devoto, creería que la Virgen ríe unos momentos y después llora. Con un
poco de imaginación y de fe, ¡he aquí un milagro! Estos caprichos de la
luz han sido una mina inagotable para los sacerdotes. También las Venus
de otros tiempos cambiaban la expresión de su cara, riendo o llorando a
gusto de los fieles, como una imagen cristiana.»
Y pensó largo rato en el milagro, invención de todas las religiones, y
tan antiguo como la ignorancia y la credulidad humanas.
Obscureció. Después de cenar parcamente, Gabriel abrió un libro que
llevaba en la cesta y púsose a leer a la luz de su linterna. De vez en
cuando levantaba la cabeza, distraído por el revoloteo y los gritos de
los pajarracos nocturnos, atraídos por el resplandor extraordinario del
bosque de cirios. Transcurría el tiempo lentamente. En la obscuridad de
las bóvedas retumbaban los argentinos martillazos de los guerreros del
reloj. Luna se levantaba y recorría la iglesia, visitando los contadores
para marcar su ronda.
Habían sonado las diez, cuando Gabriel oyó abrirse el postigo de la
portada de Santa Catalina, pero rápidamente y sin violencia, como si
hubieran hecho uso de una llave. Luna recordó el ofrecimiento del
campanero. Después sonaron los pasos de varias personas, pero agrandados
por el eco, como si avanzase toda una hueste.
--¿Quién va?--gritó Gabriel, algo alarmado.
--Nosotros, hombre--contestó en la sombra la voz fosca de Mariano--. ¿No
te dije que bajaríamos?
Al entrar en el crucero les dio de lleno la luz del altar mayor. Gabriel
vio con el campanero al _Tato_ y al zapaterillo. Querían acompañar a
Luna una parte de la noche, para que no le fuese tan pesada la guardia,
y traían una botella de aguardiente que le ofrecieron.
--Ya sabéis que no bebo--dijo Gabriel--. Nunca me ha gustado el alcohol;
vino, y no mucho... Pero ¿adonde vais, vestidos como en los días de
fiesta?
El _Tato_ se apresuró a responder. El _Vara de plata_ cerraba a las
nueve las Claverías, y ellos querían pasar la noche fuera de casa. Ya
habían estado un buen rato en un café del Zocodover, regalándose como
señores. Estaban hechos unos calaveras. Aquella noche era
extraordinaria, tanto más cuanto que la ciudad también estaba alterada
por lo del arzobispo.
--¿Cómo sigue?--preguntó Gabriel.
--Creo que ha muerto hace media hora--dijo el campanero--. Cuando he
subido a mi casa por las llaves, salía un médico del palacio, y así se
lo decía a un canónigo.... Pero sentémonos.
Tomaron todos asiento, con la gorra calada, en los peldaños de la verja
del altar mayor. Mariano dejó en el suelo el manojo de las llaves, un
racimo de hierro como una maza. Las había de todas las épocas: unas
groseras y herrumbrosas, con las huellas del martillo, ostentando
escudos cerca del agarradero; otras más modernas, pulidas y brillantes
como si fuesen de plata; pero todas enormes y pesadas, de robustos
dientes, cual convenía a la grandeza del edificio.
Los tres amigos parecían extraordinariamente contentos, con una alegría
nerviosa que les hacía empujarse y reír. Miraban de reojo a la Virgen y
después se miraban entre ellos con un gesto de misterio que no podía
comprender Gabriel.
--Habéis bebido mucho, ¿verdad?--dijo Luna con suave reproche--. Hacéis
mal; ya sabéis que el beber es la degradación de los pobres.
--Un día es un día, tío--dijo el perrero--. Nos alegra que se mueran los
grandes. Ya ve usted; yo admiraba mucho a Su Eminencia: pues ¡que se
haga la porra! La única satisfacción que tiene un pobre es ver que a los
de arriba también les llega la vez.
