--¿Y qué es eso?--dijo Gabriel, enardeciéndose--. Tú mismo no lo sabes.

«El honor es el honor.» Pues bien, los hijos son los hijos. Tu, hombre

de preocupaciones, no te paras a considerar lo que son esos seres,

continuación de nuestra propia existencia. Tu religión hace a los hijos

fruto de Dios, y sin embargo, creéis ser mejores y más perfectos cuando

repeléis y maldecís esos regalos del cielo apenas os causan una

contrariedad. No, Esteban; el amor a los hijos y la conmiseración para

sus faltas deben estar por encima de todas las preocupaciones. Esa vida

eterna del alma, promesa mentida de todas las religiones, sólo es una

verdad por los hijos. El alma muere con el cuerpo, no es más que una

manifestación de nuestro pensamiento, y el pensamiento es una función

cerebral; pero los hijos perpetúan nuestro ser a través de las

generaciones y los siglos; ellos son los que nos hacen inmortales, ya

que guardan y transmiten algo de nuestra personalidad, así como nosotros

heredamos la de nuestros antecesores. El que olvida a los seres que son

obra suya, es más digno de execración que el que abandona la vida

suicidándose. Las contrariedades de la existencia, las leyes y

costumbres inventadas por los hombres, ¿qué son ante el instintivo

afecto por los seres que han salido de nosotros y perpetúan la variedad

infinita de nuestras habitudes y pensamientos? Aborrezco a los

miserables que, por no turbar la paz burguesa del matrimonio, abandonan

los hijos que tuvieron fuera de su casa. La paternidad es la más noble

de las funciones animales, pero las bestias tienen más valor y más

dignidad que el hombre para cumplirla. Ningún animal de clase superior

abandona o desconoce a su cachorro, y sois muchos los hombres que

volvéis la espalda al hijo, por miedo a lo que las gentes puedan decir.

Si teniendo yo un hijo me enamorara locamente de la mujer más hermosa

del mundo y ésta me exigiera que lo olvidase, ahogaría mi pasión para no

abandonar al pequeñuelo. Si faltara mi hijo a todas las leyes humanas y

le condujeran al patíbulo, hasta él le acompañaría yo, desafiando la

execración de las gentes, sin que por un momento negase que era obra

mía. Estamos unidos para siempre al ser que damos vida: es un compromiso

de solidaridad que contraemos ante la especie al trabajar por su

conservación. El que rompe la cadena y huye, es un cobarde.

--¡No me convencerás, Gabriel!--gritó con energía Esteban--. ¡No

quiero...!, ¡no quiero!

--Lo repito: es una cobardía lo que haces. Ya que el honor pesa tanto en

ti, ese honor anticuado y cruel que arregla los conflictos de la vida

derramando sangre, ¿por qué no buscaste al que te robó la hija?, ¿por

qué no le mataste, como un padre de comedia antigua? Eres un hombre

pacífico, que no ha aprendido el arte de asesinar, y aquel individuo es

un profesional de las armas; si te hubieses vengado sin regla alguna,

apelando a lo que crees tu derecho, su familia poderosa se hubiera

ensañado en ti. No te has vengado, por instinto de conservación, por

miedo al presidio y a todos los castigos inventados por la sociedad; has

tenido miedo, a pesar de tu indignación, y ese miedo lo truecas en

crueldad para el ser más débil. Tu cólera sólo cae sobre la hija....

Vamos, Esteban; eso no es digno de un padre.

El _Vara de palo_ movía obstinadamente la cabeza.

--No me convencerás; no quiero oírte. Esa mujer no volverá aquí. ¿No me

abandonó? Pues que siga su camino.

