--Lo que pasa con frecuencia en el mundo y aquí no había ocurrido nunca.

Mil veces le sermoneé a tu hermano: «Mira, Esteban, que ese señorito no

es para tu hija.» Muy simpático, muy vivaracho, llevando el uniforme de

la Academia como nadie y capitaneando el grupo más endiablado de cadetes

en sus calaveradas por toda la ciudad. Además, hijo de una gran familia;

señorones adinerados que nunca le dejaban ir por Toledo con el bolsillo

vacío. Y ella, la pobre Sagrario, bobita de amor, chalada por su cadete,

orgullosa cuando paseaba los domingos por Zocodover o el Miradero entre

su madre y aquel novio tan apuesto que le envidiaban las señoritas de la

ciudad. La hermosura de tu sobrina hacía hablar a todo Toledo. Las del

Colegio de Doncellas Nobles la apodaban por envidia «la sacristana de la

catedral»; pero ella, la pobrecita, sólo vivía para su cadete, y parecía

querer bebérselo con sus ojazos azules. El bestia de tu hermano lo

dejaba entrar en su casa, muy orgulloso del honor que hacía a la

familia. Ya sabes, Gabriel: la eterna ceguera de ciertos toledanos de

medio pelo, que aceptan como una gloria el noviazgo del cadete con la

niña, a pesar de que son rarísimos los casos en que estos amores llegan

al matrimonio. Aquí no hay mujer que posea un mediano palmito y se

escape de haber tenido su miaja de encariñamiento por unos pantalones

colorados. Hasta yo misma recuerdo que de chica me atusaba el pelo y me

estiraba la falda cuando oía arrastrar un sable por las losas del

claustro. Es una ceguera que pasa de madres a hijas, y eso que ellos,

los malditos, tienen sus primas o sus novias allá en su tierra, y a

ellas vuelven así que salen de la Academia.

--Bueno, tía; pero ¿en qué paró lo de mi sobrina?

--Cuando el tal señorito salió teniente, su familia consiguió que lo

destinaran a Madrid. La despedida fue cosa de teatro. Yo creo que hasta

el bragazas de tu hermano y la simple de su mujer (que en gloria esté)

lloraron como si fueran ellos la novia. Los muchachos se cogían las dos

manos, y así se estaban las horas, mirándose en los ojos como si

quisieran comerse. Él estaba más tranquilo: prometía venir todos los

domingos, escribir todos los días. Al principio así lo hizo; pero

después pasaron las semanas sin viaje y el cartero subió con menos

frecuencia a las Claverías, hasta que llegó a no subir.... Se acabó: el

señorito teniente tenía en Madrid otras ocupaciones. Tu pobre sobrina se

puso perdida: se desvanecieron los Colores de su cara; ya no era aquel

albaricoque fresquito, de piel fina, que daba ganas de morderlo. Lloraba

por los rincones como una Magdalena... y un día, la muy loca, voló... y

hasta ahora....

--Pero ¿adónde fue? ¿No la buscaron?

--Tu hermano se puso perdido. ¡Pobre Esteban! Algunas noches lo

sorprendimos en ropas menores en el claustro alto, tieso como un poste,

mirando al cielo fijamente con unos ojos que parecían de vidrio. No

había que hablarle de buscar a la chica: se enfurecía. El escándalo

estaba dado, y no quería agravarlo recogiéndola, haciendo entrar a una

perdida en la Iglesia Primada, en la honrada casa de los Luna. Más de un

año estuvimos en las Claverías como aplastados por este suceso. Parecía

que todos llevábamos luto. ¡Ya ves: ocurrir esto en la catedral, aquí,

donde pasan los años en santa tranquilidad, sin que nos digamos una

palabra más alta que la otra...! Yo me acordé entonces de ti. Parecía

imposible que de los Luna, tan tranquilos y formalotes, hubiese podido

salir una muchacha con redaños bastantes para escapar a ese Madrid,

donde nunca había estado, juntándose con su hombre, sin miedo a Dios y a

las gentes. ¿A quién podía parecérsele la mosquita muerta? A su tío, a

Gabriel, que iba para santo, y sin embargo, después de hacer la guerra

como un lobo, rodaba por el mundo lo mismo que los gitanos.

