--¿Y como hombre? Todo un barbián. Nada de hipocresía y de llevar la

cabeza baja. Bien se le conoce que fue soldado en su juventud. Tía

Tomasa se acuerda de haberle visto en el claustro con casco de crines,

charreteras de sargento y un chafarote que armaba gran estrépito. Él no

se asusta de nada, ni se escandaliza, ni hace aspavientos. El año pasado

recaló aquí cierta portuguesita, que traía locos a los cadetes con sus

medias de seda y sus grandes sombreros. Usted conoce a Juanito y sabe

que es hijo de un sobrino de Su Eminencia que murió hace tiempo. Pues el

muchacho paseó su uniforme por Zocodover del brazo de la portuguesa para

dar envidia a los compañeros de la Academia. Un día, la muchacha se

presentó en palacio, y la servidumbre, viéndola con tales lujos, la dejó

paso franco, creyendo que era una señora de Madrid. Su Eminencia la

recibió con sonrisa paternal, oyéndola sin pestañear. Me lo contó un

paje amigo, que estaba presente. La pájara iba a quejarse al cardenal de

su sobrino el cadete, que la había entretenido dos días sin darla un

céntimo. Su Eminencia sonrió con modestia: «Señora: la Iglesia es pobre,

pero no quiero que por ese calavera sufra el buen nombre de la familia.

Tome y remedíese.» Y le largó dos duros. La portuguesa, animada por la

buena acogida, quiso chillar, creyendo que aterraría a don Sebastián con

el escándalo. Pero hubo que ver a Su Eminencia cuando le entró la furia.

«Chico, llama a la policía», gritó al paje. Y tal era su cara, que la

portuguesita salió de estampía, dejando sobre la mesa las dos rodajas de

plata.

Gabriel reía escuchando esta historia.

--Todo un hombre, créame usted, tío.... Yo le quiero porque tiene al

cabildo en un puño; no es como su antecesor, aquel sopitas con leche,

que sólo sabía rezar y temblaba ante el último canónigo. ¡Que le vayan a

éste con roncas! Tiene redaños para entrar una tarde en el coro y

limpiarlo a palos con el báculo. Hace más de dos meses que no baja a la

catedral ni le ven los canónigos. La última vez que una comisión de

éstos fue a palacio, la servidumbre tembló. Iban a proponerle no sé qué

reforma en la Primada y comenzaron diciendo: «Señor: el cabildo

opina...» Don Sebastián les interrumpió, hecho un basilisco: «El cabildo

no puede opinar nada; el cabildo no tiene sentido común.» Y les volvió

la espalda, dejándoles hechos de piedra. Después, dijo a gritos, pegando

puñetazos en los muebles, que ha de hacer lo posible para que todas las

vacantes de la catedral se cubran con lo peorcito del clero; que entren

en el cabildo los curas borrachos, estafadores, etc. «Quiero reventar al

cabildo--gritaba--, quiero ensuciarlo; así aprenderá a hablar menos de

mí; quiero cubrirlo, sí señor, cubrirlo de...» Y ya se figurará usted,

tío, de qué quiere Su Eminencia cubrir a los canónigos. El pobre tiene

razón. ¿Por qué se han de meter los del coro en si don Sebastián vive

así o asá y tiene estos líos o los otros? ¿No les deja él hacer lo que

quieren? ¿Les dice acaso una palabra de sus visiteos escandalosos, a

pesar de que todo Toledo los conoce?

--¿Y los canónigos qué dicen del cardenal?

--Hablan de que Juanito es su nieto, y que su padre, que murió, y

aparecía como sobrino de Su Eminencia, era un hijo que tuvo de cierta

señora cuando fue obispo en Andalucía. Pero esto no parece irritar mucho

a don Sebastián. Otra cosa le enfurece, hasta inflamarle la fístula y

ponerlo hecho un demonio: que hablen de doña Visitación.

--¿Y quién es esa señora?

--¡Anda! ¡Ésta es buena! ¿Usted aún no conoce a doña Visitación, cuando

en la catedral y fuera de ella no se habla de otra persona? Pues la

sobrina de Su Eminencia, que vive con él en palacio. Ella es la que

manda. Don Sebastián, tan terrible como es, se convierte en un ángel

cuando la ve. Rabia, grita y casi muerde, en los días que le pica la

maldita enfermedad; pero se presenta doña Visita, y en seguida se

contiene; sufre en silencio, gime como un niño, y basta que ella le diga

una palabrita dulce o le haga un mimo, para que a Su Eminencia se le

caiga la baba de gusto... ¡La quiere mucho!

