ocurre lo que a los grandes señores arruinados que aún tienen para vivir
con holgura y se consideran miserables recordando su pasada opulencia.
La Iglesia tiene la nostalgia de aquellos siglos en que poseía la mitad
de la riqueza española. Pobre es, si piensa en aquellos tiempos; pero si
se compara con el catolicismo de las naciones modernas, resulta, como en
los siglos anteriores, la institución más favorecida y que mejor bocado
se lleva del Estado. Cuarenta y un millones arranca del presupuesto, y
aún le parece poca cosa esta cifra, que resulta una enormidad en un país
que dedica nueve millones a la enseñanza y un millón al socorro de los
desgraciados. Mantenerse en correspondencia con Dios les cuesta a los
españoles cinco veces más que aprender a leer. Pero esto de los cuarenta
y un millones es un tapaojos. La miseria de mi situación me ha hecho
curioso: he querido saber lo que cobra el clero en España y lo que llega
a manos de nosotros, los soldados rasos. Las peticiones y pensiones de
la Iglesia forman una selva intrincada, aparte de los cuarenta y un
millones. No hay ministerio adonde no lleguen sus raíces; su ramaje se
extiende por todos los patios, corredores y tejados del edificio de la
nación. Cobra del Ministerio de Estado por las misiones extranjeras, que
de nada sirven; del de la Guerra y del de Marina por el clero castrense;
del de Instrucción pública y del de Justicia. Cobra para sostener el
boato del romano Pontífice, pues le mantenemos su embajador en España,
que es como si yo me diese el lujo de tomar criados, imponiendo al
vecino la obligación de mantenerlos; cobra por reparación de templos,
por bibliotecas episcopales, por la colonización de Fernando Poo, por
imprevistos, y ¡qué sé yo cuántos capítulos suplementarios! Y hay que
tener en cuenta lo que paga el pueblo español a la Iglesia
voluntariamente, aparte de lo que le da el Estado. La Bula de la Santa
Cruzada produce más de dos millones y medio de pesetas todos los años;
además, hay que tener en cuenta lo que las parroquias sacan de sus
fieles, y las utilidades anuales de las órdenes religiosas por su
ministerio y oficios (ésta sí que es partida gorda), y el presupuesto
eclesiástico de los ayuntamientos y las diputaciones.... En fin, que la
Iglesia, hablando a todas horas de su «pobreza», saca del Estado y del
país más de trescientos millones de pesetas todos los años: casi el
doble de lo que cuesta el ejército; y eso que en las sacristías se
quejan de los tiempos modernos, diciendo que todo se lo comen los
militares y que ellos tienen la culpa de cuanto ocurre, por haberse ido
con la maldita libertad. ¡Trescientos millones, Gabriel! Lo tengo bien
calculado. ¡Y yo, que formo parte de esta institución, tengo siete duros
al mes, y la mayoría de los vicarios de España cobran menos que un
guardia de Consumos y miles de clérigos andan a salto de mata, de
sacristía en sacristía, buscando una misa para poner al fuego el
pucherete, y si no salen a las carreteras cuadrillas de clérigos a
robar, es porque tienen miedo a la Guardia civil, y tras dos días de
hambre llega un tercero en el que pueden comer un mendrugo! Siempre hay
una migaja para entretener el hambre. Ninguna sotana cae en medio de la
calle desfallecida de necesidad, pero son muchos los clérigos que pasan
la existencia engañando al estómago, figurándose que se nutren, hasta
que llega una dolencia cualquiera que les saca del mundo... ¿Adonde va,
pues, todo ese dinero? A la aristocracia de la Iglesia, a la verdadera
casta sacerdotal, pues nosotros, dentro de la religión, somos gente de
escalera abajo. ¡Qué engaño, Gabriel! Renunciar al amor y a la familia;
huir de los placeres profanos, del teatro, los conciertos y el café; ser
mirados por los hombres, aun por los que la echan de religiosos, como
unos seres extraños, una especie intermedia entre la hembra y el macho;
arrastrar faldas, ir vestidos en todo tiempo como un mamarracho lúgubre,
y a cambio de tantos sacrificios ganar menos que los que pican piedra en
las carreteras. Vivimos descansados, ciertamente que no nos caeremos de
un andamio; pero nuestra miseria es mayor que la de muchos obreros, y no
podemos confesarla ni ponernos a implorar limosna, por el prestigio, del
hábito. Además, ¿por qué habían de socorrernos si no préstamos ninguna
utilidad práctica y costamos tan caros al país...? Al terminar la
dominación religiosa en España, sólo nosotros, los de abajo, hemos
sufrido las consecuencias. El sacerdote es pobre, el templo es pobre
también; pero el príncipe de la Iglesia conserva sus miles de duros al
año y el Estado Mayor eclesiástico sigue tranquilo en sus cánticos,
viendo que no peligra la pitanza. La revolución, hasta ahora, sólo ha
perjudicado a la plebe eclesiástica. El poder de la Iglesia ha
terminado, ya no vive; lo que vemos es su cadáver, pero un cadáver
enorme, que costará de remover, y cuya conservación devora mucho dinero.
