--Pero lo cierto fue--continuó al poco rato--que caíste en l

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LA CATEDRAL

Vicente Blasco Ibáñez

Portada de C. SANROMA

Primera edición: Enero, 1978

Editado por PLAZA & JANES, S.A., Editores

Virgen de Guadalupe, 21-33. Esplugas de Llobregat (Barcelona)

Printed in Spain--Impreso en España

ISBN: 84-01-48014-0--Depósito Legal: B. 134-1978

GRAFICAS GUADA, S.A.--Virgen de Guadalupe, 33

I

Comenzaba a amanecer cuando Gabriel Luna llegó ante la catedral. En las

estrechas calles toledanas todavía era de noche. La azul claridad del

alba, que apenas, lograba deslizarse entre los aleros de los tejados, se

esparcía con mayor libertad en la plazuela del Ayuntamiento, sacando de

la penumbra la vulgar fachada del palacio del arzobispo y las dos torres

encaperuzadas de pizarra negra de la casa municipal, sombría

construcción de la época de Carlos V.

Gabriel paseó largo rato por la desierta plazuela, subiéndose hasta las

cejas el embozo de la capa, mientras tosía con estremecimientos

dolorosos. Sin dejar de andar, para defenderse del frío, contemplaba la

gran puerta llamada del Perdón, la única fachada de la iglesia que

ofrece un aspecto monumental. Recordaba otras catedrales famosas,

aisladas, en lugar preeminente, presentando libres todos sus costados,

con el orgullo de su belleza, y las comparaba con la de Toledo, la

iglesia-madre española, ahogada por el oleaje de apretados edificios que

la rodean y parecen caer sobre sus flancos, adhiriéndose a ellos, sin

dejarla mostrar sus galas exteriores más que en el reducido espacio de

las callejuelas que la oprimen. Gabriel, que conocía su hermosura

interior, pensaba en las viviendas engañosas de los pueblos orientales,

sórdidas y miserables por fuera, cubiertas de alabastros y filigranas

por dentro. No en balde habían vivido en Toledo, durante siglos, judíos

y moros. Su aversión a las suntuosidades exteriores parecía haber

inspirado la obra de la catedral, ahogada por el caserío que se empuja y

arremolina en torno de ella como si buscase su sombra.

La plazuela del Ayuntamiento era el único desgarrón que permitía al

cristiano monumento respirar su grandeza. En este pequeño espacio de

cielo libre, mostraba a la luz del alba los tres arcos ojivales de su

fachada principal y la torre de las campanas, de enorme robustez y

salientes aristas, rematada por la montera del «alcuzón», especie de

tiara negra con tres coronas, que se perdía en el crepúsculo invernal

nebuloso y plomizo.

Gabriel contemplaba con cariño el templo silencioso y cerrado, donde

vivían los suyos y había transcurrido lo mejor de su vida. ¡Cuántos años

sin verlo! ¡Con qué ansiedad aguardaba a que abriesen sus puertas...!

Había llegado a Toledo la noche anterior en el tren de Madrid. Antes de

encerrarse en un cuartucho de la «Posada de la Sangre»--el antiguo

«Mesón del Sevillano», habitado por Cervantes--había sentido una ansiosa

necesidad de ver la catedral; y pasó más de una hora en torno de ella,

oyendo el ladrido del perro que guardaba el templo y rugía alarmado al

percibir ruido de pasos en las callejuelas inmediatas, muertas y

silenciosas. No había podido dormir. Le quitaba el sueño verse en su

tierra después de tantos años de aventuras y miserias. De noche aún,

salió del mesón para aguardar cerca de la catedral el momento en que la

abrieran.

Para entretener la espera, iba repasando con la vista las bellezas y

defectos de la portada, comentándolos en alta voz, como si quisiera

hacer testigos de sus juicios a los bancos de piedra de la plaza y sus

tristes arbolillos. Una verja rematada por jarrones del siglo XVIII se

extendía ante la portada, cerrando un atrio de anchas losas, en el cual

verificábanse en otros tiempos las aparatosas recepciones del cabildo y

admiraba la muchedumbre los gigantones en días de gran fiesta.

El primer cuerpo de la fachada estaba rasgado en el centro por la puerta

del Perdón, arco ojival enorme y profundo, que se estrecha siguiendo la

gradación de sus ojivas interiores, adornadas con imágenes de apóstoles,

calados doseletes y escudos con leones y castillos. En el pilar que

divide las dos hojas de la puerta, Jesús, con corona y manto de rey,

flaco, estirado, con el aire enfermizo y mísero que los imagineros

medioevales daban a sus figuras para expresar la divina sublimidad. En

el tímpano, un relieve representaba a la Virgen rodeada de ángeles,

vistiendo una casulla a San Ildefonso, piadosa leyenda repetida en

varios puntos de la catedral, como si fuese el mejor de los blasones. A

un lado, la puerta llamada de la Torre; al otro, la de los Escribanos,

por la que entraban en otros tiempos, con gran ceremonia, los

depositarios de la fe pública a jurar el cumplimiento de su cargo; las

dos con estatuas de piedra en sus jambas y rosarios de figurillas y

emblemas que se desarrollaban entre las aristas hasta llegar a lo más

alto de la ojiva.

Encima de estas tres puertas, de un gótico exuberante, se elevaba el

segundo cuerpo, de arquitectura grecorromana y construcción casi

moderna, causando a Gabriel Luna la misma molestia que si un trompetazo

discordante interrumpiese el curso de una sinfonía. Jesús y los doce

apóstoles, todos de tamaño natural, estaban sentados a la mesa, cada uno

en su hornacina, encima de la portada del centro, limitados por dos

contrafuertes como torres que partían la fachada en tres partes. Más

allá extendían sus arcadas de medio punto dos galerías de palacio

italiano, a las que más de una vez se había asomado Gabriel cuando

jugaba, siendo niño, en la vivienda del campanero.

«La riqueza de la iglesia--pensaba Luna--fue un mal para el arte. En un

templo pobre se hubiese conservado la uniformidad de la fachada antigua.

Pero cuando los arzobispos de Toledo tenían once millones de renta y

otros tantos el cabildo, y no se sabía qué hacer del dinero, se

iniciaban obras, se hacían reconstrucciones, y el arte decadente paría

mamarrachos como la Cena.»

A continuación se elevaba el tercer cuerpo, dos grandes arcos que daban

luz al rosetón de la nave central, coronado todo por una barandilla de

calada piedra que seguía las sinuosidades de la fachada entre las dos

masas salientes que la resguardan: la torre y la capilla Mozárabe.

