regalo de la catedral. Los médicos me dicen que abandone este empleo;
pero lo que yo contestó: ¿quién me mantiene? Usted, compañero, ha
entrado en la buena época. Hace aquí un fresquito que ya lo querrían los
que sudan a estas horas en los cafés del Zocodover. Pero aunque estamos
en el verano, fíjese usted en la humedad que nos entra por salva sea la
parte. Cuando debe verse esto es en invierno, camarada. Hay que vestirse
como una máscara, cubierto de gorros, pañuelos y mantas. En la sacristía
nos hacen la caridad de dejarnos un poco de fuego; pero aun así, muchas
mañanas falta poco para que nos recojan helados. Los del cabildo llaman
al coro «matacanónigos». Y si esos señores se quejan por una hora de
estancia en esta nevera, bien comidos y mejor bebidos, figúrese usted
qué será de nosotros. Ha tenido usted suerte de entrar en verano. Cuando
llegue el frío, ya verá usted lo que es bueno.
Pero aunque estaban en la mejor época del año, Gabriel tosía, empeorando
en su dolencia por la humedad de la catedral.
Las noches de luna, el templo se transfiguraba de un modo fantástico.
Gabriel recordaba ciertas decoraciones de ópera que había visto en sus
viajes. Los ventanales destacábanse sobre las negras masas con un tono
blanquecino y lechoso. Manchas de luz se deslizaban lentamente por las
pilastras, como fantasmas que descendiesen de las bóvedas; después
arrastrábanse por el pavimento cual espectros rampantes, y otra vez
volvían a remontarse por las pilastras, hasta perderse en lo alto. Estos
rayos de luz fría y difusa hacían aún más densas las tinieblas. En su
marcha, sacaban de la obscuridad aquí una capilla, más allá una lápida
sepulcral o el relieve de una pilastra. El gran Cristo que corona la
reja del altar mayor fulguraba sobre el fondo de sombra con el brillo
del oro viejo, como una aparición milagrosa que flotase en el espacio
entre un nimbo de luz.
Cuando la tos no dejaba dormir al viejo guardián, hablaba a Gabriel de
los años que llevaba de vida nocturna en la Primada. Era un oficio que
tenía cierta semejanza con el de sepulturero; pasaban la vida entre
muertos, en el silencio del abandono, sin ver a nadie hasta que
terminaba la guardia. Él había acabado por acostumbrarse. Aquel oficio
le curaba de muchos miedos que había sentido en su juventud. Antes,
creía en resurrecciones de muertos, en almas y en apariciones de santos,
pero ahora se reía de todo. Años enteros llevaba pernoctando en la
catedral, y si algo oía, era el roer de los ratones, que no respetaban
altares ni santos. ¡Al fin, todo madera!
Sólo temía a los hombres de carne y hueso, a los ladrones, que en otros
tiempos más de una vez habían entrado en la catedral, obligando al
cabildo a establecer la vigilancia nocturna.
Y entretenía a Gabriel con el relato de todas las tentativas de robo
realizadas durante el siglo. En la catedral existían riquezas para
tentar a un santo. Madrid estaba cerca, y él temía mucho a los ladrones
«finos». Después enumeraba todas las precauciones de la vigilancia.
Listo y afortunado había de ser quien consiguiera burlarlas. El _Vara de
plata_, el campanero y los sacristanes hacían la requisa antes de
cerrar, llevándose Mariano las llaves a la torre. No había que
proponerse romper las cerrajas. Eran obra antigua y fuerte, y además,
allí estaban ellos para dar la alarma apenas oyesen el más leve ruido.
Antes, con el auxilio del perro, la vigilancia resultaba más completa;
el animal era tan fino, que bastaba que un transeúnte se aproximase a
una puerta exterior para que al momento acudiera ladrando. El señor
Obrero, después de muerto aquél, anunciaba meses y meses la adquisición
de otro, y no cumplía su promesa. Pero, en fin, aun sin el can, allí
estaban los dos, que representaban algo, ¿eh...? Él, con su pistola que
nunca había disparado; Gabriel, con la carabina que aún estaba en la
sacristía, en el mismo rincón donde la dejó su antecesor. Se pavoneaba
pensando en el miedo que podían inspirar él y su compañero; pero vuelto
a la realidad ante la sonrisa de Luna, añadía:
--Además, para un caso extremo, contamos con el esquilón que llama a los
canónigos. La cuerda está en el coro; no tenemos más que tirar, y
¡figúrese usted la que se armaría si sonase en el silencio de la noche!
