MARÍA. Aquí está... Me espera. (_Parada en el
primer peldaño, temerosa._) ¡Oh! no me atrevo... le diré 45
que se vaya, que me equivoqué... Es necedad, locura...
CIRILA. (_Se acerca a ella, secreteando._) Te aguarda...
¿Qué... temes?
MARÍA. (_Rehaciéndose._) ¡Ay, sí!... Pero más que
mi miedo podrá el tesón del alma mía. Lo que resolví 50
después de mucho meditar, debe hacerse, se hará...
Inspíreme Dios y fortalézcame. Cirila, tú te sientas
aquí para avisarme si alguien de casa...
CIRILA. Sí, sí: yo estaré al cuidado... (_Se sienta en
el primer peldaño._) 55
MARÍA. (_Aparte, avanzando._) Es bueno, es generoso...
Nos atenderá... Con esta esperanza me aventuro...
LEÓN. (_Respetuoso._) Señorita... estoy a sus órdenes.
MARÍA. Gracias... Si me he permitido molestarle...
(_Aparte._) No sé cómo empezar. Estudié un principio 60
muy oportuno... y ya se me ha ido de la memoria...
LEÓN. Para mí es grande honor...
MARÍA. (_Aparte recordando._) ¡Ah! ya... (_Alto._)
Pues mi padre... (_Aparte._) No era esto... (_Alto._) Mi
hermano... 65
LEÓN. Su hermano de usted hizo esta mañana un
reconocimiento minucioso de mi fisonomía. Le estorbaba
un poco la máscara de carbón que llevaba yo entonces...
MARÍA. Signo, emblema de un trabajo honrado.
(_Aparte._) Me parece que voy bien. Debo ganarme su 70
voluntad. (_Alto._) Mi hermano creyó ver en su cara de
usted cierto parecido con un muchacho de Madrid...
un mala cabeza, que dio mil escándalos y cometió... no
sé qué diabluras... Realmente no existe semejanza.
LEÓN. ¿Que no existe semejanza? ¿Y usted lo 75
afirma?
MARÍA. (_Principiando a sospechar, mirándole atenta._)
Sí... yo... conocí al tal. Verdad que no recuerdo bien
su fisonomía. Por eso dije luego: «No es aquél, Cesáreo;
es otro.» 80
LEÓN. Su hermano de usted, creyendo ver en esta
cara facciones conocidas, estaba en lo cierto. Soy Antonio
Sanfelices.
MARÍA. (_Retrocediendo asustada._) ¡Oh, Dios mío!
Usted... Perdóneme si he dicho... (_Aparte._) ¡Ay! 85
ahora la he hecho buena.
LEÓN. No tengo por qué perdonarla. Sosiéguese
usted.
MARÍA. No haga usted caso... Juzgando por lo que
oí, dije... 90
LEÓN. ¡Si ha estado usted excesivamente benigna
en la calificación de mis actos! Diabluras ha dicho.
Fue algo más... Si quiere usted atenuar mis faltas, diga:
complicidad irreflexiva en delitos graves.
MARÍA. (_Asustada._)¡Ay, Dios mío! Yo no digo 95
nada, ni sé nada de eso... Y no tema que yo le delate,
ni que descubra su verdadero nombre.
LEÓN. En realidad, no tengo ya por qué ocultarlo.
León es mi segundo nombre de pila. Lo adopté como
primero en los días más horrendos de mi vida, cuando, 100
abandonado por unos, de otros perseguido, me vi solo,
encadenado a mi conciencia, frente al mundo inmenso,
que me pareció el conjunto de todas las iras contra mí.
Hoy conservo este nombre porque en él veo la forma bautismal
de mi regeneración. Usted, con divina perspicacia, 105
acertaba cuando dijo: «No es aquél, Cesáreo;
es otro.»
MARÍA. (_Reflexiva._) Es usted otro.
LEÓN. El hombre lleva en sí todos los elementos del
bien y del mal. Excelentes personas han caído en la 110
perdición; santos hay que fueron perversos.