Gabriel cesó en su contemplación, viendo que no estaba solo ante el

templo. Era casi de día. Pasaban rozando la verja algunas mujeres con la

cabeza baja y la mantilla sobre los ojos. En las baldosas de la acera

sonaban las muletas de un cojo, y más allá de la torre, bajo el gran

arco que pone en comunicación el palacio del arzobispo con la catedral,

reuníanse los mendigos para tomar sitio en la puerta del claustro.

Devotas y pordioseros se conocían. Eran todas las mañanas los primeros

ocupantes del templo. Este encuentro diario establecía en ellos cierta

fraternidad, y entre carraspeos y toses se lamentaban del frío de la

mañana y de lo tardo que era el campanero en bajar a la iglesia.

Se abrió una puerta más allá del arco del Arzobispo, la de la escalera

que conducía a la torre y las habitaciones del claustro alto, ocupadas

por los empleados del templo. Un hombre atravesó la calle agitando un

gran manojo de llaves, y rodeado de la clientela madrugadora comenzó a

abrir la puerta del claustro bajo, estrecha y ojival como una saetera.

Gabriel le conocía: era Mariano el campanero; y para evitar que pudiese

verle, permaneció inmóvil en la plaza, dejando que se precipitasen por

la puerta del Mollete las gentes ansiosas de penetrar en la Primada,

como si pudieran robarlas el sitio.

Por fin se decidió a seguirlas, y bajó los siete escalones del claustro,

pues la catedral, edificada en un barranco, se halla más baja que las

calles contiguas.

Todo estaba lo mismo. A lo largo de los muros, los grandes frescos de

Bayeu y Maella representando los trabajos y grandezas de San Eulogio,

sus predicaciones en tierra de moros y las crueldades de la gente infiel

de gran turbante y enormes bigotes que golpea al santo. En la parte

interior de la puerta del Mollete, el horrendo martirio del niño de La

Guardia, la leyenda nacida a la vez en varios pueblos católicos al calor

del odio antisemita: el sacrificio del niño cristiano por judíos de

torva catadura, que lo roban de su casa y lo crucifican para arrancarle

el corazón y beber su sangre.

La humedad iba descascarillando y borrando gran parte de esa pintura

novelesca que orlaba la ojiva como la portada de un libro; pero Gabriel

aún vio la horrible cara del judío puesto al pie de la cruz y el gesto

feroz del otro que, con el cuchillo en la boca, se inclina para

entregarle el corazón del pequeño mártir: figuras teatrales que más de

una vez habían turbado sus ensueños de niño.

El jardín, que se extiende entre los cuatro pórticos del claustro,

mostraba en pleno invierno su vegetación helénica de altos laureles y

cipreses, pasando sus ramas por entre las verjas que cierran los cinco

arcos de cada lado hasta la altura de los capiteles. Gabriel miró largo

rato el jardín, que está más alto que el claustro. Su cara se hallaba al

nivel de aquella tierra que en otros tiempos había trabajado su padre.

Por fin volvía a ver aquel rincón de verdura; el patio convertido en

vergel por los canónigos de otros siglos. Su recuerdo le había

acompañado cuando paseaba por el inmenso Bosque de Bolonia y por el

Hyde-Park de Londres. Para él, el jardín de la catedral de Toledo

resultaba el más hermoso de los jardines, por ser el primero que había

visto en su vida.

Los pordioseros sentados en los escalones de la puerta le miraban

curiosamente, sin atreverse a tenderle la mano. No sabían si aquel

desconocido madrugador, con capa raída, sombrero ajado y botas viejas,

era un curioso o uno del oficio que buscaba sitio en la catedral para

pedir limosna.

Molestado por este espionaje, Luna siguió adelante por el claustro,

pasando ante las dos puertas que lo ponen en comunicación con el templo.

La llamada de la Presentación, toda de piedra blanquísima, es una alegre

muestra del arte plateresco, cincelada cual una joya, con adornos

caprichosos y alegres de juguete. A continuación venía el respaldo del

hueco de la escalera por la que los arzobispos descienden desde su

palacio a la iglesia, un muro de junquillos góticos y grandes escudos, y

casi a ras del suelo, la famosa «piedra de luz», delgada lámina de

mármol transparente como un vidrio, que alumbra la escalera y es la

principal admiración de los rústicos que visitan el claustro. Después,

la puerta de Santa Catalina, negra y dorada, con gran riqueza de

follajes policromos, castillos y leones en las jambas y dos estatuas de

profetas.

Gabriel se alejó algunos pasos, viendo que por la parte de adentro

abrían el postigo de esta portada. Era el campanero, que acababa de dar

la vuelta al templo, abriendo todas sus puertas. Salió un perrazo

estirando el cuello, como si fuese a: ladrar de hambre; después, dos

hombres con la gorra hasta las cejas, envueltos en capas de pañol pardo.

El campanero sostuvo la cancela para que saliesen.

--¡Vaya, buenos días, Mariano!--dijo uno de ellos a guisa de despedida.

--Buenos nos los dé Dios... y dormir bien.

Gabriel reconoció a los guardianes nocturnos de la catedral. Encerrados

en el templo desde la tarde anterior, se retiraban a sus casas a dormir.

El perro emprendía el camino del Seminario para devorar las sobras de la

comida de los estudiantes, hasta que le buscasen los guardianes para

encerrarse de nuevo.

Luna bajó los peldaños de la portada y entró en la catedral. Apenas

hubo pisado las baldosas del pavimento, sintió en el rostro la caricia

fría y un tanto pegajosa de aquel ambiente de bodega subterránea. En el

templo todavía era de noche. Arriba, las vidrieras de colores de los

centenares de ventanas que, escalonándose, dan luz a las cinco naves,

brillaban con la luz del amanecer. Eran como flores mágicas que se

abrían a los primeros resplandores del día. Abajo, entre las enormes

pilastras que formaban un bosque de piedra, reinaba la obscuridad,

rasgada a trechos por las manchas rojas y vacilantes de las lámparas que

ardían en las capillas haciendo temblar las sombras. Los murciélagos

revoloteaban en las encrucijadas de las columnas, queriendo prolongar

algunos instantes su posesión del templo, hasta que se filtrase por las

vidrieras el primer rayo de sol. Pasaban volando sobre las cabezas de

las devotas que, arrodilladas ante los altares, rezaban a gritos,

satisfechas de estar en la catedral a aquella hora como en su propia

casa. Otras hablaban con los acólitos y demás servidores del templo que

iban entrando por todas las puertas, soñolientos y desperezándose como

obreros que acuden al taller. En la obscuridad deslizábanse las manchas

negras de algunos manteos camino de la sacristía, deteniéndose con

grandes genuflexiones ante cada imagen; y a lo lejos, invisible en la

obscuridad, adivinábase al campanero, como un duende incansable, por el

ruido de sus llaves y el chirriar de las puertas que iba abriendo.

