III

(The scene is in the home of a poor peasant, at Valdeflores, a

small village in the mountains of southern Spain.)

La casa era, como el corto número de las que componían la aldea,

construida con muros de piedra, sin mezcla que las uniese, ni revoque

que las cubriese, y cobijada con un techo de aneas. El interior lo

formaba, como las granjas del Norte, una sola y vasta pieza; en el

testero había un hogar para fuego de leña, que servía de cocina, de

estrado y de comedor. Á ambos lados del fogón había unas divisiones

hechas con tabiques, que servían de dormitorios y de graneros. En la

parte opuesta había pesebres para las bestias, saltaderos para las

gallinas, y paja fresca para comodidad de los animales, que en el campo

son tan constantes y bienhechores compañeros del hombre.

* * * * *

La escena era doméstica y tranquila, como lo era la vida de los que allí

estaban reunidos. Las gallinas, con el bienestar que les producía el

calor del sol de abril, y la reciente comida que les había distribuido

su buena ama, se entregaban al dulce _far niente_, habiendo hecho con

sus patas hoyos en la tierra, en los que se estiraban y solazaban. Las

que tenían pollos, los cobijaban debajo de sus alas, como debajo de un

quitasol de plumas. El gallo, apuesto y grave, custodiaba su familia con

ojo vigilante--como prudente,--y con erguida cabeza, como guapo. El

perro dormía á pierna suelta en el santo suelo, como un soldado en

tiempo de paz: la gata se había colocado sobre la camisa que estaba

haciendo Estefanía, resguardando su fino calzado y su traje limpio con

la conocida pulcritud de su casta.... Hasta las

golondrinas,--arquitectas, que como amigas de las casas pacíficas y

felices, acudían allí en gran número,--callaban su pico, por traerle

ocupado con la mezcla. Así era que sólo se oía el ruido que producía la

olla al hervir en el hogar, y el que hacían los dientes de un mulo al

tomar su pienso en el pesebre; cuando se alzó suave y clara la voz de

Estefanía cantando la dulce y triste tonada de la nana, que muchas

personas, así cultas como no cultas, no pueden oir sin que

involuntariamente se les llenen los ojos de lágrimas.

Á los niños que duermen

Dios los bendice;

¡Y á las madres que velan

Dios las asiste!

En los brazos te tengo,

Y considero,

¡Qué será de ti, hijo,

Si yo me muero!

Á la puerta del cielo

Venden zapatos,

Para los angelitos

Que están descalzos.

Á la ro, ro, le cantaba

La Virgen á sus Amores,

--¡Dulce hijo de mi vida!

Perdona á los pecadores.

(From _Más Honor que Honores_.)

Spanish Tales for Beginners · 第 70 / 187 题