El cura volvió á mirar á Octavio, sonriendo esta vez maliciosamente, y

prosiguió:

--Don Baltasar es una buena persona... todo un caballero... muy

cumplido en sus tratos... ¡y un padrazo, señor conde, un padrazo!...

El conde alzó la cabeza y dirigió una larga mirada á Octavio. Los demás

interlocutores también volvieron hacia él la vista.

--Señores,--dijo el conde levantándose,--es lástima que estemos

encerrados en casa en un día tan hermoso. Vamos á dar una vuelta por la

pomarada. Tengo ya deseos de pisar hierba y verme debajo de los árboles.

Los circunstantes se levantaron. La condesa apareció en aquel momento

por la puerta del gabinete. Octavio quiso aprovechar la ocasión, que le

pareció de perlas, para despedirse y dió algunos pasos hacia ella con la

mano extendida.

--Condesa, á los pies de usted... He tenido mucho gusto en ver á ustedes

tan buenos y...

--¿Qué es eso, señor Rodríguez--exclamó el conde viniendo hacia él,--nos

quiere usted dejar tan pronto? ¿Por qué no viene á dar un paseo con

nosotros?... ¿Tanta prisa tiene usted?

Estas preguntas fueron hechas en tono franco y cariñoso, y Octavio, un

poco aturdido, balbució:

--Prisa, precisamente... no... pero...

--Pues si no tiene usted prisa, es usted de la partida. Señores, en

marcha.

El licenciado Velasco de la Cueva, que desde muchos años atrás venía

ejerciendo el monopolio de las buenas maneras en Vegalora y siete leguas

á la redonda, ofreció el brazo á la condesa con una reverencia digna

del siglo XV. D. Primitivo quiso imitarle, y se lo ofreció al aya en la

forma elegante y desenvuelta que un oso lo hubiera hecho; pero la blonda

extranjera lo rehusó, dándole las gracias con una inclinación

ceremoniosa. Seguíalos el cura llevando de la mano á un niño, y cerraba

la marcha el conde, que llevaba cogido familiarmente á Octavio por la

espalda.

IV

La pomarada.

Cuando el licenciado Velasco de la Cueva puso su planta ceremoniosa en

los umbrales del palacio condal, los rayos de un sol fogoso de estío le

obligaron á hacer guiños, con lo cual perdió no poca autoridad su rostro

imponente. La condesa soltó el brazo y le dió las gracias.

Eran las cuatro de la tarde de un día del mes de Junio. Los condes y sus

amigos tenían delante de sí uno de los panoramas más espléndidos y

grandiosos de la provincia en que nos hallamos, que es la más bella de

España. El palacio, como las gentes del país lo llamaban, ó el vetusto

caserón, como mejor se diría, estaba situado á la margen izquierda del

Lora y en el fondo del valle donde radica el concejo y partido judicial

de Vegalora. En torno suyo veíanse quince ó veinte chozas,

pertenecientes en su mayoría y habitadas por colonos de la casa de

Trevia. Esta casa grande y parda y las casuchas más pardas aún que

yacían á su alrededor, semejaban de lejos á una gallina pastando con sus

hijuelos en el campo. Alzábase el pueblo de la Segada en el fondo del

valle y ocupaba el ángulo formado por un riachuelo que venía de las

montañas cercanas á desembocar en el Lora. Distaría del primero unas

cien varas, y de éste unas trescientas. La fachada principal de la casa

no miraba al valle, sino á las altísimas montañas que lo cerraban. Entre

la casa y la falda de éstas no mediaban de tierra llana más de

doscientos pasos, y era el sitio que ocupaban la huerta y la pomarada.

