--Así se comprende--dijo Gabriel--la cínica confesión del canónigo

Llorente al explicar por qué fue secretario del Santo Oficio: «Tocaban a

asar, y para no ser asado, me puse de parte del asador.» A los hombres

inteligentes no les quedaba otro remedio. ¿Cómo resistir y rebelarse? El

rey, dueño de vidas y haciendas, no era más que un servidor de obispos,

frailes y familiares. Los monarcas de España, a excepción de los

primeros Borbones, fueron unos criados de la Iglesia. En pueblo alguno

se ha visto tan palpablemente como en este país la solidaridad entre la

religión y la monarquía. La religión logra existir sin los reyes, pero

la monarquía no puede vivir sin la religión. El guerrero afortunado, el

conquistador que funda un trono, no necesita del sacerdote: le basta con

su espada y el prestigio de sus hazañas. Pero al aproximarse la hora de

la muerte, piensa en sus herederos, que no dispondrán como él de la

gloria y el miedo para hacerse respetar, y entonces, atrayéndose al

sacerdote, toma a Dios por aliado misterioso que velará por la

conservación del trono. Los fundadores de dinastías imperan «por la

gracia de la Fuerza», y sus descendientes reinan «por la gracia de

Dios». El monarca y la Iglesia lo fueron todo para el pueblo español. La

fe les hacía esclavos, con una cadena moral que no podía romper

revolución alguna. Su lógica era indestructible. Al crecer en un Dios

personal que se ocupaba de las cosas menudas del mundo y concedía su

gracia al rey para que reinase, les tocaba obedecer a éste, so pena de

ir al infierno. Los que se hallaban bien caídos en el mundo engordaban

alabando al Señor, que crea los reyes para evitar al hombre el trabajo

de gobernarse; los que sufrían consolábanse pensando que la vida es una

prueba pasajera, después de la cual alcanzarían un huequecito en el

cielo. La religión es el mejor auxiliar de la monarquía. Si no hubiese

existido antes de los reyes, éstos la habrían inventado. La prueba está

en que en tiempos de duda como los presentes siguen aferrados al

catolicismo, que es el más fuerte puntal de su trono. En buena lógica,

debían decir los monarcas: «Yo soy rey porque tengo la fuerza, porque me

apoya el ejército.» Pero no señor; prefieren continuar la antigua farsa,

diciendo: «Yo el rey, por la gracia de Dios.» El tirano pequeño no

abandona el regazo del déspota grande. Le es imposible sostenerse por sí

mismo.

Calló un buen rato Gabriel. Se ahogaba; su pecho agitábase con los

estertores de una tos cavernosa. El maestro de capilla se aproximó a él

alarmado.

--No hay que asustarse--dijo Luna reponiéndose--. Es lo de todos los

días. Estoy enfermo y no debía hablar tanto. Además, estas cosas me

excitan. Me irrito ante los absurdos de la monarquía y de la religión,

no sólo en mi país, sino en todo el mundo.... Y sin embargo, he sentido

lástima, profunda conmiseración ante un ser de sangre real. ¿Querrá

usted creerlo...? Le vi de cerca, en una de mis correrías por Europa. No

sé cómo la policía que vigilaba su carruaje no me repelió lejos de allí,

creyendo en un posible atentado. Y lo que yo sentía era compasión,

pensando en los reyes que llegan tarde a un mundo que no cree en el

origen divino, en esos últimos retoños que surgen del tronco carcomido y

agotado de una dinastía, llevando en su pobre savia los vicios de las

ramas muertas.... Era un joven, enfermo como yo, no por azares de su

existencia, sino enfermo desde la cuna, condenado desde antes de nacer a

luchar con el mal que le infiltraron con la vida. Figúrese usted, don

Luis, que en estos momentos fuese yo poderoso, y por conservar mis

intereses engendrase un hijo. ¿No sería un atentado premeditado

fríamente contra el porvenir...?

Y el revolucionario describía al joven enfermo: su cuerpo delgado

fortalecido artificialmente por la higiene y la gimnasia; sus ojos

empañados y macilentos en el fondo de profundas ojeras, y la mandíbula

inferior colgante y como muerta, sin esa energía que la mantiene pegada

al cráneo.