Gabriel no protestó del concepto que la tía se forjaba de su pasado.

--Y después de la fuga, ¿qué ha sabido usted de la chica?

--Al principio, mucho; después, ni una palabra. Vivían en Madrid los dos

juntos, recatándose de la gente, en santa tranquilidad, como si fuesen

marido y mujer. Esto duró algún tiempo, y yo misma, al saber tales

cosas, dudaba de mi malicia, pensando si el muy condenado se habría

vuelto buena persona y acabaría casándose con Sagrario. Pero al año se

terminó todo. Él estaba cansado y la familia intervino para que la

calaverada no cortase el porvenir del muchacho. Hasta buscaron a la

policía para que, amenazando a la chica, no molestase más al oficialete

con sus terquedades de abandonada. Luego... nada sé de cierto. De vez en

cuando me han dicho algo los que van a Madrid. La han visto algunos,

pero mejor hubiese sido que no la vieran. Una vergüenza, Gabriel; una

deshonra para vuestra familia, que es la mía. Esa infeliz es lo peor de

lo peor. Me han dicho que ha estado muy enferma; creo que aún lo está;

figúrate: ¡esa vida!, ¡y durante cinco años!, ¡lo que le habrá ocurrido

a la infeliz...! ¡Y pensar que es la hija de mi hermana!

Hablaba la señora Tomasa con voz conmovida.

--Después, Gabriel, ya sabes lo que ocurrió aquí. Se murió tu pobre

cuñada, no sabemos de qué. Fue cosa de pocos días; tal vez de vergüenza,

pues murió diciendo que ella era la culpable de todo. La partía el

corazón ver cómo había quedado tu hermano después del suceso. Siempre ha

sido Esteban poco cosa, pero luego de lo de su hija quedó como

imbécil... ¡Ay, muchacho! También me ha tocado algo a mí. Así como me

ves, tan alegre, tan satisfecha de vivir, a ratos se me clava aquí en la

frente el recuerdo de esa infeliz, y como mal y duermo peor, pensando

que una criatura que al fin lleva mi sangre va perdida por el mundo,

sirviendo de juguete a los hombres, sin que nadie la ampare, como si

estuviera sola, como si no tuviese familia.

La señora Tomasa se pasó por los ojos la punta del delantal. Temblaba su

voz, y por sus mejillas enjutas de vieja caían las lágrimas.

--Tía, usted es muy buena--dijo Gabriel--, pero debía preocuparse más de

esa infeliz. Había que recogerla, que salvarla; traerla aquí.... Hay que

ser misericordioso con las debilidades ajenas, y más aún cuando la

víctima es carne nuestra.

--¡Ay, hijo! ¿A quién se lo dices? Mil veces he pensado en esto, pero me

da miedo tu hermano. Es un pedazo de pan, pero se vuelve una fiera

cuando le hablan de su hija. Aunque la encontrásemos y se la trajésemos,

no querría admitirla. Se indigna como si le propusieran un sacrilegio.

No podría sufrir con calma su presencia en la casa que fue de vuestros

padres. Además, aunque no lo dice, teme el escándalo de todos los

vecinos de las Claverías, que conocen lo ocurrido. Esto es lo más fácil

de arreglar. Ya se cuidarán todos de no abrir la boca estando yo de por

medio. Pero tu hermano me da miedo. No me atrevo.

--Yo la ayudaré--dijo con firmeza Gabriel--. Busquemos a la chica, y una

vez la tengamos, me encargaré yo de Esteban.