--¿Pero ella es...?--preguntó con extrañeza Gabriel.

--¡Claro que es lo que usted piensa! ¿Qué otra cosa puede ser? Estaba en

el Colegio de Doncellas Nobles desde niña, y apenas vino a Toledo el

cardenal, la sacó, llevándosela a palacio. ¡Qué enamoramiento tan ciego

el de don Sebastián! Y el caso es que la cosa no lo vale: una

señoritinga delgaducha y pálida; ojos grandes y buen pelo: eso es todo.

Dicen que canta, que toca el piano, que lee y sabe muchas cosas de las

que enseñan en ese colegio tan rico; que tiene la gracia de Dios para

traer chalao a Su Eminencia. A la catedral pasa algunas veces por el

arco, hecha una beatita, con hábito y mantilla, acompañada de una

criadota fea.

--No será lo que creéis, muchacho.

--¡Anda! Todo el cabildo lo asegura, y los canónigos más formales lo

creen a pie juntillas. Hasta los que son amigos y favoritos de Su

Eminencia y le llevan recados de lo que aquí se murmura contra él no lo

niegan con mucha calor. Y don Sebastián se indigna, se enfurece cada vez

que una murmuración de éstas llega a sus oídos. Si le dijeran que en el

coro iban a dar un baile, se irritaría menos que cuando sabe que llevan

en lenguas a doña Visita.

El perrero calló un instante, como si dudase en soltar algo grave.

--Esa señora es muy buena. Todos los de palacio la quieren porque les

habla dulcemente. Además, si hace uso de su gran poder sobre el

cardenal, es para evitarles las chillerías de Su Eminencia, que muchas

veces, en sus ratos de dolor furioso, quiere arrojar copas y platos a la

cabeza de los familiares. ¿Por qué se han de meter con ella? ¿Les hace

algún daño acaso? Cada uno en su casa, y al que sea malo ya lo castigará

Dios.

Se rascó la sien, como vacilando una vez más.

--En cuanto a lo que doña Visita es cerca del cardenal--añadió--, no me

cabe duda alguna. Tengo datos, tío. Sé de buena tinta cómo viven. Un

familiar los ha visto muchas veces besándose. Es decir, besándose los

dos, no. Ella era quien besaba, y don Sebastián acogía con una sonrisa

de angelón sus mimos de gatita. ¡El pobre está tan viejo...!

Y el _Tato_ acababa sus confidencias con suposiciones obscenas.

Esta murmuración contra el cardenal, que subía desde la sacristía hasta

el claustro, irritaba al hermano de Gabriel. El _Vara de palo_, soldado

raso de la Iglesia, no podía escuchar con calma los ataques a sus

superiores. Para él todo eran calumnias. Lo mismo que de don Sebastián,

habían hablado los canónigos de todos los arzobispos anteriores, lo que

no impedía que después de muertos fuesen unos santos. Cuando sorprendía

al _Tato_ repitiendo en las Claverías los chismes de abajo, le amenazaba

con toda su autoridad de jefe de la familia.

Esteban se entristecía viendo el estado de salud de su hermano. Alababa

la conducta de éste, siempre prudente, acogiendo con un silencio

respetuoso las costumbres de la catedral, sin que se le escapase una

palabra reveladora de su pasado; le enorgullecía la atmósfera de

admiración que rodeaba a su hermano, el afán con que la gente sencilla

del claustro escuchaba sus viajes, pero le apenaba la enfermedad de

Gabriel, la certeza de que la muerte había puesto en él su mano, y

únicamente por los cuidados de que le rodeaba iba retardando el momento

de la posesión.

Había días en que el silenciario sonreía satisfecho viendo a Gabriel de

buen color y oyendo con menos frecuencia su tos dolorosa.

--Muchacho, eso va bien--decía alegremente.

--Sí--contestaba Gabriel--; pero no te forjes ilusiones. Estoy bien

agarrado. Ésa vendrá a su hora. Tú eres quien la repele. Pero un día

podrá más que tú.

La certeza de que la muerte acabaría por vencerlo enardecía a Esteban,

haciéndole redoblar los cuidados. Apelaba a la superalimentación como

único remedio, y siempre que se aproximaba a Gabriel, era con algo en

las manos.