Todo Toledo se pondría de pie, adivinando que algo grave ocurría en la
catedral... Con esto y con los malditos contadores, que no nos dejan
dormir, puede decirse que ni el rey pasa la noche tan bien guardado como
esta iglesia.
Por la mañana, al salir del encierro, subía Gabriel a su casa transido
de frío, deseando tenderse en la cama. Encontraba a Sagrario en la
cocina calentando la leche para que la bebiese antes de acostarse. La
dulce compañera seguía llamándole tío en presencia de los de casa.
Únicamente su voz adoptaba el tuteo cariñoso cuando estaban solos. Al
verle en la cama se aproximaba a él con el vaso de leche humeante, se lo
hacía beber con mimos maternales, le arreglaba el embozo del lecho y
cerraba cuidadosamente ventanas y puertas para que no le molestase un
rayo de luz.
--¡Esas noches en la catedral!--exclamaba la compañera con expresión de
lamento--. Te estás matando, Gabriel: eso no es para ti. El padre dice
lo mismo. Puesto que más allá de la muerte no hay nada y no hemos de
vernos, prolonga tu vida, déjate cuidar. Ahora que nos conocemos y que
soy dichosa, ¡sería tan triste perderte...!
Gabriel la tranquilizaba. Aquella vida no podía durar más allá del
verano. Después le darían algo mejor. No debía entristecerse; por tan
poca cosa no se muere. Lo mismo tosía viviendo en las Claverías que
pasando la noche en la catedral.
Después de comer salía al claustro, completamente repuesto por su sueño
de la mañana. Era el único momento del día en que podía ver a sus
amigos. Se aproximaban a él o iba Gabriel en su busca, entrando en la
casa del zapatero o subiendo a la torre.
Le saludaban, oían sus palabras con la misma atención de antes; pero
notaba en ellos cierto gesto de independencia fuera y al mismo tiempo de
conmiseración, como si admirándole por haberles transmitido sus ideas,
tuviesen lástima de su carácter dulce, enemigo de la violencia.
--Estos pájaros--decía Gabriel hablando con su hermano--ya vuelan por su
cuenta. No me necesitan y quieren estar solos.
El _Vara de palo_ meneaba la cabeza tristemente.
--Dios quiera, Gabriel, que algún día no te arrepientas de haberles
hablado de cosas que no entienden. Han cambiado mucho. A nuestro sobrino
el perrero no hay quien lo sufra. Dice que ya que no le dejaron matar
toros para hacerse rico, matará hombres si es necesario para salir de
pobreza; que él tiene derecho a disfrutar como cualquier señor, y que
todos los ricos son unos ladrones... Pero hermano, ¡por la Virgen!, ¿les
has enseñado realmente esas cosas tan horribles?
--Déjalos--dijo Gabriel riendo--. No han digerido aún las ideas nuevas,
y vomitan disparates. Pero eso pasará. Son buena gente.
Lo único que le entristecía era ver que Mariano se recataba de él. Huía
su trato como si le tuviese miedo. Parecía temer que Gabriel leyera en
su pensamiento, con la superioridad irresistible que desde mozo había
tenido sobre él.
--Mariano, ¿qué hay?--decía al verle pasar por el claustro.
--Mucho y mal repartido--contestaba el huraño camarada.
--Lo sé, hombre, lo sé; pero parece que me huyes. ¿Por qué es eso?
--¿Huirte yo...? Nunca. Sabes que siempre te quise. Cuando subes a mi
casa ya ves cómo te recibimos. Te debemos mucho: nos has abierto los
ojos y ya no somos bestias.... Pero me canso de saber tanto y ser pobre;
y lo mismo les ocurre a los compañeros. No queremos tener llena la
cabeza y el vientre vacío...
--Pero ¿qué remedio nos queda? Hemos nacido pronto. Otros vendrán,
encontrando las cosas mejor dispuestas. ¿Qué podéis hacer para arreglar
lo presente, cuando en el mundo millares de trabajadores más infelices
que vosotros no logran mejor éxito, aun a costa de su sangre, peleando
con la autoridad?
--¿Qué hacer?--gruñía el campanero--. Eso ya lo veremos: ya lo verás tú.
