Algunas mañanas asomábase a la capilla Mozárabe, siguiendo atentamente

la anticuada liturgia de los sacerdotes adscritos a ella, fieles

guardadores del culto católico de la Edad Media. En las paredes estaban

representadas, con vivos colores, las escenas de la conquista de Orán

por el gran cardenal Cisneros. Gabriel, escuchando el canto monótono de

los sacerdotes mozárabes, recordaba las luchas en tiempo de Alfonso VI

entre la liturgia romana y la de Toledo, el culto extraño y el nacional.

Los creyentes, para acabar la eterna disputa, habían apelado al «juicio

de Dios». El rey nombró el campeón de Roma, y los toledanos confiaron la

defensa del rito gótico a la espada de Juan Ruiz, un castellano de

orillas del Pisuerga. Triunfó en el combate el breviario gótico,

demostrando su superioridad con magníficas cuchilladas; pero aun después

de manifestarse por este medio contundente la voluntad de Dios, el rito

romano fue poco a poco enseñoreándose del culto, hasta dejar al mozárabe

arrinconado en aquella capilla como una curiosidad del pasado.

Por las tardes, cuando terminado el coro se cerraba la catedral, Gabriel

subía a las habitaciones del campanero, asomándose a la galería de la

puerta del Perdón. Mariano, el hijo del campanero, un muchacho de la

misma edad del seminarista, unido a él por el respeto que le inspiraba

su sabiduría, lo guiaba en sus excursiones por las alturas del templo.

Se apoderaban de la llave de las bóvedas y entraban en este lugar

misterioso, al que únicamente subían los obreros de tarde en tarde.

La catedral era fea y vulgar vista desde arriba. En sus primeros tiempos

habían quedado las bóvedas de piedra al descubierto, sin más remate que

una calada barandilla de aéreo aspecto. Pero las lluvias habían

maltratado las bóvedas, amenazando destruirlas, y el cabildo cubrió la

catedral con un techo de pardas tejas, que daba a la Iglesia Primada el

aspecto de un almacén o de una inmensa casa de vecindad. Las pinas de

los botareles parecían avergonzadas asomando sobre la cubierta vulgar;

los arbotantes se hundían y desaparecían entre las áridas construcciones

de las dependencias adosadas a la catedral; las torrecillas de las

escaleras se ocultaban tras aquel lomo de tejas groseras.

Los dos muchachos, resbalando en las cornisas verdosas por las lluvias,

seguían los bordes superiores del edificio. Sus pies se enredaban en las

plantas silvestres que la fecunda Naturaleza hacía crecer en las

junturas de los sillares. Bandadas de pájaros escapaban en tropel, al

acercarse ellos, de estos bosques en miniatura. Los relieves

escultóricos servían de refugio a los nidos. Cada oquedad de la piedra

era un pequeño lago, donde se depositaba el agua de las lluvias y venían

a beber los pájaros. A veces, en el pináculo de un botarel alzábase

algún avechucho negro e inmóvil como un inesperado remate

arquitectónico. Era un cuervo que se alisaba las alas con el pico y

permanecía horas enteras al sol: la gente lo veía desde abajo del tamaño

de una mosca.

Las bóvedas causaban en Gabriel una impresión de extrañeza. Nadie podía

adivinar la existencia de aquel mundo en lo alto del templo. Cuando años

después vio Gabriel las galerías altas, los «telares» de un escenario,

se acordó de las bóvedas de su catedral. Caminaban a través del bosque

de postes carcomidos que sostenía la techumbre, por senderos angostos,

entre las cúpulas de las bóvedas que hinchaban el suelo como blancos y

polvorientos tumores. De vez en cuando un agujero, por el que se veía el

interior de la catedral, con una profundidad que causaba vértigos. Eran

aspilleras verticales, estrechas bocas de pozo, por cuyo fondo pasaban

las personas como hormigas sobre las baldosas del templo. Por estos

agujeros bajaban las cuerdas de las grandes lámparas y la cadena dorada

que sostiene el Cristo sobre la reja del altar mayor. Tornos enormes

marcaban en la penumbra sus ruedas dentadas y mohosas, sus manivelas y

maromas, como olvidados aparatos de tormento. Era la maquinaria oculta

de las grandes representaciones religiosas. Con estos artefactos se

izaba el grandioso dosel del Monumento de Semana Santa.