Desde los balcones de la fachada trasera veíase todo el valle, que no

era muy extenso, y también se divisaba como á media legua de distancia

un grupo grande de casas que era la villa de Vegalora. Entre la Segada y

la villa corría bullicioso y límpido el río, el cual tomaba y dejaba á

su talante la parte del valle que mejor le convenía para su cauce. Como

lo cambiaba á menudo, las tierras plantadas de maíz y los prados que

bordaban sus orillas nunca tenían seguro el día de mañana: tan presto

regalaban la vista y el oído con sus maíces sonorosos y su verde césped,

como molestaban y cansaban los pies con sus redondos ó puntiagudos

guijarros. Los vecinos de Vegalora y la Segada, en el espacio de

cuarenta ó cincuenta años, habían visto correr el río por casi toda la

superficie del valle. Á pesar de esto, al poco tiempo de haber dejado el

agua un sitio cualquiera, ya brotaba allí una vegetación briosa, y el

valle continuaba siempre pintoresco y regocijado como pocos. Por todas

partes lo circundaban colinas de regular elevación vestidas de

castañares y prados relucientes, excepto por el fondo, ó sea por el lado

de la Segada. Aquí las colinas ocupaban sólo el primer término. Por

encima de ellas se alzaban enormes y enriscadas montañas, cubiertas de

nieve desde Octubre hasta Junio. Formaban parte de la cordillera fragosa

que separa las provincias del Norte de las del centro. Vegalora era, por

tanto, el último concejo de la provincia en la región en que nos

hallamos. Detrás de aquellas moles inmensas y oscuras se extendían los

campos yermos y dilatados de Castilla.

Nuestros señores, al salir de casa por la puerta principal, alzaron la

vista para contemplar estas montañas soberanas, iluminadas por un sol

que ya empezaba á descender hacia las colinas laterales. La nieve había

desaparecido casi totalmente del paisaje. Sólo en las crestas más

elevadas percibíanse algunas manchas blancas como de ropas tendidas á

secar. Entre aquellas crestas descollaba una de pasmosa elevación y

arrogancia, que la gente del país llamaba Peña Mayor. Era un enorme

peñasco á quien todos los demás que en torno suyo se agrupaban servían

de pedestal. Terminaba en punta, como la aguja de una inmensa y

fantástica catedral; pero los que hasta allá habían trepado alguna vez

afirmaban que sobre esta punta había un campo bastante espacioso. Tal y

tan desmesurada era su elevación. Durante los meses de verano, los

habitantes del valle podían admirar á su placer los majestuosos

contornos de la peña, que se alzaba en el cielo diáfano y cortaba el

éter cual si fuese la reina del espacio. Servíales, además, en estos

meses de reloj, pues el sol hería su frente de lleno, al llegar

precisamente el mediodía. Cuando el otoño era ya un poco entrado, se

ocultaba entre la niebla, y no volvía á parecer sino uno que otro día

muy raro del invierno, en que el viento, soplando fuerte por la noche,

había barrido el tupido manto de los cielos. Pero hasta llegar á la Peña

Mayor había una serie de escaños graníticos, superpuestos los unos á los

otros, de mil extrañas formas é imitando, á veces, enormes edificios y

animales monstruosos. Á la izquierda de la Mayor había una peña

corcovada que semejaba á un dromedario: á la derecha otra que era la

perfecta imagen de la torre de un gran castillo, con sus desmesuradas

almenas por entre las cuales se veía el azul del cielo. Esta cortina de

montañas cerraba herméticamente el valle por aquel lado. Al llegar á

este sitio parecía que se acababa el mundo, y que detrás de la oscura

cortina no había más que el espacio sin fin.

Los condes y sus amigos detuviéronse á la puerta de la casa, y con la

mano puesta sobre los ojos á guisa de pantalla, se estuvieron buen rato

paseando la vista por el gran telón descrito. Después atravesaron la

calle y entraron en la huerta por una gran puerta enrejada de hierro.

Era la huerta cuadrilonga y bastante espaciosa, y estaba cerrada por

altos y toscos muros deteriorados. En el fondo había otra puerta igual á

la primera que daba paso á la pomarada.

La comitiva conversaba y reía dando vueltas por las calles no muy bien

aderezadas de la huerta, parándose á cada instante y entremezclándose

continuamente sin guardar etiqueta. D. Primitivo parecía el dueño de la

casa, y desde que la puerta enrejada se cerrara tras él se creyó en el

caso de no cerrar boca á fin de explicar á los circunstantes las

particularidades y pormenores de todas y cada una de las plantas que

iban encontrando, sin perdonar el más insignificante detalle que pudiera

esclarecer á sus oyentes en asunto tan delicado. Las únicas personas que

ni reían ni tomaban parte en la conversación eran el aya y la condesa.

La primera no perdía de vista á los niños, regulando con señas

imperiosas sus pasos y movimientos. La segunda no apartaba los ojos de

las pardas montañas que tenía delante y deshojaba distraídamente una

rosa que uno de los niños había arrancado de su tallo para ofrecérsela.

