--¡La creen mi querida!--decía con acento iracundo--. ¡Mi pobre

Visitación, tan buena, tan cariñosa, tan mansita para todo, convertida

en una cualquiera por esos miserables! ¡Una amante que he sacado para mi

diversión del Colegio de Doncellas nobles...! ¡Como si yo, viejo y

enfermo, estuviera para pensar en esas porquerías! ¡Indecentes...!,

¡miserables...! ¡Por menos se cometen muchos crímenes...!

--Déjelos que digan; Dios está en lo alto y nos ve a todos.

--Lo sé; pero esto no basta a tranquilizarme. Tú tienes hijos, Tomasa, y

conoces lo que es quererlos. No sólo nos hiere lo que se hace contra

ellos, sino lo que se dice... ¡Qué días llevo de sufrimiento! De pequeño

ya sabes que toda mi ilusión era llegar a lo que soy. Miraba el trono

del coro y pensaba en lo bien que se estaría en él, en la inmensa

felicidad de ser príncipe de la Iglesia. Pues bien; ya estoy en el

trono. He caminado medio siglo apartando las piedras, dejando la piel y

hasta la carne en las zarzas de la cuesta. ¡Yo sé cómo pude salir del

montón negro y llegar a obispo! Después... ¡ya soy arzobispo!, ¡ya soy

cardenal!, ¡ya no puedo llegar a más! ¿Y qué? La felicidad siempre

marcha delante de nosotros, como la nube de luz que guiaba a los

israelitas. La vemos, casi la tocamos, pero no se deja coger. Me siento

ahora más infeliz que en la época en que luchaba por ser algo y me creía

el más desgraciado de los hombres. No tengo la juventud: la altura en

que me veo, fijas en mí todas las miradas, me impide defenderme. ¡Ay,

Tomasa! Compadéceme, soy digno de lástima. ¡Ser padre, y tener que

ocultarlo como un crimen! ¡Querer a mi hija con un cariño que se

acrecienta más y más conforme se aproxima la muerte, y tener que sufrir

que la gente tome este afecto tan puro por algo repugnante...!

Y la terrible mirada de don Sebastián, que asustaba a toda la diócesis,

nublóse con lágrimas.

--Además, tengo otras penas--continuó--, pero son de hombre previsor que

teme el porvenir. Cuando muera, todo lo que tengo será para mi hija.

Juanito cuenta con lo de su madre, que era rica, y además tiene una

carrera y el apoyo de mis amigos. Visitación será poderosa. Ya sabes

que-mis adversarios me echan en cara lo que ellos llaman mi avaricia.

Avaricioso, no: previsor, amante del bienestar de los míos. He ahorrado

mucho; no soy de los que reparten pan a la puerta de su palacio, ni

busco la celebridad por la limosna. Tengo dehesas en Extremadura, muchas

viñas en la Mancha, casas, y sobre todo, papel del Estado, mucho papel.

Como buen español, quiero ayudar al gobierno con mi dinero, tanto más

cuanto que ésto produce ganancias. No sé ciertamente lo que poseo: serán

veinte millones de reales: tal vez más. Todo ahorrado por mí, aumentado

con buenos negocios. No puedo quejarme de la suerte; el Señor me ha

ayudado. ¡Y todo para mi pobre Visitación! Mi gozo sería verla casada

con un hombre bueno, pero ella no quiere separarse de mí. Le atrae la

iglesia, y éste es mi miedo. No lo extrañes, Tomasa; yo, príncipe de la

Iglesia, tiemblo al ver cómo se entrega a la devoción, y hago cuanto

puedo por desviarla. Me gusta la mujer religiosa, no la devota que sólo

se encuentra bien en la iglesia. La mujer debe vivir, debe gozar y ser

madre. Siempre he mirado mal a las monjas.

--Déjela, señor--dijo la jardinera--. Nada tiene de extraño que le guste

la iglesia. Del modo como vive, no puede tener otras aficiones.

