cabeza baja. Bien se le conoce que fue soldado en su juventud. Tía
Tomasa se acuerda de haberle visto en el claustro con casco de crines,
charreteras de sargento y un chafarote que armaba gran estrépito. Él no
se asusta de nada, ni se escandaliza, ni hace aspavientos. El año pasado
recaló aquí cierta portuguesita, que traía locos a los cadetes con sus
medias de seda y sus grandes sombreros. Usted conoce a Juanito y sabe
que es hijo de un sobrino de Su Eminencia que murió hace tiempo. Pues el
muchacho paseó su uniforme por Zocodover del brazo de la portuguesa para
dar envidia a los compañeros de la Academia. Un día, la muchacha se
presentó en palacio, y la servidumbre, viéndola con tales lujos, la dejó
paso franco, creyendo que era una señora de Madrid. Su Eminencia la
recibió con sonrisa paternal, oyéndola sin pestañear. Me lo contó un
paje amigo, que estaba presente. La pájara iba a quejarse al cardenal de
su sobrino el cadete, que la había entretenido dos días sin darla un
céntimo. Su Eminencia sonrió con modestia: «Señora: la Iglesia es pobre,
pero no quiero que por ese calavera sufra el buen nombre de la familia.
Tome y remedíese.» Y le largó dos duros. La portuguesa, animada por la
buena acogida, quiso chillar, creyendo que aterraría a don Sebastián con
el escándalo. Pero hubo que ver a Su Eminencia cuando le entró la furia.
«Chico, llama a la policía», gritó al paje. Y tal era su cara, que la
portuguesita salió de estampía, dejando sobre la mesa las dos rodajas de
plata.
Gabriel reía escuchando esta historia.
--Todo un hombre, créame usted, tío.... Yo le quiero porque tiene al
cabildo en un puño; no es como su antecesor, aquel sopitas con leche,
que sólo sabía rezar y temblaba ante el último canónigo. ¡Que le vayan a
éste con roncas! Tiene redaños para entrar una tarde en el coro y
limpiarlo a palos con el báculo. Hace más de dos meses que no baja a la
catedral ni le ven los canónigos. La última vez que una comisión de
éstos fue a palacio, la servidumbre tembló. Iban a proponerle no sé qué
reforma en la Primada y comenzaron diciendo: «Señor: el cabildo
opina...» Don Sebastián les interrumpió, hecho un basilisco: «El cabildo
no puede opinar nada; el cabildo no tiene sentido común.» Y les volvió
la espalda, dejándoles hechos de piedra. Después, dijo a gritos, pegando
puñetazos en los muebles, que ha de hacer lo posible para que todas las
vacantes de la catedral se cubran con lo peorcito del clero; que entren
en el cabildo los curas borrachos, estafadores, etc. «Quiero reventar al
cabildo--gritaba--, quiero ensuciarlo; así aprenderá a hablar menos de
mí; quiero cubrirlo, sí señor, cubrirlo de...» Y ya se figurará usted,
tío, de qué quiere Su Eminencia cubrir a los canónigos. El pobre tiene
razón. ¿Por qué se han de meter los del coro en si don Sebastián vive
así o asá y tiene estos líos o los otros? ¿No les deja él hacer lo que
quieren? ¿Les dice acaso una palabra de sus visiteos escandalosos, a
pesar de que todo Toledo los conoce?
--¿Y los canónigos qué dicen del cardenal?
--Hablan de que Juanito es su nieto, y que su padre, que murió, y
aparecía como sobrino de Su Eminencia, era un hijo que tuvo de cierta
señora cuando fue obispo en Andalucía. Pero esto no parece irritar mucho
a don Sebastián. Otra cosa le enfurece, hasta inflamarle la fístula y
ponerlo hecho un demonio: que hablen de doña Visitación.
--¿Y quién es esa señora?
--¡Anda! ¡Ésta es buena! ¿Usted aún no conoce a doña Visitación, cuando
en la catedral y fuera de ella no se habla de otra persona? Pues la
sobrina de Su Eminencia, que vive con él en palacio. Ella es la que
manda. Don Sebastián, tan terrible como es, se convierte en un ángel
cuando la ve. Rabia, grita y casi muerde, en los días que le pica la
maldita enfermedad; pero se presenta doña Visita, y en seguida se
contiene; sufre en silencio, gime como un niño, y basta que ella le diga
una palabrita dulce o le haga un mimo, para que a Su Eminencia se le
caiga la baba de gusto... ¡La quiere mucho!