--Te abandonó a impulsos de ese instinto que llevan en sí todos los

seres sanos: el instinto de la conservación de la especie, que embellece

la poesía llamándolo amor. Si te hubiese abandonado después de recibir

la bendición de un hombre ante un altar, te mostrarías satisfecho y la

recibirías con los brazos abiertos tantas veces como viniera a verte. Te

abandonó para ser engañada, para caer en la miseria y la vergüenza; y

viéndola infeliz, ¿no merece tu conmiseración, más aún que si la vieses

dichosa? Reflexiona, Esteban, en la manera como cayó tu pobre hija. ¿Qué

le habías enseñado para defenderse de la malicia del mundo? ¿Qué armas

tenía para conservar incólume eso que llamas honor? Vosotros, tú y tu

mujer, la dabais ejemplo del respeto que merece el dinero y un

nacimiento elevado dejando entrar en vuestra casa a aquel muchacho,

acogiendo como un honor que un señorito se fijase en vuestra hija. La

pobre lo amó viendo en él un resumen de todas las perfecciones humanas.

Cuando surgieron los inevitables resultados de la desigualdad social,

ella no quiso renunciar: fue una de esas naturalezas nobles que se

sublevan contra los prejuicios del mundo, aun a riesgo de sufrir todas

las amarguras de su rebelión, y cayó vencida. ¿A quién puede culparse? A

su ignorancia; a su vida de aislamiento lejos del mundo; a vosotros, que

no la enseñasteis más, y cegados por la ambición la dejabais soñar

junto al precipicio; a todos, menos a ella. ¡Infeliz! Con creces ha

pagado su noble fiereza contra las preocupaciones sociales. Es una

muerta en el combate social: un cuerpo que hay que levantar; y tú, que

eres el padre, debes ser el primero en cumplir esta obra de justicia.

Esteban, con la cabeza baja, seguía haciendo movimientos negativos.

--Hermano--dijo Gabriel con cierta solemnidad--, ya que te aferras

tenazmente a tu negativa, sólo me resta decirte una cosa: si tu hija no

viene, yo me voy.... Cada uno tiene sus escrúpulos. Tú temes las

murmuraciones de la gente; yo me temo a mí mismo, a lo que el

pensamiento pueda echarme en cara en los momentos de soledad. Desde que

soy tu huésped, pienso a todas horas en tu hija: desde que conocí lo

ocurrido en esta casa, me propuse que la infeliz víctima volviese a ti.

¿No quieres que vuelva? Pues yo soy el que se va. Sería un ladrón si

comiese tu pan, mientras un ser que es carne de tu carne sufre hambre;

si me dejase cuidar en mi enfermedad, mientras esa infeliz tal vez está

peor que yo y no encuentra en el mundo una mano que la sostenga. Si ella

no vuelve, yo no soy tu hermano: soy un intruso que usurpa la parte de

cariño y de bienestar que corresponde a otro ser. Hermano, cada uno

tiene su moral: la tuya es la enseñada por los curas; la mía me la he

creado yo mismo, y aunque menos aparatosa, tal vez sea más rígida. Y en

nombre de mi moral, yo te digo: Esteban, hermano mío, o tu hija viene, o

yo me voy. Volveré al mundo, a ser perseguido como una bestia rabiosa;

al hospital, a la cárcel, a morir como un perro en la cuneta de una

carretera; no sé lo que será de mí; lo único que sé de cierto es que me

voy mañana, hoy mismo, para no disfrutar de un minuto más de lo que no

es mío. Yo, que considero un robo inicuo la usurpación de los bienes de

la tierra por una minoría de privilegiados, no puedo retener a sabiendas

un bienestar que pertenece por derecho natural a una criatura infeliz.

Únicamente podría disfrutarlo compartiéndolo con ella.

Esteban se había puesto de pie, con ademán desesperado.

--Pero ¿estás loco, Gabriel? ¿Quieres dejarme?

¿Y lo dices con esa tranquilidad? Tu presencia aquí es la única alegría

de mi vida después de tantas desgracias. Me he acostumbrado a verte,

necesito cuidarte, eres mi única familia; antes no tenía ninguna

aspiración, vivía sin esperanza; ahora tengo una: verte sano y fuerte.

