Nos va despejando la comarca de alimañas. Señor conde, tiene usted una
alhaja en este muchacho... sobre todo es mozo formal y de palabra.
--Señor cura, si no fuí á ayudarle á usted á arreglar la huerta, fué
porque estos días anduve muy ocupadado preparando las cuentas...
--Bien, hombre, bien; yo no te he preguntado nada. No hago más que
referir tus méritos y cualidades al señor conde.
--Es que entiendo bien las indirectas.
--Pedro, deja aquí el zorro y vé á casa por un poco de paja ó hierba
seca.
--¿Qué es eso, le quiere usted hacer cama á ese bicho?--preguntó D.
Primitivo.
--Sí; le quiero hacer un lecho cómodo para que se cure.
No tardó Pedro en llegar con una muy bastante cantidad de hierba entre
los brazos, y así que la dejó en el suelo, ordenóle su señor que colgase
el zorro por las patas traseras de la rama más baja de uno de los
árboles. La condesa, mientras se practicaba esta operación, alejóse
velozmente del grupo y se perdió pronto de vista entre los árboles.
Mandó en seguida el conde colocar la hierba debajo del zorro, y sacó del
bolsillo una preciosa fosforera de oro.
--¡Hola, señor conde, intenta usted hacer un auto de fe? Ya concluyeron
esos tiempos ominosos... ya concluyeron esos tiempos ominosos. El zorro
le va á llamar á usted oscurantista, y con razón, sí señor... y con
razón.
El conde se bajó sonriendo y aplicó un fósforo encendido á la hierba.
El zorro, colgado boca abajo, permanecía inmóvil, y nadie le tuviera por
vivo á no ser por sus ojos abiertos que giraban lanzando miradas
recelosas á los espectadores. La sonrisa de éstos le contrariaba
visiblemente. Empezaban á sonar los chasquidos de la hierba y el fuego
iba cundiendo poco á poco por lo más interno del montón, que lanzó una
bocanada de humo espeso. El zorro quedó envuelto por un instante y se le
escuchó estornudar.
--Ya le sube el humo á las narices, señor conde--dijo D. Primitivo.
El viento disipó el humo espeso, y el montón comenzó á arrojar una
columnita de otro azulado y trasparente. Quedó el zorro al descubierto,
y observáronse en él señales de una inquietud que iba en aumento. Todos
le contemplaban curiosamente y sin quitarle ojo, excepto Pedro, el cual,
ajeno totalmente al espectáculo, se ocupaba en sacar el cartucho quemado
de la escopeta y en arreglar sus llaves. Una llama brotó súbito de la
hierba y rozó el hocico del animal, que sacudió la rama con violencia.
--Ya le come, ya le come, por do más pecado había--dijo riendo el cura.
Tornó á brotar la llama con más fuerza y esta vez se detuvo algún tiempo
en el hocico del zorro, que lanzó un chillido áspero, ridículo.
El Canelo comenzó á ladrar furiosamente y fué necesario que su amo le
diese un par de puntapiés para hacerle callar. Los espectadores
acogieron con algazara el chillido del animal. El conde no hizo más que
sonreir. Por tercera vez salió la llama del montón, próximo ya á
convertirse en hoguera, y envolvió con una horrenda caricia la cabeza
del zorro, el cual, tratando de huirla, principió á enroscarse, lanzando
al mismo tiempo continuos chillidos. El perro, sin hacer caso de los
puntapiés de Pedro, no cesaba de ladrar y aullar, corriendo de un lado á
otro, unas veces acercándose á la hoguera con las orejas tiesas y los
pelos erizados, marchando otras á ocultarse entre las piernas de alguno
de los presentes. La algazara había ido cesando poco á poco en el
concurso. Los rostros quedaron completamente serios. El conde seguía
sonriendo como antes. Quemaba ya la hierba por todas partes y
chisporroteaba arrojando pavesas inflamadas que se apagaban
instantáneamente y caían convertidas en ceniza. El día estaba
concluyendo. La mancha negra de la esquina se había extendido cual si
fuese aceite por toda la pomarada. Así que la luz de la hoguera trazaba
círculos luminosos en ella y corría á veces impetuosamente por debajo de
la bóveda iluminando una gran extensión y prontamente se replegaba
abandonando el campo á la sombra. Veíanse reflejos vivos y fugaces en
las hojas de los árboles y sentíase en el rostro el calor abrasante de
las llamas. El desgraciado zorro seguía enroscándose y retorciéndose
para salvar su cabeza, pero el fuego le tostaba el lomo cruelmente. Un
hedor irresistible de pelo quemado se esparció por la atmósfera. El
dolor arrancaba al pobre animal gritos cada vez más extraños y
penetrantes que resonaban de un modo siniestro en el silencio de la
pomarada. Á estos gritos desgarradores respondían lúgubremente los
aullidos del perro que daba vueltas en torno de la hoguera, espantado y
trémulo.
