Gabriel pasó muchos meses aislado en su encierro. Por algunas palabras

oídas a los carceleros, pudo ir siguiendo las fluctuaciones de su

suerte. Tan pronto se veía conducido con todos sus compañeros de

infortunio a los presidios de África, como le auguraban la inmediata

libertad o le profetizaban el fusilamiento en masa. Cuando salió,

después de dos años, del tétrico castillo, fue para embarcarse con todos

sus compañeros de emigración forzosa. Gabriel era una sombra de hombre.

Su debilidad le hacía andar vacilante y trémulo como un niño; pero

olvidando su mísero estado, se apiadaba de otros compañeros más enfermos

que él, con visibles cicatrices de los tormentos sufridos y el sexo

atrofiado por bárbaras estrangulaciones. La vuelta a la libertad hacía

renacer en él su antigua dulzura, la conmiseración filosófica en que

envolvía a todos los hombres, perdonando sus errores. Los más violentos

de sus compañeros hablaban al desembarcar en Inglaterra de futuras

venganzas contra los verdugos, mientras Gabriel pedía perdón para ellos,

ciegos instrumentos empleados por la sociedad en un momento de terror,

que creían haberla salvado con su barbarie.

El clima de Londres extremaba la enfermedad de Gabriel, y a los dos años

tuvo que trasladarse al continente, a pesar de que el país británico,

con su absoluta libertad, era el único suelo donde podía vivir tranquilo

e ignorado.

Su existencia fue cruel: siempre fugitivo a través de las naciones de

Europa, arrojado de una a otra por la vigilancia policíaca, reducido a

prisión o expulsado por la más insignificante sospecha. Era la antigua

persecución de los bohemios en la Edad Media, el acosamiento de las

gentes independientes, de vida vagabunda, que resucitaba en plena

civilización. La enfermedad y el deseo de paz le hicieron volver a

España. Con el tiempo se había establecido cierta tolerancia para los

emigrados. En España todo se olvida, y aunque la autoridad sea más feroz

y menos escrupulosa que en otros pueblos, molesta poco, por la

imprevisión y el descuido propios de la raza.

Enfermo y sin un oficio para ganarse la vida, imposibilitado de pedir

trabajo en las imprentas, porque su nombre tenía cierta aureola que

aterraba a los patronos, Gabriel cayó en la miseria, sin que le bastasen

los auxilios con que le socorrían los compañeros. Fue de un extremo a

otro de la Península, mendigando entre los suyos y ocultándose de la

policía.

Su ánimo decayó. Era un vencido; no podía prolongar la lucha. Sólo le

restaba morir; pero la muerte misericordiosa acudía lentamente a su

llamamiento. Pensó en su hermano, el único afecto que le restaba en el

mundo. Recordó aquella familia tranquila de las Claverías entrevista en

su último paso por la catedral, y fue en su busca como una última

esperanza.

Al volver a Toledo encontraba disuelta la familia feliz. También por

aquel rincón silencioso e inmutable había pasado la desgracia.

Pero la catedral, insensible a las vicisitudes humanas, estaba allí como

siempre, y a ella se agarraba, ocultándose en sus entrañas para morir

tranquilo, sin más anhelo que ser olvidado, pereciendo antes de hora,

gustando la amarga felicidad del anonadamiento, dejando en la puerta,

como una bestia que se despoja de la piel, aquellas rebeldías que le

habían atraído el odio de la sociedad.

Su dicha era no pensar, no hablar, amoldarse a aquel mundo muerto.

Sería, entre las estatuas vivientes que poblaban el claustro alto, un

autómata más; imitaría a aquellas criaturas que tenían en su ser algo de

la aspereza de la piedra berroqueña de los contrafuertes; aspiraría como

un bálsamo de tranquilidad la herrumbre de las rejas, que esparcían por

el templo el perfume vetusto de los siglos.