¿Y me dices con esa frescura que te vas...? No, no te irás.... Eso me

faltaba: tras la hija, el hermano... ¡Que me maten de una vez! ¡Señor

Dios, llévame contigo...!

Y el sencillo servidor del templo levantaba sus manos con expresión de

súplica, mientras sus ojos se empañaban con lágrimas.

--Ten calma, Esteban. Hablemos como hombres, sin exclamaciones y

llantos. Mírame a mí: estoy sereno, y no creas por ello que es menos

cierto que me iré hoy mismo si no accedes a mi súplica.

--Pero ¿y _ésa_?, ¿dónde está, que con tanto interés abogas por

ella?--preguntó Esteban--. ¿Es que la has visto y la has hablado? ¿Es

que está en Toledo? ¿La has traído acaso, con tu audacia de incrédulo, a

la misma catedral...?

Gabriel, viéndolo lloroso y quebrantado por su amenaza de marcharse,

creyó llegado el momento decisivo, y abrió la puerta del cuarto de

Sagrario.

--Sal, muchacha; pide perdón a tu padre.

El _Vara de palo_ vio arrodillada a una mujer en el centro de aquel

cuarto en el que nunca entraba, por miedo a recordar lo pasado.

Su mirada fue de extrañeza. Después fijó sus ojos en Gabriel, como si no

adivinase quién era aquella mujer. ¿Qué farsa había preparado su

hermano?

Con un impulso brutal, agarró las manos de la mujer y las separó de su

rostro, mirándola fijamente. Aun así, no la reconoció. Pasó mucho tiempo

contemplándola, en medio de un silencio penoso. Poco a poco, en las

facciones desfiguradas por la enfermedad fueron marcándose para él las

antiguas líneas. En los ojos lacrimosos y sin pestañas vio algo que le

recordó la mirada azul de la hija perdida. Los labios amoratados, con

profundas grietas, se movían quejumbrosos, murmurando siempre la misma

palabra:

--¡Perdón...!, ¡perdón!

A la vista de aquella ruina, el padre sintió que se venía abajo su

coraje. Sus ojos expresaron una tristeza inmensa, anonadadora.

Retrocedió de espaldas hasta la puerta de la habitación seguido por la

joven, que avanzaba de rodillas tendiéndole las manos.

--Hermano, está bien--dijo con desaliento--. Puedes más que yo: cúmplase

tu voluntad. Que se quede, ya que así lo quieres. ¡Pero que no la

vea...! Quedaos: quien se va soy yo.

VI

La máquina de coser sonaba desde el alba hasta la noche en la casa de

los Luna. Este ruido metálico y el martilleo del zapatero eran las

únicas manifestaciones de trabajo que turbaban el sagrado silencio del

claustro alto.

Cuando Gabriel abandonaba el lecho al salir el sol, después de una noche

de penosa tos, encontraba ya en la salita de entrada a Sagrario

preparando la máquina para la diaria labor. Desde el día siguiente de su

vuelta a la catedral había quitado la funda a la máquina, dedicándose al

trabajo con tenacidad taciturna, como un medio de pasar inadvertida en

las Claverías y que la gente la perdonase su pasado. La vieja jardinera

le proporcionaba labores, y el ruido del pespunte sonaba en la antigua

habitación, mezclándose muchas veces con las melodías del armónium del

maestro de capilla.

El _Vara de palo_ pasaba por su casa como una sombra. Permanecía en la

catedral o en el claustro bajo, no subiendo a su habitación más que en

casos de necesidad. Comía con la cabeza baja, para no mirar a su hija,

que estaba sentada al otro extremo de la mesa y parecía próxima a

prorrumpir en llanto viéndose ante él. Un silencio penoso envolvía a la

familia. Don Luis era el único que, en su inconsciencia de hombre

distraído, no se percataba de la situación, y charlaba alegremente con

Gabriel de sus esperanzas y de sus entusiasmos musicales. Todo lo

encontraba natural, nada le sorprendía; la vuelta de Sagrario al hogar

no le había causado la menor extrañeza.