Un espectador se desplomó y cayó con ruido sordo sobre el césped. Todos
acudieron á aquel sitio. Era el señorito Octavio que se había desmayado.
Inmediatamente que lo levantaron recobró el conocimiento.
--No es nada, no es nada... muchas gracias... Me pasa esto con
frecuencia.
D. Primitivo sacó de las reconditeces de su faltriquera un vaso de metal
y corrió á un charco que estaba próximo. Cuando llegó con el vaso lleno,
el joven estaba ya de pie y hablaba serenamente con el conde. Mas D.
Primitivo no quiso perder el viaje y acercándose cautelosamente á él,
sin darle aviso alguno le encajó toda el agua en mitad del rostro.
Octavio quedó un instante sin respiración.
--Muuuchas gracias, D. Primitivo... No... había necesidad...
Aunque trató de secarse inmediatamente con el pañuelo, no pudo evitar
que una regular cantidad de agua le entrase entre el cuello de la
camisa y la carne, lo cual le produjo escalofríos y estornudos para buen
rato.
El fuego había quemado en tanto la cuerda que sujetaba el zorro al árbol
y el animal había desaparecido ya en la hoguera. Las llamas fueron
decreciendo poco á poco y presto no hubo allí más que un montón de
cenizas.
--Me parece que es hora de ir aproximándonos á nuestro asilo--dijo el
licenciado Velasco de la Cueva.
--Tiene usted razón, D. Juan--repuso don Marcelino;--la noche se viene
encima, y de aquí á Vegalora todavía hay un paseíto.
Se pusieron todos en marcha hacia la casa. Á los pocos pasos hallaron á
la condesa, que salió de entre los árboles con un niño de la mano y el
clavel de Octavio en la boca. Esta vez sintió nuestro joven un fuerte
escalofrío de placer que le indemnizó con creces de los tormentos que le
había hecho sufrir el agua de D. Primitivo. Acercóse rápidamente á la
dama y se puso á darle cuenta de su desmayo.
--No puede usted figurarse, condesa, lo impresionable que soy. Es
desgracia nacer con un temperamento como el mío. El médico me dice que
soy un manojo de nervios y que debo evitar todas las emociones vivas, lo
mismo las tristes que las placenteras... Pero si he de huir las
últimas--añadió después de breve silencio y fijando sus ojos tímidos en
la condesa--es preciso que no vuelva á parecer por aquí.
--¿Y por qué?
--Porque... la impresión que usted me causa es demasiado placentera.
--¿Sabe usted que sin salir de Vegalora es usted ya un cortesano
perfecto?
Octavio sintióse aún más lisonjeado por estas palabras que por el buen
sitio que la condesa había otorgado á su clavel, y mientras caminaban en
dirección á la huerta se enredó en un laberinto de explicaciones
metafísicas sobre las diferencias y afinidades que existen entre la
galantería, el amor, la amistad, la simpatía, etc., etc. Mientras tanto
D. Primitivo se enteraba con profunda sorpresa de que Pedro no había
tocado siquiera en el cuadro de las lechugas. El procurador se guardó de
comunicar la noticia á sus compañeros, y cuando llegaron á la huerta y
se encontró frente á las malhadadas lechugas, que habían tenido la
audacia de espigar _motu proprio_, bajó la cabeza y pasó de largo sin
conocerlas.
--Adiós, señor cura, mañana pasaré á verle en su rectoral. Adiós, D.
Primitivo. Adiós, señor Rodríguez, que no deje usted de visitarnos con
frecuencia. Adiós, D. Juan. Adiós, D. Marcelino.
Octavio se había quitado un guante apresuradamente, y al dar la mano á
la señora de la casa le dijo en voz baja:
--¡Qué felices son algunos claveles, condesa!