--Dificilillo es encontrarla. Hace tiempo que nada sé de ella. Sin duda

los que la ven se privan de decirlo por no darnos disgusto. Pero yo

averiguaré.... Veremos, Gabriel... pensaremos en ello.

--¿Y los canónigos? ¿Y el cardenal? ¿No se opondrán a que la pobre

muchacha vuelva a las Claverías?

--¡Bah! La cosa ocurrió hace tiempo y pocos se acuerdan. Además, la

muchacha podemos llevarla a un convento, para que esté recogidita y

tranquila, sin escándalo de nadie.

--No; eso no, tía. Es un remedio cruel. No tenemos derecho para salvar a

esa pobre a costa de su libertad.

--Dices bien--afirmó la vieja tras corta reflexión---. A mí, esto de los

monjíos nunca me ha gustado gran cosa. ¿Dónde mejor que al lado de la

familia, para convertirse con el buen ejemplo? La traeremos a casa, si

está arrepentida y desea tranquilidad. A la primera que en las Claverías

hable algo de ella, le arranco el moño. Mi yerno tal vez finja

escandalizarse, pero ya le arreglaré yo la cuenta. Más valiera que no

hiciese la vista gorda ante los paseos que Juanito, ese cadete sobrino

de don Sebastián, da por el claustro cuando mi nieta se asoma a la

puerta. El muy mentecato sueña nada menos que con emparentar con el

cardenal y que su hija sea generala. Bien podía acordarse de la pobre

Sagrario. En cuanto a don Sebastián, descansa, Gabriel. Nada dirá, si es

que conseguimos traer a la chica. ¿Y por qué había de decir...? Hay que

tener caridad con el semejante, y ellos más que nadie. Porque al fin,

créeme, Gabriel... ¡hombres!, ¡nada más que hombres!

V

Las gentes de la Primada acogían con obstinado silencio la menor alusión

al prelado reinante. Era costumbre tradicional en las Claverías: Gabriel

recordaba haber visto lo mismo en su infancia.

Si se hablaba del arzobispo anterior, aquella gente, habituada a la

murmuración, como todos los que viven en cierto aislamiento, soltaba la

lengua comentando su historia y sus defectos. A prelado muerto no había

que temerle. Además, era un halago indirecto al arzobispo vivo y sus

favoritos hablar mal del difunto. Pero si en la conversación surgía el

nombre de Su Eminencia reinante, todos callaban, llevándose la mano a la

gorra para saludar, como si el príncipe de la Iglesia pudiese verlos

desde el inmediato palacio.

Gabriel, oyendo a sus compañeros del claustro alto, recordaba el juicio

funeral de los egipcios. En la Primada no se decía verdad sobre los

prelados, ni osaba nadie publicar sus faltas, hasta que la muerte se

apoderaba de ellos.

A lo más que se atrevían era a comentar las desavenencias entre los

señores canónigos, a llevar la lista de los que se saludaban en el coro

o se miraban entre versículo y antífona como perros rabiosos próximos a

morderse, o a hablar con asombro de cierta polémica que el Doctoral y el

Obrero sostenían en los papeles católicos de Madrid, durante tres años,

sobre si el Diluvio fue universal o parcial, contestándose los artículos

con cuatro meses de plazo.

En torno de Gabriel se había formado un grupo de amigos. Le buscaban,

sentían la necesidad de su presencia, experimentaban esa atracción que,

aun permaneciendo silenciosos, ejercen los que han nacido para pastores

de hombres. Por las tardes se reunían en las habitaciones del campanero,

saliendo, cuando el tiempo era bueno, a la galería de la portada del

Perdón. Por las mañanas, la tertulia era en casa del zapatero que

enseñaba los gigantones, un hombrecillo amarillento y enfermo, con

eternos dolores de cabeza que le obligaban a llevar varios pañuelos

arrollados a guisa de turbante.

