--No; la España castiza, la España española, sin mezcla de

extranjerismo, es la de los cristianos mezclados con árabes, moros y

judíos, la de la tolerancia religiosa, la del engrandecimiento

industrial y agrícola y los municipios libres, la que muere bajo los

Reyes Católicos. Lo que viene luego es la España teutónica y flamenca,

convertida en una colonia de Alemania, sirviendo como un soldado

mercenario bajo banderas extranjeras, arruinándose en empresas que nada

le interesaban, derramando la sangre y el oro por los compromisos del

llamado Sacro Imperio Romano Germánico. Comprendo el encanto que ejerce

el Emperador sobre los caracteres estacionarios, adoradores del pasado.

¡Una gran persona el tal don Carlos! Valeroso en el combate, astuto en

la política, alegre y campechano como un burgomaestre de su país; gran

comedor, gran bebedor y aficionado a tomar por el talle a las muchachas.

Pero no había en él nada de español. La herencia de su madre sólo la

aprereciaba como buena para explotarla. España es una sierva del

germanismo, pronta a dar cuantos hombres se la pidan y a satisfacer

empréstitos y tributos. Toda la vida exuberante almacenada en este suelo

por la cultura hispanoárabe durante siglos la absorbe el Norte en menos

de cien años. Desaparecen los municipios libres; sus defensores suben al

cadalso en Castilla y en Valencia; el español abandona el arado y el

telar para correr el mundo con el arcabuz al hombro; las milicias

ciudadanas se transforman en tercios que se baten en toda Europa sin

saber por qué ni para qué; las ciudades industriosas descienden a ser

aldeas; las iglesias se tornan conventos; el clérigo popular y tolerante

se convierte en fraile, que copia, por imitación servil, el fanatismo

germánico; los campos quedan yermos por falta de brazos; sueñan los

pobres con hacerse ricos en el saqueo de una ciudad enemiga, y abandonan

el trabajo; la burguesía industriosa se convierte en plantel de

covachuelistas y golillas, abandonando el comercio como ocupación vil,

propia de herejes, y los ejércitos mercenarios de España, tan invictos y

gloriosos como desarrapados, sin más paga que el robo y en continua

sublevación contra los jefes, infestan nuestro país con un hampa

miserable, de la que salen el espadachín, el pordiosero con trabuco, el

salteador de caminos, el santero andante, el hidalgo hambrón y todos los

personajes que después recogió la novela picaresca.

--¡Pero Gabriel de los demonios!--dijo, indignado, el _Vara de plata_--,

¿negarás que don Carlos, que edificó el Alcázar de Toledo, y don Felipe

II, que vivió en este mismo claustro, fueron dos grandes reyes...?

--No lo niego: fueron dos hombres extraordinarios, dos grandes monarcas;

pero mataron a España para siempre. Fueron dos extranjeros, dos

alemanes. Felipe II se revistió de un falso españolismo para continuar

la política germánica de su padre. Esta máscara nos causó gran daño,

pues aún quedan hoy muchos que la admiran como la más castiza

representación del españolismo. Hay para volverse loco ante las absurdas

conjeturas y las faltas de verdad que inspiran aquella época. Muchos

católicos sueñan con canonizar a Felipe II por la crueldad fría con que

exterminaba a los herejes: el tal rey no tenía otro catolicismo que el

suyo; era un heredero del cesarismo germánico, eterno martillo de los

papas. Arrastrado por la soberbia, bordeaba continuamente el cisma y la

herejía. Si no rompió con el Pontificado fue porque, temiendo éste que

los soldados de España, que habían entrado dos veces en Roma, se

quedasen en ella para siempre, se allanaba a todas sus imposiciones. El

padre y el hijo nos robaron la nacionalidad y disfrazados con ella,

derrocharon nuestra vida en sus planes puramente personales de resucitar

el cesarismo de Carlomagno y hacer la religión católica a su gusto e

imagen. Hasta mataron la antigua religiosidad española, tolerante y

culta por su continuo roce con el mahometismo y el hebraísmo: aquella

Iglesia hispánica, cuyo sacerdote vivía en paz dentro de las ciudades

con el alfaquí y el rabino, y que castigaba con penas morales a los que

por exceso de celo turbaban el culto de los infieles. La intolerancia

religiosa, que los historiadores extranjeros creen un producto

espontáneo del suelo español, nos fue importada por el cesarismo

germánico. Era el fraile alemán, que llegaba con su brutalidad devota y

su locura teológica, no templada, como en España, por la cultura semita.

