Durante dos años, el joven Luna no hizo otra cosa que leer. De vez en

cuando se permitía acompañar a sus amigos en alguna escapatoria,

sumiéndose en la vida alegre y amorosa del barrio. Gastó los codos de

sus mangas en las mesas de las cervecerías. La Mimí de Murger pasó

varias veces ante él menos melancólica que en la obra del poeta, y el ex

seminarista tuvo sus idilios de una tarde de domingo en los bosques

inmediatos a París. Pero Gabriel no era un temperamento amoroso; la

curiosidad, el ansia de saber, le dominaban, y después de estas

escapadas, de las que volvía más fresco, con el cerebro más despierto,

como si saliera de un baño que calmaba su juventud, entregábase con

mayores ánimos al estudio. La Historia, la verdadera Historia, cuya fría

limpidez contrastaba con la intrincada maraña de prodigios de los

cronicones leídos en la niñez, abatió gran parte de sus creencias. El

catolicismo no fue ya para él la religión única. Ya no partió en dos

períodos la historia de la Humanidad, antes y después de la aparición en

Judea de unos hombres obscuros que se esparcieron por el mundo

predicando una moral cosmopolita sacada de las máximas de los pueblos

orientales y de las enseñanzas de la filosofía griega. Las religiones

fueron para él invenciones humanas, sometidas a las condiciones de

existencia de todo organismo, con su infancia generosa, capaz de ciegos

sacrificios, su virilidad absorbente y dominadora, en la que las

antiguas dulzuras se convierten en imposiciones autoritarias del poder,

y su vejez irremediable, con una lenta agonía que hace que el enfermo,

adivinando su próximo fin, se agarre a la vida con el ansia de la

desesperación.

La antigua fe intentaba renacer en Luna, pugnando por arrojar lejos las

nuevas convicciones que le dominaban; pero las lecturas del día

siguiente bastaban para borrar estas reminiscencias que agitaban durante

la noche su pensamiento. El cristianismo no era ya para Gabriel más que

una de las muchas manifestaciones del pensamiento humano, deseoso de

explicarse la presencia del hombre en la tierra y el pavoroso misterio

de lo que pueda existir más allá de la muerte. Estos dos problemas

venían preocupando al ser humano desde que, salido de la barbarie

prehistórica, con una casa que le pusiera al abrigo de las fieras, un

vestido que le librase del frío y la tierra cultivada asegurando su

nutrición, pudo desarrollar la más tardía de sus facultades: el

pensamiento.

Su fe en el catolicismo como religión única desapareció completamente.

Al perder sus creencias en el dogma perdió también, como consecuencia

lógica, aquella fe en la monarquía que le había llevado a pelear en las

montañas. Apreciaba ahora claramente la historia de su país sin

prejuicios de raza. Los historiadores extranjeros le mostraban la triste

suerte de España, estacionada en el período crítico de su desarrollo,

cuando salía joven y vigorosa del fecundo período de la Edad Media, por

el fanatismo de sacerdotes e inquisidores y la demencia de unos reyes

que, faltos de medios, quisieron resucitar la monarquía de los Césares,

agotando al país en esta empresa de locos. Los pueblos que habían roto

con el Pontificado, volviendo para siempre la espalda a Roma, eran más

prósperos y felices que aquella España que dormitaba como una mendiga a

la puerta de la iglesia.

En este período de su evolución intelectual, Gabriel tuvo un ídolo, y

muchas tardes abandonaba el trabajo para ir a oírle durante una hora en

el Colegio de Francia. Era Ernesto Renán. Luna le admiraba con doble

afecto: por su talento y por su historia. Era como de su familia. El

grande hombre había pasado también por el Seminario y guardaba aún

cierto aspecto clerical, como si hubiera sufrido más hondamente la

presión del troquel eclesiástico. Era un rebelde: «los martillos para

derribar el templo, dentro del templo se forjaban». Cumplíase la ley

fatal de todas las religiones, cuando la fe se desvanece y la gran

muchedumbre no siente el fervor de la primera edad.