--¿Pero ella es...?--preguntó con extrañeza Gabriel.
--¡Claro que es lo que usted piensa! ¿Qué otra cosa puede ser? Estaba en
el Colegio de Doncellas Nobles desde niña, y apenas vino a Toledo el
cardenal, la sacó, llevándosela a palacio. ¡Qué enamoramiento tan ciego
el de don Sebastián! Y el caso es que la cosa no lo vale: una
señoritinga delgaducha y pálida; ojos grandes y buen pelo: eso es todo.
Dicen que canta, que toca el piano, que lee y sabe muchas cosas de las
que enseñan en ese colegio tan rico; que tiene la gracia de Dios para
traer chalao a Su Eminencia. A la catedral pasa algunas veces por el
arco, hecha una beatita, con hábito y mantilla, acompañada de una
criadota fea.
--No será lo que creéis, muchacho.
--¡Anda! Todo el cabildo lo asegura, y los canónigos más formales lo
creen a pie juntillas. Hasta los que son amigos y favoritos de Su
Eminencia y le llevan recados de lo que aquí se murmura contra él no lo
niegan con mucha calor. Y don Sebastián se indigna, se enfurece cada vez
que una murmuración de éstas llega a sus oídos. Si le dijeran que en el
coro iban a dar un baile, se irritaría menos que cuando sabe que llevan
en lenguas a doña Visita.
El perrero calló un instante, como si dudase en soltar algo grave.
--Esa señora es muy buena. Todos los de palacio la quieren porque les
habla dulcemente. Además, si hace uso de su gran poder sobre el
cardenal, es para evitarles las chillerías de Su Eminencia, que muchas
veces, en sus ratos de dolor furioso, quiere arrojar copas y platos a la
cabeza de los familiares. ¿Por qué se han de meter con ella? ¿Les hace
algún daño acaso? Cada uno en su casa, y al que sea malo ya lo castigará
Dios.
Se rascó la sien, como vacilando una vez más.
--En cuanto a lo que doña Visita es cerca del cardenal--añadió--, no me
cabe duda alguna. Tengo datos, tío. Sé de buena tinta cómo viven. Un
familiar los ha visto muchas veces besándose. Es decir, besándose los
dos, no. Ella era quien besaba, y don Sebastián acogía con una sonrisa
de angelón sus mimos de gatita. ¡El pobre está tan viejo...!
Y el _Tato_ acababa sus confidencias con suposiciones obscenas.
Esta murmuración contra el cardenal, que subía desde la sacristía hasta
el claustro, irritaba al hermano de Gabriel. El _Vara de palo_, soldado
raso de la Iglesia, no podía escuchar con calma los ataques a sus
superiores. Para él todo eran calumnias. Lo mismo que de don Sebastián,
habían hablado los canónigos de todos los arzobispos anteriores, lo que
no impedía que después de muertos fuesen unos santos. Cuando sorprendía
al _Tato_ repitiendo en las Claverías los chismes de abajo, le amenazaba
con toda su autoridad de jefe de la familia.
Esteban se entristecía viendo el estado de salud de su hermano. Alababa
la conducta de éste, siempre prudente, acogiendo con un silencio
respetuoso las costumbres de la catedral, sin que se le escapase una
palabra reveladora de su pasado; le enorgullecía la atmósfera de
admiración que rodeaba a su hermano, el afán con que la gente sencilla
del claustro escuchaba sus viajes, pero le apenaba la enfermedad de
Gabriel, la certeza de que la muerte había puesto en él su mano, y
únicamente por los cuidados de que le rodeaba iba retardando el momento
de la posesión.
Había días en que el silenciario sonreía satisfecho viendo a Gabriel de
buen color y oyendo con menos frecuencia su tos dolorosa.
--Muchacho, eso va bien--decía alegremente.
--Sí--contestaba Gabriel--; pero no te forjes ilusiones. Estoy bien
agarrado. Ésa vendrá a su hora. Tú eres quien la repele. Pero un día
podrá más que tú.
La certeza de que la muerte acabaría por vencerlo enardecía a Esteban,
haciéndole redoblar los cuidados. Apelaba a la superalimentación como
único remedio, y siempre que se aproximaba a Gabriel, era con algo en
las manos.
--Cómete esto.... Bebe lo que te traigo.