--Es verdad: la Iglesia ha muerto. Lo que combatimos son sus restos. El
vulgo cree que aún vive porque la ve y la toca: ignora que una religión
tiene en su vida los siglos por minutos y que pasan generaciones y
generaciones entre su defunción y su entierro. Siglos antes de nacer
Jesús ya estaba muerto el paganismo. Los poetas de Atenas se burlaban en
la escena de los dioses olímpicos, los filósofos los despreciaban. Sin
embargo, aún necesitó el cristianismo muchos años de propaganda y el
apoyo político de los Césares para acabar con él. Y ni aun así acaba,
pues los dogmas son como los hombres, que al morir perpetúan algo de su
ser en la familia que les sucede. Las religiones no desaparecen
repentinamente, por escotillón; se extinguen lentamente, infiltrando una
parte de sus creencias y sus ritos en la religión que las reemplaza.
Hemos nacido en uno de estos períodos de transformación: asistimos a la
muerte de todo un mundo de creencias. ¿Cuánto durará la agonía? ¡Quién
sabe! Dos siglos, tal vez menos; lo que tarde a cristalizar en la
humanidad una nueva manifestación de su incertidumbre y su miedo ante el
gran misterio de la Naturaleza. Pero la muerte es segura, indiscutible.
¿Qué religión ha sido eterna? Los síntomas de defunción se ven por todas
partes. ¿Dónde está la fe que arrastraba a la muchedumbre belicosa de
cruzados? ¿Dónde el fervor que levantaba catedrales con seráfica
paciencia durante doscientos años para albergar una hostia bajo una
montaña de piedra? ¿Quién se azota hoy y martiriza su carne y vive en el
desierto, pensando a todas horas en la muerte y el infierno...? En
España, tres siglos de intolerancia, de excesiva presión clerical, han
hecho de nuestra nación la más indiferente en materias religiosas. Se
siguen las ceremonias del culto por rutina, porque hablan a la
imaginación, pero nadie se toma el trabajo de conocer el fundamento de
las creencias que profesa; se acepta todo sin reflexionar; se vive a
gusto, con la seguridad de que a última hora basta morir entre
sacerdotes, con un crucifijo en la mano, para salvar el alma. Tanto
apretaron en otros tiempos curas, frailes e inquisidores, que la
máquina de la fe saltó en mil pedazos, y no hay quien arregle este
artefacto, que requiere la cooperación de todos.... Y esto fue una
fortuna, amigo don Martín. Un siglo más de intolerancia religiosa, y
España hubiera quedado como esos musulmanes de África que viven en la
barbarie por su excesiva religiosidad, después de haber sido los árabes
civilizadores de Córdoba y Granada.
--¿Sabe usted--dijo el joven cura--, por qué el catolicismo conserva sus
apariencias de poder? Porque desde muy antiguo tiene tomadas en los
países latinos todas las avenidas por donde ha de pasar necesariamente
la vida humana.