Todos partieron. El cura les dejó á la salida del villorrio y emprendió
el camino pendiente y tortuoso de la rectoral. Los cuatro vecinos de
Vegalora siguieron la calle de avellanos que conducía al río, salvaron
el puente, y una vez en la carretera fué asunto de pocos minutos el
poner el pie en la villa. Octavio apenas despegó los labios en todo el
camino. Una nube de pensamientos flamígeros daba vueltas en torno de su
cabellera y le impedía ver las que se cernían en las alturas, besadas
suavemente por los moribundos rayos del sol. ¡Qué cara pondrían los tres
graves señores que marchaban á su lado si dijese en alta voz lo que iba
pensando!
En una de las calles dejaron á D. Primitivo, que se metió en su casa.
Más adelante al licenciado Velasco de la Cueva. Por último llegaron á
casa de D. Marcelino. La tienda estaba ya iluminada.
--¿No ve usted qué amigos son de la claridad en mi casa?--exclamó el
tendero en tono que no expresaba ninguna satisfacción.--¿Quiere usted
pasar, D. Octavio? No tardará la gente en llegar.
--Con mucho gusto. Pase usted, D. Marcelino.
--Pase usted, D. Octavio.
--Pase usted, D. Marcelino.
V
La tienda de D. Marcelino.
Aunque mucho más clara de lo que su amo hubiera deseado á tales horas,
la tienda no era, á decir la verdad, un farol veneciano. Toda su
iluminación se reducía á una lámpara de petróleo colgada en el centro de
la estancia sobre el mostrador. Y como quiera que la tienda era grande y
la lámpara tenía pantalla, su luz blanca y crecida, en forma de
mariposa, no conseguía traspasar los polvorientos cristales de los
armarios. Si no supiéramos, pues, hace tiempo, que D. Marcelino
comerciaba en paños y bayetas, no era fácil que ahora nos informáramos
del contenido de tales armarios. El mostrador iba de una á otra pared á
lo ancho y era oscuro, y estaba resplandeciente por el uso lo mismo que
si lo acabasen de barnizar. Había clavadas en él algunas monedas
falsas, y en uno de sus extremos se veía una pecera sucia por la cual
nadaban algunos pececillos colorados. Detrás del mostrador, y en un
rincón de la tienda, una mesilla rodeada por un enrejado de madera
pintada de verde. Era el escritorio; el paraje más temible y peligroso
de la comarca. Decía Paco Ruiz á sus amigotes del café que prefería ir á
medianoche al cementerio á llegarse á las doce del día al escritorio de
D. Marcelino.
El contenido oficial (digámoslo así) del establecimiento, y por el que
D. Marcelino pagaba su contribución, si es que la pagaba, que no estamos
seguros, eran los paños y las bayetas. Mas podemos afirmar, bajo palabra
de honor, que un día hemos visto entrar á un niño pidiendo media libra
de fideos y se la dieron; otro día entraron varios jóvenes por cohetes y
salieron con ellos; y, finalmente, en cierta ocasión entró una mujer
pidiendo sanguijuelas y observamos que satisfacían su demanda. Y si D.
Marcelino no era exclusivo en la naturaleza y circunstancias de sus
mercancías, fuerza es confesar que aún lo era menos en el carácter y
opiniones de los tertulios que cotidianamente invadían su tienda. Allí
acudían, como todo el mundo sabe, personajes tan arcaicos y retrógrados
como D. Primitivo, don Juan Crisóstomo, el cura de Vegalora y el de la
Segada; conservadores partidarios del justo medio como D. Lino Pereda,
D. Ignacio Valcárcel y otros; liberales templados como D. Baltasar
Rodríguez, el juez y el promotor fiscal, y, por último, republicanos
federales socialistas con todas sus consecuencias como Paco Ruiz y su
sabio amigo el joven _krausista_ Homobono Pereda, hijo de D. Lino.
Fáciles son de presumir los zipizapes de que sería teatro en muchas
ocasiones el establecimiento de D. Marcelino. Por fortuna éste tenía la
saludable costumbre de dar la razón á todos y cada uno de los
contendientes. De esta suerte nadie se encontraba solo en la defensa de
ninguna causa y la irritación nunca podía alcanzar un grado peligroso.