Gabriel se asombraba viendo cómo iba el sabio desentrañando los orígenes

intelectuales del pueblo hebreo, que habían servido de base al

cristianismo; cómo desarmaba el inmenso retablo ante el cual había

permanecido de rodillas la humanidad diecinueve siglos, pieza por pieza,

marcando sus diversas procedencias. El seminarista español se indignaba

contra su antigua fe con toda la fogosidad de un temperamento vehemente.

¡Y él había podido creer en todo aquello, considerándolo el resumen de

la humana sabiduría! El cristianismo desempeñaba un papel beneficioso en

un período de la infancia de la humanidad. Llenaba la vida de los

hombres durante la Edad Media, cuando no podía darse un paso fuera de la

religión, y en la tierra, asolada por las luchas, no había otra

esperanza que el cielo ni más lugar de asilo para el pensamiento que la

catedral en la ciudad y el monasterio en el campo. «Las ferias, las

reuniones para negocios o placeres--como decía su maestro--, eran

fiestas religiosas; las representaciones escénicas eran misterios; los

viajes, peregrinaciones, y las guerras, cruzadas.» Pero después se

partía la vida: lo religioso a un lado, lo humano a otro. El arte

colocaba la Naturaleza sobre el ideal; los hombres pensaban más en la

tierra que en el cielo: la Razón nacía; cada uno de sus avances era un

paso atrás para la Fe, y llegaba el momento, por fin, en que los

clarividentes, los que se inquietaban por el porvenir, pensaban ya en

cuál había de ser la nueva creencia que sustituyese a la religión

agonizante. Luna no vacilaba: la Ciencia, únicamente la Ciencia ocuparía

el hueco de la religión, muerta para siempre.

Influido por el helenismo de su maestro, que fácilmente prendía en él,

acostumbrado como estaba al trato diario con los autores griegos, soñaba

con que la humanidad del porvenir fuese una inmensa Atenas, una

democracia artística y sabia gobernada por grandes pensadores, sin más

luchas que las de las ideas ni otra ambición que la de pulir la

inteligencia, de costumbres dulces y dedicada a los goces del espíritu y

al culto de la Razón.

De sus antiguas creencias, Gabriel sólo conservaba la idea de Dios

creador con cierto escrúpulo supersticioso. Algo le desconcertaba la

astronomía, estudio al que se había entregado con entusiasmo casi

infantil, atraído por el encanto de lo maravilloso. Aquel infinito por

el que en otro tiempo revoloteaban las legiones de ángeles, y que servía

de camino a la Virgen en sus descensos terrenales, se poblaba de pronto

de miles de millones de mundos, y cuanto más potentes eran los

instrumentos inventados por el hombre, mayor se hacía su número,

prolongándose las distancias en una inmensidad que causaba vértigos.

Unos cuerpos se atraían a otros girando por el espacio a razón de

millares y millones de leguas por minuto, y toda esta nube de mundos

caía y caía, sin pasar dos veces por el mismo punto de la silenciosa

inmensidad, en la que surgían otros astros y otros y otros, así como

iban perfeccionándose los instrumentos de observación. ¿Dónde estaba en

este infinito el Dios que fabricaba la tierra en seis días, que se

irritaba por el capricho de dos seres inocentes sacados del barro y

hechos carne de un soplo, y hacía surgir de la nada el sol y tantos

millones de mundos, sin más objeto que alumbrar este planeta, triste

molécula de polvo de la inmensidad?

El Dios de Gabriel, al perder la forma corporal que le habían dado las

religiones y difundirse en la creación, perdía todos sus atributos. Al

agigantarse para llenar el infinito, confundiéndose con él, se hacía tan

sutil, tan impalpable para el pensamiento, que casi era un fantasma. El

panteísmo, como decía Schopenhauer, equivale a licenciar a Dios por

inútil.