Era el más pobre de las Claverías. No tenía empleo y enseñaba los

gigantones sin retribución alguna, con la esperanza de conseguir la

primera plaza que vacase, y agradeciendo mucho a los señores del cabildo

que le diesen casa gratuita, en consideración a que su mujer era hija de

un antiguo servidor de la catedral. El hedor del engrudo y de la suela

húmeda infestaba su casa con el ambiente agrio de la miseria. Una

fecundidad desesperante agravaba esta pobreza. La mujer, flácida, triste

y con grandes ojos amarillentos, presentaba todos los años un chiquitín

agarrado a sus ubres desmayadas. Por el claustro se deslizaban a lo

largo de las paredes, con la melancolía del hambre, varios chicuelos de

cabeza enorme y delgado cuello, siempre enfermos y sin llegar nunca a

morirse, afligidos por extrañas dolencias de la anemia, por bultos que

surgían y desaparecían en la cara, y costras asquerosas que cubrían sus

manos.

Trabajaba el zapatero para las tiendas de la ciudad, sin adelantar gran

cosa. Desde que salía el sol sonaba su martillo en el silencio del

claustro. Esta manifestación única del trabajo profano atraía a todos

los desocupados a la habitación mísera y maloliente. Mariano, el _Tato_

y un pertiguero que también vivía en el claustro eran los que con más

frecuencia encontraba Gabriel sentados en las desvencijadas silletas del

zapatero, tan bajas, que podían tocar con las manos el suelo de

ladrillos rojos y polvorientos.

Muchas veces, el campanero corría a la torre para hacer los toques

ordinarios, pero su sitio vacío lo ocupaba un viejo manchador del órgano

y gentes de la sacristía, que subían atraídas por lo que se hablaba de

esta reunión entre el personal menudo de la Primada. El objeto de la

tertulia era oír a Gabriel. El revolucionario quería callar y escuchaba

distraídamente las murmuraciones sobre la vida del culto; pero sus

amigos deseaban saber cosas de aquellas tierras que había corrido, con

una curiosidad de seres encerrados y aislados del mundo. Al oírle

describir la hermosura de París o la grandeza de Londres, abrían sus

ojos como niños que escuchan un cuento fantástico.

El zapatero, con la cabeza baja, sin dejar su trabajo, seguía

atentamente la relación de tantas maravillas. Todos convenían en lo

mismo cuando callaba Gabriel. Aquellas ciudades eran más hermosas que

Madrid. ¡Y mire usted que Madrid...! Hasta la zapatera, de pie en un

rincón, olvidando la enfermiza prole, escuchaba a Luna con asombro,

animándose su rostro con una pálida sonrisa, asomando la mujer al través

de la bestia resignada de la miseria cuando Luna describía el lujo de

las grandes damas en el extranjero.

Todos los siervos del templo sentían removerse sus espíritus endurecidos

e insensibles como la piedra de los muros ante estas evocaciones de un

mundo lejano que jamás habían de ver. Los esplendores de la

civilización moderna les conmovían más sinceramente que las bellezas del

cielo descritas en los sermones. En el ambiente agrio y polvoriento de

la casucha, veían desarrollarse con los ojos de la imaginación ciudades

fantásticas, y preguntaban candidamente sobre los alimentos y costumbres

de las gentes de por allá, como si los creyesen seres de distinta

especie.

Por las tardes, a la hora del coro, cuando trabajaba solo el

zapaterillo, Gabriel, cansado de la monotonía silenciosa de las

Claverías, bajaba al templo.

Su hermano, con manteo de lana, golilla blanca y vara larga, como un

alguacil antiguo, estaba de centinela en el crucero, para evitar que los

curiosos pasasen entre el coro y el altar mayor.