IV

Al salir al claustro por las mañanas, poco después de amanecer, la

primera persona que veía Gabriel era don Antolín, el _Vara de plata_.

Este sacerdote ejercía autoridad a modo de gobernador de la catedral,

pues a sus órdenes estaban los servidores laicos y bajo su inspección se

hacían todos los trabajos de escasa importancia.

Abajo, en el templo, vigilaba a sacristanes y acólitos, cuidando de que

los canónigos y los beneficiados no pudieran quejarse de descuidos en el

servicio. Arriba, en el claustro, velaba por el buen orden y las sanas

costumbres de las familias, siendo, por la gracia del

cardenal-arzobispo, una especie de alcalde de aquel pequeño pueblo.

Ocupaba la mejor habitación de las Claverías. En las grandes fiestas

marchaba al frente del cabildo Con capa pluvial y un bastón de plata tan

alto como él, que hacía retemblar las losas con sus golpes, y durante la

misa mayor y el coro de la tarde rondaba por las naves para evitar las

irreverencias de los devotos y las distracciones de los empleados. A las

ocho de la noche en invierno y a las nueve en verano cerraba la escalera

del claustro alto, guardábase la llave en el bolsillo y toda la

población quedaba aislada de la ciudad. Si de tarde en tarde se sentía

alguien enfermo durante la noche, era preciso despertar a don Antolín; y

hundiendo éste la mano en las profundidades de la sotana, se dignaba

restablecer con su llave la comunicación con el mundo.

Tenía cerca de sesenta años; era pequeño y enjuto. La edad apenas si

había encanecido un poco sus cabellos, cortados al rape. La frente la

tenía espaciosa y cuadrada, sin la más leve curva, como una chapa de

hueso con dos aristas a los lados, que se marcaban bajo el gorro de seda

que usaba en invierno. Las facciones estiradas, sin una arruga, sin un

estremecimiento que delatase emoción; la mandíbula estrecha y aguda como

hierro de lanza, y los ojos tan inexpresivos e inmóviles como el rostro,

pero con una fijeza fría que desconcertaba.

Gabriel le había conocido en su niñez. Era, según su expresión, un

soldado raso de la Iglesia, que en fuerza de años y servicios había

llegado a sargento, para no pasar de ahí. Cuando Luna entró en el

Seminario, don Antolín acababa de ordenarse de sacerdote, después de

pasar su vida en la sacristía de la Primada, donde había comenzado de

monaguillo. Por su fe absoluta e irracional, por su adhesión

inquebrantable a la Iglesia, le habían sacado adelante en la carrera los

señores del Seminario, a pesar de su ignorancia. Era un hijo del

terruño; había nacido en una aldea de los montes de Toledo. La Iglesia

Primada era para él la segunda casa de Dios, después de San Pedro de

Roma, y las ciencias eclesiásticas un haz de rayos de la divina

sabiduría que le cegaban, adorándolos con el respeto profundo del

ignorante.

Tenía la santa y firme incultura tan apreciada por la Iglesia en otros

siglos. Gabriel estaba seguro de que, a nacer el _Vara de plata_ en la

buena época del catolicismo, hubiese llegado a santo al dedicarse a la

vida espiritual, o habría desempeñado un excelente papel en la

Inquisición al intervenir en la religiosidad militante. Venido al mundo

en la mala época, cuando flaquea la fe y la Iglesia no puede imponerse

por la violencia, el buen don Antolín había quedado obscurecido en la

baja administración de la catedral, ayudando al canónigo Obrero en la

partición y señalamiento de las pesetas que el Estado daba a la Primada,

dedicando una larga meditación a cada puñado de céntimos, y esforzándose

por que la santa casa, como las familias arruinadas, conservase su buen

exterior, sin revelar la miseria.

