--Pero hombre, Gabrielillo, debes de estar loco. Esos viajes y esas

lecturas te han trastornado. Al principio me indignaba, creyéndote de

los que desean una revolución para quitarnos lo poco que nos queda y

proclamar a la pendanga de la República, suprimiendo el presupuesto

eclesiástico. Pero veo que vas más allá; con nada te conformas, todo te

parece pésimo... y esto me hace gracia. No eres enemigo terrible, porque

tiras de muy lejos. Me parece que andas tan mal de la cabeza como del

pecho.... Pero hombre, ¿aún te parecen poca cosa las revoluciones que

hemos tenido? ¿Y aún crees que el país está tan salvaje como en esos

siglos que has pintado a tu manera...? Pues yo--añadió el sacerdote con

ironía--oigo hablar mucho de los progresos del país, y sé que hay

ferrocarriles, y que los alrededores de las ciudades se pueblan de

chimeneas, y hasta muchos impíos celebran esto, comparándolas con los

campanarios de las iglesias.

--¡Bah!--exclamó Gabriel con expresión de indiferencia--. Algo hay de

esos adelantos. Las revoluciones políticas han puesto a España en

contacto con Europa. La corriente progresiva ha cogido a este país,

arrastrándolo como arrastra a los pueblos asiáticos y oceánicos. Hoy

nadie se libra de ella. Pero nosotros vamos río abajo, inertes y sin

fuerzas; si avanzamos, es por la corriente, no por nuestro vigor,

mientras otros pueblos más fuertes nadan y nadan, alejándose cada vez

más. ¿En qué hemos contribuido a este progreso? ¿Dónde están nuestras

manifestaciones de vida moderna? Los ferrocarriles, escasos y malos, son

obra de extranjeros, y a ellos pertenece su propiedad; entre los rieles

crece la hierba, lo que demuestra que aún sigue la santa calma de

aquellos tiempos de carromatos y galeras aceleradas. Las industrias más

importantes, la metalurgia y las minas, de extranjeros son también, o de

españoles que están supeditados a ellos, viviendo de su protectora

misericordia. La industria vegeta a la sombra de un proteccionismo

bárbaro que encarece el género, fomentando sus defectos, y aun así no

encuentra capital. El dinero sigue guardado en los campos en forma de

tesoro, en el fondo de una tinaja, o se dedica a la usura en las

poblaciones, lo mismo que en pasados siglos. Los más audaces se atreven

a dedicarlo a la compra de los valores públicos, y los gobiernos

continúan el despilfarro, seguros de que encontrarán siempre quienes les

presten y ensalzando este crédito como una manifestación de la

prosperidad del país. Hay en España dos millones de hectáreas de tierra

sin cultivar, veintiséis millones de secano y sólo un millón de regadío.

Este cultivo de secano, que viene a ser toda nuestra agricultura, es un

llamamiento que la desidia española hace al hambre; una demostración

perpetua del fanatismo, que confía en la rogativa y en la lluvia del

cielo más que en los adelantos de los hombres. Los ríos ruedan hacia los

mares por cerca de comarcas abrasadas, desbordándose en el invierno no

para fecundar, sino para arrastrarlo lodo en el ímpetu de la inundación.

Hay piedra para iglesias y nuevos convenios, nunca para diques y

pantanos. Se levantan campanarios y se cortan árboles, que atraen la

lluvia. Y no me arguya usted de nuevo, Antolín, que la Iglesia es pobre

y de nada tiene la culpa. Los pobres son ustedes, los de la Iglesia

rancia y tradicional, los de la religión a la española, pues en esto hay

modas, y los fieles se van con lo más reciente; pero ahí están los

jesuítas, la manifestación más moderna del catolicismo, la «última

novedad», que con su Corazón de Jesús y demás idolatrías a la francesa

levantan palacios e iglesias en todas partes, desviando el dinero que

antes iba a las catedrales y siendo la única demostración de la riqueza

del país. Pero volvamos a nuestro progreso. Peor aún que la sequedad, es

para nuestra agricultura la ignorancia y la rutina del pueblo labrador.

Toda invención y aplicación científica la rechazan, creyéndola mala.

