--Por esto que no quede--dijo don Antolín con resolución--. Lo menos

serán diez dentro del carro, y los hay forzudos de verás. Tú irías para

completar el número. Ya te recomendaría yo para que te guardasen ciertas

consideraciones.

--Pues trato hecho, don Antolín. Cuente usted conmigo. Yo estoy para

ganarme un jornal siempre que se presente.

Acababa de decidirle su deseo de salir de la catedral, de pasar, sin que

nadie reparase en él, por las calles de Toledo, que no había visto desde

que se encerró en el templo. Además, cosquilleaba fuertemente su vanidad

la irónica situación que resultaba de ser él, con sus rotundas

negaciones religiosas quien pasease ante la muchedumbre devota el Dios

del catolicismo.

Este espectáculo le hacía sonreír. Casi era un símbolo. De seguro que el

_Vara de plata_ se regocijaba también, viendo en esto un pequeño triunfo

de la religión, que obligaba a sus enemigos a llevarla en hombros. Pero

él lo consideraba de distinto modo: dentro del carro eucarístico

representaría la duda y la negación ocultas en el interior de un culto

esplendoroso por su pompa exterior, pero vacío de fe y de ideales.

--Quedamos de acuerdo, don Antolín. Dentro de un rato bajaré a la

catedral.

Se despidieron. Y Gabriel, después de digerir tranquilamente la leche

que le sirvió su sobrina, bajó al templo, sin decir nada a la familia

del trabajo que pensaba realizar. Temía la protesta de su hermano.

En el claustro bajo volvió a encontrarse con el _Vara de plata_. Hablaba

con la jardinera, mostrándola escandalizado un haz de espigas con una

cinta roja. Lo había recogido en la pila de agua bendita junto a la

puerta de la Alegría. Todos los años, el día del Corpus, encontraba

igual ofrenda en el mismo sitio. Un desconocido dedicaba a la iglesia el

primer trigo del año.

--Debe ser un loco--decía el sacerdote--. ¿A qué conduce esto? ¿Qué

significa este haz? ¡Si al menos fuese una carretada de gavillas, como

en los buenos tiempos del diezmo...!

Y mientras arrojaba con desprecio las espigas en un arriate del jardín,

Gabriel pensaba con admiración en la fuerza atávica que hacía resucitar

en pleno templo católico la ofrenda gentílica, el homenaje a la

Divinidad de los primeros frutos de la tierra fecundada por el verano.

El coro había terminado y comenzaba la misa cuando Gabriel entró en la

catedral. La gente menuda comentaba a la puerta de la sacristía el gran

incidente de la fiesta. Su Eminencia no había bajado al coro ni

asistiría a la procesión. Decíase que estaba enfermo; pero los de la

casa sonreían recordando que en la tarde anterior había ido de paseo

hasta la ermita de la Virgen de la Vega. Era que no quería ver al

cabildo. Estaba en un acceso de furor contra él, y demostraba su

desprecio negándose a presidirlo en el coro.

Gabriel recorrió las naves. La concurrencia de fieles era mayor que

otros días, pero aun así, la catedral parecía desierta. En el crucero,

arrodilladas entre el coro y el altar mayor, veíanse varias monjas de

almidonadas y picudas tocas cuidando de algunos grupos de niñas vestidas

de negro, con lazos rojos o azules, según el colegio a que pertenecían.

Unos cuantos militares de la Academia, gruesos y calvos, oían la misa de

pie, apoyando el ros sobre el pecho de su guerrera. En esta concurrencia

diseminada y distraída por la música, destacábanse las señoritas del

Colegio de Doncellas Nobles, jóvenes apenas entradas en la pubertad o

soberbias mujeres en toda la amplitud del desarrollo femenil, que

miraban con ojos de brasa: todas con traje de seda negra, mantilla de

blonda montada sobre la peineta y vistosos golpes de rosas, como damas

aristocráticas de gracia manolesca escapadas de un cuadro de Goya.