¡Pobre adolescente! ¿Para qué había nacido? ¿Qué iba a dejar de su paso

por el mundo? ¿Por qué la Naturaleza, que muchas veces niega su

fecundidad a seres fuertes, se había mostrado pródiga en el ayuntamiento

sin amor de un tísico moribundo? De nada le servía tener caballos,

carrozas, servidores uniformados que le saludasen y papanatas que le

dieran vivas. Mejor hubiese sido para él no asomar al mundo, permanecer

en el limbo de los privilegiados que no llegan a formarse. Semejante al

escudero de Don Quijote, que, cuando al fin se vio en las abundancias de

Barataría, tuvo al lado un doctor Recio para contrariar sus apetitos, el

pobre ser no podía gozar en completa libertad las dulzuras de la escasa

vida que le restaba.

--Le pagan miles de duros--añadía Gabriel--por cada minuto de su

existencia; pero el oro no puede proporcionarle una gota de sangre nueva

que sanee el veneno hereditario de sus venas. Le rodean hermosas

mujeres; pero si siente subir a lo largo del espinazo el alegre

cosquilleo de la juventud, la savia de la primavera de la vida, la

predisposición genésica de una familia que sólo fue notable y alcanzó

victorias en las luchas de amor, ha de permanecer frío y austero ante la

mirada vigilante de su madre, que sabe que el apasionamiento carnal

puede acabar rápidamente con una vida débil y macilenta. Y como fin de

tantas privaciones, de una abstinencia triste y dolorosa... la muerte

inevitable. ¿Para qué habrá nacido el pobre ser...? A veces las

grandezas de la tierra equivalen a una maldición. La razón de Estado es

el más cruel de los tormentos para un enfermo: le obliga a sonreír, a

fingir una salud que no tiene. Hablar de la enfermedad del rey es un

crimen, y los cortesanos, los que viven a la sombra del trono,

consideran un sacrilegio, un crimen digno de castigo, la menor alusión a

la salud del monarca, como si éste no fuese un ser humano, puesto, como

todos, bajo la advocación de la muerte.

--No me preocupa la política--dijo el maestro de capilla--; lo mismo me

importan reyes que repúblicas: yo soy un súbdito del arte. No sé lo que

la monarquía será en esos otros países que usted ha visto, pero en

España noto que es cosa muerta. Se tolera como una de tantas creaciones

del pasado, pero no inspira entusiasmo y nadie está dispuesto a

sacrificarse por ella. Yo creo que hasta la misma gente que vive a su

sombra y tiene sus particulares intereses confundidos con los del trono

siente más el fervor en la boca que en el corazón.

--Así es, don Luis--dijo Gabriel--. Hace cerca de un siglo que la

monarquía murió en España. El último rey amado y popular fue Fernando

VII. A tal pueblo, tal monarca. Después la nación se ilustró,

emancipándose de las tradiciones, pero los reyes no han progresado;

antes bien, han retrocedido, apartándose cada vez más de aquella

tendencia reformadora y anticlerical de los primeros Borbones. Si hoy,

al educar a un príncipe, dijeran sus maestros: «Queremos hacer de él un

Carlos III», se escandalizarían hasta las piedras de palacio. Los

Austrias han resucitado, como esas plantas parásitas que al ser

arrancadas reaparecen después de algún tiempo. Si en la vivienda de los

reyes se buscan ejemplos del pasado, se recuerda a los cesares

austriacos. ¡El olvido más completo para los primeros Borbones, que

mataron moralmente a la Inquisición, expulsaron a los jesuítas y

fomentaron la prosperidad material del país! Se reniega de la memoria de

aquellos ministros extranjeros que vinieron a civilizar a España, siendo

maestros de Aranda y Floridablanca. Jesuítas, frailes y clérigos ordenan

y dirigen, como en los mejores tiempos de Carlos II. Haber tenido por

consejero a un conde de Aranda, amigo de Voltaire, es una vergüenza del

pasado, sobre la que se hace el silencio.... Sí, don Luis, dice usted

bien: la monarquía es cosa muerta. Entre el país y ella hay la misma

relación que entre un vivo y un cadáver. La secular pereza española, la

resistencia a cambiar de postura, el miedo a lo desconocido que sienten

todos los pueblos estacionarios, son las causas de que aún continúe esa

institución que ni siquiera tiene, como en otras naciones, el éxito

militar y el agrandamiento del territorio como justificaciones de su

existencia.

Con esto cesó la conversación aquella tarde en el cuartucho del músico.

