--Este Pedro--dijo el cura--es un buen muchacho... es un buen muchacho.

Nos va despejando la comarca de alimañas. Señor conde, tiene usted una

alhaja en este muchacho... sobre todo es mozo formal y de palabra.

--Señor cura, si no fuí á ayudarle á usted á arreglar la huerta, fué

porque estos días anduve muy ocupadado preparando las cuentas...

--Bien, hombre, bien; yo no te he preguntado nada. No hago más que

referir tus méritos y cualidades al señor conde.

--Es que entiendo bien las indirectas.

--Pedro, deja aquí el zorro y vé á casa por un poco de paja ó hierba

seca.

--¿Qué es eso, le quiere usted hacer cama á ese bicho?--preguntó D.

Primitivo.

--Sí; le quiero hacer un lecho cómodo para que se cure.

No tardó Pedro en llegar con una muy bastante cantidad de hierba entre

los brazos, y así que la dejó en el suelo, ordenóle su señor que colgase

el zorro por las patas traseras de la rama más baja de uno de los

árboles. La condesa, mientras se practicaba esta operación, alejóse

velozmente del grupo y se perdió pronto de vista entre los árboles.

Mandó en seguida el conde colocar la hierba debajo del zorro, y sacó del

bolsillo una preciosa fosforera de oro.

--¡Hola, señor conde, intenta usted hacer un auto de fe? Ya concluyeron

esos tiempos ominosos... ya concluyeron esos tiempos ominosos. El zorro

le va á llamar á usted oscurantista, y con razón, sí señor... y con

razón.

El conde se bajó sonriendo y aplicó un fósforo encendido á la hierba.

El zorro, colgado boca abajo, permanecía inmóvil, y nadie le tuviera por

vivo á no ser por sus ojos abiertos que giraban lanzando miradas

recelosas á los espectadores. La sonrisa de éstos le contrariaba

visiblemente. Empezaban á sonar los chasquidos de la hierba y el fuego

iba cundiendo poco á poco por lo más interno del montón, que lanzó una

bocanada de humo espeso. El zorro quedó envuelto por un instante y se le

escuchó estornudar.

--Ya le sube el humo á las narices, señor conde--dijo D. Primitivo.

El viento disipó el humo espeso, y el montón comenzó á arrojar una

columnita de otro azulado y trasparente. Quedó el zorro al descubierto,

y observáronse en él señales de una inquietud que iba en aumento. Todos

le contemplaban curiosamente y sin quitarle ojo, excepto Pedro, el cual,

ajeno totalmente al espectáculo, se ocupaba en sacar el cartucho quemado

de la escopeta y en arreglar sus llaves. Una llama brotó súbito de la

hierba y rozó el hocico del animal, que sacudió la rama con violencia.

--Ya le come, ya le come, por do más pecado había--dijo riendo el cura.

Tornó á brotar la llama con más fuerza y esta vez se detuvo algún tiempo

en el hocico del zorro, que lanzó un chillido áspero, ridículo.

