silencio, de la calma absoluta: la felicidad del no ser. Más allá de
aquellos muros estaba el mundo; pero no se le veía, no se le sentía;
parábase respetuoso y aburrido ante aquel monumento del pasado, hermosa
sepultura en cuyo interior nada excitaba su curiosidad. ¿Quién podía
suponer que él estaba allí...? Aquella verruga de siete siglos, formada
por poderes políticos que murieron y por una fe agonizante, sería su
último refugio. En plena época de descreimiento, la iglesia le serviría
de lugar de asilo, como a los grandes criminales de la Edad Media, que
desde lo alto del claustro se burlaban de la justicia, detenida en la
puerta como los mendigos. Allí dejaría que se consumara en el silencio y
la calma la lenta ruina de su cuerpo. Allí moriría, con la dulce
satisfacción de haber perecido para el mundo mucho tiempo antes. Por fin
realizaba el deseo de acabar sus días en un rincón de la soñolienta
catedral española, única esperanza que le sonreía cuando caminaba a pie
por las carreteras de Europa, ocultándose del guardia civil o del
gendarme, y pasaba las noches en un foso, apelotonado, con la barba en
las rodillas, creyendo morir de frío.
Coger la catedral como el náufrago agarra un resto del buque, próximo ya
a ahogarse: ésta era su esperanza, y acababa de realizarla. La iglesia
le acogía como una madre vieja y adusta que no sonríe, pero abre los
brazos.
--Por fin.... Por fin...--murmuró Luna.
Y sonrió pensando en aquel mundo de persecuciones y dolores que
abandonaba como en un lugar remoto, situado en otro planeta, al que
jamás había de volver. La catedral le guardaba para siempre.
En el silencio profundo del claustro, al que no llegaban los ruidos de
la calle, el _compañero_ Luna creyó oír, lejano, muy lejano, el chillón
sonido de las cornetas, y después un sordo redoble de tambores. Entonces
se acordó del Alcázar de Toledo, que parece dominar desde su altura a la
catedral, intimándola con la pesada mole de sus torres. Eran las
cornetas de la Academia Militar.
A Gabriel le hicieron daño estos sonidos. Había perdido de vista el
mundo, y cuando se creía lejos, muy lejos de él, sentía su presencia, un
poco más allá de los tejados del templo.
II
Desde los tiempos del segundo cardenal de Borbón, era el señor Esteban
Luna jardinero de la catedral, por derecho que parecía vinculado en su
familia. ¿Cuál fue el primer Luna que entró al servicio de la Santa
Iglesia Primada? El jardinero, al hacerse esta pregunta, sonreía
satisfecho, y sus ojos miraban a lo infinito, como queriendo abarcar la
inmensidad del tiempo. Los Luna eran tan antiguos como los cimientos de
la iglesia. Habían ido naciendo las diversas generaciones en los
aposentos del claustro alto, y cuando el ilustre Cisneros aún no había
construido las Claverías, los Luna vivían en las casas inmediatas, como
si no pudiesen existir fuera de la sombra de la Primada. A nadie
pertenecía la catedral con mejor derecho que a ellos. Pasaban los
canónigos, los beneficiados y los arzobispos; ganaban la plaza, morían,
y otro al puesto; era un desfile de caras nuevas, de señores que venían
de todos los rincones de España a sentarse en el coro para morir años
después, dejando la vacante a otros advenedizos; y los Luna siempre en
su puesto, como si la antigua familia fuese una pilastra más de las
muchas que sostienen el templo. Podría ser que el arzobispo que un día
se llamaba don Bernardo, se llamase al año siguiente don Gaspar y al
otro don Fernando; lo imposible e inverosímil era que la catedral
pudiese existir sin tener algún Luna en el jardín, en la sacristía o en
el crucero, acostumbrada durante tantos siglos a sus servicios.
El jardinero hablaba con orgullo de su estirpe: de su noble y
desgraciado pariente el condestable don Álvaro enterrado como un rey en
su capilla detrás del altar mayor; del papa Benedicto XIII, altivo y
tozudo como todos los de la familia; de don Pedro de Luna, V de su
nombre en la silla arzobispal de Toledo, y de otros parientes no menos
ilustres.