Al deslizarse los rayos del sol entre los postes, danzaban los átomos de

aquel polvo que en capas seculares se extendía sobre las bóvedas.

Movíanse al viento, como abanicos de gasa, las telarañas de muchos años.

Los pasos de los visitantes provocaban en los rincones obscuros, tras

los maderos abandonados, carreras precipitadas y locas de los ratones.

Aleteaban en los extremos más sombríos las aves negruzcas que descendían

de noche al templo por los agujeros de la bóveda. Como puntos fosfóricos

brillaban en la obscuridad los ojos de los mochuelos. Los murciélagos,

asustados por la luz, volaban torpemente, rozando con sus alas las caras

de los dos jóvenes.

El hijo del campanero, examinando los excrementos perdidos en el polvo,

enumeraba todas las aves refugiadas en la cúspide de la montaña de

piedra. Esto era de búho, lo otro de mochuelo, lo de más allá de cuervo,

y hablaba con respeto de cierto nido de águilas que su padre había visto

de joven en aquel sitio: feroces animales que pretendían picarle los

ojos, y obligaban al buen campanero a pedir la escopeta al guardia

nocturno cada vez que había de visitar las bóvedas.

A Gabriel le gustaba, por su silencio y su imponente soledad, aquel

mundo extraño aposentado en la cabeza de la catedral. Era una selva de

maderos poblada de bestias lúgubres que vivía olvidada en el interior de

la bóveda craneal del templo. El buen Dios tenía una casa para los

fieles y un inmenso desván para las bestias del espacio.

La salvaje soledad de las alturas contrastaba con la riqueza de la

capilla del Ochavo, llena de reliquias en vasos de oro y arquillas de

esmalte y marfil; con la magnificencia del Tesoro, que amontona las

perlas y las esmeraldas con tanta profusión como si fuesen guijarros;

con la elegante abundancia del guardarropa, lleno de telas sobre las

cuales reproducía el bordado todos los matices de la pintura.

Tenía Gabriel dieciocho años cuando perdió a su padre. El viejo

jardinero murió tranquilo viendo a toda su familia al servicio de la

catedral, sin que se interrumpiese la sana tradición de los Luna. Tomás,

el hijo mayor, quedaba encargado del jardín; Esteban, después de largos

años de monaguillo y ayudante del sacristán, era silenciario y había

agarrado la vara de palo con los siete reales diarios, objeto de todas

sus ambiciones. En cuanto al menor, tenía el señor Esteban la convicción

de haber engendrado un Padre de la Iglesia, al que le estaba reservado

un sitio en el cielo a la derecha de Dios omnipotente.

Gabriel había adquirido en el Seminario esa dureza eclesiástica que hace

del sacerdote un guerrero, más atento a los intereses de la Iglesia que

a los afectos de la familia. Por esto no se impresionó gran cosa con la

muerte de su padre. Desgracias de mayor gravedad traían preocupado al

seminarista.

III

Eran los tiempos de la revolución de septiembre. En la catedral y el

Seminario había gran revuelo, comentándose de la mañana a la noche las

noticias de Madrid. La España tradicional y sana, la de los grandes

recuerdos históricos, se venía abajo. Las Cortes Constituyentes eran un

volcán, un respiradero del infierno para las negras sotanas que formaban

corro en torno del periódico desplegado. Por cada satisfacción que les

proporcionaba un discurso de Manterola, sufrían disgustos de muerte

leyendo las palabras de los revolucionarios, que asestaban fuertes

golpes al pasado. La gente clerical volvía sus miradas a don Carlos, que

comenzaba la guerra en las provincias del Norte. El rey de las montañas

vascongadas pondría remedio a todo cuando bajase a las llanuras de

Castilla. Pero transcurrían los años, venía y se iba don Amadeo, ¡hasta

se proclamaba la República! y la causa de Dios no adelantaba gran cosa.

El cielo estaba sordo. Un diputado republicano proclamaba la guerra a

Dios, le retaba a que le hiciese enmudecer, y la impiedad seguía inmune

y triunfante, derramando su elocuencia como una fuente envenenada.

