Visitación, tan buena, tan cariñosa, tan mansita para todo, convertida
en una cualquiera por esos miserables! ¡Una amante que he sacado para mi
diversión del Colegio de Doncellas nobles...! ¡Como si yo, viejo y
enfermo, estuviera para pensar en esas porquerías! ¡Indecentes...!,
¡miserables...! ¡Por menos se cometen muchos crímenes...!
--Déjelos que digan; Dios está en lo alto y nos ve a todos.
--Lo sé; pero esto no basta a tranquilizarme. Tú tienes hijos, Tomasa, y
conoces lo que es quererlos. No sólo nos hiere lo que se hace contra
ellos, sino lo que se dice... ¡Qué días llevo de sufrimiento! De pequeño
ya sabes que toda mi ilusión era llegar a lo que soy. Miraba el trono
del coro y pensaba en lo bien que se estaría en él, en la inmensa
felicidad de ser príncipe de la Iglesia. Pues bien; ya estoy en el
trono. He caminado medio siglo apartando las piedras, dejando la piel y
hasta la carne en las zarzas de la cuesta. ¡Yo sé cómo pude salir del
montón negro y llegar a obispo! Después... ¡ya soy arzobispo!, ¡ya soy
cardenal!, ¡ya no puedo llegar a más! ¿Y qué? La felicidad siempre
marcha delante de nosotros, como la nube de luz que guiaba a los
israelitas. La vemos, casi la tocamos, pero no se deja coger. Me siento
ahora más infeliz que en la época en que luchaba por ser algo y me creía
el más desgraciado de los hombres. No tengo la juventud: la altura en
que me veo, fijas en mí todas las miradas, me impide defenderme. ¡Ay,
Tomasa! Compadéceme, soy digno de lástima. ¡Ser padre, y tener que
ocultarlo como un crimen! ¡Querer a mi hija con un cariño que se
acrecienta más y más conforme se aproxima la muerte, y tener que sufrir
que la gente tome este afecto tan puro por algo repugnante...!
Y la terrible mirada de don Sebastián, que asustaba a toda la diócesis,
nublóse con lágrimas.
--Además, tengo otras penas--continuó--, pero son de hombre previsor que
teme el porvenir. Cuando muera, todo lo que tengo será para mi hija.
Juanito cuenta con lo de su madre, que era rica, y además tiene una
carrera y el apoyo de mis amigos. Visitación será poderosa. Ya sabes
que-mis adversarios me echan en cara lo que ellos llaman mi avaricia.
Avaricioso, no: previsor, amante del bienestar de los míos. He ahorrado
mucho; no soy de los que reparten pan a la puerta de su palacio, ni
busco la celebridad por la limosna. Tengo dehesas en Extremadura, muchas
viñas en la Mancha, casas, y sobre todo, papel del Estado, mucho papel.
Como buen español, quiero ayudar al gobierno con mi dinero, tanto más
cuanto que ésto produce ganancias. No sé ciertamente lo que poseo: serán
veinte millones de reales: tal vez más. Todo ahorrado por mí, aumentado
con buenos negocios. No puedo quejarme de la suerte; el Señor me ha
ayudado. ¡Y todo para mi pobre Visitación! Mi gozo sería verla casada
con un hombre bueno, pero ella no quiere separarse de mí. Le atrae la
iglesia, y éste es mi miedo. No lo extrañes, Tomasa; yo, príncipe de la
Iglesia, tiemblo al ver cómo se entrega a la devoción, y hago cuanto
puedo por desviarla. Me gusta la mujer religiosa, no la devota que sólo
se encuentra bien en la iglesia. La mujer debe vivir, debe gozar y ser
madre. Siempre he mirado mal a las monjas.
--Déjela, señor--dijo la jardinera--. Nada tiene de extraño que le guste
la iglesia. Del modo como vive, no puede tener otras aficiones.