--Por hoy, nada temo. Estoy a su lado, y nada me importa que guste del

trato con monjitas. Pero puedo morir mañana, y ¡figúrate qué magnífico

bocado será la pobre Visita con sus millones, sola, y con esa afición a

la vida religiosa, que otros más listos pueden explotar...! Yo he visto

mucho; soy de la clase y estoy en el secreto. No faltan órdenes

religiosas que se dedican a la caza de herencias, para mayor gloria de

Dios, según dicen. Además, andan por ahí esas monjas extranjeras, de

gran papalina, que son linces para esta clase de trabajo. Me aterra el

pensar que caigan sobre mi hija. Yo soy del catolicismo a la antigua, de

aquella religiosidad española neta: un catolicismo castellano, como

quien dice de panllevar, limpio de extranjerías modernas. Sería triste

haber pasado la vida ahorrando, para engordar a los jesuítas o a esas

hermanas que no saben hablar en castellano. No quiero que mis dineros

sufran la misma suerte que los del sacristán del adagio. Por esto, a los

sinsabores de mi lucha con la gentuza enemiga se une el dolor que me

causa el carácter débil de mi hija. Tal vez la cacen, y algún tuno se

ría de mí apoderándose de mi dinero.

Y excitado por sus negros pensamientos, soltó una interjección castiza y

obscena, recuerdo de sus tiempos de soldado. En presencia de la

jardinera, no tenía por qué contenerse. La vieja estaba acostumbrada a

los desahogos de su carácter.

--Vamos a ver--dijo imperiosamente, después de un largo silencio--. Tú

que me conoces mejor que nadie: ¿soy tan malo como suponen los enemigos?

¿Merezco que el Señor me castigue por mis faltas? Tú eres un alma de

Dios, sencilla y buena, y sabes más de esto con tu instinto que todos

los doctores en Teología.

--¿Usted malo, don Sebastián? ¡Jesús...! Usted es un hombre como los

otros: ni más ni menos. Tal vez mejor que muchos, pues es sencillo,

todo de una pieza, sin engaños ni hipocresías.

--Un hombre: tú lo has dicho. Soy un hombre como los demás. Los que

llegamos a cierta altura somos como los santos que están en las fachadas

de las iglesias. De abajo, causan admiración por su hermosura; vistos de

cerca, producen horror por la fealdad de la piedra roída por el tiempo.

Por más que intentemos santificarnos, poniéndonos a distancia, no somos

más que hombres; seres de carne flaca para aquellos que nos rodean. En

la Iglesia son contadísimos los que se libran de las pasiones humanas.

¡Y quién sabe si aun esos pocos privilegiados no se sienten mordidos por

el demonio de la vanidad, y al extremar los ascetismos de su vida,

piensan en la gloria de verse en los altares...! El sacerdote que logra

dominar la carne cae en la avaricia, que es el vicio eclesiástico por

excelencia. Yo jamás he atesorado por vicio; he ahorrado para los míos,

nunca para mí.

Calló largo rato el prelado; pero en su irresistible afán de confesarse

con la sencilla mujer, continuó:

--Estoy seguro de que no me despreciará Dios cuando llegue mi hora. Su

infinita misericordia está por encima de todas las pequeñeces de la

vida. ¿Cuál es mi delito? Haber amado a una mujer, como mi padre amó a

mi madre; tener hijos, como los tuvieron apóstoles y santos. ¿Y qué? El

celibato eclesiástico es una invención de los hombres, un detalle de

disciplina acordado en los concilios; pero la carne y sus exigencias son

anteriores en muchísimos siglos: datan del Paraíso. Quien salta esta

barrera, no por vicio, sino por pasión irresistible, porque no puede

vencer el impulso de crear una familia y tener una compañera, ése falta

indudablemente a las leyes de la Iglesia, pero no desobedece a Dios....

Al aproximarse la muerte, tengo miedo. Muchas noches dudo y tiemblo como

un niño.... Yo he servido a Dios a mi modo. En otros tiempos le hubiera

defendido con la espada, peleando contra los herejes; ahora soy su

sacerdote, y por él batallo cada vez que veo la impiedad de los tiempos

cercenar algo de su gloria. El Señor me perdonará, recibiéndome en su

seno. Tú que eres tan buena, Tomasa, y tienes alma de ángel bajo tu

corteza ruda, ¿no lo crees así...?

La jardinera sonrió, y sus palabras atravesaron con lentitud el silencio

de la tarde agonizante.