Gabriel se vio atraído de nuevo por el afecto de sus admiradores de las

Claverías. Le acechaban, le seguían, doliéndose de sus ausencias. No

podían vivir sin él, según declaraba el zapatero. Se habían acostumbrado

a escucharle; sentían el afán de «ilustrarse», y rogaban al maestro que

no los abandonara.

--Ahora nos juntamos en la torre--decía el campanero--. El _Vara de

plata_ ve con malos ojos nuestras reuniones, y hasta ha llegado a

amenazar al zapatero con echarlo de las Claverías si continúan en su

casa las tertulias. Conmigo no se meterá: ya conoce mi carácter. Además,

si él manda en el claustro, yo mando en mi torre. Soy capaz, si viene a

molestarnos con su espionaje, de echarlo escaleras abajo. ¡El demonio

del avaro...!

Y añadía con expresión cariñosa, que contrastaba con su carácter rudo y

taciturno:

--Ven, Gabriel: te esperamos en mi casa. Cuando te canses de hacer

compañía a tu sobrina y de oír a ese loco de don Luis, sube un rato. No

podemos pasar sin tu palabra. Don Martín está entusiasmado desde que te

oyó la otra tarde. Desea verte; dice que iría de un extremo a otro de

Toledo por escucharte. Quiere que le avise así que te decidas a reunirte

con los amigos; y eso que don Antolín, hablando con él, te puso de loco

y de hereje que no había por dónde cogerte... Él sí que es un bárbaro,

que, después de estudiar una carrera, sólo sirve para vender papeletas y

explotar a los pobres.

Luna frecuentó las reuniones de casa del campanero. Acompañaba a su

sobrina gran parte de la mañana arrullado por el tictac de la máquina,

que le producía una dulce somnolencia, viendo cómo la tela pasaba bajo

la aguja a pequeños saltos, esparciendo ese perfume químico de los

tejidos nuevos. Contemplaba a Sagrario, siempre triste, entregada al

trabajo con tenacidad taciturna. Cuando de tarde en tarde levantaba la

cabeza para arreglar el hilo y su mirada se encontraba con la de

Gabriel, animábase su cara con una pálida sonrisa. En el aislamiento en

que los había dejado la indignación del padre, sentían la necesidad de

aproximarse, como si les amenazara un peligro. La enfermedad los unía.

Gabriel lamentaba la suerte de la pobre joven, viendo cómo la había

devuelto al mundo después de su fuga del hogar. Las consecuencias de su

mal la martirizaban de vez en cuando con horribles dolores que ella

procuraba ahogar. Si sonreía, sus dientes se mostraban ennegrecidos y

rotos por la absorción del mercurio, entre unos labios de triste color

de violeta. Su cabeza se había despoblado en algunos puntos, ocultándose

la calvicie bajo largos mechones de pelo rubio, restos de su pasada

hermosura, que ella peinaba con arte. Su piel blanca y aterciopelada

tenía manchas rojas, extrañas excoriaciones, que a veces se hinchaban

formando abscesos. A pesar de esto, la juventud, con su fuerza

primaveral, aún asomaba y florecía por entre estas ruinas de la antigua

belleza, dando luz a sus ojos y encanto a su sonrisa.

Muchas noches, Gabriel, al revolverse en su lecho sin poder dormir,

tosiendo y bañado en frío sudor el pecho y la cabeza, oía en el cuarto

inmediato los quejidos de su sobrina, tímidos, sofocados, para que en la

casa no se enterasen de sus dolores.

--¿Qué tenías anoche?--preguntaba Gabriel a la mañana siguiente--. ¿De

qué te quejabas?

Y Sagrario, después de varias negativas, acababa por confesar sus

padecimientos.

--Son los huesos, que me duelen. Un dolor horrible que me espeluzna

apenas me meto en la cama. Parece que me los arrancan pedazo a pedazo...

Y usted, ¿cómo está? Toda la noche le oí toser: parecía que se ahogaba.

Y los dos inválidos de la vida se olvidaban de la propia dolencia para

pensar en la del otro, estableciéndose entre sus almas una corriente de

conmiseración amorosa, atrayéndose, no por el apasionamiento del sexo,

sino por la simpatía fraternal que les inspiraba su desgracia.

Muchas veces, Sagrario alejaba a su tío. Le dolía verle inmóvil, a corta

distancia de ella, tosiendo dolorosamente, contemplándola como si

hubiese hecho de ella un objeto de adoración.