Aquellas montañas se veían también, aunque más lejanas, desde la casa

solariega de D. Álvaro. ¡Buena gana de reir tenía Laura en aquel

instante! Su pensamiento volaba, volaba sin detenerse por los días de su

existencia, desde aquellos remotos en que contemplaba absorta, de bruces

sobre el balcón, las nubes que cubrían la cabeza de la Peña Mayor, hasta

las escenas más recientes. Los remotos se le aparecían envueltos en una

gasa blanca que borraba los contornos y aún más los alejaba: los

cercanos veíalos tan bien como si estuviesen tallados en relieve y

parecían saltar hacia ella palpitantes y teñidos de sangre. ¿Por qué no

había permanecido toda la vida en su casa, serena, tranquila,

contemplando aquellas montañas que nada malo la enseñaban? Al pensar que

mientras su espíritu en los últimos once años bajaba y subía en perpetua

agitación, desde el cielo hasta el infierno, ellas habían estado allí

altivas, felices, contemplando noche y día el firmamento augusto, una

envidia sorda se apoderaba de su corazón y comenzaba á nacer en él un

deseo vivo, irresistible, de reposo. Pero ¿qué reposo deseaba? ¡Ay!

deseaba volar á la cima de la Peña Mayor, llevada por un ángel, y allí,

bañándose en el éter azul, sin escuchar una voz maldita que tenía

siempre en los oídos, pasar la vida acariciada por Dios y acariciando á

sus hijos.

Al dar la vuelta á un recodo de la huerta sintió de improviso en su

cuello un aliento cálido y una voz le dijo al oído muy quedo:

--Recuerda que has agraviado á miss Florencia.

Y vió que una sombra se alejaba de ella para unirse otra vez al grupo de

los paseantes. Se estremeció fuertemente, detuvo el paso, y la rosa

mutilada cayó de sus manos. Octavio se le acercó en aquel momento.

--Condesa, la veo á usted muy pensativa. ¿Echa usted de menos ya á

Madrid?

--Sí, señor, lo echo de menos.

--Lo comprendo bien, pero me parece que todavía no tiene usted motivo

para quejarse, pues acaba de llegar. ¡Oh! cuando lleve usted aquí algún

tiempo ya verá lo que da de sí este delicioso país. La materia, condesa,

impera aquí como reina y señora. Usted viene del mundo del espíritu y le

han de doler los primeros pasos sobre esta tierra muerta y silenciosa.

No me sorprende.

--¡Ah, si no me dolieran más que los primeros pasos!

--Es cierto; lo peor en la vida del campo es la monotonía, y ésta crece

y se hace irresistible con el tiempo. Por lo demás, no se debe negar que

este país es hermoso y que encierra mucha poesía. Yo que he nacido en él

y en él he vivido siempre, aún me siento impresionado cuando al abrir

las ventanas de mi cuarto por la mañana fijo la vista en las altísimas

montañas que tenemos enfrente. ¡Qué bien se destacan sobre el fondo

azul! ¡Qué pureza de líneas! ¡Qué contornos! Pero miro en seguida hacia

abajo y viene el desencanto, condesa. Los paisanos no corresponden al

país. Aquí nadie se preocupa sino del dinero. Se respira una atmósfera

sórdida, en la cual se asfixian todos los sentimientos elevados. Hay

algunas personas de alma delicada y generosa, pero aun éstas no pueden

menos de resentirse de la sociedad en que han vivido: son capaces de un

rasgo heroico, de una pasión fuerte, pero no pueden alcanzar ciertas

_nuances_ del espíritu, ciertas delicadezas que sólo se encuentran en

las clases elevadas y en una sociedad culta y refinada.

--¿No piensa usted dar una vuelta por Madrid?

--De buena gana la daría y aun me quedaría allá, pero mis papás no

tienen más hijo que yo... y ya ve usted.

--Quédese usted, quédese usted... No piense en Madrid por ahora...

Tiempo le queda para saber lo que es aquello.

--No vaya usted á creer, condesa, que es curiosidad lo que siento, no;

es el deseo que tengo de llenar ciertos vacíos que hay en mi espíritu lo

que me obliga á pensar en Madrid. Yo no gozo con lo que aquí suele gozar

la gente; antes bien sus placeres son ocasión de padecer para mí, porque

nada hay que atormente tanto como encontrarse aislado entre la

muchedumbre y á mil leguas de sus pensamientos y aspiraciones. Así, que

paso la vida encerrado en mi casa, sin ganas de agregarme á ella...

leyendo... pensando... soñando. Alguna vez he asistido con la

imaginación á las _soirées_ donde usted ha brillado tanto, condesa.

