(The scene is in the home of a poor peasant, at Valdeflores, a
small village in the mountains of southern Spain.)
La casa era, como el corto número de las que componían la aldea,
construida con muros de piedra, sin mezcla que las uniese, ni revoque
que las cubriese, y cobijada con un techo de aneas. El interior lo
formaba, como las granjas del Norte, una sola y vasta pieza; en el
testero había un hogar para fuego de leña, que servía de cocina, de
estrado y de comedor. Á ambos lados del fogón había unas divisiones
hechas con tabiques, que servían de dormitorios y de graneros. En la
parte opuesta había pesebres para las bestias, saltaderos para las
gallinas, y paja fresca para comodidad de los animales, que en el campo
son tan constantes y bienhechores compañeros del hombre.
* * * * *
La escena era doméstica y tranquila, como lo era la vida de los que allí
estaban reunidos. Las gallinas, con el bienestar que les producía el
calor del sol de abril, y la reciente comida que les había distribuido
su buena ama, se entregaban al dulce _far niente_, habiendo hecho con
sus patas hoyos en la tierra, en los que se estiraban y solazaban. Las
que tenían pollos, los cobijaban debajo de sus alas, como debajo de un
quitasol de plumas. El gallo, apuesto y grave, custodiaba su familia con
ojo vigilante--como prudente,--y con erguida cabeza, como guapo. El
perro dormía á pierna suelta en el santo suelo, como un soldado en
tiempo de paz: la gata se había colocado sobre la camisa que estaba
haciendo Estefanía, resguardando su fino calzado y su traje limpio con
la conocida pulcritud de su casta.... Hasta las
golondrinas,--arquitectas, que como amigas de las casas pacíficas y
felices, acudían allí en gran número,--callaban su pico, por traerle
ocupado con la mezcla. Así era que sólo se oía el ruido que producía la
olla al hervir en el hogar, y el que hacían los dientes de un mulo al
tomar su pienso en el pesebre; cuando se alzó suave y clara la voz de
Estefanía cantando la dulce y triste tonada de la nana, que muchas
personas, así cultas como no cultas, no pueden oir sin que
involuntariamente se les llenen los ojos de lágrimas.
Á los niños que duermen
Dios los bendice;
¡Y á las madres que velan
Dios las asiste!
En los brazos te tengo,
Y considero,
¡Qué será de ti, hijo,
Si yo me muero!
Á la puerta del cielo
Venden zapatos,
Para los angelitos
Que están descalzos.
Á la ro, ro, le cantaba
La Virgen á sus Amores,
--¡Dulce hijo de mi vida!
Perdona á los pecadores.
(From _Más Honor que Honores_.)