Gabriel vio a su sobrino el _Tato_ vestido con ropón de escarlata, como

un noble florentino, dando golpes en las losas con la vara para asustar

a los perros. Discutía con un grupo de pastores de la sierra: hombres

negruzcos y retorcidos como sarmientos, con chaquetones pardos y abarcas

y polainas; hembras con pañuelos rojos y faldas mugrientas y remendadas

que pasaban de generación a generación. Habían bajado de las montañas

para ver el Corpus de Toledo, y andaban por las naves de la catedral con

el asombro en los ojos, asustados de sus propios pasos, temblando cada

vez que rugía el órgano, como si temieran ser expulsados de aquel mágico

palacio igual a los de los cuentos. Las mujeres señalaban con un dedo

los ventanales de colores, los rosetones de las portadas, los guerreros

dorados del reloj de la puerta de la Feria, las tuberías de los órganos,

y quedaban inmóviles, con la boca abierta, en estúpida contemplación. El

perrero, con sus vestiduras rojas, les parecía un príncipe, y turbados

por el respeto, no lograban comprender sus palabras. Cuando el _Tato_

amenazó con su bastón a un mastín que se pegaba a las piernas de sus

amos, aquella gente sencilla se decidió a salir del templo antes que

abandonar al fiel compañero de su vida selvática.

Gabriel miró por la verja del coro. La sillería alta y la baja estaban

ocupadas. Era día de gran fiesta, y no sólo los canónigos y beneficiados

estaban en sus asientos, sino los sacerdotes de la capilla de los Reyes

y los prebendades de la capilla Mozárabe, las dos pequeñas iglesias que

vivían aparte, con tradicional autonomía, dentro de la catedral de

Toledo.

Luna vio en medio del coro a su amigo el maestro de capilla, con

sobrepelliz rizada, moviendo una pequeña batuta. En torno de él se

agrupaban hasta una docena de músicos y cantores, cuyos sonidos y voces

quedaban ahogados cada vez que desde lo alto los acompañaba el órgano.

El sacerdote dirigía con un gesto de resignación, mientras la música

perdíase, débil y anonadada, en la soledad de las naves gigantescas.

En el altar mayor, sobre su cuadrada carroza, estaba la famosa custodia

ejecutada por el maestro Villalpando: un templete gótico, primorosamente

calado, que brillaba con el temblor del oro a la luz de los cirios, y de

labor tan sutil y aérea, que al menor movimiento estremecíase, meciendo

sus remates como manojos de espigas.

Iban llegando a la catedral los invitados a la procesión: señores de la

ciudad con traje negro; profesores de la Academia en traje de gala, con

todas sus condecoraciones; oficiales de la Guardia civil con su uniforme

que recordaba el de los soldados de principios de siglo. Por las naves

avanzaban, contoneándose con ligeros saltitos, los niños vestidos de

ángeles: unos ángeles a la Pompadour, con casaca de brocado, zapatos de

tacón rojo, chorrera de blondas alas de latón colgadas de los omoplatos

y una mitra con plumas sobre la peluca blanca. La Primada sacaba para la

fiesta su vestuario tradicional. Los uniformes de gala de los servidores

del templo eran todos del siglo XVIII, la última época de su

prosperidad. Los dos hombres que habían de guiar la carroza iban con

rizos empolvados y calzón y casaca negros, como los abates del último

siglo; los pertigueros y _varas de palo_ se adornaban con golillas

almidonadas y pelucas; el brocado y el terciopelo cubría a toda la gente

de las Claverías, que apenas podía comer. Hasta los acólitos llevaban

dalmática de oro.

El altar mayor estaba adornado con los tapices del _Tanto monta_, los

famosos paños de los Reyes Católicas, con emblemas y escudos, regalo de

Cisneros a la catedral. El obispo auxiliar decía la misa, y él y sus

diáconos ayudantes sudaban bajo las casullas y capas tradicionales,

bordadas, recamadas, con gruesos y deslumbrantes realces, abrumadoras

como armaduras antiguas.

Conmovíase la catedral con la proximidad de la procesión. Sonaban las

puertas de las sacristías al abrirse y cerrarse con estrépito; iba la

gente atareada de un lado a otro. En aquella vida reposada y monótona,

el incidente anual de una procesión que había de recorrer varias calles

causaba iguales trastornos y ocupaciones que una expedición aventurada a

países lejanos.

