en percatarse del trastorno moral. Adivinaba en derredor de su persona
la hostilidad y la rebeldía. Los deudores le contestaban altivamente,
alegando la miseria como un derecho para no sufrir su avaricia; sus
órdenes imperiosas tardaban en ser ejecutadas, y tenía la percepción
clara de que al andar por el claustro se reían a su espalda o le hacían
gestos amenazadores. Un día sintió temblar sus piernas y que los ojos se
le nublaban de emoción al oír cómo contestaba el perrero, a una de sus
reprimendas por haber vuelto tarde a la catedral, obligándole a abrir la
puerta cuando ya iba a acostarse. El _Tato_ le hizo saber con expresión
insolente que se había comprado una navaja y deseaba estrenarla en las
tripas de cualquier cura explotador de los pobres.
La sobrina se quejaba a don Antolín. No la hacían caso, la despreciaban;
ya no venía ninguna mujer a ayudarla gratuitamente en sus faenas. La
respondían insolentemente que la que necesitase criadas debía pagarlas.
¿En qué pensaba su tío? Ya era hora de imponer su autoridad, de meter en
un puño a la gentuza.
Pero ella, tan animosa y enérgica dentro de su casa, tenía que retirarse
bufando de coraje o llorando apenas se asomaba a la puerta. Todas las
mujeres de las Claverías querían vengarse de su antigua servidumbre,
puestas ya en la pendiente del desacato.
--Miradla--gritaba la zapatera a sus vecinas--. Siempre tan compuesta la
tía fea. Se adorna con la sangre que el querindango de su tío chupa de
los pobres.
Y de las rejas de las Claverías altas, que daban sobre los tejados,
salía siempre alguna voz entonando la antigua copla, inspirada sin duda
por el jardín de la catedral:
_Las amas de los curas_
_y los laureles_,
_como nunca dan fruto_
_siempre están verdes_.
Esto es lo que acababa con la paciencia de don Antolín: la injuriosa
suposición sobre él y la sobrina, que turbaba su castidad de avaro.
Visitó al cardenal para quejarse de las gentes del claustro, y Su
Eminencia, que vivía en perpetua indignación, se enfureció escuchándole,
faltando poco para que le pegase. ¿Por qué le iba a él con tales
cuentos? ¿Para qué le había concedido autoridad? ¿Es que bajo la sotana
no tenía nada de hombre? El que faltase a la buena disciplina de la
casa, ¡a la calle inmediatamente! Más energía, y cuidado con molestarle
de nuevo por tales insignificancias, pues entonces quien iría a la calle
sería el _Vara de plata_.
Don Antolín sintióse más animoso después de esta entrevista, aunque juró
mentalmente no visitar otra vez al temible prelado. Estaba resuelto a
imponer su autoridad castigando al más débil, que era para él el origen
de tales escándalos. Expulsaría de las Claverías al zapatero, ya que
estaba en ellas sin otro derecho que haber nacido allí su mujer.
Mariquita, alborozada por la energía de su tío, debió hablar a alguien
de tales propósitos, y la noticia circuló por el claustro.
Don Antolín no osó seguir adelante, aterrado por la unanimidad con que
toda la población se alzó silenciosamente frente a él.
El _Tato_ le miraba con ojillos burlones y amenazantes, en los que el
_Vara de plata_ creía leer: «Acuérdate de la navaja.» Pero lo que más
aterraba a don Antolín era el silencio del campanero, la mirada hosca y
dura con que respondía a sus palabras.
Hasta el bueno de Esteban, el _Vara de palo_, protestaba a su modo,
diciendo con dulzura a don Antolín:
--Pero ¿es verdad que usted quiere echar al zapatero? Hará usted mal,
muy mal. Al fin es un pobre, y su mujer nació en este claustro. Estas
novedades traen siempre desgracia, don Antolín.
Y el sacerdote, falto de apoyo, viendo la hostilidad por todos lados,
dejaba para el día siguiente las resoluciones enérgicas, riñendo a su
sobrina cuando ésta le echaba en cara su debilidad.