Esteban huía una vez terminada la comida, para no volver a casa hasta la

noche. Después de la cena se encerraba en su cuarto, dejando a su

hermano y a su hija en la sala de entrada. La máquina volvía a agitarse

y don Luis tecleaba el armónium, hasta que sonaban las nueve y el _Vara

de plata_ cerraba la escalera de la torre, agitando su manojo de llaves

con un ruido que equivalía al antiguo toque de cubrefuego.

Gabriel se indignaba contra la tenacidad de su hermano.

--Vas a matar a la chica. Lo que haces no es digno de un padre.

--No puedo, hermano: me es imposible mirarla. Bastante hago con tolerar

en nuestra casa estas cosas. ¡Ay!, ¡si supieras cómo me duelen las

miradas de la gente...!

En realidad, había sido menor de lo que él esperaba el escándalo

producido en las Claverías por la vuelta de Sagrario. Estaba tan afeada

por la enfermedad y las penalidades, se notaba en ella tal fatiga, que

ninguna mujer sintió animosidad contra ella. La protección enérgica de

su tía Tomasa imponía respeto. Además, aquellas hembras simples, de

pasiones instintivas, no podían sentir ante su fealdad la envidia hostil

que inspiraban años antes su hermosura y el noviazgo con el cadete.

Hasta Mariquita, la sobrina del _Vara de plata_, encontraba cierta

satisfacción para su amor propio protegiendo con una tolerancia

desdeñosa a aquella infeliz que en otro tiempo atraía la atención de

todos los hombres que visitaban el claustro alto.

La curiosidad sólo turbó la calma de las Claverías durante una semana.

Poco a poco, las mujeres dejaron de asomarse a la puerta de los Luna

para ver a Sagrario inclinada ante la máquina, y la muchacha siguió su

vida laboriosa y triste.

Gabriel salía poco de la habitación. Pasaba los días enteros al lado de

la joven, queriendo reemplazar con su presencia el hostil alejamiento

del padre. Le dolía que se viese en su propia casa tan despreciada y

sola como en el mundo. Algunas veces entraba a verles la tía Tomasa,

animándolos con sus optimismos de anciana alegre. Le placía la conducta

de su sobrina: trabajar mucho para no ser gravosa al testarudo de su

padre y ayudar al sostenimiento de la casa, que bien lo necesitaba. Pero

no por esto había que matarse trabajando. Calma y buen humor; este mal

tiempo otro traería. Allí estaba ella, para arreglarlo todo con el

endemoniado Gabriel. Y alegraba la sombría habitación con sus risotadas

y sus palabras enérgicas de vieja sana.

Otras veces invadían la casa los amigos de Gabriel, abandonando la

tertulia del zapatero. No podían resistir la ausencia de Luna:

necesitaban oírle, consultarle, y hasta el mismo zapatero, cuando el

trabajo no era urgente, abandonaba su mesilla, y oliendo a engrudo, con

el mandil plegado en la cintura y la cabeza en turbantada de pañuelos,

venía a sentarse junto a la máquina de Sagrario.

La joven fijaba con admiración los tristes ojos en su tío. De pequeña

había oído hablar a sus padres, siempre con cierto respeto, de aquel

pariente extraordinario que corría lejanas tierras. Lo recordaba como

una vaga sombra atravesando su amorosa embriaguez, cuando pasó unos

cuantos días en la catedral, antes de establecerse en Barcelona,

asombrándolos a todos con las relaciones de sus viajes y sus costumbres

de extranjero. Ahora volvía a verle, envejecido, enfermo como ella, pero

ejerciendo sobre los que le rodeaban la influencia misteriosa de sus

palabras, que eran como música sobrenatural para aquella gente de

espíritu petrificado.