Al terminar la misa, el órgano comenzó a rugir una marcha desordenada y

ruidosa, algo así como una danza salvaje, mientras se ordenaba la

procesión. Fuera de la catedral sonaban las campanas. La música de la

Academia había cesado de tocar un pasodoble en la misma puerta Llana, y

se oían las voces de mando de los oficiales y el choque unísono de las

culatas al quedar inmóviles las compañías de cadetes.

Don Antolín, con su gran vara de plata y una capa pluvial de brocado

blanco, iba de un lado a otro, reuniendo a los empleados del templo.

Gabriel lo vio aproximarse sudoroso y congestionado.

--A tu puesto: ya es hora.

Y lo llevó al altar mayor, junto a la custodia. Gabriel y ocho hombres

más se introdujeron dentro del armazón levantando un paño de los que

cubrían sus costados. Habían de encorvarse dentro del artefacto. Su

misión era empujarlo para que se deslizara sobre las ruedas ocultas. A

ellos sólo les correspondía dar el impulso: fuera, los dos servidores

de peluca blanca y traje negro eran los encargados de los timones

delantero y trasero, guiando la carroza eucarística por las tortuosas

calles. Gabriel fue colocado por sus compañeros en el centro. Él

avisaría cuándo había que detenerse o emprender la marcha. La custodia

monumental iba montada sobre una plataforma con un gran contrapeso;

entre ésta y la carroza quedaba un palmo de espacio abierto, por donde

asomaba Gabriel sus ojos, transmitiendo las indicaciones del timonel

delantero.

--¡Atención...! ¡Marchen!--dijo Gabriel, obedeciendo a una señal

exterior.

Y el carro sagrado comenzó a moverse con lentitud por el plano inclinado

de madera que cubría los peldaños del altar mayor. Al pasar la verja

hubo que detenerse. La gente se arrodillaba, y abriendo paso en ella don

Antolín y sus _varas de palo_, avanzaban los canónigos con sus largas

vestiduras rojas, el obispo auxiliar con mitra dorada, y las dignidades

con mitras blancas de lino sin adorno alguno. Se arrodillaron todos ante

la custodia, calló el órgano, y acompañados por el carraspeo de un

trombón, entonaron un cántico adorando el Sacramento. El incienso se

elevaba en nubecillas azules en torno de la custodia, velando el brillo

del oro. Cuando cesó el cántico, volvió a sonar el órgano y la carroza

púsose de nuevo en marcha. Temblaba toda ella desde la base a la

cúspide, y el movimiento hacía sonar como un cascabeleo de plata las

campanillas pendientes de sus adornos góticos. Gabriel caminaba agarrado

a una traviesa del carro, con la vista fija en los timoneles, sintiendo

en sus piernas el roce dé los que empujaban aquel artefacto semejante a

los carros de los ídolos indostánicos.

Al salir de la catedral por la puerta Llana--la única del templo que

está al nivel de la calle--, Gabriel pudo abarcar con su vista toda la

procesión. Veía los jinetes de la Guardia civil rompiendo la marcha, los

timbaleros de la ciudad vestidos de rojo, y las cruces de las parroquias

agrupadas sin orden en torno de la manga de la catedral, enorme,

pesadísima, como un globo cubierto de figuras bordadas. Después todo el

centro de la calle libre, flanqueado por dos filas de clérigos y

militares con cirios; los diáconos con incensarios, asistidos por los

ángeles rococós que llevaban las navetas del asiático perfume, y los

canónigos con sus capas históricas de gran valor. A espaldas del

Sacramento se agrupaban las autoridades, y el batallón de los cadetes

cerraba la marcha, fusil al brazo, al aire las rapadas cabezas,

meciéndose al compás de la marcha.

Gabriel aspiraba con delicia el aire de la vía pública. Él, que había

visto las mayores capitales de Europa, admiraba las calles de aquella

ciudad antigua después de su largo encierro en la catedral. Le parecían

populosas, y hasta experimentaba ese mareo que las grandes agitaciones

modernas causan en los habituados a una vida sedentaria.

Los balcones mostrábanse colgados con antiguos tapices y mantones de

Manila; las calles estaban entoldadas, con el pavimento cubierto por una

capa de arena para que la carroza eucarística pudiera deslizarse sobre

los agudos guijarros.