--Levántese de ahí--decía alegremente la muchacha--. Me pone nerviosa

verle siempre tan quietecito, haciéndome compañía, cuando usted lo que

necesita es vida y movimiento. Váyase con los amigos; en la habitación

del campanero le estarán esperando. Luego hablan de mí, creyendo que soy

quien le retengo en casa. ¡A paseo, tío! ¡A hablar de esas cosas que

tanto le animan, y que los pobres oyen con la boca abierta! Tenga

cuidado al subir los escalones. Despacito y con paradas, para que no le

agarre el demonio de la tos.

Gabriel pasaba las últimas horas de la mañana en la habitación del

campanero. Las paredes, de antiguo enjalbegado, estaban adornadas con

grabados amarillentos que representaban episodios de la guerra carlista,

recuerdos de la campaña montaraz que años antes enorgullecía a Mariano,

y de la que ya no hablaba ahora.

Allí encontraba Gabriel a todos sus admiradores. Hasta el zapatero

trabajaba por las noches para no privarse de esta reunión. Don Martín,

el cura, subía también, recatándose para que no le viera el _Vara de

plata_. Era una pequeña comunidad que se agrupaba en torno del apóstol

enfermo con el fervor que inspira lo desconocido.

Gabriel contestaba a las preguntas de aquellos hombres, reveladoras

muchas veces de la simplicidad de su pensamiento. Cuando le acometía la

tos, le rodeaban, mostrando en sus rostros la alarma. Hubiesen querido,

aun a costa de su vida, devolverle la salud. Luna, arrastrado por el

entusiasmo, había acabado por relatarles su vida y sus sufrimientos. El

prestigio del martirio vino a hacer más ardoroso el fervor de aquella

gente. Su apocamiento de hombres sedentarios, tranquilos y seguros

dentro de la catedral, admiraba las aventuras y los tormentos de aquel

luchador. Era para ellos un mártir de la nueva religión de los humildes

y los oprimidos. Además, su inocencia le convertía en una víctima de la

injusticia social, que odiaba cada vez más.

Para ellos no había otra verdad qué la palabra de Gabriel. El campanero,

más rudo y silencioso que los otros, era, sin embargo, el más audaz en

la conversación. Su entusiasmo por Gabriel, que databa de la niñez, su

fidelidad de perro acompañante, le hacían caminar a saltos, aceptando de

un golpe los ideales más lejanos.

--Yo soy lo que tú seas, Gabriel--decía con firmeza--. ¿No eres

anarquista? Pues también seré yo eso.... Al fin, creo que siempre lo he

sido. ¿No quieres que viva el pobre, que el rico trabaje, que cada uno

posea lo que gane y que todos nos ayudemos? Pues eso es lo que yo

pensaba, a mi modo, cuando íbamos por el mundo con el fusil y la

boina... En cuanto a la religión, que antes nos volvía locos, ahora me

tiene sin cuidado. Me convenzo, oyéndote, de que es algo así como una

pamplina inventada por los listos para que los infelices nos conformemos

con las miserias de la tierra esperando el cielo. No está mal

discurrido. Al fin, los que mueren y no encuentran el cielo no vendrán a

quejarse.

Un día, Gabriel quiso subir al departamento de las campanas. Era bien

entrada la primavera, hacía calor, y el cielo, de un intenso azul,

parecía atraerle.

--No he visto la Campana Gorda desde que era niño--dijo--. Subamos:

contemplaré Toledo por última vez.

Y acompañado de sus admiradores, casi llevado en alto por ellos, subió

lentamente la estrecha escalerilla espiral. Arriba, el viento tibio

pasaba murmurando entre las grandes rejas que servían de jaulas a las

campanas. Del centro de la bóveda pendía la famosa _Gorda_, un vaso

gigantesco de bronce con todo un costado rajado por ancha grieta. El

badajo que había hecho la rotura, cincelado y enorme como una columna,

estaba debajo de ella, y otro más ligero ocupaba su cavidad para los

toques. Los tejados de la catedral, negruzcos y vulgares, extendíanse a

los pies de Gabriel. Enfrente, sobre una colina, alzábase el Alcázar,

más alto y enorme que el templo, como si guardase el espíritu del

emperador que lo construyó. César del catolicismo, campeón de la fe,

pero que ansiaba tener la Iglesia a sus pies.