En medio de su tristeza, Sagrario no tenía otro placer que escuchar a

Gabriel. Ella era igual a aquellos hombres sencillos que olvidaban sus

ocupaciones para buscar a Luna, con el ansia de oír de su boca cosas

nuevas. Gabriel era el mundo moderno que durante muchos años había

pasado lejos de la catedral, sin rozarla siquiera, y entraba por fin,

asombrando y conmoviendo a un puñado de seres que aún vivían en el siglo

XVI.

La aparición de Sagrario había causado cierto trastorno en la vida de

Luna. Era más comunicativo; olvidaba la reserva que se había impuesto al

refugiarse en el regazo de piedra de la iglesia; ya no se esforzaba por

callar, ocultando sus pensamientos. La presencia de una mujer parecía

animarle, despertando su antiguo ardor de propagandista. Sus compañeros

veían un Gabriel más locuaz y dispuesto a comunicarles las «cosas

nuevas» que trastornaban el orden tradicional de sus pensamientos y

muchas noches turbaban su sueño.

Hablaban, discutían, consultando a Luna para que esclareciese sus

confusas ideas, y sobre la voz de los hombres resaltaba el repiqueteo de

la máquina de coser, siempre en actividad, como un eco del universal

trabajo que agitaba al mundo, mientras la calma de la nada esparcía su

silencio por las entrañas de piedra del templo.

Todos aquellos hombres, habituados a las faenas de la iglesia, lentas,

regulares, calmosas y con largos intervalos de descanso, admiraban la

nerviosa actividad de Sagrario.

--Se va usted a matar, criatura--decía el viejo manchador del órgano--.

Sé bien lo que es eso. Algo parecido hago yo, ¡dale que dale a los

fuelles! Y cuando es una misa de mucha música, de esas que le gustan a

don Luis, acabo por renegar del órgano y de quien lo inventó, pues me

rompo los brazos.

--¡El trabajo!--dijo el campanero con énfasis--. ¡El trabajo es un

castigo de Dios! Ya sabéis su origen. Fue la pena eterna que el Señor

impuso a nuestros primeros padres al arrojarlos del Paraíso. Es una

cadena que siempre llevaremos arrastrando.

--No, señor--repuso el zapatero--. El trabajo es la mayor de las

virtudes, según he leído en los periódicos. Nada de castigo. La

ociosidad es madre del vicio, y el trabajo una virtud. ¿No es así, don

Gabriel?

Y el zapaterillo miraba al maestro, aguardando sus palabras con la misma

ansiedad del sediento que espera el agua.

--El trabajo--dijo Gabriel--no es castigo ni virtud; es una ley dura a

que estamos sometidos para la conservación personal y de la especie

humana. Sin el trabajo no existiría la vida.

Y con la misma entonación ardorosa con que en otros tiempos conmovía a

las muchedumbres en las reuniones de protesta contra la sociedad,

describía a aquella media docena de hombres y a la triste costurera, que

cesaba de mover la máquina para escucharle, la grandeza del trabajo

universal, que todos los días fatigaba a la tierra para vencerla y

obligarla a sustentar a los humanos.

Era un combate, cada veinticuatro horas, con las fuerzas ciegas de la

Naturaleza. El ejército del trabajo se extendía por todo el globo:

arañaba los continentes, saltaba a las islas, surcaba el mar, descendía

a las entrañas del suelo. ¿Cuántos eran sus soldados? ¡Quién podía

contarlos! Millones y millones. Al romper el día nadie faltaba a la

lista: las bajas eran reemplazadas, los claros que la miseria y la

desgracia abrían en sus filas se llenaban inmediatamente. Apenas

comienza a salir el sol, sopla su humo la chimenea de la fábrica, el

martillo rompe la piedra, la lima muerde el metal, rasga el arado la

tierra, se enciende el horno, mueve la bomba su pistón, suena el hacha

en el bosque, corre la locomotora entre chorros de vapor, chirría la

grúa en el puerto, corta el navío las espumas y tiembla en su estela el

barquichuelo de pesca arrastrando las redes. Nadie falta a la revista

del trabajo: todos corren, impulsados por el miedo al hambre, desafiando

el peligro, no sabiendo si llegarán a la noche, si el sol que se eleva

sobre sus cabezas será el último de su vida. Y esta concentración diaria

de fuerzas humanas ocurre en la primera luz del alba en todas partes del

mundo, allí donde los hombres se han juntado formando pueblos y

constituyendo sociedades, o donde viven en el aislamiento entregados a

sus fuerzas. El cantero rompe la piedra con su martillo, y al vencerla

se envenena tragando el polvo en invisibles partículas; cada martillazo

se lleva un fragmento de su vida. El minero desciende al infierno de los

tiempos modernos, sin más guía que la chispa de su linterna, y arranca

de las capas de las primeras edades reliquias de la infancia de la

tierra, los árboles carbonizados que dieron sombra a las monstruosas

bestias de la prehistoria. Lejos del sol y de la vida, desafía a la

muerte, lo mismo que el albañil, que, despreciando el vértigo, trabaja

con los pies sobre frágil tabla, admirado por las aves, que extrañan la

presencia en el espacio de un animal sin alas.

El obrero de las fábricas, convertido por un progreso desviado y fatal

en esclavo de la máquina, vive junto a ella como una rueda más, como un

resorte de carne, luchando su cansancio físico con la musculatura de

hierro que no se fatiga, embrutecido diariamente por la cadencia

ensordecedora de los pistones y las ruedas, para darnos los innumerables

productos de la industria que resultan indispensables en la vida de la

civilización.

Y estos millones y millones de hombres que sostienen la existencia de la

sociedad, que combaten por ella con las fuerzas de la Naturaleza ciegas

y crueles, que todas las mañanas vuelven a la lucha, viendo en este

monótono y continuo sacrificio la única misión de su existencia, forman

la inmensa familia de los asalariados, viviendo de las sobras de una

minoría privilegiada/ contentándose para subsistir con pequeñísimas

cantidades de lo que aquélla desprecia, y sometida a un tipo remunerador

siempre el más bajo, sin esperanza de ahorro y de emancipación.

