--Sí, señor, lo fué en los primeros momentos, pero á los pocos días hizo

dimisión. Aceptó el cargo solamente por compromiso, y para evitar los

desmanes que, si no fuese por él, hubiera habido seguramente.

--Hizo perfectamente; ha sido un proceder muy noble.

Y después de breve pausa durante la cual empezó á dibujarse en sus

labios una sonrisa, siguió:

--¡Oh! Ya sé que el papá de usted es una persona muy ilustrada y un

campeón decidido de la libertad.

La sonrisa del conde era tan penetrante que se tiñeron de carmín las

mejillas del señorito Octavio.

--Precisamente un campeón, no, señor... Es hombre que piensa de cierto

modo... Como tiene un carácter muy abierto, se expresa siempre con

calor... Esto le perjudica...

--De ningún modo. Á mí me gustan los hombres resueltos en sus

convicciones, y su papá es un verdadero progresista, según me han dicho,

muy honrado, muy sincero, etc., etc. Los progresistas, por punto

general, son buenas personas. Usted me dispensará, amigo mío, si le dejo

en este momento--añadió levantándose;--tengo muchísimas cosas que

arreglar. Ya sabe usted lo que es un viaje con niños.

Al decir tales palabras, el conde extendía la mano, sin mirarle, al

señorito, que también se había levantado. Después le volvió la espalda y

dió unos pasos hacia el gabinete.

--El señor cura de la Segada desea ver á los señores--anunció la voz del

criado.

Volvióse rápidamente el conde y dió un paso hacia la mesa. El aya llamó

apresuradamente á los niños y cuchicheó con ellos un instante. El

señorito Octavio permanecía de pie.

En el marco de la puerta apareció de pronto la figura de un sacerdote

anciano. Era de estatura más que mediana y vestía un balandrán bastante

deteriorado y grasiento, y mostraba en lo erguido de su cuello y en su

actitud firme que poseía una complexión recia. Como tenía el sombrero en

la mano, dejaba al descubierto una cabeza que aún estaba regularmente

provista de cabellos blancos y rizos sin aliño ni compostura alguna. La

tez excesivamente morena y los ojos negros y un poco hundidos ofrecían

tal fuego y viveza, que contrastaban notablemente con las arrugas del

rostro y la blanca color de los cabellos. Colocado á la puerta, sin

avanzar un paso y sonriendo campechanamente, comenzó á hacer reverencias

mundanas, diciendo al mismo tiempo:

--¡Conque al fin no se nos han perdido por allá! ¡Conque al fin estos

despegados señores se acuerdan de que hay un rincón en el mundo que se

llama la Segada! ¡Conque al fin todavía los lugareños valemos algo para

los cortesanos!

Los niños avanzaron hacia él, y tomándole una mano se la fueron besando

sucesivamente. Después el aya, que venía detrás, quiso hacer lo mismo,

pero el clérigo la retiró velozmente y con sorpresa. El conde le abrazó

respetuosa pero afectuosísimamente.

--¡Vaya si valen los lugareños, y vaya si se les quiere también por

allá!

--Señor conde, usted tiene algún diablo metido en el cuerpo; está usted

tan mozo y tan fresco como la última ves que le vi. La señora condesa no

tiene tan buen color, pero ha de ser por culpa, si no me engaño, de

estos diablejos que veo por aquí tan gordos y sonrosados. Vaya, vaya con

el señor conde, ¿qué le habremos hecho nosotros para que así nos

aborrezca?... ¿Qué le habremos hecho nosotros para que así nos

aborrezca?

El cura de la Segada tenía por costumbre repetir dos, tres y hasta

cuatro veces la misma frase, mirando fijamente al interlocutor, y

abriendo desmesuradamente la boca para reir y también para dejar ver

unos enormes y desvencijados dientes.

--Conque diga usted, criatura, ¿qué le hemos hecho nosotros para que así

nos aborrezca?

--Señor cura, no ha sido todo culpa mía. Crea usted que no dejaba de

acordarme muchas veces de este hermoso país y de los buenos amigos que

aquí tengo.

--¡Ah, tunante! ¡Y qué bien se conoce que viene usted de la corte!

Señora condesa, no le deje usted mentir tan descaradamente. Señor conde,

es usted un grandísimo tunante... sabe usted mucho para un pobre cura

como yo... sabe usted mucho... sabe usted mucho.