--Bebe--dijo el campanero, ofreciéndole la botella--. Es una dicha
encontrarnos aquí sanos y alegres, mientras Su Eminencia se verá mañana
entre cuatro tablas. ¡Menudo campaneo soltaremos todo el día!
Bebió el _Tato_, y pasó la botella al zapatero, que estuvo mucho tiempo
con la boca pegada al gollete. De los tres, éste parecía el más ebrio.
Tenía los ojos enrojecidos, miraba duramente a todos lados y permanecía
silencioso. Sólo sonreía forzosamente cuando le dirigían la palabra,
como si su pensamiento estuviera lejos, muy lejos.
El campanero, en cambio, era más locuaz que de costumbre. Hablaba de la
fortuna del cardenal, de lo rica que iba a ser doña Visitación, de la
alegría que tendrían aquella noche muchos del cabildo. Y se interrumpía
para empinar la botella del aguardiente, pasándola después a los
compañeros. El vaho del alcohol se esparcía en aquel ambiente impregnado
de incienso y humo de cera.
Transcurrió más de una hora. Mariano había cortado varias veces la
conversación, como si tuviera que decir algo grave y vacilase, falto de
valor. Por fin se decidió.
--Gabriel: pasa el tiempo y nos resta mucho que hacer y que hablar. Son
poco más de las once. Aún quedan horas para hacer bien la cosa.
--¿Qué quieres decir?--preguntó Luna con extrañeza.
--Pocas palabras: al grano. Se trata de que tú seas rico y lo seamos
nosotros; queremos salir de esta miseria.... Ya habrás notado hace
tiempo que huíamos de ti; que al placer de oírte preferíamos hablar
entre nosotros. Es que tú eres un sabio, pero no vales un céntimo para
las cosas de la vida. Contigo se aprende, pero no se sale de pobreza...
Hemos pasado meses pensando en la necesidad de dar un golpe afortunado.
Esas revoluciones de que nos hablas están muy lejos. Las verán nuestros
nietos, y aun tal vez no las vean. Bueno es que los sabios piensen en el
porvenir; pero los brutos como nosotros sólo vemos el presente. Hemos
empleado el tiempo discurriendo barbaridades: secuestrar a don Sebastián
y exigirle un millón de rescate; entrar en el palacio una noche, ¡y qué
sé yo qué más...! Todo majaderías ideadas por tu sobrino. Pero esta
mañana, en mi casa, lamentándonos de la miseria, hemos visto de pronto
la salvación. Tú como único guardián de la catedral, la Virgen en el
altar mayor con las joyas que el resto del año se guardan en el Tesoro,
y yo con las llaves en mi poder.... El trabajo más fácil del mundo.
Limpiamos a la Virgen, emprendemos el camino de Madrid y llegamos al
amanecer; el _Tato_ conoce allí mucha gente de la que va a las capeas:
nos ocultamos algún tiempo, y después, tú, que sabes el mundo, nos
guiarás. Iremos a América, venderemos la pedrería, y seremos ricos.
¡Alza, Gabriel! Vamos a despojar al ídolo, como tú dices.
--¡Luego es un robo lo que me proponéis!--exclamó Luna, alarmado.
--¿Un robo?--dijo el campanero--. Llámalo así si quieres: ¿y qué?, ¿te
asustas de eso...? Más nos han robado a nosotros, que nacimos con
derecho a un pedacito de mundo, y por más vueltas que damos no
encontramos un sitio libre.... Además, ¿a quién perjudicamos con esto?
De nada sirven a ese pedazo de palo las joyas que lo cubren. Ni come, ni
siente frío en el invierno, y nosotros somos unos miserables. Tú mismo
lo has dicho, Gabriel, contemplando nuestra pobreza. Nuestros hijos
mueren de hambre sobre las rodillas de las madres, mientras los ídolos
se cubren de riquezas... ¡Anda, Gabriel, no perdamos el tiempo!
--¡Vamos, tío!--dijo el _Tato_--. Un poco de coraje. Convénzase de que
los ignorantes sabemos hilar las cosas cuando llega el caso.