--Cómete esto.... Bebe lo que te traigo.

Y luchaba con aquel organismo quebrantado, con el estómago descompuesto

por la miseria, con los pulmones heridos y el corazón sujeto a

desarreglos en el funcionamiento, con la máquina humana desvencijada por

una vida de sufrimientos y emociones.

El constante velar sobre el enfermo había trastornado la vida económica

de Esteban. Su mezquino sueldo y la pobre ayuda del maestro de capilla

apenas si bastaban para aquella boca que consumía más que todos los de

la casa juntos. A fines de mes, Esteban impetraba el auxilio del _Vara

de plata_ para acabar los últimos días, ingresando de este modo en la

grey sumisa y miserable amarrada a la usura del sacerdote. Otras veces,

el maestro de capilla, viviendo por un instante en la realidad, le

entregaba unas cuantas pesetas, sacrificando el goce de adquirir una

nueva partitura.

Gabriel adivinaba las privaciones a que se sometía el hermano, y quería

contribuir a los gastos de la casa. Pero ¿qué trabajo podía encontrar en

su aislamiento dentro de la catedral? Anheló un puesto al servicio del

templo, cobrar a principios de mes unas cuantas pesetas de manos del

_Vara de plata_, para no ser tan gravoso a su hermano. Pero todas las

plazas estaban ocupadas; sólo la muerte podía abrir huecos, y eran

muchos los hambrientos que aguardaban la ocasión, alegando derechos de

familia.

Su impotencia para ser útil al hermano y que el sacrificio de éste

resultase menos costoso era lo que apenaba a Gabriel, turbando la

monótona placidez de su existencia. Preguntaba a Esteban qué podría

hacer para no estar inactivo, y el hermano le respondía con su expresión

bondadosa:

--Cuidarte, nada más que cuidarte. Tú no tienes otra obligación que la

de guardar tu salud. Yo estoy aquí para lo demás.

Llegó Semana Santa, y Gabriel encontró ocasión para ganarse algunos

jornales. Iban a levantar en la catedral el famoso Monumento entre el

trascoro y la puerta del Perdón. Era una fábrica pesada y

complicadísima, de estilo suntuoso y barroco, que había costado a

principios de siglo una fortuna al segundo cardenal de Borbón. Un

verdadero bosque de maderos formaba el andamiaje del Monumento; la

riqueza del cardenal había hecho un despilfarro de solidez y

suntuosidad, y para armar el sagrado catafalco se necesitaban muchos

días y no pocos obreros.

Gabriel se avistó con don Antolín, pidiéndole un sitio en la obra. Eran

siete reales diarios que podía entregar a su hermano durante dos

semanas, y él, que estaba habituado en otros tiempos a ver retribuido su

trabajo con largueza, acogía este jornal como una fortuna inesperada.

El _Vara de palo_ protestó con indignación. Gabriel estaba enfermo y no

debía comprometer su escasa salud con los esfuerzos del trabajo. ¿Qué

iba a hacer, tosiendo y ahogándose a cada instante, en aquella tarea

pesadísima de transportar maderos y acoplarlos? El enfermo le

tranquilizó. Ya sabía él lo que eran los trabajos en el templo; todo se

hacía con parsimonia, sin premuras de tiempo. Los obreros al servicio de

la Iglesia trabajan con la calma perezosa y la lenta prudencia que

parecen envolver todos los actos de la religión. Además, el _Vara de

plata_, conociendo su estado, le reservaba el trabajo menos penoso:

colocaría tornillos y clavijas, alinearía los candelabros de la

escalinata, arreglaría los tapices; confiaban en él como hombre de buen

gusto que había visto mucho en sus viajes.

Gabriel trabajó dos semanas en el Monumento. Este período de relativa

actividad pareció causarle cierto bienestar. Se movía, se agitaba dando

órdenes a sus compañeros de trabajo; iba del templo a lo alto de las

Claverías, donde se guardaba el Monumento, y al verse cubierto de polvo,

con los miembros fatigados por este incesante ir y venir, se hacía la

ilusión de que estaba sano.

En estas dos semanas no entró en la casa del zapatero y casi perdió de

vista a sus contertulios. El campanero y los amigos le admiraban. ¡Un

hombre de tanta sabiduría, y trabajaba, como cualquiera de ellos, para

ayudar a su hermano!

La señora Tomasa le detuvo una mañana junto a la verja del jardín.

