Gabriel fue al Seminario, y la familia creyó que las Claverías quedaban

desiertas. Con la marcha del estudiante acababan en casa de los Luna las

veladas, en las que el campanero, el pertiguero, los sacristanes y demás

empleados del templo escuchaban la voz clara y bien acentuada de

Gabriel, que les leía como un ángel, unas veces las vidas de los santos,

otras los periódicos católicos que llegaban de Madrid, y en ciertas

noches un _Quijote_ con tapas de pergamino y ortografía anticuada,

venerable ejemplar que había pasado en la familia de generación en

generación.

La vida de Gabriel en el Seminario fue la existencia monótona y vulgar

del estudiante laborioso: triunfos en las controversias teológicas,

premios a granel y el honor de ser presentado a los compañeros como

modelo. De vez en cuando, algún canónigo de los que explicaban en el

Seminario entraba en el jardín.

--El muchacho marcha muy bien, Esteban. Es el primero en todo, y además,

callado y piadoso como un santo. Será el consuelo de su ancianidad.

El jardinero, cada vez más extenuado y viejo, movía la cabeza. Él sólo

podría ver el término de la carrera de su hijo desde las alturas, si es

que Dios le llamaba a ellas. Moriría antes de su triunfo, pero no se

entristecía por esto; quedaba la familia para gozar de la victoria y dar

gracias al Señor por su bondad.

Humanidades, teología, cánones, todo lo vencía aquel jovenzuelo con

extraordinaria ligereza que asombraba a sus maestros. Le comparaban en

el Seminario con los Padres de la Iglesia que habían llamado la atención

por su precocidad. Iba a acabar sus estudios muy pronto, y todos le

auguraban que Su Eminencia le daría una cátedra en el Seminario antes de

cantar misa. Su deseo de saber era insaciable. La biblioteca del

Seminario la trataba como cosa propia. Algunas tardes iba a la catedral

para perfeccionar sus estudios de música religiosa hablando con el

maestro de capilla y el organista. En el aula de oratoria sagrada dejaba

estupefactos al profesor y los alumnos por la fogosidad y la convicción

con que pronunciaba sus sermones.

--Le llama el pulpito--decían en el jardín de la catedral--. Siente el

fuego de los apóstoles. Tal vez sea un San Bernardo o un Bossuet. ¡Quién

sabe adonde irá a parar ese muchacho...!

Uno de los estudios que más apasionaban a Gabriel era el de la historia

de la catedral y de los príncipes eclesiásticos que la habían regido.

Surgía en él el amor vehemente de los Luna por aquella giganta que era

su eterna madre. Pero no la admiraba a ciegas; como todos los suyos:

quería saber el _por qué_ y el _cómo_ de las cosas; comprobar en los

libros las noticias vagas oídas a su padre con más carácter de leyenda

que de hechos históricos.

Lo primero que llamaba su atención era la cronología de los arzobispos

de Toledo, una cadena de hombres famosos, santos, guerreros, escritores,

príncipes, todos con su cifra detrás del nombre, como los reyes en las

dinastías. Habían sido en ciertas épocas los verdaderos monarcas de

España. Los reyes godos en su corte no eran más que figuras decorativas,

a las que se ensalzaba o se deponía según las exigencias del momento.

La nación era una República teocrática, y el verdadero jefe el arzobispo

de Toledo.