Cuando nuestros amigos penetraron en la tienda, las únicas personas que
en ella había eran D.ª Feliciana y su hija Carmen cosiendo debajo de la
lámpara, y Paco Ruiz sentado sobre el mostrador con las piernas colgando
hacia fuera, que se balanceaban suavemente como dos péndulos.
--¡Hola! ¿Vienen ustedes de visitar á la ilustre familia de los
Trevia?--dijo Paco Ruiz, que era un mozo guapo y arrogante, de ojos
negros expresivos, barba recortada y que á la sazón mordía, cerrando los
ojos voluptuosamente, un magnífico cigarro habano.
--Sí, venimos de la Segada.
--¿Repartían por allá monedas de cinco duros?
--Lo que se repartía cuando fuimos era un sol magnífico capaz de
derretir las piedras.
--¿De manera que usted cree que yo no debo ir á la Segada?
Paco Ruiz dijo estas palabras con gravedad cómica. D.ª Feliciana y
Carmen rieron.
--¡Siempre ha de ser usted el mismo!--repuso D. Marcelino un poco
amoscado levantando la tabla del mostrador para entrar.
Efectivamente, Paco Ruiz siempre era el mismo, esto es, siempre era un
joven más chistoso que afable y más desvergonzado que chistoso.
Pertenecía á una antigua aunque arruinada familia de Vegalora. Para
subvenir á sus muchas necesidades no tenía otras rentas que el tresillo,
el golfo y el monte, en cuyos juegos, al decir de la villa, era un
asombro de habilidad. Cinco ó seis horas de casino todos los días le
bastaban para gastar más con su persona que otros muchos con toda su
familia. Vestía con lujo, pero caprichosamente y sin someterse á la
moda: traía sortijas de valor en los dedos y fumaba los mejores cigarros
de la provincia. ¿Por qué era republicano? Nunca hemos acertado á
comprenderlo. Verdad que se reía de las preocupaciones nobiliarias y
decía muy buenos chistes á propósito de los conservadores; pero con todo
eso, puede dudarse que hubiese en el fondo hombre más orgulloso y
linajudo que Paco Ruiz. Es posible que este muchacho encontrase muy
original el ser demócrata perteneciendo á una familia aristocrática, y
que sólo buscando la belleza de tal contraste hubiera venido á dar con
sus huesos en el partido liberal más avanzado.
Octavio pasó también con D. Marcelino al interior de la tienda y se
sentó al lado de Carmen, y le dijo en voz baja algo al oído. La niña le
respondió igualmente en voz baja, con mucha amabilidad.
Carmen era una niña hermosa, infinitamente más hermosa que su padre.
Acababa de cumplir los diez y ocho años, y era blanca como la leche y
rubia como el oro. Su madre también lo era. Tenía los ojos azules,
oscuros y profundos como el mar, y como en éste, también fingía la mente
detrás de su misterio palacios encantados de cristal y jardines
deslumbradores. ¡Parecía increíble que tal pimpollo fuese hijo del
puerco espín de D. Marcelino! Cuando más niña, la llamaban en la villa
_el angelito_. Ella se incomodaba mucho y solía venir á casa llorando
cuando al salir de la escuela los chicos la seguían apodándola de este
modo. En efecto, era difícil imaginarse nada más lindo y más aéreo que
Carmen á los doce años. Con la edad, y al hacerse mujer, los contornos
celestes y angélicos se habían borrado un tanto, pero nada había perdido
por eso su belleza. Sobre las líneas puras y gloriosas del querubín, la
naturaleza había trazado otras más curvas y terrenales que le iban á
maravilla.
Además, tenía un modo de mirar dulce, rápido y lleno de timidez que
seducía á la gente joven de la villa. Cuando lanzaba una de esas miradas
fugaces y vivas como un relámpago de estío, parecía que el alma se
asomaba un instante á los ojos, poníase al tanto de todo y se entraba
otra vez, y velozmente, en su retiro. Hablaba poco y sonreía á menudo.
Los tertulios viejos de D. Marcelino no tenían boca bastante para
elogiar su modestia y afabilidad. Los jóvenes no hallaban términos
suficientes para exaltar su belleza.
--Conque diga usted, D. Marcelino, y no se ofenda, ¿el conde viene tan
loco como se fué?
--Vaya, vaya, veo que está usted de mejor humor que yo.
