impulsaba a aceptar toda clase de trabajos para no ser gravoso a la
familia.
Estaban en el claustro, apoyados en la balaustrada. Abajo, el jardín
obscuro, con sus penachos negros y ondulantes; arriba, un cielo de
verano, esfumado por la bruma calurosa, que empañaba el brillo de los
astros. Estaban solos en la cuádruple galería. La ventana iluminada del
camaranchón del maestro de capilla trazaba un cuadro rojo en los tejados
de enfrente. Sonaba el armónium con melancólica lentitud, y al callarse
pasaba y repasaba por el cuadro rojo la sombra del músico, con sus
nerviosos movimientos, que, agrandados por el reflejo, se convertían en
muecas grotescas.
La calma nocturna y la obscuridad envolvían en dulce caricia a Gabriel y
Sagrario. Descendía de lo alto esa frescura misteriosa que parece
reanimar el espíritu y agrandar los recuerdos. La iglesia era para ellos
como una bestia enorme y dormida, en cuyo regazo encontraban
tranquilidad y defensa.
Gabriel hablaba del pasado, para convencer a la joven de que nada
valían sus trabajos en la catedral. Él había sufrido mucho. No existía
amargura que no hubiese paladeado. Había tenido hambre, mucha hambre, en
sus peregrinaciones por el mundo. No sabía qué era más penoso, si los
martirios en la mazmorra del castillo lúgubre o los días de
desesperación en las calles de poblaciones populosas, viendo las viandas
y el oro tras el cristal de los escaparates, rodeado por el lujo y
sintiendo girar su cabeza con el vahído del hambre. Aún podía tolerar su
miseria cuando marchaba solo, al través del egoísmo feroz de la
civilización. Los tiempos horribles habían sido al compartir su pobreza
vagabunda con Lucy, la compañera dulce y melancólica.
Y Gabriel hablaba de la inglesa como de una hermana muerta.
--La hubieses amado, Sagrario, al conocerla. Era la mujer fuerte, la
compañera valerosa, unida a mí por la comunidad de pensamientos más que
por la atracción de la carne. La quise desde que la conocí. No sé si fue
amor lo que sentíamos. Han mentido tanto los poetas sobre el amor, lo
han falseado de tal modo, exagerándolo, que ya no se sabe ciertamente lo
que es.
Y hablaba a la joven del amor, explicándolo según sus creencias. Era una
«afinidad electiva»; así lo había definido Goethe, sobreponiéndose el
sabio al poeta, sacando la frase de la química, que da tal nombre a la
tendencia de dos cuerpos a combinarse formando un nuevo producto
distinto. Dos seres entre los cuales no existe afinidad podían
encontrarse, por leyes falsas de la vida, en continuo contacto, y sin
embargo, no compenetrarse, no confundirse. Esto ocurría las más de las
veces entre los individuos de distinto sexo que pueblan la tierra. Se
rozan, pero no se compenetran ni confunden. Existe el sentimentalismo
pasajero, el capricho carnal, nunca el amor. Lucy, la pobre enferma, era
el ser afín al suyo: se vieron y se amaron. La conmiseración por las
miserias humanas, el odio a la desigualdad y la injusticia, la
abnegación por los humildes y los desgraciados, eran iguales en los dos.
No sólo estaban unidos por el corazón: sus cerebros se besaban.
Era fea, con una fealdad dulce y triste que le parecía a Luna el supremo
ideal de la belleza en un mundo de desgraciados y de víctimas. Era la
imagen de la mujer del pueblo criada en los tugurios de los barrios
obreros, en las grandes metrópolis: anémica por el aire mefítico del
cubil donde nació, por la alimentación mala y deficiente; con el cuerpo
escuálido, paralizadas en su desarrollo los gracias femeniles por el
rudo trabajo realizado en plena niñez. Los labios, que las grandes
señoras se pintaban de rojo, los tenía ella de color de violeta. Lo
único hermoso de su rostro eran los ojos, las ventanas del llanto,
agrandados por las noches de frío pasadas en la calle, por el horror de
las escenas vistas en la niñez, cuando el padre se emborrachaba, con el
deseo embrutecedor del obrero que quiere olvidar, y después de
imaginarse un paraíso en la taberna, se enfurece ante la miseria de su
casa y aporrea a la familia.