--Es verdad. Ninguna religión ha sido tan cautelosa como ésta; ninguna
se ha emboscado mejor para salir al encuentro del hombre; ninguna ha
escogido con tanto acierto, en los momentos de dominación, las
posiciones para hacerse fuerte cuando llegase la decadencia. Imposible
moverse sin tropezar con ella. Sabe desde muy antiguo que el hombre,
mientras se ve sano, en la plenitud de su fuerza vital; es, por
instinto, irreligioso. Cuando vive bien, le preocupa poco la llamada
existencia eterna. Únicamente cree en Dios y le teme en la hora de la
suprema cobardía, cuando la muerte le abre la obscuridad sin fondo de la
nada, y él, en su orgullo de bestia racional, se subleva contra la
completa supresión de su ser. Quiere que su alma sea inmortal, y acepta
las fantasías religiosas de cielos e infiernos. La Iglesia, que teme la
irreligiosidad de la salud, ocupa, como usted dice, todas las avenidas
de la vida, para que el hombre no se acostumbre a existir sin ella,
llamándola únicamente a la hora de la muerte. Los muertos le producen
mucho dinero, son su mejor finca; pero quiere igualmente reinar sobre
los vivos. Nada se escapa a su despotismo y su espionaje. Se injiere en
todas las cosas de los humanos, desde las grandes a las insignificantes;
interviene en la vida pública y en la íntima; bautiza al que viene al
mundo, acompaña al niño a la escuela, monopoliza el amor, declarándolo
vergonzoso y abominable cuando no se somete a su bendición, y divide la
tierra en dos categorías: la sagrada para el que muere en su seno, y el
estercolero al aire libre para el hereje. Interviene en el traje,
declarando cuál es el porte honesto y cristiano y cuáles las galas
escandalosas; da reglas para las secretas expansiones en el lecho
matrimonial, y hasta se introduce en la cocina, creando un arte
culinario del catolicismo, que reglamenta lo que se debe comer, lo que
no debe mezclarse, y anatematiza ciertos manjares que, siendo buenos el
resto del año, resultan el más horrendo de los sacrilegios en
determinados días. Acompaña al hombre desde el nacimiento y no lo
abandona ni aun después de depositarlo en la tumba. Lo conserva agarrado
por el alma y le hace peregrinear por el espacio, pasándolo de destino
en destino, ascendiéndolo camino del cielo, con arreglo a los
sacrificios que se imponen sus sucesores en beneficio de la Iglesia.
Mayor y más completo despotismo no lo imaginó ningún tirano.
Era mediodía. El campanero había desaparecido. Se oyó el chirriar de
cadenas y poleas y un trueno sordo hizo temblar toda la torre. Vibraron
el metal y la piedra, y hasta pareció conmoverse el éter del espacio.
Acababa de tocar la Campana Gorda, ensordeciendo a los que estaban junto
a ella. Momentos después, en el frontero Alcázar resonó el marcial
estruendo de trompetas y tambores.
--Vámonos--dijo Gabriel--. Ese Mariano podía habernos avisado, para
evitar la sorpresa.
Y añadió, sonriendo irónicamente:
--Siempre lo mismo. Los parásitos son los que más brillan y más ruido
meten. Lo que no pueden prestar en utilidad lo dan en estruendo.
Llegó la festividad del Corpus sin que el menor incidente alterase la
vida tranquila de la catedral. De vez en cuando se hablaba en el
claustro alto de la salud de Su Eminencia. Sus graves disgustos en el
cabildo le obligaban a guardar cama. Hasta había tenido un ataque que
hacía temer por su vida.
Es cosa del corazón afirmaba el _Tato_, que estaba bien enterado de los
asuntos de palacio--. Doña Visita Hora como una Magdalena, y maldice a
los canónigos viendo a don Sebastián tan malucho.
El _Vara de palo_, al sentarse o la mesa con la familia, hablaba de la
decadencia de la fiesta del Corpus, tan famosa en el Toledo de otros
tiempos. Su afán por lamentarse le hacía olvidar el áspero silencio que
se había impuesto en presencia de su hija.
--No vas a conocer nuestro Corpus--decía a Gabriel--. Del que aún
alcanzamos nosotros, sólo quedan los famosos tapices que se colocan en
el exterior de la catedral. Los gigantones ya no los alinean ante la
puerta del Perdón, y la procesión es cualquier cosa.
El maestro de capilla también se lamentaba.
--¿Y la misa, señor Esteban? ¡Vaya una misa para festividad tan solemne!
Cuatro instrumentos de fuera de casa, y una misita rossiniana de las más
ligeras, con objeto de no gastar mucho. Para esto más valdría tocar sólo
el órgano.
La víspera de la fiesta, la música de la Academia de Infantería tocaba
por la noche ante la catedral, según antigua costumbre. Todo Toledo
acudía a la serenata, que era un acontecimiento en la vida monótona de
la ciudad. De la provincia y de Madrid llegaban forasteros para la
corrida de toros del día siguiente.