Los estudiantes amigos de Gabriel pusieron en sus manos los libros de

Darwin, de Büchner y de Haeckel; y el secreto de la creación natural,

que inquietaba su pensamiento después de la abolición de la omnipotencia

divina, se desgarró ante sus ojos. Vio cómo había surgido la vida sobre

aquella esfera que rodaba centenares de millones de años en el espacio,

sufriendo cataclismos y transformaciones. Cuando la vejez enfriaba su

corteza, la vida animal asomaba como una consecuencia del medio

favorable, ajustándose a las condiciones de éste, comenzando con formas

tímidas y microscópicas de existencia, con el musgo que apenas cubre las

rocas, con el animal que apenas presenta los vestigios de un organismo

rudimentario. Y con este prólogo de la creación natural comenzaba la

vida, desarrollándose al través de millones y millones de años,

interrumpida a veces por los cataclismos de la tierra agitada por las

últimas crisis de su crecimiento, y continuando adelante con la ciega

tenacidad que anima a la Naturaleza. Era una cadena infinita de

evoluciones, de formas abortadas y de organismos triunfantes por la

selección, hasta llegar al hombre, que, por un esfuerzo supremo de la

materia que encierra su cráneo, sale de la bestialidad, se despoja de la

envoltura animal de sus antecesores, a los que hace sus esclavos, y

reina sobre el planeta.

Nada quedó en Gabriel de sus antiguos ideales. Su conciencia fue un

campo raso sobre el que había soplado el vendaval. La última creencia,

la postrera, que aún se mantenía erguida como un monolito en medio de

ruinas, explicando el origen de la creación, se vino abajo. Luna se

despidió de Dios como de un fantasma consolador que se interpone entre

el hombre y la Naturaleza.

Pero el antiguo seminarista no era capaz de permanecer inactivo con su

bagaje de nuevas ideas. Necesitaba creer en algo, dedicar a la defensa

de un ideal la fe de su carácter, hacer uso de aquel ardor de

proselitismo que había causado admiración en la clase de Elocuencia del

Seminario. La sociología revolucionaria se apoderó de él. Primero fue

Proudhon con sus audaces escritos; después completaron la obra algunos

«militantes» que trabajaban en la misma imprenta que él, viejos soldados

de la Commune que acababan de volver del destierro o de las prisiones de

Oceanía, y reanudaban su campaña contra la organización social con un

ardor acrecentado por los dolores sufridos y el ansia de venganza. Con

ellos fue a las reuniones del anarquismo; oyó a Reclús y al ex príncipe

Kropotkine, y las palabras del difunto Miguel Bakounine llegaron a él

como el evangelio de un San Pablo del porvenir..

Gabriel había encontrado su nueva religión y se entregó por completo a

ella, soñando en la regeneración de la humanidad por el estómago.

Creyendo en una vida futura, los desgraciados aún tenían el falso

consuelo de la felicidad después de la muerte. Pero la religión era

mentira, y no, existiendo más vida que la presente. Luna se indignaba

contra la injusticia social, que condena a la miseria a muchos millones

de seres para la felicidad de unos miles de privilegiados. La autoridad,

fuente de todos los males, era para él el mayor de los enemigos. Había

que matarla, pero creando antes hombres capaces de subsistir sin amos,

sacerdotes y soldados. La dulzura de su carácter, el odio que le

inspiraba la violencia después de sus tres años de guerrillero, le

hacían apartarse de los nuevos camaradas, que soñaban con hecatombes por

la dinamita y el puñal para aterrar al mundo, obligándolo a aceptar por

el miedo las nuevas doctrinas. No; él confiaba en la fuerza de las ideas

y en la inocente evolución de la humanidad. Había que trabajar como los

primeros apóstoles del cristianismo, seguros del porvenir, pero sin

prisa por ver realizadas sus ideas; puestos los ojos, en la labor del

día, sin pensar en los años y los siglos que tardaría en dar su fruto.

El ardor del proselitismo le hizo abandonar París a los cinco años.

Sentía el ansia de ver mundo, de estudiar por sí mismo las miserias

sociales y las fuerzas de que disponían los desheredados para su gran

transformación. Además, veíase molestado por la vigilancia de la policía

francesa, a causa de sus íntimas relaciones con los estudiantes rusos

del Barrio Latino, jóvenes de mirada fría y lacias melenas, que osaban

implantar en París las venganzas del nihilismo. En Londres conoció a una

inglesa joven, enferma, que, movida como él por el ardor de la

propaganda revolucionaria, iba de la mañana a la noche por los paseos y

los alrededores de los talleres repartiendo folletos y hojas impresas

que guardaba en una caja de sombreros siempre pendiente de su brazo.