El Canelo comenzó á ladrar furiosamente y fué necesario que su amo le

diese un par de puntapiés para hacerle callar. Los espectadores

acogieron con algazara el chillido del animal. El conde no hizo más que

sonreir. Por tercera vez salió la llama del montón, próximo ya á

convertirse en hoguera, y envolvió con una horrenda caricia la cabeza

del zorro, el cual, tratando de huirla, principió á enroscarse, lanzando

al mismo tiempo continuos chillidos. El perro, sin hacer caso de los

puntapiés de Pedro, no cesaba de ladrar y aullar, corriendo de un lado á

otro, unas veces acercándose á la hoguera con las orejas tiesas y los

pelos erizados, marchando otras á ocultarse entre las piernas de alguno

de los presentes. La algazara había ido cesando poco á poco en el

concurso. Los rostros quedaron completamente serios. El conde seguía

sonriendo como antes. Quemaba ya la hierba por todas partes y

chisporroteaba arrojando pavesas inflamadas que se apagaban

instantáneamente y caían convertidas en ceniza. El día estaba

concluyendo. La mancha negra de la esquina se había extendido cual si

fuese aceite por toda la pomarada. Así que la luz de la hoguera trazaba

círculos luminosos en ella y corría á veces impetuosamente por debajo de

la bóveda iluminando una gran extensión y prontamente se replegaba

abandonando el campo á la sombra. Veíanse reflejos vivos y fugaces en

las hojas de los árboles y sentíase en el rostro el calor abrasante de

las llamas. El desgraciado zorro seguía enroscándose y retorciéndose

para salvar su cabeza, pero el fuego le tostaba el lomo cruelmente. Un

hedor irresistible de pelo quemado se esparció por la atmósfera. El

dolor arrancaba al pobre animal gritos cada vez más extraños y

penetrantes que resonaban de un modo siniestro en el silencio de la

pomarada. Á estos gritos desgarradores respondían lúgubremente los

aullidos del perro que daba vueltas en torno de la hoguera, espantado y

trémulo.

Un espectador se desplomó y cayó con ruido sordo sobre el césped. Todos

acudieron á aquel sitio. Era el señorito Octavio que se había desmayado.

Inmediatamente que lo levantaron recobró el conocimiento.

--No es nada, no es nada... muchas gracias... Me pasa esto con

frecuencia.

D. Primitivo sacó de las reconditeces de su faltriquera un vaso de metal

y corrió á un charco que estaba próximo. Cuando llegó con el vaso lleno,

el joven estaba ya de pie y hablaba serenamente con el conde. Mas D.

Primitivo no quiso perder el viaje y acercándose cautelosamente á él,

sin darle aviso alguno le encajó toda el agua en mitad del rostro.

Octavio quedó un instante sin respiración.

--Muuuchas gracias, D. Primitivo... No... había necesidad...

Aunque trató de secarse inmediatamente con el pañuelo, no pudo evitar

que una regular cantidad de agua le entrase entre el cuello de la

camisa y la carne, lo cual le produjo escalofríos y estornudos para buen

rato.

El fuego había quemado en tanto la cuerda que sujetaba el zorro al árbol

y el animal había desaparecido ya en la hoguera. Las llamas fueron

decreciendo poco á poco y presto no hubo allí más que un montón de

cenizas.

--Me parece que es hora de ir aproximándonos á nuestro asilo--dijo el

licenciado Velasco de la Cueva.

--Tiene usted razón, D. Juan--repuso don Marcelino;--la noche se viene

encima, y de aquí á Vegalora todavía hay un paseíto.

Se pusieron todos en marcha hacia la casa. Á los pocos pasos hallaron á

la condesa, que salió de entre los árboles con un niño de la mano y el

clavel de Octavio en la boca. Esta vez sintió nuestro joven un fuerte

escalofrío de placer que le indemnizó con creces de los tormentos que le

había hecho sufrir el agua de D. Primitivo. Acercóse rápidamente á la

dama y se puso á darle cuenta de su desmayo.

--No puede usted figurarse, condesa, lo impresionable que soy. Es

desgracia nacer con un temperamento como el mío. El médico me dice que

soy un manojo de nervios y que debo evitar todas las emociones vivas, lo

mismo las tristes que las placenteras... Pero si he de huir las

últimas--añadió después de breve silencio y fijando sus ojos tímidos en

la condesa--es preciso que no vuelva á parecer por aquí.

--¿Y por qué?

--Porque... la impresión que usted me causa es demasiado placentera.

--¿Sabe usted que sin salir de Vegalora es usted ya un cortesano

perfecto?

Octavio sintióse aún más lisonjeado por estas palabras que por el buen

sitio que la condesa había otorgado á su clavel, y mientras caminaban en

dirección á la huerta se enredó en un laberinto de explicaciones

metafísicas sobre las diferencias y afinidades que existen entre la

galantería, el amor, la amistad, la simpatía, etc., etc. Mientras tanto

D. Primitivo se enteraba con profunda sorpresa de que Pedro no había

tocado siquiera en el cuadro de las lechugas. El procurador se guardó de

comunicar la noticia á sus compañeros, y cuando llegaron á la huerta y

se encontró frente á las malhadadas lechugas, que habían tenido la

audacia de espigar _motu proprio_, bajó la cabeza y pasó de largo sin

conocerlas.

--Adiós, señor cura, mañana pasaré á verle en su rectoral. Adiós, D.

Primitivo. Adiós, señor Rodríguez, que no deje usted de visitarnos con

frecuencia. Adiós, D. Juan. Adiós, D. Marcelino.

Octavio se había quitado un guante apresuradamente, y al dar la mano á

la señora de la casa le dijo en voz baja:

--¡Qué felices son algunos claveles, condesa!