--Tranquilícese, don Sebastián. Yo he visto muchos santos en esta casa,

y valían menos que usted. Por asegurar su salvación hubiesen abandonado

a los hijos. Por mantener lo que llaman la pureza del alma habrían

renegado de la familia. Créame usted a mí: aquí no entran santos;

hombres, todos hombres. No hay que arrepentirse de haber seguido el

impulso del corazón. Dios nos hizo a su imagen y semejanza, y por algo

nos puso el sentimiento de la familia. Lo demás, castidad, celibato y

otras zarandajas, lo inventaron ustedes para distinguirse del común de

las gentes. Sea usted hombre, don Sebastián, que cuanto más lo sea,

resultará más bueno y mejor lo acogerá el Señor en su gloria.

IX

Pocos días después del Corpus, una mañana don Antolín fue en busca de

Gabriel. El _Vara de plata_ sonreía a Luna, hablándole con aire

protector.

Había pensado en él toda la noche. Le dolía verle inactivo, paseando por

el claustro. La falta de ocupación era lo que le inspiraba aquellas

ideas tan perversas.

--Vamos a ver--añadió--: ¿te convendría bajar conmigo todas las tardes a

la catedral para enseñar el Tesoro y las demás preciosidades? Vienen

muchos extranjeros que apenas si se dejan entender cuando me preguntan.

Tú conoces su lenguaje: sabes el francés, el inglés y no sé cuántos

idiomas más, según afirma tu hermano. La catedral ganaría mucho pudiendo

demostrar a esos extranjeros que tiene un intérprete a su disposición;

tú nos harías un favor y no perderías nada. Siempre es un

entretenimiento ver caras nuevas. En cuanto a recompensa....

Se detuvo aquí don Antolín, rascándose la cabeza por debajo del bonete.

Vería de arañar algo de los fondos de la Obrería; si no era posible en

el primer momento, por estar flaca y escurrida la renta de la Primada,

ya se proveería más adelante. Y aguardó con mirada ansiosa la respuesta

de Gabriel. Éste mostróse conforme. Al fin era un huésped de la

catedral, y algo la debía. Y desde aquella tarde bajó al templo a la

hora de coro para enseñar a los extranjeros las riquezas de la iglesia.

Nunca faltaban viajeros que, exhibiendo los papelillos de colores de don

Antolín, esperaban el momento de admirar las alhajas. El _Vara de plata_

no veía un extranjero que no se imaginase que era un lord o un duque,

extrañándose muchas veces de su desgarbo en el vestir. Para él, sólo los

grandes de la tierra podían permitirse el placer de viajar, y abría unos

ojos escandalizados e incrédulos cuando Gabriel afirmaba que muchas de

aquellas gentes eran zapateros de Londres o tenderos de París que se

daban en las vacaciones el regalo de una excursión por el antiguo país

de los moros.

Avanzaban por las naves cinco canónigos con sobrepellices de coro, cada

uno con una llave en la mano. Eran los guardadores del Tesoro. Abría

cada cual la cerradura confiada a su custodia, giraba pesadamente la

puerta y quedaba abierta la capilla con sus antiguas riquezas. En

enormes vitrinas, como en un museo, se exhibía la vieja opulencia de la

catedral: imágenes de plata maciza; globos enormes coronados por

graciosas figurillas, todo de precioso metal; arquillas de marfil de

complicada labor; custodias y viriles de oro; enormes platos dorados y

repujados, con escenas mitológicas que resucitaban la alegría del

paganismo en aquel rincón sórdido y polvoriento del templo cristiano.

Las piedras preciosas extendían su gama de colores por pectorales,

mitras y mantos de la Virgen. Eran diamantes tan enormes que hacían

dudar de su autenticidad, esmeraldas del tamaño de guijarros, amatistas,

topacios y perlas, muchas perlas, a centenares, a miles, caídas como

granizo sobre las vestiduras de la Virgen, Los forasteros admirábanse

ante esta opulencia, deslumbrados por su enormidad, mientras Gabriel,

habituado a la visita diaria, lo miraba todo fríamente. El Tesoro tenía

un aire de vetustez lamentable. Las riquezas habían envejecido con la

catedral. Los diamantes no brillaban, el oro parecía empañado y

polvoriento, la plata se ennegrecía, las perlas estaban opacas y como

muertas. El humo de los cirios y el ambiente rancio del templo lo habían

patinado todo tristemente.

«La Iglesia--se decía Gabriel--envejece cuanto toca. Las riquezas

pierden el brillo en sus manos, como las joyas que caen en poder de los

usureros. El diamante se empaña en el seno de la gran avara; el cuadro

más hermoso se ennegrece en sus altares.»