--Todos somos del mismo tronco--decía con orgullo--. Todos vinimos a la
conquista de Toledo con el buen rey Alfonso VI. Sólo que unos Luna le
tomaron gusto a matar moros, y fueron señores y conquistaron castillos,
y otros, mis abuelos, quedaron al servicio de la catedral, como
fervorosos cristianos que eran.
Con la satisfacción de un duque que cuenta sus ascendientes, el señor
Esteban remontaba la cadena de los Luna hasta titubear y perderse en
pleno siglo XV. Su padre había conocido a don Francisco III Lorenzana,
el príncipe de la Iglesia fastuoso y pródigo, que gastaba las cuantiosas
rentas del arzobispado construyendo palacios y editando libros, como un
gran señor del Renacimiento. Había conocido también al primer cardenal
de Borbón, don Luis II, y contaba la vida novelesca de este infante.
Hermano del rey Carlos III, la costumbre que dedicaba a la Iglesia a los
ilustres segundones le había hecho cardenal a la edad de nueve años.
Pero a aquel buen señor, retratado en la Sala Capitular con peluca
blanca, labios pintados y ojos azules, le llamaban más los goces del
mundo que las grandezas de la Iglesia, y abandonó el arzobispado para
casarse con una dama de modesta estirpe, riñendo para siempre con el
monarca, que lo envió al destierro. Y el viejo Luna, saltando de abuelo
en abuelo a través de los siglos, recordaba al archiduque Alberto, que
renunció la mitra toledana para ir a gobernar los Países Bajos, y al
magnífico cardenal Tavera, protector de las artes; todos príncipes
excelentes, que habían tratado con cariño a la familia, reconociendo su
secular adhesión a la Santa Iglesia Primada.
Los tiempos de la juventud fueron malos para el señor Esteban. Eran los
de la guerra de la Independencia. Los franceses ocupaban Toledo y
entraban en la catedral como paganos, arrastrando el sable en plena misa
mayor, para curiosear hasta por los últimos rincones. Las alhajas
estaban escondidas; los canónigos y los beneficiados, que entonces se
llamaban racioneros, vivían desperdigados por la península. Unos se
habían refugiado en las plazas todavía españolas; otros estaban ocultos
en los pueblos, haciendo votos por que pronto volviese el Deseado. El
coro daba lástima con las escasas voces de los tímidos y los comodones
que, pegados al asiento y no pudiendo vivir lejos de él, habían
reconocido al rey intruso. El segundo cardenal de Borbón, el dulce e
insignificante don Luis María, estaba en Cádiz, de regente del reino.
Era el único de la familia que quedaba en España, y las Cortes habían
echado mano de él para dar cierto tinte dinástico a su autoridad
revolucionaria.
Cuando al terminar la guerra volvió a su sede el pobre cardenal, el
señor Esteban se enterneció viendo su rostro de niño triste, rematado
por una cabeza de redonda e insignificante pequeñez. Venía desalentado y
cariacontecido, después de recibir en Madrid a su sobrino Fernando VII.
Sus compañeros de regencia estaban en la cárcel o en el destierro; y sí
él no sufrió igual suerte, era por su mitra y su apellido. El infeliz
prelado creía haber hecho una gran cosa sosteniendo los intereses de su
familia durante la guerra, y se veía acusado de liberal, de enemigo de
la religión y del trono, sin que pudiese adivinar en qué había
conspirado contra ellos. El pobre cardenal de Borbón languideció de
tristeza en su palacio, dedicando sus rentas a hacer obras en la
catedral, hasta que murió al iniciarse la reacción de 1832, dejando el
sitio a Inguanzo, el tribuno del absolutismo, un prelado con patillas
entrecanas, que había hecho su carrera en las Cortes de Cádiz atacando
como diputado toda reforma y abogando por el retroceso a los tiempos de
los Austrias, medio seguro para salvar al país.
El buen jardinero saludaba con igual entusiasmo al cárdena borbónico
odiado de los reyes, que al prelado con patillas que hacía temblar a
toda la diócesis con su genio acre y desabrido y sus arrogancias de
revolucionario absolutista. Para él, quien llegaba a la silla de Toledo
era un hombre perfecto, cuyos actos no se podían discutir, y hacía oídos
sordos a las murmuraciones de canónigos y beneficiados, los cuales,
fumando un cigarrillo en el cenador de su jardín, hablaban-de las
genialidades de aquel señor de Inguanzo, indignado contra el gobierno de
Fernando VII porque no era bastante «neto» y por miedo a los extranjeros
no osaba restablecer el saludable Tribunal de la Inquisición.