Gabriel no les escuchaba. La sorpresa le había hecho caer en el
ensimismamiento. Medía, asustado, el gran error cometido; veía abrirse
un foso inmenso entre él y los que creía sus discípulos. Recordaba las
palabras de su hermano. ¡Ah, el buen sentido de los simples! Él, con
todas sus lecturas, no había previsto el peligro de enseñar a los
ignorantes en unos cuantos meses lo que requería toda una vida de
reflexión y estudio. Repetíase en pequeño lo que ocurre en los pueblos
agitados por la revolución. Las ideas más nobles se corrompían al pasar
por el tamiz de la vulgaridad; las aspiraciones generosas se envenenaban
con los sedimentos de la miseria.
Los envilecidos por la explotación, al despertar, buscaban en las
doctrinas redentoras la venganza del pasado y el bienestar egoísta,
aunque fuese a costa de sus semejantes.
Había sembrado la semilla revolucionaria en los parias de la Iglesia,
adormecidos en un ambiente de dos siglos atrás. Creía contribuir a la
revolución futura formando hombres, y al despertar de su ensueño se
encontraba con criminales vulgares. ¡Qué espantosa decepción! Sus ideas
sólo habían servido para destruir. Quitando a aquellos cerebros
soñolientos los prejuicios de la ignorancia, las supersticiones del
siervo, sólo había conseguido hacerlos audaces para el mal. El egoísmo
era la única pasión que vibraba en ellos. Sólo habían aprendido que eran
miserables y no debían serlo. La suerte de sus compañeros de infortunio,
de una inmensa parte de la humanidad, miserable y triste, no les
interesaba. Saliendo ellos de su estado, mejorando su situación fuese
como fuese, les importaba poco que el mundo siguiera lo mismo que antes;
que las lágrimas, el dolor y el hambre reinasen abajo para asegurar la
comodidad de los de arriba. Había sembrado en ellos su pensamiento,
queriendo acelerar la cosecha, y como en los cultivos forzados y
artificiales, que crecen con asombrosa rapidez para no dar más que
frutos corrompidos, el resultado de su propaganda era la podredumbre
moral. ¡Hombres, al fin, como todos! ¡La fiera humana buscando su
bienestar a costa del semejante; perpetuando el desconcierto y el dolor
para los demás, con tal de gozar de la abundancia durante una vida de
unos cuarenta años! ¡Ay!, ¿dónde encontrar al ser superior ennoblecido
por el culto de la razón, haciendo el bien sin esperanza de recompensa,
sacrificándolo todo por la solidaridad humana, el hombre-dios que
embellecería el porvenir...?
--¡Anda, Gabriel--continuaba el campanero--, no perdamos tiempo! Es cosa
de un instante, y en seguida ¡a volar!
--¡No--dijo Luna con firmeza, saliendo de su ensimismamiento--, no
haréis eso, no debéis hacerlo! Es un robo lo que me proponéis, y mi
dolor es grande viendo que para eso contabais conmigo. Otros van al robo
por instinto fatal o por corrupción de alma; vosotros llegáis a él
porque quise ilustraros, porque intenté abrir vuestras inteligencias a
la verdad... ¡Oh!, ¡es horrible... muy horrible!
--Pero ¿a qué tales aspavientos, Gabriel? ¿No es eso un pedazo de palo?
¿A quién perjudicamos apoderándonos de sus joyas? ¿No roban los ricos y
todos los que poseen algo? ¿Por qué no hemos de imitarles?