Con su intransigencia provocaba la revolución de la Reforma en los

países del Norte; y arrojado de ellos, venía aquí a renovar en tierra

nueva su incultura y su fanatismo. El terreno estaba bien preparado. Al

morir las ciudades libres, aquellos municipios que eran republicanos,

murió el pueblo. La simiente extranjera produjo en poco tiempo una

inmensa selva: la selva de la Inquisición y del fanatismo, que aún

subsiste. Cortan y cortan los leñadores modernos, pero son pocos y caen

fatigados; los brazos de un hombre pueden poco ante troncos de cuatro

siglos. El fuego, únicamente el fuego podrá acabar con esa vegetación

maldita.

Don Antolín abría los ojos con asombro. Ya no se indignaba: parecía

aterrado por las palabras de Luna.

--¡Gabriel!, ¡hijo mío!--exclamó--. Eres más verde de lo que yo creía.

Piensa en dónde estás; fíjate en lo que dices. Estamos en la Iglesia

Primada de las Españas....

Pero Luna había tomado impulso al remover sus recuerdos históricos y no

se detenía, arrastrado por su ardor de propagandista. Le animaba la

antigua fiebre oratoria y hablaba como en los mítines, cuando no podía

contener su palabra entre los aplausos, las protestas y el oleaje de la

muchedumbre resistiendo a la Policía.

El asombro del sacerdote sirvió para excitarle más.

--Felipe II--continuó--era un extranjero, alemán hasta los huesos. Su

gravedad taciturna, su pensamiento tardo y penetrante, no eran

españoles: eran flamencos. La impasibilidad con que recibía los reveses

que arruinaban a la nación era la de un extraño que no estaba ligado por

ningún afecto a esta tierra. «Mejor quiero reinar sobre cadáveres que

sobre herejes», decía. Y cadáveres eran, realmente, los españoles,

condenados a no pensar o a mentir, ocultando su pensamiento. Los

antiguos oficios habían desaparecido. Fuera de la Iglesia no existía

otro porvenir que ser aventurero en aquella América que de nada servía a

la nación, pues la convertían en una caja de caudales del rey, o ser

soldado de oficio en Europa, batiéndose por la reconstitución del Sacro

Imperio Germánico, por la supeditación del Papa al Emperador y por la

extinción de la Reforma religiosa, empresas que en nada interesaban a

España, y eran, sin embargo, sangrías sueltas por las que se escapaba su

vida. Los menestrales desaparecían, tragados por los ejércitos, y las

ciudades se llenaban de inválidos y veteranos arrastrando la roñosa

tizona, única prueba de la valía personal. Extinguiéronse los gremios y

la clase media; sólo hubo nobles, orgullosos de ser criados de los

reyes, y un populacho que pedía pan y espectáculos, como el romano,

contentándose con la sopa de los conventos y las quemas dé herejes

organizadas por la Inquisición.

Después sobrevenía la ruina. Tras los cesares grandes, fatales para

España, venían los chicos: el fanático Felipe III, que daba el golpe de

misericordia expulsando a los moriscos; Felipe IV, un degenerado con

aficiones literarias, que escribía versos y cortejaba monjas, y el

miserable Carlos II.

--Nunca ha habido en España tanta religiosidad, don Antolín--decía

Luna--. La Iglesia era dueña de todo. Los tribunales eclesiásticos

juzgaban hasta al mismo rey, pero la justicia seglar no podía tocarle un

pelo de la ropa al último sacristán, aunque cometiese los mayores

delitos en la vía pública. Sólo la Iglesia podía juzgar a los suyos.

Según cuenta Barrionuevo en sus Memorias, frailes armados hasta los

dientes arrebataban a la justicia del rey, en pleno día y en medio de la

plaza Mayor de Madrid, al pie de la horca, a uno de los suyos

sentenciado por asesinato. La Inquisición no satisfecha con achicharrar

herejes, juzgaba y castigaba... a los contrabandistas de ganado. Los

hombres de letras refugiábanse aterrados en la amena literatura, como

último albergue del pensamiento. Limitábanse a producir novelas

picarescas o comedias en las que se ensalzaba un honor fiero que sólo

existía en la imaginación de los poetas, mientras reinaba la mayor

corrupción en las costumbres. Los grandes ingenios españoles ignoraban o

fingían ignorar lo que la revolución decía más allá dé las fronteras.

