LEÓN. Sí pensé alguna vez; pero en el momento de
consumarlo, me detenía... Me daba lástima de matar
al hombre nuevo... Me parecía que mataba a un niño.
MARÍA. (_Identificándose con la idea._) Sí, sí: lo comprendo,
lo siento yo... Siga. 190
LEÓN. Sin norte ni rumbo, yo atravesaba sierras,
valles, estepas... Caridad encontré en algunos lugares;
en otros desprecio, palos, burlas...
MARÍA. (_Compadecida._) ¡Ay, qué hambres pasaría,
pobrecito! 195
LEÓN. He recogido sobras de las cocinas más miserables;
los pastores me han dado a rebañar sus sartenes.
MARÍA. Y andando, andando siempre, con su cruz
a cuestas.
LEÓN. Con mi cruz... y con mi conciencia, que ya 200
no me ponía cara muy adusta.
MARÍA. Ya le sonreía, le alentaba... Y usted siempre
adelante.
LEÓN. Hasta que llegué a las minas de Somonte.
Allí pedí trabajo. Me lo prometieron... Entre tanto, 205
ayudaba a los carreteros a cargar carbón.
MARÍA. Y así vivía...
LEÓN. Allí tuve el primer dinero ganado por mí;
¡pero con qué trabajos!... Un día se murió de viejo
un pobre borrico que trabajaba con un carro pequeño. 210
Yo lo sustituí.
MARÍA. ¡Jesús!
LEÓN. Y tirando de mi cargamento, aquí lo traje.
Fue la primera vez que entré en Agramante... Volví
a la mina. Un secreto instinto, algo como una naciente 215
vocación del hombre nuevo, movía mi voluntad, movía
mis manos a una ocupación que era mi mayor gusto...
Cuando los carros se ponían en camino, yo recogía los
pedacitos de carbón que caían al suelo. Recogiendo y
acopiando toda aquella miseria esparcida, llenaba yo 220
una cesta de carbón, que vendía luego en los pueblos
próximos...
MARÍA. (_Maravillada._) ¡Oh, qué paciencia, Dios mío!
LEÓN. En mi afán de llenar la cesta, yo no me contentaba
con recoger los pedacitos: quería recoger hasta 225
los átomos...
MARÍA. (_Identificándose con la idea._) ¡Los átomos!
Es lo que yo digo: cuando pasa un átomo, cogerlo...
LEÓN. En esto, yo había escrito a mi tío explicándole
mi deplorable situación: yo estaba descalzo, harapiento. 230
Por toda respuesta, me mandó a esta villa tres
cajas en pequeña velocidad, porte pagado. En ellas
venía toda mi ropa.
MARÍA. ¡Oh, qué bien! Por lo menos, se remedió
usted de su mayor falta. ¿Y qué hizo entonces? ¿Se 235
puso usted su ropita y...?
LEÓN. No, señorita. ¿De qué me servía todo aquel
matalotaje tan impropio de mi estado mísero? Salvo
algunas prendas y el calzado más cómodo, vendí toda mi
ropa. 240
MARÍA. ¡Oh, qué feliz idea!... La ropa elegante...
LEÓN. La vendí por lo que quisieron darme. ¿Y
qué hice? Me fui a la mina y compré cuatro toneladas
de carbón.
MARÍA. (_Animándose, se levanta_.) ¡Bravísimo, señor 245
hombre nuevo!
LEÓN. Pagué mi carbón a toca-teja: lo traje acá,
parte en carro, parte en un borrico, y algo también
a hombros, en una cesta...