--Hay noticias, Gabriel. Creo saber dónde está nuestra pájara. No te

digo más; pero prepárate a ayudarme. El día que menos lo pienses la ves

en la catedral.

Terminó la erección del Monumento. Toda la parte de la iglesia entre el

coro y la puerta del Perdón estaba ocupada por la vistosa y pesada

fábrica. Los toledanos acudían a admirar, según costumbre tradicional,

la escalinata cubierta de filas de apretadas luces, los legionarios

romanos de alabastro apoyados en sus lanzas, y la cortina riquísima, de

innumerables pliegues, que bajaba desde la bóveda hasta la plataforma

del Monumento.

El Jueves Santo por la tarde estaba Gabriel contemplando lo que en

cierto modo era su obra, confundido en el grupo de devotos. La catedral

sonreía con su inmaculada blancura, a pesar de los velos negros que

cubrían imágenes y altares. Los rosetones luminosos borraban con sus

chorros de colores el aspecto fúnebre de la ceremonia religiosa. En el

coro gemía una voz de tenor las lamentaciones y trinos de los profetas

orientales. Estos lamentos por la muerte de Cristo se perdían sin eco en

el templo medioeval, monumento democrático de una época que Introdujo

en todas las expansiones religiosas su alegría de vivir al amparo de los

muros, mientras la muerte y la desolación corrían los campos.

Gabriel sintió que le tiraban de la chaqueta, y al volverse vio a la

jardinera.

--Ven, sobrino. Ya la tenemos ahí. Te espera en el claustro.

Al salir, la señora Tomasa le mostró una mujer adosada al zócalo de

piedra del jardín, encogida, envuelta en un mantón raído, con el pañuelo

de la cabeza echado sobre los ojos.

Gabriel no la hubiese conocido nunca. Recordaba la carita sonrosada dos

años antes, y miraba con asombro un rostro de juventud ajada, huesoso,

los pómulos salientes, las ojeras profundas, y unos ojos de escasas

cejas, sin pestañas, con las pupilas todavía hermosas, pero empañadas

por vidriosa opacidad. Todo revelaba en ella la miseria y el desaliento.

La falda era de verano, y por debajo asomaban unas botas rotas, mucho

más grandes que sus pies.

--Saluda, muchacha--dijo la vieja--; es tu tío Gabriel; un ángel de

Dios, a pesar de sus calaveradas. A él debes que yo te haya buscado.

La jardinera empujaba a Sagrario hacia su tío. Pero la joven bajaba la

cabeza, encorvando la espalda y retrocediendo, como si no pudiera

resistir la presencia de un individuo de su familia. Se cubría el rostro

con el mísero mantón, ocultando sus lágrimas.

--Tía, vamos a casa--dijo Gabriel--. Esta criatura no está bien aquí.

En la escalera del claustro hicieron pasar delante a la joven, que subía

con la cabeza oculta, sin mirar, como si sus pies marchasen

instintivamente por aquellos peldaños.

--Hemos llegado esta mañana de Madrid--dijo la jardinera mientras

subían--. La he tenido en una posada, haciendo tiempo para traerla por

la tarde a la catedral. Es la mejor hora: Esteban está en el coro y tú

tendrás tiempo para arreglar esto... Tres días he pasado allá. ¡Ay,

Gabriel, hijo mío! ¡Qué cosas he visto! ¡En qué lugar estaba esa pobre

chica! ¡Qué infiernos hay para las pobres mujeres! ¡Y aún dicen que

somos cristianos! ¡Un demonio es lo que somos...! Gracias que yo tengo

mis conocimientos en la corte: gentes de campanillas que han estado en

la catedral y se acuerdan de la jardinera. De todo he necesitado, hasta

de dinero, para sacar a esa infeliz de las garras del diablo.

El claustro alto estaba desierto. Al llegar a la puerta de los Luna, la

muchacha, cual si despertase de su marcha soñolienta, se hizo atrás con

expresión de terror, como si dentro de la habitación le aguardase un

gran peligro.

--Entra, mujer, entra--dijo la tía--. Es tu casa: alguna vez habías de

volver.

