Con sus ojos audaces de loba hambrienta invitaba a Luna a entrar. Le

gustaba el porte «aseñorado», como ella decía, de aquel hombre, la

soltura que le daba su antiguo trato con el mundo. Además, sobre su

imaginación de mujer ejercía cierto encanto el misterioso pasado de

Gabriel, su altivez silenciosa, la vaga fama de sus aventuras y aquella

sonrisa un tanto compasiva y desdeñosa con que escuchaba a las gentes

del claustro alto.

Se retiró la insinuante Mariquita y siguió Gabriel sus paseos por el

claustro, después de apurar el jarrito de leche que todas las mañanas le

subía su hermano.

A las ocho salía don Luis, el maestro de capilla, siempre con el manteo

terciado teatralmente y el sombrero de teja echado atrás como una

aureola sobre su enorme cabeza. Tarareaba con aire distraído, agitado

perpetuamente por su nerviosa movilidad. Preguntaba con alarma si

habían tocado ya a coro, asustado por las amenazas de multa a causa de

su retraso. Gabriel sentíase atraído por este artista eclesiástico que

vegetaba despreciado en las últimas capas de la Iglesia, pensando más en

la música que en el dogma.

Por las tardes subía Gabriel al camaranchón que habitaba el maestro de

capilla en el piso superior de la casa de los Luna. La habitación

contenía toda la fortuna del artista: una cama de hierro, que era aún la

del Seminario, un armónium, dos bustos de yeso de Beethoven y Mozart y

un montón enorme de paquetes de música, de partituras encuadernadas, de

hojas sueltas de papel pautado, pero tan grande, tan revuelto y confuso,

que con frecuencia se desplomaba, invadiendo con blanco aleteo hasta los

últimos rincones.

--En esto se le van los cuartos--decía el _Vara de palo_ con acento de

bondadosa reconvención--.

Nunca tendrá un céntimo. Apenas coge la paga, ¡a pedir más papelotes a

Madrid! Más le valdría, don Luis, comprarse un sombrero nuevo, aunque

fuese modestito, para que los señores del coro no se burlasen de la

cobertura que lleva en la cabeza.

En las tardes de invierno, después del coro, el músico y Gabriel se

refugiaban en aquella habitación. Los canónigos, huyendo del viento frío

o de la lluvia, daban su paseo diario por las galerías del claustro

alto, con el afán de no privarse de este ejercicio a que estaba

acostumbrada su metódica existencia. El agua del cielo golpeaba los

vidrios de la ventana del camaranchón. A la claridad triste y gris de la

tarde hojeaba el maestro los cuadernos o hacía correr sus manos sobre el

armónium, conversando con Gabriel, que se sentaba en la cama.

Enardecíase el músico hablando de sus adoraciones artísticas. En mitad

de una peroración entusiasta callaba, inclinándose ante el armónium, y

las melodías del instrumento llenaban el cuarto, descendiendo por la

escalera hasta llegar a los paseantes del claustro como un eco lejano.

De repente, cesaba de tocar en el pasaje más interesante y reanudaba su

charla, como temiendo que en su continua distracción se le evaporasen

las ideas.

El silencioso Luna era el único auditorio que había encontrado en la

catedral, el primero que le escuchaba largas horas sin burlarse ni

tenerlo por loco; antes bien, mostraba con sus breves interrupciones y

preguntas el gusto con que le oía. El final de la conversación todas las

tardes era el mismo: la grandeza de Beethoven, ídolo del sacerdote

artista.

--Le he amado toda mi vida--decía el maestro de capilla--. A mí me educó

un fraile jerónimo, un exclaustrado viejo, que, después de abandonar el

convento, corrió algo de mundo como profesor de violoncelo. Los

Jerónimos fueron los grandes músicos de la Iglesia. Usted no sabrá esto;

yo tampoco lo sabría si poco después de nacer no me hubiese tomado bajo

su protección aquel santo hombre, que fue para mí un verdadero padre.