Le habían prometido varias veces una capellanía de monjas, pero él era

de los fieles a la catedral, de los enamorados de la gran solitaria. Le

enorgullecía la confianza que el señor arzobispo tenía puesta en él, la

amistosa franqueza con que le hablaban canónigos y beneficiados y sus

conciliábulos administrativos con el Obrero y el Tesorero. Por esto no

podía evitar cierto gesto de superioridad desdeñosa cuando, revestido de

la capa pluvial y empuñando la vara de plata, se acercaban a hablarle

los curas de los pueblos de paso por la Primada.

Sus vicios eran puramente de eclesiástico. Ahorraba en secreto, con esa

avaricia fría y dominadora de la gente de iglesia en todos los tiempos.

Su bonete mugriento era siempre de algún canónigo que lo desechaba por

viejo; su sotana de un negro verdoso y sus zapatos habían sido antes de

algún beneficiado. En las Claverías se hablaba en voz baja del dinero

guardado por don Antolín, de sus ahorros, que dedicaba a la usura;

préstamos que nunca iban más allá de dos o tres duros a los pobres

servidores del templo agobiados por la miseria, y que recobraba con

creces cuando a principios de mes pagaba el canónigo Obrero. En él, la

avaricia y la usura iban unidas a la más absoluta probidad para los

intereses de la iglesia. Perseguía encarnizadamente la menor sisa en la

sacristía, y entregaba sus cuentas al cabildo con una minuciosidad que

fastidiaba al Obrero. A cada cual lo suyo. La iglesia era pobre, y

resultaba un pecado digno del infierno privarla de un solo ochavo. Él,

como buen servidor de Dios, era pobre también, y no creía faltarle

sacando cierto producto al dinero que había podido reunir en fuerza de

contraerse, con dolorosas privaciones, dentro de su miseria.

Vivía con él su sobrina Mariquita, una fea, de facciones hombrunas y

frescas carnes, venida de las montañas para cuidar al tío, de cuya

riqueza y poder en la Primada se hacían lenguas en la aldea parientes y

amigos. En las Claverías llevaba a maltraer a todas las mujeres,

abusando de la autoridad absoluta de don Antolín. Las más tímidas

formaban en torno de ella a modo de aduladora corte, para atraerse su

protección, limpiándola la casa o haciendo la cocina, mientras

Mariquita, vestida de hábito y cuidadosamente peinada, único lujo que le

permitía su tío, salía al claustro con la esperanza de que subiese algún

cadete o se fijasen en ella los forasteros que iban a la torre o a la

sala de los gigantones. Ponía los ojos tiernos a todos los hombres;

ella, tan áspera e imperiosa con las mujeres, sonreía a cuantos solteros

vivían en las Claverías. El _Tato_ era gran amigo suyo; le buscaba

cuando su tío estaba ausente, riendo sus gracias de aprendiz de torero.

Gabriel, con su aspecto enfermizo, su misterioso ensimismamiento y la

historia confusa de sus grandes viajes por el mundo, no le inspiraba

menos interés. Hasta hablaba con marcada deferencia al viejo _Vara de

palo_, por ser hombre y estar viudo. Como decía el perrero, los

pantalones volvían loca a la pobre en aquella casa donde la mayor parte

de los hombres llevaban faldas.

Don Antolín había conocido a Gabriel siendo niño y le tuteaba. En el

cura ignorante subsistía aún el recuerdo de los grandes triunfos

alcanzados por Luna en el Seminario, y al verle pobre y enfermo,

refugiado en la catedral casi de limosna, su tuteo de superioridad no

estaba exento de cierta admiración. Gabriel, por su parte, temía al

_Vara de plata_, conociendo su fanatismo intolerante. Por esto se

limitaba a escucharle, cuidando de que en sus conversaciones no se

deslizara una palabra que revelase su pasado. Sería el primero en pedir

su expulsión de la catedral, y él deseaba vivir en ella desconocido y en

silencio.

Al encontrarse por las mañanas en el claustro los dos hombres, se

abordaban con la misma pregunta:

--¿Cómo va esa salud?