Gabriel vivía en un estado de belicosa excitación. Olvidaba los libros,

despreciando su porvenir: ya no pensaba en cantar misa. ¿Qué le

importaba su carrera viendo a la Iglesia en peligro y próxima a

desvanecerse la poesía soñolienta de los siglos que le había envuelto

desde la cuna como una nube perfumada de incienso viejo y rosas

marchitas...?

Con frecuencia desaparecían alumnos del Seminario, y los catedráticos

contestaban con un guiño malicioso a las preguntas de los curiosos:

--Están «allá»... con los buenos. No pueden ver con calma lo que ocurre.

Cosas de chicos... calaveradas.

Y las tales calaveradas les hacían sonreír con paternal satisfacción.

Él pensó ser también de los que huían. Creía que el mundo iba a

acabarse. En ciertas ciudades la muchedumbre revolucionaria invadía los

templos, profanándolos. Aún no mataban a los sacerdotes, como en otras

revoluciones, pero los ministros de Dios no podían salir a la calle con

traje talar sin riesgo de ser silbados e insultados. El recuerdo de los

arzobispos de Toledo, de aquellos bravos príncipes eclesiásticos

guerreadores e implacables con el infiel, enardecía su belicosidad. Él

nunca había salido de Toledo, de la sombra de la catedral. España le

parecía tan grande como el resto del mundo, y sentía la comezón de ver

algo nuevo, de contemplar de cerca las cosas extraordinarias admiradas

en los libros.

Un día besó la mano de su madre, sin conmoverse gran cosa ante el

temblor de la pobre vieja, casi ciega. El Seminario tenía para él más

tiernos recuerdos que la casa de sus padres. Fumó el último cigarro con

sus hermanos en el jardín de la catedral, sin revelarles sus propósitos,

y por la noche huyó de Toledo con un escapulario del Corazón de Jesús

cosido al chaleco y una hermosa boina de seda en el bolsillo, de las

confeccionadas por blancas manos en los conventos de la ciudad. El hijo

del campanero iba con él. Se incorporaron a las partidas insignificantes

que corrían la Mancha, y pasaron después a Valencia y Cataluña, ganosos

de empresas más importantes para a causa de Dios y el rey que robar

muías e imponer contribuciones a los ricos.

Gabriel encontró un encanto brutal a aquella existencia errante, siempre

en continua alarma, esperando la proximidad de la tropa. Le habían hecho

oficial, en atención a sus estudios y a las cartas en que le

recomendaban algunos prebendados de la Iglesia Primada, lamentando que

un mozo de tanto porvenir teológico fuese a exponer su vida como un

simple sacristán.

Luna gustaba de la existencia libre y sin leyes de la guerra con la

avidez de un colegial que sale de su encierro; pero no podía ocultar la

decepción dolorosa que le producía la vista de aquellos ejércitos de la

Fe. Se había imaginado encontrar algo semejante a las antiguas

expediciones de las Cruzadas: soldados que peleaban por el ideal, que

hincaban la rodilla antes de entrar en combate para que Dios estuviera

con ellos, y por la noche, después de ardientes plegarias, dormían con

el puro sueño del asceta, y se encontraba con rebaños armados indóciles

al pastor, incapaces del fanatismo que corre ciego a la muerte, ganosos

de que la guerra se prolongase todo lo posible para mantener la

existencia de holganza errante a costa del país, que ellos creían la más

perfecta; gentes que a la vista del vino, de las hembras o de la riqueza

se desbandaban, hambrientas, atrepellando a sus jefes.

Era la antigua vida de horda que surgía en plena civilización; la

atávica costumbre de robar el pan y la mujer ajena con las armas en la

mano; el celtíbero espíritu de bandería, de lucha intestina que tomaban

para resucitar un pretexto político. Gabriel, salvo raras excepciones,

no encontraba en aquellas bandas mal armadas y peor vestidas quien

pelease por un ideal determinado. Eran aventureros que querían la guerra

por la guerra; ilusos deseosos de fortuna; mozos del campo que, en su

ignorancia pasiva, habían ido a las partidas como se hubieran quedado en

casa a tener otros consejeros; almas sencillas que creían firmemente que

en las ciudades quemaban y devoraban a los ministros de Dios, y se

habían lanzado al monte para que la sociedad no cayese en la barbarie.