El canónigo Obrero, de quien impetraba socorro, no quería turbar la
calma beatífica de su existencia mezclándose en la rebelión de la gente
menuda. Era asunto del _Vara de plata_; podía castigar y despedir a
quien quisiera sin miedo alguno. Pero don Antolín, temblando ante la
responsabilidad que le podían acarrear las decisiones enérgicas, acabó
por entregarse a Gabriel, solicitando su apoyo. Aquel hombre era el que
ejercía la verdadera autoridad en el claustro alto. Todos le escuchaban,
siguiendo ciegamente sus consejos.
--Ayúdame, Gabrielillo--decía el sacerdote con expresión angustiosa--.
Si tú no pones orden, esto acabará muy mal. Se me burlan, hasta insultan
a mi pobre sobrina, y un día echaré a la calle la mitad de la gente de
las Claverías, pues tengo facultades de Su Eminencia para todo... ¡Ay,
Señor! Yo no sé qué ha pasado aquí. El demonio debe ir suelto por el
claustro alto. ¡Cómo me han cambiado a esta gente!
Luna adivinaba el pensamiento de don Antolín: entendía sus alusiones al
demonio que andaba suelto por las Claverías. Aquel demonio era él. Tenía
razón el _Vara de plata_. Sin quererlo, había introducido la
perturbación en la catedral. Buscaba calma y olvido en aquel refugio, y
el espíritu de rebelión le había seguido hasta su escondrijo. Recordaba
sus propósitos del primer día, cuando se vio solo en el silencioso
claustro. Quería ser una piedra más de la catedral, no reflexionar, no
sentir, pasar el resto de su existencia agarrado a aquella ruina, con la
vida embrionaria del musgo de los contrafuertes. Pero el espíritu del
mundo exterior había entrado en él.
Luna recordaba a los viajeros que en tiempos de peste atraviesan el
cordón sanitario. Están sanos y contentos; nada delata la enfermedad en
sus cuerpos. Pero los gérmenes destructores van en los pliegues de sus
ropas y en sus cabellos; conducen la muerte sin saberlo, y la esparcen
sin darse cuenta saltando las barreras y los obstáculos. Él era lo
mismo; pero en vez de propagar la muerte, esparcía la vida tumultuosa y
rebelde. La protesta de los de abajo, que hacía más de un siglo rugía
sobre el mundo, alterando su superficie con el oleaje revolucionario,
entraba con él por primera vez en aquel fragmento del siglo XVI que aún
subsistía. Había despertado a aquellos hombres, iguales a los durmientes
de la leyenda, inmóviles como estatuas en su cueva, mientras pasaban los
siglos y la tierra se transformaba.
La presencia de Luna en la catedral había ejercido un efecto disolvente.
Era una inyección de líquido antiséptico en el tumor del pasado. Todo se
alteraba; veníanse abajo la sumisión y el respeto, obra de siglos.
El despertar de aquellas gentes era impetuoso, como el de un pueblo en
revolución. Se avergonzaban de los antiguos errores que habían adorado,
y esto les hacía acoger como indiscutible todo lo nuevo, sin
atemorizarse ante las consecuencias.. Era la fe del pueblo, que, una vez
toma carrera hacia delante, lo acepta todo, lo defiende todo, sin otra
condición que la de la novedad, y desprecia los principios tradicionales
que acaba de abandonar.
La sumisión cobarde del _Vara de plata_ era la primera victoria de los
más audaces que formaban el acompañamiento de Luna. El sacerdote avaro y
despótico bajaba los ojos ante ellos y sonreía con el deseo de ser
agradable. Esto se lo debían al maestro. Él era ahora el verdadero amo
del claustro alto. Don Antolín le consultaba antes de tomar una
disposición, y la fea de su sobrina sonreía a Gabriel como podrían
sonreír a un héroe triunfador las hijas de los vencidos ofreciéndose.
Ya no se ocultaban en las habitaciones del campanero para reunirse.
Formaban corro por las tardes en el claustro, hablando de las audaces
doctrinas enseñadas por Luna, sin que les intimidara aquel ambiente
religioso. Se sentaban con aire de señores, rodeando al maestro,
mientras por la galería opuesta paseaba el _Vara de plata_ como un
fantasma negro, leyendo su libro de horas y lanzando de vez en cuando
una mirada triste sobre el grupo. ¡Hasta su antiguo vasallo el cura de
las monjas se atrevía a abandonarle para escuchar a Gabriel!