Quevedo, que era el más audaz, sólo osaba decir:

_Con la Inquisición_....

¡_Chitan_!

triste epitafio del pensamiento español, que prefería perecer, ya que la

verdad no podía decirse. Para vivir tranquilos y sustentarse en una

época de incultura, los poetas buscaban la sombra de la Iglesia y se

cubrían con sus hábitos. Lope de Vega, Calderón, Moreto, Tirso de

Molina, Mira de Amescua, Tárrega, Argensola, Góngora, Rioja y otros,

eran sacerdotes, muchos de ellos después de una vida borrascosa.

Montalbán fue cura y empleado de la Inquisición, y hasta el pobre

Cervantes, en la vejez, hubo de tomar el hábito de San Francisco. España

tenía once mil conventos, con más de cien mil frailes y cuarenta mil

monjas, y a esto había que añadir ciento sesenta y ocho mil sacerdotes y

los innumerable servidores dependientes de la Iglesia, como alguaciles,

familiares, carceleros y escribanos del Santo Oficio, sacristanes,

mayordomos, buleros, santeros, ermitaños, demandaderos, seises,

cantores, legos, novicios, ¡y qué sé yo cuánta gente más...! En cambio,

la nación, desde treinta millones de habitantes, había bajado a siete

millones en poco más de dos siglos. Las expulsiones de judíos y moriscos

por la intolerancia religiosa; la Inquisición con el miedo que

inspiraba; las continuas guerras en el exterior; la emigración a América

con la esperanza de enriquecerse sin trabajo; el hambre, la falta de

higiene, el abandono de los campos, habían realizado esta rápida

despoblación. Las rentas de España llegaron a bajar a catorce millones

de ducados, mientras las del clero ascendían a ocho millones. La Iglesia

poseía más de la mitad de la fortuna nacional. ¡Qué tiempos!, ¿en, don

Antolín?

El _Vara de plata_ le escuchaba fríamente, como si hubiese formado un

concepto definitivo de Luna y no hiciera gran caso de sus palabras.

--Por malos que fuesen--dijo con lentitud--, no serían peores que los

presentes. Al menos, nadie robaba a la Iglesia. Cada uno se contentaba

con su pobreza, pensando en el cielo, que es la única verdad, y el culto

de Dios tenía lo que le corresponde. ¿Es que tú, acaso, no crees en

Dios...?

Gabriel eludió la respuesta, y siguió hablando de aquellos tiempos.

Fue un período de barbarie, de estancamiento, mientras Europa se

desenvolvía y progresaba. El pueblo que iba al frente de la civilización

se quedó entre los últimos. Los reyes, impulsados por el orgullo español

y por las pretensiones heredadas de los cesares germánicos, acometían la

loca aventura de dominar toda Europa, sin más base que una nación de

siete millones de habitantes y unos tercios mal pagados y hambrientos.

El oro de América iba a parar a los bolsillos de los holandeses, y en

esta empresa, digna de Don Quijote, recibía la nación golpe tras golpe.

España era cada vez más católica, más pobre y más bárbara. Ansiaba

conquistar el mundo, y tenía en su interior regiones enteras

deshabitadas. Muchos de los antiguos pueblos habían desaparecido; se

borraban los caminos; nadie en España sabía con certeza la geografía del

país, y en cambio, pocos ignoraban la situación del cielo y del

purgatorio. Los parajes de alguna feracidad no estaban ocupados por

granjas, sino por conventos, y al borde de las escasas carreteras

vivaqueaban las partidas de bandoleros, refugiándose, al verse

perseguidos, en los monasterios, donde les apreciaban por su

religiosidad y por las muchas misas que encargaban para sus almas

pecadoras.