Parece que cada orden religiosa se dedicaba en sus buenos tiempos a una

especialidad. Unos, creo que los benedictinos, anotaban libros viejos;

otros fabricaban licores para las damas; los de más allá tenían unas

manos de oro para jaulas de pájaros, y los Jerónimos estudiaban siete

años de música, dedicándose cada uno al instrumento de su preferencia. A

ellos se debe que se conservara en las iglesias de España un poco, un

poquito nada más, de buen gusto musical. ¡Y qué orquestas, según me

contaba mi padrino, formaban los Jerónimos en sus conventos! Para las

señoras era una gloria ir los domingos por la tarde al locutorio, donde

encontraban a los buenos Padres, cada uno de los cuales resultaba un

profesorazo instrumentista. Eran los únicos conciertos de aquella época.

Con la pitanza asegurada, sin tener que preocuparse de casa ni vestido y

teniendo el amor al arte por toda obligación, figúrese usted, Gabriel,

qué musicotes podrían salir. Por eso, cuando echaron a los frailes de

sus conventos, los Jerónimos no salieron mal librados. Nada de mendigar

misas por las iglesias ni vivir de gorra con las familias devotas.

Tenían para ganarse el pan un arte estudiado concienzudamente, y se

colocaron en seguida en las catedrales como organistas y maestros de

capilla. Los cabildos se los disputaban. Algunos fueron más audaces, y

ganosos de ver de cerca aquel mundo musical que se les aparecía dentro

de sus conventos como un paraíso fantástico, entraron en las orquestas

de los teatros, viajaron, hicieron sus calaveradas allá por Italia,

transformándose de tal modo, que ni en cien años los hubiera reconocido

su antiguo prior. Uno de éstos fue mi padrino. ¡Qué hombre! Era un buen

cristiano, pero de tal modo se había entregado a la música, que en él

quedaba muy poco del antiguo fraile. Cuando le anunciaban, que pronto se

restablecerían los conventos, levantaba los hombros con indiferencia. Le

interesaba más una sonata nueva. Pues bien, Gabriel: aquel hombre tenía

frases que han quedado en mi memoria para siempre. Un día, siendo yo

niño, me llevó en Madrid a una reunión de músicos amigos que ejecutaban

para ellos solos el famoso _Septimino_. ¿Lo conoce usted? La obra más

«fresca» y más graciosa de Beethoven. Recuerdo a mi padrino saliendo de

la audición ensimismado, con la cabeza baja, tirando de mí, que apenas

podía seguir sus grandes zancadas. Cuando llegamos a casa, me miró

fijamente, como si yo fuese una persona mayor. «Oye, Luis--me dijo--, y

acuérdate bien de esto. En el mundo no hay más que un "Señor": Nuestro

Señor Jesucristo, y dos "señoritos": Galileo y Beethoven...»

El músico miró amorosamente el busto de yeso que desde una rinconera

contemplaba el cuartucho con entrecejo de león y ojos huraños de sordo.

--Yo no conozco a Galileo--continuó don Luis--. Sé que fue un sabio, un

genio de la ciencia. No soy más que un músico y entiendo poco de estas

cosas. Pero a Beethoven lo adoro, y creo que mi padrino se quedó corto.

Es un dios, es el hombre más extraordinario que ha producido el mundo.

¿No lo cree usted así, Gabriel?

Vibrantes sus nervios por el entusiasmo, poníase de pie y paseaba por

la habitación, pisoteando los papeles esparcidos por el suelo.

--¡Ah, cómo le envidio a usted, Gabriel, que ha corrido mundo y ha oído

tan buenas cosas! La otra noche no pude dormir pensando en lo que usted

me contó de su vida en París: aquellas tardes de los domingos, tan

hermosas, corriendo después de almorzar, unas veces a los conciertos de

Lamoreux, otras a los de Colonna, dándose un hartazgo de sublimidad...

¡Y yo aquí encerrado, sin otra esperanza que dirigir alguna misita

rossiniana en las grandes festividades...! Mi único consuelo es leer

música, enterarme por la lectura de las grandes obras que tantos tontos

oirán en las ciudades dormitando o aburriéndose. Ahí tengo en ese montón

las nueve sinfonías del «Hombre», sus innumerables sonatas, su misa, y

con él a Haydn, a Mozart, a Mendelssohn, a todos los grandes tíos, en

una palabra. Hasta tengo a Wagner. Los leo, toco en el armónium lo que

es posible, ¿y qué...? Es como si a un ciego le describieran con gran

elocuencia el dibujo de un cuadro y sus colores. Enterrado en este

claustro, sé, como el ciego, que hay en el mundo cosas muy hermosas...

pero de oídas.