Tras de la visita al Tesoro venía la exhibición del Ochavo, la capilla

octogonal de mármoles obscuros: panteón de reliquias donde los despojos

humanos más repugnantes, las calaveras de horrible risa, los brazos

momificados y las vértebras cariadas se mostraban en vasos de plata y

oro. La piedad de otros siglos, crédula y grosera, aparecía tan absurda

al mostrarse en pleno siglo de descreimiento, que el mismo don Antolín,

tan intransigente hablando de las glorias de su catedral, bajaba la voz

y apresuraba la relación al señalar el pedazo de manto de santa Leocadia

cuando se «apareció» al arzobispo de Toledo, comprendiendo lo difícil

que era explicar de qué tela se vestían las apariciones.

Gabriel traducía fielmente la explicación del _Vara de plata_,

recalcándola muchas veces con irónica gravedad, mientras los canónigos

que escoltaban la caravana de forasteros alejábanse algunos pasos con

aire distraído para evitar preguntas.

Un inglés flemático interrumpió un día al intérprete:

--¿Y no tienen ustedes ninguna pluma de las alas de san Miguel?

--No, señor, y es lástima--contestó Luna con igual seriedad--. Pero ya

la encontrará usted en otra catedral. Aquí no podemos tenerlo todo.

En la Sala Capitular, mezcla de arquitectura árabe y gótica, admiraban

los visitantes la doble fila de arzobispos toledanos pintados en la

pared con mitras y báculos de oro. Gabriel llamaba la atención sobre don

Cerebruno, el prelado medioeval, llamado así por su enorme cabeza. Pero

el guardarropa era lo que mayor asombro producía en los forasteros.

Era una pieza con grandes estanterías y armarios de madera vieja. Por

encima de aquéllas, las paredes estaban cubiertas con grandes cuadros

empolvados y rotos, copias de la pintura flamenca que el cabildo había

relegado a aquel rincón. Sobre la estantería se alineaban los antiguos

sillones de la casa: unos a la española, austeros, de líneas rectas, con

deshilachados rapacejos; otros de forma griega, con las patas curvas y

embutidos de marfil. Las capas y casullas se apilaban en los estantes

por clasificación de tonos, con la esclavina fuera del montón, para que

pudieran admirarse los prodigios del bordado. Todo un mundo de

figurillas vivía con la fuerza del color en unas cuantas pulgadas de

tela. El arte asombroso de los antiguos bordadores daba a la seda las

apariencias de vida de la pintura. La esclavina y las tiras de una capa

bastaban para reproducir todas las escenas de la creación bíblica o de

la Pasión de Jesús. El brocado y la seda desarrollaban la magnificencia

de sus tejidos. Una capa era un jardín de encendidos claveles; otra, un

arriate de rosas o de flores fantásticas de enroscados estambres y

pétalos metálicos. Sacaban los sacristanes de profundos estantes, como

si fuesen libros de tela y madera, los famosos frontales del altar

mayor. Los había especiales para cada fiesta. El de san Juan, alegre y

risueño como una verbena, con corderos de oro y prietos racimos que

acariciaban con sus manos mantecosas los angelitos gordinflones. Los más

antiguos, de tonos suaves y desmayados, mostraban jardines persas, con

fontanas azules en las que bebían rojizas bestias.

Los visitantes se aturdían viendo desplegar telas y más telas, todo el

pasado de una catedral que, teniendo millones de renta, empleaba para su

embellecimiento ejércitos de bordadores y acaparaba las más ricas telas

de Valencia y Sevilla, reproduciendo en oro y colores los episodios de

los libros santos y los tormentos de los mártires. Era la leyenda

gloriosa de la Iglesia eternizada por la aguja antes de que pudiese

hacerlo la imprenta.

Gabriel volvía todas las tardes al claustro alto aburrido por este paseo

a lo largo de la catedral. En los primeros días le sedujo la novedad de

ver caras extrañas, de sentir el roce de aquel arroyuelo de curiosos

que, bifurcándose de la gran inundación de viajeros que corrían Europa,

llegaba hasta Toledo. Pero al poco tiempo le parecieron iguales las

gentes que veía todas las tardes. Eran las mismas preguntas, las mismas

inglesas tiesas y de cara dura, iguales ¡oooh! de admiración fríos y

convencionales, e idéntica manera de volver la espalda con grosera

altivez cuando nada quedaba por enseñar.