--Era como sois todas las mujeres nacidas abajo, Sagrario. Vuestra
hermosura dura un momento: únicamente se sostiene en pleno estallido de
la juventud. La hembra del pobre no puede ser hermosa si no huye de su
clase. El hambre y el trabajo son enemigos de la belleza. La labor
diaria la hace perder su frescura y su fuerza. La maternidad en plena
miseria le absorbe hasta la médula de los huesos. Y cuando, terminado el
trabajo, vuelve a su casa, barre, lava y se consume como una momia ante
el humoso hornillo de la cocina. Yo amé a Lucy por esto, porque estaba
consumida y agotada por la explotación, porque era la virgen obrera en
toda su melancólica decadencia, nacida hermosa y afeada por la
injusticia social.
Acordábase del furor inquebrantable y frío de aquella mujercita, que
hablaba tranquilamente de la suprema venganza de los caídos, del
desquite de largos siglos de opresión. Mostrábase más radical y feroz
en sus ilusiones que Gabriel, y éste alababa sus audacias de
propagandista, sus peligrosas excursiones por las grandes ciudades,
entre la policía puesta en guardia, llevando al brazo la caja vieja de
sombreros llena de impresos que podían conducirla a la cárcel. Era la
miss animosa de la propaganda evangélica que recorre el globo
esparciendo Biblias con fría sonrisa, sin miedo a las burlas de los
civilizados ni a la brutalidad de los salvajes; pero lo que Lucy
repartía eran excitaciones a la revuelta, y no buscaba a los dichosos,
sino a los desesperados, en las fábricas y en los arrabales infectos.
Los dos sufrieron hambre; viéronse separados por la persecución y el
encierro; pero volvían a unirse, continuando la novelesca correría,
hasta que la miseria y la tisis acabaron con ella.
Gabriel lloraba recordando sus últimas entrevistas en un hospital de
Italia, limpio y pulcro, con ese ambiente helado de la caridad. Como no
era su marido, sólo podía visitarla dos veces por semana. Se presentaba
andrajoso y cabizbajo, y la veía en un sillón, cada vez más pálida y
flaca, con una transparencia de cera y los ojos extrañamente agrandados.
Sabía un poco de todo, y no se le ocultaba la gravedad de su mal.
Esperaba tranquila la muerte. «Tráeme rosas», decía sonriendo a Gabriel,
como si en el último instante de su vida quisiera comulgar con la
belleza natural de un mundo afeado y entenebrecido por los hombres. Y el
compañero se mantenía de pan seco, impetraba el auxilio de los camaradas
menos pobres que él, dormía al raso, para llevarla en la inmediata
visita un ramo de flores.
--Murió, Sagrario--gimió Luna--. No sé dónde la enterraron: tal vez
serviría para una lección en la sala de anatomía; cayó en la fosa común,
como esos soldados cuyo heroísmo queda en la obscuridad. Pero yo la veo
todavía; me ha seguido en todos mis infortunios; parece que ahora
resurge en ti.--Pero, tío--dijo dulcemente Sagrario, emocionada por el
relato, yo no puedo hacer lo que ella; yo soy una infeliz, sin valor y
sin voluntad.
--Llámame Gabriel--dijo Luna con vehemencia--. Tú eres mi antigua Lucy,
que de nuevo sale a mi camino. Sábelo de una vez: hace tiempo que
examino mis sentimientos, que analizo mi voluntad, y tengo una certeza:
te amo, Sagrario.
La joven hizo un movimiento de sorpresa, alejándose de él.
--No te separes, no me temas. Ni yo soy un hombre, ni tú eres ya una
mujer. Has sufrido mucho, has dicho adiós a las alegrías de la tierra,
eres fuerte por el infortunio y puedes mirar cara a cara a la verdad.