Y la empujó, hasta hacerla pasar la puerta. Dentro, en el recibimiento,

cesó su llanto. Miraba en derredor con asombro, asustada sin duda de

haber llegado hasta allí. Sus ojos lo examinaban todo con estupefacción,

como admirados de que cada objeto estuviera en el mismo sitio que cinco

años antes, con una regularidad que hacía dudar de si realmente había

transcurrido el tiempo. Nada cambiaba en aquel pequeño mundo, que

parecía petrificado a la sombra de la catedral. Ella era la que,

abandonándolo en plena juventud, volvía aviejada y enferma.

Hubo entre las tres personas un largo silencio.

--Tu cuarto, Sagrario--dijo al fin Gabriel con dulzura--, está lo mismo

que lo dejaste. Entra en él y no salgas hasta que yo te llame. Ten calma

y no llores. Confía en mí. Me conoces poco, pero la tía ya te habrá

dicho le que me intereso por tu suerte. Tu padre va a venir. Ocúltate y

calla. Te lo repito: no salgas hasta que yo te llame.

Al quedar solos la jardinera y su sobrino, oyeron los sollozos ahogados

de la muchacha, que rompía a llorar viéndose en su antiguo cuarto.

Después sonó el ruido de su cuerpo cayendo sobre la cama, y el estertor

de su llanto fue haciéndose cada vez más ahogado.

--¡Pobrecilla!--dijo la vieja, a la que faltaba muy poco para llorar

también--. Es buena y está arrepentida de sus pecados. De haberla

buscado su padre cuando la abandonó aquel tunante, menos vergüenza y

miserias habría sufrido. ¿Y su salud? Yo creo, Gabriel, que ésa está

peor que tú... ¡Los hombres! ¡Con su honor y demás mentiras! Lo honrado

es tener caridad, compasión al semejante, y no hacer mal a nadie. Eso lo

dije el otro día al sinvergüenza de mi yerno, que se indignó viendo que

marchaba a Madrid en busca de la chica. Habló de la honra de la familia,

de que si Sagrario regresaba no podrían vivir en la catedral las

personas decentes, y él no permitiría que su hija se asomase a la puerta

de la casa; y el muy ladrón todos los días le roba cera a la Virgen y

estafa a las devotas tomando dinero por misas que nunca se dicen. Así le

luce el pelo y está tan gordo..., con tanto honor.

La vieja, después de un corto silencio, miró a Gabriel con indecisión.

--Qué, ¿nos lanzamos a la pelea? ¿Llamo a Esteban...?

--Sí, llámelo. Estará en la catedral. Y usted, ¿se atreve a presenciar

la entrevista?

--No, hijo; allá vosotros. Ya conoces a Esteban y me conoces a mí. O

tendría que echarme a llorar, o acabaría arañándolo por su testarudez.

Tú solo te arreglarás mejor. Para eso te ha dado Dios ese talentazo tan

mal empleado.

Se fue la vieja, y Gabriel permaneció solo más de media hora, viendo por

los vidrios de una ventana el claustro abandonado. La catedral estaba

más silenciosa que de costumbre. La muerte anual de Dios esparcía en la

tribu levítica de los tejados un ambiente de tristeza más intenso que el

del interior de la iglesia. Los niños de las Claverías y las mujeres

estaban abajo, contemplando el Monumento. Las habitaciones parecían

abandonadas. Gabriel vio pasar por frente a la ventana a su hermano, que

al momento apareció en la puerta.

¿Qué quieres, Gabrielillo? ¿Qué te pasa? La tía me ha alarmado con el

recadito. ¿Es que estás peor?

--Siéntate, Esteban. Estoy bien; tranquilízate....

El _Vara de palo_ se sentó, mirando con asombro a Gabriel. Le alarmaba

su seriedad inexplicable, el silencio prolongado, en el que parecía

coordinar sus pensamientos, cual si no supiera cómo empezar...

--¡Habla, hombre! ¡Rompe de una vez! Me tienes intranquilo.

--Hermano--dijo Gabriel con gravedad--, bien sabes que he respetado ese

misterio de tu vida con el que me encontré al volver aquí. Me dijiste:

«Mi hija ha muerto»; me manifestaste deseos de que nunca te hablara de

ella, y puedes decir si alguna vez he tocado tu vieja herida con la

menor alusión.

--Bien, ¿y qué? ¿Adonde vas a parar?--dijo Esteban, tornándose sombrío

al oír estas palabras--. ¿A qué viene hablarme en un día tan sagrado

como el de hoy de cosas que me hacen daño...?

