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OBRAS COMPLETAS
DE
D. ARMANDO PALACIO VALDÉS
TOMO III
EL SEÑORITO OCTAVIO
MADRID
Librería de Victoriano Suárez,
PRECIADOS, NÚMERO 48
1896
ES PROPIEDAD DEL AUTOR
MADRID.--Hijos de M. G. Hernández, Libertad, 16 dup.º
I
Despierta el héroe.
Ni las ventanas cerradas con todo esmero, ni las sendas cortinas que
sobre ellas se extendían, eran dique suficiente para la luz, que
vergonzantemente se colaba por los intersticios de las unas y la
urdimbre de las otras. Pero esta luz apenas tenía fuerza para mostrar
tímidamente los contornos de los objetos más próximos á las cortinas.
Los que se hallaban un poco lejanos gozaban todavía de una completa y
dulce oscuridad. Las tinieblas, desde el medio de la estancia, atajaban
el paso á la luz, riéndose de sus inútiles esfuerzos.
Hé aquí los objetos que se veían ó se vislumbraban en la estancia.
Apoyado en la pared de la derecha y cercano al hueco de la ventana, un
armario antiguo, que debió ser barnizado recientemente, á juzgar por la
prisa con que devolvía en vivos reflejos los tenues rayos de luz que
sobre él caían. Enfrente, y cerca de la otra ventana, un tocador de
madera sin barnizar, al gusto modernísimo, de esos que se compran en los
bazares de Madrid por poco dinero. No muy lejos del tocador, una silla
forrada de _reps_, sobre la cual descansaban hacinadas varias prendas de
vestir, masculinas. Hasta el instante de dar comienzo esta verídica
historia, nada más se veía. Esperemos.
Suenan por la parte de afuera algunos ruidos matinales que dejan
presumir el sitio en que nos hallamos. Nada de carruajes que al pasar
rodando estremecen con leve vibración nuestros cristales y nuestro
lecho; nada de voces ásperas y opacas que pregonan no se sabe qué; nada
de mazurcas, cien veces concluídas y cien veces comenzadas por los dedos
aprendices de alguna vecina. Escúchanse gorjeos suaves de pájaros,
ladridos de perros, golpes de herramienta y una que otra imprecación
lanzada sobre las inocentes bestias que arrastran un carro. En las
habitaciones interiores se alza el cántico, más fresco que melodioso, de
una criada. Tal vez nos hallemos en el campo. Sin embargo, que no se
anticipe juicio alguno acerca de este punto.
La luz, cada vez más atrevida, consigue acorralar á las tinieblas en los
rincones de la estancia. Algo más se ve. Una mesa de escribir tallada
con pésimo gusto, y sobre la cual hay muchos papeles y un enjambre de
baratijas que los sujetan. Detrás de la mesa un sillón forrado de la
misma tela que la silla que antes hemos visto, y detrás del sillón, y
colgada de la pared, la cabeza disecada de un ciervo, sobre cuya profusa
cornamenta descansa una linda escopeta de dos cañones, y debajo de la
cabeza, y también colgados, un par de floretes, otro de caretas y un
guante de esgrima. El pavimento de la sala está cubierto con una
alfombra ordinaria y sus paredes exornadas de varios cromos que
representan... No percibimos bien lo que representan: ya lo sabremos
cuando haya un poco más de luz.
Se oye una respiración suave y acompasada. La luz deja en descubierto el
marco de una puerta con vidriera discretamente entornada. Es la puerta
de una alcoba, y dentro de ella ya es posible observar los contornos
severos de una cama de ébano, obra al parecer del siglo XVII. Contrasta
lastimosamente con la majestad de esta cama la mesilla de noche de
humilde aspecto y exiguas proporciones. Sobre la mesilla hay una
palmatoria con su bujía apagada, un reloj despertador, dos ó tres libros
de cubierta amarilla, un par de guantes y un pañuelo de seda. El
caballero que duerme en la cama del siglo XVII, duerme con la cara hacia
la pared y no podemos decir otra cosa sino que es rubio y disfruta de
abundante y riza cabellera. Pero aguardemos unos instantes, porque el
despertador debe sonar á las siete y no faltan más que cuatro minutos.
Suena al fin con el ruido agrio y estridente que caracteriza á tales
artefactos. El blondo caballero se estremece levemente, alza un poco la
cabeza de la almohada, aspira el aire con fuerza por entrambas narices,
tira hacia sí por la ropa que le cubre y se oculta otra vez en la
almohada, dejando escapar de su garganta un débil y prolongado ronquido.
Al cabo de media hora, poco más ó menos, se escuchan ligeros pasos por
la estancia; ábrese lentamente la puerta y una voz que aspira
inútilmente á ser discreta y suave dice:
--Señorito... señorito Octavio.
--¡Eh!... ¡cómo!... ¿quién va?
--Soy yo, señorito... ya son las nueve.
--¿Cómo las nueve? ¿Y por qué no me has llamado á las siete y media?...
¡Por vida de!... ¿No te he dicho que me llamases á las siete y media?
--Es verdad, pero usted me ha encargado le dijese que eran las nueve.
--¡Ah! ¿De modo que no son las nueve?
--No, señorito; son las siete y media.
--Está bien; vete y vuelve por aquí dentro de un cuarto de hora por si
acaso he vuelto á dormirme.
El señorito es un adolescente de tez blanca, sonrosada, de facciones
puras y correctas como las de un Apolo, los ojos de un azul muy claro,
la frente despejada, quizá demasiado despejada, y la boca pequeña, quizá
demasiado pequeña. Á no ser por el bozo incipiente que mancha su labio
superior, sería su rostro el de una dama y no mal parecida.
Efectivamente, el señorito se durmió otra vez, sin pensar en ello, así
que la criada cerró tras sí la puerta. Su sueño no era tan sosegado como
antes. De vez en cuando le corría un estremecimiento por el cuerpo; la
roja colcha de damasco que le tapaba se agitaba blandamente como si
entrase por las ventanas un soplo de aire: otras veces daba súbito una
vuelta y abría los ojos desmesuradamente y tornaba á cerrarlos con
cierta precipitación nerviosa; más tarde extendía los brazos y se
escuchaban crujir los huesos y lanzaba un fuerte suspiro que le dejaba
aniquilado.
No hay duda, el señorito Octavio batallaba rudamente con el sueño.
--Señorito... señorito... ¿no se levanta usted?
--Sí, sí... allá voy... en seguida.