Somos dos náufragos de la vida: sólo nos resta esperar y morir en el
islote que nos sirve de refugio. Estamos deshechos, rasgados y
arrollados: la muerte se incuba en nuestras entrañas; somos harapos
caídos e informes después de haber pasado por los engranajes de una
sociedad absurda. Por esto te quiero: porque eres igual a mí en la
desgracia. La afinidad electiva nos une. La pobre Lucy era la obrera
debilitada por la explotación, envenenada desde su nacimiento por la
miseria; tú eres la hija del pueblo atraída fuera del hogar por el
encanto del bienestar de los privilegiados; seducida, no por el amor,
sino por el capricho de los felices, la doncella llevada en sacrificio
al Minotauro, cuyos restos se arrojan después al estercolero. Te amo,
Sagrario; somos dos fugitivos de la sociedad que deben hacer su camino
juntos; a mí me detestan por peligroso; a ti te desprecian por impura:
la desgracia nos empuja. Nuestros cuerpos están envenenados, llevamos
las heridas del vencido; pero antes de morir alegremos nuestra
existencia con el amor; pidamos rosas, como la pobre Lucy.
Y estrechaba las manos de la joven, que, aturdida por las palabras de
Gabriel, no sabía qué decir y lloraba dulcemente. Arriba, en el piso
alto de las Claverías, seguía sonando el armónium del maestro. Luna
conocía aquella música. Era el último lamento de Beethoven, el «es
preciso» que cantaba el genio ante la muerte con una melancolía que
causaba escalofríos.
--Te amo, Sagrario--continuó Gabriel--. Desde que te vi volver a casa,
arrostrando con el valor resignado de la víctima la odiosa curiosidad de
las gentes, me interesé por ti. He pasado semanas y meses junto a tu
máquina viendo cómo trabajabas. Te estudiaba: leía en ti. Eres un ser
sencillo; tu alma no tiene los repliegues y escondrijos de esos seres
complicados y tortuosos por las malicias de la civilización. Adivinaba
día por día en tu mirada dulce, en la atención con que me escuchabas, el
agradecimiento por lo poco que hice en tu favor. Recordabas el período
negro de tu vida, la esclavitud de la carne entre hombres bestiales
enloquecidos por los ardores del sexo, y al verme siempre dulce contigo,
protegiéndote contra la ira del padre y la curiosidad de la gente, tu
agradecimiento ha ido creciendo y creciendo, y hoy me amas, Sagrario. Tú
misma no te das cuenta de ello; no sabes explicártelo, pero tu ser
corresponde al mío como los cuerpos químicos de que te hablaba. Yo te
amo también, como en otros tiempos amé a la pobre Lucy. El amor único y
eterno es mentirosa invención de los poetas, de la que se burlan con
frecuencia los hechos. Puede amarse a varias personas con igual
entusiasmo. Lo indispensable es que exista la afinidad. Tú, que amaste
en otro tiempo a un hombre hasta la locura, ¿qué sientes por mí? ¿No me
he engañado? ¿Realmente me quieres...?
Sagrario seguía llorando, con la cabeza baja, como si no osase mirar a
Luna. Éste la apremiaba dulcemente. Debía llamarle Gabriel, hablarle de
tú; ¿no eran compañeros de infortunio?
--Tengo vergüenza...--murmuraba la joven--. Me turba tanta dicha.... Sí;
le quiero a usted... no... te amo, Gabriel. Nunca lo hubiese confesado:
hubiera muerto antes de revelar este secreto. ¿Quién soy yo para que me
amen? Hace tiempo que no me miro al espejo, por no llorar recordando mi
perdida juventud.... Y luego, mi historia, mi horrible historia. ¿Cómo
podía figurarme que usted... digo, que tú, leerías tan claramente en mi
pensamiento? Mira cómo tiemblo; es la impresión, que aún no ha pasado,
el susto de ver descubierto mi secreto. ¡Un hombre como tú descendiendo
hasta mí, fea y enferma para siempre...! No; no me hables del otro. Lo
olvidé hace mucho tiempo; ¿cómo voy a recordarlo ahora que me haces la
limosna de tu cariño? No, Gabriel; tú eres el más grande y el más bueno
de los hombres. Me pareces un dios.
Quedaron silenciosos largo rato, con las manos cogidas, mirando al
obscuro y rumoroso jardín. Arriba continuaba la lamentación del genio
ante la vida que se extingue.
Sagrario se apoyaba en Gabriel, como si le faltasen las fuerzas y,
medrosa ante la felicidad, quisiera refugiarse dentro de él.
--¡Qué tarde te conozco!--dijo en voz queda--. Hubiera querido amarte en
plena juventud; ser hermosa y sana sólo para ti; tener la belleza y los
encantos de una gran señora para endulzar el resto de tu vida. Mi
agradecimiento nada puede ofrecerte. Soy horrible: llevo en mis entrañas
la muerte, que poco a poco me consume. El que me toca queda
envenenado.... Gabriel, ¿por qué te fijaste en mí?