La incultura era atroz. Los reyes estaban aconsejados por clérigos hasta

en asuntos de guerra. Carlos II, ante la oferta de que tropas holandesas

guarnecieran las plazas españolas de Flandes, consultó el asunto con

teólogos, como un caso de conciencia, porque esto podía facilitar la

difusión de la herejía, y acabó por preferir que cayesen en poder de los

franceses, que, aunque enemigos, al fin eran católicos. En la

Universidad de Salamanca, el poeta Torres de Villarroel no encontraba ni

una sola obra de geografía, y cuando hablaba de matemáticas, los

discípulos le decían que eran cosas de sortilegio, ciencia del diablo

que únicamente podía entenderse untándose con el ungüento que usan los

brujos. Los teólogos de la corte repelían el plan de un canal para unir

el Tajo con el Manzanares, diciendo que la obra era contra la voluntad

de Dios, pues con decir éste «fiat», los dos ríos se hubieran unido, y

que por algo estaban separados desde el principio del mundo. Los médicos

de Madrid pedían a Felipe IV que se dejara la basura en las calles,

«porque siendo muy sutil el aire de la ciudad, ocasionaría grandes

estragos si no se impregnaba del vaho de las inmundicias». Y un siglo

después, un teólogo famoso de Sevilla retaba en un acto público a que

discutiesen con él esta tesis: «Más queremos errar con San Clemente, San

Basilio y San Agustín, que acertar con Descartes y Newton.»

Felipe II había amenazado con pena de muerte y confiscación de bienes al

que publicase libros extranjeros o circulase los manuscritos; sus

sucesores prohibieron a los españoles escribir sobre materias políticas.

Falto el pensamiento de expansión, se dedicó a las artes y la poesía. El

teatro y la pintura llegaron a un nivel casi superior al de los otros

pueblos. Fueron la válvula de escape del genio nacional; pero esta

primavera del arte fue efímera, y en mitad del siglo XVII sobrevino una

decadencia grotesca y envilecedora.

La pobreza en aquellos dos siglos fue horrible. El mismo Felipe II, con

ser señor del mundo, sacó a la venta los títulos de nobleza por seis mil

reales, añadiendo al margen del decreto «que no se reparase mucho en la

calidad y origen de las personas». En Madrid, el pueblo asaltaba las

panaderías, disputándose el pan a puñaladas. El presidente de Castilla

recorría los lugares de la provincia, acompañado del verdugo, para

despojar a los labradores de sus escasas cosechas. Los recaudadores de

tributos, no encontrando qué cobrar en los pueblos, arrancaban las

techumbres de las casas, vendiendo las maderas y las tejas. Las familias

huían al monte al ver en lontananza a los representantes del rey; los

pueblos quedaban desiertos y caían en ruinas. El hambre entraba hasta

en el palacio real, y Carlos II, señor de España y de las Indias, no

podía algunos días dar de comer a la servidumbre. El embajador de

Inglaterra y el de Dinamarca tenían que salir con criados armados a

buscar pan en las cercanías de Madrid.

Y mientras tanto, los innumerables conventos, dueños de más de la mitad

del país y únicos poseedores de la riqueza, mostraban su caridad

repartiendo la sopa a aquellos que aún tenían fuerzas para ir a

buscarla, y fundando hospicios y hospitales, donde la gente moría de

miseria, pero segura de entrar en el cielo. En las ciudades no había más

establecimientos prósperos y ricos que los conventos y los hospitales.

La antigua industria había desaparecido. Segovia, famosa por sus paños,

que ocupaba en su fabricación cerca de cuarenta mil personas, apenas si

tenía quince mil habitantes, y tan olvidados de tejer la lana, que

cuando Felipe V quiso restablecer la fabricación tuvo que traer obreros

alemanes.

--Y así Sevilla, y Valencia, y Medina del Campo, famosas por su feria y

sus industrias--continuaba Gabriel--. Sevilla, que en el siglo XV poseía

dieciséis mil telares de seda, llegó en el XVII a no tener más que

sesenta y cinco. Bien es verdad que, en cambio, su clero catedral era de

ciento diecisiete canónigos y tenía sesenta y ocho conventos con más de

cuatro mil frailes y catorce mil clérigos en la diócesis. ¿Y Toledo? A

fines del siglo XV empleaba cincuenta mil obreros en sus tejidos de seda

y de lana y sus talleres de armas, y a más los curtidores, los plateros,

los guanteros y los joyeros. A fines del XVII no tenía apenas quince mil

habitantes. Todo muerto, todo arruinado; veinticinco casas de familias

ilustres pasaron a poder de los conventos; no había más ricos en la

ciudad que los frailes, el arzobispo y la catedral. España estaba tan

exangüe al acabar los Austrias, que se vio próxima a ser repartida entre

las potencias de Europa, como Polonia, otro pueblo católico como el

nuestro. La discordia entre los reyes fue lo único que nos salvó.