Y dicho y hecho; abrió los ojos, llevó á ellos los puños y los frotó con
singular encarnizamiento, corrió todo el cuerpo hacia arriba hasta tocar
con la cabeza en la madera de la cama, cruzó los brazos sobre el pecho,
y otra vez quedó dormido.
Hay que confesarlo francamente: nuestro héroe es más hermoso dormido que
despierto. Tiene su rostro dormido tanta pureza, corrección y serenidad,
que hace venir á la memoria el retrato que la historia nos ha dejado de
Alcibíades. Pero los ojos no prestan ningún atractivo á este rostro: son
demasiado claros. Después de todo, no es fácil hallar ojos que
convengan á esta clase de rostros. Tomad los más hermosos de la tierra,
ponédselos á la Venus de Milo, y habréis destruído su encanto.
Trascurre media hora y la criada penetra nuevamente en la alcoba.
--En seguida... en seguida. Corre las cortinas y abre las ventanas.
Antes de cinco minutos estoy vestido.
En efecto, el joven, con la mayor premura, levantó la ropa de la cama de
un solo golpe, echó el brazo fuera y trató de alcanzar el pantalón que
yacía sobre una silla; pero aunque le faltaba poquísimo espacio, no pudo
conseguirlo. Ó el brazo era muy corto, ó la silla estaba demasiado
lejos. De todas suertes, el joven no había podido prever este
contratiempo. Así que dejó caer el brazo desesperadamente sobre la cama
con señales de abatimiento. Á los pocos instantes sintió un ligero
temblor de frío, y dulce y lentamente atrajo la ropa y se cubrió la
mitad del cuerpo. Después fijó los ojos en un punto del espacio, los
puso más tarde en blanco, cerrólos por último y nos parece que volvió á
dormirse.
La luz inundaba vivamente la estancia, que, fuera de cierto
abigarramiento ya indicado, estaba decorada con elegancia y era, á no
dudarlo, la habitación de un joven de espíritu cultivado y con gustos
artísticos. Los cromos de las paredes representaban en su mayoría
mujeres hermosas y escenas de amor. Romeo despidiéndose de Julieta y
bajando por la escala cuando el canto de la alondra se lo ordena
cruelmente: Francesca y Paolo leyendo juntos el libro de Galeoto: Fausto
y Margarita paseando cogidos del brazo por el jardín: una joven
circasiana reclinada sobre cojines de terciopelo, etc., etc.
La puerta torna á abrirse y chilla un poco. Octavio da un salto y queda
sin saber cómo de pie sobre la cama.
--No se puede entrar, no se puede entrar. Me estoy vistiendo. ¿Qué hora
es?
--Las ocho y media.
--Pues aún tengo tiempo. Márchate, Ramona.
Todo el mundo comprende que no es decoroso ni cómodo permanecer mucho
tiempo en pie sobre una cama en paños menores. Nuestro caballero lo fué
comprendiendo paulatinamente, y paulatinamente fué cambiando de postura,
doblando ahora una rodilla, poco después la otra, sentándose más tarde,
y concluyendo por extenderse como antes se hallaba; todo esto como si
cediera á inspiraciones superiores ó á dura necesidad y no á liviano
capricho suyo. La misma necesidad le obligó después á cubrirse las
carnes que tiritaban. Cerráronsele los ojos de golpe; volvió á abrirlos
y volvió á cerrarlos. Al cabo de algunos instantes torna á abrirlos é
inmediatamente se le cierran. Esta vez ya no los abre.
Los ruidos matinales que antes se escuchaban se habían ido trasformando
poco á poco. Oíase ahora el andar acompasado de los transeuntes y los
saludos que al pasar se dirigían. Sonaba también de vez en cuando algún
balcón que se abría con estrépito ó la voz de una mujer que mandaba á su
hijo á la escuela, ó los chillidos penetrantes de los niños que jugaban
en la calle. Envolviendo todos estos ruidos de un modo vago y
misterioso, percibíase el lejano rumor de un río que no corría muy
apacible. Indudablemente no estamos en el campo, pero tampoco en la
ciudad. Todo hace presumir que nos hallamos en una villa de escaso
vecindario, que participa, como todas las de su clase, de la naturaleza
urbana y la rural.
El sol no se contenta ya con bañar alegremente el recinto de la sala, y
penetra en la alcoba, y envuelve la cama y el mancebo en su luz
gloriosa. Con su infinito poder decorativo, trasforma lo que antes era
oscuro lecho, ocupado por un mancebo, en altar fantástico y
resplandeciente donde reposa la juventud. Las columnas lustrosas,
talladas con mil suertes de primores, la roja colcha de damasco, las
sábanas de singular blancura, las guarniciones de las almohadas, el
reloj y la palmatoria que yacen sobre la mesa de noche, los cabellos
dorados del joven y las paredes enjalbegadas, todo brilla, todo arde,
todo lanza vivos destellos. Los diversos colores se igualan y hasta se
confunden bajo el poder adorable de aquella luz risueña. Es una especie
de apoteosis instantánea que atrae y halaga la vista.
El joven duerme con más sosiego que nunca, mientras su cabeza arde y se
inflama con los rayos del sol. Éstos penetran como un torrente por todos
los huecos de la blonda cabellera, y la iluminan interiormente y la
convierten en una masa incandescente que arroja por intervalos llamas
extrañas y fugaces. Su rostro va adquiriendo cierta expresión de
beatitud que coincide perfectamente con el nuevo estado de apoteosis
teatral en que le ha colocado la luz del sol. Es fácil sospechar que sus
tibios rayos han traído consigo los gratos sueños y los bellos fantasmas
de la poesía.
La colcha de damasco sube y baja con un compás monótono que incita á
dormir. La atmósfera, cada vez más encendida y sofocante, empieza á
verse surcada por algunos insectos alados que zumban con tonos agudos y
mareantes. El reloj hace coro, cual otro insecto, con levísimo _tic
tac_, al zumbido de sus compañeros. Una que otra vez se oye el chasquido
de las maderas de la cama ó de los armarios.
En este momento se abre con violencia la puerta de la sala y penetra en
ella una obesa persona del sexo femenino.
--Hijo de mi alma, ¿no te has levantado? No ha venido Ramona á llamarte,
¿verdad? ¡Jesús, qué mujer! ¿Dónde tendrá el sentido? ¡Dios me dé
paciencia para sufrirla!... Pues ahora ya no es tiempo. Acaban de pasar
á escape por la plaza.