--Me han contado cosas graciosas de su vida en Madrid. Últimamente le ha
dado, según me han dicho, por bañarse todos los días en una porción de
aguas, hasta que la última quede siempre tan cristalina como antes de
meterse en ella. El mejor día le van á salir escamas al pobre señor,
aunque ya me parece que vive escamado... y hace bien, porque su mujer
vale lo que pesa.
--Vamos, Paco, no sea usted malo--exclamó D.ª Feliciana con una mueca
que revelaba la influencia fascinadora que sobre su alma ejercía la
murmuración.
--Si usted fuera á dar crédito á todo lo que se dice, Paco--añadió D.
Marcelino,--pasaría la vida escuchando necedades.
--Pero, hombre de Dios, ¿quiere usted decirme á mí lo que es ese
caballero? ¿Pues no le he visto soltar un tiro á una yegua que le había
costado diez mil reales, porque se le encabritó cerca del puente nuevo?
¿Y no recordamos todos cuando andaba por esas calles vestido de dril
blanco en el mes de Enero?
--Á mí me contó Dolores, la doncella que dejaron aquí--apuntó D.ª
Feliciana,--que recién casado con Laura la obligaba á sentarse en una
mecedora y él se sentaba frente á ella en otra, y pasaba horas enteras
meciéndose, sin quitarla ojo.
--¡Estaría divertido, como hay Dios!... Pero eso también lo hacía D.
Marcelino con usted.
--¡Ya lo creo! Nosotros los plebeyos no podemos darnos el gusto de tener
extravagancias como ustedes los aristócratas.
--¡Adiós! Ya se enfadó D.ª Feliciana.
--¡Buena tonta sería en enfadarme por una simpleza como ésa! Me parece
que ya debía estar acostumbrada á sus ocurrencias.
--_Nosce te ipsum_, D.ª Feliciana. Usted está enfadada y no lo conoce.
Meta usted la mano en el pecho y se hará cargo...
--¡Cállese usted, hombre!--exclamó la señora riendo.--Á usted hay que
meterlo en salmuera para que no se pierda.
--Está visto, D.ª Feliciana no puede enfadarse conmigo.
Y así era la verdad. El espíritu de aquella señora guardaba en sus
adentros notables afinidades con el del jugador. Ambos se comprendían
admirablemente. Para D.ª Feliciana, encerrada noche y día detrás del
mostrador y ocupando todas las horas de su existencia en ir levantando
poco á poco y ochavo á ochavo la fortuna de su marido, Paco Ruiz, con
sus dichos picarescos, á los cuales daba realce la constante gravedad de
su fisonomía, representaba el teatro, el baile, las joyas, los vestidos;
todo lo que constituye el recreo y á menudo la felicidad de una mujer.
Para el jugador, D.ª Feliciana era un ser despreciable, como todos los
de la creación, pero que le comprendía, alcanzando el valor de sus
frases. En muchas ocasiones, pues, y cuando se enredaba en los pliegues
de un _humorismo_ harto sutil, Paco se veía en la necesidad de hablar
sólo para doña Feliciana. El resto de la tertulia adivinaba de un modo
vago la malignidad de que estaban cargadas las palabras, pero no iba
hasta el fondo de su significado.
Llegó, en esto, á la tienda un señor como de sesenta años de edad, alto,
delgado, vestido todo de negro y con sombrero de copa. Y á propósito de
los sombreros de copa, hay que decir que en Vegalora sólo había siete
personas que lo gastasen á diario, entre las cuales se contaban el
licenciado Velasco de la Cueva, el juez, D. Ignacio Valcárcel y el
caballero de las patillas blancas, que ahora da las buenas noches á los
presentes con una reverencia protectora que indica claramente la enorme
respetabilidad de que gozaba.
--Buenas noches, D. Lino--dijo Paco.--¿Dónde ha dejado usted á Homobono?
D. Lino tosió dos ó tres veces, se sentó con mucha calma y se dignó
responder al cabo de algunos instantes:
--Homobono, entregado al estudio con harto más ahinco de lo que aconseja
la higiene y la prudencia, no vendrá hasta dentro de un rato.
--Tiene usted un hijo de mucho provecho, don Lino. Bien que, siendo
republicano, no hay para qué añadir que es un joven excelente.
D. Lino tosió otras tres veces y dejó trascurrir bastante espacio entre
la tos y el discurso.
