IV

Pálida estaba la niña, pálida como las azucenas de los jardines del rey

moro, su padre.

Cuenta la historia que apenas quedaba sangre en las venas de Casilda,

porque todos los días coloraba, arrojada á borbotones, la sarta de

blancas perlas que brillaba entre los labios de la princesa.

Pálida estaba la niña, y el rey moro se moría de pena viendo morir á su

hija.

La ciencia de los médicos de Toledo no acertaba á devolver la salud á la

princesa, y entonces Almenón llamó á su corte á los más afamados de

Sevilla y Córdoba.

Pero si impotente había sido la ciencia de los primeros, impotente era

también la ciencia de los segundos.

--¡Mi reino y mis tesoros daré al que salve á mi hija!--exclamaba el

pobre moro, viendo á Casilda próxima á exhalar el último suspiro.

Pero nadie acertaba á ganar su reino y sus tesoros, que la sangre

continuaba colorando, arrojada á borbotones, la sarta de blancas perlas

que brillaba entre los labios de la princesa.

--¡Mi hija se muere!--escribió el rey de Toledo al rey de Castilla.--Si

en vuestros reinos hay quien pueda salvarla, que venga, que venga á mi

corte, que yo le daré... mis reinos, mis tesoros, y hasta le daré mi

hija.

V

Por los reinos de Castilla y de León sonaban pregones anunciando que el

rey moro de Toledo ofrecía al que devolviera la salud á su hija, su

reino y sus tesoros, y hasta la hija cuya salvación anhelaba.

Y cuentan que un médico venido de Judea se presentó al rey de Castilla,

ofreciéndole tornar la salud á la princesa mora.

Y era tal la sabiduría que brillaba en las palabras de aquel hombre, y

tal la fe que inspiraba la bondad que resplandecía en su rostro, que el

rey de Castilla no vaciló en darle cartas, asegurando á Almenón que le

enviaba con ellas el salvador de la princesa Casilda.

Apenas el médico venido de Judea tocó la frente de la niña, la sangre

cesó de correr, y el color de la rosa empezó á asomar en las pálidas

mejillas de la enferma.

--¡Tomad mi reino!--exclamó Almenón, loco de alegría y llorando de

agradecimiento.

--Mi reino no es de este mundo--respondió el médico venido de Judea.

--¡Tomad mi mayor tesoro!--repuso el rey de Toledo, designando al médico

su hija.

Y haciendo una señal de aceptación el médico, extendió la mano hacia

Castilla, y dijo:

--Allí hay unas aguas purificadas que han de completar la salvación de

la virgen musulmana.

Y al día siguiente, la princesa Casilda pisaba la tierra de los

nazarenos, acompañada aún del médico venido de Judea.

Spanish Tales for Beginners · 第 51 / 187 题