Todos partieron. El cura les dejó á la salida del villorrio y emprendió

el camino pendiente y tortuoso de la rectoral. Los cuatro vecinos de

Vegalora siguieron la calle de avellanos que conducía al río, salvaron

el puente, y una vez en la carretera fué asunto de pocos minutos el

poner el pie en la villa. Octavio apenas despegó los labios en todo el

camino. Una nube de pensamientos flamígeros daba vueltas en torno de su

cabellera y le impedía ver las que se cernían en las alturas, besadas

suavemente por los moribundos rayos del sol. ¡Qué cara pondrían los tres

graves señores que marchaban á su lado si dijese en alta voz lo que iba

pensando!

En una de las calles dejaron á D. Primitivo, que se metió en su casa.

Más adelante al licenciado Velasco de la Cueva. Por último llegaron á

casa de D. Marcelino. La tienda estaba ya iluminada.

--¿No ve usted qué amigos son de la claridad en mi casa?--exclamó el

tendero en tono que no expresaba ninguna satisfacción.--¿Quiere usted

pasar, D. Octavio? No tardará la gente en llegar.

--Con mucho gusto. Pase usted, D. Marcelino.

--Pase usted, D. Octavio.

--Pase usted, D. Marcelino.

V

La tienda de D. Marcelino.

Aunque mucho más clara de lo que su amo hubiera deseado á tales horas,

la tienda no era, á decir la verdad, un farol veneciano. Toda su

iluminación se reducía á una lámpara de petróleo colgada en el centro de

la estancia sobre el mostrador. Y como quiera que la tienda era grande y

la lámpara tenía pantalla, su luz blanca y crecida, en forma de

mariposa, no conseguía traspasar los polvorientos cristales de los

armarios. Si no supiéramos, pues, hace tiempo, que D. Marcelino

comerciaba en paños y bayetas, no era fácil que ahora nos informáramos

del contenido de tales armarios. El mostrador iba de una á otra pared á

lo ancho y era oscuro, y estaba resplandeciente por el uso lo mismo que

si lo acabasen de barnizar. Había clavadas en él algunas monedas

falsas, y en uno de sus extremos se veía una pecera sucia por la cual

nadaban algunos pececillos colorados. Detrás del mostrador, y en un

rincón de la tienda, una mesilla rodeada por un enrejado de madera

pintada de verde. Era el escritorio; el paraje más temible y peligroso

de la comarca. Decía Paco Ruiz á sus amigotes del café que prefería ir á

medianoche al cementerio á llegarse á las doce del día al escritorio de

D. Marcelino.

El contenido oficial (digámoslo así) del establecimiento, y por el que

D. Marcelino pagaba su contribución, si es que la pagaba, que no estamos

seguros, eran los paños y las bayetas. Mas podemos afirmar, bajo palabra

de honor, que un día hemos visto entrar á un niño pidiendo media libra

de fideos y se la dieron; otro día entraron varios jóvenes por cohetes y

salieron con ellos; y, finalmente, en cierta ocasión entró una mujer

pidiendo sanguijuelas y observamos que satisfacían su demanda. Y si D.

Marcelino no era exclusivo en la naturaleza y circunstancias de sus

mercancías, fuerza es confesar que aún lo era menos en el carácter y

opiniones de los tertulios que cotidianamente invadían su tienda. Allí

acudían, como todo el mundo sabe, personajes tan arcaicos y retrógrados

como D. Primitivo, don Juan Crisóstomo, el cura de Vegalora y el de la

Segada; conservadores partidarios del justo medio como D. Lino Pereda,

D. Ignacio Valcárcel y otros; liberales templados como D. Baltasar

Rodríguez, el juez y el promotor fiscal, y, por último, republicanos

federales socialistas con todas sus consecuencias como Paco Ruiz y su

sabio amigo el joven _krausista_ Homobono Pereda, hijo de D. Lino.

Fáciles son de presumir los zipizapes de que sería teatro en muchas

ocasiones el establecimiento de D. Marcelino. Por fortuna éste tenía la

saludable costumbre de dar la razón á todos y cada uno de los

contendientes. De esta suerte nadie se encontraba solo en la defensa de

ninguna causa y la irritación nunca podía alcanzar un grado peligroso.