Lucy fue al poco tiempo la compañera de Gabriel. Se amaron sin arrebato,

con una pasión fría y calmosa, más por la comunidad de ideales que por

la instintiva aproximación del sexo; un amor de revolucionarios, con el

pensamiento dominado por la rebeldía contra lo existente, sin dejar

sitio a otros entusiasmos.

Luna y su compañera pasaron a Holanda y a Bélgica y se instalaron

después en Alemania, siempre viajando de grupo en grupo de compañeros,

dedicándose a diversos trabajos, con esa facilidad de adaptación de los

revolucionarios universales, que sin dinero corren el mundo sufriendo

privaciones y encontrando siempre, en el momento difícil, una mano

fraternal que los levanta y los pone de nuevo en camino.

A los ocho años de esta vida, la amiga de Gabriel murió tísica. Estaban

en Italia. Luna, al verse solo, se dio cuenta por primera vez del dulce

apoyo que le había prestado la compañera de su vida. Olvidó sus

entusiasmos revolucionarios para llorar a Lucy, lamentándose del vacío

que dejaba en su existencia. No la había amado como aman los demás

hombres, pero era su compañera, su hermana; se compenetraban los dos en

gustos y aficiones; la miseria en común los había fundido en una sola

voluntad. Además, Gabriel sentíase aviejado antes de hora por aquella

existencia de aventuras emocionantes y penosas privaciones. En varios

sitios de Europa le habían encarcelado por sospechas de complicidad con

los terroristas. La policía le había golpeado muchas veces. Comenzaba a

serle difícil viajar por el continente, pues su fotografía figuraba con

la de muchos compañeros en los centros policíacos de las principales

naciones. Era un perro vagabundo y peligroso, que acabaría por ser

expulsado a puntapiés de todas partes.

Gabriel no podía vivir solo. Estaba habituado a ver cerca de él unos

ojos azules, a oír una voz acariciadora, con inflexiones de pájaro, que

le animaba en los momentos difíciles, y no pudo resistir la soledad en

tierra extraña después de la muerte de Lucy. Despertóse en él un

vehemente amor por la tierra natal. Quería volver a España, de la que

tanto se había burlado, y que ahora, a pesar de su atraso secular, le

parecía interesante. Pensaba en sus hermanos, que seguían agarrados

como plantas a los sillares de la catedral, sin enterarse de lo que

ocurría en el mundo, sin buscar noticias suyas, como si lo hubieran

olvidado.

Con repentino impulso, como si temiese morir lejos del suelo natal,

volvió a España. En Barcelona le proporcionaron los compañeros la

dirección de una imprenta, pero antes de ocupar su puesto quiso pasar

unos días en Toledo. Volvía envejecido antes de los cuarenta años,

hablando cuatro o cinco idiomas y más pobre que salió de allí. Supo que

su hermano el jardinero había muerto, y que la viuda refugiada con su

hijo en un desván de las Claverías, lavaba ropa para los canónigos.

Esteban, el _Vara de palo_, le acogió después de tan larga ausencia con

la misma admiración que cuando estaba en el Seminario. Se hacía lenguas

de sus viajes y convocaba a toda la gente del claustro alto para que

oyera a aquel hombre que iba de una parte a otro del mundo como si fuese

su propia casa. En sus preguntas embrollaba dolorosamente la geografía;

no reconociendo en ella más que una división: países de herejes y de

cristianos.

