--Y ahí dentro, Gabriel, hay obras notabilísimas que no deben morir

mientras en el mundo exista el arte. Nosotros en música profana no somos

gran cosa, pero crea usted que España ha sido algo en autores

religiosos.... Esto se sobrentiende que es si realmente existe música

profana y música religiosa, que lo dudo; para mí, sólo hay música, y no

sé cuál será el guapo que marque la separación, detallando dónde acaba

la una y empieza la otra.... Tras esa pared del San Cristóbal duermen

mutilados, con mortaja de polvo, los grandes músicos españoles. Mejor es

que duerman. ¡Para oír lo que se canta en este coro! Ahí está Cristóbal

Morales, que hace tres siglos fue maestro de capilla en esta catedral y

veinte años antes que Palestrina comenzó la reforma de la música. En

Roma compartió la gloria con el famoso maestro. Su retrato está en el

Vaticano, y sus _Lamentaciones_, sus motetes, su _Magnificat_, duermen

aquí olvidados hace siglos. Ahí Victoria... ¿Lo conoce usted? Otro de la

misma época. Los contemporáneos envidiosos le llamaban «el mono de

Palestrina», tomando todas sus obras por imitaciones, después de su

larga estancia en Roma; pero crea usted que en vez de plagiar al

italiano tal vez lo superó. Aquí está Rivera, un maestro toledano del

que nadie se acuerda, y tiene en el archivo un volumen entero de Misas;

y Romero de Ávila, el que mejor estudió el canto mozárabe; y Ramos de

Pareja, un músico nada menos que del siglo XV, que escribió en Bolonia

su libro _De música Tractatus_, y destruyó el sistema anticuado de Guido

de Arezzo, descubriendo el «temperamento de los sonidos»; y el monje

Ureña, que añade la nota _si_ a la escala; y Javier García, que en el

siglo pasado reformaba la música, encaminándola hacia Italia (¡Dios le

perdone!), sendero trillado del que aún no hemos salido; y Nebra, el

gran organista de Carlos III, un señor que un siglo antes de nacer

Wagner empleaba ya en España la disonancia musical. Al escribir el

_Réquiem_ para los funerales de doña Bárbara de Braganza, presintiendo

la extrañeza de instrumentistas y cantantes ante su música

revolucionaria, puso en el margen de las _particellas_: «Se advierte que

este papel no está equivocado.» Su _Letanía_ fue tan célebre, que estaba

prohibido copiarla, bajo pena de excomunión; pero trabajo inútil, pues

hoy a quien excomulgarían es al que se acordase de ella. Crea usted,

Gabriel, que ese archivo es un panteón de grandes hombres, pero panteón

al fin, en el que nadie resucita.

Luego añadió, bajando la voz:

--La Iglesia ha sido siempre poco amante de la música. Para comprenderla

y sentirla hay que nacer artista, y ya sabe usted lo que son todos estos

señores que cobran por cantar en el coro... sin saber música. Cuando le

veo a usted, Gabriel, sonreír ante las cosas religiosas, adivino en su

gesto lo mucho que se calla, y le doy la razón. Yo he tenido curiosidad

por saber la historia de la música en la Iglesia; he seguido paso a paso

el largo calvario del arte infeliz, llevando a cuestas la cruz del culto

al través de los siglos. Usted habrá oído hablar muchas veces de música

religiosa, como si fuese una cosa aparte, creada por la Iglesia. Pues

bien, es una mentira: la música religiosa no existe.

El perrero se había alejado al oír que el maestro de capilla, de

infatigable locuacidad cuando hablaba de su arte, acometía el tema de la

música. Él tenía formada su opinión sobre don Luis, y la decía a todos

en el claustro alto. Era un _guillati_, que sólo sabía tocar tristezas

en su armónium, sin que se le ocurriera alegrar a los pobres de las

Claverías con algo bailable, como le pedía la sobrina del _Vara de

plata_.

El sacerdote y Gabriel pasearon hablando por las silenciosas naves. No

se veían más personas que un grupo de gente de la casa en la puerta de

la sacristía y dos mujeres arrodilladas ante la reja del altar mayor

rezando en voz alta. Comenzaba a extenderse por la catedral la penumbra

de las rápidas tardes de invierno. Los primeros murciélagos descendían

de las bóvedas, revoloteando entre el bosque de columnas.