«Los tiempos pasados eran los buenos. Así cultivaban mis abuelos y así

debo hacerlo yo.» La ignorancia se ve convertida en gloria nacional. Y

no hay que esperar por ahora el remedio. En otros países salen de las

universidades y de las escuelas superiores los reformistas, los

combatientes del progreso. Aquí sólo producen los centros de enseñanza

un proletariado de levita ansioso de vivir, que asalta las profesiones y

puestos públicos sin otro deseo que el de abrirse paso y que esta

situación continúe. Se estudia (si es que se estudia) durante unos

cuantos años, no para saber, sino para adquirir un diploma, un pedazo de

papel que autorice a ganarse el pan. Se aprende lo que declama el

catedrático, sin curiosidad alguna de ir más allá. Los profesores son en

su mayoría médicos y abogados que ejercen su carrera, van una hora todos

los días a sentarse en la cátedra, repitiendo como un fonógrafo lo que

dijeron en años anteriores, y vuelven en seguida a sus enfermos y sus

pleitos, sin enterarse de lo que se escribe y se dice por el mundo

después que ellos ganaron su puesto. La cultura española es de segunda

mano, puramente exterior, «traducido del francés», y aun esto para la

exigua minoría que lee, pues el resto de los llamados intelectuales no

tienen otra biblioteca que los textos en que estudiaron de muchachos y

se enteran de los adelantos del pensamiento europeo... por los

periódicos. Los padres, con el afán de asegurar cuanto antes el porvenir

de sus hijos mediante una carrera, los envían a los centros de enseñanza

apenas saben hablar. El estudiante-hombre de otros países, en toda la

plenitud de su razón, no existe aquí. Las universidades se llenan de

niños; en los institutos sólo se ven pantalones cortos. El español, al

afeitarse por primera vez, es ya licenciado y va para doctor. La nodriza

acabará por sentarse al lado del catedrático. Y esos niños que reciben

el bautismo de la ciencia a la edad en que otros países se juega al

trompo, y afirmándose en el título que pregona su ciencia ya no estudian

más, son los intelectuales que han de dirigirnos y salvarnos, los que

mañana serán legisladores y ministros. ¡Vamos, hombre, que hay para

reír!

Gabriel no reía, pero el _Vara de plata_ y los demás celebraban sus

palabras. Toda crítica contra los tiempos presentes alegraba al

sacerdote.

--¡Qué demonio de hombre!--decía a Gabriel--. Tú, en tu locura, tienes

para todos.

--Este país está agotado, don Antolín. Aquí nada queda en pie. Es

incalificable el número de ciudades que han desaparecido desde que

comenzó nuestra decadencia. En otros países guardan cuidadosamente las

ruinas del pasado como páginas de piedra de la Historia. Las limpian,

las conservan, las sostienen y fortifican, y abren caminos para que

todos puedan contemplarlas. Aquí, por donde ha pasado el arte romano, el

bizantino, el árabe, el mudejar, el gótico y el Renacimiento, todas las

artes de Europa, los hierbajos y matorrales cubren las ruinas en los

campos, ocultándolas y desfigurándolas, y la barbarie de las gentes las

mutila en las ciudades. Se piensa a todas horas en el pasado, y sin

embargo, se desprecian sus restos. ¡Qué país de sueño y de abandona!

España no es un pueblo, es un museo desordenado y polvoriento de cosas

viejas que atrae a los curiosos de Europa. En él, hasta las ruinas están

arruinadas.

Los ojos de don Martín, el cura joven, se fijaban en Gabriel. Parecían

hablarle expresando el entusiasmo con que acogía sus palabras. Los otros

oyentes, silenciosos y cabizbajos, no experimentaban menos el encanto de

aquellas afirmaciones, que tan audaces resultaban en el ambiente

reposado y rancio del claustro. Don Antolín era el único que reía,

encontrando graciosísimas, por lo disparatadas, las ideas de Gabriel.

Comenzaba a atardecer. El sol había desaparecido tras de los tejados de

la catedral. La sobrina del _Vara de plata_ volvía a llamarles desde la

puerta de su clavería.

--Ahora vamos, muchacha--dijo el cura--. Tengo que decirle antes una

razón a este señor.