El maestro de capilla guardaba del año anterior un recuerdo de

felicidad, y hablaba de él con entusiasmo. Por indicación del

cardenal-arzobispo había ido a Madrid a formar parte de un tribunal de

oposiciones para organistas.

--Fue la gran temporada, Gabriel: la mejor de mi vida. Una noche conocí

a Wagner, pero sin tapujos, como quien dice en su propia salsa. Vestido

con ropas de un violinista amigo que algunas veces toca en las fiestas

de Toledo, oí _La Walkyria_ en el paraíso del Real. Otra noche asistí a

un concierto. La gran noche, Gabriel, ¡como quien dice nada! La _Novena

Sinfonía_ de este tío feo, de este sordo mal genio que está

escuchándonos.

Y de un salto, el músico llegó hasta el busto, besándolo con humildad

infantil, como un niño acaricia al padre ceñudo e imponente.

--Usted conoce la _Novena Sinfonía_, ¿verdad, Gabriel? ¿Y qué

experimentó usted al oírla...? A mí, con la música me ocurren cosas

raras: cierro los ojos y veo paisajes desconocidos, caras extrañas; y es

notable que tantas veces como oigo las mismas obras se repiten idénticas

visiones. Si hablo de esto con las gentes de abajo, me llaman loco. Pero

usted es de los míos, y no temo que se burle. Hay pasajes musicales que

me hacen ver el mar, azul, inmenso, con olas de plata (y eso que yo

nunca he visto el mar); otras obras desarrollan ante mí bosques,

castillos, grupos de pastores y rebaños blancos. Con Schubert veo

siempre dúos de amantes suspirando al pie de un tilo, y ciertos músicos

franceses hacen desfilar por mi imaginación hermosas señoras que pasean

entre parterres de rosales vestidas de color violeta, siempre violeta. Y

usted, Gabriel, ¿no ve cosas?

El anarquista asintió. Sí; también despertaba en él la música un mundo

fantástico, de visiones más bellas que la realidad.

--Yo--continuó el sacerdote--me acuerdo de lo que me hizo ver la Novena,

lo veo ahora con sólo tararear algunos de sus pasajes. ¡Oh, aquel

_scherzo_ tan gracioso, con sus originales trémolos de timbal! Me

parece, oyéndolo, que Dios y su corte de santos han salido del cielo a

dar un paseo, dejando a los angelitos dueños de la casa. ¡Amplia

libertad!, ¡juerga general! La celeste chiquillería, sin respeto alguno,

salta de nube en nube, se entretiene en deshojar sobre la tierra las

guirnaldas de flores que han dejado olvidadas las santas. Uno abre el

compartimiento de la lluvia y la hace caer sobre el mundo; otro se

acerca a la llave de los truenos y la toca: ¡redoble espeluznante que

turba el jugueteo y los pone en fuga! Pero vuelven otra vez y continúa

la ronda graciosa, repitiéndose de nuevo las ruidosas travesuras

cortadas por los truenos. ¿Y el _adagio_? ¿Qué me dice usted de él?

¿Conoce algo más dulce, más amoroso y de tan divina serenidad? Los seres

humanos no llegarán a hablar así por más progresos que hagan. Juntos

todos los amantes famosos, no encontrarían las inflexiones de ternura

de aquellos instrumentos que parecen acariciarse. Oyéndolo, pensaba en

esos techos pintados al fresco con figuras mitológicas. Veía desnudeces,

carnes jugosas de suaves curvas, algo así como Apolo y Venus

requebrándose sobre un montón de nubes de color de rosa a la luz de oro

del amanecer.

--Capellán, que se cae usted--dijo Gabriel--. Eso no es muy cristiano.