Lo único que entristecía al jardinero era contemplar la decadencia de su
querida catedral. Las rentas del arzobispado y las del cabildo habían
sufrido gran merma con la guerra. Había ocurrido lo que en las
inundaciones, que, al retirarse, arrastran árboles y casas, dejando el
terreno yermo y desabitado. La Primada perdía muchos de sus derechos;
los arrendatarios se hacían dueños valiéndose de los apuros del Estado;
los pueblos se negaban a pagar sus servidumbres feudales, como si el
hábito de defenderse y hacer la guerra les librase para siempre del
vasallaje. Además, las empecatadas Cortes, decretando la abolición de
los señoríos, habían cercenado las cuantiosas rentas de la catedral,
adquiridas en los siglos en que los arzobispos de Toledo se calaban el
casco y andaban con los moros a golpes de mandoble.
Aun así, le restaba una fortuna considerable a la Iglesia Primada, y
mantenía su esplendor como si nada hubiese ocurrido; pero el señor
Esteban husmeaba el peligro desde el fondo de su jardín, enterándose por
los canónigos de las conspiraciones liberales y de los fusilamientos,
horcas y destierros a que tenía que apelar el señor rey don Fernando
para contener la audacia de los «negros», enemigos de la monarquía y la
Iglesia.
--Han probado el dulce--decía--, y volverán, ¡vaya si volverán!, así que
les dejen. Durante la guerra nos dieron el primer mordisco, quitando a
la catedral más de la mitad de lo suyo, y ahora nos robarán el resto, si
es que logran coger la sartén del mango.
El jardinero se indignaba ante la posibilidad de que esto ocurriera.
¡Ay! ¡Y para esto habían peleado con los moros tantos señores arzobispos
de Toledo, conquistando villas, asaltando castillos y acotando dehesas,
que pasaban a ser propiedad de la catedral, contribuyendo al mayor
esplendor del culto a Dios! ¡Y para caer en las manos puercas de los
enemigos de todo lo santo habían testado tantos fieles en la hora de la
muerte, reinas, magnates y simples particulares, dejando lo más sano de
su fortuna a la Santa Iglesia Primada, con el deseo de salvar su
alma...! ¿Qué iba a ser de las seiscientas personas, entre grandes y
chicos, clérigos y seglares, dignidades y simples empleados, qué comían
de las rentas de la catedral...? ¿Y a eso llamaban libertad? ¿A robar lo
que no era suyo, dejando en la miseria a un sinnúmero de familias que se
mantenían de la «olla grande» del cabildo?
Cuando los tristes presentimientos del jardinero comenzaron a cumplirse
y Mendizábal decretó la desamortización, el señor Esteban creyó morir de
rabia. El cardenal Inguanzo procedió mejor que él. Arrinconado en su
palacio por los liberales, como su antecesor lo había sido por los
absolutistas, tomó el partido de morirse, para no presenciar tantos
atentados contra la fortuna sagrada de la iglesia. El señor Luna, que
por ser simple jardinero no podía imitar al cardenal, siguió viviendo;
pero todos los días tomaba un disgusto al saber que, por cantidades
irrisorias, algunos moderados de los que no faltaban a la misa mayor
iban adquiriendo hoy una casa, mañana un cigarral, al otro una dehesa,
fincas todas pertenecientes a la Primada que habían pasado a figurar en
los llamados bienes nacionales. ¡Ladrones! Al señor Esteban le causaba
igual indignación esta subasta lenta, que desgarraba en piezas la
fortuna de la catedral, que si viera a los alguaciles entrar en su casa
de las Claverías para llevarse los muebles de la familia, cada uno de
los cuales guardaba el recuerdo de un ascendiente.