--¿De veras?

--Sí, señora; acostumbro á leer las revistas de salones de _La Epoca_, y

en ellas he visto con frecuencia el nombre de usted rodeado de adjetivos

que ahora me parecen pálidos.

--Mil gracias.

--Me precio de sincero, condesa. En el último baile de los duques de

Hernán Pérez llevaba usted un vestido de _surah_ azul celeste, con

escote sesgado y espalda de forma _princesa_. El vuelo de la falda

formaba por detrás una cascada de _pouffs_ sostenidos por cordones, y

llevaba usted asimismo lazos de _surah_ en los hombros y en el talle.

--¡Ah! Veo que no se le ha escapado á usted nada.

Un rugido de D. Primitivo les obligó á interrumpir el diálogo. Extático,

con los brazos cruzados sobre el pecho, contemplaba sin pestañear un

cuadro de lechugas, mientras los compañeros le miraban sin comprender el

motivo de tal sorpresa. Al fin, después de largo silencio, exclamó con

voz ronca:

--¡Si no lo viese por mis ojos, nunca lo creyera! Yo mismo le di la

semilla á Pedro; yo mismo le indiqué cuándo debía sacarlas del vivero;

yo mismo estuve una tarde entera ayudándole á plantarlas... ¿Cómo han

espigado estas lechugas?... ¿Por qué han espigado estas lechugas?

Y D. Primitivo movía la cabeza hacia adelante, hacia atrás, á la derecha

y á la izquierda.

--Tal vez la lluvia de estos días habrá influído perniciosamente sobre

ellas--manifestó tímidamente el licenciado Velasco de la Cueva.

--¡Qué lluvia ni qué calabazas!... No diga usted tonterías, D. Juan. La

lluvia, cuando las lechugas se plantan en la época y en la forma en que

deben plantarse, no influye, no tiene por qué influir sobre ellas.

--Perfectamente.

--Aquí no puede menos de haber algún misterio. Pedro habrá hecho alguna

majadería en el cuadro. Ellas por sí estoy seguro de que no hubieran

espigado. ¿Á qué asunto habían de espigar? Así que le tropiece me

enteraré de lo que ha hecho, y ya verá usted cómo resulta lo que yo

dije.

La irritación de D. Primitivo cedió ante la esperanza de ver muy pronto

cumplida su profecía.

Continuaron recorriendo lentamente la huerta, parándose ahora delante de

unas alcachofas, después ante un cuadro de remolachas ó de una

esparraguera. D. Primitivo, maniobrando constantemente en el centro del

grupo, parecía un filósofo de la escuela peripatética.

La condesa y Octavio se habían quedado un poco atrás y siguieron

hablando del baile de los duques de Hernán Pérez, ó sea del «mundo del

espíritu», como decía nuestro señorito. La horticultura no les seducía.

Mas al hallarse en frente de una frondosa y espléndida magnolia, ambos

detuvieron el paso para contemplarla. Era un árbol hermoso y grande como

pocos, y entre sus hojas oscuras y metálicas advertíase crecido número

de bolas blancas que soltaban aroma fresco, acre y penetrante. Las

primeras ramas no pasaban de la altura del rostro. La condesa asió con

la mano de una de ellas provista de flor y la trajo hacia sí. El árbol,

al ser movido, dejó caer algunas gotas de agua sobre las mejillas de la

señora, que hizo una mueca graciosa.

--El árbol la bendice á usted--dijo Octavio mirando extasiado cómo

corría el agua por las mejillas de la dama.

--Hubiera pasado sin su bendición perfectamente--contestó ella riendo.

Y al mismo tiempo hundió su lindo rostro en el cáliz de la flor para

aspirar la fragancia. La condesa de Trevia estaba en aquel instante

bellísima; porque sus ojos grandes, rasgados, se cerraban blandamente

con la expresión de un placer celestial; porque sus mejillas de rosa,

acariciadas por las blancas y carnosas hojas de la magnolia, brillaban y

temblaban de gozo; porque sus cabellos castaños, sedosos, le caían con

cierto desorden sobre la frente; porque inclinaba la cabeza dejando ver

el principio de una espalda de alabastro; porque estaba empinada

graciosamente sobre la punta de sus pies inverosímiles. Levantó la

cabeza y exhaló un largo suspiro.

