extranjerismo, es la de los cristianos mezclados con árabes, moros y
judíos, la de la tolerancia religiosa, la del engrandecimiento
industrial y agrícola y los municipios libres, la que muere bajo los
Reyes Católicos. Lo que viene luego es la España teutónica y flamenca,
convertida en una colonia de Alemania, sirviendo como un soldado
mercenario bajo banderas extranjeras, arruinándose en empresas que nada
le interesaban, derramando la sangre y el oro por los compromisos del
llamado Sacro Imperio Romano Germánico. Comprendo el encanto que ejerce
el Emperador sobre los caracteres estacionarios, adoradores del pasado.
¡Una gran persona el tal don Carlos! Valeroso en el combate, astuto en
la política, alegre y campechano como un burgomaestre de su país; gran
comedor, gran bebedor y aficionado a tomar por el talle a las muchachas.
Pero no había en él nada de español. La herencia de su madre sólo la
aprereciaba como buena para explotarla. España es una sierva del
germanismo, pronta a dar cuantos hombres se la pidan y a satisfacer
empréstitos y tributos. Toda la vida exuberante almacenada en este suelo
por la cultura hispanoárabe durante siglos la absorbe el Norte en menos
de cien años. Desaparecen los municipios libres; sus defensores suben al
cadalso en Castilla y en Valencia; el español abandona el arado y el
telar para correr el mundo con el arcabuz al hombro; las milicias
ciudadanas se transforman en tercios que se baten en toda Europa sin
saber por qué ni para qué; las ciudades industriosas descienden a ser
aldeas; las iglesias se tornan conventos; el clérigo popular y tolerante
se convierte en fraile, que copia, por imitación servil, el fanatismo
germánico; los campos quedan yermos por falta de brazos; sueñan los
pobres con hacerse ricos en el saqueo de una ciudad enemiga, y abandonan
el trabajo; la burguesía industriosa se convierte en plantel de
covachuelistas y golillas, abandonando el comercio como ocupación vil,
propia de herejes, y los ejércitos mercenarios de España, tan invictos y
gloriosos como desarrapados, sin más paga que el robo y en continua
sublevación contra los jefes, infestan nuestro país con un hampa
miserable, de la que salen el espadachín, el pordiosero con trabuco, el
salteador de caminos, el santero andante, el hidalgo hambrón y todos los
personajes que después recogió la novela picaresca.
--¡Pero Gabriel de los demonios!--dijo, indignado, el _Vara de plata_--,
¿negarás que don Carlos, que edificó el Alcázar de Toledo, y don Felipe
II, que vivió en este mismo claustro, fueron dos grandes reyes...?
--No lo niego: fueron dos hombres extraordinarios, dos grandes monarcas;
pero mataron a España para siempre. Fueron dos extranjeros, dos
alemanes. Felipe II se revistió de un falso españolismo para continuar
la política germánica de su padre. Esta máscara nos causó gran daño,
pues aún quedan hoy muchos que la admiran como la más castiza
representación del españolismo. Hay para volverse loco ante las absurdas
conjeturas y las faltas de verdad que inspiran aquella época. Muchos
católicos sueñan con canonizar a Felipe II por la crueldad fría con que
exterminaba a los herejes: el tal rey no tenía otro catolicismo que el
suyo; era un heredero del cesarismo germánico, eterno martillo de los
papas. Arrastrado por la soberbia, bordeaba continuamente el cisma y la
herejía. Si no rompió con el Pontificado fue porque, temiendo éste que
los soldados de España, que habían entrado dos veces en Roma, se
quedasen en ella para siempre, se allanaba a todas sus imposiciones. El
padre y el hijo nos robaron la nacionalidad y disfrazados con ella,
derrocharon nuestra vida en sus planes puramente personales de resucitar
el cesarismo de Carlomagno y hacer la religión católica a su gusto e
imagen. Hasta mataron la antigua religiosidad española, tolerante y
culta por su continuo roce con el mahometismo y el hebraísmo: aquella
Iglesia hispánica, cuyo sacerdote vivía en paz dentro de las ciudades
con el alfaquí y el rabino, y que castigaba con penas morales a los que
por exceso de celo turbaban el culto de los infieles. La intolerancia
religiosa, que los historiadores extranjeros creen un producto
espontáneo del suelo español, nos fue importada por el cesarismo
germánico. Era el fraile alemán, que llegaba con su brutalidad devota y
su locura teológica, no templada, como en España, por la cultura semita.