--Esteban, no es fácil que nos entendamos si te aferras a tus

preocupaciones. No pongas ese gesto; óyeme con calma; no te muevas como

un autómata a impulsos de los mismos hilos que movieron a nuestros

abuelos y tatarabuelos. Sé hombre y obra con arreglo a tus pensamientos

propios.... Tú y yo tenernos diversas creencias. Dejo aparte las

religiosas, que son para ti un consuelo, y bien sabes que las mías me

las callo para no hacer imposible mi vida aquí. Pero aparte de esto, tú

crees que la familia es una obra de Dios, una institución de origen

sobrenatural, y yo creo que es una institución humana, basada en las

necesidades de la especie. Al que falta a las leyes de la familia, al

que deserta de su bandera, tú lo condenas para siempre, lo sentencias a

la muerte del olvido; yo compadezco su debilidad y lo perdono.

Entendemos el honor de un modo distinto. Tú eres el honor castellano:

aquel honor tradicional y bárbaro, más cruel y funesto que la misma

deshonra; Un honor teatral, cuyos impulsos no arrancan nunca de los

sentimientos humanos, sino del miedo al qué dirán, del deseo de aparecer

muy grande y muy digno a los ojos de los demás antes que a los de la

propia conciencia. Para la esposa adúltera, la muerte, el asesinato

vengador; para la hija fugitiva, el desprecio, el olvido; ése es vuestro

evangelio. Yo tengo otro: para la esposa que olvida sus deberes, el

desprecio y el olvido; y para el pedazo de nuestras entrañas que huye,

el amor, el apoyo, la dulzura, hasta lograr que vuelva a nosotros...

Esteban, estamos separados por nuestras creencias; un montón de siglos

se alza entre nosotros; pero eres mi hermano, me quieres y te quiero,

sabes que sólo deseo tu bien, que llevo como tú ese apellido de familia

que en tanto estimas, que amé a nuestros pobres padres como tú pudiste

amarlos, y en nombre de todo esto te digo que esta situación debe

acabar, que no debes vivir insensible y petrificado en lo que llamas tu

dignidad, sin que te turbe el recuerdo de una hija tuya que rueda por el

mundo como un guiñapo. Tú tan bueno, que me has recogido en el trance

más difícil de mi vida, ¿cómo puedes dormir, cómo puedes comer, sin que

amargue tu existencia el pensamiento de tu hija perdida? ¿Qué sabes de

ella ahora? ¿No puede morir de hambre mientras tú comes? ¿No es fácil

que esté en un hospital, mientras tú tienes la casa donde vivieron tus

padres...?

Esteban contrajo el rostro con una expresión sombría oyendo a su

hermano.

--Es inútil que te esfuerces, Gabriel. Nada conseguirás. ¿Te he negado

algo? ¿No estoy dispuesto a todo por mi hermano? Pero no me hables de

ésa; me ha causado mucho daño; ha roto mi vida: no sé cómo no he muerto.

¿Has pensado bien en lo que es ser la familia de los Luna durante siglos

el espejo de la catedral, el respeto hasta de los mismos arzobispos, y

de repente verse uno entre los últimos, expuesto a las risas de todos,

pudiendo mirarle con compasión hasta el último monaguillo? ¡Lo que yo

he sufrido! ¡Las veces que he llorado de rabia, a solas en esta

habitación, después de oír lo que se murmuraba a mis espaldas! Y

luego--añadió quedamente, como si el dolor empañase su voz--, ¡aquella

infeliz mártir que murió de vergüenza, mi pobre mujer, que se fue del

mundo por no ver mi dolor ni sufrir el desprecio de los demás...! ¿Y

quieres que yo olvide esto...? Además, Gabriel, yo no sé expresar lo que

siento tan bien como tú. Pero el honor... es el honor. Es vivir yo en

esta casa sin tener que avergonzarme; dormir por la noche sin miedo a

ver en la obscuridad los ojos de nuestro padre que me preguntan, por qué

permanece una mujer perdida bajo el mismo techo que se conquistaron los

Luna con siglos de servicios a la iglesia de Dios; es evitar que la

gente se ría de nuestra familia.... Que digan en buena hora: «Esos Luna,

¡qué desgraciados son!», pero que no digan nunca que los Luna son una

familia falta de vergüenza. Por nuestro cariño, hermano, déjame: no me

hables más de esto. Esas malas doctrinas te han envenenado el alma: no

sólo has dejado de creer en Dios, sino que tampoco crees ya en el honor.

La Catedral · 第 10 / 23 段