--La música eclesiástica--dijo el artista--es una verdadera anarquía. En

la Iglesia todo es anárquico. Crea usted que de la unidad del culto

católico en toda la tierra hay mucho que decir. El cristianismo, al

formarse como religión, no inventó ni una mala melopea. Toma a los

judíos sus cánticos y el modo de cantarlos: una música primitiva y

bárbara, que si se conociera ahora, nos taladraría los oídos. Fuera de

Palestina, allí donde no había judíos, los primeros poetas cristianos,

San Ambrosio, Prudencio y otros, adaptaron sus nuevos himnos y los

salmos a las canciones populares que estaban en boga en el mundo romano,

o sea a la música griega. Parece que esto de «música griega» signifique

una gran cosa, ¿verdad, Gabriel? Los griegos fueron tan grandes en las

artes plásticas y en la poesía, que todo lo que lleva su nombre parece

envuelto en un ambiente de belleza indiscutible. Pues no señor; la tal

música griega debía ser una cencerrada. La marcha de las artes no ha

sido paralela en la vida de la humanidad. Cuando la escultura tenía un

Fidias y había llegado a la cumbre, la pintura no pasaba de ese carácter

casi rudimentario que aún puede apreciarse en Pompeya y la música era un

balbuceo infantil. La escritura no podía perpetuar la música; eran

tantos los «modos», musicales como los pueblos, y casi toda ella quedaba

al arbitrio del ejecutante. No pudiendo fijarse en el pergamino lo que

cantaban bocas e instrumentos, el progreso era, pues, imposible. Por

esto ha habido un Renacimiento para la escultura, para la pintura y la

arquitectura, y al resurgir de nuevo las artes después de la Edad Media,

encontraron la música en la misma infancia que la habían dejado al

abandonar el mundo antiguo.

Gabriel asentía con movimientos de cabeza a las palabras del maestro de

capilla.

--Ésta fue la primitiva música cristiana--continuó don Luis--. Confiados

a la tradición y transmitiéndose de oído, los cantos religiosos se

desfiguraban y corrompían. En cada iglesia se cantaba de distinto modo.

La música religiosa era un galimatías. Los místicos tendían a la unidad

rígida, al hieratismo, y San Gregorio publicó en el siglo VI su

_Antifonario_, un centón de todas las melodías litúrgicas,

purificándolas según su criterio. Fue una mezcla de dos elementos: el

griego, pero oriental y floreado, algo así como la malagueña actual, y

el romano, grave y rudo. Las notas se expresaban con letras, se seguían

los tonos frigio, lidio, etc., y continuaba el laberinto de la música

griega, aunque muy movida, con _fioritudes_, suspiros y aspiraciones. El

centón se perdió, y mucho lo lamentan los que quieren volver a lo

antiguo, creyéndolo lo mejor. A juzgar por los fragmentos que quedan, si

ahora se ejecutase la tal música nada tendría de religiosa, tal como se

entiende hoy la religiosidad en el arte, pues sería un canto como el de

los moros, o los chinos, o algunos griegos cismáticos que aún persisten

en las liturgias antiguas. El arpa era el instrumento del templo hasta

que apareció el órgano en el siglo x, un instrumento tosco y bárbaro que

había que tocar a puñetazos, y al que le daban aire con odres hinchados.

Guido de Arezzo hizo un arreglo musical sobre la base del centón; un

arreglo nada más, y esto bastó para que le colgasen al benedictino la

invención del pentagrama. Siguió usando las letras de Boecio y San

Gregorio como notas, y sólo las puso en dos líneas con tres colores

distintos. Continuaba el embrollo anárquico. Aprender música malamente

costaba entonces doce años, y no se lograba que cantores de ciudades

distintas entendiesen el mismo papel. San Bernardo, seco y austero como

su tiempo, encontró absurdo este canto, por ser poco grave.