Y dirigiéndose a Luna, continuó:

Pero, ¡hombre de Dios...! (y no debía llamarte así, porque estás

empecatado), tú todo lo encuentras mal. La Iglesia española, rancia,

como tú dices, ha quedado empobrecida, ¡y aún te parece poca revolución!

¿Qué es lo que tú quieres?, ¿qué es lo que deseas para que esto se

arregle? Suéltanos tu secreto y vámanos, que ya va picando el frío.

Y reía, mirando a Gabriel con lástima paternal, como si fuese un niño.

--¡Mi remedio!--exclamó Luna, sin hacer caso del gesto del sacerdote--.

Yo no tengo remedio alguno. Es la marcha de la humanidad la que lo

ofrece. Todos los pueblos de la tierra han pasado por las mismas

evoluciones. Primero fueron regidos por la espada, después por la fe, y

ahora por la ciencia. Nosotros hemos sido gobernados por guerreros y

sacerdotes, pero nos detuvimos en el pórtico de la vida moderna, sin

fuerza ni deseo para tomar la mano de la ciencia, que era la única que

podía guiarnos. De aquí nuestra situación triste. Ciencias son hoy la

agricultura, las industrias, las artes y los oficios, la cultura y el

bienestar de los pueblos... hasta la misma guerra. Y España vive lejos

del sol de la ciencia. Cuando más, conoce un reflejo pálido, frío y

debilitado que le llega de países extraños. La enfermedad de la fe nos

ha dejado sin fuerzas; somos como esos seres que, después de sufrir una

dolencia en su juventud, quedan anémicos para siempre, sin

reconstitución posible, condenados a prematura vejez.

--¡Bah!, ¡la ciencia!--dijo el _Vara de plata_ yendo hacia su casa--.

Conozco eso. Es la eterna música de todos los enemigos de la religión.

No hay mejor ciencia que amar a Dios y sus obras. Buenas tardes.

--Muy buenas, don Antolín. Pero no lo olvide usted; aún no hemos salido

de la fe y la espada. A ratos, nos dirige una o nos arrea la otra. Pero

de la ciencia, ni una palabra. Ni siquiera ha regido España durante

veinticuatro horas.

VII

Gabriel, después de esta tarde, evitó las reuniones en el claustro para

no discutir con el _Vara de plata_. Estaba arrepentido de su audacia. Al

quedar solo había reflexionado sobre los peligros a que se exponía

emitiendo sus ideas con tanta libertad. Le aterraba el ser expulsado de

la catedral, corriendo de nuevo el mundo, a la ventura. Se reprendía,

echándose en cara su afán de chocar con los prejuicios del pasado. ¿Qué

iba a conseguir cambiando el pensamiento de aquella pobre gente? ¿En qué

podía pesar, para la emancipación de la humanidad, la conversión de

aquellos hombres agarrados como moluscos a las piedras del pasado...?

La catedral era para Gabriel un gigantesco tumor que hinchaba la

epidermis española como rastro de antiguas enfermedades. Nada había que

hacer allí. No era un músculo capaz de desarrollo: era un absceso que

aguardaba la hora de ser extirpado o de disolverse por los gérmenes

mortales que llevaba en su interior. Él había escogido como refugio

aquella ruina, y debía callar, ser prudente, para que no le echasen en

cara su ingratitud.

Además, su hermano Esteban, rompiendo el mutismo frío en que se había

encerrado desde la llegada de su hija, le aconsejaba prudencia.

Don Antolín le había llamado, relatándole a su modo la conversación con

Gabriel.

--Tiene unas ideas del demonio, Esteban--dijo el sacerdote--, y las

expone en esta santa casa con la mayor tranquilidad, como si estuviera

en uno de esos clubs infernales que hay en los países extranjeros.

¿Dónde ha estado tu hermano para aprender tales cosas? Jamás había oído

herejías tan enormes.... Dile que lo olvido todo porque le conocí de

pequeño, porque recuerdo que fue la gloria de nuestro Seminario, y

especialmente porque está enfermo y sería inhumano hacerle salir de la

catedral. Pero que no se repita el escándalo. ¡Chitón! Que se guarde

todas esas monstruosidades en la cabeza, si es que tiene gusto en perder

su alma. Pero en esta santa casa, y sobre todo delante del personal, ni

una palabra, ¿lo entiendes?, ni una palabra. No faltaba más sino que en

la Iglesia Primada se diesen _metinges_.... Además, tu hermano debe de

pensar que al fin está comiendo en estos momentos el pan de la Iglesia,

pues de ella vives tú que le mantienes, y que no es muy digno después de

esto hablar de la obra más sabia de Dios, queriendo encontrarla

defectos.