--La culpa es mía, mamá. Ramona me ha llamado á la hora.
--Pero ¿cómo te has dormido de ese modo, criatura? Si te hubieras
acostado con cuidado, no sucedería eso. Yo me despierto cuando se me
antoja. No necesito más que fijarme un poco antes de dormirme en la hora
en que quiero despertar, y es cosa sabida... minutos más ó menos, me
tienes enteramente despabilada.
--Lo difícil, mamá, no es despertar, es levantarse--dijo el joven con
profunda filosofía.
--Ya lo comprendo; pero hay que hacer algo por sí, hombre. Claro está
que si uno se abandona al sueño, nunca se levantará cuando necesita ni
tendrá tiempo para nada. Tú duermes mucho, hijo: eso no puede sentarte
bien. Pienso que tu padre tiene razón cuando dice que tus ojeras
provienen de eso.
--¿Quién los ha visto cruzar por la plaza?
--La señora Rafaela, que vino á traerme unas medias que ya más de dos
meses le tenía encargadas--¡ay qué pesada es esa mujer!--me dijo que
había visto á Pedro el del Palacio salir á caballo, como á cosa de las
ocho, por la carretera arriba. Á las nueve, poco más ó menos, llegó un
carruaje con dos caballos, que paró enfrente de la casa de D. Marcelino.
Al parecer, D. Marcelino estaba á la puerta de la tienda, y cuando llegó
el carruaje él mismo paró los caballos. Dentro venía el señor conde, la
señora condesa y en el pescante dos criados de uniforme. D. Marcelino se
empeñó en que se apeasen para descansar un poco y tomar algún refresco,
pero el señor conde se negó completamente, y D.ª Feliciana entonces
salió con una bandeja de dulces y unas copas de Jerez á la calle. El
señor conde no quiso probar nada: la señora condesa tomó una rosquilla
de Santa Clara, y pidió después un vaso de agua. Estando en esto llegó
otro carruaje, donde venían los niños con una señora rubia muy guapa,
que traía sombrero también al igual de la señora condesa. Los niños,
como es natural, comieron algunos dulces, pero la señora rubia, ni por
uno ni por otro fué posible que probase siquiera una almendra.
--Y D. Primitivo y el juez ¿no estuvieron á saludarles?
--Aguarda, hombre, voy allá. En esto se presenta D. Primitivo, y
entonces el señor conde se bajó del carruaje y le dió un abrazo muy
apretado y empezó á hablar con él que no cerraba boca. Después llega D.
Juan Crisóstomo, y un poco más tarde el juez. Me dijo la señora Rafaela
que el señor conde estuvo mucho menos cariñoso con el juez que con D.
Primitivo. Todos se empeñaban en que se apeasen y descansasen un rato,
pero no lo consiguieron, porque el señor conde les dijo que, faltando
tan poco para descansar de una vez, no había necesidad. Y en eso creo
que tenía razón. Á estas horas ya están de seguro en la Segada. Lo que
siento es que tú no hayas ido á darles la bienvenida, porque lo que es
tu padre... ya podía llegar el rey de España, que él seguiría tan quieto
en su despacho, sin asomar siquiera las narices por el balcón para
verle pasar... Pues á poco rato dicen que pasó Pedro á caballo, que
traía al niño mayor delante de sí. El niño iba muy contento, y arreaba
la caballería con un latiguillo. Dicen todos que los chicos son
guapísimos.
--Y la condesa, ¿cómo está?... Ya no me acuerdo de ella.
--La señora condesa dicen que está aún más hermosa, pero de peor color.
¡Qué había de suceder! ¡Si todos los que vienen de la corte parece que
llegan del otro mundo! La vida debe ser muy agitada en aquel Madrid:
¡tanto baile, tanto teatro, tanto café! Y luego tanta gente reunida en
una casa... ya se lo decía á la señora Rafaela, no puede ser sano. En
cambio, el señor conde igual que hace once años. La verdad es que su
cara no podía perder. Toda la vida fué descolorido como la fruta de
invierno. ¡Qué diferente de su padre, que en paz descanse! ¡Aquél sí que
era un mozo como una plata!
--Pues lo que es tipo de conde, me parece que ha de tener más éste. Por
lo poco que recuerdo, su figura debe ser más delicada y más elegante. El
otro era demasiado gordo y tenía las facciones abultadas y traía el pelo
muy corto. Era un tipo de _bourgeois_.
--Sería lo que se te antoje, pero era un hombre muy campechano y muy á
la buena de Dios. ¡Así fuese éste como él! ¡Pobre señor conde, en qué
pocos días se escapó al otro mundo!... Me voy, que aún no le he mandado
el almuerzo á tu padre, y estará furioso. Ahora hazme el favor de salir
de esa bendita cama y no vuelvas á dormirte. Hasta luego, hijo mío.
La señora D.ª Rosario (que así se llamaba la mamá del héroe) dió algunos
pasos por la sala en dirección á la puerta. Su hijo la llamó antes de
llegar á ella.
--Mamá.
--¿Qué se te ofrece, hijo?
--Mira, mamá--dijo bajando la voz y un sí es no es cortado,--al hablar
de los condes ó cuando á ellos te dirijas, no digas señor conde ó señora
condesa, sino conde ó condesa simplemente. El señor antes del título lo
dicen sólo los criados y dependientes de la casa ó las personas
inferiores que no se rozan con ellos en un pie de igualdad.
II
Los señores condes, ó los condes á secas, como pedía el señorito Octavio
que se dijese.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Hecha la señal de la cruz, los condes se sentaron, desdoblaron las
servilletas y acercaron las sillas á la mesa.
Los niños continuaron en pie con las manos sobre el pecho murmurando una
oración. El aya, en pie también, con las manos cruzadas, los observaba
atentamente, sin dejar por eso de mover sus labios finos y rojos.
Concluída la oración, los niños miraron al aya: ésta hizo una
imperceptible señal con los ojos y todos se sentaron. Un criado con
librea fué anudando las servilletas á la garganta de los chicos bajo la
atención vigilante de la institutriz. Nadie despegaba los labios. El
criado empezó lentamente á dar la vuelta á la mesa sirviendo el primer
plato del almuerzo.
Ya que nadie habla en la mesa, dediquémonos un instante á observar la
traza y figura de los que á ella se sientan, empezando por el conde,
como jefe que es de la familia.
