muy heroicamente, pero morir al fin. Nuestra historia hace dos siglos no
contiene más que muertes heroicas. «Gloriosa derrota de tal parte.»
«Heroico desastre de tal otra.» Por tierra y por mar hemos causado
estupefacción en el mundo, arrojándonos con los ojos cerrados en el
peligro, presentando la cabeza sin huir, con el estoicismo del chino.
Pero las naciones no son grandes por su desprecio a la muerte, sino por
su habilidad para conservar la vida. Los polacos fueron terror de los
turcos y unos de los mejores soldados de Europa, y Polonia hace tiempo
que no existe.... Si una gran potencia europea pudiera invadirnos
(fíjese usted en que digo «pudiera», pues en estos asuntos no es lo
mismo querer que poder), desde aquí sé yo lo que ocurriría. Los
españoles sabrían morir, pero tenga usted la seguridad de que los
invasores no necesitarían más allá de dos batallas campales para acabar
con todos nuestros medios de guerra. Y esto que puede deshacerse en un
par de días, ¡cuántos sacrificios cuesta al país...!
--Entonces--dijo irónicamente el cadete--, habrá que suprimir el
ejército y dejar indefensa la nación.
--Hoy por hoy, no hay que esperar que esto ocurra. Mientras Europa esté
armada y hasta la más pequeña nación tenga un ejército, España lo tendrá
también. No es ella quien va a dar el ejemplo, ni este ejemplo serviría
de nada. Es como si para remediar la injusticia social iniciase el
sacrificio uno que sólo tuviese unos cuantos miles de pesetas,
renunciando a ellas....
Tras un largo silencio, Gabriel habló con dulzura, en vista del gesto
irónico y casi agresivo del cadete.
--A usted le duelen indudablemente mis afirmaciones. Crea usted que lo
siento, pues no me gusta herir las creencias de nadie, y más aquellas
que forman el ideal de nuestra vida. Pero la verdad es la verdad. A
usted no le importa nada la cuestión social, ¿no es cierto? Ni la
conoce, ni le habrá preocupado un solo instante. Lo mismo les ocurrirá a
todos sus compañeros de profesión, y sin embargo, lo que ustedes sufren
en su prestigio, en su amor a la patria y a su bandera, no tiene otra
causa que el desarreglo social que hoy impera en el mundo. La riqueza lo
es todo; el capital es el señor de la tierra. La ciencia rige a la
humanidad como sucesora de la fe, pero los ricos se han apoderado de sus
descubrimientos y los monopolizan para perpetuar su tiranía. En el mundo
económico se han hecho dueños de las máquinas y demás progresos,
empleándolos como cadenas para esclavizar al obrero, obligándolo a un
exceso de producción y limitando su jornal a lo estrictamente necesario.
En la vida de las naciones ocurre lo mismo. Hoy la guerra no es más que
una aplicación de la ciencia. Los pueblos más ricos se han apoderado de
los mayores adelantos del arte de exterminar; tienen rebaños de
acorazados, miles de cañones monstruosos, pueden mantener millones de
hombres sobre las armas, con todos los perfeccionamientos modernos, sin
que se quebrante su fortuna. A los pueblos pobres sólo les queda el
recurso de callar o indignarse inútilmente, como lo hacen los
desheredados ante los detentadores de la propiedad. El pueblo más
cobarde del globo, o el más sedentario, puede ser guerrero invencible o
conquistador glorioso si tiene dinero. El valor caballeresco terminó con
la invención de la pólvora, y la fiereza de raza ha muerto para siempre
con el advenimiento del industrialismo. Si resucitase el Cid, estaría en
presidio, se habría dedicado a ladrón de carreteras, no pudiendo
acoplarse a las desigualdades e injusticias de la vida moderna. Si el
Gran Capitán fuese ahora ministro de la Guerra, veríamos cómo se las
arreglaba, aun con este presupuesto militar que agobia a la nación, para
poner sus tercios en condiciones de sostener de nuevo una batalla en
Italia. Es el dinero, ¡el maldito dinero! quien mata la parte más
hermosa del soldado, el valor personal, la iniciativa, la originalidad,
así como anula al obrero, convirtiendo su existencia en un infierno.
El cadete escuchaba con atención a Gabriel, comprendiendo por primera
vez que en las grandes potencias militares había algo más que las
aficiones belicosas del monarca y el valor de los ejércitos. Veía de
repente la riqueza como base y resorte de todas las empresas guerreras.