Y luchaba con aquel organismo quebrantado, con el estómago descompuesto
por la miseria, con los pulmones heridos y el corazón sujeto a
desarreglos en el funcionamiento, con la máquina humana desvencijada por
una vida de sufrimientos y emociones.
El constante velar sobre el enfermo había trastornado la vida económica
de Esteban. Su mezquino sueldo y la pobre ayuda del maestro de capilla
apenas si bastaban para aquella boca que consumía más que todos los de
la casa juntos. A fines de mes, Esteban impetraba el auxilio del _Vara
de plata_ para acabar los últimos días, ingresando de este modo en la
grey sumisa y miserable amarrada a la usura del sacerdote. Otras veces,
el maestro de capilla, viviendo por un instante en la realidad, le
entregaba unas cuantas pesetas, sacrificando el goce de adquirir una
nueva partitura.
Gabriel adivinaba las privaciones a que se sometía el hermano, y quería
contribuir a los gastos de la casa. Pero ¿qué trabajo podía encontrar en
su aislamiento dentro de la catedral? Anheló un puesto al servicio del
templo, cobrar a principios de mes unas cuantas pesetas de manos del
_Vara de plata_, para no ser tan gravoso a su hermano. Pero todas las
plazas estaban ocupadas; sólo la muerte podía abrir huecos, y eran
muchos los hambrientos que aguardaban la ocasión, alegando derechos de
familia.
Su impotencia para ser útil al hermano y que el sacrificio de éste
resultase menos costoso era lo que apenaba a Gabriel, turbando la
monótona placidez de su existencia. Preguntaba a Esteban qué podría
hacer para no estar inactivo, y el hermano le respondía con su expresión
bondadosa:
--Cuidarte, nada más que cuidarte. Tú no tienes otra obligación que la
de guardar tu salud. Yo estoy aquí para lo demás.
Llegó Semana Santa, y Gabriel encontró ocasión para ganarse algunos
jornales. Iban a levantar en la catedral el famoso Monumento entre el
trascoro y la puerta del Perdón. Era una fábrica pesada y
complicadísima, de estilo suntuoso y barroco, que había costado a
principios de siglo una fortuna al segundo cardenal de Borbón. Un
verdadero bosque de maderos formaba el andamiaje del Monumento; la
riqueza del cardenal había hecho un despilfarro de solidez y
suntuosidad, y para armar el sagrado catafalco se necesitaban muchos
días y no pocos obreros.
Gabriel se avistó con don Antolín, pidiéndole un sitio en la obra. Eran
siete reales diarios que podía entregar a su hermano durante dos
semanas, y él, que estaba habituado en otros tiempos a ver retribuido su
trabajo con largueza, acogía este jornal como una fortuna inesperada.
El _Vara de palo_ protestó con indignación. Gabriel estaba enfermo y no
debía comprometer su escasa salud con los esfuerzos del trabajo. ¿Qué
iba a hacer, tosiendo y ahogándose a cada instante, en aquella tarea
pesadísima de transportar maderos y acoplarlos? El enfermo le
tranquilizó. Ya sabía él lo que eran los trabajos en el templo; todo se
hacía con parsimonia, sin premuras de tiempo. Los obreros al servicio de
la Iglesia trabajan con la calma perezosa y la lenta prudencia que
parecen envolver todos los actos de la religión. Además, el _Vara de
plata_, conociendo su estado, le reservaba el trabajo menos penoso:
colocaría tornillos y clavijas, alinearía los candelabros de la
escalinata, arreglaría los tapices; confiaban en él como hombre de buen
gusto que había visto mucho en sus viajes.
Gabriel trabajó dos semanas en el Monumento. Este período de relativa
actividad pareció causarle cierto bienestar. Se movía, se agitaba dando
órdenes a sus compañeros de trabajo; iba del templo a lo alto de las
Claverías, donde se guardaba el Monumento, y al verse cubierto de polvo,
con los miembros fatigados por este incesante ir y venir, se hacía la
ilusión de que estaba sano.
En estas dos semanas no entró en la casa del zapatero y casi perdió de
vista a sus contertulios. El campanero y los amigos le admiraban. ¡Un
hombre de tanta sabiduría, y trabajaba, como cualquiera de ellos, para
ayudar a su hermano!
La señora Tomasa le detuvo una mañana junto a la verja del jardín.