Mariano el campanero invitó a los amigos a oír la serenata en la galería
grecorromana de la fachada principal. A la hora en que se apagaban las
luces en las Claverías y don Antolín cerraba la puerta de la calle,
Gabriel y sus amigos deslizábanse cautelosamente hasta la habitación del
campanero. Sagrario fue también, a instancias de su tío, que tuvo casi
que arrancarla de la máquina. Algún rato de esparcimiento había de
gozar; la convenía asomarse al mundo de tarde en tarde; se estaba
matando con aquella vida de abrumadora laboriosidad.
Todos se sentaron en la galería. El zapatero había llevado a su mujer,
siempre con un pequeñuelo agarrado a la flácida ubre. El _Tato_ hablaba
con entusiasmo al manchador y al pertiguero de la corrida del día
siguiente, y Mariano permanecía de pie junto a su admirado camarada,
mientras su mujer, una hembra tan bravía como él, hablaba con Sagrario.
Los hombres lamentaban que no estuviese presente don Martín. Debía andar
por abajo, entre el gentío que llenaba la plaza, pensando sin duda con
terror en que había de levantarse antes del alba para decir la misa a
las monjas.
El palacio del Ayuntamiento estaba adornado con guirnaldas de luces, que
reverberaban sobre la fachada de la catedral, dando a la piedra un
resplandor rojizo de incendio.
Por entre los arbolillos paseaban grupos de muchachas con flores y
blusas blancas, como si fuesen la primera aparición del verano. Los
cadetes las seguían con la mano en la empuñadura del sable, moviendo su
talle esbelto y los anchos pantalones a la turca. El palacio arzobispal
estaba cerrado. Por encima del resplandor rojizo de la plaza abarcaba la
vista una gran extensión de espacio, un cielo de verano, obscuro,
límpido y profundo, matizado por el polvo brillante de las estrellas.
Cuando cesó la música y comenzaron a apagarse las luces, los habitantes
de la catedral sintieron cierta pereza en abandonar sus asientos.
Estaban bien allí. La noche era calurosa, y ellos, habituados al
encierro y el silencio de las Claverías, sentían la alegría de la
libertad permaneciendo en aquel balcón, con Toledo a sus pies y la
inmensidad del espacio ante sus ojos.
Sagrario, que no había salido del claustro alto desde que volvió a la
casa paterna, contemplaba el cielo con admiración.
--¡Cuántas estrellas!--murmuró, como si soñase.
--Esta noche han aumentado--dijo el campanero--. El cielo de estío
parece un campo de estrellas, en el que aumenta la cosecha con el buen
tiempo.
Gabriel se reía de la simplicidad de sus compañeros. Todos ellos
admiraban a Dios, tan previsor y cuidadoso, que había fabricado la luna
para que alumbrase a los hombres por las noches, y las estrellas para
que la obscuridad no fuese absoluta.
--Entonces--preguntó Gabriel--, ¿por qué no hay luna siempre, ya que la
hicieron para alumbrarnos?
Se hizo un largo silencio. Todos reflexionaban sobre la pregunta de
Gabriel. El campanero, por tener más confianza con el maestro, osó
preguntarle lo que todos ellos pensaban. ¿Qué era el cielo?, ¿qué había
más allá de aquel azul...?
La plaza había quedado desierta y en la obscuridad. No había más luz que
el difuso resplandor de los astros esparcidos en el espacio como polvo
de oro. De la inmensa bóveda parecía descender una calma religiosa, una
majestad abrumadora que penetraba en el alma de aquellas gentes
sencillas. El infinito comenzaba a embriagarles con el mareo de su
grandeza.
--Vosotros--dijo Gabriel--tenéis los ojos cerrados para la inmensidad.
No podéis comprenderla. Os han enseñado un origen del mundo mezquino y
rudimentario, el que imaginaron unos cuantos judíos haraposos e
ignorantes en un rincón del Asia, y que, escrito en un libro, ha sido
aceptado hasta nuestros días. Ese Dios personal, semejante a nosotros en
su forma y sus pasiones, es un artesano de gigantesca talla que trabaja
seis días y forma todo lo existente. El primer día «crea la luz» y el
cuarto el sol y las estrellas. ¿De dónde salía, pues, la luz si aún no
se había creado el sol? ¿Es que hay distinción entre una y otro...?
Parece imposible que hayan podido aceptarse tales absurdos durante
siglos.