Esta última consideración fue la que más impresionó a Gabriel,

lastimando su dignidad. Don Antolín decía bien. Él no era más que un

parásito de la catedral, y al refugiarse en su regazo le debía gratitud

y silencio. Callaría. ¿No había convenido al ocultarse allí en que había

muerto...? Viviría como el cadáver animado, que era para ciertas órdenes

religiosas la suprema perfección humana. Pensaría como todos, o más

bien, no pensaría: vegetaría, hasta que llegase su última hora, como las

plantas del jardín o los hongos de los contrafuertes del claustro.

Procuró evitar todo encuentro con sus amigos y admiradores de las

Claverías. No visitó más la habitación del zapatero, y cuando veía a los

camaradas rondar por el claustro con la intención de meterse en la casa

de los Luna, dejaba sola a Sagrario, subiéndose al camaranchón del

maestro de capilla.

Los servidores de la catedral sentábanse en torno de la máquina de

coser, esperando en vano que bajase el maestro, satisfechos, ya que no

le veían, de estar cerca de él, mirando su asiento abandonado y

conversando con la muchacha, que se expresaba con ingenua admiración al

hablar de su tío. El maestro de capilla alegrábase al ver que le

visitaba de nuevo Luna. Era su único admirador. Al eclipsarse durante

una buena temporada, el pobre artista había sufrido la amargura de la

soledad, desesperándose con furia infantil, como si un público inmenso

le volviera la espalda. Mimaba a Gabriel como si fuese la mujer amada. A

pesar de su distracción, fijábase en sus toses, recomendándole remedios

fantásticos imaginados por él; se inquietaba por los progresos de la

enfermedad, temblando ante la idea de que la muerte le arrebatase su

único auditorio.

Iba dando a conocer a Luna toda la música que había estudiado durante su

ausencia. Cuando el enfermo tosía mucho, cesaba de tocar el armónium y

emprendía con su amigo largas conversaciones, siempre sobre su

preocupación eterna: el arte musical.

--Gabriel--dijo el maestro una tarde--, usted que es tan observador y

sabe tanto, ¿no se ha fijado en que España es triste y no tiene el

«dulce sentimentalismo» de la verdadera poesía...? No es melancólica, es

triste, con su tristeza huraña y brutal. O ríe a carcajadas o llora

rugiendo; no tiene la sonrisa suave, la alegría inteligente que

distingue al hombre de la bestia. Si ríe, es de dientes afuera; su

interior es siempre lóbrego, con una obscuridad de caverna, en la que se

agitan las pasiones como fieras encerradas que buscan la salida.

--Sí, dice usted bien; España es triste--contestó Luna--. Ya no va

vestida de negro, con el rosario en la empuñadura de la espada, como en

otros siglos, pero por dentro sigue de luto y su alma es lóbrega y

fiera. La pobre ha pasado tres siglos sufriendo las angustias

inquisitoriales de quemar o ser quemada, y aún le dura el pasmo de esta

vida de zozobra. Aquí no hay alegría.

--No la hay, no. Esto se ve en la música mejor que en otra manifestación

de su vida. Los alemanes bailan el vals voluptuoso y alegre, o con el

_bock_ en la mano entonan el _Gaudeamus igitur_, el himno estudiantil a

la gloria de la vida material, libre de cuidados. El francés canta entre

carcajadas espontáneas y danza con los miembros sueltos, saludando con

una risotada sus posturas de una fantasía simiesca. Los ingleses

convierten la gimnasia en baile, con la alegría de un cuerpo sano

satisfecho de su fuerza. Y todos estos pueblos, cuando sienten la dulce

tristeza de la poesía, cantan el _lied_, la romanza, la balada, algo

suave que adormece el alma y habla a la imaginación.... Aquí, las danzas

populares tienen mucho de sacerdotal, recuerdan la tiesura hierática de

los bailarines sagrados o el frenesí ondulante de la sacerdotisa, que

acaba por caer ante el ara con los ojos extraviados y la boca llena de

espuma. ¿Y los cantos? Son hermosísimos, como producto de varias

civilizaciones, pero tristones, desesperados, lóbregos, reveladores del

alma de un pueblo enfermo, que no halla mejor diversión que ver derramar

sangre humana y patalear jacos moribundos en el redondel de un circo.