--Por hoy, nada temo. Estoy a su lado, y nada me importa que guste del
trato con monjitas. Pero puedo morir mañana, y ¡figúrate qué magnífico
bocado será la pobre Visita con sus millones, sola, y con esa afición a
la vida religiosa, que otros más listos pueden explotar...! Yo he visto
mucho; soy de la clase y estoy en el secreto. No faltan órdenes
religiosas que se dedican a la caza de herencias, para mayor gloria de
Dios, según dicen. Además, andan por ahí esas monjas extranjeras, de
gran papalina, que son linces para esta clase de trabajo. Me aterra el
pensar que caigan sobre mi hija. Yo soy del catolicismo a la antigua, de
aquella religiosidad española neta: un catolicismo castellano, como
quien dice de panllevar, limpio de extranjerías modernas. Sería triste
haber pasado la vida ahorrando, para engordar a los jesuítas o a esas
hermanas que no saben hablar en castellano. No quiero que mis dineros
sufran la misma suerte que los del sacristán del adagio. Por esto, a los
sinsabores de mi lucha con la gentuza enemiga se une el dolor que me
causa el carácter débil de mi hija. Tal vez la cacen, y algún tuno se
ría de mí apoderándose de mi dinero.
Y excitado por sus negros pensamientos, soltó una interjección castiza y
obscena, recuerdo de sus tiempos de soldado. En presencia de la
jardinera, no tenía por qué contenerse. La vieja estaba acostumbrada a
los desahogos de su carácter.
--Vamos a ver--dijo imperiosamente, después de un largo silencio--. Tú
que me conoces mejor que nadie: ¿soy tan malo como suponen los enemigos?
¿Merezco que el Señor me castigue por mis faltas? Tú eres un alma de
Dios, sencilla y buena, y sabes más de esto con tu instinto que todos
los doctores en Teología.
--¿Usted malo, don Sebastián? ¡Jesús...! Usted es un hombre como los
otros: ni más ni menos. Tal vez mejor que muchos, pues es sencillo,
todo de una pieza, sin engaños ni hipocresías.
--Un hombre: tú lo has dicho. Soy un hombre como los demás. Los que
llegamos a cierta altura somos como los santos que están en las fachadas
de las iglesias. De abajo, causan admiración por su hermosura; vistos de
cerca, producen horror por la fealdad de la piedra roída por el tiempo.
Por más que intentemos santificarnos, poniéndonos a distancia, no somos
más que hombres; seres de carne flaca para aquellos que nos rodean. En
la Iglesia son contadísimos los que se libran de las pasiones humanas.
¡Y quién sabe si aun esos pocos privilegiados no se sienten mordidos por
el demonio de la vanidad, y al extremar los ascetismos de su vida,
piensan en la gloria de verse en los altares...! El sacerdote que logra
dominar la carne cae en la avaricia, que es el vicio eclesiástico por
excelencia. Yo jamás he atesorado por vicio; he ahorrado para los míos,
nunca para mí.
Calló largo rato el prelado; pero en su irresistible afán de confesarse
con la sencilla mujer, continuó:
--Estoy seguro de que no me despreciará Dios cuando llegue mi hora. Su
infinita misericordia está por encima de todas las pequeñeces de la
vida. ¿Cuál es mi delito? Haber amado a una mujer, como mi padre amó a
mi madre; tener hijos, como los tuvieron apóstoles y santos. ¿Y qué? El
celibato eclesiástico es una invención de los hombres, un detalle de
disciplina acordado en los concilios; pero la carne y sus exigencias son
anteriores en muchísimos siglos: datan del Paraíso. Quien salta esta
barrera, no por vicio, sino por pasión irresistible, porque no puede
vencer el impulso de crear una familia y tener una compañera, ése falta
indudablemente a las leyes de la Iglesia, pero no desobedece a Dios....
Al aproximarse la muerte, tengo miedo. Muchas noches dudo y tiemblo como
un niño.... Yo he servido a Dios a mi modo. En otros tiempos le hubiera
defendido con la espada, peleando contra los herejes; ahora soy su
sacerdote, y por él batallo cada vez que veo la impiedad de los tiempos
cercenar algo de su gloria. El Señor me perdonará, recibiéndome en su
seno. Tú que eres tan buena, Tomasa, y tienes alma de ángel bajo tu
corteza ruda, ¿no lo crees así...?
La jardinera sonrió, y sus palabras atravesaron con lentitud el silencio
de la tarde agonizante.
--Tranquilícese, don Sebastián. Yo he visto muchos santos en esta casa,
y valían menos que usted. Por asegurar su salvación hubiesen abandonado
a los hijos. Por mantener lo que llaman la pureza del alma habrían
renegado de la familia. Créame usted a mí: aquí no entran santos;
hombres, todos hombres. No hay que arrepentirse de haber seguido el
impulso del corazón. Dios nos hizo a su imagen y semejanza, y por algo
nos puso el sentimiento de la familia. Lo demás, castidad, celibato y
otras zarandajas, lo inventaron ustedes para distinguirse del común de
las gentes. Sea usted hombre, don Sebastián, que cuanto más lo sea,
resultará más bueno y mejor lo acogerá el Señor en su gloria.