Si tan malos fueron aquellos tiempos, Gabriel--dijo el _Vara de

plata_--, ¿cómo los españoles mostraban tanta conformidad? ¿Por qué no

hacían pronunciamientos y sublevaciones como en esta época de perdición?

--¿Qué habían de hacer? El despotismo de los dos cesares había impuesto

a los españoles una ciega obediencia a los reyes, como representantes de

Dios. El clero los educaba en esta creencia, por la comunidad de

intereses entre la Iglesia y el Trono. Hasta los poetas más ilustres

corrompían al pueblo, ensalzando el servilismo monárquico en sus

comedias. Calderón afirmaba que la hacienda y la vida del ciudadano no

pertenecían a éste, pues eran del rey. Además, la religión lo llenaba

todo, era el único fin de la existencia, y los españoles, pensando

siempre en el cielo, acababan por acostumbrarse a las miserias de la

tierra. No dude usted que el exceso de religiosidad nos arruinó y estuvo

próximo a matarnos como nación. Aún ahora arrastramos las consecuencias

de esta enfermedad que ha durado siglos.... Para salvar de la muerte a

este país, ¿qué hubo que hacer? Llamar al extranjero; y vinieron los

Borbones. Miren ustedes si habríamos llegado abajo, que ni militares

teníamos. En esta tierra, a falta de otros méritos, desde la época

celtíbera siempre hemos contado con caudillos de pelea. Pues bien; en la

guerra de Sucesión hubo que traer generales ingleses y franceses y hasta

oficiales, pues no había un español que supiera apuntar un cañón ni

mandar una compañía. No había quien sirviera para ministro, y

extranjeros fueron todos los gobernantes con Felipe V y Fernando VI;

extranjeros los que vinieron a restaurar las perdidas industrias, a

roturar las tierras abandonadas, a establecer los antiguos riegos y

fundar colonias en los páramos frecuentados por fieras y bandidos.

España, que había colonizado medio mundo a su manera, era a su vez

descubierta y colonizada por los europeos. Los españoles aparecían como

pobres indios guiados por su cacique el fraile y adornados los harapos

con escapularios y milagrosas reliquias. El anticlericalismo era el

único remedio para tanta ruina, y este espíritu vino con los

colonizadores extranjeros. Felipe V quiso suprimir la Inquisición y

acabar la guerra naval con las naciones musulmanas, que duraba mil años,

despoblando las costas del Mediterráneo con el miedo a los piratas

berberiscos y turcos. Pero los indígenas se revolvían contra toda

reforma de los colonizadores, y el primer Borbón tuvo que desistir,

viendo en peligro su corona. Después, sus sucesores inmediatos, con

mayores raíces en el país, se atrevieron a continuar su obra. Carlos

III, para civilizar a España, sólo tuvo que meter mano a la Iglesia,

limitando sus privilegios y sus rentas, cuidando las cosas de la tierra

y olvidando las del cielo. Se vio el mismo espectáculo que en nuestro

siglo, cuando los gobiernos tocan los intereses eclesiásticos. Los

obispos protestaron, hablando en pastorales y cartas de «las

persecuciones de la pobre Iglesia, saqueada en sus bienes, ultrajada en

sus ministros y atropellada en sus inmunidades»; pero el país despertó,

gozando el único período próspero que se conoce en los tiempos modernos

antes de la desamortización. Europa estaba regida entonces por reyes

filósofos y Carlos III era uno de ellos. El eco de la revolución inglesa

vibraba aún en el mundo. Los monarcas querían ser amados, no temidos, y

en casi todas las naciones luchaban con el embrutecimiento de las masas,

imponiendo las reformas progresivas de real orden y casi por la fuerza.

Pero el gran mal del sistema monárquico es la herencia, el poder

vinculado en una familia. Un hombre de buen sentido y rectas intenciones

puede engendrar un imbécil: tras Carlos III reinó Carlos IV, y por si

esto no fuese suficiente, al año de morir aquel monarca estalló la

Revolución francesa, con sus audacias, que volvieron locos a todos los

reyes de Europa. A los Borbones de España se les fue la cabeza, para no

recobrarla ya más. Descarrilaron, se salieron del camino, abrazándose de

nuevo a la Iglesia, como única salvación ante el peligro

revolucionario, y todavía no han vuelto ni volverán a la buena ruta.