--Por eso mismo: porque lo que intentáis hacer es una imitación del
mal; porque perpetúa una vez más el sistema de violencia y de
desarreglo, causa de la miseria. ¿Por qué odias al rico, si lo que él
hace al explotar al humilde es lo mismo que vas a hacer tú, apoderándote
de una cosa «para ti» (entiéndelo bien), «para ti» y no para todos? No
me asusta el robo, porque no creo en la propiedad ni en la santidad de
las cosas; pero por esto mismo abomino de la apropiación particular y me
opongo a ella. ¿Para qué queréis apoderaros de eso? Decís que para
remediar vuestra miseria. No es verdad: para ser ricos, para entrar en
el grupo de los privilegiados, para ser tres individuos más de esa
minoría odiosa que goza el bienestar esclavizando a los humanos. Si
todos los pobres de Toledo llamasen ahora a las puertas de la catedral,
sublevados y embravecidos, yo les abriría paso, los guiaría yo mismo,
les señalaría esas joyas que ambicionáis, les diría: «Apoderaos de
ellas.» Son gotas de sudor y de sangre de sus antepasados; representan
el trabajo servil en la tierra del señor, el despojo brutal por los
alcabaleros del rey, para que magnates y reyes pudiesen cubrir de
pedrería al ídolo que podía abrirles las puertas del cielo. Eso no
pertenece a vosotros tres porque seáis más audaces; pertenece a todos,
como de todos son las riquezas de la tierra. Poner su mano los hombres
sobre cuanto existe en el mundo será la obra santa, la revolución
redentora del porvenir; apoderarse ahora unos cuantos de lo que con
arreglo a la moral imperante no es suyo, resulta un delito para las
leyes burguesas, y para mí es un atentado contra los desheredados,
únicos dueños de lo existente...
--¡Calla, Gabriel!--dijo el campanero con dureza--. Si te dejo, hablarás
hasta el amanecer. No te entiendo, no quiero. ¡Venimos a hacerte un
favor, y nos sales con un sermón! ¡Queremos verte rico como nosotros, y
nos contestas hablando de los demás, de la gente que no conoces, de esa
humanidad que no te dio ni un mendrugo cuando vagabas como un perro...!
Tendré que dirigirte como en nuestra juventud, cuando hacíamos la
guerra. Siempre te he querido y admiro tu talento, pero a ti hay que
tratarte como a un chicuelo... ¡Vaya, Gabriel, a callar y síguenos! ¡Te
llevamos a la felicidad! ¡Adelante, compañeros!
El _Tato_ y el zapatero se pusieron de pie, marchando hacia la verja del
altar mayor. El perrero empujó una de sus hojas, entreabriéndola.
--¡No!--gritó Gabriel con energía--. ¡Deteneos...! Mariano, no sabes lo
que haces. Creéis que ya está lograda vuestra dicha con apoderarse de
esas riquezas. ¿Y después? Vuestras familias quedarán aquí. _Tato_,
piensa en tu madre. Mariano, el zapatero y tú tenéis mujer, tenéis
hijos.
--¡Bah...!--dijo el campanero--. Ya vendrán a reunirse con nosotros
cuando estemos lejos y en salvo. El dinero todo lo puede: lo que importa
es tenerlo.
--¿Y vuestros hijos...? ¡Les dirán que sus padres fueron ladrones!
--Pero serán ricos en otro país. Al fin, su historia no resultará peor
que la de los hijos de otros ricos.
Gabriel se convenció de la resolución feroz que animaba a aquellos
hombres. Sus esfuerzos para detenerles eran inútiles. Mariano le
empujaba al ver que se interponía entre él y el altar mayor.
--Aparta, chiquillo--dijo--. Ya que no sirves para nada, déjanos. ¿Es
que le tienes miedo a la Virgen? Descuida, que aunque nos llevemos todo
cuanto posee no hará ningún milagro.
Gabriel intentó un recurso decisivo.
--No haréis nada. Si pasáis la verja, si entráis en el altar mayor, toco
el esquilón y antes de diez minutos está todo Toledo en las puertas.
Y abriendo la verja del coro, entró en él con una decisión que paralizó
al campanero.
El zapaterillo, con su aspecto de borracho taciturno, fue el único que
le siguió.
--¡El pan de mis hijos!--murmuraba con lengua estropajosa--. ¡Quieren
robarlos...! ¡Quieren que sigan pobres...!