Al volver a la tranquilidad del claustro alto, después de la diaria

exhibición de las riquezas, Gabriel encontraba más repugnante e

intolerable la miseria de las Claverías. El zapatero le parecía más

amarillento y triste en el rancio ambiente de su tugurio, encorvado ante

la mesilla, martilleando la suela; su mujer más débil y enfermiza,

mísera esclava de la maternidad, debilitada por el hambre y ofreciendo

como única esperanza al hijo pequeño aquellas ubres flácidas, de las que

sólo podía surgir sangre. El pequeñín se le moría. Sagrario, que

abandonaba su máquina para pasar gran parte del día en casa del

zapatero, así lo decía en voz baja a su tío. Ella hacía las faenas de

la casa, mientras la pobre madre, inmóvil en una silla, con el

pequeñuelo en el regazo, lo contemplaba con ojos llorosos. Cuando la

criatura despertaba de su sopor, levantando trabajosamente la cabeza

sobre el cuello delgado como un hilo, la madre, para ahogar sus gemidos

débiles, lo aproximaba al pecho; pero el pequeño retiraba la boca

adivinando la inutilidad de sus esfuerzos en aquel colgajo de carne del

que sólo lograba extraer una triste gota.

Gabriel examinaba al pequeño, fijándose en su delgadez esquelética y las

extrañas manchas que la escrófula extendía sobre su piel de color de

paja. Movía la cabeza incrédulamente cuando las vecinas, agrupadas en

torno del enfermo, le atribuían cada una dolencias distintas,

aconsejando remedios caseros, desde los cocimientos de hierbas raras y

unturas hediondas, hasta la aplicación en el pecho de estampitas

milagrosas y trazarle siete cruces en el ombligo con otros tantos

padrenuestros.

--Es hambre--decía Luna a su sobrina--, nada más que hambre.

Y privándose de una parte de su alimento, pasaba a casa del zapatero la

leche que subían para él. Pero el estómago del pequeño no podía sufrir

el líquido, demasiado substancioso para su debilidad, y lo arrojaba

apenas ingerido. Tía Tomasa, la jardinera, con su carácter enérgico y

emprendedor, trajo una mujer de fuera de la catedral para que diese su

pecho al enfermo. Pero a los dos días, antes de que se pudieran apreciar

los efectos, ya no volvió, como si le repugnase aproximar a sus ubres

aquel cuerpecito exangüe que parecía un cadáver. En vano buscó la

jardinera; no era fácil encontrar pechos generosos que diesen su leche

por poco precio.

Y mientras tanto, el niño se moría. Todas las mujeres entraban en la

habitación del zapatero. Hasta don Antolín se asomaba por las mañanas a

la puerta.

¿Cómo está el pequeño? ¿Igual...? ¡Todo sea por Dios!

Y se retiraba, haciendo al zapatero la gran caridad de no hablarle de

las pesetas que le debía, en atención al hijo enfermo.

El _Azul de la Virgen_ mostrábase indignado por este incidente que

turbaba la calma del claustro y la beatitud de sus digestiones de

servidor de la iglesia feliz y bien cebado. Era una vergüenza que aquel

zapaterín se hubiese aposentado en las Claverías con su pobreza y todo

el rebaño de hijos tiñosos y miserables. Moriría uno cada mes: iban a

pegarles sus enfermedades. ¿Y con qué derecho estaban en la catedral si

no cobraban sueldo alguno de la Obrería? Tales hediondeces debían

quedarse fuera de la casa del Señor. Su suegra se indignaba.

--¡Calla, ladrón de santos--decía--; calla, o te tiro un plato! Todos

somos hijos de Dios, y si las cosas fuesen derechas, los pobres debían

vivir en la catedral. Mejor sería que en vez de decir tales cosas les

dieses a esos infelices algo de lo que robas a la Virgen.

El sacristán levantaba los hombros con desprecio. Ya que no tenían para

comer, que no hiciesen hijos. Allí estaba él con solo una hija. No se

creía con derecho a más, y eso que, gracias a Nuestra Señora, guardaba

un mendrugo para la vejez.

Tomasa hablaba del niño del zapatero a los buenos señores del cabildo

que después del coro se detenían un momento en el jardín. La oían

distraídos, hundiendo su mano en la sotana.

--¡Todo sea por Dios! ¡Cuánta miseria...!