Es un hombre flaco, de color moreno que tira á aceitunado, de labios
delgados, ojos negros opacos que miran con notable insistencia, lampiño
hasta cierto punto, pues que no adorna su rostro más que exiguo y negro
bigote y no ofrecen sus mejillas señales del paso de la navaja; la nariz
fina y la frente levantada y estrecha. Viste con esmerada corrección y á
par con gravedad. Si á cualquiera, y sólo por la apariencia, se le
preguntase la edad que puede tener, se vería muy embarazado para
contestar; á tal punto parece indefinida y vaga. Su rostro, aunque sin
frescura, es juvenil, y el cabello, lacio y sedoso, todavía no ofrece
entre sus negras hebras ni una sola blanca. Mas con todo eso, hay en la
extraña inmovilidad de sus ojos y en la fijeza de los rasgos de su
fisonomía algo marmóreo y cadavérico que, irradiando sobre toda su
persona, la comunica el sello de la vejez. Al mismo tiempo su modo de
vestir es harto severo para un joven. Sus manos son tan finas y
delicadas que si, como vulgarmente se cree, éste es signo de
aristocracia, el conde debía pertenecer á una de las más antiguas y
esclarecidas familias de España. Y en parte así era la verdad, porque
el señor conde de Trevia pertenecía á una antiquísima familia, pero no
española, sino italiana. Allá en tiempos lejanos, uno de sus antepasados
había contraído matrimonio con cierta rica heredera del Norte de España
y había venido á establecerse á Madrid. Sus descendientes continuaron
residiendo en esta capital, enteramente naturalizados y disfrutando las
pingües rentas que venían de Nápoles y las aún más cuantiosas que
llegaban de la provincia española del Norte, en que ahora nos hallamos.
El abuelo del conde actual quiso todavía ser más español y enajenó su
patrimonio de Nápoles, rompiendo de esta suerte toda relación con
Italia. Decían en Madrid por aquel entonces que una española vistosa y
de mucho rumbo había tenido la culpa de este rompimiento. Los señores de
Trevia, que ya eran españoles por naturaleza, lo fueron desde entonces
también por la hacienda. Á partir de esta época padecieron de nostalgia.
El conde que en este momento preside la mesa había sido educado en
Francia desde sus más tiernos años por la voluntad de su madre, persona
extremadamente caprichosa y extravagante, que nunca pudo acomodarse con
el carácter franco y generoso y un poco rudo y agreste de su marido. De
esta educación francesa quedábale, amén de muchas costumbres que
chocaban abiertamente con las nuestras, una pronunciación extranjera que
se esforzaba en disimular y una exquisita y un tanto afectada urbanidad
en sus modales, que se grababa profundamente en la memoria de cuantos le
trataban. Había en la eterna y leve sonrisa que plegaba sus labios y en
lo insinuante y correcto de sus maneras algo de femenino, que no se
compadecía poco ni mucho con lo firme é insistente de la mirada. Tal vez
no sea femenino el adjetivo más propio para el caso, pero en este
momento no hallamos el adecuado. Aunque no es posible cerciorarse ahora,
dado caso que está sentado, podemos afirmar que es alto. Se encuentra de
cara á la luz y sus negros cabellos, peinados negligentemente hacia
atrás, brillan como el azabache, y sus largas pestañas, cada vez que
levanta la cabeza, bajan y suben con ligero temblor queriendo evitar los
rayos importunos de la luz. El conde no es hermoso, pero tenía mucha
razón Octavio al presumir que era un hombre distinguido. La perfecta
seguridad de sus movimientos y el descuido elegante con que toma los
manjares y alarga la copa al criado para que le eche vino, acreditan en
él al hombre nacido y educado en la opulencia. En este momento toma
entre sus dedos afilados un hueso de ave que lleva á la boca y empieza á
roer con limpieza de gato. Y aquí está la palabra que antes hacía falta.
El conde de Trevia en sus actitudes y maneras tiene más de gato que de
mujer.
La condesa está sentada á su lado y es mujer que seguramente no llega á
los treinta años, pequeñita, de mejillas frescas y sonrosadas, ojos
pardos rasgados, cabellos de un castaño claro, con una boca deliciosa
provista de pequeños y blancos dientes. Una mujer sana y hermosa. Aunque
su figura es menuda, está admirablemente formada, pero se observan en
ella tendencias á engordar que pudieran más adelante dañar su gentileza.
Hoy por hoy, con su cuello mórbido y gracioso, el seno firme y decidido,
que aspira á levantarse hacia la barba, su cintura delicada, los brazos
redondos y macizos, las manos breves de uñas sonrosadas y sus pies
inverosímiles, la condesa de Trevia es una mujer hecha á torno. Guardaba
parecido con la fruta de la tierra, con las manzanas lustrosas y
coloradas que en apretados piños cuelgan por encima de las paredes de
las huertas en el país en que nos hallamos.
Ella también era una fruta del país, sazonada y dulce como pocas. El
conde de Trevia, en una de las expediciones de caza que hizo á su vuelta
de Francia, la vió colgada al balcón tosco y deteriorado de una casa
solariega, y no le costó más trabajo que alargar la mano para cogerla.
¡Y qué tiene esto de particular sabiendo la vida que aquella niña gentil
llevaba en su casa solariega! Hija de un propietario insignificante, de
los que tanto abundan en las provincias del Norte, severo hasta la
crueldad con las cuatro hijas que el cielo le había dado, la pobre
Laura, que así se llamaba la condesa, vivió los primeros años de su
existencia en un fatal estado intermedio entre el señorío y la pobreza.
El escudo de piedra que ornaba la fachada de su casa daba á la familia
de Estrada lugar preeminente en la comarca, pero no redituaba ninguna
clase de interés. Las rentas de la casa eran tan exiguas, que D. Álvaro
Estrada y su familia vivían casi atenidos á los productos de lo que en
este país se llama la posesión, esto es, á los frutos de las tierras que
ordinariamente circundan las casas antiguas. Para explotar sus tierras
D. Álvaro no tenía más servidumbre que dos criados y una moza, que
alternaba entre la dirección de las simplicísimas tareas culinarias de
la cocina y las un tanto más complicadas ocupaciones de bajar por agua
al río, echar de comer á las bestias durante la ausencia de los criados,
lavar la ropa de la familia, amasar el pan y sacarlo del horno, ir al
mercado de la villa los lunes por aceite, especias, estambre para las
señoritas, etc., etc., y durante las interminables noches de invierno
hilar, en compañía de la familia y algunas vecinas, en el vasto y oscuro
salón de la casa, algunas varas de lienzo burdo para sábanas.