Hubo momentos en que pensó abandonar el jardín, marchando al Maestrazgo
o a las provincias del Norte en busca de los leales que defendían los
derechos de Carlos V y la vuelta a los antiguos tiempos. Tenía entonces
cuarenta años; sentíase ágil y fuerte, y aunque su humor era pacífico y
nunca había tocado un fusil, le animaba el ejemplo de algunos
estudiantes tímidos y piadosos que se habían fugado del Seminario, y,
según se decía, peleaban en Cataluña tras la capa roja de don Ramón
Cabrera. Pero el jardinero, para no estar solo en su, gran habitación de
las Claverías, se había casado tres años antes con la hija del sacristán
y tenía un hijo. Además, no podía despegarse de la iglesia. Era un
sillar más de la montaña de piedra; se movía y hablaba como un hombre,
pero tenía la seguridad de perecer apenas saliese de su jardín. La
catedral perdería algo importante si le faltaba un Luna, después de
tantos siglos de fiel servicio, y a él le asustaba la posibilidad de
vivir fuera de ella. ¿Cómo había de ir por los montes disparando tiros,
si para él transcurrían los años sin pisar otro suelo «profano» que el
pedazo de calle entre la escalera de las Claverías y la puerta del
Mollete?
Siguió cultivando su jardín, con la melancólica satisfacción de
considerarse a cubierto de los males revolucionarios al abrigo de aquel
coloso de piedra que imponía respeto con su majestuosa vetustez.
Podrían cercenar la fortuna del templo, pero serían impotentes contra la
fe cristiana de los que vivían a su amparo.
El jardín, insensible y sordo a las tempestades revolucionarias que
descargaban sobre la iglesia, seguía desarrollando entre las arcadas su
belleza sombría. Los laureles crecían rectos hasta llegar a las
barandillas del claustro alto; los cipreses agitaban sus copas como si
quisieran escalar los tejados; las plantas trepadoras se enredaban en
las verjas del claustro formando tupidas celosías de verdura, y la
hiedra tapizaba el cenador central, rematado por una montera de negra
pizarra con cruz de hierro enmohecido. En el interior de éste, los
clérigos, al terminar el coro de la tarde, leían, a la verdosa claridad
que se filtraba entre el follaje, los periódicos del campo carlista o
comentaban entusiasmados las hazañas de Cabrera, mientras que en lo
alto, indiferentes para las insignificancias humanas, revoloteaban las
golondrinas en caprichosa contradanza, lanzando silbidos como si rayasen
con su pico el cristal del cielo. El señor Esteban asistía silencioso y
de pie a este club vespertino, que traía recelosos a los de la Milicia
Nacional de Toledo.
Terminó la guerra y se desvanecieron las últimas ilusiones del
jardinero. Cayó en un mutismo de desesperado: no quería saber nada de
fuera de la catedral. Dios había abandonado a los buenos; los traidores
y los malos eran los más. Lo único que le consolaba era la fortaleza del
templo, que llevaba largos siglos de vida y aún podría desafiar a los
enemigos durante muchos más.
Sólo quería ser jardinero, morir en el claustro alto, como sus abuelos,
y dejar nuevos Luna que perpetuasen los servicios de la familia en la
catedral. Su hijo mayor, Tomás, tenía doce años y le ayudaba en el
cuidado del jardín. Con un intervalo de algunos años había tenido otro,
Esteban, que apenas sabía andar y ya se arrodillaba ante las imágenes de
la habitación, llorando para que su madre le bajase a la iglesia a ver
los santos.
La pobreza entraba en el templo; reducíase el número de canónigos y
racioneros. Al morir los empleados anulábanse las plazas, y eran
despedidos los carpinteros, los albañiles, los vidrieros, que antes
vivían en la Primada como obreros adheridos a ella, trabajando
continuamente en su reparación. Si de tarde en tarde era indispensable
verificar un trabajo, se llamaban jornaleros de fuera. En las Claverías
se desocupaban muchas habitaciones; un silencio de cementerio reinaba
allí donde antes se aglomeraba todo un pueblo falto de espacio. El
_gobierno de Madrid_--había que ver con qué expresión de desprecio
subrayaba el jardinero estas palabras--andaba en tratos con el Santo
Padre para arreglar una cosa que llamaban Concordato. Se limitaba el
número de los canónigos, como si la Iglesia Primada fuese una colegiata
cualquiera. Se les pagaba por el Gobierno, lo mismo que a los
empleadillos, y para el sostenimiento y culto de la más famosa de las
catedrales españolas, que cuando cobraba el diezmo no sabía dónde
encerrar tantas riquezas, se destinaban mil doscientas pesetas
mensuales.
