domésticos de la Primada se hacían lenguas de su sabiduría. Los clérigos
fijábanse en él, y más de una vez el canónigo bibliotecario, al pasearse
por el claustro alto en las tardes lluviosas, había intentado hacer
hablar a Luna. Pero el fugitivo, por un resto de prudencia, mostrábase
con las sotanas, como él decía, fríamente cortés y reservado, temiendo
que le expulsarán si manifestaba su pensamiento.
Sólo un clérigo de los que veía en el claustro alto le había inspirado
confianza. Era un jovencito de aspecto miserable, con los hábitos
raídos; un cura de monjas de uno de los innumerables conventos de
Toledo. Tenía siete duros al mes por todo medio de vida y una madre
vieja a quien mantener, sencilla labradora que se había quitado el pan
de la boca para dar carrera al hijo.
--Ya ve usted, Gabriel--decía el curita--. Tanto sacrificio, para venir
a ganar menos de lo que gana un gañán en mi pueblo. ¿Y para esto me
ordenaron con tanto aparato? ¿Para esto canté misa en medio de gran
pompa, como si al desposarme con la Iglesia me uniese con la riqueza?
Su miseria le hacía un esclavo de don Antolín. En el último tercio del
mes se presentaba casi todos los días en el claustro para ablandar con
sus ruegos al _Vara de plata_ y decidirle a un préstamo de unas cuantas
pesetas. Adulaba a Mariquita, que no podía mostrarse esquiva con él a
pesar de su sotana.
--Es muy bien parecido--decía a las mujeres de las Claverías, con el
entusiasmo que le inspiraba todo hombre--. Me gusta verle al lado de don
Gabriel y oírles cuando hablan paseando por el claustro. Parecen dos
grandes señores. Su madre le puso Martín, sin duda porque se parece al
San Martín de ese pintor que llaman el Greco y que está en no recuerdo
qué parroquia.
El halagar a don Antolín era empresa más ardua, y el pobre curita sufría
mucho para tener propicio al avaro, que se irritaba si no le devolvían a
tiempo sus préstamos mezquinos. El _Vara de plata_, en su afán
autoritario, gustaba de tener bajo su voluntad a un sacerdote, a un
igual, para que viesen en las Claverías que no mandaba únicamente en la
gente menuda. Don Martín era para él un criado con sotana, al que hacía
comparecer todas las tardes con diversos pretextos. Se satisfacía
teniéndolo horas enteras paseando frente a su casa, con la obligación de
escucharle y apoyar todas sus palabras.
Algunas veces, Gabriel sentía lástima ante la dependencia moral en que
vivía el pobre joven, y abandonando a su sobrina, salía al claustro para
unirse a ellos. No tardaban los amigos en buscarle; y ahora el
campanero, después el manchador, luego el pertiguero, el perrero o el
zapaterín, iban agregándose al grupo de que era núcleo el _Vara de
plata_. A don Antolín le gustaba verse rodeado por tanta gente, no
creyendo que fuese Gabriel quien la atraía, sino su autoridad, que
inspiraba miedo y respeto.
No reconociendo igualdad más que en Luna, sólo a él dirigía su palabra,
como si los demás no tuvieran otro deber que escucharle en silencio. Si
alguno hablaba, fingía no oírlo y seguía dirigiéndose a Gabriel.
Mariquita, desde la puerta de su casa, arrebujada en un mantón, los
seguía con la vista, participando del orgullo de su tío al ver que todos
se agrupaban en torno de él, acompañándolo en sus paseos por el
claustro. La proximidad de tanto hombre parecía marearla.
--¡Tío...! ¡Don Gabriel...!--decía con voz mimosa--. Entren ustedes;
dentro de casa estarán mejor; miren que, aunque hace sol, la tarde es
fría.
Pero el tío no prestaba atención a estas palabras y seguía paseando por
el lado del claustro bañado por el sol, hablando campanudamente de su
tema favorito: de la pobreza presente de la catedral y su grandeza en
otros tiempos.