--Hay noticias, Gabriel. Creo saber dónde está nuestra pájara. No te
digo más; pero prepárate a ayudarme. El día que menos lo pienses la ves
en la catedral.
Terminó la erección del Monumento. Toda la parte de la iglesia entre el
coro y la puerta del Perdón estaba ocupada por la vistosa y pesada
fábrica. Los toledanos acudían a admirar, según costumbre tradicional,
la escalinata cubierta de filas de apretadas luces, los legionarios
romanos de alabastro apoyados en sus lanzas, y la cortina riquísima, de
innumerables pliegues, que bajaba desde la bóveda hasta la plataforma
del Monumento.
El Jueves Santo por la tarde estaba Gabriel contemplando lo que en
cierto modo era su obra, confundido en el grupo de devotos. La catedral
sonreía con su inmaculada blancura, a pesar de los velos negros que
cubrían imágenes y altares. Los rosetones luminosos borraban con sus
chorros de colores el aspecto fúnebre de la ceremonia religiosa. En el
coro gemía una voz de tenor las lamentaciones y trinos de los profetas
orientales. Estos lamentos por la muerte de Cristo se perdían sin eco en
el templo medioeval, monumento democrático de una época que Introdujo
en todas las expansiones religiosas su alegría de vivir al amparo de los
muros, mientras la muerte y la desolación corrían los campos.
Gabriel sintió que le tiraban de la chaqueta, y al volverse vio a la
jardinera.
--Ven, sobrino. Ya la tenemos ahí. Te espera en el claustro.
Al salir, la señora Tomasa le mostró una mujer adosada al zócalo de
piedra del jardín, encogida, envuelta en un mantón raído, con el pañuelo
de la cabeza echado sobre los ojos.
Gabriel no la hubiese conocido nunca. Recordaba la carita sonrosada dos
años antes, y miraba con asombro un rostro de juventud ajada, huesoso,
los pómulos salientes, las ojeras profundas, y unos ojos de escasas
cejas, sin pestañas, con las pupilas todavía hermosas, pero empañadas
por vidriosa opacidad. Todo revelaba en ella la miseria y el desaliento.
La falda era de verano, y por debajo asomaban unas botas rotas, mucho
más grandes que sus pies.
--Saluda, muchacha--dijo la vieja--; es tu tío Gabriel; un ángel de
Dios, a pesar de sus calaveradas. A él debes que yo te haya buscado.
La jardinera empujaba a Sagrario hacia su tío. Pero la joven bajaba la
cabeza, encorvando la espalda y retrocediendo, como si no pudiera
resistir la presencia de un individuo de su familia. Se cubría el rostro
con el mísero mantón, ocultando sus lágrimas.
--Tía, vamos a casa--dijo Gabriel--. Esta criatura no está bien aquí.
En la escalera del claustro hicieron pasar delante a la joven, que subía
con la cabeza oculta, sin mirar, como si sus pies marchasen
instintivamente por aquellos peldaños.
--Hemos llegado esta mañana de Madrid--dijo la jardinera mientras
subían--. La he tenido en una posada, haciendo tiempo para traerla por
la tarde a la catedral. Es la mejor hora: Esteban está en el coro y tú
tendrás tiempo para arreglar esto... Tres días he pasado allá. ¡Ay,
Gabriel, hijo mío! ¡Qué cosas he visto! ¡En qué lugar estaba esa pobre
chica! ¡Qué infiernos hay para las pobres mujeres! ¡Y aún dicen que
somos cristianos! ¡Un demonio es lo que somos...! Gracias que yo tengo
mis conocimientos en la corte: gentes de campanillas que han estado en
la catedral y se acuerdan de la jardinera. De todo he necesitado, hasta
de dinero, para sacar a esa infeliz de las garras del diablo.
El claustro alto estaba desierto. Al llegar a la puerta de los Luna, la
muchacha, cual si despertase de su marcha soñolienta, se hizo atrás con
expresión de terror, como si dentro de la habitación le aguardase un
gran peligro.
--Entra, mujer, entra--dijo la tía--. Es tu casa: alguna vez habías de
volver.