Dos cartelones de oro viejo, con letras góticas adosadas a las

pilastras, anunciaban que estaba excomulgado quien hablase en alta voz o

hiciese señas en el templo. Pero esta amenaza de siglos anteriores no

impresionaba a las escasas gentes que acudían a las vísperas y charlaban

tras una pilastra con los servidores de la catedral. La luz de la tarde,

filtrándose por los ventanales, extendía sobre el pavimento grandes

manchas tornasoladas. Los sacerdotes, al pisar esta alfombra de luz,

aparecían verdes o rojos, según el color de las vidrieras. En el coro

cantaban los canónigos para ellos mismos en la triste soledad del

templo. Sonaban como detonaciones los golpes de las cancelas al

cerrarse, dejando paso a algún clérigo retrasado. En lo alto del coro

gangueaba el órgano de vez en cuando, intercalándose en el canto llano;

pero sonaba perezosamente, con desmayo, por pura obligación, y parecía

lamentarse de su esfuerzo en la penumbra solitaria.

Gabriel no acababa de dar la vuelta a la catedral sin que se le uniera

su sobrino el perrero, abandonando su conversación con los monaguillos o

con el mozo de recados de la secretaría del cabildo, que tenía su

asiento fijo en la puerta de la Sala Capitular.

A Luna le divertían las picardías del _Tato_, la confianza y el

descuido con que iba por el templo, como si el haber nacido en él le

privase de todo sometimiento de respeto. La entrada de un perro en las

naves le producía alborozo.

--Tío--decía a Luna--, va usted a ver cómo me abro de capa.

Y tirando de los extremos de la chaqueta, avanzaba hacia el can con

contoneos y saltos de lidiador. El animal, conociéndole de antiguo,

buscaba su salida por la puerta más inmediata, pero el _Tato_ le cortaba

el paso, lo acosaba nave adentro fingiendo perseguirlo, lo lidiaba de

capilla en capilla, hasta que, acorralándolo, podía largarle unas

cuantas patadas. Los ladridos lastimeros alteraban el canto de los

canónigos, y el _Tato_ reía, mientras que allá, en la reja del coro,

torcía el gesto el buen Esteban, amenazándole con la vara de palo.

--Tío--dijo una tarde el travieso perrero--, usted que cree conocer bien

la catedral, ¿a que no ha visto las cosas «alegres» que tiene?

Guiñaba los ojos y acompañaba este gesto con un ademán obsceno para

indicar que eran algo más que «alegres» las tales cosas.

--A mí--continuó--me interesan las bromas que se permitían los antiguos;

no hay una que se me escape. Venga usted, tío, y se divertirá un rato.

Usted, como todos los que creen conocer la catedral, habrá pasado muchas

veces junto a esas cosas sin verlas.

El _Tato_, siguiendo el coro por su parte exterior, condujo a Gabriel al

testero, enfrente de la puerta del Perdón. Bajo el medallón grandioso

que sirve de respaldo al Monte Tabor, obra de Berruguete, se abre la

capillita de la Virgen de la Estrella.

--Fíjese usted en esa imagen, tío. ¿Hay una igual en todo el mundo? Es

una gachí, una chavala que volvería locos a los hombres si parpadease.

Para Gabriel, no era esto un descubrimiento. Desde pequeño conocía

aquella imagen de mujer hermosa y sensual, con sonrisa mundana, el

cuerpo inclinado, la cadera saliente, y en los ojos una expresión de

alegría retozona, como si fuese a bailar.

El niño, en sus brazos, también reía, y echaba mano al rebocillo de la

hermosa como si quisiera descubrirla el pecho. La imagen, de piedra

pintada, estofada y dorada, tiene un manto azul sembrado de estrellas de

oro, que es lo que la da el título de Virgen de la Estrella.

--Usted que ha leído tanto, tío, tal vez no sepa la historia de esta

capilla, mucho más antigua que la catedral. Aquí tenían los laneros,

cardadores y tejedores de Toledo su patrona antes de que se construyera

el templo, y únicamente cedieron el terreno con la condición de que

serían dueños absolutos de la capilla y harían en ella lo que les

viniese en gana, así como en todo el pedazo de la catedral hasta las

pilastras inmediatas. ¡Los líos que trajo esto! En los días que hacían

fiesta a la Virgen, no reparaban que los canónigos estuviesen en el

coro, y con rabeles, tiorbas y desaforados cantos turbaban los oficios.