Cuando nuestros amigos penetraron en la tienda, las únicas personas que

en ella había eran D.ª Feliciana y su hija Carmen cosiendo debajo de la

lámpara, y Paco Ruiz sentado sobre el mostrador con las piernas colgando

hacia fuera, que se balanceaban suavemente como dos péndulos.

--¡Hola! ¿Vienen ustedes de visitar á la ilustre familia de los

Trevia?--dijo Paco Ruiz, que era un mozo guapo y arrogante, de ojos

negros expresivos, barba recortada y que á la sazón mordía, cerrando los

ojos voluptuosamente, un magnífico cigarro habano.

--Sí, venimos de la Segada.

--¿Repartían por allá monedas de cinco duros?

--Lo que se repartía cuando fuimos era un sol magnífico capaz de

derretir las piedras.

--¿De manera que usted cree que yo no debo ir á la Segada?

Paco Ruiz dijo estas palabras con gravedad cómica. D.ª Feliciana y

Carmen rieron.

--¡Siempre ha de ser usted el mismo!--repuso D. Marcelino un poco

amoscado levantando la tabla del mostrador para entrar.

Efectivamente, Paco Ruiz siempre era el mismo, esto es, siempre era un

joven más chistoso que afable y más desvergonzado que chistoso.

Pertenecía á una antigua aunque arruinada familia de Vegalora. Para

subvenir á sus muchas necesidades no tenía otras rentas que el tresillo,

el golfo y el monte, en cuyos juegos, al decir de la villa, era un

asombro de habilidad. Cinco ó seis horas de casino todos los días le

bastaban para gastar más con su persona que otros muchos con toda su

familia. Vestía con lujo, pero caprichosamente y sin someterse á la

moda: traía sortijas de valor en los dedos y fumaba los mejores cigarros

de la provincia. ¿Por qué era republicano? Nunca hemos acertado á

comprenderlo. Verdad que se reía de las preocupaciones nobiliarias y

decía muy buenos chistes á propósito de los conservadores; pero con todo

eso, puede dudarse que hubiese en el fondo hombre más orgulloso y

linajudo que Paco Ruiz. Es posible que este muchacho encontrase muy

original el ser demócrata perteneciendo á una familia aristocrática, y

que sólo buscando la belleza de tal contraste hubiera venido á dar con

sus huesos en el partido liberal más avanzado.

Octavio pasó también con D. Marcelino al interior de la tienda y se

sentó al lado de Carmen, y le dijo en voz baja algo al oído. La niña le

respondió igualmente en voz baja, con mucha amabilidad.

Carmen era una niña hermosa, infinitamente más hermosa que su padre.

Acababa de cumplir los diez y ocho años, y era blanca como la leche y

rubia como el oro. Su madre también lo era. Tenía los ojos azules,

oscuros y profundos como el mar, y como en éste, también fingía la mente

detrás de su misterio palacios encantados de cristal y jardines

deslumbradores. ¡Parecía increíble que tal pimpollo fuese hijo del

puerco espín de D. Marcelino! Cuando más niña, la llamaban en la villa

_el angelito_. Ella se incomodaba mucho y solía venir á casa llorando

cuando al salir de la escuela los chicos la seguían apodándola de este

modo. En efecto, era difícil imaginarse nada más lindo y más aéreo que

Carmen á los doce años. Con la edad, y al hacerse mujer, los contornos

celestes y angélicos se habían borrado un tanto, pero nada había perdido

por eso su belleza. Sobre las líneas puras y gloriosas del querubín, la

naturaleza había trazado otras más curvas y terrenales que le iban á

maravilla.

Además, tenía un modo de mirar dulce, rápido y lleno de timidez que

seducía á la gente joven de la villa. Cuando lanzaba una de esas miradas

fugaces y vivas como un relámpago de estío, parecía que el alma se

asomaba un instante á los ojos, poníase al tanto de todo y se entraba

otra vez, y velozmente, en su retiro. Hablaba poco y sonreía á menudo.

Los tertulios viejos de D. Marcelino no tenían boca bastante para

elogiar su modestia y afabilidad. Los jóvenes no hallaban términos

suficientes para exaltar su belleza.

--Conque diga usted, D. Marcelino, y no se ofenda, ¿el conde viene tan

loco como se fué?

--Vaya, vaya, veo que está usted de mejor humor que yo.