Y la empujó, hasta hacerla pasar la puerta. Dentro, en el recibimiento,
cesó su llanto. Miraba en derredor con asombro, asustada sin duda de
haber llegado hasta allí. Sus ojos lo examinaban todo con estupefacción,
como admirados de que cada objeto estuviera en el mismo sitio que cinco
años antes, con una regularidad que hacía dudar de si realmente había
transcurrido el tiempo. Nada cambiaba en aquel pequeño mundo, que
parecía petrificado a la sombra de la catedral. Ella era la que,
abandonándolo en plena juventud, volvía aviejada y enferma.
Hubo entre las tres personas un largo silencio.
--Tu cuarto, Sagrario--dijo al fin Gabriel con dulzura--, está lo mismo
que lo dejaste. Entra en él y no salgas hasta que yo te llame. Ten calma
y no llores. Confía en mí. Me conoces poco, pero la tía ya te habrá
dicho le que me intereso por tu suerte. Tu padre va a venir. Ocúltate y
calla. Te lo repito: no salgas hasta que yo te llame.
Al quedar solos la jardinera y su sobrino, oyeron los sollozos ahogados
de la muchacha, que rompía a llorar viéndose en su antiguo cuarto.
Después sonó el ruido de su cuerpo cayendo sobre la cama, y el estertor
de su llanto fue haciéndose cada vez más ahogado.
--¡Pobrecilla!--dijo la vieja, a la que faltaba muy poco para llorar
también--. Es buena y está arrepentida de sus pecados. De haberla
buscado su padre cuando la abandonó aquel tunante, menos vergüenza y
miserias habría sufrido. ¿Y su salud? Yo creo, Gabriel, que ésa está
peor que tú... ¡Los hombres! ¡Con su honor y demás mentiras! Lo honrado
es tener caridad, compasión al semejante, y no hacer mal a nadie. Eso lo
dije el otro día al sinvergüenza de mi yerno, que se indignó viendo que
marchaba a Madrid en busca de la chica. Habló de la honra de la familia,
de que si Sagrario regresaba no podrían vivir en la catedral las
personas decentes, y él no permitiría que su hija se asomase a la puerta
de la casa; y el muy ladrón todos los días le roba cera a la Virgen y
estafa a las devotas tomando dinero por misas que nunca se dicen. Así le
luce el pelo y está tan gordo..., con tanto honor.
La vieja, después de un corto silencio, miró a Gabriel con indecisión.
--Qué, ¿nos lanzamos a la pelea? ¿Llamo a Esteban...?
--Sí, llámelo. Estará en la catedral. Y usted, ¿se atreve a presenciar
la entrevista?
--No, hijo; allá vosotros. Ya conoces a Esteban y me conoces a mí. O
tendría que echarme a llorar, o acabaría arañándolo por su testarudez.
Tú solo te arreglarás mejor. Para eso te ha dado Dios ese talentazo tan
mal empleado.
Se fue la vieja, y Gabriel permaneció solo más de media hora, viendo por
los vidrios de una ventana el claustro abandonado. La catedral estaba
más silenciosa que de costumbre. La muerte anual de Dios esparcía en la
tribu levítica de los tejados un ambiente de tristeza más intenso que el
del interior de la iglesia. Los niños de las Claverías y las mujeres
estaban abajo, contemplando el Monumento. Las habitaciones parecían
abandonadas. Gabriel vio pasar por frente a la ventana a su hermano, que
al momento apareció en la puerta.
¿Qué quieres, Gabrielillo? ¿Qué te pasa? La tía me ha alarmado con el
recadito. ¿Es que estás peor?
--Siéntate, Esteban. Estoy bien; tranquilízate....
El _Vara de palo_ se sentó, mirando con asombro a Gabriel. Le alarmaba
su seriedad inexplicable, el silencio prolongado, en el que parecía
coordinar sus pensamientos, cual si no supiera cómo empezar...
--¡Habla, hombre! ¡Rompe de una vez! Me tienes intranquilo.
--Hermano--dijo Gabriel con gravedad--, bien sabes que he respetado ese
misterio de tu vida con el que me encontré al volver aquí. Me dijiste:
«Mi hija ha muerto»; me manifestaste deseos de que nunca te hablara de
ella, y puedes decir si alguna vez he tocado tu vieja herida con la
menor alusión.
--Bien, ¿y qué? ¿Adonde vas a parar?--dijo Esteban, tornándose sombrío
al oír estas palabras--. ¿A qué viene hablarme en un día tan sagrado
como el de hoy de cosas que me hacen daño...?