--Porque soy un enfermo, un desgraciado como tú. Nuestra miseria es la
amorosa afinidad.... Además, yo nunca he amado como los demás hombres.
He visto en mis viajes las mujeres más hermosas del mundo, sin sentir el
más leve escalofrío de deseo. No soy un temperamento amoroso. De mis
aventuras allá en París, cuando era joven, salía siempre con un
sentimiento de disgusto. El amor a los desgraciados me domina, hasta el
punto de embotar mis sentidos. Soy como el ebrio y el jugador, que,
obsesionados por su afición, nada sienten ante la mujer. El hombre de
estudio, enfrascado en los libros, experimenta muy débilmente los
llamamientos del sexo. Mi pasión es la lástima por los desheredados, el
odio a la injusticia y la desigualdad. Me absorbe con tal fuerza,
avasalla de tal modo mis facultades, que nunca me ha dejado tiempo para
pensar en el amor. La hembra no me seduce. Adoro a la mujer cuando la
veo desgraciada y triste. La fealdad me impresiona más que la belleza,
porque me habla de las infamias sociales, me ofrece la amargura de lo
injusto, el único vino que reanima mis fuerzas. Amé a Lucy porque era
desgraciada e iba a morir; te amo, Sagrario, porque eres en plena
juventud una desterrada de la vida, a la que nadie puede querer. Mi amor
es para ti, para alegrar lo que te quede de existencia.
Sagrario se apretaba contra el pecho de Gabriel.
--¡Qué bueno eres!--suspiraba--. ¡Qué alma tan hermosa!
--Igual es la tuya, pobre Sagrario. Tu vida ha sido un engaño. Fuiste a
vender tu cuerpo por el hambre y la desesperación, como van las hijas de
los pobres. Creíste encontrar el pan en los falsos simulacros del amor,
como todos los días lo hacen en la tierra centenares de miles de hijas
de proletarios. Todo es para los privilegiados del mundo: los brazos del
padre y el sexo de la hija. Y cuando los brazos se debilitan o el cuerpo
juvenil pierde sus encantos, se arrojan a un lado y se reemplazan. El
mercado es abundante.... Te amo por tu desgracia. Tal vez de verte joven
y hermosa, como en otros tiempos te contemplé, no hubiera sentido la más
leve atracción. La hermosura es una barrera para el sentimiento. La
Sagrario de otra época, con sus ilusiones de ser una gran señora,
halagada por las palabras de jóvenes apuestos vestidos de colores como
pájaros vistosos, no se hubiera fijado en un vagabundo envejecido por la
miseria, feo y enfermo. Nos conocemos porque somos desgraciados. La
miseria nos permite ver nuestras almas; en plena dicha jamás nos
hubiéramos tropezado.
--Es verdad--murmuraba ella, apoyando su cabeza en el hombro de
Gabriel--. Adoro a la miseria que nos permite conocernos.
--Tú serás mi compañera--continuó Luna con entonación dulce--. Nuestras
vidas marcharán juntas hasta que la muerte rompa su abrazo. Yo te
defenderé, aunque de poco sirve el auxilio de un enfermo perseguido por
los hombres. Tú endulzarás mi existencia con tu cariño. Nos amaremos
como esos santos de la Iglesia que estallaban en dulces palabras y
arrobamientos estremecedores, sin osar el menor contacto de la carne. El
amor es el instinto de la conservación de la especie, pero el nuestro
será incompleto, no por odiar, como los santos, las leyes de la
Naturaleza, sino porque las luchas de la vida nos han herido de muerte.
Yo no soy un hombre: las enfermedades de la miseria y la ferocidad de
mis semejantes han quebrantado mi organismo. Apenas si logro sostener mi
vida y no puedo darla a otro ser. Tú llevas en la sangre el veneno de
una civilización viciada. Un hijo de tus entrañas sería un mísero
engendro, con los huesos cariados y las venas llenas de podredumbre. No
aumentemos con tales monstruos la miseria física de los de abajo.
Dejemos a los privilegiados fomentar su decadencia con los vástagos de
sus vicios.