Gabriel se mostraba optimista. Sabía que su dolencia no tenía remedio.

Pero aquella vida sosegada y sin emociones, y el cuidado continuo de su

hermano, alimentándolo casi a la fuerza a todas horas, como a un pájaro,

había puesto un puntal a su salud ruinosa. El curso de la enfermedad era

más lento: la muerte tropezaba con obstáculos.

--Estoy mejor, don Antolín.... Y ayer, ¿qué tal fue el día?

El _Vara de plata_ hundía sus manos sucias y huesosas en las

profundidades de la sotana, sacando tres gruesos talonarios, uno rojo,

otro verde y el tercero blanco. Pasaba las hojas, consultando los folios

de las que llevaba arrancadas. Acariciaba respetuosamente las libretas,

como si fuesen más importantes para el culto que los grandes libros del

coro.

--¡Día flojo, Gabriel! Estamos en invierno, y ahora viaja poca gente. La

gran temporada es en primavera, cuando, según dicen, entran los ingleses

por Gibraltar. Van a la feria de Sevilla y vienen después a echar una

vista a nuestra catedral. Además, la gente de Madrid sale con el buen

tiempo, y aunque a regañadientes, afloja la mosca por ver los

gigantones y la Campana Gorda. Da gusto entonces despachar papeletas. Ha

habido día, Gabriel, que he recogido ochenta duros. Me acuerdo: fue en

el último Corpus. Mariquita tuvo que recoserme los bolsillos de la

sotana, que se rompían con el peso de tantas pesetas. Fue una bendición

del Señor.

Y miraba tristemente los talonarios, como lamentando que pasasen los

días del invierno sin cortar más que alguna que otra hoja. Esta tarea de

expender papeletas de entrada para ver las riquezas y curiosidades de la

catedral llenaba su pensamiento. Era la salvación de la iglesia, el

procedimiento moderno para llevarla adelante, y él se sentía orgulloso

de desempeñar esta función, que le convertía en el órgano más importante

de la vida del templo.

--¿Ves estas papeletas verdes?--dijo a Gabriel--. Pues son las más

caras: dos pesetas cuesta cada una. Con ellas puede verse lo más

importante: el Tesoro, la capilla de la Virgen, el Ochavo con sus

reliquias, únicas en el mundo. Las de las otras catedrales son

porquerías si se comparan con las nuestras; mentiras, inventadas muchas

de ellas por la envidia que inspira nuestra Iglesia Primada. ¿Ves estas

otras que son rojas? Pues sólo cuestan seis reales, y con ellas pueden

visitarse las sacristías, el guardarropa, las capillas de don Álvaro de

Luna y del cardenal Albornoz, y la Sala Capitular, con sus dos filas de

retratos de arzobispos, que son una maravilla. ¿Quién no se rasca el

bolsillo por ver tales portentos?

Después añadió, designando el último talonario con cierto desprecio:

--Estas blancas sólo valen dos reales. Son para ver los gigantones y las

campanas. Se venden muchas entre la gente menuda que viene a la catedral

en días de fiesta. ¿Querrás creer que aún hay judíos que protestan y

dicen que esto es un robo? El otro día, tres soldados de la Academia,

que vinieron con unos «parditos» a ver los gigantones, armaron un

escándalo porque no les dejaban entrar por un perro gordo. ¡Como si

pidiésemos limosna...! Se van muchos echando pestes contra la iglesia,

lo mismo que si fuesen herejes, y en la escalera pintan con carbón cosas

abominables o escriben palabras obscenas. ¡Qué tiempos!, ¿eh, Gabriel?