No somos tan tontos como crees. Tú eres muy sabio, Gabriel; te
respetamos como a un maestro; todo cuanto dices es verdad; pero nos
parece que cuando hay que hacer las cosas... «prácticas», ¿me
entiendes?, cuando hay que llamar al pan pan y al vino vino... ¿me
explico...? eres, y perdona, algo guillado, como todos los que andan
entre libros. Nosotros somos brutos, pero vemos más claro.
Y se alejaba de Gabriel, que no podía comprender el verdadero alcance de
este desvío de sus discípulos. Muchas veces, al entrar en las
habitaciones de la torre para pasar un rato con ellos, cesaban
repentinamente en la conversación y le miraban con zozobra, temiendo,
sin duda, que pudiera escuchar sus palabras.
Don Martín hacía muchos días que no se presentaba en el claustro.
Gabriel supo por el _Vara de plata_ que había muerto la madre del
curita, y una semana después le vio una tarde en las Claverías. Tenía
los ojos enrojecidos, las facciones des-carnadas y con la piel tirante,
como si hubiese llorado mucho.
--Vengo a despedirme de usted, Gabriel. He pasado un mes de penas y de
insomnio cuidando a mi madre. La pobre ha muerto. No era ninguna joven;
yo esperaba este final; pero por fuerte y resignado que uno sea, estos
golpes siempre se sienten. Al irse la pobre vieja, quedo libre. Era lo
único que me ligaba a esta iglesia, en la que ya no creo. Su dogma es
absurdo y pueril, su historia un tejido de crímenes y violencias. ¿Para
qué mentir, como otros, fingiendo una fe que no siento? Hoy he estado
en palacio para decir que dispongan de mis siete duros mensuales y de la
capellanía de las monjas. Me voy; no sólo huyo de la iglesia, quiero
evitar su ambiente, y en Toledo no puede vivir un sacerdote «renegado».
¿Ve usted este disfraz? Hoy lo llevo por última vez. Mañana gozaré la
primera alegría de mi vida, rasgando esta mortaja en pedazos pequeños,
muy pequeños, para que nadie la pueda utilizar. Seré hombre; me iré
lejos, tan lejos como pueda; quiero saber cómo es el mundo, ya que en él
vivo. No conozco a nadie, no tengo protección; usted es el hombre más
extraordinario que he conocido, y está oculto en una mazmorra por su
voluntad, refugiado en un templo completamente vacío para su
conciencia.... No me asusta la miseria; cuando se ha sido representante
de Dios con seis reales diarios, se puede mirar el hambre cara a cara.
Seré obrero, trabajaré la tierra si es preciso, me emplearé en cualquier
cosa... pero seré hombre libre.
Pasearon los dos amigos por el claustro, aconsejando Gabriel a don
Martín. Al determinar el punto adonde debía dirigirse, su predilección
fluctuaba entre París y las repúblicas americanas más faltas de
emigración.
Al caer la tarde, Gabriel se despidió de su discípulo: le estaba
esperando el compañero en el claustro bajo para encerrarse en el templo.
--Tal vez no nos veamos más--dijo el curita con tristeza--. Usted
acabará sus días aquí, en la casa de un Dios en quien no cree.
--Sí; aquí moriré--dijo Gabriel sonriendo--. Él y yo nos odiamos, y sin
embargo, parece que nada puede hacer sin mí. Si ha de salir a la calle,
soy quien guía sus pasos; y por la noche, yo también quien guarda sus
riquezas.... Salud y buena suerte, Martín. Sea usted hombre sin
desfallecimientos. La verdad bien vale la miseria.
La desaparición del capellán de las monjas se efectuó sin escándalo. Don
Antolín y otros sacerdotes creyeron que el joven se había trasladado a
Madrid por ambición, para engrosar el número de clérigos solicitantes.
Gabriel era el único que conocía el verdadero destino de don Martín.
Además, pronto hizo olvidar al joven sacerdote una noticia estupenda,
que retumbó en la catedral como un trueno, poniendo en conmoción a los
señores del coro, a la gente menuda de las sacristías, a toda la
población del claustro alto.
Habían terminado las querellas entre el arzobispo y el cabildo. En Roma
aprobaron todo lo hecho por el cardenal, y Su Eminencia rugía de júbilo
en su palacio, con la fiera impetuosidad que mostraba en todas sus
expansiones.