Pasó un brazo por el talle de la joven y levantó con la otra mano su
cabeza, fijando los ojos en los de Sagrario, que brillaban a la luz de
las estrellas con el resplandor acuoso de las lágrimas.
--Seremos dos almas, dos pensamientos que se acariciarán sin dejar
rastro de su pasión, con una pureza como nunca la imaginaron los poetas.
Esta noche en que nos confesamos mutuamente, en que nuestras almas se
abren la una a la otra, es la noche de nuestras bodas... ¡Bésame,
compañera de mi vida!
Y en el silencio del claustro se besaron sin ruido, largamente, como si
llorasen con las bocas juntas la miseria de su pasado y la brevedad de
un amor en torno del cual rondaba la muerte. Arriba, el lamento de
Beethoven seguía desarrollando sus inflexiones dolorosas, esparciéndose
por las entrañas de la catedral dormida.
Gabriel se irguió sosteniendo a Sagrario, que se echaba atrás como
desfallecida por la emoción. Miraba al espacio luminoso con gravedad
sacerdotal, mientras hablaba en voz queda al oído de la joven:
--Nuestra vida será como uno de esos jardines abandonados, donde entre
troncos caídos y ramas secas rebrotan nuevos follajes.... Compañera,
amémonos. Hagamos que sobre nuestra miseria de parias surja la
primavera. Será una primavera triste y sin frutos, pero tendrá flores.
El sol sale para los que están en lo alto; para nosotros, dulce
compañera, está muy lejos; pero, en el negro fondo de nuestro pozo,
abracémonos, irgamos la cabeza, y ya que no nos reanima su calor,
adorémoslo como una estrella lejana.
A principios de julio entró Gabriel en la vigilancia nocturna de la
catedral.
Bajaba a la caída de la tarde al claustro, y en la puerta del Mollete
uníase al otro vigilante, un hombre de aspecto enfermizo, que tosía
tanto como Luna y no abandonaba la manta en pleno verano.
--¡Vaya, al encierro!--decía el campanero, agitando sus llaves.
Y después que los dos hombres entraban en el templo, cerraba las puertas
por fuera, alejándose.
Corno los días eran largos, aún quedaban dos horas de luz cuando los
guardianes entraban en la catedral.
--Toda la iglesia es para nosotros, compañero--decía el otro vigilante.
Y como hombre habituado al aspecto imponente de la catedral abandonada,
metíase en la sacristía como si fuese su casa, abriendo la cesta de la
cena sobre los cajones y alineando los comestibles entre candelabros y
crucifijos.
Gabriel vagaba por el templo. Después de varios días de encierro aún no
se había amortiguado en él la impresión que le produjo ver por primera
vez la iglesia solitaria y cerrada. Sus pasos retumbaban sobre el
pavimento, cortado a trechos por los sepulcros de prelados y grandes
señores de otros siglos. El silencio del templo muerto se alteraba con
extrañas sonoridades y roces misteriosos. El primer día, Gabriel volvió
varias veces la cabeza con alarma, creyendo que unos pasos sonaban
detrás de él.
Fuera del templo aún lucía el sol. Brillaban las ruedas de colores del
rosetón de la gran portada como un plato de flores luminosas. Abajo,
entre las pilastras, la luz parecía aplastarse con la sombra. Descendían
los murciélagos, y con sus alas hacían caer tierra de los agujeros del
embovedado. Chillaban entre las columnas, como si revoloteasen en un
bosque de piedra. En su ciego impulso, chocaban con las cuerdas de las
lámparas o hacían bambolearse los capelos rojos con borlas polvorientas
y deshilachadas que pendían a gran altura sobre las tumbas de los
cardenales.
Gabriel hacía su ronda por toda la iglesia. Empujaba las verjas de los
altares para convencerse de que estaban bien cerradas, tocaba las
puertas de la capilla Mozárabe y de los Reyes, echaba un vistazo a la de
la Sala Capitular y se detenía ante la Virgen del Sagrario. A través de
la reja se veían las lámparas ardiendo, y en lo alto la imagen cargada
de joyas. Después de este examen iba en busca de su camarada, y ambos se
sentaban en el crucero, en las gradas del coro o del altar mayor. Desde
allí se abarcaba todo el templo de un golpe de vista.
Los dos vigilantes comenzaban por encasquetarse las gorras.