--Entonces--dijo con expresión pensativa--, si los extranjeros dejan de
atacarnos, no es porque nos tengan miedo...
--No; si nos permiten vivir tranquilos, es porque esas potencias
omnipotentes, con sus ambiciones y celos, guardan cierto equilibrio. Son
como los grandes capitalistas, que, ocupados en enormes concepciones de
explotación, dejan por descuido y desprecio que existan en torno de
ellos industrias modestas. ¿Cree usted que Suiza y Bélgica y otros
países pequeños viven tranquilos enclavados entre grandes potencias
porque poseen un ejército? Lo mismo existirían aunque no tuviesen un
soldado. Y España, por su poderío militar, no es más que cualquiera de
las pequeñas naciones de Europa. La pobreza económica y la escasez de
población nos obligan a la humildad. Hay hoy dos categorías de
ejércitos: los organizados para la conquista y los que sólo sirven para
guardar el orden interior, que no son más que una gendarmería en grande,
con cañones y generales. El de España, por mucho que cueste y por más
que lo agranden, no sale de esta última clasificación.
--Y aunque sólo sea eso--dijo el cadete--, ¿no es algo? Guardamos el
orden interior; velamos por la tranquilidad de la patria...
--Pues eso puede hacerse con menos gente y menos dinero. Además, ¿y la
gloria? Ustedes, jóvenes llenos de ilusiones, exuberantes de
acometividad, con energías para empresas nuevas, ¿se resignan con esa
profesión de vigilantes y cuidadores de un pueblo? Su porvenir es tan
monótono como el de un clérigo de la catedral. Todos los días lo mismo:
amaestrar hombres para que se muevan de este modo o el otro, jugar al
dominó o al billar en un café, pasear el uniforme o echar un sueño en el
sillón del cuarto de banderas. No puede haber para ustedes otro suceso
extraordinario que un motín contra el impuesto de Consumos, una huelga,
un cierre de tiendas protestando de los impuestos, y hacer fuego
entonces sobre una muchedumbre armada de piedras y palos. Si alguna vez
manda usted en su vida disparar, tenga la certeza de que será contra
españoles. Los gobiernos no quieren ejército: saben que es inútil para
la defensa exterior de la nación, pues la fortuna nacional no permite su
mantenimiento, y les basta con una organización embrionaria, que vive en
pleno desorden, agitada por incesantes y contradictorias reformas,
copiando los adelantos extranjeros, como una muchacha pobre imita las
galas de la gran señora. Crea usted que nada tiene de agradable vivir
una existencia de apocamiento y monotonía, sin otra gloria que fusilar
al obrero que protesta o al pueblo que se queja.
--Pero ¿y la libertad?, ¿y el progreso político?--preguntó el cadete--.
Yo he oído a un capitán viejo de la Academia, que si en España existe el
régimen liberal es por el ejército.
--Mucho hay de eso--dijo Gabriel--. Es indudablemente el servicio más
importante que el ejército ha prestado a España. Sin él, ¡quién sabe en
lo que hubiesen parado las guerras civiles, en este país tan
estacionario y tímido ante las reformas! Lo repito: no desconozco este
servicio, pero crea usted que las guerras civiles entre la libertad y el
absolutismo político no se repetirán, como no podrían reproducirse con
éxito las guerrillas de la Independencia. Los medios de comunicación y
los progresos militares han matado la guerra de montaña. El máuser, que
es el arma del día, necesita llevar tras de sí un parque bien provisto,
tener almacenes de cartuchos a la espalda, y esto es incompatible con la
guerra de partidas.
--Pero reconocerá usted que de algo servimos y que préstamos a la nación
un buen servicio.
--Lo reconozco dentro del actual orden de cosas. Pero aún lo reconocería
mejor si fuesen ustedes menos. Consumen la mejor parte del presupuesto,
y sin embargo viven ustedes en una miseria decente y disimulada, pedo
miseria al fin. Un teniente gana menos que ciertos obreros, y tiene que
costearse uniformes vistosos, ir limpio, y frecuentar, cuando necesita
esparcimiento, los mismos lugares que los ricos. Sólo ve ante él largos
años de espera y de oculta miseria, sobrellevada con dignidad, hasta que
un ascenso le proporciona unos cuantos duros más al mes. Ustedes sufren
arrastrando esta vida de proletarios de la espada, y la nación
productora se queja viéndoles inactivos, y olvida otros gastos
superfluos para fijarse únicamente en los militares. Créame usted: para
ejército moderno, son ustedes muy pocos y mal organizados; para guardia
interior, sobran muchos y son caros. No es de ustedes la culpa. Es de su
Vocación que llega tarde, cuando España está muerta, por fortuna, para
las empresas aventureras. Si resucita, ha de seguir una dirección que no
será ciertamente la de la espada. Por esto digo que yerran el camino los
jóvenes que buscan la gloria allí donde creyeron encontrarla sus
antepasados.