En las cuestas, la custodia avanzaba trabajosamente. Sudaban, jadeantes,

los hombres ocultos en el carro. Gabriel tosía, con el espinazo dolorido

por el encierro en la movible mazmorra, y la majestad de la marcha

turbábase con las voces de mando del canónigo Obrero, que, con

vestiduras rojas y una vara en la mano, dirigía la procesión,

reprendiendo muchas veces, por sus movimientos desordenados, a los

timoneles y a los que impulsaban el catafalco.

Aparte de estas penalidades, Gabriel estaba satisfecho de su escapatoria

extraordinaria a través de la ciudad. Reía pensando en lo que hubiera

dicho la muchedumbre arrodillada con veneración, de conocer al que

asomaba sus ojos por debajo de la custodia. Aquellos oficiales de calzón

blanco y peto rojo, que con la espada al costado y el bicornio sobre el

muslo escoltaban a Dios, tenían sin duda noticias de su existencia;

alguno habría oído hablar de él, y tal vez guardaba su nombre en la

memoria como el de un enemigo de la sociedad. ¡Y el réprobo repelido por

todos, refugiado en un hueco de la catedral, como las aves aventureras

que anidaban en sus bóvedas, era el que guiaba el paso de Dios por las

calles de la religiosa ciudad...!

A más de mediodía volvió la custodia a la Primada. Gabriel, al pasar

junto a la puerta del Mollete, vio adornados los muros exteriores con

los famosos tapices. Terminados los cánticos de despedida, los

sacerdotes se despojaban rápidamente de sus vestiduras, buscando la

puerta a la desbandada, sin saludarse. Iban a comer más tarde que de

costumbre; aquel día extraordinario turbaba su existencia. La iglesia,

tan ruidosa e iluminada durante la mañana, despoblábase rápidamente,

cayendo en el silencio y la penumbra.

Esteban se indignó al ver salir a Gabriel de la carroza eucarística.

--Te vas a matar: eso no es para ti. ¿Qué capricho ha sido el tuyo?

Gabriel reía. Sí, era un capricho, pero no se arrepentía de él. Había

dado un paseo por la ciudad sin ser visto, y su hermano tendría para

atender dos días a su manutención. Él deseaba trabajar, no serle

gravoso.

El _Vara de palo_ se enternecía.

--Pero borrego, ¿te pido algo? ¿Necesito yo otra cosa sino que vivas

tranquilo y te mejores?

Y como si quisiera corresponder a este sacrificio con otro que agradase

a su hermano, al subir a las Claverías no puso la cara torva y habló a

su hija durante la comida.

Por la tarde, el claustro alto quedó casi desierto. Don Antolín bajó

apresuradamente con los talonarios, regocijándose al saber que eran

muchos los forasteros que le aguardaban. El _Tato_ y el campanero se

deslizaron furtivamente por la escalera de la torre vestidos con sus

mejores ropas. Iban a los toros. Sagrario, obligada al reposo para

santificar la fiesta, había pasado a la casa del zapatero. Mientras él

enseñaba los gigantones a criadas, soldados de la Academia y parditos

del campo, la sobrina de Luna ayudaba a remendar la ropa a aquella pobre

mujer abrumada por la miseria y el exceso de hijos.

Cuando el maestro de capilla y el _Vara de palo_ bajaron al coro,

Gabriel salió al claustro. Sólo vio en él a un cadete que paseaba con la

mano en la empuñadura del sable, poniéndolo casi horizontal, como las

rabitiesas tizonas de otros tiempos. Luna le reconoció por sus anchos

pantalones y su talle de avispa, que hacía afirmar al _Tato_ que el tal

cadete usaba corsé. Era Juanito, el sobrino del cardenal. Con frecuencia

paseaba por el claustro esperando una ocasión para hablar con Leocadia,

la hermosa hija del sacristán de la Virgen. De los padres no había nada

que temer; pero el futuro guerrero tenía cierto respeto a la abuela

Tomasa, que veía con malos ojos estas relaciones y amenazaba con

hacérselas saber a su tío el cardenal.