Mariano oyó un ruido metálico: vio cómo el zapaterillo levantaba el
brazo armado con el manojo de llaves caído en los peldaños de la verja,
y después oyó un choque de extraña sonoridad, como si golpeasen algo
hueco.
Gabriel dio un grito y cayó al suelo de bruces. El zapatero seguía
golpeándole al cráneo.
--¡No le des más...! ¡Detente!
Éstas fueron las últimas palabras que oyó confusamente Gabriel, tendido
en la entrada del coro. Un líquido pegajoso y caliente se escurría sobre
sus ojos. Después, el silencio, la obscuridad... la Nada.
El último destello de su pensamiento fue para decirse que iba a morir,
que tal vez había muerto ya, restándole sólo la postrera vibración
vital, la estela agitada de una existencia que huía para siempre.
Aún volvió a la vida. Abrió los ojos trabajosamente, y vio el sol al
través de un ventanillo con hierros, unas paredes blancas y una cama con
cobertor de percalina rameada y sucia. La cabeza le pesaba enormemente.
Su pensamiento pudo formar y coordinar una idea, después de grandes
vacilaciones y tropiezos: le habían colocado la catedral en las sienes.
El templo gigantesco gravitaba sobre su cráneo, aplastándolo. ¡Qué
inmenso dolor...! No podía moverse: estaba cogido por la cabeza.
Zumbaban sus oídos; su lengua estaba paralizada. Los ojos veían, pero
débilmente, como si la luz fuese turbia y una bruma rojiza envolviese
los objetos.
Creyó que una cara con bigotes, terminada por un sombrero de guardia
civil, se inclinaba sobre la suya, mirándolo en los ojos. Movía los
labios, pero él no oía nada. Era sin duda la pesadilla de sus antiguas
persecuciones volviendo a surgir.
Se fijaban en él, viendo que abría los ojos. Un señor vestido de negro
avanzaba hacia su lecho, seguido de otros dos que llevaban papeles bajo
el brazo. Adivinó que le hablaban por el movimiento de los labios, pero
nada pudo oír. ¿Estaría en otro mundo? ¿Serían falsas sus creencias, y
después de la muerte existiría otra vida igual a aquella que había
abandonado?
Cayó de nuevo en la sombra y en la inercia. Pasó mucho tiempo... mucho.
Otra vez se abrieron sus ojos, pero ahora la bruma era más densa. Ya no
era roja: era negra.
Entre estos velos, creyó ver Gabriel el rostro de su hermano,
consternado, crispado por el miedo, y los bicornios de la Guardia civil,
aquellos sombreros de pesadilla, rodeando al pobre _Vara de palo_.
Después, más esfumada, más indecisa, la cara de la dulce compañera, de
Sagrario, contemplándole con ojos llorosos de inmensa pena, besándolo
con la mirada, sin que la intimidasen los hombres negros y las armas que
la rodeaban.
Ésta fue la última visión, indecisa y borrosa, como vista a la luz de
una chispa fugaz. Después la obscuridad eterna, el aniquilamiento... la
Nada.
Al cerrar para siempre los ojos, sonó junto a él una voz:
--Te seguíamos la pista, pájaro. Bien escondido estabas, pero te has
descubierto con una de las tuyas. Ahora veremos qué cuenta das de las
joyas de la Virgen... ¡ladrón!
El terrible enemigo de Dios y del orden social no dio cuenta alguna a
los hombres.
Al día siguiente salió en hombros, de la enfermería de la cárcel, para
desaparecer en la fosa común. El secreto de su muerte lo guardó la
tierra, esa madre ceñuda que presencia impasible las luchas de los
hombres, sabiendo que grandezas y ambiciones, miserias y locuras, han de
pudrirse en sus entrañas, sin otro resultado que fecundar la renovación
de la vida.
_Playa de la Malvarrosa_ (_Valencia_). _Agosto-septiembre 1903_.
FIN