Don Antolín, con su malicia de servidor eclesiástico, adivinaba la
intensidad del daño producido por Luna. Pero al momento, su egoísmo se
sobreponía a la reflexión. Que hablase. ¿Y qué? Un poco de orgullo en
aquella gente y nada más. Todo palabras y humo en la cabeza. ¡Mientras
no pidiesen dinero...! En cambio, tenía un buen auxiliar en Luna, que,
compartiendo la autoridad con él, le evitaba sinsabores y la catedral
disponía gratuitamente de un intérprete para los extranjeros. Algunos de
éstos se hacían lenguas de la gran ilustración de los «sacristanes» de
Toledo, elogio que acogía don Antolín como si fuese dedicado por entero
a su persona.
Gabriel se alarmaba más que el _Vara de plata_ del efecto de sus
palabras. Sentíase arrepentido del momento en que habló por primera vez
de su pasado y sus ideales. Buscaba la paz y el silencio, y le rodeaba
en pequeñas proporciones el mismo ambiente de proselitismo y ciegos
entusiasmos que en su época de martirio. Deseaba anularse y desaparecer
al penetrar en la catedral, y la suerte se burlaba, resucitando al
agitador en pleno escondite, para turbar la paz de aquella ruina. La
sociedad le había olvidado, y él, inconscientemente, se agitaba,
llamando la atención del mundo exterior.
El entusiasmo de aquellos neófitos era un peligro. Su hermano el _Vara
de palo_, sin comprender toda la extensión del mal, le avisaba con su
buen sentido.
--Estás trastornando las cabezas de esos pobres con las cosas que les
dices. Ten cuidado; son muy buenos, pero muy brutos. Cuando se ha sido
ignorante toda la vida, es peligroso querer convertir de un golpe a los
hombres en sabios. Es como si a mí, que estoy acostumbrado al pucherete
casero, me llevasen hoy a la mesa de Su Eminencia. Me atracaría,
bebería fuerte, pero a la noche tendría un cólico y tal vez estírase la
pata.
Gabriel reconocía la verdad de estos consejos prudentes. Pero no podía
retroceder: le arrastraba el afecto de sus discípulos y su antiguo afán
de propagandista. Era para él un placer el asombro de aquellos
pensamientos vírgenes entrando a la desbandada en las habitaciones
luminosas construidas por el pensamiento humano durante siglos.
La descripción de la humanidad del porvenir enardecía el entusiasmo de
Luna. Hablaba de la felicidad de los hombres después de un golpe
revolucionario que cambiase la organización de la humanidad, con
arrobamiento místico, como un predicador cristiano al describir el
cielo.
El hombre debía buscar la felicidad únicamente en este mundo. Tras de la
muerte sólo existía la vida infinita de la materia, con sus innumerables
combinaciones; pero el ser humano anulábase como la planta o la bestia
irracional: caía en la nada al caer en la tumba. La inmortalidad del
alma era una ilusión del orgullo humano, que explotaban las religiones,
haciendo de esta mentira su fundamento. Sólo en la vida podía
encontrarse el cielo del hombre. Todos iban embarcados por la inmensidad
en el mismo navio: la Tierra. Todos eran camaradas de peligros y luchas,
y debían mirarse como hermanos, buscando el bienestar común. ¿A qué el
reparto desigual de los víveres, la división de castas, la competencia
en el trabajo, y sobre todo, la lucha por la existencia, que los
filósofos y poetas de la clase explotadora pintaban como una condición
indispensable de progreso...? El comunismo era la santa aspiración de la
humanidad, el ensueño divino del hombre desde que comenzó a pensar, en
los albores de la civilización. Habían intentado establecerlo las
religiones. Pero la religión había fracasado, estaba moribunda, y sólo
la ciencia podía imponerlo al porvenir. Debían desandar lo andado, ya
que la humanidad marchaba por un camino de perdición: era forzoso volver
al punto de partida. El primero que por haber cultivado una porción de
tierra, después de recolectar el fruto del trabajo la creyó suya para
siempre, dejándola como propiedad a sus hijos, que buscaron otros
hombres para que la cultivasen, ése era un ladrón, un detentador de la
fortuna universal. Y lo mismo los que se aprovechaban de los inventos
del genio humano, máquinas, etc., para beneficio de una pequeña minoría
explotadora, sujetando al resto de los hombres a la ley del hambre. No;
todo era de todos. La tierra pertenecía a los humanos, sin excepción,
como el sol y como el aire. Sus productos debían repartirse entre todos,
con arreglo a sus necesidades. Era vergonzoso que el hombre, que sólo
aparecía un instante sobre el planeta, un minuto, un segundo, pues su
vida no equivalía a más ante la vida de la inmensidad, pasase este soplo
de existencia peleándose con el semejante, robándolo, agitado por la
fiebre del despojo, sin gozar siquiera la majestuosa calma de la bestia
feroz, que, cuando ha comido, reposa, sin ocurrírsele causar daño por
vanidad o avaricia. No debían existir ricos ni pobres: hombres nada más.