Luna sonreía silencioso, y animado el _Vara de plata_ por este mutismo,

que le parecía de conformidad, añadió con cierto orgullo:

--Esto de las papeletas lo inventé yo.... Es decir, realmente no fui yo

el inventor, pero a mí se debe su establecimiento en esta casa. Tú has

corrido mucho y habrás visto en esos países de _extranjis_ que todo

puede visitarse... pero pagando. El señor cardenal anterior a éste, que

en santa gloria esté--y se llevó la mano al bonete--, también había

corrido muchas tierras; un «moderno» que, a vivir más tiempo, hubiese

acabado por poner luz eléctrica en las naves de la catedral. Yo le oí en

cierta ocasión hablar de lo que se hacía en los museos y demás edificios

notables allá en Roma y en otras ciudades: la entrada libre a todas

horas, pero pagando. Una gran comodidad para el público, que no necesita

de recomendaciones para ver las cosas. Y un día que el Obrero y yo nos

roíamos las uñas viendo que esas mil y pico de pesetas puercas (¡Dios me

perdone!) que nos da el desdichado Estado no bastaban para finalizar el

mes, propuse mi idea. ¿Querrás creer que hubo en el cabildo señores que

se opusieron? Ciertos canónigos jóvenes hablaron de los mercaderes del

templo; tú ya sabes quiénes eran: unos judíos a los que corrió el Señor

con la cuerda en la mano por no sé qué perrerías; otros más viejos

alegaron que la catedral había tenido abiertas sus maravillas a todos

durante siglos, y así había de seguir. Tendrían razón todos los señores,

pues no se llega a canónigo sin talento; pero intervino el cardenal

difunto, que de Dios goce--otro golpe de bonete--, y el cabildo hubo de

aceptar la reforma a regañadientes, y acabará por aplaudirla. ¡A

cualquiera le amarga un dulce! ¿Sabes cuánto dinero le entregué al señor

cardenal el año pasado? Más de tres mil duros, casi tanto como nos da el

Estado pecador. Y esto sin perjuicio para nadie. El público paga, mira y

se marcha. De todos modos, son aves de paso, que sólo vienen una vez: el

que se va ya no vuelve. ¡Y qué son cuatro míseras pesetas, cuando por

ellas se ve uno de los templos más gloriosos de la cristiandad, la cuna

del catolicismo español, la catedral de Toledo! ¡Como quien dice

nada...!

Paseaban los dos hombres por el claustro, siguiendo el lado que a

aquella hora matinal caldeaba el sol. El clérigo se había guardado los

talonarios. Sus ojos se fijaban en Gabriel, que creía del caso sonreír

de un modo enigmático que don Antolín tomaba por una afirmación. Esto le

animó a continuar en sus confidencias.

--¡Ay, Gabriel! No creas que cumplo sin trabajo mis pesados deberes. El

cardenal confía en mí, el cabildo me distingue con su afecto, el Obrero

no tiene otra esperanza que mi auxilio. Gracias a las papeletas puede ir

tirando la catedral y conservar su antiguo aspecto de grandeza, para que

venga el público a admirarla. Somos más pobres que las ratas. Y gracias

que nos quedan para remediarnos algunas migajas de nuestro pasado. Si el

viento o el granizo rompe una vidriera de las naves, podemos echar mano

de los vidrios sobrantes que nos dejaron los señores Obreros de otros

siglos. ¡Ay, Señor, Dios mío! ¡Y pensar que hubo una época en que el

cabildo mantenía a sus expensas, dentro del templo, talleres de pintores

de vidrio, de plomeros y qué sé yo cuántos más, pudiendo hacer grandes

obras sin buscar auxilio fuera de casa! Si se rompe una casulla, aún nos

quedan para componerla tiras bordadas con santos y flores, que son una

maravilla. Pero ¿y cuando todo esto se acabe?, ¿cuando se rompa el

último vidrio de repuesto y se agoten los retales de la Obrería? Habrá

que poner vidrios blancos y baratos en los ventanales para que no entren

el viento y la lluvia; la catedral parecerá una casa de huéspedes (¡que

el Señor me perdone la comparación!) y los sacerdotes de la Primada

alabarán a Dios vestidos como el capellán de una ermita.