IX
Pocos días después del Corpus, una mañana don Antolín fue en busca de
Gabriel. El _Vara de plata_ sonreía a Luna, hablándole con aire
protector.
Había pensado en él toda la noche. Le dolía verle inactivo, paseando por
el claustro. La falta de ocupación era lo que le inspiraba aquellas
ideas tan perversas.
--Vamos a ver--añadió--: ¿te convendría bajar conmigo todas las tardes a
la catedral para enseñar el Tesoro y las demás preciosidades? Vienen
muchos extranjeros que apenas si se dejan entender cuando me preguntan.
Tú conoces su lenguaje: sabes el francés, el inglés y no sé cuántos
idiomas más, según afirma tu hermano. La catedral ganaría mucho pudiendo
demostrar a esos extranjeros que tiene un intérprete a su disposición;
tú nos harías un favor y no perderías nada. Siempre es un
entretenimiento ver caras nuevas. En cuanto a recompensa....
Se detuvo aquí don Antolín, rascándose la cabeza por debajo del bonete.
Vería de arañar algo de los fondos de la Obrería; si no era posible en
el primer momento, por estar flaca y escurrida la renta de la Primada,
ya se proveería más adelante. Y aguardó con mirada ansiosa la respuesta
de Gabriel. Éste mostróse conforme. Al fin era un huésped de la
catedral, y algo la debía. Y desde aquella tarde bajó al templo a la
hora de coro para enseñar a los extranjeros las riquezas de la iglesia.
Nunca faltaban viajeros que, exhibiendo los papelillos de colores de don
Antolín, esperaban el momento de admirar las alhajas. El _Vara de plata_
no veía un extranjero que no se imaginase que era un lord o un duque,
extrañándose muchas veces de su desgarbo en el vestir. Para él, sólo los
grandes de la tierra podían permitirse el placer de viajar, y abría unos
ojos escandalizados e incrédulos cuando Gabriel afirmaba que muchas de
aquellas gentes eran zapateros de Londres o tenderos de París que se
daban en las vacaciones el regalo de una excursión por el antiguo país
de los moros.
Avanzaban por las naves cinco canónigos con sobrepellices de coro, cada
uno con una llave en la mano. Eran los guardadores del Tesoro. Abría
cada cual la cerradura confiada a su custodia, giraba pesadamente la
puerta y quedaba abierta la capilla con sus antiguas riquezas. En
enormes vitrinas, como en un museo, se exhibía la vieja opulencia de la
catedral: imágenes de plata maciza; globos enormes coronados por
graciosas figurillas, todo de precioso metal; arquillas de marfil de
complicada labor; custodias y viriles de oro; enormes platos dorados y
repujados, con escenas mitológicas que resucitaban la alegría del
paganismo en aquel rincón sórdido y polvoriento del templo cristiano.
Las piedras preciosas extendían su gama de colores por pectorales,
mitras y mantos de la Virgen. Eran diamantes tan enormes que hacían
dudar de su autenticidad, esmeraldas del tamaño de guijarros, amatistas,
topacios y perlas, muchas perlas, a centenares, a miles, caídas como
granizo sobre las vestiduras de la Virgen, Los forasteros admirábanse
ante esta opulencia, deslumbrados por su enormidad, mientras Gabriel,
habituado a la visita diaria, lo miraba todo fríamente. El Tesoro tenía
un aire de vetustez lamentable. Las riquezas habían envejecido con la
catedral. Los diamantes no brillaban, el oro parecía empañado y
polvoriento, la plata se ennegrecía, las perlas estaban opacas y como
muertas. El humo de los cirios y el ambiente rancio del templo lo habían
patinado todo tristemente.
«La Iglesia--se decía Gabriel--envejece cuanto toca. Las riquezas
pierden el brillo en sus manos, como las joyas que caen en poder de los
usureros. El diamante se empaña en el seno de la gran avara; el cuadro
más hermoso se ennegrece en sus altares.»