La ciudad esparcía sus techumbres en torno de la catedral. Las casas

desaparecían entre el oleaje de torres, cúpulas y ábsides. Era imposible

volver la vista a punto alguno sin tropezar con parroquias, iglesias,

conventos y antiguos hospitales. La religión había absorbido al Toledo

industrioso de otros siglos, y aún guardaba bajo su caparazón de piedra

a la ciudad muerta. En algunos campanarios ondeaba un banderín rojo con

un cáliz blanco. Era la señal de que un nuevo cura había cantado su

primera misa.

--Nunca he subido aquí--dijo don Martín, sentándose al lado de Gabriel

en unos maderos--que no haya visto esas banderas. El reclutamiento

eclesiástico no cesa jamás. Siempre hay ilusos para llenar sus filas.

Los que sienten la fe son los menos; los más, entran en el mundo

eclesiástico porque ven la Iglesia todavía triunfante y dominadora en

apariencia y creen que dentro de ella les aguarda una carrera

prodigiosa... ¡Infelices! Yo también fui conducido al altar, entre

música y gritos oratorios, como si marchase al triunfo. El incienso

esparcía nubes ante mis ojos; mi familia lloraba de emoción viéndome

nada menos que ministro de Dios. Y al día siguiente de todo este aparato

teatral, cuando se apagan las luces e incensarios y la iglesia recobra

su aspecto vulgar, la vida mísera y la intriga para ganarse el pan:

¡siete duros al mes por aguantar a todas horas a unas pobres mujeres con

el humor agriado por el encierro, vulgares como criadas de servicio, que

pasan la vida averiguando en el locutorio lo que ocurre en la ciudad y

fabricando porquerías dulces para obsequiar a los señores canónigos y a

las familias protectoras de la casa...! ¡Y aún hay curas que envidian,

que ladran de hambre contra mí por la dichosa capellanía de monjas, y me

tienen como un adulador del palacio arzobispal, no comprendiendo de otra

manera que siendo tan joven haya pescado esta prebenda que me permite

vivir en Toledo con siete durazos mensuales...!

Gabriel aprobaba con movimientos de cabeza las lamentaciones del cura.

--Sí; son ustedes unos engañados. La hora de las grandes fortunas dentro

de la Iglesia pasó ya. Los pobres muchachos que ahora visten la sotana

soñando con la mitra me causan el efecto de esos emigrantes que marchan

a países lejanos, famosos por largos siglos de explotación, y los

encuentran más esquilmados aún que su propio país.

--Tiene usted razón, Gabriel; la época de la Iglesia dominante pasó ya.

Aún tiene en sus ubres leche suficiente para todos; sólo que son muy

pocos los que se agarran a ellas y se hartan hasta reventar, mientras

los demás mugen de hambre. Hay para morir de risa cuando hablan de

igualdad y del espíritu democrático de la Iglesia. Una mentira: en

ninguna institución impera un despotismo tal cruel. En los primeros

tiempos, papas y obispos eran elegidos por los fieles y desposeídos del

poder cuando lo empleaban mal. Ahora existe la aristocracia de la

Iglesia, o sea de canónigo para arriba, y el que llega a calarse una

mitra, a ése ni Dios le tose ni hay quien le pida cuentas. En el mundo

laico quedan cesantes los empleados, se separa a los ministros, se

degrada a los militares... hasta se destrona a los reyes. Pero ¿quién

exige responsabilidad al Papa o a los obispos una vez se ven ungidos y

en correspondencia más o menos frecuente con el Espíritu Santo? Si pide

usted justicia, le envían ante tribunales formados igualmente por

aristócratas de la Iglesia. No hay poder más absoluto en la tierra: ni

el del Gran Turco, que en cierto modo es responsable, por el miedo a las

revoluciones del serrallo. Aquí, en el serrallo de la Iglesia, todos

somos menos que hembras. Y si surge un cura que, cansado de

persecuciones, siente renacer el hombre dentro de la sotana y le larga

una puñalada a su tirano, lo declaran loco. ¡El colmo de la hipocresía!

Quieren demostrar que en la Iglesia se vive en el mejor de los mundos y

sólo la falta de razón puede rebelarse contra su régimen.

Calló un buen rato don Martín, como si reconcentrase su memoria, y

añadió:

La Catedral · 第 15 / 23 段