Los canónigos, al entrar en el coro, iban con la cabeza baja, como
avergonzados y temerosos.
--Pero ¿ha visto usted...?--se decían al desvestirse en la sacristía.
Y a buen paso, con el manteo ondulante, abandonaban la iglesia cada uno
por su lado, evitando formar grupos ni corrillos, atento cada cual a
librarse de responsabilidades, a aparecer limpio de toda complicidad con
los enemigos del prelado.
El _Tato_ reía de gozo viendo la dispersión y el azoramiento de los
señores del coro.
--¡Corred, corred! ¡Bueno os va a poner el cuerpo el tío...!
Se hacían los preparativos de todos los años para la gran fiesta de la
Virgen del Sagrario, a mediados de agosto. En la catedral hablaban de la
de aquel año con misterio unos y zozobra otros, como si aguardasen
sucesos extraordinarios. Su Eminencia, que no bajaba al templo hacía
muchos meses por no ver a los del cabildo, presidiría el coro el día de
la fiesta. Deseaba contemplar de cerca a sus enemigos, aplastarlos con
su triunfo, gozarse en su aspecto de confusa sumisión. Y conforme se
aproximaba la solemnidad religiosa, temblaban muchos canónigos, pensando
en la mirada dura y soberbia que clavaría en ellos el iracundo prelado.
Gabriel prestaba escasa atención a las preocupaciones del mundo
clerical. Llevaba una vida extraña. Gran parte del día lo pasaba
durmiendo, preparándose para la fatigosa vela de la noche, que hacía
ahora solo. El señor Fidel había caído enfermo, y para que la Obrería,
evitando gastos, no privase al viejo de su mísero sueldo, se abstenía de
pedir un nuevo compañero. Pasaba las noches en la catedral con la misma
tranquilidad que si estuviera en el claustro, alto, habituado a aquel
silencio de cementerio. Para no dormirse, leía a la luz de su linterna
los libros que podía encontrar en las Claverías: fríos tratados de
Historia, en los que la Providencia desempeñaba el principal papel;
vidas de santos, que le divertían por su crédula sencillez, rayana en lo
grotesco, y aquel _Quijote_ de los Luna que tantas veces, había
deletreado de pequeño, y en el cual creía encontrar algo de la frescura
de la niñez.
Llegó el día de la Virgen. La fiesta era igual a la de todos los años.
La imagen famosa había salido de su capilla, ocupando sobre su peana un
sitio en el altar mayor. Llevaba el manto guardado en el Tesoro y todas
sus joyas, que centelleaban acariciadas por el bosque de luces, como si
rieran con una escala temblona de fulgores.
Antes de comenzar la fiesta, los curiosos de la catedral, fingiéndose
distraídos, paseaban entre el coro y la puerta del Perdón. Los
canónigos, con sus vestiduras rojas, reuníanse cerca de la escalerilla
alumbrada por la famosa piedra de luz. Por allí bajaría Su Eminencia, y
los señores del coro se agrupaban tímidamente, cuchicheando, como si se
preguntasen qué iba a pasar.
Apareció en el primer tramo de la escalera el portacruz, avanzando
horizontalmente su insignia de dobles brazos para que pasase bajo el
arco de la puerta. Después, entre familiares, y seguido por la sotana
morada del obispo auxiliar, avanzó el cardenal, vestido de púrpura, que
apagaba el rojo violáceo de los canónigos.
El cabildo se formó en dos filas, con la cabeza baja, prestando
acatamiento a su príncipe. ¡Qué mirada la de don Sebastián! Los
canónigos, inclinados, creyeron sentirla en la nuca con una frialdad de
acero. Erguía el enorme cuerpo dentro de sus envolturas de púrpura con
gallarda arrogancia, como si en aquel momento se sintiera curado de la
enfermedad que arañaba sus entrañas y de la insuficiencia del corazón,
que oprimía sus pulmones. La cara gordinflona temblaba de gozo; los
pliegues de grasa de su barbilla se estremecían sobre el roquete de
blondas. La birreta cardenalicia parecía hincharse de soberbia sobre su
cabeza pequeña, blanca y sonrosada. Nunca fue llevada una corona con
tanto orgullo como aquel gorro rojo.