Despertaba el templo. Sonaban como cañonazos los golpes de las puertas,

repitiéndolos el eco de nave en nave. Una escoba comenzó a barrer por la

parte de la sacristía, produciendo el ruido de una enorme sierra. La

iglesia vibraba con los golpes de algunos monaguillos que sacudían el

polvo a la famosa sillería del coro. Parecía desperezarse la catedral

con los nervios excitados: el menor frote le arrancaba quejidos.

Los pasos resonaban con eco gigantesco, como si se conmovieran todos los

sepulcros de reyes, arzobispos y guerreros ocultos bajo sus baldosas.

El frío era más intenso en la iglesia que fuera de ella. Uníase a la

baja temperatura la humedad de su suelo atravesado por las alcantarillas

de desagüe, el rezumar de ocultos y subterráneos estanques, que manchaba

el pavimento y hacía toser a los canónigos en el coro, «acortando su

vida», como decían ellos quejumbrosamente.

La luz de la mañana comenzaba a esparcirse por las naves. Salía de la

sombra la inmaculada blancura de la catedral toledana, la nitidez de su

piedra, que hace de ella el más alegre y hermoso de los templos. Se

marcaban con toda su elegante y atrevida esbeltez las ochenta y ocho

pilastras robustos haces de columnas que suben audazmente cortando el

espacio, blancos como si fuesen de nieve solidificada, y esparcen y

entrecruzan sus nervios para sostener las bóvedas. En lo alto se abrían

los grandes ventanales, con sus vidrieras que parecen jardines mágicos

cubiertos de flores de luz.

Gabriel se había sentado en el zócalo de una pilastra, entre dos

columnas, pero a los pocos instantes tuvo que ponerse de pie. La humedad

de la piedra, el frío de tumba que circulaba por toda la catedral, le

penetraba hasta los huesos. Anduvo por las naves, llamando la atención

de las devotas, que interrumpían sus rezos al verle. Un forastero a

aquellas horas, que eran las de los familiares de la iglesia, excitaba

su curiosidad. El campanero se cruzó varias veces con él, siguiéndole

con mirada inquieta, como si le inspirase poca confianza aquel

desconocido de mísero aspecto vagando a la hora en que las riquezas de

las capillas no pueden ser vigiladas.

Otro hombre tropezó con él cerca del altar mayor. Luna lo conoció. Era

Eusebio, el sacristán de la capilla del Sagrario, el _Azul de la

Virgen_, como se le llamaba entre la gente de la catedral por el traje

color celeste que vestía en los días de ceremonia. Seis años iban

transcurridos desde que Gabriel le vio por última vez, y no había

olvidado su corpachón mantecoso, la cara granujienta, de frente angosta

y rugosa, orlada de pelos hirsutos, y el cuello taurino, que apenas si

le permitía respirar, convirtiendo sus aspiraciones en un resoplido de

fuelle. Todos los empleados que vivían en el claustro alto envidiaban su

cargo, por ser el más productivo y por el favor de que gozaba cerca del

arzobispo y los canónigos.

El _Azul_ consideraba el templo como de su propiedad, faltándole poco

para arrojar de él a los que le inspiraban antipatía. Al ver a un

vagabundo paseando por la iglesia, fijó en él los ojos insolentes,

haciendo un esfuerzo por levantar sus cejas abultadas. ¿Dónde había

visto a aquel pájaro raro? Gabriel notó su esfuerzo por concentrar la

memoria, y evitó el ser examinado, volviéndose de espaldas para mirar

con falsa atención un retablo colocado en una pilastra.

Huyendo de la recelosa curiosidad que despertaba su presencia en el

templo, salió al claustro. Allí estaba mejor, completamente aislado. Los

pordioseros charlaban sentados en los escalones de la puerta del

Mollete. Pasaban por entre ellos los curas, embozados en el manteo,

entrando apresuradamente en la catedral por la puerta de la

Presentación. Los mendigos les saludaban por sus nombres, sin tenderles

la mano. Los conocían, eran de la casa, y entre amigos no se mendiga.

Ellos estaban allí para caer sobre los forasteros, y aguardaban

pacientemente la hora de los «ingleses», pues sólo de Inglaterra podían

ser todos los extranjeros que llegaban de Madrid en el tren de la

mañana.

Gabriel se mantenía cerca de la puerta, sabiendo que por ella entraban

los que vivían en el claustro alto. Atravesaban el arco del Arzobispo, y

siguiendo la escalera abierta en el palacio, bajaban a la calle,

entrando en la catedral por la puerta del Mollete. Luna, que conocía

toda la historia del famoso templo, recordaba el origen del nombre de la

puerta. Primitivamente se llamó de la Justicia, porque en ella daba

audiencias el vicario general del Arzobispado. Luego la llamaron del

Mollete, porque todos los días, después de la misa mayor, el preste, con

acólitos y pertigueros, se presentaba en ella a bendecir los panes de

media libra o molletes que se repartían entre los pobres. Seiscientas

fanegas de trigo--según recordaba Luna--se gastaban todos los años en

esta limosna: pero era en los tiempos que la catedral cobraba todos los

años más de once millones de renta.

Molestaban a Gabriel las miradas curiosas de los clérigos y beatas que

entraban en la iglesia. Eran gentes acostumbradas a verse todos los

días, siempre las mismas, a idéntica hora, y sentían revuelta su

curiosidad cuando un rostro extraño alteraba la monotonía de su

existencia.

Retirábase hacia el fondo del claustro, cuando algunas palabras de los

mendigos le hicieron retroceder.

--Ahí viene el _Vara de palo_ viejo.

--¡Buenos días, señor Esteban!

Un hombre pequeño, vestido de negro y rasurado como un clérigo, bajó los

peldaños.

--¡Esteban...! ¡Esteban...!--dijo Luna interponiéndose entre él y la

puerta de la Presentación.