--¡Oh, qué delicioso aroma!

Octavio se apresuró á hundir también el rostro en la flor que la dama

aún tenía cogida.

--¡Delicioso! ¡delicioso!

--¡Es tan penetrante... tan embriagador!... Siempre fuí apasionada de

este aroma.

--Yo lo seré de aquí en adelante.

La condesa soltó la rama é inclinó la cabeza sonriendo afablemente. Y

emprendieron otra vez la marcha en silencio. Octavio lo rompió al cabo

de un instante diciendo:

--¿De qué perfumista acostumbra usted á surtirse, condesa?

--No tengo ninguno conocido; entro indistintamente en la primer

perfumería que encuentro.

--Pero al menos tendrá usted una marca predilecta.

--Tampoco; nunca me fijo en los rótulos de los frascos.

--Pues yo, después de haber probado las principales marcas, me he

decidido por la de María Farina. Es la que he hallado mejor. Sus

perfumes son menos intensos que los de otras casas, pero son mucho más

delicados. Debemos exceptuar, sin embargo, la rosa blanca que, como

usted sabrá seguramente, es privilegio especial del célebre Hakinsson.

La rosa blanca y el azahar son los únicos perfumes que tomo ahora de

esta casa.

Siguió la conversación de los perfumes por algún tiempo todavía, muy

animada por parte de Octavio, que parecía hallarse en terreno firme y

abierto; lánguida y cortada por parte de la condesa que, como había

dicho, no era inteligente en este ramo. D. Primitivo y sus secuaces

habían entrado ya en la pomarada, y nuestra pareja siguió el ejemplo. Al

llegar á la puerta tropezaron con miss Florencia y los niños. La condesa

dirigió á aquélla una sonrisa. El aya permaneció grave y se inclinó

profundamente dejándoles paso.

Era la pomarada un campo vasto, donde los árboles estaban tan espesos y

habían adquirido tal desarrollo, que el sol no conseguía, sino después

de mucho trabajo, introducir en él algunos delgados rayos. Los manzanos

son árboles de poca imaginación. En vez de gastar sus fuerzas

estérilmente en subir hasta mecerse en las nubes, procuran buenamente

redondearse, ocupando el mayor pedazo posible de este miserable planeta.

Mas al desenvolver su personalidad libremente en el tiempo y el espacio,

nunca dejan de molestar al vecino, de lo cual resulta siempre una bóveda

más sólida y espesa que fantástica. Algunos de ellos tanto descendían en

sus aspiraciones, que tocaban con las ramas á la tierra formando

glorietas naturales, frescas, sombrías, mullidas. Á pesar de los

esfuerzos inauditos que el sol había hecho durante todo el día para

templar sus ardores en la frescura del césped, éste se hallaba todavía

húmedo. Los lindos zapatos de la condesa, que se hundían en él como dos

ratones, aparecían mojados cada vez que levantaba el pie. Dentro de

aquella bóveda enana zumbaba una muchedumbre de insectos, que empezaban

á sentirse inquietos por la marcha cada vez más precipitada del sol. Á

veces se percibía un ruido leve y sordo entre las ramas, y veíase un

pájaro salir de un árbol y posarse en otro cercano. Los árboles no

derramaban aroma, porque los frutos estaban aún demasiado verdes: en

cambio, el suelo exhalaba olor fuerte de tierra húmeda. En uno de los

ángulos de la pomarada se veía una gran mancha de sombra. Era que el sol

estaba besando ya la cima de las colinas y empezaba á abandonar el

valle.

Á todo esto, D. Primitivo había sacado de las profundidades de su gabán

una enorme podadera, y prodigaba minuciosos cuidados á los manzanos,

hacia los cuales se sentía atraído por simpatía irresistible. Aquí le

cortaba un renuevo á uno, más allá le quitaba un caracol á otro, en otra

parte levantaba un rodrigón que se había caído, etc., etc. El procurador

pasaba cerca de ellos como el soplo de la Providencia.