¡Qué noches aquellas de invierno! La buena madre de Laura, después de
cenar á primera hora, sentábase en un extremo del anchuroso sofá de
lana, y se ponía á hacer calceta debajo de un colosal velón que ardía
solamente por uno de sus mecheros. Ella y sus hermanas se colocaban en
torno de la mesa y trabajaban, hilando, cosiendo ó haciendo también
calceta. Las vecinas labradoras iban entrando una á una en silencio,
con sus basquiñas negras de estameña, los pañuelos anudados sobre la
cabeza y los brazos mal cubiertos por una camisa de lienzo. Después de
dar las buenas noches en voz baja, buscaban con la vista un rincón
oscuro, y allí se sentaban sobre el pavimento lustroso de madera de
castaño, y fijando la rueca en la cintura, empezaban á hacer rodar los
husos, mojando repetidas veces con la lengua el lino, del cual tiraban
por breves intervalos.
Las pausas eran tan frecuentes y dilatadas en esta reunión, que una sola
llenaba á veces horas enteras y hasta noches. Sin embargo, algunas veces
se hablaba del vecino que había perdido una vaca en el monte, y se le
compadecía sinceramente, y se le encomendaba á San Antonio bendito para
que se la volviese, ó bien de la riqueza improvisada del tío Bernabé,
que con sólo treinta años de trabajo constante y ahorro había comprado
recientemente el prado de la Laguna en ¡treinta mil reales!, ó bien de
la nube de piedra que el año anterior había arrancado toda la flor de
los árboles y arrojado un sin fin de plantas de maíz por el suelo. La
cosecha era el tema general y predilecto de estas tertulias, y aunque
alguna vez se apartasen de él para entrar en otros, la cosa más
insignificante volvía á traerlo á la memoria y á cuento. Rugía un poco
el viento por fuera; pues ya apuntaba una vecina que los años de viento
eran siempre de miseria. Miraba D. Álvaro al cielo por la ventana y
decía que estaba diáfano y estrellado; pues en seguida se suponía que
estaba helando, y se lamentaba grandemente la reunión, porque las
heladas iban á secar toda la siembra. Pasaba un muchacho cantando por
delante de casa; pues no faltaba uno que exclamase: «¡Sí, canta, canta,
que lo que es este año vamos á tener tiempo para llorar!»
En los largos intervalos de silencio se escuchaba el rumor solemne y
misterioso del río, que corría en el fondo del valle, á unos cien pasos
de la casa, y la lluvia que acompasadamente caía casi siempre sobre las
hojas de los árboles produciendo fugaces temblores de frío en los
tertulios. Dentro de la sala crujía el lino al ser desgarrado por los
dedos de las hilanderas y sonaban las agujas de la calceta al chocar
ligeramente unas con otras. La luz del velón iba muriendo poco á poco
por falta de aceite: los tertulios quedaban envueltos en una media
sombra hasta que doña Rosa alzaba la cabeza con impaciencia, y decía:
«¡Jesús, que no veo! Pepa, ¿en qué estás pensando? ¡Echa aceite á ese
velón!» Al revivir de pronto la luz todo el mundo respiraba con fuerza,
y alguna mujer que dormía despertaba lanzando un suspiro.
Al llegar cierta hora, infaliblemente, subía D. Álvaro de la cocina,
donde se había quedado charlando con los criados, también sobre la
cosecha. Los pasos rudos de los tres hombres por la escalera agitaban la
tertulia del salón. Doña Rosa dejaba la calceta y decía: «Laura, vé por
el rosario, que ya sube tu padre». Y ella entonces abría la puerta de un
gabinete oscuro, y temblando de miedo, que se hubiera guardado bien de
confesar, descolgaba á tientas y precipitadamente un rosario que colgaba
sobre la cama de su madre. Tomábalo D. Álvaro de las manos de su hija y
comenzaba las Ave-Marías, paseando lentamente de una esquina á otra del
salón. La familia y los vecinos se arrodillaban devotamente frente á una
estampa ordinaria y ridícula de la Virgen, que, provista de marco negro,
colgaba sobre el sofá, y respondían con sordo y prolongado murmullo á
las oraciones que D. Álvaro decía en alta voz. Las cuatro hijas rezaban
siempre en un mismo sitio, bajo la mirada persistente de su madre. Á la
más leve distracción, al más insignificante descuido, la madre gritaba
con aspereza: «¡Matilde!... ¡Laura! ¿queréis estaros quietas?» D. Álvaro
entonces interrumpía un instante su paseo, callaba, y dirigía á las
culpables una mirada precursora de algún castigo. Después proseguía el
paseo y alzaba nuevamente su voz, que recorría varios tonos agudos y
graves. Empezaba ordinariamente la oración con un sonido grave y
cavernoso, que á poco se debilitaba y moría, se alzaba otra vez hacia el
medio de la cláusula, y terminaba por tres ó cuatro palabras medio
cantadas en tono chillón y plañidero. El coro respondía siempre con el
mismo monotono rumor percibiéndose sobre él las notas gangosas de la
voz de D.ª Rosa. Cuando llegaba la letanía, aquel rumor monotono
cambiaba, se trasformaba en otro diverso, más breve, en el cual la ese
final del _ora pro nobis_ se prolongaba con un silbido dulce que
provocaba en Laura cierta soñolencia lánguida que la hacía feliz por
unos instantes. Venían después las oraciones de pura devoción, y
mientras duraban, las vecinas se sentaban en el suelo y las cuatro
hermanas en sus sillas. Rezábase entonces por cuanto es posible rezar en
este mundo y en el otro, por las ánimas del purgatorio, por el Santo
Ángel de la Guarda, por el santo de su nombre, por los caminantes y
navegantes para que Dios los conduzca á puerto de salvación, á San Roque
bendito, abogado de la peste, por la paz y concordia entre los príncipes
cristianos, etc., etc., terminando siempre con un Padre-nuestro á todos
los santos y santas, ángeles, serafines, tronos y dominaciones de la
corte celestial, para que nos ayuden en la hora de la muerte. Concluídos
los Padre-nuestros, D. Álvaro se hincaba de rodillas en el suelo, y las
mujeres se levantaban para hincarse también, con un rozamiento de
enaguas que infundía siempre en el corazón de Laura la especial
satisfacción que proporciona una tarea concluída. El rosario iba á
terminarse. Hincado D. Álvaro, decía con voz más solemne que antes:
«Cincuenta mil millones de millares de veces sea bendito y alabado el
Santísimo Sacramento del altar», y empezaban los actos de fe, después de
los cuales venía el alabar á Dios. Al llegar aquí las palabras del
dueño de la casa eran cada vez más cortadas y rápidas y el coro apenas
podía seguirle, anhelante y fatigado. Con esto se daba por terminado el
rosario. Eran las diez. Las vecinas se levantaban en silencio y
despedíanse con palabras melosas y serviles. Un criado encendía el
candil de la cocina y bajaba á abrirles la puerta. ¡Cómo se acordaba
Laura de todos estos pormenores! Cuando venían á su memoria aquellas
noches de invierno, sentía correr por su corazón un estremecimiento que
ella misma no podría decir si era de horror ó de alegría.