El peligro común, la miseria de las marchas interminables para burlar al

enemigo, la escasez sufrida en los yermos y picachos que les servían de

refugio, los igualaban a todos, entusiastas, escépticos e ignorantes.

Todos sentían por igual el deseo de resarcirse de las privaciones, de

acallar la bestia que llevaban dentro, irritada y despierta por una vida

de bruscos cambios, tan pronto en la abundancia loca y despilfarradora

del saqueo, como en las penalidades de la marcha por llanuras

interminables, sin ver el menor rastro de vida. Al entrar en los pueblos

gritaban: «¡Viva la religión!», pero a la más leve contrariedad, los

combatientes de la Fe se hacían esto y aquello en Dios y en todos los

santos, no olvidando en sus sucios juramentos ni a los más sagrados

objetos del culto.

Gabriel, habituado a esta vida errante, no se escandalizaba. Los

antiguos escrúpulos de seminarista desaparecían ahogados bajo la corteza

de hombre de horda con que la guerra le endurecía. Doña Blanca, la

cuñada del «rey», pasó ante él como una figura novelesca. En su

romanticismo de princesa nerviosa deseaba imitar a las heroínas de la

Vendée, y montando un pequeño caballo, el revólver al cinto y la boina

blanca sobre la trenza flotante, se puso a la cabeza de aquellas tribus

armadas que resucitaban en el centro de la Península la vida y las

luchas de los tiempos casi prehistóricos. El revoloteo de la negra

amazona de la heroína servía de bandera a los batallones de zuavos,

tropa de aventureros franceses, alemanes e italianos, detritus de todas

las guerras del globo, que encontraban más grato seguir a una hembra

ganosa de notoriedad que engancharse en la Legión extranjera de Argelia.

El asalto de Cuenca, única victoria de la campaña, dejó en la memoria de

Gabriel una huella profunda. El tropel de hombres con boina, después de

rebasar las murallas débiles como tapias, entraba cual arroyos

desbordados por diferentes calles de la ciudad. Los tiros desde las

ventanas no lograban detenerles. Todos estaban pálidos, con los labios

descoloridos, los ojos brillantes y un temblor homicida en las manos. El

peligro arrostrado y la certeza de que por fin eran dueños de una ciudad

les enloquecía. Las puertas de los edificios caían a culatazos. Salían

hombres despavoridos en mitad del arroyo atravesados por las bayonetas;

dentro de las casas veíanse mujeres desgreñadas debatiéndose entre los

brazos de los asaltantes, arañándoles con una mano el rostro, mientras

con la otra pugnaban por sostener sus ropas.

Luna vio cómo en el Instituto los más montaraces rompían a culatazos los

aparatos del gabinete de Física. Clamaban contra aquellas invenciones

del demonio, con las cuales creían ellos que se comunicaban los impíos

con el gobierno de Madrid, y machacaban contra el suelo con el fusil y

con los pies las doradas ruedas de los aparatos, los discos y las

primeras pilas de electricidad.

El seminarista contemplaba satisfecho esta destrucción. Él también

odiaba, pero con odio reflexivo amamantado en el Seminario, las ciencias

positivas y materiales, que al final de todas sus deducciones llegaban

fatalmente a la negación de Dios. Aquellos hijos de las montañas, en su

santa ignorancia, hacían sin saberlo una gran cosa. ¡Ah, si toda la

nación les imitase! En otros tiempos no existían los chirimbolos de la

ciencia, y España era más dichosa. Para vivir santamente bastaba con la

sabiduría de los sacerdotes y la ignorancia popular, que proporciona una

beatífica tranquilidad. ¿Para qué más? Así había permanecido el país

durante los siglos más gloriosos de su historia.

Terminó la guerra. Las partidas, acosadas, pasaron del Centro a

Cataluña, y por fin, empujadas sobre la frontera, tuvieron que rendir

sus armas a los aduaneros franceses. Muchos se acogían al indulto,

ganosos de volver a sus casas. Mariano el campanero se fue también. No

quería vivir en tierra extranjera; además, su padre había muerto, y no

era difícil que le entregasen la torre de la catedral si alegaba los

méritos de la familia, sus tres años de campaña por la religión y un

balazo que había recibido en una pierna. Casi podía compararse con los

mártires del cristianismo.