--Este claustro en que estamos--decía--, ¿creen ustedes que lo
edificaron para que sirviera de refugio a la gente seglar y humilde que
hoy lo habita? No señor; la iglesia, aunque generosa, no hubiera
levantado estas habitaciones, con sus patios interiores y sus
columnitas, para los _Varas de palo_, el pertiguero, etc. Este claustro,
que había de ser tan grande y hermoso como el de abajo, lo comenzó el
cardenal Cisneros--don Antolín se llevó la mano al bonete--para que
viviesen en él, sujetos a reglas conventuales, los canónigos de la
catedral. Pero tenían mucho dinero los canónigos de entonces, eran unos
grandes señores, y no podían vivir aquí encerrados. Todos protestaron;
el cardenal, que tenía malas pulgas, quiso meterlos en cintura, y uno de
ellos fue con la queja a Roma, enviado por sus camaradas. Cisneros, como
era gobernador del Reino, puso guardias en todos los puertos, y el
canónigo emisario fue hecho prisionero al ir a embarcarse en Valencia.
Total, que los señores del cabildo, después de un gran pleito se
salieron con la suya, viviendo fuera de la Primada, y las Claverías
quedaron sin concluir, con este techo bajo y esta barandilla, todo
provisional... Pero aun siendo como es este claustro, han vivido reyes
en él. Aquí pasó varios días el gran monarca Felipe II. ¡Qué tiempos
aquéllos! Teniendo palacios a su disposición, los reyes preferían vivir
en estos cuartos, por estar dentro de la catedral, cerca de Dios.... A
tales monarcas, tales pueblos. Por esto España fue más grande entonces
que nunca, y éramos los amos del mundo, y había dinero y grandeza, y se
vivía feliz en la tierra, con la certeza de alcanzar el cielo después de
muerto.
--Eso es verdad--dijo el campanero--. Aquéllos eran los buenos tiempos,
y por que volviesen fuimos muchos a tiros en las montañas. ¡Ay, si
hubiera triunfado don Carlos! ¡Si no hubiésemos tenido traidores...!
¿Verdad, Gabriel? Tú, que hiciste la guerra lo mismo que yo, podrás
decir si tengo razón.
--Calla, Mariano--dijo Gabriel sonriendo tristemente--. No sabes lo que
dices. Tú te batiste y diste tu sangre por una causa que aún no conoces
a estas horas. Fuiste a la guerra tan ciego como yo. No pongas esa cara
de asombro, no intentes protestar. Y si no, vamos a ver: ¿qué deseabas
tú al batirte por don Carlos?
--¿Yo? Pues ante todo, que le diesen a cada cual lo suyo. ¿Le pertenece
a su familia la corona? Pues que se la den.
--¿Y eso es todo?--preguntó Luna con displicencia.
--Eso es lo de menos. Lo que yo quería y quiero es que la nación tenga
un buen amo, un señor recto, excelente católico, que, sin monsergas de
leyes ni de Cortes, nos gobierne a todos con el pan en una mano y el
palo en la otra. Al pillo, ¡garrotazo!, y al honrado, «¡Vengan esos
cinco!, ¡usted es mi amigo...!» Un rey que no permita que el rico
atropelle al pobre y se burle de él, que no deje que nadie se muera de
hambre queriendo trabajar... Vamos, creo que me explico.
--¿Y eso crees tú que existía en otra época y que tu rey va a
restaurarlo? Esos siglos que os pintan como de grandeza y bienestar son
justamente los más malos de nuestra historia, la causa de la decadencia
española, el principio de todos nuestros males.
--¡Alto ahí, Gabrielillo!--dijo el _Vara de plata_--. Tú sabrás mucho,
has viajado y leído más que yo, pero eso no cuela. Estoy algo enterado
de la cuestión y no voy a permitir que abuses de la ignorancia de
Mariano y todos éstos. ¿Cómo puedes decir que aquellos tiempos fueron
malos y que ellos tienen la culpa de lo que ahora nos ocurre? El
verdadero culpable es el liberalismo, el descreimiento de la época, el
haberse metido el demonio en nuestra casa. España, cuando duda de sus
reyes y no tiene fe en el catolicismo, es como un cojo que suelta las
muletas y se viene al suelo. Sin el trono y el altar no somos nadie; y
la prueba la tienes en lo que nos está pasando desde que tuvimos
revoluciones. Nos quitan las islas; no pintamos nada entre los demás
pueblos; los españoles, que son los hombres más valientes del mundo, se
ven derrotados; no hay una peseta, y todos esos señores que charlan en
Madrid votan nuevas contribuciones y siempre estamos entrampados.