Decía todo esto riendo y sin cerrar un momento la cueva de su boca. El

conde le señaló un asiento y todos se sentaron. El cura se hizo cargo

entonces de la presencia de nuestro héroe, y exclamó dirigiéndole una

mirada y una sonrisa ambiguas:

--¡Calle! ¿También el señorito Octavio está por aquí? El señorito

Octavio es muy fino. ¿Y cómo siguen sus señores padres, señorito?

--Muy bien, señor cura, ¿y usted cómo sigue?

--¿Cómo quiere usted que siga un cura en estos tiempos, señorito?

Tirando... tirando por este cuerpo pecador... ¡Válate Dios por el

señorito Octavio!... ¡Válate Dios!...

La risa persistente y las miradas del clérigo no despertaban en el joven

una alegría muy íntima, aunque otra cosa quisiera aparentar.

--Vaya, vaya, vaya... lo que es ahora, señor conde, no se nos escapa

usted tan pronto. Los madrileños se quedarán chupando el dedo por una

temporada... ¿no es verdad, señora condesa?... ¿Dónde mejor que entre

los suyos, señores?...

Y daba palmaditas afectuosas en la rodilla del conde, que le obligó á

ponerse el sombrero.

--¿Y qué tal, qué ocurre por la parroquia, señor cura?

--Pero, hombre de Dios, ¿qué quiere usted que pase en este miserable

rincón? Déjese de miserias y cuéntenos algo de aquel Madrid, de aquel

Madriiid... ¡Ay, qué Madrid de mis pecados! De allí á la gloria, señor

conde. ¡Cuánto señorío!... ¡cuánto coche!... En los días que estuve allá

con el chico no paré en casa un momento. Andaba por las calles con la

boca abierta y no me cansaba de mirar para aquellos palacios tan

magníficos y para aquellos señorotes que pasaban en coche con mucho

ceño... Esto no es para nosotros, querido, le decía al chico... Vámonos,

vámonos cada uno á nuestro rincón... Yo soy un pobre cura... tú un pobre

estudiante... ¿Qué tenemos nosotros que partir con estas grandezas?...

--Vamos, señor cura, que no es precisamente entre el ruido donde más se

divierte uno, y bien se quejaba usted de aquella bulla continua.

--Pero ¿quién se compara conmigo, señor conde? Yo soy un pobre cura que

está más allá que acá. Yo no toco pito en ninguna parte más que en mi

sacristía. Si hay todavía algunas personas como usted, señor conde, que

me aprecian de veras, allá se las hayan... yo me lavo las manos. Me

acuerdo de aquella tarde en que me dejó usted solo en su carruaje y

ordenó al cochero que me llevase á un sitio que llaman la Castellana...

¡Santo Cristo del Amparo!... Señores, aquél era un cruzar de coches á un

lado y á otro, lo mismo, lo mismo que cuando se tropieza con un

hormiguero en la tierra... Aquellos señorotes y señorotas que iban muy

arrellanados me miraban y se reían... Dirían, sin duda: ¿qué diablos

vendrá á hacer aquí este pobre cura de aldea?... ¿Y á mí qué? Tenían

mucha razón... Desengáñese usted, señor conde, los curas vamos de capa

caída... caiiida... caiiida...

--Pues á pesar de todo, señor cura, le aseguro que me va fastidiando

cada día mas la farsa y la frivolidad de la capital. No puedo soportar á

tanto necio, á tanto advenedizo, á tanto sapo hinchado como ahora ha

subido á la superficie al son del himno de Riego...

--Porque usted, señor conde, es muy raro, muy raro, muy raro... Siempre

lo ha sido... siempre lo ha sido... ¿Á que no le pasa otro tanto al

señorito Octavio? ¿no es verdad, señorito?... ¡Cuánto más vale aquel

Madrid tan hermoso, tan suntuoso, que esta miserable aldea!

--Yo no estuve en Madrid, señor cura...

El joven pronunció estas palabras visiblemente turbado. La sonrisa del

cura le inquietaba, le hacía subir los colores al rostro. ¡Era tan fina

y maliciosa!

--Es verdad, señorito... es verdad... es verdad... No me acordaba...

Pero no tiene usted más remedio que ir á Madrid, señorito... no hay más

remedio... Aquí se aburre usted... necesita usted más campo. Los jóvenes

de provecho no pueden estarse en las aldeas toda la vida.

--Oiga, señor cura--dijo el conde,--¿qué noticias hay del chico?