¡La alegría española! ¡El regocijo andaluz...! Deje usted que me ría.

Una noche, en Madrid, asistí a una fiesta andaluza, lo más típico, lo

más español. Íbamos a divertirnos mucho. ¡Vino y más vino! Y conforme

circulaban las cañas, los entrecejos más fruncidos, las caras más

tristes, los gestos duros. «¡Ole!, ¡venga de ahí! ¡Esto es la alegría

del mundo!» Y la alegría no asomaba por ninguna parte. Los hombres se

miraban con torvo ceño, las mujeres pataleaban y chocaban las manos, con

la mirada perdida en una estúpida vaguedad, como si la música les

vaciase el cráneo. Las bailadoras ondulaban como serpientes erguidas.

Tenían la boca apretada, la mirada dura, graves, altivas, inabordables,

como bayaderas que estuviesen actuando en un rito sagrado. De vez en

cuando, sobre el ritmo monótono y soñoliento, una canción áspera y

estridente como un rugido, como el grito del que cae con las tripas

cortadas. ¿Y la poesía? Lúgubre como un calabozo, hermosa a veces, pero

como puede serlo el canto de un preso asomado a la reja. Puñaladas a la

mujer traidora, ofensas a la madre lavadas con sangre, lamentos contra

el juez que envía a presidio a los caballeros de calañés y faja, adioses

del reo que ve en la capilla la luz del último amanecer; toda una

poesía patibularia y mortal, que encoge el corazón y roba la alegría.

Hasta los himnos a la hermosura de la mujer tienen sangre y bravatas....

Y ésta es la música que divierte al pueblo en sus momentos de expansión

y la que seguirá «alegrándole» tal vez durante siglos.... Somos un

pueblo triste, Gabriel: lo llevamos en la médula; no sabemos cantar si

no es amenazando o llorando, y la canción es más hermosa cuando tiene

más suspiros, hipos dolorosos y estertores de agonía.

--Es verdad. El pueblo español forzosamente ha de ser así. Creyó a ojos

cerrados en sus reyes y sacerdotes como únicos representantes de Dios, y

se moldeó a su imagen y semejanza. Su alegría es la del fraile: una

alegría grosera, de chistes sucios, palabras gruesas y carcajadas como

regüeldos. Nuestras novelas picarescas son cuentos de refectorio

inventados a la hora de la digestión, con los hábitos sueltos, las manos

cruzadas en la panza y la triple barbilla sobre el escapulario. Esa risa

surge siempre de los mismos resortes: la miseria grotesca, los piojos,

el bacín barnizado que tiene el hidalgo por todo mueble, las tretas del

hambre para quitarle al compañero la provisión de mendrugos; las mañas

para cazar bolsas de aquellas damas tapadas que ejercían la prostitución

en los templos y sirvieron de modelo a nuestros poetas del siglo de oro

para pintarnos un mundo mentiroso del honor: la mujer esclava, entre

rejas y celos, más deshonesta y viciosa que la hembra moderna con toda

su libertad.... La tristeza española es obra de sus reyes, de aquellos

sombríos enfermos que soñaban con apoderarse del mundo, mientras su

pueblo perecía de hambre. Al ver que los hechos no correspondían a sus

esperanzas, tornábanse hipocondríacos y desesperadamente fanáticos,

creyendo sus fracasos castigos de Dios y entregándose a una devoción

cruel para aplacar a la Divinidad. Cuando Felipe II conoce el naufragio

de la _Invencible_, la muerte de tantos miles de hombres, el dolor de

media España, no pestañea. «La envié a pelear con los hombres, no

contra los elementos.» Y sigue su rezo: en El Escorial. La tristeza

impasible y feroz de los monarcas gravita sobre la nación. Por algo fue

el negro durante varios siglos el color favorito de la corte de España.