Jesuítas, frailes y obispos tornaron a ser los consejeros de palacio, y

aún lo son ahora, como en los tiempos en que Carlos II consultaba los

planes militares y políticos con una junta de teólogos. Hemos tenido

revoluciones mentidas que han derrocado las personas, no las ideas. Algo

hemos adelantado, pero a saltitos, tímidamente, con desordenados

retrocesos, como el que avanza con miedo, y de repente, al más leve

ruido, echa a correr hacia el punto de partida. La transformación ha

sido más exterior que interna. La gente vive aún con el alma del siglo

XVII. Perdura en ella el miedo, la cobardía que inspiraba la hoguera

inquisitorial. Los españoles tienen médula de esclavo; sus arrogancias y

energías son exteriores. No en balde se viven tres siglos de servidumbre

eclesiástica. Hacen revoluciones, son capaces de rebelarse, pero se

detendrán siempre ante el umbral de la Iglesia, que fue su señora por la

fuerza y continúa siéndolo sin ella. No hay miedo de que entren aquí:

esté usted tranquilo, don Antolín; y eso que, en justicia, tendrían

muchas cuentas que pedirla sobre el pasado. ¿Es porque son religiosos

como en otras épocas? Usted sabe que no, y se queja con razón viendo

cómo se extinguen, sin el auxilio popular, las antiguas grandezas de la

Iglesia.

--Eso es verdad--dijo el _Vara de plata_--. No hay fe: nadie es capaz de

hacer un sacrificio por la casa de Dios. Sólo en la hora de la muerte,

cuando entra el miedo, se acuerdan algunos de ayudarnos con su fortuna.

--No hay fe; ésa es la verdad. El español, después de aquella fiebre

religiosa que casi le produjo la muerte, vive en una indiferencia

interna, no por reflexión científica, sino por debilidad de pensamiento.

Sabe que irá al cielo o al infierno; lo cree así porque se lo han

enseñado; pero se deja llevar por la corriente de la vida, sin esfuerzo

alguno por escoger un sitio u otro. Es el hombre que más práctica la

religión y menos piensa en ella. Ni duda ni cree. Acepta lo

establecido, viviendo en un sonambulismo intelectual. Si alguna vez el

pensamiento, desvelándose, le sugiere una crítica, la ahoga al momento

por el miedo. La inquisición aún vive entre nosotros; no tememos a la

hoguera, pero nos causa pavor el «qué dirán». La sociedad estacionada y

refractaria a toda innovación es el Santo Oficio moderno. El que

desentona, saliéndose de la general y monótona vulgaridad, se atrae las

iras sordas de la gran masa escandalizada y sufre el castigo. Si es

pobre, se le somete a la prueba del hambre cortándole los medios de

vida; si es independiente, se le quema en efigie, creando el vacío en

torno de él. Hay que ser correcto, acatar lo establecido, y de aquí que,

ligados unos a otros por el miedo, no surja una idea original, no exista

un pensamiento independiente, y hasta los sabios se guarden para ellos

las conclusiones que sacan del estudio, sometiéndose en la vida vulgar a

los mismos usos y preocupaciones de los imbéciles. Mientras esto siga,

es tarea inútil la de los revolucionarios en este país. Podrán cambiar

aparentemente la faz del suelo, pero al hundir el azadón encontrarán la

piedra de los siglos siempre unida y compacta. El carácter nacional, al

perder la fe religiosa, no ha cambiado. La fe ha muerto, pero queda el

cadáver, con apariencias vitales, ocupando el mismo sitio, obstruyendo

el paso con su dureza de momia. Los mismos revolucionarios sostienen,

con su deseo de no desentonar, este simulacro de vida. Imitan el respeto

y la tolerancia de los vencedores de otros países, pero no aprenden

antes el ímpetu irrespetuoso y anonadador con que otros pueblos

derrumbaron y patearon el pasado sin misericordia ni escrúpulos. Pobre y

arrinconada está la Iglesia, don Antolín, comparándola con lo que fue en

otros siglos; pero no tema usted que se agrave su situación. La marea ha

llegado a su mayor altura y no pasará de ahí. Mientras en este país

tenga miedo la gente a decir lo que piensa, y se escandalice ante una

idea nueva, y tiemble por lo que dirá el vecino, ríanse de las

revoluciones, pues por muchas que estallen no les llegará a ustedes el

agua a la boca.

Don Antolín reía escuchando esto.

La Catedral · 第 13 / 23 段