--Tiene salud, gracias á Dios. El pobre, cuando me escribe, nunca deja

de acordarse de usted, y me dice que siempre le tiene presente en sus

oraciones, lo mismo que á su amada esposa y familia. No puede usted

figurarse, señor conde, lo agradecido que le está. Si no fuese por la

beca que ha tenido la bondad de sacarle, ¿cuándo hubiera podido yo darle

carrera? Dentro de dos meses ¡loado sea Dios! cantará misa el pobre.

Ayer le escribí precisamente y le decía: Desdichada ocurrencia es la

tuya al ordenarte. Los tiempos están malos, malos, malos para la

clerigalla. Mucho mejor te vendría meterte por alguno de los _clubs_ que

no dejará de haber por ahí y hacer carrera...

La risa del conde le interrumpió.

--¡Siempre ha de ser usted el mismo, señor cura!

--Pues qué, ¿no digo la verdad? Y á propósito, señor conde: es fácil que

necesite molestarle nuevamente. No sabe usted el trabajo que me cuesta

decidirme á ello, por más que esté bien convencido de la proverbial

bondad de usted y de la estimación que sin merecerlo me profesa... Pero

de estas cosas ya hablaremos más tarde... ¡Qué gana va usted á tener

ahora de escuchar recomendaciones!

--Adelante, señor cura.

--Nada, nada, no quiero molestar á usted ahora que acaba de llegar. Otro

día será.

--Ya sabe usted que no me molesta nunca. Siga usted; ¿qué es ello?

--Ahora no, ahora no... tiempo tenemos... ¡no faltaba otra cosa!...

Quiero, señor conde, que al menos hoy no pueda usted decir cuando me

vaya: «Este cura de la Segada es un posma».

Celebró el conde la frase con mucha risa, y el clérigo contestó á sus

metálicas carcajadas con otras sonoras y campestres, que produjeron

algunos instantes de algazara en el comedor. La condesa sonreía

dulcemente, mientras el señorito Octavio seguía ejecutando esfuerzos

prodigiosos y titánicos para que los chistes del presbítero le

desternillasen de alborozo.

Presentóse nuevamente el criado, y dijo que tres señores que acababan de

llegar de Vegalora deseaban saludar á los condes.

--Hágales usted entrar.

Y á poco rato taparon el hueco de la puerta tres figuras provinciales,

que es bien que describamos brevemente.

El primero es D. Marcelino, el mismo que cuatro horas antes había salido

de su tienda y, con riesgo inminente de la vida, había detenido los

caballos del carruaje en que iban los condes, tan sólo por el placer de

ofrecerles una copa de Jerez y una rosquilla de Santa Clara. Es hombre

ya entrado en días, grueso y bajo, muy moreno, con narices enormes y

unos cabellos tiesos y erizados como los de un jabalí. No gasta pelos en

la cara, pero se afeita de tarde en tarde, lo cual da mayor realce á su

rostro, espléndidamente feo. Es castellano de nacimiento y toda la villa

le había visto llegar de su país con una mano atrás y otra adelante,

como acostumbraban á decir los particulares de Vegalora á la hora de la

murmuración. No era verdad, sin embargo, porque D. Marcelino, cuando

llegó de tierra de Campos hacia treinta años, traía las manos ocupadas

con una porción de saquillos de lienzo crudo repletos de espliego, flor

de malva, manzanilla, sanguinaria, flor de tila, anís y otras varias

hierbas y simientes medicinales, que pregonaba con hermosa voz de

barítono que á los vecinos de Vegalora les penetraba hasta lo más

escondido de los sesos. Después, y sucesivamente, fué pasando por los

estados de rematante de la carne, de los artículos de beber y arder, de

tratante en paños y bayetas, recaudador de contribuciones, síndico del

ayuntamiento, administrador de correos, alcalde y no recordamos si algún

otro cargo más. Hemos dicho que había ido pasando, y no es verdad; D.

Marcelino los había ido adquiriendo todos merced á una serie de trabajos

más espantables que los de Hércules y librando en cada uno una batalla

de suprema delicadeza y habilidad. Á la hora presente ejercía todos los

que no eran incompatibles por la ley y algunos también de los que lo

eran. En el desempeño de estas funciones había llegado á rico, gozando

al mismo tiempo del respeto y la consideración de sus convecinos. Cuando

iba á paseo por las carreteras con D. Primitivo ó con el juez, todos los

labradores y jornaleros se quitaban la boina ó la montera y decían:

«Buenas tardes, D. Marcelino y la compañía». D. Marcelino no veía más

que esto; pero los que venían detrás solían ver á los aldeanos quedarse

parados un instante con la montera en la mano, mirándole á las espaldas

de un modo bastante menos respetuoso que á la cara. Solían oir también á

alguno crujir los dientes y murmurar sordamente: «¡Mal rayo te parta,

ladrón!»