Gabriel dividía y agrupaba por caracteres la larga lista de prelados

famosos. Primeramente los santos, los propagandistas de la edad heroica

del cristianismo, los obispos pobres como sus diocesanos, descalzos,

fugitivos de la persecución romana y entregando al fin su cabeza al

verdugo con el afán de dar nuevo prestigio a la doctrina por el

sacrificio de la existencia: San Eugenio, Melando, Pelagio, Patruno y

otros nombres que brillaban en el pasado, rompiendo apenas las nieblas

de lo legendario. Luego venían los arzobispos de la época goda, los

prelados monarcas, que ejercían sobre los reyes conquistadores la

superioridad con que el poder espiritual acaba por dominar a la barbarie

conquistadora. El milagro les acompañaba para confundir a los arríanos

sus enemigos; el prodigio celeste estaba a sus órdenes para asombrar a

los rudos hombres de guerra, supeditándolos. El arzobispo Montano, que

vive con su mujer, indignado por la murmuración, pone carbones

encendidos entre sus vestiduras sagradas mientras dice la misa y no se

quema, demostrando con este milagro la pureza de su vida. San Ildefonso,

no contento con escribir libros contra los herejes, hace que se le

aparezca Santa Leocadia, dejando entre sus dedos un pedazo de manto, y

goza el honor de que la misma Virgen descienda del cielo para ponerle

una casulla bordada por sus manos. Sigiberto, años después, tiene la

audacia de vestirse esta casulla, y es depuesto, excomulgado y

desterrado por su temeridad. Los únicos libros que se producen en tal

época los escriben los prelados de Toledo. Ellos compilan las leyes,

ellos ungen con el óleo santo la cabeza de los monarcas, ellos

improvisan rey a Wamba, conspiran contra la vida de Égica, y los

concilios reunidos en la basílica de Santa Leocadia son asambleas

políticas, en las que la mitra está sobre el trono y la corona del rey a

los pies del prelado.

Al sobrevenir la invasión sarracena se reanuda la serie de los

arzobispos perseguidos. No temen ya por su vida, como en los tiempos de

la intransigencia romana. Los musulmanes no dan martirio y respetan las

creencias de los vencidos. Todas las iglesias de Toledo siguen en poder

de los cristianos mozárabes, a excepción de la catedral, que se

convierte en mezquita mayor. Los obispos católicos son respetados por

los moros, lo mismo que los rabinos hebreos, pero la Iglesia es pobre, y

las continuas guerras entre sarracenos y cristianos, junto con las

represalias que sirven de contestación a la barbarie de la Reconquista,

dificultan la vida del culto. Gabriel, al llegar a este punto, soñaba

leyendo los nombres obscuros de Cixila, Elipando y Wistremiro. A éste le

llamaba San Eulogio «antorcha del Espíritu Santo y luz de España», pero

la Historia no decía nada de sus actos. A San Eulogio lo martirizan y

matan los moros en Córdoba por su excesivo entusiasmo religioso. Benito,

francés de nación, que le sucede en la silla, por no ser menos que sus

antecesores, hace que la Virgen le baje otra casulla en una iglesia de

su país antes de venir a Toledo.

Tras éstos, surgían en la interesante cronología los arzobispos

guerreros; los prelados de cota de malla y hacha de dos filos; los

conquistadores, que, dejando el coro a los humildes, montaban en su

trotón de guerra y creían no servir a Dios si en el año no añadían

algunas aldeas y montes a los bienes de la Iglesia. Llegaban en el siglo

xi, con Alfonso VI, a la conquista de Toledo. Los primeros eran

franceses, monjes del famoso monasterio de Cluny, enviados por el abad

Hugo al convento de Sahagún, y que comenzaban a usar el Don como señal

de señorío. A la piadosa tolerancia de los anteriores obispos,

acostumbrados al trato con árabes y judíos en la amplia libertad del

culto mozárabe, sucedía la feroz intransigencia del cristiano

conquistador. El arzobispo don Bernardo, apenas se ve en la silla de

Toledo, aprovecha la ausencia de Alfonso VI para violar sus compromisos.

La mezquita mayor sigue en poder de los moros, por pacto solemne del

rey, tolerante en materias religiosas como todos los monarcas de la

Reconquista. El arzobispo se apodera de la voluntad de la reina, la hace

cómplice de sus planes, y una noche, seguido de clérigos y obreros,

derriba las puertas de la mezquita, la limpia, la purifica, y por la

mañana, cuando acuden los sarracenos a dirigir sus oraciones al sol

naciente, la encuentran convertida en catedral católica. Los vencidos,

seguros de la palabra dada por el vencedor, protestan escandalizados, y

si no se sublevan es por la intervención del alfaquí Abu-Walid, que

confía en que el rey cumplirá sus compromisos. Alfonso VI, en tres días,

viene sobre Toledo desde el fondo de Castilla, dispuesto a matar al

arzobispo y aun a su propia mujer por este atentado que pone en

entredicho su palabra de caballero; pero tan grande es su furia, que los

mismos árabes se conmueven; el alfaquí sale a su encuentro para rogarle

que respete lo hecho, ya que los perjudicados se conforman, y en nombre

de los vencidos le releva de cumplir su palabra, pues la posesión de un

edificio no es motivo bastante para que se altere la paz.