--Me han contado cosas graciosas de su vida en Madrid. Últimamente le ha

dado, según me han dicho, por bañarse todos los días en una porción de

aguas, hasta que la última quede siempre tan cristalina como antes de

meterse en ella. El mejor día le van á salir escamas al pobre señor,

aunque ya me parece que vive escamado... y hace bien, porque su mujer

vale lo que pesa.

--Vamos, Paco, no sea usted malo--exclamó D.ª Feliciana con una mueca

que revelaba la influencia fascinadora que sobre su alma ejercía la

murmuración.

--Si usted fuera á dar crédito á todo lo que se dice, Paco--añadió D.

Marcelino,--pasaría la vida escuchando necedades.

--Pero, hombre de Dios, ¿quiere usted decirme á mí lo que es ese

caballero? ¿Pues no le he visto soltar un tiro á una yegua que le había

costado diez mil reales, porque se le encabritó cerca del puente nuevo?

¿Y no recordamos todos cuando andaba por esas calles vestido de dril

blanco en el mes de Enero?

--Á mí me contó Dolores, la doncella que dejaron aquí--apuntó D.ª

Feliciana,--que recién casado con Laura la obligaba á sentarse en una

mecedora y él se sentaba frente á ella en otra, y pasaba horas enteras

meciéndose, sin quitarla ojo.

--¡Estaría divertido, como hay Dios!... Pero eso también lo hacía D.

Marcelino con usted.

--¡Ya lo creo! Nosotros los plebeyos no podemos darnos el gusto de tener

extravagancias como ustedes los aristócratas.

--¡Adiós! Ya se enfadó D.ª Feliciana.

--¡Buena tonta sería en enfadarme por una simpleza como ésa! Me parece

que ya debía estar acostumbrada á sus ocurrencias.

--_Nosce te ipsum_, D.ª Feliciana. Usted está enfadada y no lo conoce.

Meta usted la mano en el pecho y se hará cargo...

--¡Cállese usted, hombre!--exclamó la señora riendo.--Á usted hay que

meterlo en salmuera para que no se pierda.

--Está visto, D.ª Feliciana no puede enfadarse conmigo.

Y así era la verdad. El espíritu de aquella señora guardaba en sus

adentros notables afinidades con el del jugador. Ambos se comprendían

admirablemente. Para D.ª Feliciana, encerrada noche y día detrás del

mostrador y ocupando todas las horas de su existencia en ir levantando

poco á poco y ochavo á ochavo la fortuna de su marido, Paco Ruiz, con

sus dichos picarescos, á los cuales daba realce la constante gravedad de

su fisonomía, representaba el teatro, el baile, las joyas, los vestidos;

todo lo que constituye el recreo y á menudo la felicidad de una mujer.

Para el jugador, D.ª Feliciana era un ser despreciable, como todos los

de la creación, pero que le comprendía, alcanzando el valor de sus

frases. En muchas ocasiones, pues, y cuando se enredaba en los pliegues

de un _humorismo_ harto sutil, Paco se veía en la necesidad de hablar

sólo para doña Feliciana. El resto de la tertulia adivinaba de un modo

vago la malignidad de que estaban cargadas las palabras, pero no iba

hasta el fondo de su significado.

Llegó, en esto, á la tienda un señor como de sesenta años de edad, alto,

delgado, vestido todo de negro y con sombrero de copa. Y á propósito de

los sombreros de copa, hay que decir que en Vegalora sólo había siete

personas que lo gastasen á diario, entre las cuales se contaban el

licenciado Velasco de la Cueva, el juez, D. Ignacio Valcárcel y el

caballero de las patillas blancas, que ahora da las buenas noches á los

presentes con una reverencia protectora que indica claramente la enorme

respetabilidad de que gozaba.

--Buenas noches, D. Lino--dijo Paco.--¿Dónde ha dejado usted á Homobono?

D. Lino tosió dos ó tres veces, se sentó con mucha calma y se dignó

responder al cabo de algunos instantes:

--Homobono, entregado al estudio con harto más ahinco de lo que aconseja

la higiene y la prudencia, no vendrá hasta dentro de un rato.

--Tiene usted un hijo de mucho provecho, don Lino. Bien que, siendo

republicano, no hay para qué añadir que es un joven excelente.

D. Lino tosió otras tres veces y dejó trascurrir bastante espacio entre

la tos y el discurso.