El _Vara de palo_ le miró con sus ojos claros que parecían de ámbar:

unos ojos pasivos, de hombre acostumbrado a permanecer largas horas en

la catedral sin que la más leve rebeldía de pensamiento llegase a turbar

su inmovilidad beatífica. Dudó largo rato, como si no pudiese creer en

la remota semejanza de aquella cara pálida y descarnada con otra que

existía en su memoria; pero al fin se convenció de la identidad con

dolorosa sorpresa.

--¡Gabriel...!, ¡hermano mío! Pero ¿eres tú?

Y su rostro rígido de servidor del templo, que parecía haber tomado la

inmovilidad de las pilastras y las estatuas, se animó con una sonrisa

cariñosa.

Los dos, estrechándose las manos, se alejaron por el claustro.

¿Cuándo has venido...? Pero ¿en dónde has estado...? ¿Qué vida es la

tuya? ¿A qué vienes?

El _Vara de palo_ expresaba su sorpresa con incesantes preguntas, sin

dar tiempo a que su hermano las contestase.

Gabriel explicó su llegada en la noche anterior; su permanencia ante la

iglesia desde antes de amanecer, esperando el momento de ver a su

hermano.

--Ahora vengo de Madrid; pero antes he estado en muchos sitios: en

Inglaterra, en Francia, en Bélgica, ¿quién sabe dónde? He rodado de un

pueblo a otro, siempre luchando con el hambre y con la crueldad de los

hombres. Me siguen los pasos la miseria y la policía. Cuando me detengo,

anonadado por esta existencia de Judío Errante, la Justicia, en nombre

del miedo, me grita que ande, y vuelvo a emprender la marcha. Soy un

hombre temible, así como me ves, Esteban: enfermo, con el cuerpo

arruinado antes de la vejez y la certeza de morir muy pronto. Ayer

mismo, en Madrid, me dijeron que iría de nuevo a la cárcel si prolongaba

allí mi estancia, y por la tarde tomé el tren. ¿Dónde ir? El mundo es

grande; mas para mí y otros rebeldes como yo se achica, se comprime,

hasta no dejar un palmo de terreno en que poner los pies. En la tierra

sólo me quedas tú y este rincón tranquilo y silencioso donde vives

feliz. En tu busca vengo; si me rechazas, no me queda más sitio para

morir que la cárcel o un hospital, si es que quieren recibirme en él al

conocer mi nombre.

Y Gabriel, fatigado por sus palabras, tosía dolorosamente, resonando su

pecho como si el aire se deslizase por tortuosas cavernas. Se expresaba

con vehemencia, moviendo instintivamente los brazos, como hombre

habituado de larga fecha a hablar en público, ardiendo con la llama del

proselitismo.

--¡Ah, hermano... hermano!--dijo Esteban con expresión de cariñoso

reproche--. ¿De qué te ha servido tanto leer periódicos y libros? ¿Para

qué ese deseo de arreglar lo que está bien, o si está mal no tiene

arreglo posible...? De seguir tranquilamente tu camino, serías

beneficiado de la catedral, y ¡quién sabe si te sentarías en el coro,

entre los canónigos, para honra y amparo de la familia...! Siempre

tuviste mala cabeza, por lo mismo que eres el más listo de entre

nosotros. ¡Maldito talento que a tales miserias conduce...! ¡Lo que yo

he sufrido, hermano, enterándome de tus cosas! ¡Cuántas amarguras desde

la última vez que pasaste por aquí! Te creía contento y feliz en la

imprenta de Barcelona, corrigiendo libros, con aquel sueldazo que era

una fortuna comparado con lo que aquí ganamos. Algo me escamaba leer tu

nombre con tanta frecuencia en los periódicos, unido a esos _metinges_

en los que se pide el reparto de todo, la muerte de la religión y la

familia, y qué sé yo cuántos disparates más. El _compañero_ Luna ha

dicho esto, el _compañero_ Luna ha hecho lo otro; y yo ocultaba a la

gente de la casa que el tal _compañero_ fueses tú, adivinando que tantas

locuras acabarían mal, forzosamente mal.... Después... después vino lo

de las bombas.

--Nada tuve que ver en ello--dijo Gabriel con voz triste--. Yo soy un

teórico: abomino de la acción, por prematura e ineficaz.

--Lo sé, Gabriel. Siempre te creí inocente. ¡Tú tan bueno, tan dulce,

que de pequeño nos asombrabas a todos con tu bondad; tú que ibas para

santo, como decía nuestra pobre madre!, ¡matar tú! ¡Y tan traidoramente,

por medio de artefactos del infierno...! ¡Jesús!

Y el _Vara de palo_ calló, como aterrado por él recuerdo de los

atentados en que habían envuelto a su hermano.

--Pero lo cierto fue--continuó al poco rato--que caíste en la redada que

dio el gobierno al ocurrir aquellos sucesos. ¡Lo que yo sufrí una

temporada! De vez en cuando fusilamientos en el foso del castillo que

hay allá, y yo buscaba ansioso en los papeles los nombres de los

sentenciados, siempre esperando encontrar el tuyo. Corrían rumores de

tormentos horribles que se hacían sufrir a los presos para que cantasen

la verdad, y pensaba en tí tan delicado, tan poquita cosa, creyendo que

cualquier mañana te encontrarían muerto en el calabozo. Y aún sufría más

por mi empeño de que aquí no se conociese tu situación. ¡Un Luna, el

hijo del señor Esteban, el antiguo jardinero de la Primada, con el que

conversaban los canónigos y hasta los arzobispos... mezclado entre la

gentuza infernal que quiere destruir el mundo...! Por esto, cuando

Eusebio el _Azul_ y otros chismosillos de la casa me preguntaban si

podrías ser tú el Luna de que hablaban los periódicos, yo decía que mi

hermano estaba en América y que me escribías de tarde en tarde, por

andar ocupado en grandes negocios. ¡Ya ves qué dolor! Esperar que te

matasen de un momento a otro, y no poder hablar, no poder quejarse,

comunicando la pena ni aun a los de la familia... ¡Lo que yo he rezado

ahí dentro...! Acostumbrados los de la casa a ver todos los días a Dios

y los santos, somos algo duros y pecadores; pero la desgracia ablanda el

alma, y yo me dirigí a la que todo lo puede, a nuestra patrona la Virgen

del Sagrario, pidiéndola que se acordase de ti, ya que ibas de niño a

arrodillarte ante su capilla, cuando te preparabas para entrar en el

Seminario.

