MARÍA, VICENTA; LEÓN, por la izquierda.
LEÓN. (_En la puerta, gozoso, gallardo, descubriéndose._)
Saludo a María, estrella de la mañana, torre de marfil,
asiento de la sabiduría. 225
MARÍA. _Ora pro nobis._ (_Riendo._) ¡Cómo viene hoy!
(_Ocupa su sitio en la mesa._)
VICENTA. (_Aparte._) ¡Jesús, qué saludos tan poéticos
usa este hombre carbonífero!
LEÓN. Señora Alcaldesa, Dios la guarde. (_A María._) 230
Hoy, más que ningún día, anhelaba yo venir a tomar sus
órdenes.
VICENTA. (_Aparte._) ¡Y entra aquí como en su casa!
Pues yo no me voy sin enterarme... (_Retirándose a la
izquierda._) 235
MARÍA. No se aparte usted, Vicenta. Todo lo que
hablemos León y yo puede usted oírlo.
LEÓN. Tratamos de negocios. (_Saca una voluminosa
cartera y la pone en la mesa._) Señora Alcaldesa, acérquese
usted. Aquí no hay secreto, porque los arrebatos 240
de mi admiración por esta señorita sin par, de nadie los
recato... quiero que sean públicos.
VICENTA. Y lo serán... Ya empiezan a serlo.
MARÍA. Vaya, vaya, tenga juicio.
VICENTA. (_Maliciosa._) Creo haber oído... que 245
María debe a usted sus conocimientos mercantiles.
LEÓN. No merezco el honor de llamarme su maestro.
Si esto se dice, será porque algún ejemplo de mi azarosa
vida le sirvió de lección saludable. De aquellos ejemplos
ha sacado su ciencia; de su ciencia, sus triunfos y la 250
reparación de su casa y familia.
VICENTA. ¿Es cierto, amiga mía?
MARÍA. Cierto será cuando él lo dice, Vicenta.
VICENTA. Bien. (_A León con picardía._) Sabe mucho
su alumna. 255
LEÓN. ¡Que si sabe! (_Observando a María, que sonríe._)
Vea usted esos ojos, que penetran en toda la realidad
humana.
VICENTA. ¡Los ojos!... Ésa es la ciencia que a usted
le fascina, señor mío. 260
MARÍA. No le haga usted caso, Vicenta. Hoy le
desconozco: el hombre más aplomado y más sereno del
mundo, se nos presenta como un cadete sin juicio...
¿Qué le pasa a usted hoy?
LEÓN. Me pasa... Pues verá usted: hoy he despertado 265
con una idea luminosa, que repentinamente brotó
en mí como una inspiración. Pensé...
MARÍA. (_Con gran interés, levantándose y pasando al
centro._) ¿A ver, qué ha pensado el hombre?
LEÓN. Muy sencillo... Pienso... como si Dios murmurara 270
en mi alma... pienso que después de tanto penar,
después del largo espacio de soledad y afanes en mi trabajosa
vida, ya merezco el descanso, la alegría. Acábese
mi Purgatorio y denme el Cielo, que ya tengo bien
ganado. 275
VICENTA. ¿Y quién es usted para decir y afirmar que
lo merece ya?
MARÍA. Eso sólo Dios lo decide.
LEÓN. Pues... a eso voy. Creo que Dios ha decidido
mi indulto. 280
MARÍA. ¿En qué se funda para creerlo así?
LEÓN. En que... hoy, hoy ha dispuesto Dios...
algo que estimula mis esperanzas. Y al hacerlo así, me
ha dicho...
VICENTA. ¿Dios?... ¿Pero habla Dios con los 285
comerciantes?
LEÓN. Alguna vez... Pues me ha dicho... «Pobre
alma, acábese tu suplicio... ven... llama a la puerta
de mi Cielo... No faltará un ángel que te abra...»