Si los canónigos les pedían silencio, contestaban que los obligados a

callar eran los del coro, pues ellos estaban en su casa, mucho más

antigua que la catedral. ¿Sabe usted esto, tío?

--Sí; ahora lo recuerdo. El arzobispo Valero Losa les puso pleito a

principios del siglo XVIII. Mira su tumba al pie del altar. Perdió el

pleito, murió del disgusto, y mandó que lo enterrasen aquí para que le

pisaran los insolentes laneros después de muerto, ya que lo habían

vencido en vida. La soberbia de estos príncipes eclesiásticos les

impulsaba a la más orgullosa modestia.... Pero ¿todo esto es lo que me

querías enseñar?

--Cosas mejores verá usted. Digamos adiós a la Virgen. Pero ¡fíjese

usted! ¡Qué cara! Tiene los ojos adormilaos. La gran jembra. Yo me paso

las horas mirándola. Es mi novia... ¡Las noches que sueño con ella...!

Avanzaron algunos pasos hacia la puerta grande de la catedral, para

abarcar mejor con la vista todo el testero exterior del coro. Sobre los

tres huecos o capillas que lo perforan corre una faja de relieves

antiguos, obra de un obscuro imaginero medioeval, representando las

escenas de la Creación. Gabriel reconocía sus esculturas groseras como

contemporáneas de la puerta del Reloj y de las primeras obras de la

catedral.

--Vea usted. En los primeros medallones, Adán y Eva van desnudos como

gusanos. Pero el Señor los arroja del Paraíso. Tienen que vestirse para

ir por el mundo, y mire lo que hacen apenas se ven con ropas. Fíjese en

el quinto medallón, a nuestra derecha. ¡Qué buen humor tendría el tío

que hizo eso!

Gabriel miró por primera vez con atención aquellos relieves olvidados.

Era el naturalismo simple de la Edad Media; la confianza con que los

artistas representaban sus concepciones profanas en aquella época de

idealidad; el deseo de perpetuar el triunfo de la carne en cualquier

rincón ignorado de los monumentos místicos, para testificar que la vida

no había muerto. Eva estaba caída entre los árboles, con sus ropas en

desorden, y Adán sobre ella, con un gesto de locura sexual, la cogía los

brazos para dominarla, y pegaba la boca a su pecho con tal avidez, que

lo mismo podía besar que morder.

El _Tato_ sentíase orgulloso ante la sorpresa de su tío.

--¡Eh!, ¿qué tal? Eso lo he descubierto rodando por la iglesia. Los

señores canónigos cantan todos los días al otro lado de esa pared, sin

sospechar que sobre sus cabezas hay tales alegrías. ¿Y las vidrieras,

tío? Fíjese usted bien. Al principio ciegan tantos colores, se confunden

las figuras, el plomo corta los monigotes y no se adivina nada. Pero yo

he pasado tardes enteras estudiándolas, y me las sé al dedillo. Son

historias, cosas de su época que pintaron ahí los vidrieros, y cuyo

intríngulis se ha perdido, sin que haya cristiano que pueda pillarlo.

Y señalaba los ventanales de la segunda nave, por los que se filtraba la

luz de la tarde con un tono acaramelado.

--Mire usted allí--prosiguió el perrero--. Un señor con capa roja y

espada sube por una escalera de cuerda. En la ventana le espera una

monja. Parece cosa del _Don Juan Tenorio_ que representan por Todos

Santos. Más allá, esos dos que están en la cama y gente que llama a la

puerta. Deben ser los mismos pájaros y la familia que los sorprende. Y

en la otra vidriera, fíjese usted bien: gachos en pelota, prójimas sin

más vestidura que la mata de pelo; cosas, en fin, de los tiempos en que

la gente no tenía vergüenza y andaba con la cara en alto... y la otra

cara al aire.