Los bosques sombríos de los sitios reales, las arboledas obscuras del

invierno, fueron y son sus paseos favoritos. Sus palacios de campo

tienen techumbres negras, torres achatadas, con veletas y tétricos

claustros, como si fuesen monasterios.

Gabriel, encerrado en aquel cuartucho, sin más oyente que el maestro de

capilla, olvida la discreción que se había impuesto para conservar su

existencia tranquila en la catedral. Podía hablar sin miedo en presencia

del artista, y hablaba ardorosamente de los reyes españoles y de la

tristeza que habían infiltrado en el país.

La melancolía era el castigo impuesto por la Naturaleza a los déspotas

de la decadencia occidental. Cuando un rey tenía cierta predisposición

artística, como Fernando VI, en vez de gustar la alegría de vivir, moría

de tristeza escuchando las arias de tiple con que le arrullaba

femeninamente Farinelli. Cuando nacían con los oídos del espíritu

cerrados a cal y canto para las voces de la belleza, pasaban la

existencia en los bosques inmediatos a Madrid, persiguiendo, escopeta en

mano, a las reses cornudas y bostezando de fastidio en los descansos de

la caza, mientras las reinas se alejaban cogidas del brazo de algún

guardia de corps.

No se vive impunemente durante tres siglos en marital contacto con la

Inquisición, ejerciendo el poder como simples delegados del Papa, bajo

las inspiraciones de obispos, jesuítas, confesores y órdenes monásticas,

que sólo dejaron a la monarquía española su apariencia de poder,

haciendo de ella una aplastante república teocrática. La tristeza del

catolicismo penetró hasta la médula de los reyes españoles. Mientras

cantaban las fuentes en Versalles entre ninfas de mármol, y los

caballeros de Luis XIV mariposeaban, con sus trajes multicolores,

impúdicos como paganos, en torno de las bellezas pródigas de sus

cuerpos, la corte de España, vestida de negro, con el rosario al cinto,

asistía al quemadero y se ceñía la cinta verde del Santo Oficio,

honrándose con el cargo de alguacil de los achicharradores de herejes.

Mientras la humanidad, enardecida por el soplo carnal del Renacimiento,

admiraba a Apolo y rendía adoración a las Venus descubiertas por el

arado entre los escombros de las catástrofes medioevales, el tipo de

suprema belleza para la monarquía española era el ajusticiado de Judea,

el Cristo polvoriento y negruzco de las viejas catedrales, con la boca

lívida, el tronco contraído y esquelético, los pies huesosos y

derramando sangre, mucha sangre, el líquido amado por las religiones

cuando apunta la duda, cuando la fe flaquea y, para imponer el dogma, se

echa mano a la espada.

Por esto la monarquía española ha bostezado de tristeza, transmitiendo

la melancolía de una a otra generación. Es la realeza católica por

excelencia. Si de vez en cuando surgió algún ser alegre y satisfecho de

la vida, fue porque en el líquido azul de las arterias maternales

penetró una inyección de savia plebeya, como penetra el rayo de sol en

la habitación del enfermo.

Don Luis escuchaba a Gabriel, acogiendo sus palabras con gestos

afirmativos.

--Sí; somos un pueblo gobernado por la tristeza--dijo el artista--.

Dura aún en nosotros el sombrío humor de aquellos siglos negros. Muchas

veces he pensado en lo difícil que sería entonces la existencia para un

espíritu despierto. La inquisición acechando las palabras, queriendo

adivinar los pensamientos. La conquista del cielo como único ideal de la

vida. ¡Y esta conquista cada vez más difícil! Había que entregar el

dinero a la Iglesia para salvarse; la pobreza era el estado perfecto. Y

además del sacrificio del bienestar, la oración a todas horas, la visita

diaria al templo, la vida de cofradía, las disciplinas en la bóveda de

la parroquia, la voz del hermano del Pecado Mortal interrumpiendo el

sueño para recordar la cercanía de la muerte; y unidas a esta existencia

de continua inquietud, la incertidumbre de la salvación, la amenaza de

caer en el infierno por la más leve falta, sin aplacar nunca por

completo al Dios torvo y vengativo. Y a más de esto, la amenaza

material: el terror de la hoguera inspirando la cobardía y el

envilecimiento a los hombres ilustrados.

La Catedral · 第 14 / 23 段