--Esa minoría egoísta--decía Gabriel al llegar a este punto--es la que

ha falseado la verdad, queriendo persuadir a la mayoría de los

explotados de que el trabajo es una virtud y que la única misión del

hombre sobre la tierra es la de trabajar hasta que perezca. Esta moral,

inventada por los grandes capitalistas, abusa de la ciencia, afirmando

que los cuerpos sólo viven sanos dedicándose al trabajo y que la

inacción es mortal; pero se callan lo que la ciencia añade, o sea que el

trabajo excesivo destruye a los hombres con una rapidez infinitamente

mayor que si viviesen en holganza. Digan en buena hora que el trabajo es

una necesidad dolorosa para la conservación de la vida, pero no digan

que es una virtud, pues el reposo y la dulce inactividad son más gratos

al hombre y a todos los animales que el movimiento y la fatiga. La

fábula del Paraíso, la sentencia del Dios bíblico imponiendo el castigo

de sudar de fatiga para ganar la subsistencia, demuestra que en todos

los tiempos la moral natural consideró el reposo como el estado más

grato al hombre, y que el trabajo debe reputarse como un mal

indispensable para la existencia, pero mal al fin. Con arreglo al

instinto de conservación, la humanidad sólo debía trabajar lo necesario

para la subsistencia. Pero como la inmensa mayoría de ella no trabaja

sólo para sí, sino para el provecho de una minoría de explotadores,

éstos la exigen que trabaje todo cuanto pueda, aunque perezca por exceso

de esfuerzo, y así ellos se enriquecen acaparando el sobrante de

producción. Su interés es que el hombre trabaje más de lo que necesita

para él; que produzca más de lo que exigen sus necesidades. En ese

sobrante está su riqueza, y para lograrlo ha inventado una moral

monstruosa y antihumana, que, por medio de la religión y aun de la

filosofía, ensalza la fatiga, diciendo que el trabajo es la más hermosa

de las virtudes y la inactividad la fuente de todos los vicios.... A

esto hay que preguntar: si la ociosidad es un vicio en los pobres, ¿por

qué aparece entre los ricos como un signo de distinción y hasta de

elevación de espíritu? Si el trabajo es la mayor de las virtudes, ¿por

qué se afanan los capitalistas en amontonar riquezas para librarse ellos

y librar a sus descendientes de la práctica de tal virtud? ¿Por qué esa

sociedad que ensalza el trabajo con los más poéticos conceptos relega al

trabajador a la última fila? ¿Por qué acoge con más entusiasmo a

cualquier soldado que estuvo en la batalla tal o cual, que al viejo

obrero que ha pasado sesenta años practicando el trabajo, sin que nadie

se fije en él ni le agradezca tanta virtuosidad...?

Los servidores de la catedral movían la cabeza con muestras de

asentimiento oyendo a su maestro. Le admiraban como admiran siempre las

gentes sencillas a los que descienden hasta ellas para ejercer el

apostolado de las nuevas ideas.

El continuo roce con Gabriel hacía germinar en sus cerebros,

petrificados por el ambiente tradicional, un musgo de ideas semejante a

las microscópicas vegetaciones con que las lluvias del invierno cubrían

los contrafuertes berroqueños del templo. Habían vivido hasta entonces

resignados con la vida que les rodeaba, moviéndose como sonámbulos en la

frontera indecisa que separa el alma del instinto, y la inesperada

presencia de aquel fugitivo de las batallas sociales era el empellón

que, los lanzaba en pleno pensamiento, caminando a tientas, sin más luz

que la del maestro.

--Vosotros--añadía Gabriel--no sufrís la esclavitud del trabajo como los

que viven en plena explotación moderna. La Iglesia no os exige grandes

esfuerzos, el servicio de Dios no os destruye por medio de la fatiga,

pero os mata de hambre. Existe una desigualdad monstruosa entre lo que

ganan los que cantan sentados en el coro y vosotros que prestáis al

culto el esfuerzo de vuestros brazos. No moriréis de cansancio, es

verdad; cualquier obrero de las ciudades reiría de lo poco fatigosos que

son vuestros oficios; pero languidecéis de miseria. En ese claustro se

encuentran los mismos niños anémicos de los barrios obreros. Veo lo que

coméis y lo que cobráis. La Iglesia paga a sus servidores como en la

época de la fe: cree que aún está en los tiempos en que los pueblos

enteros se lanzaban al trabajo con la esperanza de ganar el cielo y

levantaban catedrales sin más recompensa positiva que el caldero de

rancho y las bendiciones del obispo. Y mientras vosotros, seres de carne

que necesitáis nutriros, engañáis vuestro estómago y el de vuestras

mujeres e hijos con patatas y pan, abajo, las imágenes de palo se cubren

de perlas y oro, con un lujo estúpido, sin que se os ocurra preguntar

por qué el ídolo que no siente necesidades ha de ser rico, mientras

vosotros no podéis satisfacer las vuestras viviendo en la miseria.

Se miraban con asombro los oyentes, cual si les deslumbrasen estas

palabras. Dudaban un momento, como asustados, y después la fe del

creyente iluminaba sus rostros...

--¡Es verdad!--decía el campanero con voz sombría.

--¡Es verdad!--repetía el zapatero, poniendo en sus palabras toda la

amargura de aquella vida de miseria que venía arrastrando con una

familia cada vez mayor, y sin otro auxilio que el trabajo ineficaz.

Sagrario callaba, no comprendiendo muchas de las afirmaciones de su tío,

pero las acogía todas como buenas, por ser de él, sonando en sus oídos

cual música deliciosa.

La Catedral · 第 11 / 23 段