En pos de D. Marcelino venía D. Primitivo, varón formidable, de elevada

estatura y amplias espaldas, rostro mofletudo y encendido, lleno de

herpes, barba escasa y recortada y los ojos siempre encarnizados como

los de un chacal. Era procurador del juzgado. Sentía pasión profunda,

inmensa hacia la horticultura, á la cual dedicaba casi todos sus ocios;

pero era una pasión honrada y platónica, porque D. Primitivo no tenía

huerta. Entreteníala, pues, ya que no la satisficiese, poniéndose

escrupulosamente al tanto de todas las particularidades de las huertas

de sus amigos, dándoles siempre oportunos consejos acerca del cuidado de

la hortaliza y de la conservación de los frutales y regalándoles

semillas exóticas que no se sabía dónde y cómo las adquiriera. Los

propietarios le respetaban y decían de él ahuecando la voz y con asombro

que «conocía sesenta y cuatro castas de peras». Á pesar de esta afición

agrícola, D. Primitivo era un animal carnívoro, esto es, se alimentaba

casi exclusivamente de carne, lo cual, al decir del médico de Vegalora,

introducía en su organismo un exceso de fibrina que ocasionaba las

herpes de que estaba plagado y le exponía á una congestión cerebral, y

que no se anduviera en fiestas, porque tenía la espada de Damocles

suspendida sobre su cabeza.

Con ambos señores venía el licenciado D. Juan Crisóstomo Álvarez Velasco

de la Cueva (que así firmaba siempre sus demandas y réplicas), persona

pulquérrima á quien distinguían de lejos los vecinos de la villa por la

blancura inmaculada de sus pecheras. Gastaba bigote y perilla, lo cual

le daba más aspecto de coronel de caballería que de hombre de toga.

Hablaba poco, casi nada, pero era tan exquisita y ceremoniosa su

cortesía, que los que platicaban con él siempre quedaban un poco

cortados y descontentos de sí mismos. Asentía á todo cuanto se le

dijese, cerrando los ojos, bajando la cabeza y diciendo en tono

melífluo: «¡Perfectamente!» Tenía el Sr. Velasco de la Cueva infinitos

modos de pronunciar este _perfectamente_, alargando, contrayendo,

reforzando ó suavizando las sílabas, de tal suerte que se ajustaba al

tono y significado de las palabras del interlocutor. Á pesar de eso, el

promotor fiscal, que era hombre chusco, hacía su parodia en la tienda de

D. Marcelino, y contaba que un día, explicándole á D. Juan de qué modo

se había caído de un caballo, al llegar al punto de decir «el caballo se

levantó de atrás y me arrojó por la cabeza, estrellándome contra una

pared cercana», D. Juan Crisóstomo le había interrumpido exclamando:

«¡Perfectamente!» Sería invención del promotor, pero era muy verosímil.

Al penetrar los tres varones en el comedor, el conde y Octavio se

levantaron: el cura permaneció sentado lo mismo que las mujeres.

--¡Oh, señores, qué pronto se han tomado ustedes la molestia de venir!

--Señor conde--dijo D. Marcelino,--estábamos impacientes por saber cómo

habían llegado ustedes á la Segada. Aunque calienta un poco el sol, ya

estamos acostumbrados á sufrirlo... ¿no es verdad, D. Primitivo?...

Además, cuando las cosas se hacen con gusto... ¿eh? ¿eh?

Y reía bienaventuradamente D. Marcelino, y reía el conde, y reía D.

Primitivo, y reía el cura, y hasta se reía el señorito Octavio.

--De todos modos, lo agradezco en el alma, señores. ¿Y qué tal, qué tal

por estas tierras?

--Perfectamente.

No hay para qué manifestar quién pronunció este adverbio.

--En la última carta que le escribí, señor conde--dijo D. Marcelino,--le

comunicaba todas las noticias de este pueblo, y ya ve que eran bien poco

interesantes.

--Este pueblo es muy pacífico--apuntó don Primitivo.