--¡Mil doscientas pesetas, Tomás!--decía a su hijo, un chicarrón
silencioso a quien no interesaba gran cosa lo que no fuese su jardín--.
¡Mil doscientas pesetas, cuando yo he conocido a la catedral con más de
seis millones de renta! ¿Para qué hay con eso? Malos tiempos nos
esperan, y si yo fuese otro, os dedicaría a un oficio, a cualquier cosa,
fuera de la Primada. Pero los Luna no pueden desertar, como tantos
pillos que han traicionado la causa de Dios. Aquí hemos nacido y aquí
hemos de morir hasta el último de la familia.
Y enfurecido contra los clérigos de la catedral, que parecían acoger con
buen gusto el Concordato y sus sueldos, satisfechos de salir bien
librados de la tormenta revolucionaria, se aislaba en el jardín,
cerrando la puerta de la verja y rehuyendo las tertulias de otros
tiempos.
Aquel pequeño mundo vegetal no cambiaba. Su sombra verdosa era semejante
al crepúsculo que envolvía el alma del jardinero. No era la alegría
ruidosa, desbordante de colores y susurros, del huerto al aire libre
inundado de sol; tenía la melancólica belleza del jardín monacal entre
cuatro paredes, sin más luz que la que desciende a lo largo de los
aleros y las arcadas, ni otras aves que las que revolotean en lo alto
mirando con asombro un paraíso en el fondo de un pozo. La vegetación era
la misma da los paisajes griegos: laureles, cipreses y rosales, como en
los idilios de los poetas helénicos. Pero las ojivas que lo cerraban,
los andenes pavimentados con grandes losas berroqueñas, en cuyos
intersticios crecía la hierba en festones, la cruz del cenador central,
el olor mohoso del hierro viejo de las verjas y la humedad de la piedra
de los contrafuertes cubiertos por la verde capa de las lluvias, daban
al jardín un ambiente de vetustez cristiana. Los árboles se agitaban al
viento como incensarios; las flores, de color pálido, lánguidas, con
anémica hermosura, olían a incienso, como si las bocanadas de aire de la
catedral con que las impregnaban las cercanas puertas transformasen sus
naturales perfumes. El agua de las lluvias, cayendo por las gárgolas y
canalones de los tejados, dormía en dos profundas albercas de piedra. El
cubo del jardinero rompía un instante la capa verdosa de su superficie,
dejando ver el azul negruzco de las grandes profundidades; pero apenas
extinguidos los círculos excéntricos de la inmersión, volvían a
aproximarse y a confundirse las verdes lentejas, y otra vez desaparecía
el agua bajo su mortaja vegetal, sin un estremecimiento, sin un susurro,
muerta e inmóvil como el templo en el silencio de la tarde.
En la fiesta del Corpus y en la de la Virgen del Sagrario, a mediados de
agosto, la gente acudía con cántaros al jardín y el señor Esteban
permitía que los llenasen en las dos cisternas. Era una antigua
costumbre que apreciaban los viejos toledanos, haciéndose lenguas de la
frescura del agua de la catedral, condenados como estaban el resto del
año al líquido terroso del Tajo. Otras veces entraba la gente en el
jardín para proporcionar algunas ganancias al señor Esteban. Las devotas
le encargaban ramos para sus imágenes o compraban tiestos de flores,
creyéndolos preferibles a los de los cigarrales, por ser de la Iglesia
Primada. Las viejas pedían ramas de laurel para guisos y medicinas
caseras. Estos ingresos, unidos a las dos pesetas que el cabildo había
asignado al jardinero después de la fatal desamortización, servían al
señor Esteban para sacar la familia adelante. Próximo ya a la vejez
había tenido su tercer hijo, Gabriel, un pequeñuelo que a los cuatro
años llamaba la atención de las mujeres de las Claverías. Su madre
afirmaba con fe ciega que era el «vivo retrato» del Niño Jesús que
llevaba en brazos la Virgen del Sagrario. Su hermana Tomasa, casada con
el _Azul de la Virgen_ y autora de una numerosa familia que ocupaba casi
la mitad del claustro alto, hacíase lenguas del talento de su sobrinillo
cuando apenas sabía hablar y de la unción infantil con que contemplaba
las imágenes.