La aparición del _Vara de plata_ cortó el diálogo. Corría, pálido de
emoción, jadeante, agitando su manojo de llaves.
--Va a venir Su Eminencia--dijo apresuradamente--. Ya está en el arco.
Quiere pasar la tarde en el jardín. ¡Es un capricho...! Hoy dicen que
está inaguantable.
Y corrió a abrir la escalera de Tenorio, que ponía en comunicación las
Claverías con el claustro bajo.
El cadete se alarmó ante la inesperada proximidad de su tío. No quería
que le encontrase allí: temía el carácter del cardenal; y huyó hacia la
escalera de la torre. Se marchaba a los toros; sacrificaba a la novia
antes que encontrarse con don Sebastián.
Gabriel, al quedar solo en el claustro, se arrimó a una columnilla,
aguardando de lejos el paso del temible príncipe de la Iglesia. Le vio
salir por la puerta que conducía al departamento de los gigantones. Iba
seguido por dos familiares. Luna pudo examinarle bien por primera vez.
Era enorme, y a pesar de su edad, se mantenía erguido. Sobre la negra
sotana con ribetes rojos descansaba la cruz de oro. Se apoyaba en un
bastón de mando con cierta marcialidad, y las borlas de oro de su
sombrero caían sobre su nuca grasienta, de una piel rosada y cubierta de
pelos blancos. Sus ojos pequeños y penetrantes miraban a todos lados con
la esperanza de encontrar un descuido, algo que contraviniese las reglas
establecidas, para estallar en gritos y amenazas que diesen salida al
mal humor y a la ira reconcentrada que fruncían su entrecejo.
Desapareció por la escalera de Tenorio precedido por don Antolín, que,
después de abrir las verjas, se había puesto a sus órdenes, trémulo de
miedo. El silencio y la soledad de las Claverías no se alteraron.
Parecía que la gente oculta en las casas quedaba inmóvil, adivinando el
peligro que pasaba.
Gabriel, asomado a la barandilla, vio cómo el cardenal salía al claustro
bajo, recorriendo dos de sus galerías hasta llegar a la puerta del
jardín. Un ligero ademán del prelado bastó para que se detuvieran los
familiares, y él avanzó solo por la avenida central, dirigiéndose al
cenador, donde Tomasa dormitaba entre los muros de hojas con la calceta
en las manos.
La vieja despertó con el ruido de pasos. Al ver al prelado, dio un grito
de sorpresa:
--¡Don Sebastián! ¡Aquí usted...!
--He querido visitarte--dijo el cardenal con sonrisa bondadosa,
sentándose en una silla--. No siempre habías de ser tú la que me
buscases. Te debo muchas visitas, y aquí estoy.
Hundiendo una mano en las profundidades de la sotana sacó una petaca de
oro, encendiendo un cigarrillo. Extendía sus piernas con la complacencia
del que se ve un momento en libertad, acostumbrado a todas horas a
imponerse con el ceño adusto de la dominación.
--Pero ¿no estaba usted enfermo?--preguntó la jardinera--. Yo pensaba
pasar esta tarde a palacio para preguntar a doña Visita por su salud.
--Calla, tonta; nunca me he sentido mejor: especialmente desde esta
mañana. La bofetada que he dado a «ésos» no asistiendo al coro por no
rozarme con ellos me ha puesto de un humor magnífico. Para que conste
mejor mi intención, he venido a verte. Quiero que sepan que estoy bien,
que lo de la enfermedad no es cierto. Que se enteren todos en Toledo que
el arzobispo no quiere ver a sus canónigos, y que esto lo hace por
dignidad, no por soberbia, pues al mismo tiempo baja a ver a su antigua
amiga la jardinera.
Y el temible hombrón reía como un niño al pensar en el disgusto que esta
visita podía dar a los del cabildo.
--Y, no creas, Tomasa--continuó--, que he venido a verte sólo por
conveniencia; esta tarde estaba triste en palacio, me aburría.