--Pero es artístico--dijo con sencillez el músico--. Yo me ocupo poco de

religión. Creo lo que me enseñaron, y no me tomo el trabajo de averiguar

más. Sólo me preocupa la música, que alguien ha dicho que será «la

religión del porvenir», la manifestación más pura del ideal. Todo lo que

es hermoso me gusta y creo en ello como en una obra de Dios. «Creo en

Dios y en Beethoven», como dijo su discípulo.... Además, ¿qué religión

tiene la grandeza de la música? ¿Conoce usted el último cuarteto que

escribió Beethoven? Se sentía morir, y al borde de la partitura escribió

esta pregunta aterradora: «¿Es preciso?» Y más abajo añadió: «Sí; es

preciso, es preciso.» Era necesario morir, siendo un genio, abandonar la

vida cuando aún llevaba en la cabeza tantas sublimidades, pagar el

tributo a la renovación humana, sin consideración a su majestad de

semidiós. Y entonces escribió este lamento, esta despedida a la vida,

cuya grandeza no puede ser igualada por ningún canto, por ninguna

palabra de la religión.

El músico se sentó ante el armónium, y durante largo rato hizo sonar el

último lamento del genio, su queja dolorosa al transponer el umbral de

la vida, no desesperada y temblona por el miedo a lo desconocido, sino

de una melancolía varonil, que se sumerge en la eterna sombra con la

confianza de que la nada roerá inútilmente su gloria.

Estas tardes de comunión artística en aquel rincón de la catedral

adormecida ligaban a los dos hombres con un afecto creciente. El músico

hablaba, hojeaba cantando sus partituras, o hacía sonar el armónium; el

revolucionario le escuchaba silencioso, sin interrumpir a su amigo más

que con la tos de su pecho enfermo. Eran tardes de dulce tristeza, en

las que se compenetraban aquellos dos hombres: el uno, soñando con salir

de la cárcel de piedra de la catedral para ver el mundo; el otro, de

regreso de la vida, herido y desalentado, contento del obscuro reposo de

la hermosa ruina y guardando con prudente silencio el secreto de su

pasado. El arte brillaba para ellos como un rayo de sol en el ambiente

gris y monótono de la catedral.

Al encontrarse en el claustro por las mañanas, el diálogo era siempre

parecido entre los dos amigos.

--A la tarde, ¿eh?--decía misteriosamente el maestro de capilla--. Tengo

papeles frescos. Vamos a paladear una novedad que me traerán hoy.

Además, escribí anoche una cosita.

Y el anarquista contestaba afirmativamente, contento de servir en cierto

modo de entretenimiento a aquel paria del arte, que veía en él su único

auditorio y le agasajaba para retenerlo.

Mientras duraban los oficios divinos, Gabriel paseaba solo por el

claustro. Todos los hombres estaban en la catedral, excepto el zapatero

que enseñaba los gigantones. Cansado de la charla de las mujeres

asomadas a las puertas de las Claverías, subía a la habitación del

campanero, su antiguo camarada de armas, o descendía al jardín por la

monumental escalera de Tenorio cuando estaba abierta o por el arco del

Arzobispo atravesando la calle.

Gustábale pasar una hora entre los árboles. Encontraba en el jardín

iguales recuerdos de su familia que en la habitación de arriba.

Fatigado, además, de tropezar siempre en sus paseos con muros de piedra

que le recordaban la cárcel, necesitaba la movilidad de la vegetación

acariciada por el viento, forjándose la ilusión de que vivía libre en

plena campiña.

En el cenador, donde había visto a su padre en otra época, casi inmóvil

por la vejez, voceando a su hijo mayor, que acogía resignado todas sus

indicaciones, encontraba ahora a la tía Tomasa haciendo calceta y

siguiendo con ojos vigilantes el trabajo de un mocetón que había tomado

a su servicio.