Gabriel sonrió con dulzura, como admirando la simplicidad de su hermano.

--No rías, te lo ruego: me hace daño tu risa. La excelsa Señora lo hizo

todo en favor tuyo. Meses después supe que a ti y a otros os habían

metido en un barco, con orden de no volver más a España, y... hasta la

hora presente. Ni una carta, ni una noticia buena o mala. Te creía

muerto, Gabriel, en esas tierras lejanas, y más de una vez he rezado por

tu pobre alma, que bien lo necesita.

El _compañero_ mostraba en sus ojos el agradecimiento por estas

palabras.

--Gracias, Esteban. Admiro tu fe, pero cree que no he salido tan bien

como te imaginas de aquella aventura sombría. Mejor hubiese sido morir.

La aureola del martirio vale más que entrar en un calabozo siendo un

hombre y salir hecho un pingajo.

Estoy muy enfermo, Esteban: mi sentencia de muerte es irrevocable. No

tengo estómago, mis pulmones están deshechos, este cuerpo que ves es una

máquina desvencijada que apenas si funciona, y cruje por todos lados

como si las piezas fuesen a separarse y a caer cada una por su lado. La

Virgen que me salvó por tu recomendación bien podía haber intercedido

algo más en favor mío, ablandando a mis guardianes. Los infelices creían

salvar al mundo dando suelta a los instintos de bestia que duermen en

nosotros como restos del pasado... Después, en plena libertad, la vida

ha sido más dolorosa que la muerte. Al volver a España, empujado por la

miseria y las persecuciones, mi existencia ha sido un infierno. No he

podido parar en ningún sitio donde se reúnen hombres. Me acosan como

perros; quieren que viva fuera de las ciudades; me acorralan,

empujándome hacia el monte, hacia el desierto, donde no existen seres

humanos. Parece que soy un hombre temible, más temible que los

desesperados que arrojan bombas, porque hablo, porque llevo en mí una

fuerza irresistible que me hace propagar la Verdad apenas me veo en

presencia de dos desgraciados.... Pero esto se acabó. Puedes

tranquilizarte, hermano. Soy hombre muerto; mi misión tocó a su fin;

pero detrás de mí vendrán otros y otros. El surco está abierto y la

simiente en sus entrañas. ¡Germinal! Así gritó un amigo mío de destierro

cuando en España vio el último rayo de sol desde el tablado del

patíbulo.... Voy a morir, y me creo con derecho al descanso por unos

meses. Quiero gustar por primera vez en mi vida la dulzura del silencio,

de la inmovilidad, del incógnito: no ser nadie, que nadie me conozca; no

inspirar simpatías ni miedo. Quisiera ser una estatua de esa portada,

una pilastra de la catedral, algo inmóvil, sobre cuya superficie

resbalasen el tiempo, las alegrías y las tristezas, sin causar

estremecimientos ni emociones. Anticipar la muerte; ser cadáver que

respira y come, pero que no piensa, ni sufre, ni se entusiasma: ésa

sería para mí la dicha, hermano. No sé adonde ir: los hombres me

esperan más allá de esa puerta para acosarme otra vez... ¿Me quieres

contigo...?

El _Vara de palo_, por toda contestación, empujó cariñosamente a

Gabriel.

--¡Vamos arriba, loco! No morirás; yo te sacaré adelante. Lo que tú

necesitas es calma y cariño. La catedral te curará. Aquí sanarás esa

cabeza enferma, que parece la de Don Quijote. ¿Te acuerdas cuando de

niño nos leías su historia en las veladas...? Anda adelante, fantasioso.

¿Qué te importa a ti que el mundo esté mejor o peor arreglado? Así lo

encontramos, y así será siempre. Lo que importa es vivir cristianamente,

con la certeza de que la otra vida será mejor, ya que es obra de Dios y

no de los hombres. ¡Arriba, vamos arriba!

Y empujando cariñosamente al vagabundo, salieron del claustro por entre

los mendigos, que habían seguido con mirada curiosa la entrevista sin

poder escuchar una palabra. Atravesaron la calle, entrando en la

escalera de la torre. Los peldaños eran de ladrillos rojos y gastados, y

las paredes, pintadas de blanco, estaban cubiertas en todas sus

revueltas de grotescos dibujos y enrevesadas inscripciones de las gentes

que subían a la torre atraídas por la fama de la Campana Gorda.

Gabriel ascendía lentamente, jadeando y deteniéndose en cada tramo.

--Estoy malo, Esteban... muy malo. Este fuelle hace aire por todas

partes.

Después, como arrepentido de su olvido, se apresuró a preguntar:

--¿Y Pepa, tu mujer? Supongo que estará buena....

Se contrajo la frente del empleado de la catedral y sus ojos pusiéronse

vidriosos, como si fuese a llorar.

--Murió--dijo con laconismo sombrío.

Gabriel se detuvo, agarrándose a la barandilla, como inmovilizado por la

sorpresa. Después de un corto silencio, añadió, con el deseo de consolar

a su hermano:

Pero Sagrario, mi sobrina, estará hecha una hermosura. La última vez

que la vi parecía una reina, con su moño rubio y aquella carita

sonrosada, de vello dorado, como un albaricoque de los cigarrales. ¿Se

casó con el cadete o está con tigo?

El _Vara de palo_ puso el gesto más sombrío y miró a su hermano

torvamente.

--Murió también--dijo con sequedad.

--¿También Sagrario ha muerto?--preguntó; Gabriel con extrañeza.

--Ha muerto para mí, y es lo mismo.... Hermano, por lo que más quieras

en el mundo, no me hables de ella.

Gabriel comprendió que despertaba una pena grande con sus preguntas y no

dijo más, emprendiendo de nuevo la ascensión. En la vida de su hermano

había ocurrido algo grave durante su ausencia: uno de estos sucesos que

disuelven las familias y separan para siempre a los que sobreviven.