Extendió su mano enguantada de púrpura, sobre la que lucía la esmeralda
episcopal, y con un gesto imperioso hizo que uno tras otro fueran
besándola todos los canónigos. Era la sumisión de los hombres de
Iglesia, acostumbrados desde el Seminario a una humildad aparente que
encubre rencores y odios de una intensidad no conocida en la vida
vulgar. El cardenal adivinaba el desaliento tras esta modestia y
paladeaba su triunfo.
--Tú no conoces cómo son nuestros odios--había dicho algunas veces a su
amiga la jardinera--. En la vida vulgar son pocos los hombres que mueren
de un disgusto. El que siente enfado se desahoga y recobra la
tranquilidad. Pero en la Iglesia se cuentan a centenares los que mueren
de un acceso de ira por no poder vengarse, porque la disciplina les
cierra la boca y abate su cabeza. Faltos de familia y de preocupaciones
para ganarse el pan, los más de nosotros sólo vivimos para el amor
propio y el orgullo.
Se formó en procesión el cabildo, acompañando a Su Eminencia. Abrían la
marcha el perrero rojo, los pertigueros negros y el _Vara de plata_,
haciendo sonar las baldosas con los golpes de sus bastones. Detrás la
cruz arzobispal y los canónigos por parejas, y en último término el
prelado, con su cola roja, extendida en toda su longitud, llevada en
alto por dos pajes. Don Sebastián bendecía a un lado y a otro, mirando
con sus ojillos penetrantes a los fieles, que inclinaban la cabeza.
Su carácter imperioso y la alegría del triunfo hacían centellear su
mirada. ¡Qué gran victoria...! El templo era su casa, y volvía a él tras
larga ausencia, con toda la majestad de un dueño absoluto que podía
aplastar a los esclavos maldicientes que osaran atacarle.
La grandeza de la Iglesia se le aparecía en aquel momento más grandiosa
que nunca. ¡Qué admirable institución! El hombre fuerte que llegaba a lo
alto se convertía en un dios omnipotente y temible. Nada de igualdad
perniciosa y revolucionaria. El grande siempre tenía razón. El dogma
ensalzaba la humildad de todos ante Dios, pero al fijar ejemplos,
hablaba siempre de rebaños y de pastores que debían dirigirlos. Él era
el pastor, porque así lo quería el Omnipotente. ¡Ay del que intentara
descarriarse...!
En el coro, la alegría de su orgullo gustó una satisfacción aún mayor.
Estaba sentado en el trono de los arzobispos de Toledo, aquella silla
que había sido la estrella de su juventud, y cuyo recuerdo le turbaba en
pleno episcopado, cuando paseaba la mitra por las provincias esperando
la hora de llegar a la Primada. Erguíase bajo el artístico dosel del
Monte Tabor, sobre cuatro escalones, para que le viesen bien todos los
del coro y se convencieran de que era su príncipe. Las cabezas de las
dignidades sentadas a su lado estaban casi al nivel de sus pies. Podía
pisarlos como víboras si osaban levantarse de nuevo, mordiéndole en sus
más íntimos afectos.
Enardecido por la apreciación de su grandeza y su triunfo, era el
primero en levantarse o sentarse, conforme lo marcaba el ritual de los
oficios, y unía su voz a las del coro, asombrando a todos con la áspera
energía de su canto. Las palabras latinas salían de su boca como
trabucazos contra aquella gente odiada; sus ojos pasaban con expresión
de reto sobre la doble fila de cabezas inclinadas.
Era un hombre de fortuna, que había marchado de éxito en éxito, y sin
embargo, jamás había sentido una satisfacción tan honda, tan completa
como la de aquel momento. Él mismo se asustaba de su alegría, de aquel
estallido de orgullo que amortiguaba sus crónicas dolencias. Parecíale
que estaba gastando en unas cuantas horas toda su provisión de vida.
Al finalizar la misa, los cantores y demás gente menuda del coro, que
eran los únicos que osaban mirarle, se alarmaron viéndole palidecer,
levantarse con la faz desencajada, llevándose las manos al pecho.
Advertidos los canónigos, corrieron a él, formando una apretada masa de
vestiduras rojas ante su trono. Su Eminencia se ahogaba, debatiéndose
entre aquel círculo de manos que le agarraban instintivamente.
--¡Aire...!--rugió--, ¡aire...! ¡Quítense de delante con mil porras!
¡Que me lleven a casa!