Octavio seguía al lado de la condesa y conversaba con ella sobre cosas

indiferentes, alusivas unas veces á los objetos que tenían á la vista,

otras (las más) á las particularidades de la vida cortesana, que el

joven parecía conocer tan bien como la dama. El rostro y los ademanes

del señorito no correspondían en un todo á la materia de la

conversación. Decía todas sus frases en tono tan insinuante y se

mostraba tan turbado, que cualquiera podría creer, observándole de

lejos, que estaba haciendo una declaración de amor. Siempre le pasaba lo

mismo cuando hablaba con las mujeres. Su fisonomía sonriente, ruborosa y

expresiva con exceso, le había hecho pasar por novio de casi todas las

damiselas á quienes se había acercado en su vida. Claro está que tales

presunciones no tenían fundamento positivo; pero quizá si penetrásemos

en los misterios de la psicología, hallaríamos disculpa para la ligereza

de los vecinos de Vegalora. Porque hay en ciertos temperamentos un fondo

tan grande de materia amorosa (si se permite esta singular locución),

que no necesita más que un leve motivo para mostrarse en la superficie.

El amor reposa en estos temperamentos como una masa de polvo colorante

en el fondo de un vaso de agua; así que se agita, toda el agua queda

teñida. El hecho aparente era que nuestro amigo ni se enamoraba ni se

declaraba á las mujeres que tenía cerca, pero en realidad, hacía uno y

otro. Su plática, pues, con la condesa tenía mucho de dúo amoroso.

Cuando decía, verbigracia: «Se está usted humedeciendo los pies,

condesa», la traducción exacta de la frase, que se dibujaba en sus ojos,

era: «De qué buena gana, señora, se los secaría con mi aliento». Se

había quitado el sombrero, y jugaba con él entre las manos afectando una

posesión de sí mismo que estaba lejos de sentir. Llevaba en la boca un

clavel blanco salpicado de manchas rojas, y lo mordía con displicencia

digna de un socio del Veloz Club. De vez en cuando volvía el conde la

cabeza y le dirigía una sonrisa afectuosa, á la cual nunca dejaba de

contestar el mancebo con un saludo familiar.

--Es muy bonito ese clavel que lleva usted--dijo la condesa, mientras lo

admiraba sinceramente con los ojos muy abiertos.

Octavio lo quitó precipitadamente de la boca.

--Si no fuese porque ya está mordido, tendría placer muy grande en

dárselo... Pero, en fin, le quitaremos un poco del tallo... (al mismo

tiempo cortaba la parte que había estado en la boca). ¿Lo acepta usted

así, condesa?

--Con mucho gusto. Mil gracias.

Estaban ya próximos á la empalizada que circuía la finca, y para no

volver por el mismo sitio empezaron á caminar al lado de ella. Apenas

habían dado algunos pasos, cuando sintieron por la parte de fuera un

aliento jadeante, y vieron en lo alto de la estacada la cabeza de un

perro, el cual cayó inmediatamente á sus pies y se puso á ladrarles, sin

atender á las razones de don Primitivo, que le decía:

--Ven acá, Canelo... ¿No me conoces, Canelo?... ¿Dónde está tu amo,

Canelo?...

El perro recordó que ya había visto aquella cara en otra parte, pero no

quiso dar su brazo á torcer ni confesar que se había equivocado, y

siguió ladrando, aunque sin gana y por compromiso.

--¿Qué es eso, Canelo?... ¿Te olvidas de los amigos?...

--_Guau, guau, guau._

--¿Dónde dejaste á tu amo, Canelo?

--_Guau... guau._

--¿Venís de caza, Canelo?

--_Guau..._

Por detrás de la empalizada empezó á asomar una escopeta de dos cañones,

y se vió un sombrero de grandes alas que ocultaba á medias el rostro de

un joven moreno, el cual, con mucha presteza y agilidad, pasó ambas

piernas por encima de las puntas de las estacas, y dando un salto quedó

en pie delante del conde.

--¡Hola, Pedro! ¿De dónde vienes?

--Señor conde, fuí á matar un zorro que me dijeron andaba por la mata

del tío Bonifacio. En cosa de ocho días le zampó tres gallinas.

--¿Y lo traes?

--Sí, señor; aquí está vivo todavía. No le tocaron más que algunos

perdigones en esta pata... ¡No se acerque usted, señora condesa, que

estos animales son muy traidores!

--Hola, caballerito--dijo el conde dirigiéndose al zorro, que colgaba de

la espalda de Pedro.--¿Conque entretiene usted sus ocios engulléndose

las gallinas del vecindario? ¿Y se figuraba usted que sus proezas no

habían de tener fin jamás?

El señorito Octavio · 第 3 / 15 段