Gabriel alababa al leer esto la prudencia y la tolerancia del buen moro

Abu-Walid; pero aún admiraba más, con entusiasmo de seminarista, a

aquellos prelados fieros, intransigentes y batalladores, que

atrepellaban leyes y pueblos para mayor gloria de Dios.

El arzobispo don Martín es capitán general contra los moros de

Andalucía, conquista villas y acompaña a Alfonso VIII en la batalla de

Alarcos. El famoso prelado don Rodrigo escribe la crónica de España,

llenándola de prodigios para mayor prosperidad de la Iglesia, y hace

historia prácticamente, pasando más tiempo sobre su caballo de guerra

que en su silla del coro. En la batalla de las Navas da el ejemplo

metiéndose en lo más recio de la pelea, por lo que el rey, después de la

victoria, le da el señorío de veinte lugares y el de Talavera de la

Reina. Luego, en ausencia del monarca, el belicoso arzobispo echa a los

moros de Quesada y de Cazorla y se apodera de vastos territorios, que

pasan a ser señorío suyo con el título de _Adelantamiento_. Don Sancho,

hijo de don Jaime de Aragón y hermano de la reina de Castilla, estima en

más su título de caudillo que la mitra de Toledo, y al ver que los moros

avanzan, sale a su encuentro en los campos de Marios, se mete en lo más

fuerte del combate y cae muerto por la morisma, que le corta las manos y

pone su cabeza en una pica.

Don Gil de Albornoz, el famoso cardenal, marcha a Italia, huyendo de don

Pedro el Cruel, y, como experto capitán, reconquista todo el territorio

de los papas refugiados en Aviñón; don Gutierre III va con don Juan II a

batallar con los moros; don Alfonso de Acuña pelea en las revueltas

civiles durante el reinado de Enrique IV; y como digno final de esta

serie de prelados políticos y conquistadores, ricos y poderosos como

verdaderos príncipes, surgen el cardenal Mendoza, que guerrea en la

batalla de Toro y en la conquista de Granada, gobernando después el

reino, y Jiménez de Cisneros, que, no encontrando en, la Península moros

a quienes combatir, pasa el mar y va a Orán, tremolando la cruz,

convertida en arma de guerra.

El seminarista admiraba a estos hombres, agigantados por la nebulosidad

de la historia antigua y las alabanzas de la Iglesia. Para él, eran los

seres más grandes del mundo después de los papas, y aun alguna vez

superiores a éstos. Se asombraba de que en los tiempos presentes fuesen

tan ciegos los españoles que no confiaran su dirección y gobierno a los

arzobispos de Toledo, que en otros siglos tantas cosas heroicas habían

realizado. La gloria y el desarrollo de la patria iban íntimamente

unidos a su historia. Su dinastía valía casi tanto como la de los reyes,

y en más de una ocasión habían salvado a éstos con sus consejos y su

energía.

Detrás de las águilas venían las aves de corral. Después de los prelados

de morrión de hierro y cota de malla desfilaban los prelados ricos y

fastuosos, que no reñían otros combates que los de los pleitos,

litigando con villas, gremios y particulares, para mantener la inmensa

fortuna amasada por sus antecesores. Los que eran generosos como Tavera

levantaban palacios y protegían al Greco, a Berruguete y otros artistas,

creando en Toledo un Renacimiento, eco del de Italia; los avarientos

como Quiroga reducían los gastos de la fastuosa iglesia para convertirse

en prestamistas de los reyes, dando millones de ducados a aquellos

monarcas austriacos en cuyos inmensos dominios no se ponía el sol, pero

que se veían obligados a mendigar apenas retrasaban su viaje los

galeones de América.

