Casilda y el médico venido de Judea caminaban, caminaban, caminaban por
la tierra de los nazarenos, y al fin se detuvieron á la orilla de un
lago de aguas azules.
El médico tomó algunas gotas de agua en el hueco de la mano, y exclamó,
derramándolas sobre la frente de la princesa:
--_¡En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, yo te
bautizo!_
Y la princesa sintió un bienestar inefable, parecido al que allá en su
niñez le había contado la esclava nazarena que sentían los
bienaventurados en el paraíso.
Y sus rodillas se doblaron, y sus ojos se fijaron en la bóveda azul del
cielo, y en torno suyo resonaron dulcísimos _hosannas_, que la hicieron
volver la vista á su alrededor.
El medicó venido de Judea no estaba ya á su lado, que cercado de vívidos
resplandores se elevaba hacia la bóveda azul del cielo.
--¿Quién eres, señor, quién eres?--exclamó la princesa atónita y
deslumbrada.
--Soy tu esposo, soy el que dió la salud á la hija de Jairo, que padecía
el mal que tú padeciste; soy el que dijo: «Cualquiera que dejase casa, ó
hermanos, ó hermanas, ó padre, ó madre, ó mujer, ó hijos, ó tierras por
mi nombre, recibirá ciento por uno, y poseerá la vida eterna.»
En la orilla del lago azul que hoy llaman de _San Vicente_, y está en
tierra de Briviesca, hay una pobre ermita, donde vivió solitaria la hija
del rey moro de Toledo, que hoy llaman _Santa Casilda_.