La única división inevitable sería la de los cerebros mejor o peor
organizados. Pero los sabios, por el hecho de serlo, debían mostrar su
grandeza sacrificándose por los simples, sin querer ayudar con ventajas
materiales las grandezas del espíritu, ya que en los estómagos no caben
categorías ni eminencias. Todo lo que existe, hasta el más
insignificante producto que el hombre cree obra exclusiva suya, es
debido a las generaciones del pasado y del presente. ¿Con qué derecho
podía decir nadie: «Esto es mío, mío nada más»...? Al hombre no le
consultan antes de formarse si quiere surgir a la vida. Nace, y por
nacer tiene derecho al bienestar. Gabriel proclamaba su fórmula suprema:
«Todo de todos, y el bienestar para todos.»
Sus amigos escuchaban con religioso silencio. Grabábase profundamente en
su pensamiento el derecho al bienestar, la afirmación que más cruelmente
contrastaba con su miseria, vejada por las suntuosidades del templo.
Don Martín, el cura joven, era el único que tímidamente oponía algunas
objeciones al maestro. Había que saber si cuando todo fuese de todos,
cuando el hombre tuviese reconocido su derecho a la felicidad, sin leyes
ni coacciones que le obligasen a la producción, querría trabajar, siendo
el trabajo una necesidad y no una virtud, como dicen para embellecerlo
los que lo explotan.
Gabriel afirmaba rotundamente la laboriosidad del porvenir. El hombre
futuro trabajaría sin que le obligasen las necesidades. No le guiaría el
cuerpo con sus imperiosas peticiones; le inspiraría su conciencia la
noción clara de la solidaridad con sus semejantes, la certeza de que,
desertando del deber social, otros imitarían su ejemplo, y resultaría
imposible la vida común, retrocediéndose a los tiempos actuales de
miseria y rapiña.
--¿Por qué no matan y roban--exclamaba Gabriel--los pocos hombres cultos
y de conciencia sana que existen en esta época? No es por miedo a la ley
y a sus representantes, pues una inteligencia clara, por poco que se
esfuerce, puede encontrar medios para burlarlos. No es tampoco por miedo
a las penas eternas ni a los castigos divinos, pues esos hombres no
creen en tales invenciones del pasado. Es por ese respeto al semejante
que siente todo espíritu superior; por la consideración de que la
violencia debe ser evitada, ya que, si todos se entregasen a ella, la
vida social desaparecería... Cuando este pensamiento, que hoy es el de
unos pocos, se extienda, abarcando a toda la humanidad, los hombres
vivirán por su propia conciencia, sin leyes y sin gendarmes, trabajando
por deber social, sin necesitar del hombre como único resorte de
actividad y de la explotación sin entrañas como único medio de descanso.
Luna, al través de sus ardores de revolucionario, no se hacía ilusiones
sobre el presente. La humanidad era todavía una tierra infecta en la que
se corrompían las mejores semillas, dando, cuando más, frutos venenosos.
Había que aguardar a que se completase en la conciencia humana la
revolución igualitaria que se había iniciado aún no hacía un siglo.
Después de esto sería posible y fácil cambiar las bases de la sociedad.
Él tenía una fe ciega en el porvenir. El hombre progresaba del mismo
modo que las sociedades. Éstas contaban sus evoluciones por siglos y el
ser humano por millares de años. ¿Cómo comparar al hombre de hoy con el
animal bípedo de la época prehistórica, llevando aún visibles los restos
de la animalidad de que acababa de despojarse, viviendo en camaradería
con sus abuelos los monos, sin más diferencia que el primer balbuceo del
lenguaje y la vacilante chispa que comenzaba a arder en su cerebro?