La tía de Gabriel era la persona más importante de las Claverías. Su

palabra valía tanto como la de don Antolín. El _Vara de plata_ la temía,

inclinándose ante la poderosa protección que todos adivinaban detrás de

la pobre mujer. En los tiempos que su padre, abuelo materno de Gabriel,

era sacristán de la catedral, ejercía las funciones de monaguillo un

chicuelo, sobrino de cierto beneficiado que acabó por costearle la

carrera en el Seminario. El monaguillo de medio siglo antes era ahora

príncipe de la Iglesia y cardenal-arzobispo de Toledo. La vieja Tomasa y

él se habían conocido de niños, peleándose en el claustro alto por la

posesión de una estampita o haciendo jugarretas a los mendigos que

acupaban la puerta del Mollete. El imponente don Sebastián, que hacía

temblar con una mirada al cabildo y a todos los curas de la diócesis,

mostrábase alegre, fraternal y confianzudo cuando de tarde en tarde veía

a Tomasa. Era el único recuerdo vivo que quedaba de su infancia en la

catedral. Besábale la vieja el anillo con gran reverencia, pero a

continuación le hablaba como a un individuo de su familia, faltándola

poco para tutearle. El cardenal, rodeado a todas horas por el temor y la

adulación, necesitaba de vez en cuando el trato franco y descuidado de

la jardinera. Según afirmaban las gentes de la catedral, la señora

Tomasa era la única que podía decirle las verdades cara a cara a Su

Eminencia. Y los vecinos de las Claverías sentían halagado su orgullo de

parias cuando veían al príncipe eclesiástico arrastrar su sotana de

vivos rojos por los andenes de piedra para sentarse en el cenador y

charlar más de una hora con la vieja, mientras los familiares

permanecían respetuosamente de pie en la puerta de la verja.

A Tomasa no le enorgullecía este honor. Para ella, el príncipe

eclesiástico no era más que un compañero de la infancia que había tenido

cierta suerte. Á lo sumo, era don Sebastián, sin pasar más adelante en

tratamientos y fórmulas de respeto. Pero su familia sabía aprovecharse

de esta amistad, especialmente su yerno, el _Azul de la Virgen_, un

camándulas, según decía la vieja, que hacía dinero hasta de las

telarañas del templo; una hormiga insaciable que, valiéndose de la

amistad del cardenal y su suegra, iba adquiriendo nuevos privilegios,

sin que sacerdotes y sacristanes osasen la menor protesta contra él

viéndole tan bien protegido.

Gabriel gustaba mucho del trato con su tía. Era la única persona nacida

en el claustro que parecía haberse librado del influjo adormecedor del

templo. Amaba a la catedral como su casa solariega, pero no parecían

imponerle gran respeto los santos de las capillas ni las dignidades

humanas que se sentaban en el coro. Reía con la alegría de una vejez

sana y plácida; sus sesenta años, como ella afirmaba, estaban limpios de

todo daño al semejante. Su lenguaje era algo irrespetuoso y libre, como

de mujer que ha visto mucho y no cree en las majestades humanas ni en

las virtudes inexpugnables. El fondo de su carácter era la tolerancia,

la compasión para todos los defectos, pero se indignaba contra los que

pretendían ocultarlos.

--Todos son hombres, Gabriel--decía a su sobrino, hablando de los

señores de la catedral--. Don Sebastián es hombre también. Todos

pecadores, y con mucho que responder ante Dios. No pueden ser de otra

manera, y yo los excuso. Pero créeme, sobrino; muchas veces me dan ganas

de reír cuando veo a la gente arrodillada ante ellos. Yo creo en la

Virgen del Sagrario y un poquito en Dios; ¿pero en esos señores? ¡Si los

conocieran como yo...! Pero, en fin, todos hemos de vivir, y lo malo no

es tener defectos, sino ocultarlos, hacer la comedia como el

sinvergüenza de mi yerno, que ahí donde lo ves, grandote como un

castillo, se da golpes de pecho, besa el suelo lo mismo que las beatas,

está deseando mi muerte, creyendo que guardo algo en mi arcón, y quita

lo que puede del cepillo de la Virgen, y roba las velas y hace trampas

en el cobro de las misas, y ya estaría en la calle si no fuese por mí,

que pienso en mi hija, siempre enferma, y en los pobrecitos de mis

nietos.

Cuando Gabriel bajaba a verla en el jardín, le recibía con el mismo

saludo:

--¡Hola, estantigua! Hoy tienes mejor cara; te vas apañando. Parece que

tu hermano te sacará adelante con tantos cuidados.