Era un hombre refractario al arte. Quería las iglesias desmanteladas,

sin adornos arquitectónicos, y en música le parecía la mejor la más

lenta. Él fue el padre del canto llano, el que afirmó que la música es

tanto más religiosa cuanto más pausada. Pero en el siglo XIII, los

cristianos encontraron aburridísimo este canto. Las catedrales eran el

punto de distracción, el teatro, el centro de vida en aquella época. Al

templo se iba a orar un poco a Dios y a divertirse, olvidando las

guerras, violencias y tropelías del exterior. Otra vez entró la música

popular en la Iglesia, y se entonaron en las catedrales las canciones en

boga, que casi siempre eran obscenas. El pueblo tomó parte en la música

religiosa, cantando en diversas tesituras, cada cual como mejor le

parecía, siendo estos los primeros intentos del canto polifónico o de

voces concertadas. La religión era entonces alegre, popular,

democrática, como diría usted, Gabriel; aún no había Inquisición ni

sospechas de herejía que agriasen el ánimo con el fanatismo y el miedo.

Los instrumentos groseros de aire y de cuerda que entretenían a los

artesanos en las ciudades y a los labriegos en las siegas entraron en el

templo, y el órgano fue acompañado por violas, violines, trompetas,

gaitas, flautas, guitarras y tiorbas. El canto llano era el litúrgico en

casi toda Europa, pero los fieles lo despreciaban por incomprensible y

alternábanlo con canciones. En las grandes fiestas se entonaban himnos

religiosos, adaptándolos a la música de las melodías populares que

estaban en boga, tales como _La canción del hombre armado_; _Morenica_,

_dame un beso_; _No sé qué me bulle_; _Duélete de mí_, _señora_; _Mal

haya quien vos casó_, y otras del mismo estilo... ¿Y Roma?, preguntará

usted; y la Iglesia, ¿qué decía ante tal desorden...? La Iglesia vivió

sin criterio artístico; no lo tuvo jamás. No pudo crear una arquitectura

propiamente hierática, como otras religiones, ni una pintura ni una

escultura que fuesen obra suya, y menos una música. Fue adaptándose al

medio, fue aceptando y apropiándose, con una absorbencia falta de

originalidad, lo que no era obra suya, sino del humano progreso. El

estilo grecorromano, el bizantino, el gótico, el Renacimiento, todos

entraron en sus construcciones; pero el arte cristiano puro y original

no existe, no existió nunca. En música, mucho hablar de «gravedad», de

«unción», de «tradiciones gregorianas», palabras huecas, sin sentido

exacto, vaguedades que ocultan la falta de criterio artístico. ¿Cuáles

son los linderos de lo religioso y lo profano? Desde el siglo XVI al

XVIII estuvieron los críticos cuestionando sobre esto, y la Iglesia les

dejó hablar, aceptándolo todo sin criterio. De vez en cuando, Roma se

hacía oír con alguna bula papal de la que nadie hacía caso, pues el

Pontífice no podía decir: lo religioso en arte es esto, y lo profano lo

otro. Recibió Palestrina el encargo de reformar la música eclesiástica:

el Papa mostrábase dispuesto a no dejar más que el canto llano o a

suprimirlo también si era necesario. La misa del papa Marcelo y otras

melodías fueron el resultado de esta orientación, pero no se adelantó

gran cosa. Fue preciso, para que la música se purificara dentro del

templo, que comenzase el gran movimiento musical en el mundo profano con

el italiano Monteverde, con el francés Rameau y los alemanes Sebastián

Bach y Haendel. ¡Qué época tan grandiosa, amigo Gabriel! ¡Qué tíos los

que vienen detrás, Gluck, Haydn, Mozart, Mehul, Boieldieu, y sobre

todos, nuestro buen amigo Beethoven...!

Calló unos instantes el maestro de capilla, como si el nombre de su

ídolo le impusiera religioso silencio. Luego continuó:

--Toda esta avalancha de arte pasó por la Iglesia, y ella, según su

costumbre, fue apropiándose lo que era más de su gusto. En cada país

tomó el culto católico la música más en arreglo con sus tradiciones. En

España, estábamos saturados, desde los tiempos de Palestrina, de género

italiano, y la música alemana y la francesa no llegaron a nosotros.