Por el día, las constantes lluvias del país y la severidad de su padre
reteníanlas en casa limpiando las habitaciones y barriéndolas ó
recosiendo la ropa blanca. En los momentos en que cesaba la lluvia,
solía salir en almadreñas hacia el río ó la fuente con Pepa. Allí se
juntaban algunas mozas de la vecindad con sus jarros de barro oscuro y
sus herradas relucientes, y mientras la fuente llenaba con pausa las
herradas, retozaban las mozas y se decían chistes toscos y cándidos.
Éstos eran los únicos momentos de expansión que Laura tenía los días de
trabajo. Su categoría superior no la impedía tomar parte en aquellos
juegos. Todas las muchachas que allí se juntaban eran sus compañeras
desde la infancia y la trataban familiarmente de tú. Lo único en que se
mostraba la diferencia que entre ellas existía era en que, al llegar
Laura, la que ocupaba el mejor sitio poníase en pie y se lo dejaba con
sonrisa afectuosa. Al mismo tiempo, podía notarse que alguna vez le
daban rudos y sonoros besos en las mejillas, cosa que jamás hacían entre
sí.
Cuando llegaba la época de la recolección, don Álvaro llamaba unos
cuantos jornaleros para auxiliar á los criados. Por la noche, hablando
de los trabajos del día siguiente, solía decir á sus hijas en tono
humilde, que asustaba por lo inusitado, afectando al mismo tiempo
sonrisa campechana: «Si queréis ir á divertiros un poco mañana al prado
de los Molinos, ya sabéis que principian á segarlo.» Las niñas
comprendían perfectamente, y al día siguiente de madrugada tomaban unos
palos ligeros y lustrosos por el uso, y se pasaban el día esparciendo la
hierba segada para que el sol la secase más pronto. Cuando tornaban á
casa al caer de la tarde, con los cabellos en desorden y las mejillas
atezadas, involuntariamente fijaban la vista en el escudo de la fachada.
Los leones de piedra parecían mirarlas tristemente con sus órbitas
inmóviles. Un pensamiento de indefinible y vaga melancolía rozaba
suavemente las cándidas frentes de las señoritas de Estrada. Esto duraba
un instante. Por lo demás, las hijas de D. Álvaro veían siempre con
gusto venir el otoño, y gozaban placeres sin cuento ayudando á los
jornaleros en sus tareas. El aire puro y los aromas del campo las
infundían nueva vida; crecía en ellas el apetito y el sueño, y pasaban
las mañanas y las tardes en perpetua carcajada, escuchando y tomando
parte en las toscas chanzonetas de los criados. D. Álvaro, en esta
época, disfrutaba siempre de mejor humor, y solía, mientras presenciaba,
sentado sobre la hierba, los trabajos de la gente, contarles alguna
anécdota chistosa de su juventud ó dar un poco de cantaleta con pesadez
cómica á alguno de sus criados.
El conde de Trevia vió á Laura, como hemos dicho, á su vuelta de
Francia. La casa solariega de los Estrada distaba nada más que legua y
media del palacio de los condes y se hallaba asentada sobre una
eminencia de la margen derecha del río Lora. Entre la casa y el palacio,
aunque mucho más cerca de éste, encontrábase la pequeña villa de
Vegalora. Laura tuvo amores con el conde y se casó con él en medio de un
estupor que no la dejaba ver lo que pasaba en el fondo de su corazón.
Apenas se acordaba ya de las sórdidas alegrías de sus padres, de la
sorpresa de sus hermanas, de la violenta oposición del viejo conde, de
los plácemes serviles de las vecinas, de las miradas agudas y coléricas
de las muchachas de la villa, de los preparativos fastuosos de la boda,
del caballo blanco en que salió de su casa para la iglesia. Todo pasaba
por su mente como un sueño del cual se escapan los contornos y la luz.
Sobre este sueño flotaba sólo con admirable precisión una verdad, es á
saber: que si hubiera tenido el valor de no amar al conde, D. Álvaro la
hubiese ahogado entre sus manos. Después de casados se fueron á Madrid,
y allí estuvieron once años. Todo lo que pasó en estos años estaba
clavado en la memoria de Laura.
La mesa continúa en el mismo silencio. Cada cual lleva los manjares á la
boca y los traga cual si desempeñase una tarea grave y solemne. El
choque de los platos y copas y los pasos del criado son los únicos
ruidos que á menudo se perciben en el espacioso comedor. Puede notarse
que, á más de no cruzar la palabra, las tres personas mayores que se
sientan á la mesa no se dirigen siquiera una mirada; y este cuidado con
tal escrupulosidad lo realizan, que á cualquiera se le ocurre que hay en
él buena parte de afectación. Sólo los tres niños giran lentamente sus
grandes ojos garzos, posándolos alternativamente y por breves instantes,
en su padre, en su madre y en la institutriz. Algunas veces se miran
entre sí y sonríen inocentemente, como deseando comunicarse sus
pensamientos sencillos, pero lo aplazan para más adelante, como soldados
en formación. Sin embargo, no hay duda que por debajo de la mesa se
encuentra establecida una corriente comunicante en la que sus menudos
pies juegan papel de martillos telegráficos. Á menudo, cuando estos
martillos caen con demasiada pesadez, la fisonomía del yunque se contrae
y deja escapar un ligero grito, que hace volver la cabeza y fruncir las
cejas de la bella institutriz. El yunque entonces despliega su fisonomía
contraída y se apresura á llevar el tenedor á la boca como si nada
hubiese acaecido que mereciera llamar la atención de los presentes. La
condesa frecuentemente dirige á ellos sus ojos y los envuelve en una
mirada dulce y protectora ó les hace alguna rápida seña para que se
limpien ó cuiden del plato, que está á punto de caer. Los niños cambian
con su madre sonrisas y miradas, pero atienden con más empeño á su
padre. La fisonomía indiferente y glacial de éste atrae sus ojos con
singular insistencia, como si despertase en ellos una gran curiosidad.