Los oyentes movían la cabeza en señal de asentimiento. El absurdo les
aparecía palpable, como siempre que hablaba Gabriel.
Si queréis penetrar en el cielo,--continuó Luna--, habéis de despojaros
del concepto humano de la distancia. El hombre todo lo mide por su talla
y las dimensiones las concibe por el alcance de sus ojos. Esta catedral
nos parece gigantesca porque bajo de sus naves somos como hormigas; y
sin embargo, la catedral, vista de lejos, es una insignificante verruga;
comparada con el pedazo de suelo que llamamos España, es menos que un
grano de arena, y sobre la superficie de la Tierra, es un átomo... nada.
Nuestra vista nos hace considerar como alturas que dan el vértigo
treinta o cuarenta metros. En este momento creemos estar muy altos
porque nos hallamos cerca de los tejados de la catedral, y toda esta
distancia vale tan poco para lo infinito como la indecisión de la
hormiga que titubea sobre un guijarro, no sabiendo cómo descender.
Nuestra vista es corta. Nosotros, que medimos por metros, que sólo
podemos concebir distancias breves, tenemos que hacer un gran esfuerzo
de imaginación para abarcar el infinito. Aun así, se nos escapa, y
hablamos de él muchas veces como de una expresión falta de sentido.
¿Cómo haceros entender la inmensidad del mundo...? No creeréis, como
creían nuestros abuelos, que la Tierra está inmóvil y es plana, y que el
cielo es una cúpula de cristal donde Dios hincó las estrellas como
clavos de oro y pasea el sol y la luna para iluminarnos. Sabréis que la
Tierra es redonda y gira en el espacio.
--Sí, algo sabemos de eso--dijo el campanero con acento de duda--. Así
nos lo enseñaron en la escuela. Pero ¿realmente crees tú que se mueve?
--Porque en vuestra pequeñez de seres humanos no podéis sentir ese
movimiento, porque a vuestra vista de topos microscópicos se escapa el
inmenso engranaje del mundo, no dudéis de él. La Tierra gira. Sin
moveros de donde estáis, en veinticuatro horas habéis dado la vuelta
completa al globo. Sin separar los pies del suelo corremos todos
cuatrocientas leguas cada hora, velocidad que no alcanzan los trenes más
rápidos. ¿Os asombráis? Pues aún corremos más sin saberlo. Nuestro
planeta no sólo gira sobre sí mismo, sino que al mismo tiempo circula en
torno del Sol a razón de cien mil kilómetros por hora. Cada segundo
recorremos treinta mil metros. Jamás inventarán los hombres una bala de
cañón tan rápida. Vosotros vais por la inmensidad agarrados a un
proyectil que marcha vertiginosamente, y engañados por vuestra pequeñez,
creéis vivir inmóviles en una catedral muerta... ¡Y estas velocidades no
son nada comparadas con otras! El Sol, a cuyo alrededor giramos, cae y
cae en el vacío, llevando pegados por la atracción a sus flancos a la
Tierra y los otros planetas. Va por la inmensidad, arrastrándonos;
marcha hacia lo desconocido, sin tropezar con otros cuerpos, encontrando
siempre espacio para caer con una rapidez cuyo cálculo da vértigos, y
esto dura miles y millones de siglos, sin que él y la Tierra, que le
sigue en su fuga, pasen dos veces por el mismo sitio.
Escuchaban todos a Gabriel con la boca abierta por el asombro. Sus ojos
brillantes parecían extraviados por el vértigo.
--Hay para volverse locos--murmuraba el campanero--. ¿Qué es pues, el
hombre, Gabriel?
--Nada; como nada es también esta tierra que nos parece tan grande y que
hemos poblado de religiones, Imperios y revelaciones de Dios. ¡Ensueños
de hormiga!, ¡menos aún! El mismo Sol, que nos parece inmenso comparado
con nuestro globo, no es más que un átomo de la inmensidad. Eso que
llamáis estrellas son otros soles como el nuestro, rodeados de planetas
semejantes a la Tierra, y que por su pequeñez resultan invisibles.