De la bestia hambrienta de los primeros tiempos, perseguida por las
crueldades de la Naturaleza y viviendo en fraternal miseria con los
animales inferiores, salía el hombre de hoy, que afirmaba su soberanía
sobre los ascendientes, dominando a la Naturaleza. Del hombre de hoy, en
el que todavía se equilibran las pasiones de la antigua animalidad con
el naciente desarrollo del pensamiento, surgiría el ser superior y
perfecto soñado por los filósofos, limpio de egoísmos bestiales y atento
a convertir en un período de bienestar igualitario la vida actual, cruel
y agitada por la incertidumbre.
La animalidad todavía dominante en el hombre exasperaba a Gabriel. Era
el obstáculo con que tropezaban los planes generosos del porvenir. Y
exponía ante sus oyentes atónitos las transformaciones de la creación
natural y el origen del hombre: el inmenso poema de las evoluciones de
la Naturaleza, desde el protoplasma originario hasta las infinitas
variedades de la vida. Aún llevábamos en nosotros las marcas del origen.
Había que reírse del Dios personal de los judíos, que había modelado en
barro al hombre, lo mismo que un estatuario. ¡Desdichado artista! La
ciencia señalaba en su obra descuidos y chapuces, sin que él pudiera
justificar tales faltas. El vello de nuestros cuerpos no nos sirve de
abrigo como el pelo de los animales: ¿para qué, pues, crearlo? ¿Para qué
dar tetillas a los machos humanos, si no pueden servirles para la
lactancia? ¿Para qué situar la columna vertebral en el dorso del cuerpo,
lo mismo que en los cuadrúpedos, cuando lo lógico, al «crear» al hombre
sostenido sobre los pies, era colocarla en el centro del cuerpo como eje
fortísimo, evitando las desviaciones y enfermedades de la espina que hoy
sufre por este desequilibrio en la sustentación de su peso?
Gabriel enumeraba las incongruencias inexplicables que se encontraban en
el cuerpo humano suponiéndole un origen divino.
--A mí--decía--me enorgullece más mi origen animal, ser un descendiente
histórico de seres inferiores, que haber salido imperfecto de las manos
de un Dios torpe. Siento la misma satisfacción que los nobles hablando
de sus ascendientes, cuando pienso en nuestros remotísimos abuelos los
hombres bestias, sometidos como todos los animales a los ciegos rigores
de la Naturaleza, y que poco a poco, a través de centenares de siglos,
se transforman y triunfan, desarrollando su espíritu, su cerebro y sus
instintos sociales. Creando los vestidos, el alimento condimentado, las
armas, las herramientas y las habitaciones, neutralizaron las
influencias exteriores de la Naturaleza. ¿Qué héroe ni descubridor, en
los cuatro mil años que comprende nuestra historia, puede compararse con
aquellos esbozos de hombres que lentamente afirmaron sobre la tierra la
existencia de nuestra especie, mil veces expuesta a desaparecer...? El
día en que nuestro abuelo prehistórico guardó al enfermo y al herido, en
vez de abandonarlo, como venían haciéndolo todos los animales; en que
plantó la primera simiente y arrojó la primera flecha, la Naturaleza
presenció la más grande de las revoluciones. Sólo otra en el porvenir
podía igualarla: si el hombre libertó su cuerpo en tiempos remotos, le
falta ahora la gran revolución del espíritu. Las razas que lleguen más
lejos en su desarrollo intelectual quedarán al fin solas, anularán a
las demás y serán señoras de la tierra. Los menos sabios de entonces
serán tal vez superiores a los espíritus más cultivados del presente.
Cada individuo encontrará su felicidad en la felicidad del semejante y
nadie soñará con ejercer coacción sobre el vecino. No existirán leyes,
ni penas, y las asociaciones voluntarias suplirán, por la influencia de
la razón, las imposiciones presentes del autoritarismo. Esto será en lo
porvenir... lejos, muy lejos. Pero ¡qué significan los siglos en la vida
de la humanidad! Son como segundos de nuestra existencia. El día que el
hombre se transforme en ese ser superior, con todo el desarrollo de sus
facultades intelectuales, hoy casi embrionarias, la tierra ya no será el
valle de lágrimas de que hablan las religiones, sino un paraíso como no
lo soñaron los poetas.