Tras de la visita al Tesoro venía la exhibición del Ochavo, la capilla
octogonal de mármoles obscuros: panteón de reliquias donde los despojos
humanos más repugnantes, las calaveras de horrible risa, los brazos
momificados y las vértebras cariadas se mostraban en vasos de plata y
oro. La piedad de otros siglos, crédula y grosera, aparecía tan absurda
al mostrarse en pleno siglo de descreimiento, que el mismo don Antolín,
tan intransigente hablando de las glorias de su catedral, bajaba la voz
y apresuraba la relación al señalar el pedazo de manto de santa Leocadia
cuando se «apareció» al arzobispo de Toledo, comprendiendo lo difícil
que era explicar de qué tela se vestían las apariciones.
Gabriel traducía fielmente la explicación del _Vara de plata_,
recalcándola muchas veces con irónica gravedad, mientras los canónigos
que escoltaban la caravana de forasteros alejábanse algunos pasos con
aire distraído para evitar preguntas.
Un inglés flemático interrumpió un día al intérprete:
--¿Y no tienen ustedes ninguna pluma de las alas de san Miguel?
--No, señor, y es lástima--contestó Luna con igual seriedad--. Pero ya
la encontrará usted en otra catedral. Aquí no podemos tenerlo todo.
En la Sala Capitular, mezcla de arquitectura árabe y gótica, admiraban
los visitantes la doble fila de arzobispos toledanos pintados en la
pared con mitras y báculos de oro. Gabriel llamaba la atención sobre don
Cerebruno, el prelado medioeval, llamado así por su enorme cabeza. Pero
el guardarropa era lo que mayor asombro producía en los forasteros.
Era una pieza con grandes estanterías y armarios de madera vieja. Por
encima de aquéllas, las paredes estaban cubiertas con grandes cuadros
empolvados y rotos, copias de la pintura flamenca que el cabildo había
relegado a aquel rincón. Sobre la estantería se alineaban los antiguos
sillones de la casa: unos a la española, austeros, de líneas rectas, con
deshilachados rapacejos; otros de forma griega, con las patas curvas y
embutidos de marfil. Las capas y casullas se apilaban en los estantes
por clasificación de tonos, con la esclavina fuera del montón, para que
pudieran admirarse los prodigios del bordado. Todo un mundo de
figurillas vivía con la fuerza del color en unas cuantas pulgadas de
tela. El arte asombroso de los antiguos bordadores daba a la seda las
apariencias de vida de la pintura. La esclavina y las tiras de una capa
bastaban para reproducir todas las escenas de la creación bíblica o de
la Pasión de Jesús. El brocado y la seda desarrollaban la magnificencia
de sus tejidos. Una capa era un jardín de encendidos claveles; otra, un
arriate de rosas o de flores fantásticas de enroscados estambres y
pétalos metálicos. Sacaban los sacristanes de profundos estantes, como
si fuesen libros de tela y madera, los famosos frontales del altar
mayor. Los había especiales para cada fiesta. El de san Juan, alegre y
risueño como una verbena, con corderos de oro y prietos racimos que
acariciaban con sus manos mantecosas los angelitos gordinflones. Los más
antiguos, de tonos suaves y desmayados, mostraban jardines persas, con
fontanas azules en las que bebían rojizas bestias.
Los visitantes se aturdían viendo desplegar telas y más telas, todo el
pasado de una catedral que, teniendo millones de renta, empleaba para su
embellecimiento ejércitos de bordadores y acaparaba las más ricas telas
de Valencia y Sevilla, reproduciendo en oro y colores los episodios de
los libros santos y los tormentos de los mártires. Era la leyenda
gloriosa de la Iglesia eternizada por la aguja antes de que pudiese
hacerlo la imprenta.
Gabriel volvía todas las tardes al claustro alto aburrido por este paseo
a lo largo de la catedral. En los primeros días le sedujo la novedad de
ver caras extrañas, de sentir el roce de aquel arroyuelo de curiosos
que, bifurcándose de la gran inundación de viajeros que corrían Europa,
llegaba hasta Toledo. Pero al poco tiempo le parecieron iguales las
gentes que veía todas las tardes. Eran las mismas preguntas, las mismas
inglesas tiesas y de cara dura, iguales ¡oooh! de admiración fríos y
convencionales, e idéntica manera de volver la espalda con grosera
altivez cuando nada quedaba por enseñar.