--¿Qué se os alcanza á vosotros todavía sobre los altos asuntos de la

política? Como sois unos muchachos (Paco tenía treinta años), camináis

desenfrenados persiguiendo un ideal de todo punto imposible. (D. Lino

vuelve á toser y prosigue su oración firme y pausadamente, como hombre

que posee una renta de cinco mil duros en bienes raíces.)--¿Nunca

observasteis cómo el hombre que corre mucho para llegar á un punto á

menudo cae y se inutiliza y no consigue jamás su propósito? ¿Y cómo el

que á su lado camina lenta pero seguramente suele dar cima á su empresa

y logra ver colmados sus deseos?...

--Pero, D. Lino, ese argumento no tiene fuerza, porque...

--Espera, hombre, espera; déjame terminar; los jóvenes sois muy

precipitados. (Nueva y prolongada pausa.) Pues de la misma suerte que

entre estos dos caminantes el segundo es el juicioso y el primero el

insensato, y el uno consigue su intento, mientras el otro derrocha

estérilmente sus fuerzas y las consume, así en el gobierno de las

naciones...

Enredóse una discusión política que se prolongó bastante tiempo.

Repitiéronse hasta la saciedad todos los lugares comunes que á la sazón

llenaban las columnas de los periódicos.

Si á D. Lino le faltase este cachito de discusión que por su edad y

prestigio venía siempre á reducirse á un monólogo conservador, no

tendría ganas de cenar al irse á casa. Paco Ruiz le respetaba mucho más

de lo que podía esperarse de su carácter díscolo y desvergonzado, lo

cual no sabemos si procedía de la amistad que le unía á su hijo Homobono

ó de otra mayor razón.

Durante la discusión de Paco y D. Lino, fueron entrando en la tienda y

sentándose en los bancos forrados de gutapercha algunas figuras

silenciosas, que resultaron ser las del juez, don Ignacio Valcárcel, el

promotor, el médico y otros dos caballeros.

Callaron buen rato y atendieron á las razones que ambos contendientes se

arrojaban al rostro; pero observando su escasa ó ninguna novedad, se

pusieron á hablar entre sí. D. Ignacio fué el primero que se volvió

hacia sus compañeros entablando conversación.

No le gustaba escuchar, según decía, sino cuando le enseñaban algo. Por

eso él, siempre que hablaba vertía raudales de ciencia enseñando á sus

oyentes á qué hora se había levantado, si el chocolate le había

producido algún ardor en el estómago, cuál era su paseo favorito, si

las últimas botas que le hicieron habían resultado buenas, en qué

postura dormía más á su gusto, etc., etc. Estos conocimientos no salían

de la esfera de su personalidad. Si D. Ignacio fuera un poeta inspirado

ó un gran filósofo ó un estadista notable, tendrían, á no dudarlo,

bastante importancia, sobre todo cuando se tratase de escribir su

biografía; pero, desgraciadamente, no sentía ninguna afición á las

musas, odiaba á los filósofos, y en cuanto á la política, quedaba

reducida su actividad á leer _El Tiempo_, por lo cual no diremos más de

su carácter ni de la influencia que ha ejercido sobre su siglo.

Un grupo de mujeres, abrigadas con mantones grises y envuelta la cabeza

en sereneros de estambre de varios colores entró en la tienda,

animándola repentinamente con una ráfaga de saludos y movimientos

desordenados. D.ª Feliciana y Carmen se levantaron y salieron á

recibirlas. Hubo por breve rato besos sonoros en las mejillas, risas

descompasadas y preguntas sin fin. Todas aquellas señoras querían hablar

á un tiempo, todas tenían en su cabeza un mundo de pensamientos

referentes á si habían salido ó no de casa el día anterior, á si habían

traído el calzado fuerte por causa de la humedad, á si habían cenado

primero que otras noches ó si estaban acatarradas ó no habían tenido

humor para peinarse, etc., etc., que necesitaban echar fuera cuanto más

antes y sin darse punto de descanso. Ya un tanto sosegadas, D.ª

Feliciana propuso que se pasara á la trastienda, y allá se fueron las

hembras acompañadas de Paco Ruiz, el promotor y Octavio. Los caballeros

quedáronse en sus puestos. Y es fama que en toda la noche el infeliz D.

Ignacio no pudo aprender nada, gracias á la prodigiosa facundia de D.

Lino.

El señorito Octavio · 第 4 / 15 段