Gabriel compadecíase de la miseria tranquila de aquella gente; admiraba

su mansedumbre de servidores del templo, satisfechos de vegetar y morir

en el mismo sitio, sin curiosidad alguna por lo que ocurría más allá de

los muros. La iglesia le parecía una gran ruina. Era el caparazón de

piedra de un animal en otros tiempos poderoso y fuerte, pero que había

muerto hacía más de un siglo, deshaciéndose su cuerpo, evaporándose su

alma, sin dejar otro vestigio que aquella envoltura exterior, semejante

a las conchas que encuentran los geólogos en los yacimientos

prehistóricos, y que por su estructura dejan adivinar las partes blandas

del ser extinguido. Viendo las ceremonias del culto, que en otros

tiempos le conmovían, sentía impulsos de protesta, deseos de gritar a

sacerdotes y acólitos que se retirasen, pues su tiempo había pasado, la

fe había muerto, y únicamente por rutina y por miedo a la opinión ajena

volvía la gente a aquellos lugares que antes llenaba de la mañana a la

noche el fervor religioso.

Al volver a Barcelona, la vida de Gabriel fue un torbellino de

proselitismo, de luchas y de persecuciones. Los compañeros le

respetaban, viendo en él al amigo de los grandes propagandistas de «la

idea», al hombre que había corrido casi toda Europa y se escribía con

los revolucionarios más famosos. No se celebraba mitin sin el

_compañero_ Luna. Aquella elocuencia natural que había causado asombro

al iniciarse en el Seminario, se hinchaba y esparcía como un gas

embriagador en las reuniones revolucionarias, enardeciendo a la

muchedumbre desarrapada, hambrienta y miserable, que sentía

estremecimientos de emoción ante la sociedad futura descrita por el

apóstol: la ciudad celeste de los soñadores de todos los siglos, sin

propiedad, sin vicios, sin desigualdades, donde el trabajo sería un

placer y no existiría más culto que el de la ciencia y el arte. Algunos

oyentes, los más sombríos, sonreían con gesto compasivo oyendo sus

maldiciones a la fuerza y sus himnos a la dulzura y al triunfo por la

resistencia pasiva. Era un ideólogo, al que había que oír porque servía

a «la causa». Ellos, que eran los hombres, los luchadores, sabrían en

silencio aterrar a la sociedad maldita, ya que se mostraba sorda a la

voz de la Verdad.

Cuando estallaron bombas en las calles, el _compañero_ Luna fue el

primer sorprendido por la catástrofe y el primero también en entrar en

la cárcel, a causa de la popularidad de su nombre... ¡Oh los dos años

pasados en el castillo de Montjuich! En la memoria de Gabriel habían

abierto un surco hondo, una herida profunda que no se cerraba, que se

estremecía con el más leve recuerdo, turbando su calma, haciéndole

temblar con el escalofrío del terror.

Se había apoderado de la sociedad la locura del miedo y atrepellaba

leyes y respetos humanos para defenderse. La justicia de otros siglos,

con sus procedimientos de violencia, resucitaba en plena civilización.

Se desconfiaba del juez por culto y escrupuloso y se echaba mano del

esbirro, pidiéndole que renovase los antiguos aparatos de tormento.

En el silencio de la noche, Gabriel veía iluminarse su mazmorra; hombres

con uniforme le empujaban por la escalera hasta una habitación donde le

aguardaban otros con enormes garrotes. Un joven de voz melosa, con

insignias de teniente y el aire perezoso de los criollos, le hacía

preguntas sobre los atentados ocurridos meses antes abajo en la ciudad.

Gabriel nada sabía, nada había visto. Tal vez los terroristas serían

compañeros suyos; pero él, fijos los ojos en lo alto, contemplando sus

visiones del porvenir, no había llegado a darse cuenta de que germinaba

en torno suyo la violencia. Su negativa tenaz indignaba a aquellos

hombres; la voz melosa del criollo se atiplaba por la ira, y entre

amenazas y blasfemias abalanzábanse todos sobre él, y comenzaba la caza

del hombre por toda la mazmorra, cayendo los garrotes sobre su cuerpo,

alcanzándole lo mismo en la cabeza que en las piernas, acosándolo en los

rincones, siguiéndole cuando con un salto desesperado pasaba al muro

opuesto, abriéndose camino con la testa baja. Su espalda resonaba como

un cofre vacío bajo los golpes. Algunas veces, la desesperación del

dolor enardecía a la víctima; el cordero se volvía fiera, y antes de

caer al suelo, gimoteando como un niño bajo la superioridad del número,

se arrojaba sobre los verdugos, arañándolos, intentando morderles.