Gabriel fue a la emigración: «Era un oficial, y no podía jurar fidelidad

a la dinastía intrusa.» Esto lo declaraba con la arrogancia aprendida en

aquella caricatura de ejército, que extremaba las ceremonias del antiguo

militarismo, y en el cual los andrajosos, con el sable al cinto, se

transmitían las órdenes llamándose siempre «caballero oficial». Pero el

verdadero motivo de que Luna no volviese a Toledo era que le gustaba

seguir la corriente de los hechos, viendo nuevas tierras y cambiando de

costumbres. Regresar a la catedral era quedarse en ella para siempre,

renunciar a la vida; y él, que durante la guerra había gustado los

encantos mundanales, no quería abandonarla tan pronto. Aún no era mayor

de edad: tiempo le quedaba para acabar sus estudios. El sacerdocio era

un retiro seguro, al que no tenía prisa de volver. Además, había muerto

su madre, y las cartas de sus hermanos no le anunciaban otra variación

en la vida soñolienta del claustro alto que el haberse casado el

jardinero y andar en relaciones el _Vara de palo_ con una muchacha de

las Claverías, ya que era contrario a las buenas tradiciones aliarse con

gente de fuera de la catedral.

Vivió Luna más de un año en los acantonamientos de los emigrados. Su

educación clásica y la simpatía que inspiraba su juventud le abrieron

cierto camino. Hablaba en latín con los abates franceses, que gustaban

saber cosas de la guerra por aquel joven teólogo y al mismo tiempo le

aleccionaban en el idioma del país. Estos amigos eclesiásticos le

proporcionaban lecciones de español entre la alta burguesía afecta a la

Iglesia. En los momentos de penuria le salvaba su amistad con una

condesa vieja y legitimista que le invitaba a pasar algunos días en su

castillo, presentando el seminarista belicoso a su tertulia de gentes

graves y piadosas como si fuese un cruzado de regreso de Palestina.

El deseo ferviente de Gabriel era ir a París. Su vida en Francia había

cambiado radicalmente sus ideas. Experimentaba la misma impresión que si

hubiera caído en un planeta nuevo. Acostumbrado a la monótona vida del

Seminario y a la existencia nómada de aquella guerra montaraz y sin

gloria, le asombraban el progreso material, los refinamientos de la

civilización, la cultura y el bienestar de las gentes en la tierra

francesa. Recordaba ahora con vergüenza su ignorancia española, aquella

prosopopeya castellana, mantenida por mentirosas lecturas, que le hacían

creer que España era el primer país del mundo, el pueblo más valiente y

más noble, y las demás naciones una especie de rebaños tristes, creados

por Dios para ser víctimas de la herejía y recibir soberbias palizas

cada vez que intentaban medirse con este país privilegiado que come mal

y bebe poco, pero tiene los primeros santos y los más grandes capitanes

de la cristiandad.

Cuando Gabriel pudo expresarse en francés y tuvo reunidos unos cuantos

francos para el viaje, se trasladó a Paris. Un abate amigo le había

encontrado colocación como corrector de pruebas en una librería

religiosa inmediata a San Sulpicio. En este barrio levítico de París,

con sus hoteles para curas y familias religiosas, sombríos como

conventos, y sus almacenes de imaginería piadosa que infestan el globo

de santos charolados y risueños, se verificó la gran transformación de

Gabriel.

El barrio de San Sulpicio, con sus calles tranquilas y silenciosas a la

española y sus beatas de velo negro que pasan rozando los muros del

Seminario, atraídas por el toque de las campanas, fue para el

seminarista español lo que el camino de Damasco para el apóstol. El

catolicismo francés, culto, razonador y respetuoso con los progresos

humanos, aturdió a Gabriel. Su fiera devoción española estaba

acostumbrada al desprecio de las ciencias profanas. No había en el mundo

más que una sabiduría verdadera: la teología; las demás ciencias eran

juegos, buenos cuando más para entretener la eterna infancia de la

humanidad. Conocer a Dios y medir la grandeza de su poder era lo único

serio a que podían dedicarse los hombres. Las máquinas, los

descubrimientos de las ciencias positivas, todo lo que no se relacionaba

con la divinidad y la vida futura, eran bagatelas para entretener a

gentes locas y sin fe.