Fuimos primeramente fuguistas y contrapuntistas, y después del _Stabat

mater_ de Rossini, nos dimos tal atracón de melodía teatral, que no nos

han quedado ganas de gustar un nuevo plato. La música religiosa en

España ha marchado paralelamente con la ópera italiana, cosa que ignoran

esos señores canónigos que se indignarían si en una misa les tocase algo

de Beethoven, por considerarlo profano, y escuchan con unción mística

fragmentos que han rodado hace años por los teatros de Italia. ¿Y el

canto llano?, preguntará usted. El canto llano tiene su nido en esta

Primada. Aquí se conservó y purificó durante siglos. Lo mejor fue

recogiéndolo Toledo, y de los libros de esta catedral han salido los

corales de todas las iglesias de España y las Américas. ¡Pobre canto

llano! Hace tiempo que ha muerto. Ya lo ve usted, Gabriel: ¿quién viene

a la catedral a las horas del coro? Nadie, absolutamente. Los maitines

son rezados, y todos los oficios se entonan en medio de la mayor

soledad. El pueblo creyente no conoce ya la liturgia, no la estima, la

tiene olvidada; sólo se siente atraído por las novenas, triduos y

ejercicios, lo que se llama culto tolerado y extralitúrgico. Ha habido

que renunciar a las prácticas del catolicismo español antiguo, sano,

francote y serio: un catolicismo como si dijéramos de panllevar, para

atraer a la gente, dándole cantos bonitos en lengua común. Los jesuítas,

con su astucia, adivinaron que había que dar al culto una atracción

teatral, mezclar la liturgia con la opereta, y por eso sus iglesias,

doradas, alfombradas y floridas como tocadores, se ven llenas, mientras

las viejas catedrales suenan a hueco como tumbas. No han proclamado en

voz alta la necesidad de una reforma, pero la han llevado a la práctica

aboliendo el canto en latín, que no es grato al vulgo, sustituyéndolo

con toda clase de romanzas y con versos dulzones. Esto es una abdicación

de la Iglesia, una confesión de la anarquía musical en que ha vivido y

vive, un reconocimiento de que su antigua liturgia es impotente para

conmover al pueblo, y que ha muerto ya. En las iglesias, fuera del

Tantum ergo de la reserva, nada se canta en latín. Sermón e himnos son

en el idioma del país. Lo mismo que en un templo protestante. Para la

masa devota que cree sin discurrir, son las exterioridades las que

diferencian a las religiones entre sí, y no era preciso que se

achicharrase a tanta gente en las hogueras, y que media Europa fuese a

la greña en la famosa guerra de los Treinta Años, y que los papas

lanzasen excomunión sobre excomunión, para venir a parar a la postre en

que una iglesia católica y otra evangélica sólo se diferencian en una

imagen y unos cuantos cirios, pues el culto en ambas partes es igual....

Pero vámonos, Gabriel; van a cerrar.

El campanero corría por las naves agitando su llavero, que asustaba a

los murciélagos, cada vez más numerosos. Las dos devotas habían

desaparecido. Sólo quedaban en la catedral el maestro de capilla y

Gabriel. Por una nave baja avanzaban los vigilantes nocturnos, que iban

a ocupar sus puestos hasta la mañana siguiente, precedidos por el perro.

Los dos amigos salieron al claustro, guiados en la penumbra de las naves

por el vago resplandor de las vidrieras. Afuera, un rayo de sol

enrojecía el jardín y el claustro de las Claverías.

--Lo repito--continuó el sacerdote artista, mirando la puerta por donde

habían salido--. Ahí dentro no se ama al arte ni se le entiende. El

templo sólo ha prestado un servicio a la música, y esto sin quererlo. La

necesidad de tener instrumentistas y cantores para el culto le hizo

sostener las capillas y colegios de seises que sirvieron para la

enseñanza musical en una época falta de escuelas. Fuera de esto, nada.

Los que representamos el arte en las catedrales somos tan despreciados

como los ministriles de las antiguas capillas, tañedores de chirimías,

bajoncillos y bajones. Para los canónigos, es griego puro todo lo que

duerme en los archivos de música, y nosotros los artistas eclesiásticos

formamos raza aparte, estamos, cuando más, un peldaño por encima de los

sacristanes. El maestro, el organista, el tenor, el contralto y el bajo

formamos la capilla. Somos clérigos como los canónigos, llegamos a

beneficiados por oposición, hemos estudiado como ellos las ciencias

religiosas, y además somos músicos; pues a pesar de esto, cobramos casi

la mitad del sueldo de un canónigo, y para recordarnos a todas horas

nuestra ínfima condición, nos hacen sentar en la sillería baja. Los

únicos que en el coro sabemos música ocupamos el último lugar. El

chantre es, por derecho, el jefe de los cantores; y el chantre es un

canónigo cualquiera, que nombra Roma sin oposición y que no conoce ni

una nota del pentagrama. ¡La anarquía, amigo Gabriel! ¡El desprecio de

la Iglesia por la música, que ha sido siempre su esclava, nunca su hija!