No pasa un instante sin que ó uno ú otro tengan sus miradas clavadas en
él.
--Me _apieta_ la servilleta--concluye por exclamar en tono lastimero la
niña que se sienta al lado de la institutriz.
Es una hermosa criatura de cinco años á lo sumo, con rostro trigueño y
cabellos negros ensortijados, que caen en profusión sobre el cuello y la
frente.
La institutriz, sin despegar los labios, lleva sus manos al cuello de la
niña y afloja la servilleta. Pero no debió ser grande el desahogo,
porque la criatura tornó á llevar sus diminutas manos á la garganta,
gritando con más ansiedad:
--Me _apieta_, mamá, me _apieta_.
--No es _sierto_--exclama la institutriz;--la servilleta está bien
puesta. No sea usted mimosa, señorita, ó la _enserraremos_ mientras se
come.
La voz de la institutriz, irritada en aquel momento, no dejaba de tener
inflexiones dulces, aunque extrañas. Su acento era marcadamente
extranjero.
--Me _apieta_, mamá, me _apieta_,--repitió á grito pelado la niña, con
creciente angustia.
--Cállese usted, mimosa,--exclama el aya, cogiéndola por el brazo y
sacudiéndola fuertemente.
El conde levanta la cabeza con impaciencia y cambia una rápida mirada
con la institutriz.
--¡Me _apieta_, _me apieta_!...
La institutriz arranca la servilleta, baja á la niña de la silla, la
arrastra hacia una habitación contigua, abre la puerta y la empuja hacia
lo interior, cerrando después. Y tranquilamente vuelve hacia la mesa y
se sienta.
La condesa, durante aquella escena, había seguido con los ojos
desmesuradamente abiertos los movimientos del aya. Después de sentada
ésta, siguió inmóvil, teniendo cogida con una mano la punta de la
servilleta en ademán de llevarla á la boca para limpiarse. Los gritos de
la niña, aunque amortiguados por la distancia y el obstáculo de la
puerta, comenzaron á sonar agudos y lastimeros. La condesa siguió unos
instantes en la misma actitud con los ojos fijos y el oído atento á
aquellos gritos. Después se puso á comer tragando atropelladamente los
manjares. El conde no levantó siquiera la cabeza. Con la misma seguridad
y elegancia siguió comiendo silenciosamente, sin manchar siquiera sus
labios finos y pálidos. La institutriz parecía absorta y abismada en
sus pensamientos, porque no apartaba la vista del frasco de mostaza que
delante de sí tenía y dejaba pasar largos intervalos sin mover el
tenedor que apretaba entre sus dedos. Los lamentos de la niña eran
prolongados y se repetían sin cesar y sin debilitarse. Los dientes de la
condesa continuaban triturando con fuerza grandes pedazos de pan: sus
manos se paseaban un poco temblorosas por la mesa tomando y soltando
precipitadamente los objetos que se hallaban á su alrededor. Á menudo
levantaba la cabeza y parecía concentrar todos sus sentidos en el oído
derecho, que inclinaba ligeramente hacía la puerta del gabinete.
Los gritos de la niña se iban haciendo menos agudos por virtud de la
fatiga, trasformándose en quejidos roncos y profundos. La puerta del
aposento se agitaba á veces á impulso de los pequeños golpes que daba
con sus manecitas. Poco á poco los quejidos fueron cambiándose en
sollozos convulsivos, que expresaban mayor desesperación todavía.
Algunos sonidos articulados empezaron á percibirse confusamente en aquel
torrente de sollozos.
--_Teno_ miedo, mamá... _teno_ miedo.
La condesa llevó una copa de vino á los labios y dejó caer algunas gotas
sobre la ropa. Sin echarlo de ver, siguió tragando pedazos de pan,
abriendo y cerrando los ojos al mismo tiempo con nerviosa rapidez.
--¡Ay, mamita, por Dios! ¡_Teno_ miedo... _teno_ miedo!...
Se oye estrepitoso ruido en la estancia.
La condesa se había levantado súbitamente y con extraña violencia,
dejando caer la silla donde se sentaba. Apresuradamente había corrido á
la puerta del gabinete y la había abierto. Tomó la niña entre sus brazos
y estalló una nube de vivos y sonoros besos. Después vino con ella hacia
la mesa, levantó la silla y se sentó. Un círculo pálido se dibujaba en
torno de sus hermosos ojos, que se paseaban con expresión altiva de su
marido á la institutriz y de la institutriz á su marido. Tenía las
mejillas inflamadas, y por sus narices abiertas entraba y salía el aire
rápidamente y con ruido. Con las manos temblorosas acariciaba la
ensortijada cabeza de la niña y la apretaba contra su pecho anhelante.
Los ojos del aya, mientras duró esta brevísima escena, no se alzaron de
la mesa, y sus labios estuvieron contraídos con sonrisa dura y nerviosa.
El conde clavó la vista en su mujer y se alzó de la silla pausadamente.
En este momento penetró el criado en el comedor diciendo:
--Un señorito joven y rubio, que viene de Vegalora, pregunta por los
señores.
--Que pase adelante.
III
Los amigos del conde.
--Á los pies de usted, condesa. ¿Cómo está usted, conde?
Los condes respondieron con algún embarazo al saludo de nuestro héroe,
que no era otro el joven rubio que venía de Vegalora preguntando por los
señores. No procedía solamente este embarazo de la escena violenta que
acabamos de presenciar, sino también de que los condes no tenían el
gusto de conocer al señorito Octavio. Así que mirábanle de hito en hito
mientras arrastraba con sus manos enguantadas una silla y la colocaba
entre los esposos. Y después de sentado aún siguieron mirándole,
esperando sin duda algo que debía decir.
--Octavio Rodríguez--dijo al fin éste mirando á uno y á otro.
--¡Ah!--dijo el conde, sin dejar de contemplarle y esperando sin duda
mejores explicaciones.
--He tenido el gusto--siguió el señorito--de conocer á su papá, que Dios
haya, y de visitar cuando niño esta casa bastantes veces. Su papá era
muy amigo del mío. Á usted no he podido conocerle, porque en la corta
temporada que pasó aquí me hallaba yo fuera de Vegalora estudiando la
segunda enseñanza.