Y unos la daban diez céntimos, otros un real; hasta hubo quien llegó a

dar una peseta. La jardinera pasó un día al palacio del arzobispo, pero

don Sebastián estaba con el arrechucho y no quiso recibirla, envíandola

dos pesetas con un familiar.

--No son malos--decía la jardinera, entregando sus colectas a la pobre

madre--, pero cada uno vive para él, y el prójimo que se arregle. Nadie

parte ya el manto con nadie.... Toma esto y veas cómo sales del paso.

Comían mejor en casa del zapatero. La chiquillería escrofulosa que

correteaba por el claustro era la que mejoraba de suerte con la

enfermedad del pequeño, cada vez más débil, inmovilizado horas enteras,

con una respiración casi imperceptible, sobre el regazo de la madre.

Cuando murió el infeliz, toda la gente del claustro se agolpó en la

casa. Dentro sonaba el lamento de la madre, estridente, interminable,

como el berrido de una bestia herida. Fuera, lloraba el padre

silenciosamente, rodeado de sus amigos.

--Ha muerto lo mismo que un pájaro--decía con largas pausas, cortando

las palabras con sollozos--. Su madre lo tenía sobre las rodillas.... Yo

trabajaba... «¡Antonio, Antonio!--me grita--; veas qué tiene el chico;

mueve la boca, hace muecas.» Acudo. Tenía la cara ennegrecida... como si

la cubriese un velo. Abrió la boquita... dos muecas, con los ojos

entelados, y dobló el cuello.... Lo mismo que un pajarillo... lo mismo.

Y lloraba, repitiendo tenazmente la semejanza entre su hijo y los

pájaros que caían en invierno muertos de frío.

El campanero miraba sombríamente a Gabriel.--Tú que lo sabes todo:

¿verdad que ha muerto de hambre?

Y el _Tato_, con su impetuosidad escandalosa, decía a gritos:

--¡No hay justicia en el mundo! ¡Esto se ha de arreglar! ¡Mire usted que

morir de hambre una criatura en una casa donde corre el dinero y tantos

tíos se visten de oro...!

Cuando se llevaron al muertecito camino del cementerio, pareció que el

claustro quedaba abandonado. Toda su vida se reconcentró en la casa del

zapatero. Las mujeres rodeaban a la madre. La desesperación enfurecía a

aquella mujer débil y enferma. Ya no lloraba: la muerte de su hijo la

había vuelto feroz. Quería morder, estrellarse el cráneo contra las

paredes.

--¡Ay...! ¡mi hijooo! ¡mi Antoñito!

Por las noches se quedaban en la casa Sagrario y otras mujeres para

cuidar de ella. En su desesperación quería hacer responsable a alguien

de la desgracia, y se fijaba en los más altos de las Claverías. Don

Antolín no la había auxiliado con la más pequeña limosna; su remilgada

sobrina apenas si había entrado a ver al pequeñuelo. A ella sólo le

interesaban los hombres.

--El _Vara de plata_ tiene la culpa--gritaba la pobre mujer--. Es un

ladrón. Exprime nuestra miseria con sus trampas de usurero. Ni un

céntimo ha dado para mi hijo.... Y la tal Mariquita es un pendón.... Lo

digo yo, sí, señor. Sólo piensa en emperejilarse para que la vean los

cadetes.

--Mujer, te van a oír--decían suplicantes y con miedo algunas mujeres.

Pero otras protestaban de este temor. ¡Que le oyesen don Antolín y su

sobrina! ¿Y qué? En las Claverías ya estaban hartos de las rapacidades

de aquel tío y los aires de gran señora que se daba la fea. Porque ellas

fuesen pobres no iban a pasarse la vida temblando ante aquella pareja.

¡Dios sabe lo que harían el tío y la sobrina solos en su casa...!

Un soplo de rebelión pasaba sobre aquel mundo adormecido. Era la

influencia inconsciente de Gabriel. Lo que él decía a sus amigos había

sido transmitido a todos los hombres de las Claverías, llegando hasta

las mujeres. Eran ideas confusas y truncadas que muy pocos comprendían,

pero les acariciaban como aire fresco y puro, reanimando sus espíritus.

Sonábanles en los oídos como un eco grato del mundo exterior. Les

bastaba con saber que aquella vida de paz y de miserable sumisión en que

habían estado hasta entonces no era inmutable, que ellos tenían derecho

a más, y los humanos deben rebelarse ante la injusticia y la imposición.

La Catedral · 第 19 / 23 段