Atravesaron la galería cubierta del arco del Arzobispo y entraron en el

claustro alto, llamado las Claverías: cuatro pórticos iguales en la

longitud a los del claustro bajo, pero desnudos de toda decoración y con

un aspecto mísero. El pavimento era de ladrillos gastados y rotos. Los

cuatro lados que daban sobre el jardín tenían una barandilla entre las

chatas columnas que sostenían la techumbre de añejas vigas. Era una obra

provisional, de tres siglos antes, que había quedado para siempre en tal

estado. A lo largo de las paredes enjalbegadas abríanse sin simetría las

puertas y ventanas de las habitaciones que venían ocupando los

servidores de la catedral, transmitiéndose oficio y vivienda de padres a

hijos. El claustro, con sus pórticos bajos, ofrecía el aspecto de cuatro

calles, cada una de las cuales sólo tenía una fila de casas. Enfrente

estaba la chata columnata, sobre cuyas barandillas asomaban sus copas

puntiagudas los cipreses del jardín. Por encima del tejado del claustro

veíanse las ventanas de la segunda fila de habitaciones, pues casi

todas las casas de las Claverías tenían dos pisos.

Era un pueblo que vivía sobre la catedral al nivel de los tejados, y al

llegar la noche y cerrarse la escalera de la torre quedaba aislado de la

ciudad. La tribu semieclesiástica se procreaba y moría en el corazón de

Toledo, sin bajar a sus calles, adherida por tradicional instinto a

aquella montaña de piedra blanca y calada, cuyos arcos la servían de

refugio. Vivía saturada del olor del incienso y respiraba el perfume

especial de moho y hierro viejo de las catedrales, sin más horizonte que

las ojivas de enfrente o el campanario, que aplastaba con su mole un

pedazo del cielo que se veía desde el claustro alto.

El _compañero_ Luna creyó retroceder de golpe a la niñez. Chicuelos

semejantes al Gabriel de otros tiempos corrían jugando por las cuatro

galerías o se sentaban encogidos en la parte del claustro bañada por los

primeros rayos del sol. Mujeres que le recordaban a su madre sacudían

sobre el jardín las mantas de las camas o barrían los rojos ladrillos

inmediatos a sus viviendas. El _compañero_ vio aún borrosos en la pared

dos monigotes que había pintado con carbón cuando tenía ocho años. Sin

los pequeñuelos que gritaban y reían persiguiéndose, se hubiera creído

que la vida estaba en suspenso en este rincón de la catedral, como si en

aquel pueblo casi aéreo no naciese ni muriese nadie.

El _Vara de palo_, cejijunto y sombrío desde las últimas palabras, quiso

dar algunas explicaciones a su hermano.

--Vivo en nuestra casa de siempre. Me la han dejado en consideración a

la memoria del padre. Hay que agradecerlo a los señores del cabildo,

teniendo en cuenta que no soy más que un triste _Vara de palo_.... Desde

que ocurrió la «desgracia» tengo una vieja que arregla la casa, y además

vive conmigo don Luis, el maestro de capilla. Ya le conocerás: un

sacerdote joven, de mucho valer, que aquí está obscurecido; un alma de

Dios, al que tienen por un loco en la catedral y vive como un ángel.

Entraron en la casa de los Luna, que era de las mejores de las

Claverías. Junto a la puerta, dos hileras de macetas en forma de

relojera, clavadas al muro, dejaban pender las cabelleras verdes de sus

plantas. Dentro, en la sala que servía de recibimiento, Gabriel lo

encontró todo lo mismo que en vida de sus padres. Las paredes blancas,

que con los años habían tomado un moreno color de hueso, estaban

adornadas con grabados antiguos de santos. La sillería de caoba,

brillante por el continuo frote, ofrecía cierto aspecto de juventud, que

contrastaba con sus curvas de principios de siglo y sus asientos

próximos a desfondarse. Por una puerta entreabierta se veía la cocina,

en la que había entrado su hermano para dar órdenes a una mujer vieja de

aspecto tímido. En un rincón de la sala estaba enfundada una máquina de

coser. Luna había visto trabajando en ella a su sobrina la última vez

que pasó por la catedral. Era el recuerdo permanente que había dejado la

«pequeña» después de aquella catástrofe que despertaba en el padre un

dolor sombrío. Al través de una ventana de la sala veía Gabriel el patio

interior, que hacía apetecible aquella habitación entre todas las de las

Claverías: un espacio de cielo libre, con los cuartos superiores

sostenidos por cuatro filas de delgadas columnas de piedra, que daban al

patio el aspecto de un pequeño claustro.

Esteban volvió a reunirse con su hermano.

--Tú dirás lo que quieres almorzar. En la cocina todo está listo. Pide,

hombre, pide por esa boca. Aunque pobre, he de poder poco si no te saco

a flote, quitándote ese aspecto de muerto resucitado.

Gabriel sonrió tristemente.

--Es inútil que te esfuerces. Mi estómago acabó. Le basta con un poco de

leche, y gracias que lo admita.

Esteban dio órdenes a la vieja para que bajase a la ciudad en busca de

leche, y cuando iba a sentarse al lado de su hermano, se abrió la

puerta que daba al claustro, asomando por ella una cabeza de hombre

joven.

--¡Buenos días, tío!--exclamó.

Tenía un perfil achatado y perruno; los ojos eran de malicia, y peinaba

lustrosos tufos pegados arriba de las orejas.

--Pasa perdido, pasa--dijo el _Vara de palo_.

Y añadió, dirigiéndose a su hermano:

--¿Sabes quién es éste...? ¿No? Pues el hijo de nuestro pobre hermano,

que Dios tenga en su gloria. Vive en las habitaciones altas del claustro

con su madre, que lava la ropa de coro de los señores canónigos y riza

unas sobrepellices que da gozo verlas.... Tomás, muchacho, saluda al

señor. Es tu tío Gabriel, que acaba de llegar de América, y de París, ¡y

qué sé yo de dónde! De tierras que están muy lejos, muy lejos.

El muchacho saludó a Gabriel, algo intimidado por la cara triste y

enferma de aquel pariente, del que había oído hablar a su madre como de

un ser misterioso y novelesco.

--Aquí donde lo ves--prosiguió Esteban dirigiéndose a su hermano y

mostrándole al muchacho--, es la peor cabeza de la catedral. El señor

canónigo Obrero más de una vez le hubiese puesto de patitas en la calle

si no fuese por consideración a la memoria de su padre y de su abuelo y

al apellido que lleva, pues todos saben que los Luna son antiguos en la

catedral como las piedras de sus muros.... No se le ocurre calaverada

que no la realice: en plena sacristía jura como un impío a espaldas de

los señores beneficiados. ¡No digas que no, granuja!

Y le amenazaba con una mano, entre severo y risueño, como si en el fondo

de su pensamiento le hiciesen cierta gracia las faltas del sobrino. Éste

acogía la reprimenda con muecas que agitaban su cara de movilidad

simiesca y sin bajar los ojos, que tenían una fijeza insolente.