Gabriel había hablado varias veces con el cadete. Cuando el muchacho le

encontraba en el claustro, pegábase a él buscando conversación, para

justificar con estas pláticas su presencia en las Claverías. Luna se

asombró al verle allí en tarde de fiestas.

--Pero ¿no va usted a los toros?--le preguntó--. Todos los de la

Academia deben estar en la plaza.

Juanito sonreía, acariciándose el bigote. Era su gesto favorito, y

levantaba con satisfacción la manga, adornada con galones de sargento.

No era un cadete cualquiera: era un «galonista», y esto, aunque fuese

poca cosa para el que sueña con el generalato, siempre resultaba un paso

adelante... No, no iba a los toros; era un aficionado de verdad, pero se

sacrificaba por hablar toda una tarde con la novia a la puerta de su

casa, en el silencio de las Claverías. La abuela había bajado al jardín,

y el _Azul de la Virgen_ no tardaría en salir, dejándole el campo

libre, como si no se enterase de nada. ¡La gran tarde, amigo Gabriel! Él

tenía ocupaciones más serias e importantes que las de los novatos de la

Academia, que pasaban los domingos en los cafés o paseando como unos

bobos. Su novia se la envidiaban todos en el Alcázar: hasta los

profesores.

--¿Y cuándo es el casamiento?--dijo alegremente Gabriel.

El «galonista» contestó con expresión de hombre importante. Había que

hacer antes muchas cosas: convencer a su tío, lo que no era fácil, y

seguir los impulsos de su buena estrella, hasta llegar a cierta altura.

Él estaba reservado para grandes cosas. Era asunto de pocos años.

--Yo, amigo Luna, soy de la madera de los generales jóvenes. Es la buena

sombra de la familia. Mi tío cuenta que, siendo monaguillo, tenía la

certeza de llegar a cardenal; y ha llegado. Yo ascenderé muy aprisa.

Además, ya sabe usted que un arzobispo de Toledo no es cualquier cosa, y

que el tío tiene relaciones en palacio y manda en el Ministerio de la

Guerra lo mismo que si fuese un general. ¡Como que es más militar que

cura! Para probarlo, ahí está lo único que ha escrito: una plegaria a la

Virgen, para que la reciten los soldados antes de entrar en fuego.

--Y usted, Juanito, ¿siente realmente la vocación militar?

--Mucho. Desde que supe leer y abrir libros, quise ser igual a los

grandes capitanes que veía en las láminas, erguidos sobre el caballo,

con la espada en la mano, arrogantes y hermosos. Crea usted que en esta

carrera nadie entra sin vocación. En los seminarios hay encerrados

muchos contra su voluntad, pero a nadie lo dedican a militar por la

fuerza: el que viene a la Academia es porque le sale de dentro.

¿Y todos están tan seguros del éxito como usted?

--¡Oh, todos!--dijo sonriendo el sobrino del cardenal--. Sólo que la

inmensa mayoría no tiene las mismas probabilidades de hacer carrera.

Pero con tantos como somos, no hay ni uno que piense en la posibilidad

de quedarse vegetando de capitán en un regimiento de reserva, o morir de

viejo llegando, cuando más, a comandante. Todos vemos primeramente la

juventud realzada por el uniforme, por las aventuras (porque ya sabe

usted que las mujeres se pirran por nosotros), por la alegría de vivir,

querido y respetado en todas ocasiones, un palmo por encima del paisano;

después, cuando se aproxima la vejez y engorda uno y empieza a quedarse

calvo, la faja de general, la política, y ¡quién sabe si la cartera de

Guerra! Éste es el pensamiento de todos. No hay quien no crea que en el

porvenir le aguarda una faja, y no tendrá más que descolgarla para

ponérsela en la cintura. Yo sé ciertamente que me espera. Los demás se

lo imaginan... y así vamos viviendo.

Gabriel sonreía oyendo al cadete.

--Son ustedes unos engañados, lo mismo que esos pobres muchachos que

entran en el Seminario creyendo que les espera la mitra o una gran

prebenda al otro lado de la puerta. Es la seducción que aún ejercen

después de muertas las grandes cosas que fueron. Vamos a ver... aparte

del resultado material de la carrera, ¿por qué son ustedes militares...?