Por algo en los conventos de monjas la organista y las cantoras son

siempre las más despreciadas y se las llama «las sargentas». El cantar

conforme a reglas es en la Iglesia oficio bajo. Para todo hay dinero en

el templo; a todo alcanzan los fondos de fábrica, menos a la música. Los

canónigos nos tienen por locos que vamos disfrazados con hábito

eclesiástico. Cuando llega el Corpus o la fiesta de la Virgen del

Sagrario, yo sueño siempre con una gran misa digna de la catedral, pero

el Obrero me ataja pidiéndome algo italiano y sencillo: asunto de media

docena de instrumentistas buscados en la misma ciudad; y tengo que

dirigir a unos cuantos chapuceros, rabiando al oír cómo suena la

orquesta ratonil bajo esas bóvedas que se construyeron para algo más

grande. En resumen, amigo Luna: esto está muerto... pero bien muerto.

Aún no hemos desaparecido; nos ven, pero es de cuerpo presente. Las

lamentaciones del maestro de capilla no sorprendieron a Gabriel. Todos

en la catedral se quejaban de la vida mísera y sórdida que arrastraba el

culto. Unos, como el _Vara de plata_, lo achacaban a la impiedad del

tiempo; otros, como el músico, hacían responsable a la misma Religión,

aunque no osaban decirlo en alta voz. El respeto a la Iglesia y sus

altos poderes, aprendido desde la niñez, imponía silencio a la población

de la catedral. Los más de los servidores del templo vivían moralmente

en pleno siglo XVI, en una atmósfera de servilismo y de miedo

supersticioso a los superiores, presintiendo lo injusto de su condición,

pero sin atreverse a dar forma en el pensamiento a sus vagos intentos de

protesta.

Únicamente por la noche, en el silencio del claustro alto, aquellos

matrimonios que se reproducían y morían entre las piedras de la catedral

osaban repetirse las murmuraciones del templo, la interminable maraña de

chismes que crecía sobre la monótona existencia eclesiástica, lo que los

canónigos murmuraban contra Su Eminencia y lo que el cardenal decía del

cabildo, guerra sorda que se reproducía a cada elevación arzobispal;

intrigas y despechos de célibes amargados por la ambición y el

favoritismo; odios atávicos que recordaban la época en que los clérigos

elegían a sus prelados, mandando sobre ellos, en vez de gemir, como

ahora, bajo la férrea presión de la voluntad arzobispal.

Todos en el claustro alto conocían estas luchas. Llegaban hasta ellos

los comentarios que se permitían los canónigos en la sacristía; pero los

humildes servidores guardaban un silencio receloso cuando se repetían

estas murmuraciones en su presencia, temiendo ser delatados por el

vecino, que tal vez ambicionaba su puesto. Era el terror de los siglos

de Inquisición que aún vivía en aquel pequeño mundo paralizado.

El perrero era el único que no mostraba miedo y hablaba en público del

cabildo y del cardenal. ¡A él qué...! Casi deseaba que lo echasen de

«aquella cueva», para dedicarse a su afición favorita, volviendo a la

plaza de Toros sin protesta de la familia. Además, le entusiasmaba

hablar mal de los señores del coro, que le habían dado más de un

pescozón cuando era monaguillo.

Ponía motes a todos los canónigos, y señalándolos uno por uno a Gabriel,

le contaba los secretos de su vida. Conocía la casa donde cada

prebendado iba a pasar la tarde después del coro, los nombres de las

señoras o de las monjas que les rizaban las sobrepellices, y las

rivalidades sordas y feroces entre estas admiradoras del cabildo que se

esforzaban por vencerse blanqueando y planchando la batista canonical.

A la salida del coro señalaba al chantre, un prebendado obeso, con el

rostro cubierto de placas rojas.