--Esteban, no es fácil que nos entendamos si te aferras a tus
preocupaciones. No pongas ese gesto; óyeme con calma; no te muevas como
un autómata a impulsos de los mismos hilos que movieron a nuestros
abuelos y tatarabuelos. Sé hombre y obra con arreglo a tus pensamientos
propios.... Tú y yo tenernos diversas creencias. Dejo aparte las
religiosas, que son para ti un consuelo, y bien sabes que las mías me
las callo para no hacer imposible mi vida aquí. Pero aparte de esto, tú
crees que la familia es una obra de Dios, una institución de origen
sobrenatural, y yo creo que es una institución humana, basada en las
necesidades de la especie. Al que falta a las leyes de la familia, al
que deserta de su bandera, tú lo condenas para siempre, lo sentencias a
la muerte del olvido; yo compadezco su debilidad y lo perdono.
Entendemos el honor de un modo distinto. Tú eres el honor castellano:
aquel honor tradicional y bárbaro, más cruel y funesto que la misma
deshonra; Un honor teatral, cuyos impulsos no arrancan nunca de los
sentimientos humanos, sino del miedo al qué dirán, del deseo de aparecer
muy grande y muy digno a los ojos de los demás antes que a los de la
propia conciencia. Para la esposa adúltera, la muerte, el asesinato
vengador; para la hija fugitiva, el desprecio, el olvido; ése es vuestro
evangelio. Yo tengo otro: para la esposa que olvida sus deberes, el
desprecio y el olvido; y para el pedazo de nuestras entrañas que huye,
el amor, el apoyo, la dulzura, hasta lograr que vuelva a nosotros...
Esteban, estamos separados por nuestras creencias; un montón de siglos
se alza entre nosotros; pero eres mi hermano, me quieres y te quiero,
sabes que sólo deseo tu bien, que llevo como tú ese apellido de familia
que en tanto estimas, que amé a nuestros pobres padres como tú pudiste
amarlos, y en nombre de todo esto te digo que esta situación debe
acabar, que no debes vivir insensible y petrificado en lo que llamas tu
dignidad, sin que te turbe el recuerdo de una hija tuya que rueda por el
mundo como un guiñapo. Tú tan bueno, que me has recogido en el trance
más difícil de mi vida, ¿cómo puedes dormir, cómo puedes comer, sin que
amargue tu existencia el pensamiento de tu hija perdida? ¿Qué sabes de
ella ahora? ¿No puede morir de hambre mientras tú comes? ¿No es fácil
que esté en un hospital, mientras tú tienes la casa donde vivieron tus
padres...?
Esteban contrajo el rostro con una expresión sombría oyendo a su
hermano.
--Es inútil que te esfuerces, Gabriel. Nada conseguirás. ¿Te he negado
algo? ¿No estoy dispuesto a todo por mi hermano? Pero no me hables de
ésa; me ha causado mucho daño; ha roto mi vida: no sé cómo no he muerto.
¿Has pensado bien en lo que es ser la familia de los Luna durante siglos
el espejo de la catedral, el respeto hasta de los mismos arzobispos, y
de repente verse uno entre los últimos, expuesto a las risas de todos,
pudiendo mirarle con compasión hasta el último monaguillo? ¡Lo que yo
he sufrido! ¡Las veces que he llorado de rabia, a solas en esta
habitación, después de oír lo que se murmuraba a mis espaldas! Y
luego--añadió quedamente, como si el dolor empañase su voz--, ¡aquella
infeliz mártir que murió de vergüenza, mi pobre mujer, que se fue del
mundo por no ver mi dolor ni sufrir el desprecio de los demás...! ¿Y
quieres que yo olvide esto...? Además, Gabriel, yo no sé expresar lo que
siento tan bien como tú. Pero el honor... es el honor. Es vivir yo en
esta casa sin tener que avergonzarme; dormir por la noche sin miedo a
ver en la obscuridad los ojos de nuestro padre que me preguntan, por qué
permanece una mujer perdida bajo el mismo techo que se conquistaron los
Luna con siglos de servicios a la iglesia de Dios; es evitar que la
gente se ría de nuestra familia.... Que digan en buena hora: «Esos Luna,
¡qué desgraciados son!», pero que no digan nunca que los Luna son una
familia falta de vergüenza. Por nuestro cariño, hermano, déjame: no me
hables más de esto. Esas malas doctrinas te han envenenado el alma: no
sólo has dejado de creer en Dios, sino que tampoco crees ya en el honor.