Con su intransigencia provocaba la revolución de la Reforma en los
países del Norte; y arrojado de ellos, venía aquí a renovar en tierra
nueva su incultura y su fanatismo. El terreno estaba bien preparado. Al
morir las ciudades libres, aquellos municipios que eran republicanos,
murió el pueblo. La simiente extranjera produjo en poco tiempo una
inmensa selva: la selva de la Inquisición y del fanatismo, que aún
subsiste. Cortan y cortan los leñadores modernos, pero son pocos y caen
fatigados; los brazos de un hombre pueden poco ante troncos de cuatro
siglos. El fuego, únicamente el fuego podrá acabar con esa vegetación
maldita.
Don Antolín abría los ojos con asombro. Ya no se indignaba: parecía
aterrado por las palabras de Luna.
--¡Gabriel!, ¡hijo mío!--exclamó--. Eres más verde de lo que yo creía.
Piensa en dónde estás; fíjate en lo que dices. Estamos en la Iglesia
Primada de las Españas....
Pero Luna había tomado impulso al remover sus recuerdos históricos y no
se detenía, arrastrado por su ardor de propagandista. Le animaba la
antigua fiebre oratoria y hablaba como en los mítines, cuando no podía
contener su palabra entre los aplausos, las protestas y el oleaje de la
muchedumbre resistiendo a la Policía.
El asombro del sacerdote sirvió para excitarle más.
--Felipe II--continuó--era un extranjero, alemán hasta los huesos. Su
gravedad taciturna, su pensamiento tardo y penetrante, no eran
españoles: eran flamencos. La impasibilidad con que recibía los reveses
que arruinaban a la nación era la de un extraño que no estaba ligado por
ningún afecto a esta tierra. «Mejor quiero reinar sobre cadáveres que
sobre herejes», decía. Y cadáveres eran, realmente, los españoles,
condenados a no pensar o a mentir, ocultando su pensamiento. Los
antiguos oficios habían desaparecido. Fuera de la Iglesia no existía
otro porvenir que ser aventurero en aquella América que de nada servía a
la nación, pues la convertían en una caja de caudales del rey, o ser
soldado de oficio en Europa, batiéndose por la reconstitución del Sacro
Imperio Germánico, por la supeditación del Papa al Emperador y por la
extinción de la Reforma religiosa, empresas que en nada interesaban a
España, y eran, sin embargo, sangrías sueltas por las que se escapaba su
vida. Los menestrales desaparecían, tragados por los ejércitos, y las
ciudades se llenaban de inválidos y veteranos arrastrando la roñosa
tizona, única prueba de la valía personal. Extinguiéronse los gremios y
la clase media; sólo hubo nobles, orgullosos de ser criados de los
reyes, y un populacho que pedía pan y espectáculos, como el romano,
contentándose con la sopa de los conventos y las quemas dé herejes
organizadas por la Inquisición.
Después sobrevenía la ruina. Tras los cesares grandes, fatales para
España, venían los chicos: el fanático Felipe III, que daba el golpe de
misericordia expulsando a los moriscos; Felipe IV, un degenerado con
aficiones literarias, que escribía versos y cortejaba monjas, y el
miserable Carlos II.
--Nunca ha habido en España tanta religiosidad, don Antolín--decía
Luna--. La Iglesia era dueña de todo. Los tribunales eclesiásticos
juzgaban hasta al mismo rey, pero la justicia seglar no podía tocarle un
pelo de la ropa al último sacristán, aunque cometiese los mayores
delitos en la vía pública. Sólo la Iglesia podía juzgar a los suyos.
Según cuenta Barrionuevo en sus Memorias, frailes armados hasta los
dientes arrebataban a la justicia del rey, en pleno día y en medio de la
plaza Mayor de Madrid, al pie de la horca, a uno de los suyos
sentenciado por asesinato. La Inquisición no satisfecha con achicharrar
herejes, juzgaba y castigaba... a los contrabandistas de ganado. Los
hombres de letras refugiábanse aterrados en la amena literatura, como
último albergue del pensamiento. Limitábanse a producir novelas
picarescas o comedias en las que se ensalzaba un honor fiero que sólo
existía en la imaginación de los poetas, mientras reinaba la mayor
corrupción en las costumbres. Los grandes ingenios españoles ignoraban o
fingían ignorar lo que la revolución decía más allá dé las fronteras.