--Es una mala vergüenza--continuó el tío--que te peines así, como la

chulería de la corte que viene a Toledo en las grandes fiestas. En la

buena época de la catedral ya te hubiesen pelado al rape. Pero como en

estos tiempos de desamortización, libertad y desgracias, nuestra santa

iglesia es pobre como una rata, la miseria no deja humor a los señores

del cabildo para fijarse en detalles, y todo anda abajo que da lástima.

¡Qué abandono, Gabriel! ¡Si lo vieras! Esto parece una oficina como esas

de Madrid adonde va la gente a cobrar y echa a correr en seguida. La

catedral es hermosa como siempre, pero no se encuentra por parte alguna

la majestad del culto del Señor. Lo mismo dice el maestro de capilla,

indignándose al ver que en las grandes fiestas sólo toman asiento en

medio del coro hasta media docena de músicos. La gente joven que vive en

las Claverías no tiene amor a nuestra Primada y se queja de lo cortos

que son los sueldos, sin tener en cuenta el temporal que aguanta la

religión. Si esto continúa, no me extrañará ver a este pájaro y a otros

tan tunantes como él jugando a la rayuela en el crucero... ¡Dios me

perdone!

Y el simple _Vara de palo_ hizo un gesto escandalizándose de sus

palabras. Después continuó:

--Este señorito, aquí donde lo ves, no está contento con su estado, y

eso que, siendo casi un mocoso, ocupa el cargo que su pobre padre no

pudo conseguir hasta los treinta años. Quiere ser torero, y hasta un

domingo se atrevió a salir en una novillada en la plaza de Toledo. Su

madre bajó desmelenada como una Magdalena a contármelo todo, y yo,

pensando que su padre había muerto y me correspondía hacer sus veces,

aguardé al señor cuando volvía de la plaza echándolas de guapo, y lo

arreé desde la escalera de la torre hasta su habitación con la misma

vara de palo que me sirve en la catedral. Él te dirá si tengo la mano

dura cuando me enfado.... ¡Virgen del Sagrario! ¡Un Luna de la Santa

Iglesia Primada metido a torero! ¡Poco rieron los canónigos y hasta el

señor cardenal, según me han dicho, al conocer el caso! Un beneficiado

de buen humor le apodó desde entonces el _Tato_, y así le llaman todos

en la casa. ¿Has visto, hermano, qué honra proporciona a la familia este

tuno...?

El silenciario pretendía anonadar con su mirada al _Tato_, pero éste

sonreía, sin impresionarse gran cosa con las palabras de su tío.

--Y no creas, Gabriel--continuó--, que a este individuo le falta un

pedazo de pan y por eso hace tales disparates. A pesar de su mala

cabeza, tiene desde los veinte años el cargo de perrero de la santa

catedral: ha llegado adonde sólo se llegaba en tiempos mejores después

de muchos años y buenas agarraderas. Cobra sus seis realitos diarios, y

como anda suelto por la iglesia, puede enseñar las curiosidades a los

forasteros. Con las propinas que le caen está mejor que yo. Los

extranjeros que visitan la catedral, gentes descomulgadas que nos miran

como monos raros y encuentran todo lo nuestro curioso y digno de risa,

se fijan en él. Las inglesas le preguntan si ha sido toreador, y él

¡para qué necesita más...! Al ver que le dan por el gusto, suelta el

saco de las mentiras (porque a embustero nadie le echa la pata encima) y

cuenta las grandes corridas que lleva dadas en Toledo y fuera de él, los

toros que ha muerto... y esos bobalicones de Inglaterra toman nota en

sus álbumes, y hasta alguna rubia patuda dibuja de un trazo la cabeza de

este trapalón. A él lo que le interesa es que le crean las mentiras y al

final le larguen la peseta; le importa poco que esos herejes se vayan a

su tierra propalando que en la catedral de Toledo, en la Iglesia Primada

de las Españas, los empleados son toreros y ayudan a las ceremonias del

culto entre corrida y corrida. Total, que gana más dinero que yo, y a

pesar de esto, se cree postergado en su cargo... ¡Un empleo tan hermoso!

¡Marchar en las grandes procesiones al frente de todos, junto a la gran

manga de la Primada, con una horquilla forrada de terciopelo rojo para

sostenerla si es que cae, y vestido con un ropón de brocado escarlata,

como un cardenal! Hasta se parece en ese traje, según dice el maestro de

capilla, que sabe mucho de tales cosas, a un tal _Diente_ o no sé cómo,

que hace siglos vivía en Italia y bajó al infierno, escribiendo su viaje

en verso.

Sonaron pasos en una angosta escalerilla de caracol que, perforando el

muro, comunicaba el recibimiento con el piso superior.

--Es don Luis--dijo el _Vara de palo_--. Va a decir su misa en la

capilla del Sagrario, y después al coro.

Gabriel se levantó del sofá para saludar al sacerdote. Era pequeño y de

constitución débil, resaltando en él desde el primer golpe de vista la

desproporción entre el cuerpo enfermizo y la cabeza enorme. La frente,

abombada y saliente, parecía aplastar con su peso las facciones morenas

e irregulares, alteradas por la huella de las viruelas. Era feo, y sin

embargo, la expresión de sus ojos azules, el brillo de la dentadura

sana, blanca e igual, que parecía iluminar la boca, y la sonrisa

ingenua, casi infantil, que plegaba los labios, daban a su rostro esa

expresión simpática que revela a los seres sencillos ensimismados en sus

aficiones artísticas.

--¿Conque el señor es ese hermano de quien tanto me ha hablado

usted?--dijo al oír la presentación que hacía Esteban.

Tendió su mano a Gabriel amistosamente. Los dos eran de aspecto

enfermizo: el desequilibrio orgánico parecía atraerles fraternalmente.

--Ya que el señor ha estudiado en el Seminario--dijo el maestro de

capilla--, conocerá algo de música.

--Es lo único que recuerdo de aquellas enseñanzas.

--¡Y al viajar tanto por el mundo, habrá oído cosas buenas...!

--Algo hay de eso. La música es para mí la más grata de las artes.

Entiendo poco de ella, pero «la siento».

--Muy bien, muy bien. Seremos amigos. Ya me contará usted cosas. ¡Cuánto

le envidio por haber corrido el mundo...!