--Mírelo usted, tío--decía a Gabriel--. Esa caspa que tiene en la cara

es un recuerdo del pasado. Corrió mucho, sin fijarse dónde ponía el

pie... ¡Pues con esa facha, todavía presume de conquistador! La otra

tarde le decía en el claustro a un capellán de la capilla de los Reyes:

«Esos capitancitos profesores de la Academia creen que en punto a

mujeres se comen lo mejor de Toledo; pero donde está la Iglesia, ¡boca

abajo los seglares...!»

Después reía señalando a un grupo de sacerdotes jóvenes, cuidadosamente

afeitados, con las mejillas azules y sonrosadas y manteos de seda que al

revolotear esparcían un fuerte olor de almizcle. Eran los pollos del

cabildo, los canónigos jóvenes, que hacían con frecuencia viajes a

Madrid para confesar a sus protectoras, ancianas marquesas, que en

fuerza de influencias, les habían conquistado una silla en el coro. En

la puerta del Mollete se detenían un instante para arreglarse los

pliegues del manteo y lanzarse a la calle.

--¡Ya salen «a hacer» señoras!--decía el _Tato_ en su argot

canallesco--. ¡Brrum! ¡Paso a don Juan Tenorio...!

Cuando ya no salían más canónigos, el perrero hablaba a su tío del

cardenal.

--Está estos días dado a los demonios. En palacio no hay quien le

aguante. La dichosa fístula le trae loco.

--Pero ¿es verdad que tiene esa dolencia?--preguntó Gabriel.

--¡Anda! Todo el mundo lo sabe. Pregúnteselo usted a tía Tomasa. Hasta

dicen que si son tan amigos es porque ella le fabrica cierta untura que

le sienta como de mano de ángel. Lleva un perro rabioso agarrado a salva

sea la parte, y por eso tiene ese genio insufrible. La mañana que se

levanta de mal teque, tiembla el palacio y después toda la diócesis. Es

un hombre bueno, pero cuando le muerde detrás la mala bestia, hay que

huir. Yo le he visto en días de pontifical, con la mitra puesta,

mirarnos a todos con tales ojos, que le faltaba muy poco para soltar el

báculo y emprendernos a bofetadas. Lo que dice la tía: ¡si no

bebiera...!

--Entonces son ciertas las murmuraciones del cabildo.

--Emborracharse, no señor. A cada cual lo suyo: una copita ahora y otra

después, y una tercera si le visita un amigo y hay que obsequiarlo. Son

costumbres que se trajo de Andalucía cuando fue obispo allá. Pero nada

de juergas. Copeo fino y reposado: para ayudar las fuerzas nada más. Y

el vino de primera, tío; lo sé por un familiar suyo. ¡De a cincuenta

duros la arroba! Se lo guardan, de lo mejor de la Mancha, en una cuba

del tiempo del francés. Un jarabe que calienta el estómago y lo templa

como si fuese un órgano. Pero a Su Eminencia se le va más abajo, y le

hace rabiar como un condenado. Lo que dice tía Tomasa: los médicos le

arreglan, y él se encarga de enfermar otra vez con ese vinillo de

gloria.

El _Tato_, en medio de su cinismo burlón, mostraba cierto afecto por el

prelado.

--No crea usted, tío, que es un cualquiera; dejando aparte su mal genio,

resulta todo un hombre. Ahí donde le ve usted, con su cabecita blanca y

sonrosada como un polluelo de cría, que aún parece más pequeña sobre el

corpachón enorme, ¡lleva cada cosa dentro de ella...! Ha hablado mucho

en Madrid, y los papeles impresos se ocupaban de él como si fuese el

Guerra. Su sabiduría encuentra remedios para todo. ¿Le hablan de la

miseria que hay en el mundo? Pues receta al canto: pan para los pobres,

caridad en los ricos y mucha Doctrina cristiana para todos; así no se

pelearán los hombres por si tú tienes más que yo, y habrá en el mundo

conformidad y decencia, que es lo que hace falta. ¿Qué tal, tío? ¿Se ríe

usted? Pues a mí me gusta la receta de Su Eminencia, especialmente lo

del pan, pues el Catecismo maldito si hace falta, ya que todos lo

aprendemos de pequeños.

El perrero mostraba cada vez más entusiasmo hablando de su príncipe.

La Catedral · 第 9 / 23 段