Á la puerta del palacio encontró Casilda á su padre, y arrodillándose á
sus pies, le dijo:
--¡Padre! ¡Señor padre! En las mazmorras gime muchedumbre de cautivos.
Quítales sus cadenas, ábreles las puertas de su prisión y déjalos tornar
á tierra de nazarenos, donde lloran por ellos padres, hermanos, esposas,
amadas.
El moro bendijo á su hija en el fondo de su corazón, porque era bueno y
amaba á Casilda como á la niña de sus ojos.
El pobre moro no tenía más hija que aquélla.
El pobre moro amaba á Casilda porque era su hija, y porque era además la
viva imagen de la dulce esposa cuya pérdida lloraba hacía un año.
Pero el moro, antes que padre, era musulmán y rey, y se creía obligado á
castigar la audacia de su hija.
Porque compadecer á los cautivos cristianos y pedir su libertad, era un
crimen que el Profeta mandaba castigar con la muerte.
Por eso ocultó la complacencia de su alma, y dijo á Casilda con airado
semblante y voz amenazadora:
--¡Aparta, falsa creyente, aparta! ¡Tu lengua será cortada y tu cuerpo
arrojado á las llamas, que tal pena merece quien aboga por los
nazarenos!
É iba á llamar á sus verdugos para entregarles su hija.
Pero Casilda cayó de nuevo á sus pies, demandándole perdón en memoria de
su madre.
El pobre moro sintió sus ojos arrasados en lágrimas, y estrechó á su
hija contra su corazón, y la perdonó, diciendo:
--Guárdate, hija mía, de pedir otra vez por los cristianos, y aún de
compadecerlos, porque entonces no habrá misericordia para ti; que el
santo Profeta ha escrito: «Exterminado será el creyente que no extermine
á los infieles.»