Gabriel sonreía ante las necedades que los caprichos del arte antiguo

inspiraban al perrero.

--Pues en el coro, tío, también hay algo que ver. Vamos allá: ya acaban

los oficios y salen los canónigos.

Luna sentía el anonadamiento de la admiración siempre que entraba en el

coro. Aquella sillería alta, obra en un lado de Felipe de Borgoña y en

otro de Berruguete, le embriagaba con su profusión de mármoles, jaspes y

dorados, estatuas y medallones. Era el espíritu de Miguel Ángel que

resurgía en la catedral toledana.

El perrero examinaba la sillería baja, huroneando en los relieves

góticos los descubrimientos realizados por su malsana curiosidad. Esta

primera sillería a ras de tierra, donde se sentaban los clérigos de

categoría más ínfima, era anterior en medio siglo a la sillería alta;

pero en estos cincuenta años dio el arte el gran salto desde el gótico

rígido y duro a las suavidades y el buen gusto del Renacimiento. La

había tallado Maestre Rodrigo en la época que la España cristiana,

conmovida de entusiasmo, asistía a los últimos esfuerzos de los Reyes

Católicos para completar la Reconquista. En los respaldos y en los

tableros de los frisos, cincuenta y cuatro cuadros tallados reproducían

los principales incidentes de la conquista de Granada.

El _Tato_ no miraba estos planos de roble y nogal con tropeles de

jinetes y racimos de soldados escalando los muros de las ciudades moras.

Le interesaban más los brazos de las sillas, los pasamanos de las

escaleras que conducen a la sillería alta, los salientes que separan los

asientos y sirven para reclinar la cabeza, cubiertos de animales y seres

grotescos: perros, monos, aves, frailes y pajecillos, todos en posturas

difíciles, rarísimas y obscenas. Cerdos y ranas se acoplaban en

monstruosos ayuntamientos; los monos, con gesto innoble, se retorcían en

lúbricos espasmos, y pajecillos entrelazados en posición contraria

hundían la cabeza en la cruz de las calzas del compañero. Era un mundo

de caricaturas de la lujuria, de gestos simiescos y estremecimientos

satiríacos, en el que asomaba la pasión carnal con la mueca de la

animalidad más grotesca.

--Mire usted, tío. Como gracioso, éste es el más notable.

Y el _Tato_ enseñaba a Gabriel la figurilla rechoncha de un fraile

predicando con enormes orejas de burro.

Cuando salieron del coro, Gabriel vio cerca del gran fresco de San

Cristóbal al maestro de capilla. Acababa de cerrar una puertecilla

inmediata al coloso, que conduce por una escalera de caracol al archivo

de música. El artista llevaba bajo el brazo un gran libro con tapas

polvorientas, que mostró a Gabriel.

--Me lo llevo arriba. Ya oirá usted algo: vale la pena.

Y pasando su vista del libróte a la puertecilla inmediata, exclamó:

--¡Ay, ese archivo, Gabriel, qué pena da! Cada vez que lo visito salgo

triste. Por ahí han pasado los bárbaros. Todos los libros de música

tienen páginas arrancadas, recortes allí donde existía una letra

pintada, una viñeta, algo bonito. La vieja música duerme bajo el polvo.

Los señores canónigos no la quieren, no la entienden, ni son capaces de

dedicar unas cuantas pesetas para que se oiga en las grandes fiestas.

Les basta para salir del paso con cualquier pedazo rossiniano; y en

cuanto al órgano, lo único que les importa es que toque lento, muy

lento. Cuanta más lentitud, más religiosidad, aunque el organista toque

una habanera.

Seguía mirando la puertecilla del archivo con ojos melancólicos, como si

fuese a llorar sobre la ruina de la música.

La Catedral · 第 8 / 23 段