--Aquí no llegan esos motines que hay ahora por Madrid un día sí y otro

no. (Otra vez don Marcelino.)

--Alguna ventaja habíamos de tener... alguna ventaja... alguna ventaja.

Dios lo ha compensado todo, señores. Vivimos apartados de los deleites

de la corte... es verdad... es verdad... pero vivimos por ahora

tranquilos. No es poca fortuna, créame usted, no es poca fortuna...

--La gente del país debe ser muy sencilla, ¿no es cierto? En estas

provincias del Norte es donde se conservan todavía restos de aquella

honradez y piedad que caracterizaban á nuestros mayores.

--Es gente honrada á carta cabal--dijo don Primitivo.--Afortunadamente,

todavía no nos los han maleado.

--Unos infelices, señor conde... unos infelices... Lo único que les hace

falta es un poco de filosofía alemana para ser hombres completos.

Todos rieron con estrépito.

--Alguna que otra vez--apuntó D. Marcelino,--cuando tienen una copa de

más dentro del cuerpo, suelen cometer cualquier desmán, pero ya se sabe

que entonces obra el vino por ellos.

--Y tienen bastante afición á lo ajeno--indicó el señorito

Octavio.--Casi todos los años nos dejan sin fruta en la huerta.

--Es verdad, señorito, es verdad... Tiene usted mucha razón... Hay mucha

afición á lo ajeno en esta comarca... Pero, créame usted, señorito, el

gobierno también tiene alguna... y no es precisamente á la fruta...

El conde dirigió una sonrisa al clérigo.

--Desde la muerte del guardamontes, hace ya tres meses--dijo D.

Primitivo,--no se ha oído hablar en este concejo de ninguna tropelía.

--¿Fué el que hallaron estrangulado en un maizal?--interrogó el conde.

--No, señor; ese fué Antuña, el pagador de la carretera. Esa muerte ha

sido mucho antes... á principios del otoño.

--De todos modos, ha sido un asesinato horrible.

--Pero, señor conde--profirió D. Marcelino,--Antuña murió porque quiso.

¿Á quién se le ocurre salir de noche de la villa con veinticuatro mil

reales en el bolsillo? ¿No conoce usted que es una imprudencia

mayúscula?

--¡Perfectamente!

--Hechos aislados, señor conde, hechos aislados... por ahora, hechos

aislados. El trueno gordo no tardará en venir. Pero no hay que tener

cuidado, porque los excesos de la libertad se corrigen con la

libertad... sí, señor, se corrigen con la libertad... Eso decía un

periódico que le viene al señor juez de Madrid todos los días... todos

los días.

El conde se inclinó hacia el cura y le dijo algunas palabras al oído.

--¡Bravo, señor conde, bravo!--exclamó el clérigo, echándose hacia atrás

en la silla y mirándole fijamente con aire triunfal.--Todos haremos lo

que podamos para que se logre. Usted es la persona más á propósito.

Después se pusieron ambos á cuchichear animadamente.

D. Primitivo corrió la silla hacia ellos y preguntó en voz baja:

--¿Hay alguna noticia de allá?

--No se trata ahora de allá, sino de acá--respondió el cura.

Vuelta á cuchichear los tres. D. Primitivo parecía sumamente interesado

en la conversación y movía los gigantescos brazos cual si sirviesen de

volante á sus ojos carniceros, que rodaban por las órbitas con pavorosa

velocidad. Al mismo tiempo hacía supremos y angustiosos esfuerzos para

trasportar su desentonada voz al falsete discreto que usaban el conde y

el sacerdote.

El licenciado Velasco de la Cueva, después de posar en el grupo de sus

amigos varias miradas á cual más imponente, osó también aproximar la

silla, y presto le enteraron del asunto que trataban.

La condesa se levantó y dijo al señorito Octavio, que era el único que

concedió atención á su movimiento:

--Con permiso: soy con ustedes al instante.

Y se fué por la puerta del gabinete.

El aya se puso también á hablar con los niños en voz baja,

dirigiéndoles, á juzgar por su continente severo y el no menos grave de

los oyentes, serias y profundas advertencias.