Quevedo, que era el más audaz, sólo osaba decir:
_Con la Inquisición_....
¡_Chitan_!
triste epitafio del pensamiento español, que prefería perecer, ya que la
verdad no podía decirse. Para vivir tranquilos y sustentarse en una
época de incultura, los poetas buscaban la sombra de la Iglesia y se
cubrían con sus hábitos. Lope de Vega, Calderón, Moreto, Tirso de
Molina, Mira de Amescua, Tárrega, Argensola, Góngora, Rioja y otros,
eran sacerdotes, muchos de ellos después de una vida borrascosa.
Montalbán fue cura y empleado de la Inquisición, y hasta el pobre
Cervantes, en la vejez, hubo de tomar el hábito de San Francisco. España
tenía once mil conventos, con más de cien mil frailes y cuarenta mil
monjas, y a esto había que añadir ciento sesenta y ocho mil sacerdotes y
los innumerable servidores dependientes de la Iglesia, como alguaciles,
familiares, carceleros y escribanos del Santo Oficio, sacristanes,
mayordomos, buleros, santeros, ermitaños, demandaderos, seises,
cantores, legos, novicios, ¡y qué sé yo cuánta gente más...! En cambio,
la nación, desde treinta millones de habitantes, había bajado a siete
millones en poco más de dos siglos. Las expulsiones de judíos y moriscos
por la intolerancia religiosa; la Inquisición con el miedo que
inspiraba; las continuas guerras en el exterior; la emigración a América
con la esperanza de enriquecerse sin trabajo; el hambre, la falta de
higiene, el abandono de los campos, habían realizado esta rápida
despoblación. Las rentas de España llegaron a bajar a catorce millones
de ducados, mientras las del clero ascendían a ocho millones. La Iglesia
poseía más de la mitad de la fortuna nacional. ¡Qué tiempos!, ¿en, don
Antolín?
El _Vara de plata_ le escuchaba fríamente, como si hubiese formado un
concepto definitivo de Luna y no hiciera gran caso de sus palabras.
--Por malos que fuesen--dijo con lentitud--, no serían peores que los
presentes. Al menos, nadie robaba a la Iglesia. Cada uno se contentaba
con su pobreza, pensando en el cielo, que es la única verdad, y el culto
de Dios tenía lo que le corresponde. ¿Es que tú, acaso, no crees en
Dios...?
Gabriel eludió la respuesta, y siguió hablando de aquellos tiempos.
Fue un período de barbarie, de estancamiento, mientras Europa se
desenvolvía y progresaba. El pueblo que iba al frente de la civilización
se quedó entre los últimos. Los reyes, impulsados por el orgullo español
y por las pretensiones heredadas de los cesares germánicos, acometían la
loca aventura de dominar toda Europa, sin más base que una nación de
siete millones de habitantes y unos tercios mal pagados y hambrientos.
El oro de América iba a parar a los bolsillos de los holandeses, y en
esta empresa, digna de Don Quijote, recibía la nación golpe tras golpe.
España era cada vez más católica, más pobre y más bárbara. Ansiaba
conquistar el mundo, y tenía en su interior regiones enteras
deshabitadas. Muchos de los antiguos pueblos habían desaparecido; se
borraban los caminos; nadie en España sabía con certeza la geografía del
país, y en cambio, pocos ignoraban la situación del cielo y del
purgatorio. Los parajes de alguna feracidad no estaban ocupados por
granjas, sino por conventos, y al borde de las escasas carreteras
vivaqueaban las partidas de bandoleros, refugiándose, al verse
perseguidos, en los monasterios, donde les apreciaban por su
religiosidad y por las muchas misas que encargaban para sus almas
pecadoras.