Y el antiguo seminarista, que despreciaba el progreso humano desde niño,

como una ridícula mentira, quedó estupefacto viendo con qué solemnidad

hablaba de él el catolicismo francés. Corrigiendo las pruebas de tanto

libro religioso notaba Gabriel el profundo respeto que aquella ciencia

despreciada infundía a los buenos abates franceses, de cultura muy

superior a la de los canónigos de allá abajo. Es más: hasta notaba

cierto encogimiento humilde en los representantes de la religión cuando

se encaraban con la ciencia; un deseo de agradar, de no ser rechazados,

de infundir simpatía con soluciones conciliadoras para que el dogma no

quedase en tierra privado de asiento en aquel tren de rapidísima marcha

que llevaba a la humanidad hacia el porvenir con el vértigo de los

nuevos descubrimientos. Libros enteros de sacerdotes ilustres estaban

dedicados a ajustar y amoldar, aun a riesgo de violentarlas, las

revelaciones de los libros santos con los descubrimientos de la ciencia.

La Iglesia, anciana venerable que Gabriel había visto en su país

inmóvil, con majestad hierática, sin dignarse tocar un solo pliegue de

su manto para no perder el polvo de los siglos, se agitaba en Francia

queriendo remozarse, arrojaba a un lado las vestiduras de la tradición,

como harapos vetustos que la ponían en ridículo, y distendía sus

miembros con esfuerzo desesperado, para acoplarse dentro de la moderna

armadura de la ciencia, la gran enemiga del ayer, la gran triunfadora

del presente, cuya aparición había sido saludada con hogueras y

bochornosas abjuraciones.

¿Qué tenía dentro la fatal manzana del Paraíso, que después de seis mil

años de maldición la misma Iglesia comenzaba a venerarla, esforzándose

por hacerla olvidar las antiguas persecuciones? ¿Por qué la religión,

firme como una roca en medio de los siglos, que había desafiado

persecuciones, cismas y guerras, se ablandaba por el miedo ante los

descubrimientos de unos cuantos hombres, entrando en la corriente loca

que buscaba la causa y la explicación de todas las cosas? Teniendo el

apoyo secular de la Fe, ¿a qué buscar el auxilio de la Razón para

sostener sus tradiciones y justificar sus dogmas?

Sintió Gabriel la misma fiebre de curiosidad que de niño le había

obligado a encorvar su espalda ante los volúmenes encuadernados en

pergamino de la biblioteca del Seminario. Quiso conocer el misterioso

perfume de aquella ciencia odiada que perturbaba a los sacerdotes de

Dios y les hacía renegar indirectamente de las creencias de diecinueve

siglos. Deseó saber por qué se descoyuntaban y torturaban los libros

sagrados para explicar por épocas geológicas la creación que Dios había

realizado en seis días; qué peligro se quería evitar haciendo comparecer

a la divinidad ante la ciencia para que explicase sus actos,

ajustándolos a las decisiones de ésta; a qué obedecía el miedo

instintivo de los autores religiosos a afirmar rotundamente los

milagros, justificándolos con intrincados razonamientos, sin atreverse a

sostener como prueba decisiva la indiscutibilidad del prodigio

sobrenatural.

Por entonces abandonó Gabriel el ambiente tranquilo de la librería

religiosa. Su fama de humanista había llegado hasta un editor vecino de

la Sorbona que publicaba libros clásicos, y Luna, sin salir de la orilla

izquierda del Sena, saltó al Barrio Latino para corregir pruebas en

latín y griego. Ganaba doce francos al día: mucho más que aquellos

canónigos de Toledo que en otros tiempos le parecían grandes duques.

Vivía en un hotelito de estudiantes, cerca de la Escuela de Medicina, y

sus discusiones vehementes por la noche, entre el humo de las pipas, con

los compañeros de hospedaje, le instruían tanto como los libros de la

odiada ciencia. Aquellos estudiantes que le prestaban volúmenes o le

indicaban los autores que debía buscar en sus horas libres en la

biblioteca de la montaña de Santa Genoveva, reían como paganos ante sus

exaltadas afirmaciones de antiguo seminarista.

La Catedral · 第 4 / 23 段