--A usted le habrán recomendado--decía el compañero de Gabriel--que
guarde respeto al templo: que si desea echar un cigarro se vaya a la
galería del _Locum_; que si quiere cenar se meta en la sacristía. Lo
mismo me dijeron a mí cuando entré al servicio de la catedral. Palabras
de gentes que se quedan a dormir en sus casas, muy tranquilas. Aquí lo
que importa es vigilar mucho, y fuera de esto, cada uno puede hacer lo
que mejor le parezca para pasar la noche.... A estas horas duermen Dios
y los santos. Algo tienen que descansar después de pasarse el día oyendo
súplicas y cánticos, recibiendo incienso y ardiéndoles los cirios junto
a la cara. Nosotros velamos su sueño, y ¡qué demonio!, no es faltarles
al respeto si nos permitimos alguna libertad. Vaya, compañero, ya va
obscureciendo: juntemos las cenas.
Y los dos vigilantes cenaban en el crucero, extendiendo sobre los
peldaños de mármol las viandas de sus cestas.
El camarada de Gabriel, llevaba en el cinto por todo armamento una
pistola, regalo de la Obrería: una antigüedad que jamás se había
disparado. A Luna le enseñó el _Vara de plata_ una carabina, legada por
el ex guardia civil a la sacristía como recuerdo de sus años de
servicio. Gabriel hizo un gesto de repulsión. Bien estaba allí: ya la
buscaría cuando la necesitase. Y la dejó en el rincón, con unos paquetes
de cartuchos enmohecidos por la humedad y cubiertos de telarañas.
Al cerrar la noche borrábanse en lo alto los colores de las vidrieras, y
en la obscuridad de las naves comenzaban a brillar, como estrellas
macilentas, las luces de las lámparas. Se perdían las proporciones del
templo. Gabriel creía estar a campo raso en una noche obscura,
únicamente al ir de un lado a otro, con la linterna por delante, surgían
de la sombra los contornos de la catedral, más grandes, más monstruosos.
Las pilastras le salían al encuentro, agrandándose, subiendo hasta las
bóvedas a impulsos del resplandor de la linterna. Los cuadros del
embaldosado parecían danzar a cada movimiento de luz. Gabriel, en sus
rondas de vigilancia, sentía batir sobre su cabeza pesadas alas. Al
grito de los murciélagos se unían chillidos lúgubres de pájaros que,
asustados, cortaban el aire, chocando con las pilastras. Eran las
lechuzas, que bajaban atraídas por el aceite de las lámparas,
estremeciendo a éstas con el roce de sus plumas.
Cada media hora se alteraba el silencio de la catedral con un ruido de
muelles disparados y ruedas en movimiento. Después sonaba una campana de
argentino toque. Eran los guerreros dorados de la portada del Reloj que
señalaban el paso del tiempo con sus martillos.
El compañero de Gabriel se lamentaba de las innovaciones establecidas
por el cardenal para fastidiar a los pobres. En otros tiempos, él y su
viejo camarada, una vez encerrados, podían dormir a pierna suelta, sin
miedo a que el cabildo les riñese. Pero Su Eminencia, que siempre estaba
discurriendo el modo de molestar al prójimo, había colocado en lados
distintos de la catedral unos relojitos traídos del extranjero, y había
que ir cada media hora a abrirlos y marcar la presencia. Al día
siguiente los examinaba el _Vara de plata_, y si encontraba un descuido,
imponía multa.
--Una invención del demonio para no dejarnos dormir camarada. Cuando
más, podremos descabezar un sueño. Es preciso ayudarnos. Mientras uno
duerme un rato, el otro se encargará de apuntar en esas malditas
máquinas. Nada de descuidos, ¿eh, novato? La paga es corta, el hambre
mucha, y no estamos para multas.
Gabriel, siempre bondadoso, era el que más rondaba, cuidando
escrupulosamente de los marcadores. Su compañero, el señor Fidel,
descansaba tranquilo, alabando su generosidad. Buen compañero le habían
dado; gustábale más que el antiguo, con sus aires imperiosos de viejo
guardia, siempre riñendo por decidir a quién correspondía levantarse y
hacer la ronda.
El pobre hombre tosía tanto como Gabriel. Sus catarros conmovían el
silencio del templo; se agrandaban con el eco de las naves, como si en
la sombra ladraran perros monstruosos.