Y don Antolín reía sarcásticamente, como si este porvenir por él evocado

fuese un absurdo contrario a las leyes eternas.

--Y no creas--continuó--que aquí se despilfarra ni se deja de hacer

dinero de todo lo utilizable. El jardín, que tantos años fue de tu

familia, lo dio en arrendamiento el cabildo desde la muerte de tu

hermano. Veinte duros al año paga tu tía Tomasa para que lo explote su

hijo, y eso porque, como sabes, la vieja es gran amiga de Su Eminencia,

pues le conoce desde niño. Yo ando como un azacán por el templo y los

claustros, vigilándolo todo para que no se hagan trampas, pues aquí hay

gente joven y ligera que no es de fiar. Tan pronto estoy en el Ochavo,

viendo si tu sobrino el _Tato_ ha pedido la papeleta a los forasteros

(pues es muy capaz de dejarlos entrar gratis para que le den propina),

como subo al claustro para vigilar a ese zapaterín que enseña los

gigantones. A mí no me la pegan. Nadie se escapa sin pagar; pero ¡ay!

hace tiempo que no celebro; tú me ves a mediodía, cuando se cierra la

catedral, leyendo mis Horas apresuradamente por el claustro, pendiente

del reloj para bajar así que abren de nuevo el templo y vienen los

forasteros a ver el Tesoro. Esto no es vida de católico, y si Dios no me

tomase en cuenta que lo hago todo por la gloria de su casa, creo que

hasta perdería mi alma.

Pasearon largo rato en silencio los dos hombres. Pero don Antolín no

podía callar fácilmente cuando se trataba de la vida económica de la

Primada.