--¿Qué se os alcanza á vosotros todavía sobre los altos asuntos de la
política? Como sois unos muchachos (Paco tenía treinta años), camináis
desenfrenados persiguiendo un ideal de todo punto imposible. (D. Lino
vuelve á toser y prosigue su oración firme y pausadamente, como hombre
que posee una renta de cinco mil duros en bienes raíces.)--¿Nunca
observasteis cómo el hombre que corre mucho para llegar á un punto á
menudo cae y se inutiliza y no consigue jamás su propósito? ¿Y cómo el
que á su lado camina lenta pero seguramente suele dar cima á su empresa
y logra ver colmados sus deseos?...
--Pero, D. Lino, ese argumento no tiene fuerza, porque...
--Espera, hombre, espera; déjame terminar; los jóvenes sois muy
precipitados. (Nueva y prolongada pausa.) Pues de la misma suerte que
entre estos dos caminantes el segundo es el juicioso y el primero el
insensato, y el uno consigue su intento, mientras el otro derrocha
estérilmente sus fuerzas y las consume, así en el gobierno de las
naciones...
Enredóse una discusión política que se prolongó bastante tiempo.
Repitiéronse hasta la saciedad todos los lugares comunes que á la sazón
llenaban las columnas de los periódicos.
Si á D. Lino le faltase este cachito de discusión que por su edad y
prestigio venía siempre á reducirse á un monólogo conservador, no
tendría ganas de cenar al irse á casa. Paco Ruiz le respetaba mucho más
de lo que podía esperarse de su carácter díscolo y desvergonzado, lo
cual no sabemos si procedía de la amistad que le unía á su hijo Homobono
ó de otra mayor razón.
Durante la discusión de Paco y D. Lino, fueron entrando en la tienda y
sentándose en los bancos forrados de gutapercha algunas figuras
silenciosas, que resultaron ser las del juez, don Ignacio Valcárcel, el
promotor, el médico y otros dos caballeros.
Callaron buen rato y atendieron á las razones que ambos contendientes se
arrojaban al rostro; pero observando su escasa ó ninguna novedad, se
pusieron á hablar entre sí. D. Ignacio fué el primero que se volvió
hacia sus compañeros entablando conversación.
No le gustaba escuchar, según decía, sino cuando le enseñaban algo. Por
eso él, siempre que hablaba vertía raudales de ciencia enseñando á sus
oyentes á qué hora se había levantado, si el chocolate le había
producido algún ardor en el estómago, cuál era su paseo favorito, si
las últimas botas que le hicieron habían resultado buenas, en qué
postura dormía más á su gusto, etc., etc. Estos conocimientos no salían
de la esfera de su personalidad. Si D. Ignacio fuera un poeta inspirado
ó un gran filósofo ó un estadista notable, tendrían, á no dudarlo,
bastante importancia, sobre todo cuando se tratase de escribir su
biografía; pero, desgraciadamente, no sentía ninguna afición á las
musas, odiaba á los filósofos, y en cuanto á la política, quedaba
reducida su actividad á leer _El Tiempo_, por lo cual no diremos más de
su carácter ni de la influencia que ha ejercido sobre su siglo.
Un grupo de mujeres, abrigadas con mantones grises y envuelta la cabeza
en sereneros de estambre de varios colores entró en la tienda,
animándola repentinamente con una ráfaga de saludos y movimientos
desordenados. D.ª Feliciana y Carmen se levantaron y salieron á
recibirlas. Hubo por breve rato besos sonoros en las mejillas, risas
descompasadas y preguntas sin fin. Todas aquellas señoras querían hablar
á un tiempo, todas tenían en su cabeza un mundo de pensamientos
referentes á si habían salido ó no de casa el día anterior, á si habían
traído el calzado fuerte por causa de la humedad, á si habían cenado
primero que otras noches ó si estaban acatarradas ó no habían tenido
humor para peinarse, etc., etc., que necesitaban echar fuera cuanto más
antes y sin darse punto de descanso. Ya un tanto sosegadas, D.ª
Feliciana propuso que se pasara á la trastienda, y allá se fueron las
hembras acompañadas de Paco Ruiz, el promotor y Octavio. Los caballeros
quedáronse en sus puestos. Y es fama que en toda la noche el infeliz D.
Ignacio no pudo aprender nada, gracias á la prodigiosa facundia de D.
Lino.