La catedral era obra de sus príncipes eclesiásticos. Todos habían puesto

en ella algo que revelaba su carácter. Los más rudos y guerreadores, el

armazón, la montaña de piedra y el bosque de madera que formaban su

osamenta; los más cultos, elevados a la sede en época de refinamiento,

las verjas de menuda labor, las portadas de pétreo encaje, los cuadros,

las joyas que convertían en tesoro su sacristía. La gestación de la

giganta había durado cerca de tres siglos. Era como los animales enormes

de la época prehistórica, durmiendo largos años en el vientre materno

antes de salir a luz.

Cuando sus pilastras y muros surgieron del suelo, el arte gótico aún

estaba en su primera época. En los dos siglos y medio que duró su

construcción, la arquitectura hizo grandes adelantos. Esta lenta

transformación la seguía Gabriel con la vista al visitar la catedral,

encontrando el rastro de sus evoluciones. El grandioso templo era un

gigante calzado con zapatos toscos y cubierta la cabeza de deslumbrantes

penachos. Las bases de las pilastras eran groseras, sin adorno alguno.

Subían los haces de columnas con rígida sencillez, marcando el arranque

de los arcos con capiteles simples, en los cuales el cardo gótico aún no

tiene la exuberante frondosidad del período florido. Pero en las

bóvedas, allí donde la catedral estaba al término de su gestación, o sea

dos siglos después de comenzada la obra, los ventanales, con sus ojivas

multicolores, muestran la magnificencia de un arte en su período

culminante.

En los dos extremos del crucero encontraba Gabriel la prueba de los

grandes progresos realizados durante los centenares de años que necesitó

la catedral para elevarse sobre el suelo. La puerta del Reloj, llamada

también de la Feria, con sus rudas esculturas de hierática rigidez y el

tímpano cubierto de compactas escenas de la Creación, contrastaba con la

puerta del otro extremo del crucero, la de los Leones, o, por otro

nombre, de la Alegría, construida doscientos años después, risueña y

majestuosa a la par como la entrada de un palacio y revelando ya las

carnales audacias del Renacimiento, que pugnaba por aposentarse entre

las rigideces de la arquitectura cristiana. Una sirena desnuda, fija a

la puerta por su cola enroscada, sirve de llamador.

La catedral, labrada toda en piedra blanca y lechosa de las canteras

inmediatas a Toledo, se remonta de un solo esfuerzo desde las bases de

las pilastras hasta las bóvedas, sin _triforiums_ que corten las arcadas

y achaten y hagan pesadas sus naves con ojivas superpuestas. Gabriel

veía en ella la dulce oración petrificada subiendo recta al cielo, sin

sostenes ni apoyos. La piedra blanda servía para las labores

arquitectónicas; otra piedra más blanda aún formaba las bóvedas. En el

exterior, los contrafuertes y botareles, así como los arbotantes que

como puentes se extienden entre ellos, son de piedra berroqueña

durísima, formando un caparazón dorado, obscurecido por los siglos, que

protege y sustenta las aéreas delicadezas del interior. Las dos clases

de piedra marcan el aspecto de la catedral: obscura y rojiza por fuera,

blanca y lechosa por dentro.

En ella encontraba el seminarista muestras de todas las arquitecturas

que han florecido en la Península. El gótico primitivo y rudo lo veía

Gabriel en las primeras portadas; el florido en la del Perdón y la de

los Leones; la arquitectura árabe extiende sus graciosos arcos de

herradura en el _triforium_ que corre por todo el ábside tras el altar

mayor, siendo obra de Cisneros, que quemaba los libros de los musulmanes

y restablecía su estilo arquitectónico en pleno templo cristiano. El

estilo plateresco mostraba su gracia juguetona en la portada del

claustro, y hasta el arte churrigueresco tenía la mayor de sus muestras

en el famoso transparente de Tomé, que rompe la bóveda detrás del altar

mayor para dar luz al ábside.