Visitación anda ocupada con unas amigas de Madrid, y yo he sentido ese
arrechucho que me da de vez en cuando al recordar el pasado. Sentía
necesidad de verte, y he pensado además en que el jardín de la catedral
es siempre fresco. Fuera de aquí hace un calor de horno... ¡Ay, Tomasa!,
¡qué fuerte te veo! Tan delgada y tan ágil, te mantienes mejor que yo.
No estás envuelta en grasa como este pecador, ni tienes dolencias que te
amarguen las noches. Tu pelo aún está casi negro, la dentadura se
conserva bien, no necesitas, como este cardenal, llevar un artefacto
dentro de la boca.... Pero de todos modos, Tomasa, eres vieja como yo.
Nos quedan pocos años de vida, por mucho que el Señor quiera
conservarnos. ¡Quién pudiese volver a aquellos tiempos, cuando subía a
tu casa con la sotanita roja, en busca de tu padre el sacristán, y te
quitaba el almuerzo! ¿Eh, Tomasa...?
Los dos ancianos, olvidando las diferencias sociales, con esa
fraternidad resignada de los seres que caminan a la muerte, recordaban
el pasado. Todo estaba lo mismo que en su niñez: el jardín, el claustro;
la catedral no había cambiado.
Su Eminencia, cerrando los ojos, se creía aún el monago travieso de
medio siglo antes. La espiral azulada de su cigarrillo parecía arrastrar
su pensamiento por las interminables revueltas del pasado.
--¿Te acuerdas cómo se burlaba de mí tu pobre padre? «Este
chiquillo--decía en la sacristía--es un Sixto V.» «¿Qué quieres ser?»,
me preguntaban. Y yo respondía siempre lo mismo: «Arzobispo de Toledo.»
¡Y poco que se burlaba el buen sacristán de la seguridad con que hablaba
yo de mis pretensiones! Cuando me consagraron obispo, cree, Tomasa, que
me acordé mucho de él, sintiendo que hubiese muerto. Habría gozado
viendo sus lágrimas de alegría al contemplarme con la mitra en la
cabeza.... Yo os he querido siempre; sois una familia excelente, y
muchas veces me matasteis el hambre.
--Calle, señor, calle y no recuerde esas cosas. Yo soy la que tengo que
agradecerle que sea tan bueno, tan llanote, a pesar de su categoría, que
casi es la que viene detrás del Papa.... Y la verdad es--añadió la vieja
con la arrogancia de su franqueza--que nada pierde siendo así. Amigas
como yo no tendrá usted ninguna. A usted no le rodean más que aduladores
y pillos, como a todos los grandes de la tierra. Si se hubiera quedado
en cura de misa y olla, nadie le miraría la cara; pero Tomasa
continuaría siendo su amiga, siempre dispuesta a hacerle un servicio. Si
le quiero tanto, es porque usted es sencillo y afable. Si gastase
orgullo, como otros arzobispos, le besaría el anillo y ¡hasta la vista!
El cardenal en su palacio y la jardinera en su jardín.
El prelado acogía con sonrisas la franqueza enérgica de la buena mujer.
--Usted siempre será don Sebastián para mí--continuó--. Cuando me dijo
que no le llamase Eminencia y todos esos tratamientos que le da la
gente, lo agradecí más que si me hubiese regalado el manto de la Virgen
del Sagrario. Se me atragantaba tanto tratamiento; me daban ganas de
gritar: «¡Pero qué porra de Eminencia e Ilustrísima, si nos hemos
arañado de pequeños mil veces, porque este grandísimo ladrón no veía
mendrugo ni albaricoque en mis manos que no quisiera zampárselo!»
Gracias que le hablo de usted desde que le vi beneficiado de la
catedral, pues a un sacerdote no está bien tutearle como a un monago.
Quedaron silenciosos los dos viejos. Sus miradas vagaban por el jardín
con cierto enternecimiento, como si en cada árbol o arcada cubierta de
follaje encontrasen un recuerdo.
¿Sabe usted lo que ahora me viene a la memoria?--dijo Tomasa--. Pues
me acuerdo de otra vez que nos vimos aquí mismo, en este jardín, hace
una friolera de años: lo menos cuarenta y ocho o cincuenta. Yo estaba
con mi pobre hermana mayor, que acababa de casarse con Luna el
jardinero. Por el claustro andaba rondándome el que luego fue mi marido.
Vi entrar en el cenador un hermoso soldadote, un sargento, con gran
ruido de espuelas, el chafarote al brazo y un casco con rabo, como el de
los judíos del Monumento. Era usted, don Sebastián, que había venido a
Toledo para ver a su tío el beneficiado, y no quería marcharse sin
visitar a su amiga Tomasita. ¡Y qué guapo estaba usted! Es la verdad; no
lo digo por adularle. ¡Tenía usted un aire de pillo para las muchachas!