Al volver a la tranquilidad del claustro alto, después de la diaria
exhibición de las riquezas, Gabriel encontraba más repugnante e
intolerable la miseria de las Claverías. El zapatero le parecía más
amarillento y triste en el rancio ambiente de su tugurio, encorvado ante
la mesilla, martilleando la suela; su mujer más débil y enfermiza,
mísera esclava de la maternidad, debilitada por el hambre y ofreciendo
como única esperanza al hijo pequeño aquellas ubres flácidas, de las que
sólo podía surgir sangre. El pequeñín se le moría. Sagrario, que
abandonaba su máquina para pasar gran parte del día en casa del
zapatero, así lo decía en voz baja a su tío. Ella hacía las faenas de
la casa, mientras la pobre madre, inmóvil en una silla, con el
pequeñuelo en el regazo, lo contemplaba con ojos llorosos. Cuando la
criatura despertaba de su sopor, levantando trabajosamente la cabeza
sobre el cuello delgado como un hilo, la madre, para ahogar sus gemidos
débiles, lo aproximaba al pecho; pero el pequeño retiraba la boca
adivinando la inutilidad de sus esfuerzos en aquel colgajo de carne del
que sólo lograba extraer una triste gota.
Gabriel examinaba al pequeño, fijándose en su delgadez esquelética y las
extrañas manchas que la escrófula extendía sobre su piel de color de
paja. Movía la cabeza incrédulamente cuando las vecinas, agrupadas en
torno del enfermo, le atribuían cada una dolencias distintas,
aconsejando remedios caseros, desde los cocimientos de hierbas raras y
unturas hediondas, hasta la aplicación en el pecho de estampitas
milagrosas y trazarle siete cruces en el ombligo con otros tantos
padrenuestros.
--Es hambre--decía Luna a su sobrina--, nada más que hambre.
Y privándose de una parte de su alimento, pasaba a casa del zapatero la
leche que subían para él. Pero el estómago del pequeño no podía sufrir
el líquido, demasiado substancioso para su debilidad, y lo arrojaba
apenas ingerido. Tía Tomasa, la jardinera, con su carácter enérgico y
emprendedor, trajo una mujer de fuera de la catedral para que diese su
pecho al enfermo. Pero a los dos días, antes de que se pudieran apreciar
los efectos, ya no volvió, como si le repugnase aproximar a sus ubres
aquel cuerpecito exangüe que parecía un cadáver. En vano buscó la
jardinera; no era fácil encontrar pechos generosos que diesen su leche
por poco precio.
Y mientras tanto, el niño se moría. Todas las mujeres entraban en la
habitación del zapatero. Hasta don Antolín se asomaba por las mañanas a
la puerta.
¿Cómo está el pequeño? ¿Igual...? ¡Todo sea por Dios!
Y se retiraba, haciendo al zapatero la gran caridad de no hablarle de
las pesetas que le debía, en atención al hijo enfermo.
El _Azul de la Virgen_ mostrábase indignado por este incidente que
turbaba la calma del claustro y la beatitud de sus digestiones de
servidor de la iglesia feliz y bien cebado. Era una vergüenza que aquel
zapaterín se hubiese aposentado en las Claverías con su pobreza y todo
el rebaño de hijos tiñosos y miserables. Moriría uno cada mes: iban a
pegarles sus enfermedades. ¿Y con qué derecho estaban en la catedral si
no cobraban sueldo alguno de la Obrería? Tales hediondeces debían
quedarse fuera de la casa del Señor. Su suegra se indignaba.
--¡Calla, ladrón de santos--decía--; calla, o te tiro un plato! Todos
somos hijos de Dios, y si las cosas fuesen derechas, los pobres debían
vivir en la catedral. Mejor sería que en vez de decir tales cosas les
dieses a esos infelices algo de lo que robas a la Virgen.
El sacristán levantaba los hombros con desprecio. Ya que no tenían para
comer, que no hiciesen hijos. Allí estaba él con solo una hija. No se
creía con derecho a más, y eso que, gracias a Nuestra Señora, guardaba
un mendrugo para la vejez.
Tomasa hablaba del niño del zapatero a los buenos señores del cabildo
que después del coro se detenían un momento en el jardín. La oían
distraídos, hundiendo su mano en la sotana.
--¡Todo sea por Dios! ¡Cuánta miseria...!