En las tardes de asueto, Gabriel abandonaba el Seminario, vagando por la

catedral hasta la hora en que se cerraban sus puertas. Le gustaba pasear

por las naves, detrás del altar mayor, el sitio más obscuro y silencioso

del templo. Allí dormía gran parte de la historia de España. Tras la

cerrada puerta de la capilla de los Reyes, guardada por dos heraldos de

piedra puestos en jarras, estaban los monarcas de Castilla en sus tumbas

coronadas por estatuas de armadura de oro haciendo oración con la espada

al cinto. Se detenía ante la capilla de Santiago, mirando a través de

las verjas de sus tres arcos ojivales. En el fondo, el santo de las

leyendas, vestido de peregrino, con la cuchilla en alto, atrepellaba con

su caballo a la morisma. Grandes conchas y escudos rojos con una luna de

plata adornaban los muros blancos, subiendo hasta la bóveda. Esta

capilla la miraba su padre el jardinero como cosa propia. Era la de los

Luna, y aunque alguien hiciese burla del parentesco, allí estaban sus

ilustres ascendientes don Álvaro y su mujer, en tumbas monumentales. La

de doña Juana Pimentel tenía arrodillados en sus ángulos a cuatro

frailes de mármol amarillento, que contemplaban a la noble señora

tendida en la parte alta del monumento. La del infeliz condestable de

Castilla estaba escoltada por cuatro caballeros santiaguistas envueltos

en el manto de la orden, que parecían velar a su Gran Maestre, enterrado

sin cabeza en la caja de piedra orlada de góticos junquillos. Gabriel

recordaba lo que había oído contar a su padre de la estatua yacente de

don Álvaro. En otros tiempos era de bronce, y cuando decían misa en la

capilla, al llegar el instante del ofertorio, la estatua, por ocultos

resortes, incorporábase, quedando de rodillas hasta que terminaba la

ceremonia. Unos decían que la Reina Católica había hecho desaparecer

este artificio teatral que turbaba la devoción de los fieles; otros, que

eran soldados enemigos del condestable los que en un día de asonada

rompieron en piezas la articulada estatua. En el exterior del templo, la

capilla de los Luna alzaba sus torreones almenados, formando una

fortaleza aislada dentro de la catedral.