La incultura era atroz. Los reyes estaban aconsejados por clérigos hasta
en asuntos de guerra. Carlos II, ante la oferta de que tropas holandesas
guarnecieran las plazas españolas de Flandes, consultó el asunto con
teólogos, como un caso de conciencia, porque esto podía facilitar la
difusión de la herejía, y acabó por preferir que cayesen en poder de los
franceses, que, aunque enemigos, al fin eran católicos. En la
Universidad de Salamanca, el poeta Torres de Villarroel no encontraba ni
una sola obra de geografía, y cuando hablaba de matemáticas, los
discípulos le decían que eran cosas de sortilegio, ciencia del diablo
que únicamente podía entenderse untándose con el ungüento que usan los
brujos. Los teólogos de la corte repelían el plan de un canal para unir
el Tajo con el Manzanares, diciendo que la obra era contra la voluntad
de Dios, pues con decir éste «fiat», los dos ríos se hubieran unido, y
que por algo estaban separados desde el principio del mundo. Los médicos
de Madrid pedían a Felipe IV que se dejara la basura en las calles,
«porque siendo muy sutil el aire de la ciudad, ocasionaría grandes
estragos si no se impregnaba del vaho de las inmundicias». Y un siglo
después, un teólogo famoso de Sevilla retaba en un acto público a que
discutiesen con él esta tesis: «Más queremos errar con San Clemente, San
Basilio y San Agustín, que acertar con Descartes y Newton.»
Felipe II había amenazado con pena de muerte y confiscación de bienes al
que publicase libros extranjeros o circulase los manuscritos; sus
sucesores prohibieron a los españoles escribir sobre materias políticas.
Falto el pensamiento de expansión, se dedicó a las artes y la poesía. El
teatro y la pintura llegaron a un nivel casi superior al de los otros
pueblos. Fueron la válvula de escape del genio nacional; pero esta
primavera del arte fue efímera, y en mitad del siglo XVII sobrevino una
decadencia grotesca y envilecedora.
La pobreza en aquellos dos siglos fue horrible. El mismo Felipe II, con
ser señor del mundo, sacó a la venta los títulos de nobleza por seis mil
reales, añadiendo al margen del decreto «que no se reparase mucho en la
calidad y origen de las personas». En Madrid, el pueblo asaltaba las
panaderías, disputándose el pan a puñaladas. El presidente de Castilla
recorría los lugares de la provincia, acompañado del verdugo, para
despojar a los labradores de sus escasas cosechas. Los recaudadores de
tributos, no encontrando qué cobrar en los pueblos, arrancaban las
techumbres de las casas, vendiendo las maderas y las tejas. Las familias
huían al monte al ver en lontananza a los representantes del rey; los
pueblos quedaban desiertos y caían en ruinas. El hambre entraba hasta
en el palacio real, y Carlos II, señor de España y de las Indias, no
podía algunos días dar de comer a la servidumbre. El embajador de
Inglaterra y el de Dinamarca tenían que salir con criados armados a
buscar pan en las cercanías de Madrid.
Y mientras tanto, los innumerables conventos, dueños de más de la mitad
del país y únicos poseedores de la riqueza, mostraban su caridad
repartiendo la sopa a aquellos que aún tenían fuerzas para ir a
buscarla, y fundando hospicios y hospitales, donde la gente moría de
miseria, pero segura de entrar en el cielo. En las ciudades no había más
establecimientos prósperos y ricos que los conventos y los hospitales.
La antigua industria había desaparecido. Segovia, famosa por sus paños,
que ocupaba en su fabricación cerca de cuarenta mil personas, apenas si
tenía quince mil habitantes, y tan olvidados de tejer la lana, que
cuando Felipe V quiso restablecer la fabricación tuvo que traer obreros
alemanes.
--Y así Sevilla, y Valencia, y Medina del Campo, famosas por su feria y
sus industrias--continuaba Gabriel--. Sevilla, que en el siglo XV poseía
dieciséis mil telares de seda, llegó en el XVII a no tener más que
sesenta y cinco. Bien es verdad que, en cambio, su clero catedral era de
ciento diecisiete canónigos y tenía sesenta y ocho conventos con más de
cuatro mil frailes y catorce mil clérigos en la diócesis. ¿Y Toledo? A
fines del siglo XV empleaba cincuenta mil obreros en sus tejidos de seda
y de lana y sus talleres de armas, y a más los curtidores, los plateros,
los guanteros y los joyeros. A fines del XVII no tenía apenas quince mil
habitantes. Todo muerto, todo arruinado; veinticinco casas de familias
ilustres pasaron a poder de los conventos; no había más ricos en la
ciudad que los frailes, el arzobispo y la catedral. España estaba tan
exangüe al acabar los Austrias, que se vio próxima a ser repartida entre
las potencias de Europa, como Polonia, otro pueblo católico como el
nuestro. La discordia entre los reyes fue lo único que nos salvó.