Y unos la daban diez céntimos, otros un real; hasta hubo quien llegó a
dar una peseta. La jardinera pasó un día al palacio del arzobispo, pero
don Sebastián estaba con el arrechucho y no quiso recibirla, envíandola
dos pesetas con un familiar.
--No son malos--decía la jardinera, entregando sus colectas a la pobre
madre--, pero cada uno vive para él, y el prójimo que se arregle. Nadie
parte ya el manto con nadie.... Toma esto y veas cómo sales del paso.
Comían mejor en casa del zapatero. La chiquillería escrofulosa que
correteaba por el claustro era la que mejoraba de suerte con la
enfermedad del pequeño, cada vez más débil, inmovilizado horas enteras,
con una respiración casi imperceptible, sobre el regazo de la madre.
Cuando murió el infeliz, toda la gente del claustro se agolpó en la
casa. Dentro sonaba el lamento de la madre, estridente, interminable,
como el berrido de una bestia herida. Fuera, lloraba el padre
silenciosamente, rodeado de sus amigos.
--Ha muerto lo mismo que un pájaro--decía con largas pausas, cortando
las palabras con sollozos--. Su madre lo tenía sobre las rodillas.... Yo
trabajaba... «¡Antonio, Antonio!--me grita--; veas qué tiene el chico;
mueve la boca, hace muecas.» Acudo. Tenía la cara ennegrecida... como si
la cubriese un velo. Abrió la boquita... dos muecas, con los ojos
entelados, y dobló el cuello.... Lo mismo que un pajarillo... lo mismo.
Y lloraba, repitiendo tenazmente la semejanza entre su hijo y los
pájaros que caían en invierno muertos de frío.
El campanero miraba sombríamente a Gabriel.--Tú que lo sabes todo:
¿verdad que ha muerto de hambre?
Y el _Tato_, con su impetuosidad escandalosa, decía a gritos:
--¡No hay justicia en el mundo! ¡Esto se ha de arreglar! ¡Mire usted que
morir de hambre una criatura en una casa donde corre el dinero y tantos
tíos se visten de oro...!
Cuando se llevaron al muertecito camino del cementerio, pareció que el
claustro quedaba abandonado. Toda su vida se reconcentró en la casa del
zapatero. Las mujeres rodeaban a la madre. La desesperación enfurecía a
aquella mujer débil y enferma. Ya no lloraba: la muerte de su hijo la
había vuelto feroz. Quería morder, estrellarse el cráneo contra las
paredes.
--¡Ay...! ¡mi hijooo! ¡mi Antoñito!
Por las noches se quedaban en la casa Sagrario y otras mujeres para
cuidar de ella. En su desesperación quería hacer responsable a alguien
de la desgracia, y se fijaba en los más altos de las Claverías. Don
Antolín no la había auxiliado con la más pequeña limosna; su remilgada
sobrina apenas si había entrado a ver al pequeñuelo. A ella sólo le
interesaban los hombres.
--El _Vara de plata_ tiene la culpa--gritaba la pobre mujer--. Es un
ladrón. Exprime nuestra miseria con sus trampas de usurero. Ni un
céntimo ha dado para mi hijo.... Y la tal Mariquita es un pendón.... Lo
digo yo, sí, señor. Sólo piensa en emperejilarse para que la vean los
cadetes.
--Mujer, te van a oír--decían suplicantes y con miedo algunas mujeres.
Pero otras protestaban de este temor. ¡Que le oyesen don Antolín y su
sobrina! ¿Y qué? En las Claverías ya estaban hartos de las rapacidades
de aquel tío y los aires de gran señora que se daba la fea. Porque ellas
fuesen pobres no iban a pasarse la vida temblando ante aquella pareja.
¡Dios sabe lo que harían el tío y la sobrina solos en su casa...!
Un soplo de rebelión pasaba sobre aquel mundo adormecido. Era la
influencia inconsciente de Gabriel. Lo que él decía a sus amigos había
sido transmitido a todos los hombres de las Claverías, llegando hasta
las mujeres. Eran ideas confusas y truncadas que muy pocos comprendían,
pero les acariciaban como aire fresco y puro, reanimando sus espíritus.
Sonábanles en los oídos como un eco grato del mundo exterior. Les
bastaba con saber que aquella vida de paz y de miserable sumisión en que
habían estado hasta entonces no era inmutable, que ellos tenían derecho
a más, y los humanos deben rebelarse ante la injusticia y la imposición.