¿Cuándo se vio esto en otros tiempos? ¿Cuándo...?
--Se vieron cosas peores, más vergonzosas--dijo Luna.
--Tú estás loco, muchacho. Esos viajes te han corrompido; hasta creo que
tienes muy poco de español. ¡Miren ustedes que negar lo que todo el
mundo sabe, lo que enseñan hasta en las escuelas...! ¿Y los Reyes
Católicos eran cualquier cosa? No necesitas libros para saberlo. Entra
en el coro y verás en la sillería baja todas las batallas que los
religiosos monarcas ganaron a los moros con el apoyo de Dios.
Conquistaron Granada y arrojaron a los infieles que nos tuvieron siete
siglos en la barbarie. Después vino el descubrimiento de América. ¿Quién
podía hacer eso? Nosotros y nadie más que nosotros: aquella buena reina
que empeñaba sus joyas para que el bendito Colón realizara su viaje.
Esto no me lo negarás, me parece. ¿Y el emperador Carlos V? ¿Qué tienes
que decir de él? ¿Conoces un hombre más extraordinario? Les pegó a todos
los reyes de Europa; medio mundo era suyo: «el sol no se ponía nunca en
sus dominios»; los españoles éramos los amos de la tierra. Esto tampoco
podrás negarlo. Y no digamos nada de don Felipe II, un monarca tan
sabio, tan astuto, que hacía bailar a su gusto a los reyes de Europa
como si les tirase de un hilillo.... Todo para mayor gloria de España y
esplendor de la religión. De victorias y grandezas no digamos. Si su
padre venció en Pavía, él reventaba a los enemigos en San Quintín. ¿Y
qué me dices de Lepanto? Abajo, en la sacristía, están guardadas las
banderas de la nave que montaba don Juan de Austria. Tú las has visto:
una de ellas lleva la imagen de Jesús crucificado, y son tan grandes,
tan grandes, que al colgarlas del _triforium_ hay que recoger las puntas
para que no toquen el suelo. ¿Tampoco fue nada lo de Lepanto...? ¡Vamos,
Gabriel, que hay que estar loco para negar ciertas cosas! Si ha habido
que matar moros para que no se apoderasen de Europa, poniendo en peligro
la fe cristiana, ¿quién lo ha hecho? Los españoles. Que los turcos
amenazaban con apoderarse de los mares: ¿quién les salía al paso?
España con su don Juan. Y para descubrir un mundo nuevo, los barquitos
de España; y para dar la vuelta a la tierra, otro español, Magallanes; y
para todo lo grande, nosotros, siempre nosotros, en aquella época de
religión y bienestar. ¡Y no digamos de sabiduría! Aquellos siglos
produjeron los hombres más famosos de España, grandes poetas y
eminentísimos teólogos. Nadie les ha igualado después. Y para demostrar
que la religión es fuente de toda grandeza, los más ilustres escritores
llevaban hábitos de sacerdote... Adivino lo que podrás argüírme. Que
tras unos monarcas tan gloriosos, vinieron otros menos grandes y comenzó
la decadencia. También sé algo de esto: lo he oído decir al
bibliotecario de la catedral y a otras personas de gran ciencia. Pero
esto nada significa. Son designios de Dios, que pone a prueba a los
pueblos, lo mismo que a las personas, haciéndoles bajar de la altura,
para remontarles de nuevo si ve que perseveran en el buen camino... Pero
no hablemos de esto. Si hubo decadencia, nada queremos saber de ella.