Aun en medio de su angustia, encontró el gesto enérgico y sus antiguos
votos de soldado para rechazar a los enemigos. Se ahogaba, pero no
quería que lo viesen los canónigos. Adivinaba en muchos de ellos la
satisfacción tras el gesto compungido. ¡Que nadie le tocase! ¡Él se
bastaba! Y apoyado en dos familiares fieles, emprendió la marcha
jadeante hacia la escalera arzobispal, seguido de gran parte del
cabildo.
La función religiosa terminó apresuradamente. Que perdonara la Virgen:
otro año tendría mayor solemnidad. Y las autoridades e invitados
abandonaron sus asientos del altar mayor para correr en demanda de
noticias al palacio arzobispal.
Al despertar Gabriel, pasado mediodía, todos hablaban en el claustro
alto de la salud de Su Eminencia. Su hermano preguntaba a tía Tomasa,
que venía de palacio.
--Se muere, hijos--decía la jardinera--; de ésta no escapa. Doña Visita
me lo ha enseñado de lejos, llorando la pobre. No puede estar acostado.
El pecho le baila como un fuelle roto. Los médicos dicen que no llega a
la noche. ¡Qué desgracia...! ¡Y en un día como éste...!
La agonía del príncipe eclesiástico era acogida con un silencio fúnebre.
Las mujeres de las Claverías iban y venían con noticias desde el
palacio al claustro alto. Los chicuelos permanecían recluidos en las
habitaciones, atemorizados por las amenazas de las madres si intentaban
jugar en las galerías.
El maestro de capilla, siempre insensible a los sucesos de la catedral,
salía, sin embargo, a tomar noticias del estado de Su Eminencia. Tenía
un proyecto, del que habló rápidamente a la familia durante la comida.
Los funerales de un cardenal bien merecían que se ejecutase una misa
célebre, con gran orquesta reclutada en Madrid. Él ya había echado el
ojo al famoso _Réquiem_ de Mozart. Era por lo único que le interesaba la
suerte del prelado.
Gabriel, mirando a su compañera, sentía el dulce egoísmo que experimenta
el que vive cuando muere el poderoso.
--Ya caen los grandes, Sagrario. Y nosotros los enfermos, los
miserables, aún tenemos por delante alguna vida.
A la hora en que se cerraba el templo bajó para comenzar su vigilancia.
El campanero le esperaba con las llaves.
--¿Qué hay del cardenal?--preguntó Gabriel.
--Pues que se muere hoy mismo, si es que no ha muerto ya.
Y después añadió:
--Esta noche, Gabriel, tendrás gran iluminación. La Virgen está en el
altar mayor, hasta mañana, rodeada de cirios.
Calló un momento, como si vacilase.
--Tal vez--añadió--baje a hacerte un rato de compañía. Debes aburrirte
solo. Espérame.
Cuando Gabriel quedó encerrado en el templo, vio un trozo del altar
mayor resplandeciente de luces. Hizo su acostumbrada requisa de puertas
y verjas, visitó el _Locum_, los grandes retretes, donde en otro tiempo
se habían ocultado unos ladrones, y después que estuvo convencido de que
en la catedral no había otro ser vivo que él, fue a sentarse en el
crucero, con su manta y la cesta de la cena.
Allí permaneció largo rato, contemplando a través de la reja la Virgen
del Sagrario. Nacido en la catedral y llevado de niño por su madre a que
se arrodillase ante la imagen, la había admirado como el tipo más
perfecto de hermosura. Ahora la apreciaba fríamente, con ojos de
artista. Era fea y grotesca, como todas las imágenes que son ricas. La
piedad suntuosa y opulenta la había disfrazado con sus tesoros. No había
nada en ella del idealismo de las vírgenes pintadas por los artistas
cristianos. Más bien parecía un ídolo indostánico recargado de joyas. La
falda y el manto se ahuecaban con la ampulosidad de un miriñaque, y
sobre las tocas lucía una corona enorme como un morrión,
empequeñeciéndole la cara. El oro, las perlas, los diamantes, brillaban
sobre sus vestiduras. Llevaba pendientes y pulseras de gran valor.
Gabriel sonreía pensando en la simpleza religiosa, que viste a los
héroes celestiales con arreglo a las modas de la tierra.
El débil resplandor del crepúsculo que descendía de los ventanales y la
inquieta llama de los cirios formaban una ondulación de luces y sombras,
animando el rostro de la imagen como si gesticulase.