Gabriel guardaba un botón del uniforme del criollo, que en una de estas

rebeliones de su debilidad había quedado entre sus dedos.

Después, cansados los atormentadores de la inutilidad de sus violencias,

le dejaban olvidado en la mazmorra. Un pan y unos trozos de bacalao seco

eran su comida. La sed, una sed infernal, le desgarraba las entrañas, le

oprimía la garganta y hacía arder su boca. Al principio pedía agua con

voz angustiosa por debajo de la puerta. Después ya no quiso suplicar,

conociendo de antemano la respuesta: Era un tormento calculado: le

ofrecían agua cuanta quisiera, pero luego que delatase los nombres de

los culpables, afirmando lo que no sabía. El hambre luchaba en él con la

sed; pero temiendo a ésta mucho más, arrojaba a un rincón aquellos

alimentos cargados de sal, como si fuesen veneno. Deliraba con el

delirio de los náufragos atenaceados por el recuerdo del agua en medio

de las olas amargas. Veía en sus pesadillas arroyos claros y

murmuradores, ríos inmensos; y buscando frescura para su boca, paseaba

la lengua por las paredes mugrientas, sintiendo cierto alivio al

contacto de la cal del enjalbegado. La privación y el encierro

perturbaban su inteligencia con horribles delirios. Muchas veces,

Gabriel se sorprendía viéndose a cuatro patas en medio del calabozo,

gruñendo y ladrando frente a la puerta sin saber por qué.

Sus atormentadores parecieron olvidarle. Tenían otros presos a los que

acudir. Los carceleros le dieron agua, y pasó meses enteros sin que

nadie entrase en su calabozo. Algunas noches oía lejanos y vagos, al

través de los gruesos muros, lamentos y sollozos en las mazmorras

inmediatas. Una mañana le despertaron varios truenos, a pesar de que un

rayo de sol se filtraba por el ventanillo. Oyendo a los carceleros en el

inmediato corredor, comprendió el misterio. Habían fusilado a algunos de

los presos.

Luna acogía como una felicidad la esperanza de la muerte. Renunciaba con

gusto a aquella sombra de vida dentro de un estuche de piedra,

atormentado por el mal físico y el miedo a la ferocidad de los hombres.

Su estómago, herido por las privaciones, se negaba muchos días, con

horribles náuseas, a recibir el pan áspero y el cazo de rancho. La larga

inmovilidad, el enrarecimiento del aire, la escasa nutrición, le habían

hecho caer en una anemia mortal. Tosía continuamente, sintiendo cierta

opresión en el pecho. Los conocimientos que había adquirido del cuerpo

humano, en su afán de estudiarlo todo, no lo permitían engañarse.

Moriría como la pobre Lucy.

Después de año y medio de encierro, compareció ante el Consejo de

guerra, confundido en un rebaño miserable de viejos, mujeres y hasta

adolescentes, todos enflaquecidos y quebrantados por la prisión, con la

piel blanca y mate, como de papel mascado, y ese estrabismo en los ojos

que da el aislamiento. Gabriel deseaba que le matasen. Al llegar el

fiscal en la larga lista de acusación al nombre de Luna, detúvose un

instante para lanzarle una mirada feroz. Aquel acusado era de los

«teóricos»: aparecía en las declaraciones de los testigos sin

intervención directa en los hechos de fuerza y reprobándolos en sus

predicaciones; pero no había que olvidar que era uno de los principales

propagandistas del anarquismo, y que había pronunciado discursos en

todas las sociedades obreras frecuentadas por los autores de los

atentados.

Un capitán viejo se inclinó al oído de otro compañero de Consejo, y

Gabriel oyó sus palabras:

--A estos señoritos que hacen discursos es a los que hay que sentar la

mano, para que escarmienten y no hablen más de Tolstoi, de Ibsen y de

todos esos tíos extranjeros que enseñan a tirar bombas.

La Catedral · 第 5 / 23 段