Deseamos el pasado glorioso, los brillantes siglos de los Reyes
Católicos, de don Carlos y de los dos Felipes, y a ellos nos dirigimos
cuando hablamos de que España vuelva a sus buenos tiempos.
--Pues esos siglos, don Antolín--dijo Gabriel con calma--, son los de la
decadencia española; en ellos se inicia nuestra ruina. No me extraña su
indignación: usted repite lo que le han enseñado. Gentes hay por ahí de
mayores estudios, que no se irritan menos si les tocan lo que llaman
nuestros siglos de oro. Es culpa de la educación que se da en este país.
La Historia es una mentira; para saberla tan mal, mejor sería ignorarla.
En las escuelas se enseña el pasado del país con un criterio semejante
al del salvaje, que aprecia los objetos por el brillo, no por su valor y
utilidad. España ha sido grande y estuvo en camino de ser la primera
nación del mundo por méritos sólidos y positivos que no hubiesen podido
quebrantar los azares de la guerra y la política. Pero esto fue antes de
esos siglos que usted ensalza, antes de los monarcas extranjeros; en la
Edad Media, que hacía presagiar muchas esperanzas, desvanecidas después
al consolidarse la unidad nacional. Nuestra Edad Media produjo un pueblo
culto, industrioso y civilizado como ninguno de los del mundo. Se
amontonaron en ella los materiales para construir una nación grande;
pero llegaron arquitectos de fuera y levantaron este edificio, cuyos
primeros años de existencia asombran a usted con el esplendor de la
novedad, pero entre cuyas ruinas caminamos ahora.
Gabriel olvidaba toda prudencia en el ardor de la discusión. No le
inspiraba miedo el _Vara de plata_ con su gesto de inquisidor incapaz de
razonamientos; quería convencerle; sentía el ardor, el impulso
irresistible de sus tiempos de proselitismo, y hablaba sin recatar sus
pensamientos, sin buscarles ningún disfraz por consideración al ambiente
que le rodeaba. Don Antolín le oía con asombro, fija en él su mirada
fría. Los otros escuchaban presintiendo confusamente lo extraordinario
de tales ideas emitidas en el claustro de una catedral. Don Martín, el
cura de las monjas, a espaldas de su avariento protector, mostraba en
sus ojos la avidez simpática con que acogía las palabras de Luna.
Describía éste al pueblo hispano-romano, sobre el que había pasado la
invasión goda sin causar gran mella. Antes bien, el conquistador se
había empapado de la degeneración bajo-latina, quedando sin fuerzas,
corrompiéndose en luchas teológicas e intrigas de dinastía semejantes a
las de Bizancio. La regeneración no llegaba a España por el Norte, con
las hordas de bárbaros, se presentaba por la parte meridional, con los
árabes invasores. Al principio eran muy pocos, y sin embargo, bastaban
para vencer a Ruderico y sus corrompidos próceres. El instinto de la
nacionalidad cristiana revolviéndose contra los invasores, el repliegue
de toda el alma española a los riscos de Covadonga para caer de nuevo
sobre el conquistador, era una mentira. La España de entonces recibió
con agrado a las gentes que venían de África; los pueblos se entregaban
sin resistencia; un pelotón de jinetes árabes bastaba para que se
abriesen las puertas de una ciudad. Era una expedición civilizadora, más
bien que una conquista, y una corriente continua de emigración se
estableció en el Estrecho. Por él pasaba aquella cultura joven y
vigorosa, de rápido y asombroso crecimiento, que vencía apenas acababa
de nacer: una civilización creada por el entusiasmo religioso del
Profeta, que se había asimilado lo mejor del judaismo y la cultura
bizantina, llevando además consigo la gran tradición india, los restos
de la Persia y mucho de la misteriosa China. Era el Oriente que entraba
en Europa, no como los monarcas asirios, por la Grecia, que les repelía,
viendo en peligro su libertad, sino por el extremo opuesto, por la
España, esclava de reyes teólogos y obispos belicosos, que recibía con
los brazos abiertos a los invasores. En dos años se enseñorearon de lo
que luego costó siete siglos arrebatarles. No era una invasión que se
contiene con las armas: era una civilización joven que echaba raíces por