Hasta recuerdo que me dijo algo sobre lo hermosa y fresca que me
encontraba después de los años de ausencia. A usted no le sienta mal que
recuerde esto, ¿verdad? Eran chicoleos de soldado. ¡Tantos diría
entonces! Cuando se fue usted, dijo mi cuñado: «Éste ha colgado los
hábitos para siempre; es inútil que su tío el beneficiado quiera hacerlo
sacerdote.»
--Fue una locura de la juventud--dijo el cardenal, que sonreía con
orgullo recordando al arrogante sargento de dragones--. En España sólo
hay tres carreras dignas del hombre: la de la espada, la de la Iglesia o
la de la toga. La sangre me bullía, y quise ser soldado; pero tuve la
desgracia de pillar tiempos de paz. Mi carrera hubiese sido lenta, y
para no amargar los últimos años de mi tío, seguí sus consejos y reanudé
los estudios, volviendo a la Iglesia. En un sitio y en otro se puede
servir a Dios y a la patria; pero cree que muchas veces, con todo mi
cardenalato a cuestas, pienso con envidia en aquel militar que tú viste.
¡Qué tiempos tan dichosos! Aún me tira la espada. Cuando veo a los
cadetes, cambiaría a gusto con cualquiera de ellos, entregándoles mi
báculo y mi cruz. ¡Y tal vez lo hiciese mejor que todos ellos! ¡Ah! ¡si
volviesen aquellos tiempos de la Reconquista, en que los prelados
salían a matar moros! ¡Qué gran arzobispo de Toledo hubiese hecho yo...!
Y don Sebastián erguía su cuerpo de anciano obeso, estirando los brazos
con la arrogancia de los últimos restos de su vigor.
--Usted ha sido siempre muy hombre--dijo la jardinera--. Yo se lo digo
muchas veces a ciertos curitas qué hablan de usted, criticándolo por si
patatín o patatán. «No jueguen ustedes con Su Eminencia, que es muy
capaz de entrar un día en el coro, y a éste quiero y a éste no, sacarlos
a todos a bofetada limpia.»
--Más de una vez he estado tentado de hacerlo--dijo el prelado con
firmeza, brillando en sus ojos una chispa de energía--. Pero me detiene
la consideración de mi cargo y mi carácter de sacerdote pacífico. Soy
pastor del católico rebaño, no lobo que aterra a las ovejas con su
fiereza. Pero a veces no puede uno más, y ¡Dios me perdone! he sentido
la tentación de levantar el cayado para empezar a golpes con el rebaño
rebelde que se guarece en la catedral.
El prelado excitábase hablando de sus luchas con el cabildo. La placidez
de espíritu que le proporcionaba la tranquilidad del jardín desaparecía
al recordar a sus hostiles subordinados. Necesitaba, como otras veces,
confiar sus pesares a la jardinera, con esa benevolencia instintiva que
impulsa a los grandes a franquearse con los humildes.
--Tú no sabes, Tomasa, lo que esos hombres me hacen sufrir. Quiero
dominarlos porque soy el amo, porque me deben obediencia con arreglo a
la disciplina, sin la cual no habría Iglesia ni religión, y se me
resisten y me desobedecen. Mis órdenes son cumplidas a regañadientes, y
cuando quiero imponerme, hasta el último cura sale con lo que llama sus
derechos, y me pone pleito, y acude a la Rota y a Roma si es preciso.
Vamos a ver: ¿soy el amo o no lo soy? ¿Es que el pastor discute con sus
ovejas y las consulta para guiarlas por el buen camino...? Me marean y
aturden con sus pleitos y cuestiones. No hay entre ellos ni medio
hombre; todos son chismosos y cobardes. En mi presencia tienen la vista
baja; sonríen y alaban a Su Eminencia; y apenas vuelvo la espalda, son
víboras que intentan morderme, lenguas de escorpión que nada respetan...
¡Ay, Tomasa! ¡Hija mía! ¡Tenme lástima! Cree que cuando pienso en esto
me pongo muy enfermo.
Y el prelado palidecía, abandonando su asiento con gesto doloroso, como
si sus entrañas se conmoviesen con intensas punzadas.
--No haga usted caso--dijo la jardinera--. Usted está por encima de
todos; usted los vencerá.
