Cantaban los pájaros, era azul el cielo, era el sol dorado, se abrían
las flores, y el aura de la mañana llevaba al palacio del rey moro el
perfume de los jardines.
Casilda estaba muy triste, y se asomó á la ventana para distraer sus
melancolías.
Los jardines le parecieron entonces tan bellos, que no pudo resistir á
su encanto y bajó á pasear su tristeza por sus olorosas enramadas.
Cuentan que el ángel de la compasión, en forma de hermosísima mariposa,
le salió al paso y encantó su corazón y sus ojos.
La mariposa volaba, volaba, volaba de flor en flor, y Casilda iba en pos
de ella sin conseguir alcanzarla.
Mariposa y niña tropezaron con unos recios muros, y la mariposa penetró
por ellos, dejando allí inmóvil y enamorada á la niña.
Tras aquellos recios muros oyó Casilda tristísimos lamentos, y entonces
recordó que allí gemían, hambrientos y cargados de cadenas, los pobres
nazarenos, por quienes en Castilla lloraban padres, hermanos, esposas,
amadas.
Y la caridad y la compasión fortalecieron su alma é iluminaron su
entendimiento.
Casilda tornó al palacio, y tomando viandas y oro, se tornó hacia las
mazmorras, siguiendo á la mariposa, que volvió á presentarse á su paso.
El oro era para seducir á los carceleros, y las viandas eran para
alimentar á los cautivos.
Oro y viandas recataba con la falda de su vestido, cuando al volver una
calle de rosales tropezó con su padre, que también había salido á
distraer allí sus melancolías.
--¿Qué haces aquí tan temprano, luz de mis ojos? La princesa se puso
colorada, como las rosas que mecía á su lado el aura de la mañana, y al
fin contestó á su padre:
--He venido á contemplar estas flores, á oir trinar estos pájaros, á ver
el sol reflejarse en estas fuentes, y á respirar este ambiente
perfumado.
--¿Qué llevas envuelto en la falda de tu vestido?
Casilda llamó desde el fondo de su corazón á la madre inmortal de los
nazarenos, y respondió entonces á su padre:
--Padre y señor, llevo rosas que he cogido en estos rosales.
Y Almenón, dudando de la sinceridad de su hija, tiró de la falda del
vestido de la niña, y una lluvia de rosas se derramó por el suelo.