MARÍA. Si es usted de estos últimos, déjeme que le
admire.
LEÓN. Merezco quizás el respeto de usted; admiración,
no. 115
MARÍA. La desgracia, tal vez la miseria, le han obligado
a luchar; la lucha le ha redimido: ¿no es eso?
LEÓN. Criado fui en la holganza... Puedo decir que
no tuve padres, porque murieron dejándome muy niño.
Hombre ya, heredé una fortuna, que vino a mis manos 120
cuando la compañía de amigos, peores que yo, me había
educado ya en los vicios de la disipación y el juego, en
el menosprecio de toda rectitud... Corrí desvanecido
por el mundo, ciego y desmandado. Este vértigo, este
correr loco, forzosamente habían de precipitarme al 125
abismo. Mis amigos iban delante, más ciegos que yo.
Si el dinero nos faltaba, ¡qué arbitrios, qué combinaciones
depravadas para procurárnoslo! Por fin, la escasez
nos arrastró a la desesperación, la desesperación
a la ignominia, ésta al escándalo, y el escándalo nos estrelló 130
contra la justicia, y nuestros nombres fueron
oprobio de familias respetables.
MARÍA. (_Con estupor candoroso._) ¡Jesús! ¿Y por
qué, dígame, por qué fue usted tan malo?
LEÓN. Óigame, señorita, y vea toda mi maldad. Un 135
compañero mío de aquellas locuras discurrió... poner
en un documento de crédito una firma que no era la suya.
(_Movimiento de reprobación en María; protesta viva de
León con mirada y gesto._) Yo no lo hice... me repugnaba.
Mi complicidad consistió en que pude evitar el fraude, y 140
no lo evité... por el provecho momentáneo que de él
tuve. Mi aturdimiento fue causa de que el menos culpable,
yo, apareciese más recargado de responsabilidad
y...
MARÍA. (_Vivamente._) De todo eso tengo yo una idea 145
vaga... En Madrid, por unos días, no se habló de otra
cosa. Su tío de usted, el Marqués de Tarfe...
LEÓN. Mi tío, que hasta entonces no se había cuidado
de mí, se mostró grande, generoso y justiciero ante la
deshonra que yo arrojé sobre la familia. Con su dinero 150
fue cancelado el infamante documento; por gestión suya
fue sobreseída la causa que se nos formó; y tratándome
con severidad cruel, no tan cruel como yo merecía, me
dio lo preciso para irme a Cádiz, donde un amigo suyo
tenía el encargo de embarcarme para América. 155
MARÍA. Eso entendí... que se había ido usted a
Montevideo, al Brasil, no sé... Siga.
LEÓN. Pero estoy importunando a usted con mi triste
historia, impidiéndole...
MARÍA. (_Vivamente._) No: si eso me interesa más 160
que nada. Cuente... Se embarcó usted...
LEÓN. A embarcarme iba; pero en el camino caí
enfermo, y en mi enfermedad y en mantenerme gasté el
dinero que llevaba. Solo, vagabundo, sin más amparo
que el Cielo arriba, mucha tierra por delante, entré en 165
relaciones con mi conciencia, y empecé a creer que un
hombre nuevo alentaba en mí.
MARÍA. (_Con intensa curiosidad._) ¿Pero cómo vivía,
cómo pudo arreglarse? Cuénteme esa parte de su
historia... 170
LEÓN. ¿Le agrada a usted?
MARÍA. Es muy bonita... digo, es la más
interesante...
LEÓN. Y la más terrible. No podrá usted, con todos
los atrevimientos de su imaginación, reconstruir las torturas 175
mías, la fatiga inmensa, el angustioso _via crucis_
tras la caridad pública, la miseria, los ultrajes... Pero
todo esto era necesario para que naciese el hombre nuevo,
y allí nació, en aquel vivir doloroso...
MARÍA. Refiérame todo, sin omitir nada. (_Se sienta 180
en el banco de piedra, y escucha poniendo toda su alma en
el relato._)
LEÓN. Pues mire usted, ni aun en los trances de mayor
desesperación me decidí a quitarme la vida.