¿Cuántos son? El hombre perfecciona sus instrumentos ópticos, y conforme
avanza en el campo del cielo, descubre más y más. Los que apenas se
marcaban en el infinito se aproximan al inventarse un nuevo anteojo, y
tras ellos surgen en la negrura del espacio otros y otros, y así por los
siglos de los siglos. Son incontables: están tan compactos como las
moléculas del humo de una chimenea o del vapor de una nube. Nuestra
pequeñez infinita nos hace apreciar las colosales distancias que existen
entre ellos. Unos son mundos habitados como el nuestro; otros lo fueron
y ruedan solitarios en el espacio, esperando una nueva evolución de la
vida; muchos están naciendo. Y sin embargo, todos esos mundos no son más
que corpúsculos del humo luminoso de lo infinito. El espacio está
poblado de hornos que arden millones, trillones y cuatrillones de
siglos, esparciendo luz y calor. La Vía Láctea no es más que una nube de
astros que forman a nuestra vista una masa, pero que guardan entre sí
distancias en las cuales podrían moverse tres mil soles como el nuestro,
con todos sus planetas, sin tropezarse....
Gabriel recordaba la marcha de los sonidos y de la luz. Su rapidez era
insignificante comparada con las distancias de la inmensidad. El sol más
cercano al nuestro estaba tan lejos, que para ir un sonido de nosotros a
él necesitaría tres millones de años. El mismo sonido, para llegar a la
estrella Polar, invertiría cuatrocientos mil siglos. ¡Y el pobre ser
humano jamás podría viajar con la velocidad del sonido...!
Aquellos soles huían como el nuestro hacia lo ignorado, con vertiginosas
velocidades, pero estaban tan lejos, que transcurrían tres y cuatro mil
años sin que la humanidad advirtiese que se hubieran movido en el
espacio una distancia mayor que el tamaño de una uña. Las dimensiones de
lo infinito causaban la locura. El Sol era una burbuja de gas inflamado;
la Tierra, una imperceptible molécula de arena.
El rayo luminoso de la estrella Polar necesita medio siglo para llegar a
nuestros ojos. Podía haber desaparecido hace cuarenta y nueve años, y
sin embargo, verla aún en el espacio. Y esta estrella era de las
vecinas. El telescopio llegaba a alcanzar mundos tan remotos, que el
rayo de luz llegaba hasta la lente después de un viaje de tres mil años.
Y todos estos mundos incontables nacían, se transformaban y morían como
los seres. En el espacio no había reposo, lo mismo que en la tierra.
Unas estrellas se apagaban, otras brillaban macilentas, otras lucían con
el estallido de vida de la juventud. Los planetas muertos disolvíanse en
incendios de la materia para formar nuevos mundos. Era una renovación
incesante de formas, en períodos de millones de millones de siglos, que
representaban para su existencia lo que las limitadas docenas de años de
nuestra vida. Y más allá de las incalculables distancias, el espacio,
siempre el espacio por todos lados, con nuevos torbellinos de mundos,
sin límite ni barrera.
Gabriel hablaba en medio de un silencio solemne. Los oyentes cerraban
los ojos, como si les atolondrase tanta grandeza y sintieran el mareo de
las alturas. Seguían con la imaginación las descripciones de Gabriel. Su
espíritu limitado quería poner un término al infinito; en su sencillez,
se imaginaban tras las distancias incalculables una bóveda de materia
firmísima, con millones de leguas de espesor. Pero la obra fantástica
algún término había de tener. ¿Qué había detrás de ella? Y la barrera
creada por la imaginación caía repentinamente, y otra vez volaban por el
espacio, siempre infinito, siempre con nuevos mundos.
Gabriel hablaba de ellos y de su vida con absoluta seguridad. El
análisis espectral delataba en los astros la misma composición de la
Tierra. Si en nuestro átomo había surgido la vida, forzosamente existía
también en los otros cuerpos celestes, aunque fuese con distintas
formas. En algunos planetas se habría extinguido ya; en otros estaría
por nacer; pero seguramente aquellos millones de mundos habían tenido o
tenían una vida.
Las religiones, queriendo explicar el origen del mundo, palidecían y se
achicaban ante la inmensidad. Eran como la torre de la catedral, que
cubría con su mole una gran parte del cielo, ocultando millones y
millones de mundos. Y sin embargo, era de una pequeñez insignificante,
comparada con la inmensidad que ocultaba; menos que la parte
infinitesimal de una molécula: nada. Así eran las religiones. Parecían
grandes porque estaban muy próximas al hombre, ocultándole la
inmensidad. Cuando éste miraba por encima de ellas, abarcando con la
vista el infinito, se reía de su soberbia de liliputienses.