todos lados. El principio de la libertad religiosa, eterno cimiento de
las grandes nacionalidades, iba con ellos. En las ciudades dominadas,
aceptaban la iglesia del cristiano y la sinagoga del judío. La mezquita
no temía a los templos que encontraba en el país: los respetaba,
colocándose entre ellos sin envidia ni deseo de dominación. Del siglo
VIII al XV se fundaba y se desarrollaba la más elevada y opulenta
civilización de Europa en la Edad Media. Mientras los pueblos del Norte
diezmábanse en guerras religiosas y vivían en una barbarie de tribu, la
población de España se elevaba a más de treinta millones, revolviéndose
y amasándose en ella todas las razas y todas las creencias, con una
infinita variedad engendradora de poderosas vibraciones sociales,
semejante a la del moderno pueblo americano. Vivían confundidos
cristianos y musulmanes, árabes puros, sirios, egipcios, mauritanos,
judíos de tradición hispánica y judíos de Oriente, dando lugar a los
cruzamientos y mesticismos de mozárabes, mudejares, muladíes y
hebraizantes. Y en esta fecunda amalgama de pueblos y razas entraban
todas las ideas, costumbres y descubrimientos conocidos hasta entonces
en la tierra; todas las artes, ciencias, industrias, inventos y cultivos
de las antiguas civilizaciones, brotando del choque nuevos
descubrimientos y creadoras energías. La seda, el algodón, el café, el
papel, la naranja, el limón, la granada, el azúcar, venían con ellos de
Oriente, así como las alfombras, los tisúes, los tules, los
adamasquinados y la pólvora. Con ellos también la numeración decimal, el
álgebra, la alquimia, la química, la medicina, la cosmología y la poesía
rimada. Los filósofos griegos, próximos a desaparecer en el olvido, se
salvaban siguiendo al árabe invasor en sus conquistas. Aristóteles
reinaba en la famosa Universidad de Córdoba. Nacía el espíritu
caballeresco entre los árabes españoles, apropiándoselo después los
guerreros del Norte, como si fuese una cualidad de los pueblos
cristianos. Mientras en la Europa bárbara de los francos, los
anglonormandos y los germanos el pueblo vivía en chozas y los reyes y
barones anidaban en castillos de rocas ennegrecidos por las hogueras,
comidos por parásitos, vestidos de estameña y alimentados como los
hombres prehistóricos, los árabes españoles levantaban sus fantásticos
alcázares, y, como los refinados de la antigua Roma, reuníanse en los
baños para conversar sobre cuestiones científicas o literarias. Si algún
monje del Norte sentía la comezón del saber, venía a las universidades
árabes o las sinagogas judaicas de España, y los reyes de Europa se
creían salvos en sus enfermedades si, en fuerza de oro, podían
proporcionarse un médico hispánico.
Y cuando poco a poco el elemento autóctono se separa del invasor y
surgen las pequeñas nacionalidades cristianas, los árabes y los antiguos
españoles--si es que después del incesante cruzamiento de sangre puede
marcarse un límite entre las dos razas--pelean caballerescamente, sin
exterminarse luego de la victoria, estimándose mutuamente, con grandes
intervalos de paz, como si quisieran retrasar el momento de la
definitiva separación y uniéndose muchas veces para empresas comunes. Un
régimen de libertad impera en los Estados cristianos. Surgen las Cortes
mucho antes que en los países septentrionales de Europa, y los pueblos
españoles se gobiernan y regulan sus gastos por sí mismos, viendo sólo
en el monarca un jefe militar. Los municipios son pequeñas repúblicas,
con sus magistrados electivos. Las milicias ciudadanas realizan el ideal
del ejército democrático. La Iglesia, compenetrada con el pueblo, vive
en paz con las otras religiones del país; una burguesía inteligente crea
en el interior poderosas industrias y arma en las costas la primera
marina de la época, y los productos españoles son los más apreciados en
todos los puertos de Europa. Existían ciudades tan populosas como las
modernas capitales del mundo; poblaciones enteras eran inmensas fábricas
de tejidos; se cultivaba todo el suelo de la Península.