El seminarista, a pesar de que su familia consideraba la capilla como

suya, sentíase más atraído por la inmediata de San Ildefonso, que

guardaba la tumba del cardenal Albornoz. De todo el pasado de la

catedral, lo que más excitaba su admiración era la figura novelesca de

aquel prelado guerrero, amante de las letras, español por nacimiento e

italiano por sus conquistas. Dormía en un rico sepulcro de mármol,

brillante y pulido por los años, con un color suave de caramelo. La mano

invisible de los siglos había frotado el rostro de la estatua yacente,

aplastando la nariz y dando al belicoso cardenal una expresión de

ferocidad mongólica. Cuatro leones velaban los restos del prelado. Todo

en él era extraordinario y aventurero: hasta la muerte. Su cadáver había

sido conducido desde Italia a España, entre rezos y cánticos, llevado en

hombros por poblaciones enteras que salían al camino para ganar las

indulgencias concedidas por el Papa. Este regreso a la patria después de

muerto había durado muchos meses, yendo el buen cardenal a jornadas

cortas, de iglesia en iglesia, precedido por un cuadro de Cristo, que

adornaba ahora su capilla, y esparciendo sobre las multitudes

arrodilladas los olores de su embalsamamiento. Para don Gil de Albornoz

no había nada imposible. Era la espada del apóstol que volvía al mundo

para imponer la fe. Huyendo de don Pedro el Cruel, se había refugiado en

Aviñón, donde vivían otros desterrados más ilustres. Allí estaban los

papas arrojados de Roma por un pueblo que, en su pesadilla mediévica,

soñaba con restaurar, a la voz de Rienzi, la antigua República de los

Cónsules. Don Gil no era hombre para vivir en la risueña corte

provenzal. Llevaba la cota de malla bajo la capa, como buen arzobispo de

Toledo, y a falta de moros quiso matar herejes. Partió a Italia como

caudillo de la Iglesia; los aventureros de Europa y los bandidos del

país formaron su ejército: mató e incendió en los campos, entró a saco

en las ciudades a nombre de su señor el Pontífice, y al poco tiempo los

desterrados de Aviñón podían ocupar de nuevo su trono de Roma. El

cardenal español, después de estas campañas que devolvían media Italia

al Papado, era rico como un rey y fundaba en Bolonia el famoso Colegio

Español. El Papa, conociendo sus rapiñas, quiso pedirle cuentas, y el

altivo don Gil presentó un carro cargado de llaves y cerrojos.

--Son--dijo con fiereza--de las ciudades y castillos que gané para el

Papado. He ahí mis cuentas.

El irresistible encanto que el hombre de guerra ejerce sobre el débil

sentíalo el seminarista ante el cardenal Albornoz, aumentándose aún con

la consideración de que tanta bravura y altivez se habían juntado en un

servidor de la Iglesia. ¿Por qué no resucitaban hombres como éste en la

presente época de impiedad, para el renacimiento del catolicismo...?

Gabriel, en sus paseos por la catedral, admiraba la verja del altar

mayor, maravillosa obra de Villalpando, con sus follajes de oro viejo y

sus barrotes negruzcos con manchas de estaño. Estas manchas hacían

afirmar a los mendigos y guías del templo que la verja era de plata,

sólo que los señores canónigos la habían pintado de negro para evitar

que la robasen los soldados de Napoleón. Detrás de ella lucía el retablo

del altar mayor su majestuosa fábrica de un dorado suave y viejo: todo

un mundo de figuras representando, bajo calados doseletes, las diversas

escenas del drama de la Pasión. Entre el retablo y la verja, el oro

parecía chorrear, resbalando por las blancas paredes, marcando con

líneas deslumbrantes las junturas de los sillares. Bajo ojivas dentadas,

estaban los sepulcros de los reyes más antiguos de Castilla y el del

gran cardenal Mendoza.

En los remates de la crestería, una orquesta muda de ángeles góticos, de

rígida dalmática y plegadas alas, tañían laúdes, tiorbas y flautas. En

la parte central de las pilastras confundíanse con las imágenes de los

santos obispos las estatuas de personajes históricos y legendarios. A un

lado, el buen alfaquí Abu-Walid, inmortalizado en un templo cristiano

por su espíritu tolerante. En el lado opuesto, el misterioso pastor de

las Navas que enseñó a los cristianos el camino de la victoria,

desapareciendo después como un enviado divino: imagen de mísero villano,

con el rostro achatado cubierto por un grosero capuchón. A ambos

costados de la verja, como testimonio de la pasada opulencia del templo,

los dos pulpitos de ricos mármoles y bronce cincelado.

Gabriel echaba una mirada al coro, admirando su sillería portentosa

ocupada por los canónigos, y pensaba con entusiasmo que tal vez lograse

algún día sentarse en ella, con gran orgullo de su familia. En su vagar

por el templo, deteníase más allá, ante la enorme imagen de San

Cristóbal: una pintura al fresco tan mala como imponente; un monigote

que ocupaba todo un lienzo del muro, desde el zócalo hasta la cornisa, y

que por su tamaño parece el único habitante digno de la catedral. Los

cadetes venían por la tarde a contemplarlo, siendo para ellos lo más

notable de la Primada aquel coloso de carnes sonrosadas que, con el niño

al hombro, adelantaba sus piernas angulosas, apoyándose en una palmera

que parecía una escoba. La alegre juventud militar divertíase midiendo

los tobillos con el sable y calculando después cuántos «sables» de

altura alcanzaba el bendito coloso. Era la aplicación más inmediata que

podían hacer de los cálculos matemáticos con que les aburrían en la

Academia. El aprendiz de cura irritábase ante la desenvoltura de pájaros

traviesos con que pasaban por el templo los aprendices de guerrero.

La Catedral · 第 3 / 23 段