Hablaba como un niño inquieto, sin querer sentarse por más que el

silenciario, en cada una de sus evoluciones por la sala, le ofrecía una

silla. Iba de un lado a otro con el manteo terciado y la teja en la

mano, un pobre sombrero sin rastro de pelo, abollado, con una capa de

grasa en las alas, mísero y viejo como la sotana y los zapatos. A pesar

de esta pobreza, el maestro de capilla tenía cierta elegancia. Su

cabello, demasiado crecido para la costumbre eclesiástica, se

ensortijaba en la cúspide del cráneo. La manera arrogante con que

plegaba el manteo en torno de su cuerpo hacía recordar la capa de los

tenores de ópera. Había en él cierta desenvoltura profana que delataba

al artista sepultado en los hábitos sacerdotales, ansioso por volar

fuera de ellos, abandonándolos a sus pies como una mortaja.

Llegaron a la habitación, como truenos lejanos, algunas campanadas

graves que conmovieron el claustro.

--Tío, que llaman a coro--dijo el _Tato_--. Ya debíamos estar en

la-catedral. Son casi las ocho.

--Es verdad, hombre; tiene gracia que seas tú quien me lo recuerde. En

marcha.

Luego añadió, dirigiéndose al sacerdote músico:

--Don Luis, su misa es a las ocho. Ya hablará después de sus cosas con

Gabriel. Ahora, a la obligación. Hay que sacar para los postres, como

usted dice, ya que en estos tiempos del demonio apenas si da el cargo

para comer.

El maestro de capilla asintió tristemente con un movimiento de cabeza y

salió tras los dos servidores del templo, contrariado, como si le

arrastrasen a un trabajo penoso y antipático. Tarareaba distraídamente

al dar la mano a Gabriel, y éste creyó reconocer un fragmento del

_Septimino_ de Beethoven en la música que, sorda y cortada, salía de

entre los labios del joven sacerdote.

Luna se tendió en el sofá, abandonándose a la fatiga al verse solo,

después de la larga espera ante la catedral. La vieja que servía a su

hermano puso junto a él un jarrito de leche, llenando después un vaso.

Gabriel bebió, haciendo esfuerzos por dominar los estremecimientos de

su estómago enfermo, que pugnaba por expeler el líquido. Su cuerpo,

fatigado por la mala noche y el cansancio de la espera, acabó por

asimilarse el alimento, sumiéndose en una dulce languidez que no había

sentido en mucho tiempo. Gabriel pudo adormecerse, y así estuvo más de

una hora, inmóvil en el sofá, cortándose varias veces su desigual

respiración con el estertor de la tos cavernosa, que no llegaba a

desvanecer su sueño.

Cuando despertó, fue de golpe, con un estremecimiento nervioso que le

conmovió de los pies a la cabeza, haciéndole saltar del sofá como a

impulsos de un resorte. Era la inquietud del peligro que había quedado

fija en él para siempre; el hábito de la intranquilidad contraído en los

obscuros calabozos, cuando esperaba a todas horas ver abrirse la puerta

para ser apaleado como un perro o conducido al cuadro de ejecución ante

la doble fila de fusiles; y a más de esto, la costumbre de vivir

vigilado en todos los países, presintiendo el espionaje de la policía en

torno de él, sorprendido en medio de la noche en cuartos de posada por

la orden de salir inmediatamente; la zozobra del antiguo Asheverus, que

apenas gustaba un instante del descanso, oía el eterno «Anda, anda».

No quiso dormir más, como si temiera sufrir de nuevo las negras

pesadillas del ensueño. Prefería la realidad: aquel silencio de la

catedral que le envolvía en una dulce caricia; la calma augusta del

templo, inmenso monte de piedra labrada que parecía pesar sobre él

aplastándolo, ocultando para siempre su debilidad de perseguido.

Salió al claustro, y puesto de codos en la barandilla contempló el

jardín.

Las Claverías parecían desiertas. Los niños que las animaban al comenzar

el día estaban en la escuela; las mujeres, dentro de sus casas,

preparaban la comida. En todo el claustro no había otra persona que él.

La luz del sol bañaba todo un lado; la sombra de las columnas cortaba

oblicuamente los grandes cuadros de oro que cubrían las baldosas. Un

silencio augusto, la calma santa de la catedral, penetraba en el

agitador como dulce narcótico. Los siete siglos adheridos a aquellas

piedras parecían envolverle como otros tantos velos que le aislaban del

resto del mundo. En una habitación de las Claverías sonaba un martillo

con repiqueteo incesante. Era el de un zapatero que Gabriel había visto,

al través de los vidrios de una ventana, encorvado ante su mesilla. En

el pedazo de cielo encuadrado por los tejados volaban algunos palomos,

moviendo sus blancas alas como si bogasen en un lago de intenso azul. Al

fatigarse, descendían al claustro, y agarrados a las barandillas,

emprendían un susurro que estremecía el religioso silencio como un

suspiro de amor. De vez en cuando se abrían las cancelas de la catedral,

esparciendo en el jardín y las Claverías una bocanada de aire cargada de

incienso, de rugidos de órgano y voces graves que cantaban palabras

latinas prolongando solemnemente las sílabas.

Gabriel miraba el jardín, orlado por las arcadas de piedra blanca y sus

rudos contrafuertes de berroqueña obscura, en cuya cúspide dejaban las

lluvias una florescencia de hongos como botones de terciopelo negruzco.

Descendía el sol a un ángulo del jardín, y el resto quedaba en una

claridad verdosa, de penumbra conventual. La torre de las campanas

ocultaba un pedazo de cielo, ostentando sobre sus flancos rojizos,

ornados de junquillos góticos y contrafuertes salientes, las fajas de

mármol negro con cabezas de misteriosos personajes y escudos de armas de

los diversos arzobispos que intervinieron en su construcción. En lo

alto, cerca de los pináculos de piedra blanquísima, mostrábanse las

campanas tras de enormes rejas, como pájaros de bronce en jaulas de

hierro.

Tres campanadas graves, anunciando que la misa mayor estaba en su

momento más solemne, retumbaron en toda la catedral. Tembló la montaña

de piedra, transmitiéndose la vibración por naves, galerías y arcadas

hasta los profundos cimientos.

Después, otra vez el silencio, que parecía más imponente, más profundo,

tras los truenos del bronce. Volvía a oírse el susurro de los palomos, y

abajo, en el jardín, piaban unos pájaros, como enardecidos por el rayo

de sol que reanimaba la verdosa penumbra.

La Catedral · 第 1 / 23 段