Los Reyes Católicos marcaron el apogeo de las fuerzas nacionales y el
principio de su decadencia. Su reinado fue grande porque se prolongó
hasta él el impulso de las energías incubadas por la Edad Media; fue
execrable porque su política torció los derroteros de España,
impulsándonos al fanatismo religioso y a las ambiciones de un cesarismo
universal. Adelantados en dos o tres siglos al resto de Europa, era
España para el mundo de entonces lo que es Inglaterra para nuestra
época. De seguir la misma política de tolerancia religiosa, de confusión
de razas, de trabajo industrial y agrícola, con preferencia a las
empresas militares, ¿dónde estaríamos ahora?
Gabriel hacía esta pregunta interrumpiendo su calurosa descripción del
pasado.
--El renacimiento--continuó Luna--fue más español que italiano. En
Italia renacieron las bellas letras de la antigüedad y el arte
grecorromano; pero no todo el Renacimiento fue literario. El
Renacimiento representa el surgir a la vida de una sociedad nueva, con
cultivos, industrias, ejércitos, conocimientos científicos, etc. ¿Y esto
quién lo hizo sino España, aquella España árabe-hebreo-cristiana de los
Reyes Católicos? El Gran Capitán enseñó al mundo el arte de guerrear
moderno; Pedro Navarro fue un ingeniero asombroso; las tropas españolas
las primeras en usar las armas de fuego, creándose así la infantería,
que democratizó la guerra, dando superioridad al pueblo sobre los nobles
jinetes cubiertos de hierro. España fue quien descubrió la América.
--¿Y te parece poco todo eso?--interrumpió don Antolín--. ¿No convienes
en lo mismo que yo decía? ¿Se han visto nunca en España tantas grandezas
juntas como en la época de aquellos reyes que por algo se llamaron
Católicos?
--Reconozco que fue un gran período de nuestra historia, el último
verdaderamente glorioso, el postrer rayo que lanzó antes de extinguirse
la única España que ha marchado por el buen camino. Pero antes de morir
los Reyes Católicos ya empieza la decadencia al descuartizarse el cuerpo
joven y robusto de la España árabe, cristiana y hebrea. Tiene usted
razón, don Antolín: por algo se llamaban Católicos aquellos reyes.
Establece la Inquisición doña Isabel con su fanatismo de hembra. La
ciencia apaga su lámpara en la mezquita y la sinagoga y oculta los
libros en el convento cristiano, viendo que es llegada la hora de rezar
más que de leer. El pensamiento español se refugia en la sombra, tiembla
de frío y soledad, y acaba por morir. Lo que resta de él se dedica a la
poesía, a la comedia, a los escarceos teológicos. La ciencia es un
camino que conduce a la hoguera. Después sobreviene una nueva calamidad,
la expulsión de los judíos hispánicos, tan compenetrados con el espíritu
de este país, tan amantes de él, que aún hoy, después de cuatro siglos,
esparcidos por las riberas del Danubio o del Bosforo, son españoles y
lloran en viejo castellano la patria perdida:
_Perdimos la bella Sión_;
_perdimos también España_,
_nido de consolación_.
Aquel pueblo que había dado a la ciencia de la Edad Media un Maimónides
y era el sostenedor de la industria y el comercio hispánicos, salió en
masa de nuestro país. España, engañada por su extraordinaria vitalidad,
se abría las venas para contentar al naciente fanatismo, creyendo
sobrellevar sin peligro esta pérdida. Después viene lo que un escritor
moderno llama «el cuerpo extraño» interponiéndose en nuestra vida
nacional: los Austrias que reinan y España que pierde para siempre su
carácter y muere.
--Gabriel--interrumpió el sacerdote--, eso que dices son disparates. La
verdadera España empieza con el Emperador y sigue igualmente gloriosa
con don Felipe II. Ésa es la España castiza que debe servirnos de
ejemplo y a la cual queremos volver.