--Parece un santo--decía a sus amigas--. Hay que ver la seriedad con que
repite las oraciones.... Gabrielillo llegará a ser algo. ¡Quién sabe si
le veremos obispo! Monaguillos he conocido yo, cuando mi padre estaba
encargado de la sacristía, que ya usan mitra, y puede que algún día los
tengamos en Toledo.
El coro de halagos y alabanzas rodeaba desde sus primeros años al niño
como una nube de incienso. La familia vivía para él. El señor Esteban,
padre al uso latino, que amaba a sus hijos pero se mostraba con ellos
sombrío y amenazador para que creciesen rectos, sentía ante el pequeño
un retoñamiento de juventud, y jugueteaba con él, prestándose sonriente
a todos sus caprichos. La madre abandonaba las faenas de la casa para no
contrariar a Gabriel, y los hermanos estaban pendientes de sus
balbuceos. El mayor, Tomás, mocetón silencioso que había reemplazado a
su padre en el cuidado del jardín e iba descalzo en pleno invierno por
los arriates y las ásperas losas de los andenes, subía con frecuencia
manojos de hierbas olorosas para que juguetease con ellas su hermanillo.
Esteban, el segundo, que tenía trece años y gozaba de cierto prestigio
entre los monaguillos de la catedral por la escrupulosidad con que
ayudaba las misas, asombraba a Gabriel con su sotana roja y el roquete
encañonado, y le ofrecía cabos de vela y estampitas de colores
sustraídas del breviario de algún canónigo.
Algunas veces le entraba en brazos en el departamento de los gigantones,
una vasta sala entre los contrafuertes y los botareles de las naves,
atravesada por arbotantes de piedra. Allí estaban los héroes de las
antiguas fiestas: el Cid gigantesco, con su espadón, y las cuatro
parejas representando otras tantas partes del mundo, enormes figurones
con los vestidos apolillados y la cara resquebrajada que habían alegrado
las calles de Toledo, pudriéndose ahora en los tejados de la catedral.
En un rincón estaba la Tarasca, espantable monstruo de cartón que abría
sus fauces asustando a Gabriel, mientras sobre su lomo rugoso giraba
locamente una muñeca desmelenada e impúdica, que la religiosidad de
otros siglos había bautizado con el nombre de Ana Bolena.
Cuando Gabriel fue a la escuela, todos se asombraron de sus progresos.
La chiquillería del claustro alto, que tanto enfadaba al _Vara de
plata_, sacerdote encargado de la dirección y buen orden de la tribu
establecida en los tejados de la catedral, admiraba al pequeño Gabriel
como un prodigio. Aún no sabía andar y ya leía de corrido. A los siete
años comenzó a rumiar el latín, dominándole rápidamente, como si en su
vida no hubiese hablado otra cosa; a los diez disputaba con los clérigos
que frecuentaban el jardín, los cuales se gozaban en oponerle objeciones
y dificultades.
El señor Esteban, cada vez más encorvado y débil, sonreía satisfecho
ante su última obra. ¡Iba a ser la gloria de la casa! Se llamaba Luna, y
podía aspirar a todo sin miedo, pues hasta papas había en la familia.
Los canónigos llevábanse al pequeño a la sacristía, antes del coro,
para hacerle preguntas sobre sus estudios. Un clérigo de las oficinas
del arzobispado lo presentó al cardenal, quien después de oírle le dio
un puñado de almendras y la esperanza de ocupar una beca para que
hiciese gratuitamente sus estudios en el Seminario.
Los Luna y sus parientes más o menos cercanos, que formaban casi el
total de la población del claustro alto, se regocijaron con este
ofrecimiento. ¿Qué otra cosa podía ser Gabriel sino sacerdote? Para
aquellas gentes, pegadas desde que nacían al templo, cual excrecencias
de la piedra, y que consideraban a los arzobispos de Toledo los seres
más poderosos del mundo después del Papa, el único lugar digno de un
hombre de talento era la Iglesia.