Nuestro señorito tomó pie de ello para sacar el pañuelo y sonarse con

ruido. Después, con mucha calma, lo paseó repetidas veces por debajo de

la nariz; por último, no sin vacilar un poco, se decidió á meterlo en el

bolsillo. Inmediatamente, y sin ningún preparativo, abrochó un botón del

guante que se había soltado. Después tosió tres veces consecutivas y se

puso á examinar con profundísima atención y frunciendo ferozmente las

cejas el puño del junquillo. No bien hubo terminado esta tarea, pasó á

azotarse con él los pantalones, de la misma traza que lo hiciera al

comienzo de su visita. Todavía se alzaron á los golpes algunas

nubecillas de polvo, aunque más leves y trasparentes.

El cuchicheo del conde y sus amigos proseguía vivo, lleno de expansión.

El del aya y los niños, grave y discreto como antes. El criado entraba y

salía llevando las fuentes, los platos y los demás objetos que yacían en

desorden sobre la mesa, pero todo con mucho silencio y espacio y sin

dejar de dirigir, cada vez que entraba, una mirada insistente y curiosa

á nuestro héroe, el cual procuraba artificiosamente evitar el cambio. El

comedor era una vasta cámara, más vasta que cómoda y elegante, y sus

muebles toscos y ennegrecidos, y sus grandes cortinas de colores

marchitos, y los cristales turbios y emplomados de sus balcones,

mostraban claramente que el viejo conde se curaba poco del aliño de la

casa, y que el nuevo no la habitaba mucho tiempo. El falsete de los

interlocutores producía en este vasto comedor un efecto extraño y

severo, como el murmullo de los fieles en una iglesia. Á nuestro joven

le parecía demasiado severo. De vez en cuando, la voz de D. Primitivo,

no pudiendo resistir tanto tiempo la presión cruel que sobre ella estaba

pesando, lanzaba un _gallo_, y se oía la palabra _votos_ ó

_candidatos_. El aya levantaba sus ojos profundos y los fijaba un

instante en el grupo de los caballeros.

Al fin, nuestro señorito decidióse á tomar una de las copas que aún

quedaban sobre la mesa. Empezó á observarla escrupulosamente, dándole

vueltas y más vueltas en la mano, haciéndola sonar con un golpe de uña y

llevándola después al oído para escuchar sus vibraciones hasta que

morían. Por mucho que le embargasen al joven estas observaciones de

física experimental, no dejaba por eso de mover los ojos con ansia hacia

todas partes, y especialmente hacia la puerta del gabinete, como si por

allí le hubiese de venir su salvación. Respirábase en el comedor un

ambiente cargado de discreción, que á nuestro mancebo le producía la

misma inquietud y malestar y los mismos desmayos enervantes que si

estuviese cargado de electricidad. Y ya se entregaba lánguidamente á

pensamientos tristes de muerte, cuando empezaron á dibujarse en su

desmayado espíritu los contornos de una idea fortificante y

regeneradora: la idea de marcharse. Mas para llevar á cabo este acto era

preciso despedirse, y el despedirse había sido siempre para nuestro

señorito uno de esos problemas pavorosos que pocas veces obtienen

resolución. Antes de levantarse, cuando estaba en visita, tenía que

sostener una batalla consigo mismo, que á veces se prolongaba más de la

cuenta. Sentía el mismo temor y embarazo que los oradores noveles cuando

levantan su voz en público. Pero si siempre había sido un problema

difícil, en aquel instante, considerado el éxito poco lisonjero de su

visita y el carácter y la situación de las personas que allí se

hallaban, ofrecióselo al alma como una utopia. Ni podía ser de otra

suerte. ¿Qué de comentarios no harían aquellos señores después que él

saliese por la puerta? ¿Cuántos chistes no se le ocurrirían al cura

acerca de su persona? Se le ponían los pelos de punta de pensar en ello.

La idea, pues, de marcharse era de todo punto inadmisible. Más valía

seguir haciendo experimentos acústicos con la copa de cristal.

Mientras proseguía embebecido en esta fructuosa tarea, el cura de la

Segada apartóse un momento de la conversación y le clavó los ojos con

expresión reflexiva. Después, volviéndose al conde con la misma voz de

falsete, le dijo:

--La única persona que cuenta en este país con bastantes fuerzas para

ganar unas elecciones es D. Baltasar Rodríguez. El enemigo temible es

ése, y no los que indicó D. Primitivo. Créame usted, señor conde...

créame usted...

--Es lo que yo tenía entendido antes de venir--repuso el conde.--Al

parecer es hombre acaudalado y goza de simpatías en la población...

--No cabe duda, no cabe duda.

El señorito Octavio · 第 2 / 15 段