--¡Por la gloria!--dijo el cadete campanudamente, recordando las arengas

del coronel-director de la Academia--. ¡Por la patria, cuya defensa nos

está confiada! ¡Por el honor de nuestra bandera!

--¡La gloria!--dijo Gabriel irónicamente--. Conozco eso. Muchas veces,

viéndoles a ustedes tan jóvenes, tan inexpertos, tan llenos de vanas

esperanzas, he rehecho en mi interior lo que bien podría llamarse la

psicología del cadete. Adivino lo que ustedes han pensado antes de

entrar en la Academia y preveo la desilusión amarga y aplastante que les

aguarda a la salida. Los relatos de guerras y la marcialidad artística

del uniforme han seducido su niñez. Después las lecturas belicosas de

una poesía irresistible: Bonaparte, con su banderita, pasando el puente

de Arcole entre las nubes de metralla, grande como un dios; luego,

nuestros generales de ir por casa: Espartero en Luchana, O'Donnell en

África, y sobre todos, Prim, el caudillo casi legendario, guiando con su

sable los batallones en Castillejos: «Yo quiero ser lo mismo--dicen los

muchachos--; adonde llega un hombre, bien puede alcanzar otro.» El

entusiasmo se toma por predestinación, y cada uno se cree fabricado por

Dios para ser un caudillo famoso. Mientras se vive aquí en Toledo, se

sueña con la gloria, con empresas arriesgadas, con batallas gigantescas

y triunfos ruidosos. Pero cuando con las dos estrellas en la manga se va

a un regimiento, lo primero que sale a recibirles en la puerta del

cuartel, casi antes que el saludo del centinela, es la realidad fea y

antipática. El que soñaba con cubrirse de gloria y ser caudillo famoso

antes de los treinta años, no pensando más que en combinaciones

estratégicas y originales fortificaciones, tiene que ocuparse del lavado

y adecentamiento de unos cuantos mozos cerriles que llegan del campo

oliendo a excesiva salud; probar el rancho, hablar de calzoncillos y

camisas y calcular la duración de borceguíes y alpargatas. El que nunca

entró en la cocina de su casa y fue cuidado minuciosamente por su mamá,

despreciando como cosas de mujeres todo lo que no fuese dar voces de

mando y alinear soldados, lo primero con que tropieza en el ejército es

con la necesidad de ser cocinero, sastre, zapatero, etcétera, aguantando

muchas veces repulsas de sus superiores porque no demuestra pericia en

estas faenas.

--Es verdad--dijo riendo Juanito--; pero sin eso no puede haber

ejército, y el ejército es necesario.

--No discutamos si es necesario o no. Yo quiero decir únicamente que

ustedes (y si usted no, porque entra con buen pie, sus compañeros) son

unos engañados, que se preparan sin saberlo el fracaso de la vida, lo

mismo que esos otros jóvenes que, más pobres o menos enérgicos, corren

a entrar en la Iglesia. La Iglesia terminó porque ya no hay fe; la

gloria militar ha acabado para siempre en España porque no hay guerras

de conquista, y nuestro carácter de potencia batalladora se perdió,

afortunadamente, hace siglos. Si tenemos aún alguna guerra, es civil o

colonial; guerras que podríamos llamar zompas, sin brillo y sin

provecho, en las que mueren los hombres tan bien como en las Termopilas

o en Austerlitz, pues sólo una vez se pierde la vida, pero sin el

consuelo de la fama y de la admiración pública, sin la aureola de eso

que llaman gloria. Han nacido ustedes demasiado tarde. El brillo de

otros siglos les atrae con su espejismo, pero llegan con retraso al

llamamiento. Ustedes son los guerreros de un pueblo que forzosamente ha

de vivir en paz; como los seminaristas son los futuros sacerdotes de un

país en el que ya no se hacen milagros, ni hay fe, sino rutina y pereza

de pensamiento.

--Pero si ya no hemos de tener guerras exteriores, si acabaron las

conquistas, servimos, al menos, para defender la integridad del suelo

español, para guardar la casa. ¿Es que usted cree--añadió amoscado el

cadete--que no somos capaces de morir por la patria?

La Catedral · 第 17 / 23 段