Si tan malos fueron aquellos tiempos, Gabriel--dijo el _Vara de
plata_--, ¿cómo los españoles mostraban tanta conformidad? ¿Por qué no
hacían pronunciamientos y sublevaciones como en esta época de perdición?
--¿Qué habían de hacer? El despotismo de los dos cesares había impuesto
a los españoles una ciega obediencia a los reyes, como representantes de
Dios. El clero los educaba en esta creencia, por la comunidad de
intereses entre la Iglesia y el Trono. Hasta los poetas más ilustres
corrompían al pueblo, ensalzando el servilismo monárquico en sus
comedias. Calderón afirmaba que la hacienda y la vida del ciudadano no
pertenecían a éste, pues eran del rey. Además, la religión lo llenaba
todo, era el único fin de la existencia, y los españoles, pensando
siempre en el cielo, acababan por acostumbrarse a las miserias de la
tierra. No dude usted que el exceso de religiosidad nos arruinó y estuvo
próximo a matarnos como nación. Aún ahora arrastramos las consecuencias
de esta enfermedad que ha durado siglos.... Para salvar de la muerte a
este país, ¿qué hubo que hacer? Llamar al extranjero; y vinieron los
Borbones. Miren ustedes si habríamos llegado abajo, que ni militares
teníamos. En esta tierra, a falta de otros méritos, desde la época
celtíbera siempre hemos contado con caudillos de pelea. Pues bien; en la
guerra de Sucesión hubo que traer generales ingleses y franceses y hasta
oficiales, pues no había un español que supiera apuntar un cañón ni
mandar una compañía. No había quien sirviera para ministro, y
extranjeros fueron todos los gobernantes con Felipe V y Fernando VI;
extranjeros los que vinieron a restaurar las perdidas industrias, a
roturar las tierras abandonadas, a establecer los antiguos riegos y
fundar colonias en los páramos frecuentados por fieras y bandidos.
España, que había colonizado medio mundo a su manera, era a su vez
descubierta y colonizada por los europeos. Los españoles aparecían como
pobres indios guiados por su cacique el fraile y adornados los harapos
con escapularios y milagrosas reliquias. El anticlericalismo era el
único remedio para tanta ruina, y este espíritu vino con los
colonizadores extranjeros. Felipe V quiso suprimir la Inquisición y
acabar la guerra naval con las naciones musulmanas, que duraba mil años,
despoblando las costas del Mediterráneo con el miedo a los piratas
berberiscos y turcos. Pero los indígenas se revolvían contra toda
reforma de los colonizadores, y el primer Borbón tuvo que desistir,
viendo en peligro su corona. Después, sus sucesores inmediatos, con
mayores raíces en el país, se atrevieron a continuar su obra. Carlos
III, para civilizar a España, sólo tuvo que meter mano a la Iglesia,
limitando sus privilegios y sus rentas, cuidando las cosas de la tierra
y olvidando las del cielo. Se vio el mismo espectáculo que en nuestro
siglo, cuando los gobiernos tocan los intereses eclesiásticos. Los
obispos protestaron, hablando en pastorales y cartas de «las
persecuciones de la pobre Iglesia, saqueada en sus bienes, ultrajada en
sus ministros y atropellada en sus inmunidades»; pero el país despertó,
gozando el único período próspero que se conoce en los tiempos modernos
antes de la desamortización. Europa estaba regida entonces por reyes
filósofos y Carlos III era uno de ellos. El eco de la revolución inglesa
vibraba aún en el mundo. Los monarcas querían ser amados, no temidos, y
en casi todas las naciones luchaban con el embrutecimiento de las masas,
imponiendo las reformas progresivas de real orden y casi por la fuerza.
Pero el gran mal del sistema monárquico es la herencia, el poder
vinculado en una familia. Un hombre de buen sentido y rectas intenciones
puede engendrar un imbécil: tras Carlos III reinó Carlos IV, y por si
esto no fuese suficiente, al año de morir aquel monarca estalló la
Revolución francesa, con sus audacias, que volvieron locos a todos los
reyes de Europa. A los Borbones de España se les fue la cabeza, para no
recobrarla ya más. Descarrilaron, se salieron del camino, abrazándose de
nuevo a la Iglesia, como única salvación ante el peligro
revolucionario, y todavía no han vuelto ni volverán a la buena ruta.