--¡Y pensar, Gabriel--continuó--, que siendo lo que hemos sido en otros

tiempos, nos vemos así...! Tú y la mayoría de los que aquí viven no

tenéis idea de lo rica que ha sido esta casa. Tanto como un rey, y en

algunos tiempos, más. De muchacho sabías tú, como nadie, la historia de

nuestros gloriosos arzobispos, pero de la fortuna que amasaron para

Dios, ni una palabra. A vosotros los sabios no os da por estas

«materialidades». ¿Conoces las donaciones que reyes y grandes señores

hicieron en vida a nuestra catedral y las herencias que le dedicaron en

la hora de la muerte? ¡Qué has de conocer! Yo lo sé todo; me he enterado

en la Obrería, en el Archivo, en la Biblioteca. Cada uno a lo que le

interesa, y yo, que con el señor Obrero he rabiado más de una vez ante

los apuros de la casa, me consuelo pensando en lo que tuvo cuando aún no

habíamos nacido. Hemos sido muy ricos, Gabriel, pero muy ricos. El

arzobispo de Toledo podía colocarse en la mitra una corona o dos, y no

digo tres porque pienso en el Sumo Pontífice.... Primero, la escritura

de dotación a la catedral hecha por el rey Alfonso VI a raíz de haber

conquistado Toledo. La hicieron en una ermita, después de elegido el

obispo don Bernardo, y yo la he visto con mis pecadores ojos en el

Archivo: un pergamino con letras góticas, que figura a la cabeza de los

Privilegios de esta Santa Iglesia. El buen rey da a la catedral nueve

villas, y si quisiera te podría citar los nombres, varios molinos y un

sinnúmero de viñas, casas y tiendas en la ciudad, y termina diciendo,

con su largueza de caballero cristiano: «Esto, pues, de tal manera lo

doy, y concedo a esta Santa Iglesia y a ti, Bernardo, Arzobispo, por

libre y perfecta donación, que por homicidio ni por otra alguna calumnia

en ningún tiempo se pierdan. Amén.» Después, don Alfonso VII nos da ocho

pueblos al otro lado del Guadalquivir, varios hornos, dos castillos, las

salinas de Belinchón y el diezmo de toda la moneda que se labrase en

Toledo, para el vestuario de los prebendados. El VIII del mismo nombre

suelta sobre la catedral otra lluvia de donaciones, ciudades, aldeas y

molinos: Illescas es nuestra, y una gran parte de Esquivias, así como la

apoteca de Talavera. Después viene el batallador prelado don Rodrigo,

que conquista a los moros mucha tierra; la catedral posee un principado,

el Adelantamiento de Cazorla, con poblaciones como Baza, Niebla y

Alcaraz.... Y dejando a los reyes, ¡no hay poco que decir de los grandes

señores, nobles como príncipes, que mostraron su generosidad con la

Iglesia Primada...! Don Lope de Haro, señor de Vizcaya, no contento con

costear la construcción del templo desde la puerta de los Escribanos

hasta el coro, nos regala la villa de Alcubilete, con sus molinos y

pesquerías, y deja dotación para que en el coro, al rezarse las

completas, arda esa vela que llaman «la Preciosa», y que se coloca en el

águila de bronce del gran atril. Don Alfonso Teilo de Meneses nos da

cuatro castillos en las riberas del Guadiana, y como él, otros grandes

señores nos conceden diezmos, derechos de peaje y ¡qué sé yo cuántas

riquezas más...! Hemos sido poderosos, Gabriel. El territorio de esta

diócesis era más grande que un principado. La catedral tenía propiedades

en la tierra, en el aire y en el mar. Nuestros dominios se extendían por

toda la nación, de punta a punta, y no había provincia donde no

poseyésemos algo. Todo contribuía a la gloria del Señor y a la decencia

y bienestar de sus ministros; todo pagaba a la catedral: el pan al

cocerse en el horno, el pez al caer en la red, el trigo al pasar por la

muela, la moneda al saltar del troquel, el viandante al seguir su

camino. Los rústicos, que entonces no pagaban contribuciones e

impuestos, servían a su rey, y salvaban la propia alma dándonos la mejor

gavilla de cada diez, con lo cual los graneros de la Iglesia Primada

eran insuficientes para contener tanta abundancia. ¡Qué tiempos

aquéllos! Había fe, Gabriel, y la fe es lo principal en la vida. Sin fe

no hay virtud, ni decencia... ni nada.

Se detuvo un momento, jadeante por su discurso, echando el aliento a la

cara de Luna. El clérigo estaba tan impregnado del ambiente de la

catedral, que en su cuerpo parecían resumirse todos los olores del

templo: su sotana tenía el perfume mohoso de la piedra vieja y las rejas

herrumbrosas; por su boca parecían respirar los canalones y las

gárgolas la rancia humedad de los desvanes.

Con la rápida evocación de las riquezas pasadas, enardecíase don Antolín

hasta indignarse.

--Y habiendo sido tan ricos, Gabriel, hoy nos vemos en la miseria, y yo,

hijo mío, un sacerdote del Señor, tengo que ir de un lado a otro con

estas papeletas para que vivamos todos, como si fuese un revendedor de

entradas de toros, como si la casa de Dios fuera un teatro, teniendo que

aguantar a extranjeros herejes que entran sin santiguarse, mirándolo

todo con gemelos. ¡Y yo debo sonreírles, porque pagan y nos proporcionan

los postres para el triste cocido! ¡Ca...rape! ¡Jesús me valga! Iba a

decir una barbaridad.

Y don Antolín siguió lanzando indignadas lamentaciones, hasta que al

pasar frente a la puerta de su casa asomó Mariquita el abultado y feo

rostro.

--Tío, basta de paseo. Se enfría el chocolate.

Aun después de desaparecer el sacerdote dentro de su casa, siguió la

sobrina sonriendo amablemente a Luna.

--¿Usted gusta, don Gabriel?

La Catedral · 第 6 / 23 段