A pesar del entusiasmo con que hablaba Gabriel, sus oyentes no parecían
participar de tales ilusiones. Callaban, pero su gesto era de frialdad
ante la distancia enorme de aquel porvenir en el que depositaba el
maestro sus esperanzas de bienestar. Ellos lo querían al momento, con la
avidez del niño al que se muestra una golosina poniéndola después fuera
de su alcance. El sacrificio, la obra lenta en favor del porvenir, no
les entusiasmaba. De las explicaciones de Gabriel deducían la certeza de
que eran infelices, teniendo el mismo derecho al bienestar que aquellos
privilegiados a los que antes respetaban en su ignorancia. Puesto que
les correspondía una parte de la felicidad humana, la querían al
momento, sin demoras ni resistencias, con el ardor del que reclama lo
que le pertenece. Y Luna notaba en este silencio cierta rebeldía
semejante al irónico gesto con que los compañeros de Barcelona acogían
sus ilusiones sobre el porvenir y sus anatemas a las violencias de la
acción.
Los ardientes neófitos se distanciaban de su iniciador. Le oían con
respeto, pero necesitaban aislarse de él para digerir a su modo las
enseñanzas. Don Martín era el único que le seguía en su marcha ilusoria
por el porvenir. El campanero, el manchador, el zapatero y el _Tato_
subían por la noche a las habitaciones de la torre sin llamar al
maestro, y allí exhalaban su odio contra lo existente, frente a las
estampas olvidadas, amarillentas y rugosas que reproducían los episodios
sin gloria de la guerra carlista.
La nocturna reunión era una queja continua contra la injusticia social.
Se sentían más desgraciados al darse cuenta exacta de su estado. El
zapatero recordaba con los ojos lacrimosos al pequeñuelo muerto de
hambre, y hablaba de la miseria de su prole, tan numerosa que hacía
inútil su trabajo. El manchador exhibía su vejez miserable, los seis
reales diarios durante toda su vida, sin esperanzas de llegar a más. El
_Tato_, en sus arranques de gallito bravucón, proponía degollar una
tarde en el coro a todos los canónigos, prendiendo después fuego a la
catedral. Y el campanero, sombrío y ceñudo, repetía en alta voz,
continuando el curso de sus pensamientos:
--Y abajo, tantas riquezas que no sirven a nadie... amontonadas por puro
orgullo... ¡Ladrones!, ¡ladrones...!
Gabriel volvió a pasar los días al lado de Sagrario. Los discípulos se
ocultaban cada vez con más empeño en su aislamiento de la torre. Don
Martín tenía a su madre enferma y no abandonaba el convento.
El _Vara de plata_ estaba satisfecho de Luna viéndolo solo. Creía que
era él quien había repelido a los discípulos, cortando de este modo sus
peligrosas conversaciones, para restablecer el buen orden en el
claustro. Un día le abordó, sonriéndole con expresión protectora:
--Vas a tener, Gabrielillo, antes de lo que piensas, el premio de tu
buena conducta. ¿No te dije que buscaría algo para ti, a cambio de que
me ayudases a enseñar el Tesoro? Pues ya lo tienes. Desde la próxima
semana te caerán en el bolsillo todos los días dos pesetas como dos
soles. ¿Eres capaz de quedarte por la noche en la catedral...? El
guardián más viejo, uno que fue guardia civil, está cansado y se va a su
pueblo. Parece que desde que murió el perro le ha tomado antipatía al
servicio. El otro guardián está enfermucho y necesita compañero.
¿Quieres serlo tú? Si estuviésemos en invierno, nada te diría. Toses
demasiado para pasar la noche abajo. Pero en verano, la catedral es el
sitio más fresco de Toledo. ¡Las grandes noches! Y cuando llegue el mal
tiempo ya te buscaremos otra colocación mejor. Tú eres de confianza,
aunque algo ligero de cabeza; de una familia honrada y conocida, que es
lo que se pide. ¿Aceptas...?
Luna aceptó, imponiendo su voluntad a Esteban cuando éste quiso
protestar alegando su falta de salud. Sólo haría el servicio de
vigilancia mientras durase el verano. Además, eran dos pesetas diarias,
casi más de lo que ganaba el _Vara de palo_. Los ingresos de la casa
iban a doblarse, y no era cosa de perder tan buena ocasión.