--Entonces--preguntó tímidamente el viejo manchador, señalando a la
catedral--, ¿qué es lo que nos enseñan ahí dentro?
--Nada--contestó Gabriel.
--¿Y qué somos nosotros los hombres?--dijo el perrero.
--Nada.
--¿Y los gobernantes, las leyes y las costumbres de la
sociedad?--preguntó el campanero.
--Nada, nada.
Sagrario fijó en su tío los ojos, agrandados por la contemplación
profunda del cielo.
--¿Y Dios?--preguntó con voz dulce--. ¿Dónde está Dios?
Gabriel púsose de pie. Su figura, apoyada en el balaustre de la galería
recortábase negra y vigorosa sobre el espacio estrellado.
--Dios somos nosotros y todo lo que nos rodea. Es la vida, con sus
asombrosas transformaciones, siempre muriendo en apariencia y
renovándose hasta lo infinito. Es esa inmensidad que nos espanta con su
grandeza y no cabe en nuestro pensamiento. Es la materia, que vive
animada por la fuerza que reside en ella, con absoluta unidad, sin
separación ni dualidades. El hombre es Dios; el mundo es Dios también.
Calló un instante, para añadir con energía:
--Pero si me preguntáis por el Dios personal inventado por las
religiones a semejanza del hombre, que saca el mundo de la nada, dirige
nuestras acciones, guarda las almas clasificándolas por sus méritos y
comisiona hijos para que bajen a la tierra y la rediman, buscadlo en esa
inmensidad, ved dónde oculta su pequeñez. Aunque fueseis inmortales,
pasaríais millones de siglos saltando de astro en astro, sin dar jamás
con el rincón que oculta su majestad de déspota destronado. Ese Dios
vengativo y caprichoso surgió del cerebro del hombre, y el cerebro es el
órgano más reciente del ser humano, el último en desarrollarse....
Cuando inventaron a Dios, la Tierra existía millones de años.
VIII
En la mañana del Corpus, la primera persona que vio Gabriel al salir al
claustro fue don Antolín, que repasaba sus talonarios, alineándolos
sobre el borde de piedra de la balaustrada.
--Hoy es un gran día--dijo Luna queriendo halagar al _Vara de plata_--.
Se prepara el gran ingreso: vendrán forasteros.
Don Antolín miró a Gabriel fijamente, como dudando de su sinceridad.
Pero vio que no se burlaba, y contestó con cierta satisfacción:
--No se prepara mal la fiesta. Son muchos los que desean ver nuestros
tesoros. ¡Ay, hijo! ¡Bien lo necesitamos! Tú, que te alegras de nuestro
mal, puedes estar satisfecho. Vivimos en horrible estrechez. Nuestra
fiesta del Corpus vale poco, comparada con la de otros tiempos, y sin
embargo, ¡cuántas economías hay que hacer en la Obrería para pagar los
cuatro ochavos que cueste este extraordinario!
Quedóse silencioso largo rato don Antolín, mirando fijamente a Luna,
como si acabara de ocurrírsele una idea extraordinaria. Al principio
fruncía el seno, cual si la repeliese, mas poco a poco su rostro fue
aclarándose con una sonrisa maliciosa.
--A propósito, Gabriel--dijo con un acento meloso que tenía algo de
agresivo--. Recuerdo que, cuando lo del Monumento de Semana Santa, me
hablaste de que necesitas ganar dinero para tu hermano. Hoy tienes una
ocasión: poca cosa será, pero algo es algo. ¿Quieres ser de los que
llevan la carroza del Sacramento?
Gabriel fue a contestar con altivez al malicioso cura: adivinaba su
intención de molestarle. Pero inmediatamente le tentó el deseo de vencer
al _Vara de plata_ aceptando su proposición. Quiso asombrarle accediendo
a su disparatada idea. Además, pensó en que sería este sacrificio digno
de la generosidad que con él tenía su hermano. Ya que no podía ayudarle
con grandes auxilios de dinero, demostraría sus deseos de trabajar. Los
escrúpulos de amor propio desvanecíanse en él ante la esperanza de
llevar a casa un par de pesetas.
--Tú no querrás--siguió diciendo el sacerdote con acento burlón--. Eres
demasiado «verde», y tu dignidad sufriría mucho paseando al Señor por
las calles de Toledo.
--Pues se equivoca usted. Como querer, sí que quiero; pero el trabajo es
demasiado pesado para un enfermo.