos como
una niña. El que la hubiese visto retozar locamente y correr de un lado
á otro, ora ocultándose de Pepito, ora persiguiendo á Enriqueta, ora
llevando entre sus brazos á Emilia para sustraerla á las caricias de sus
hermanos, no imaginaría seguramente que pocos momentos antes derramaba
copioso y amargo llanto. Una de las propiedades que caracterizaban á la
joven condesa era el pasar fácilmente del pesar á la alegría. Su
naturaleza sana y equilibrada rechazaba el dolor, como los organismos
rechazan siempre los cuerpos extraños. Aquella sangre, henchida de
juventud, que discurría por sus venas azuladas, tiñendo de carmín las
mejillas y latiendo poderosa en las sienes, tenía fuerza bastante para
ahogar los negros fantasmas de la imaginación. Era el suyo un
temperamento feliz que sólo muy tristes y odiosas circunstancias podían
volver desgraciado.
Después que los niños fueron á estudiar sus lecciones se puso á escribir
una carta. Antes de terminarla recibió la visita de su hermana Matilde,
que habitaba como señora la casa de Estrada. Sus padres habían fallecido
y también una de sus hermanas. Otra, llamada Ángela, se había casado con
un ingeniero belga y se había ido á establecer á Andalucía. Matilde era
la única que vivía en el país, casada con un muchacho más alto y fornido
que rico, gran bebedor y jugador de bolos, que poseía los instintos
groseros y viciosos de un labriego y los humos nobiliarios de un
mayorazgo. Tenían ya siete hijos, y aunque Laura y Ángela les cedieran
su parte de herencia, criábanlos más pobremente aún que D. Álvaro había
criado á los suyos. Raro era el año que no vendían alguna finca ó
tomaban á préstamo dinero para cubrir el déficit de sus ingresos.
Charlaron mucho, muchísimo. Laura no se cansaba de acariciar á su
hermana y de contemplarla con ojos ansiosos y húmedos. Recorrieron toda
la casa. Matilde quiso ver las ropas y objetos de Laura, y ésta, por
complacerla, se tomó la molestia de mostrárselos, sin notar las miradas
penetrantes y codiciosas que aquélla posaba sobre ellos, ni la sonrisa
de despecho que vagaba por sus labios. Las telas deslumbrantes que
derramaban un perfume delicado, los encajes costosísimos y los mil
primores de todas suertes que iban saliendo de los baúles, despertaban
en Matilde la sensualidad y concupiscencia de su naturaleza aldeana.
¡Cómo se hubiera reído de quien le dijese que su hermana, la opulenta
condesa de Trevia, era más desgraciada que ella!