Luego venía la comparación entre su vejez sana y vigorosa y aquella

juventud arruinada que se defendía tenazmente de la muerte.

--Aquí ves mis sesenta años: ni una enfermedad en toda mi vida. Verano e

invierno, nunca oigo las cuatro en la cama; tengo la dentadura completa

y como lo mismo que cuando don Sebastián venía con su sotana roja de

monago a quererme quitar una parte del almuerzo. Vosotros los Luna

siempre habéis sido flojuchos; tu padre, antes de llegar a mi edad, no

podía menearse y se quejaba del reúma y de la humedad de este jardín. En

él estoy yo, y nada: me encuentro lo mismo que cuando no bajaba de las

Claverías. Nosotros los Villalpando somos de hierro: por algo

descendemos de aquel famoso Villalpando que hizo la reja del altar mayor

y la Custodia y un sinnúmero de maravillas. Debía ser un gigantón, a

juzgar por la facilidad con que retorcía y moldeaba toda clase de

metales.

La ruina física de Gabriel despertaba en ella honda conmiseración,

evocando al mismo tiempo maliciosas suposiciones.

--¡Lo que te habrás divertido por esos mundos!, ¿eh, sobrino? Para ti,

la guerra fue una perdición. Ahora estarías en tu silla del coro, y

¡quién sabe si llegarías a ser otro don Sebastián! La verdad es que él,

de muchacho, dio menos que hablar que tú en el Seminario, y no era un

prodigio de sabiduría.... Pero viste mundo, le tomaste el gusto a esos

países donde dicen que hay unas señoronas muy guapas, con cada sombrero

como un quitasol. Tú estás hecho ahora un mamarracho de feo, pero antes

eras guapo; te lo digo yo, que soy tu tía, y ¡claro!, así has vuelto de

enfermo y desmirriao. Has vivido muy aprisa. ¡A saber qué cosas habrás

hecho por el mundo, camastrón! ¡Y tu pobre madre que te criaba para

santo! ¡Buena santidad nos dé Dios...! No me lo niegues, no te hagas el

bueno: las mentiras me enfadan. Te has divertido, y has hecho bien; has

cogido por los pelos todas las ocasiones. Lo malo es cómo te has

quedado, cómo has vuelto por aquí, que da lástima verte. He conocido a

muchos como tú. Yo no sé qué tienen las gentes de Iglesia, qué espíritu

malo llevan dentro, que cuando se echan a la vida es para no parar, y

arden y arden sin prudencia alguna hasta que no queda ni el cabo. Como

tú han pasado muchos por el Seminario.

Una mañana, Gabriel hizo a su tía una pregunta que llevaba preparada

mucho tiempo sin osar formularla. Quería saber qué era de su sobrina

Sagrario y lo que había ocurrido en casa de su hermano.

--Usted que es tan buena, tía, usted me lo dirá. Todos parece que teman

hablar de eso. Hasta mi sobrino el _Tato_, que es tan parlanchín y

despelleja a todos los de las Claverías, calla cuando le pregunto algo.

¿Qué ocurrió, tía...?

Se ensombreció el rostro de la vieja.

--Una gran desgracia, hijo; lo que nunca se había visto en el claustro

alto. Las locuras del mundo entraron en la catedral, y fueron a hacer

nido justamente en la casa más honrada, más antigua y más respetable de

las Claverías. Todos somos buenos; al fin, gentes que no hemos visto el

mundo ni por un agujero y vivimos aquí como en conserva; pero los Luna

habéis sido de lo bueno lo mejor; y no digamos de los Villalpando, que

os vienen a la zaga. ¡Ay, si tu madre levantase la cabeza! ¡Si tu padre

viviera...! Yo a quien doy toda la culpa es a tu hermano, por buenazo,

por simple, por esa maldita manía de todos los padres, que desafían el

peligro con la esperanza de colocar bien a las hijas....

--Pero ¿cómo fue, tía? ¿Qué pasó entre mi sobrina y el cadete?

La Catedral · 第 7 / 23 段