--¡Ah!--volvió á exclamar el conde en tono complaciente.
--Había pensado saludar á ustedes á su paso por la villa, pero tuve la
mala fortuna de llegar á la plaza precisamente en el momento de arrancar
el carruaje que estaba detenido frente á la tienda de D. Marcelino. Lo
he sentido de veras... (Breve pausa durante la cual el joven baja la
vista hacia sus pantalones y los sacude un poco con el junquillo que
lleva en la mano.)--¿Al fin se han decidido ustedes á hacer un pequeño
_tour de promenade_ por estas lejanas tierras?
Al pronunciar estas palabras sonrió con beatitud, y los condes siguieron
su ejemplo.
--No por ser lejanas dejan de ser bonitas. Lo mismo Laura que yo hemos
venido extasiados todo el camino contemplando las hermosas riberas del
Lora.
--¡Oh! Han llegado ustedes en la mejor estación. Es la época en que se
evapora la cortina de nieblas que las ha tapado todo el invierno. Este
país con luz sería muy bonito; pero desgraciadamente no la tenemos sino
dos ó tres meses al año.
El señorito Octavio no dejaba la sonrisa beata. El conde le observaba
atentamente de la cabeza á los pies.
--¿Y piensan ustedes pasar mucho tiempo en esta posesión?
--Quizá todo el verano: después de once años de abandono, ya comprenderá
usted que no me faltarán asuntos que arreglar.
--¡Ah! Indudablemente. La verdad es que han sido ustedes crueles con
nosotros, privándonos de su presencia tanto tiempo.
--Mil gracias... deje usted el sombrero. Me parece que de aquí en
adelante renunciaremos á Biarritz y vendremos á gozar por los veranos de
esta magnífica naturaleza.
El señorito dejó el sombrero sobre otra silla, inclinando repetidas
veces la cabeza para indicar que las palabras del conde le interesaban
profundamente. Y digamos ahora cómo era el señorito fuera de la cama. No
es tan niño nuestro héroe como nos pareció cuando por la mañana le vimos
acostado en su lecho del siglo XVII. Aunque su rostro, cándido y
delicado, es de adolescente, la figura no lo es, y declara en él un
joven de veintidós ó veintitrés años, de mediana estatura y bien
proporcionado. Viste con pulcritud, y si bien un poco retrasado en la
moda respecto á Madrid, está adelantado y mucho respecto á la que
ordinariamente rige en las provincias, sobre todo en los pueblos
secundarios. Su traje se compone de un _chaquet_ de tela azul, chaleco
blanco, pantalón también azul y botas de charol muy empolvadas.
--Pero aquí, conde, resígnese usted á llevar la vida de la naturaleza.
Las personas con quienes se puede alternar son tan escasas, que
realmente se hallan reducidas á una docena á lo sumo; y aun en ellas, no
encontrará usted, ni por pienso, la cultura y las maneras de la buena
sociedad. Si no trae muchos libros, se me figura que se va usted á
aburrir soberanamente. ¡Ah! Los libros son los que hacen posible la vida
en estos rincones del mundo.
Aunque las palabras iban dirigidas al conde, Octavio miraba al decirlas
á la condesa con la misma sonrisa en los labios y un poco ruborizado,
sin duda, de haber hablado tanto tiempo.
El conde le observaba cada vez con más curiosidad.
--Usted es muy joven, y no me sorprende que se aburra en Vegalora. Me
parece, sin embargo, que exagera un poquito.
--No exagero, conde, no exagero. Es un pueblo fatal. Yo lo sé bastante
bien, por desgracia. Si no fuera por no disgustar á papá, me iría á
vivir á Madrid, al menos durante el invierno...
--¿Su papá de usted es de este país?
--Sí, señor, y aquí ha ejercido la profesión de abogado toda la vida...
D. Baltasar Rodríguez... tal vez le conozca usted...
--¡Ah! ¿es usted hijo de D. Baltasar Rodríguez?
El conde pronunció estas palabras con tal pausa y frialdad, que no es
fácil comprender cómo no se helaron antes de salir fuera de los labios.
--Servidor de usted--dijo Octavio, con señales visibles de hallarse
cortado.
--He oído hablar bastante de su papá--prosiguió el conde, con mayor
pausa aún y sin apartar su mirada fría y escudriñadora del rostro del
mancebo.--Es, según tengo entendido, una persona principal en la villa y
ha ejercido varias veces el cargo de alcalde, ¿no es verdad?
--Ha sido alcalde, sí, señor.
--Sí, sí, he oído hablar bastante de su papá y le he visto también
algunas veces durante mi corta residencia aquí.
Cesó la conversación de pronto. El conde se puso á mirar con
indiferencia los árboles y las montañas que se percibían al través de
los cristales. Octavio se obstinaba en sacudir con el junquillo los
pantalones, haciendo saltar nubecillas de polvo, apenas perceptibles. La
condesa se entretenía en jugar con los rizos de su niña, y la
institutriz hacía bolitas de pan con los dedos, mirando fijamente al
frasco de mostaza. Todos parecían estatuas, menos Octavio, que á menudo
mudaba de postura haciendo rechinar la silla.
--Realmente, parece que han traído ustedes el buen tiempo consigo--dijo
al fin.--Hoy es el primer día bueno desde hace lo menos quince.
--¿De veras?--dijo el conde, sin dejar de atender á los cristales.
--Sí, señor, sí; hemos tenido una temporada fatal... Y luego como aquí
se ponen los caminos tan malos... Cuando viene uno de estos temporales,
es necesario encerrarse en casa, hasta que Dios quiere.
Nuevo silencio. El joven, cada vez más cortado, extiende lentamente el
brazo y, tomando por la mano á la niña, que la condesa tiene reclinada
sobre el regazo, la atrae con suavidad hacia sí, la mete entre sus
rodillas y, besándola, la dice muy quedo:
--¿Cómo te llamas?
--Emilia.
--Es un nombre muy bonito. ¿Quieres mucho á tus hermanos?
--Sí.
--¿Y á tus papás?
--Sí.
La niña, al pronunciar esta segunda afirmación, levantó los ojos del
suelo y echó una rápida mirada á su padre. Éste dignóse al fin volverse
hacia los presentes y se encaró con el señorito Octavio.
--Diga usted, señor Rodríguez, ¿su papá no fué el presidente de la junta
revolucionaria?