--Claro que los venceré; ¡pues no faltaba más! Sería la primera vez que
quedase debajo. Estas triquiñuelas de comadres me molestan poco. Sé que
al final veré a mis pies a los repugnantes enemigos. ¡Pero sus lenguas,
Tomasa! ¡Lo que dicen de los seres que más amo en el mundo! Esto es lo
que me hiere, lo que me mata.
Volvió a sentarse, aproximándose a la jardinera para hablar en voz
queda:
--Tú conoces mi pasado mejor que nadie; te lo he contado porque me
inspiras gran confianza. Además, tú eres lista, y lo que no sabes lo
adivinas. Conoces lo que es Visitación para mí, e indudablemente no
ignoras lo que esos miserables dicen de ella. No te hagas la tonta: lo
sabes; todos en la catedral y aun fuera de ella se enteran de esas
calumnias y las creen. Tú eres la única que no puedes creerlas, porque
conoces la verdad... Pero ¡ay!, la verdad no puedo decirla, no puedo
gritarla: me lo impiden estos hábitos.
Y agarraba un puñado de su sotana con los dedos crispados, como si
quisiera rasgarla.
Transcurrió un largo rato de silencio. Don Sebastián miraba al suelo con
ojos duros, contrayendo sus manos como si quisiera agarrar a los
invisibles enemigos. De vez en cuando sentía las punzadas de su
enfermedad y suspiraba dolorosamente.
--¿Por qué pensar en tales cosas?--dijo la jardinera--. Se pone usted
malo, y para esto no era preciso que se molestase bajando a verme.
Mejor hubiera hecho quedándose en palacio.
--No; tú me distraes; encuentro cierto consuelo comunicándote mis penas.
Allá arriba me desespero solo, teniendo que hacer esfuerzos para
tragarme la rabia. No quiero que se enteren mis familiares, pues serían
capaces de reírse; no quiero que sepa nada mi pobre Visitación... ¡Y yo
no sé disimular!, ¡no puedo fingir alegría cuando estoy irritado...!
¡Qué infierno el que sufro! ¡No poder decir que he sido hombre, que he
sido débil, como hecho de carne que soy, y que llevo conmigo los frutos
de mi falta, sin querer separarme de ellos aunque la calumnia me
persiga! Cada uno obra como quien es, y yo quiero ser bueno en medio de
mis pecados. Podía haberme separado de mis hijos, haberlos abandonado,
como hacen otros por conservar su fama de santos; pero yo soy hombre, me
enorgullezco de ello: un hombre con sus defectos y sus virtudes, ni una
más ni una menos que la generalidad de los humanos. El sentimiento de la
paternidad está en mí tan arraigado, tan hondo, que antes perdería la
mitra que abandonar a mis hijos. Ya recuerdas cómo me puse cuando murió
el padre de Juanito, que pasaba por mi sobrino. Creí morir. ¡Un hombrón
tan hermoso y con un porvenir tan brillante! Yo le hubiese hecho
magistrado, presidente del Supremo, ministro, ¡qué sé yo! Y en
veinticuatro horas se me muere, como si el cielo quisiera castigarme. Es
verdad que me queda mi nieto; pero ese Juanito en nada se parece a su
padre, y te lo confieso: le quiero poco; no veo en él más que un reflejo
lejano de mi pobre hijo. De mi pasado, de aquella época que fue la más
feliz de mi vida, sólo me resta Visitación. Es el retrato de la pobre
muerta; ¡la adoro! Y esta dicha mezquina me la turba esa gentuza con sus
calumnias... ¡Hay para matarlos!
Dominado por el grato recuerdo de la primavera que había florecido en
sus primeros años de obispo, allá en una diócesis andaluza, repetía a
Tomasa, una vez más, sus relaciones con cierta dama devota que sentía
desde la niñez horror al mundo. La devoción los había juntado, pero la
vida no tardó en recobrar sus fueros, abriéndose paso en sus relaciones
casi místicas y uniéndolos en carnal abrazo. Habían vivido fieles uno al
otro en el misterio de la vida eclesiástica, amándose con prudencia
escrupulosa, sin que el secreto de sus relaciones trascendiese al
público, hasta que ella murió, dejándole dos hijos. Don Sebastián,
hombre de enérgicas pasiones, sentía la paternidad hasta la vehemencia.
Aquellos dos seres eran la imagen de la pobre muerta, el recuerdo del
único idilio de una vida dedicada por completo a la ambición. Las
calumnias que circulaban los enemigos, fundándolas en la presencia de su
hija en el palacio arzobispal, le ponían como loco.