Jesuítas, frailes y obispos tornaron a ser los consejeros de palacio, y
aún lo son ahora, como en los tiempos en que Carlos II consultaba los
planes militares y políticos con una junta de teólogos. Hemos tenido
revoluciones mentidas que han derrocado las personas, no las ideas. Algo
hemos adelantado, pero a saltitos, tímidamente, con desordenados
retrocesos, como el que avanza con miedo, y de repente, al más leve
ruido, echa a correr hacia el punto de partida. La transformación ha
sido más exterior que interna. La gente vive aún con el alma del siglo
XVII. Perdura en ella el miedo, la cobardía que inspiraba la hoguera
inquisitorial. Los españoles tienen médula de esclavo; sus arrogancias y
energías son exteriores. No en balde se viven tres siglos de servidumbre
eclesiástica. Hacen revoluciones, son capaces de rebelarse, pero se
detendrán siempre ante el umbral de la Iglesia, que fue su señora por la
fuerza y continúa siéndolo sin ella. No hay miedo de que entren aquí:
esté usted tranquilo, don Antolín; y eso que, en justicia, tendrían
muchas cuentas que pedirla sobre el pasado. ¿Es porque son religiosos
como en otras épocas? Usted sabe que no, y se queja con razón viendo
cómo se extinguen, sin el auxilio popular, las antiguas grandezas de la
Iglesia.
--Eso es verdad--dijo el _Vara de plata_--. No hay fe: nadie es capaz de
hacer un sacrificio por la casa de Dios. Sólo en la hora de la muerte,
cuando entra el miedo, se acuerdan algunos de ayudarnos con su fortuna.
--No hay fe; ésa es la verdad. El español, después de aquella fiebre
religiosa que casi le produjo la muerte, vive en una indiferencia
interna, no por reflexión científica, sino por debilidad de pensamiento.
Sabe que irá al cielo o al infierno; lo cree así porque se lo han
enseñado; pero se deja llevar por la corriente de la vida, sin esfuerzo
alguno por escoger un sitio u otro. Es el hombre que más práctica la
religión y menos piensa en ella. Ni duda ni cree. Acepta lo
establecido, viviendo en un sonambulismo intelectual. Si alguna vez el
pensamiento, desvelándose, le sugiere una crítica, la ahoga al momento
por el miedo. La inquisición aún vive entre nosotros; no tememos a la
hoguera, pero nos causa pavor el «qué dirán». La sociedad estacionada y
refractaria a toda innovación es el Santo Oficio moderno. El que
desentona, saliéndose de la general y monótona vulgaridad, se atrae las
iras sordas de la gran masa escandalizada y sufre el castigo. Si es
pobre, se le somete a la prueba del hambre cortándole los medios de
vida; si es independiente, se le quema en efigie, creando el vacío en
torno de él. Hay que ser correcto, acatar lo establecido, y de aquí que,
ligados unos a otros por el miedo, no surja una idea original, no exista
un pensamiento independiente, y hasta los sabios se guarden para ellos
las conclusiones que sacan del estudio, sometiéndose en la vida vulgar a
los mismos usos y preocupaciones de los imbéciles. Mientras esto siga,
es tarea inútil la de los revolucionarios en este país. Podrán cambiar
aparentemente la faz del suelo, pero al hundir el azadón encontrarán la
piedra de los siglos siempre unida y compacta. El carácter nacional, al
perder la fe religiosa, no ha cambiado. La fe ha muerto, pero queda el
cadáver, con apariencias vitales, ocupando el mismo sitio, obstruyendo
el paso con su dureza de momia. Los mismos revolucionarios sostienen,
con su deseo de no desentonar, este simulacro de vida. Imitan el respeto
y la tolerancia de los vencedores de otros países, pero no aprenden
antes el ímpetu irrespetuoso y anonadador con que otros pueblos
derrumbaron y patearon el pasado sin misericordia ni escrúpulos. Pobre y
arrinconada está la Iglesia, don Antolín, comparándola con lo que fue en
otros siglos; pero no tema usted que se agrave su situación. La marea ha
llegado a su mayor altura y no pasará de ahí. Mientras en este país
tenga miedo la gente a decir lo que piensa, y se escandalice ante una
idea nueva, y tiemble por lo que dirá el vecino, ríanse de las
revoluciones, pues por muchas que estallen no les llegará a ustedes el
agua a la boca.
Don Antolín reía escuchando esto.