--Apartad, caballero, apartad, y no profáneis ese cadáver--dijo el padre

Aliaga, poniéndose delante de Dorotea.

--¡Oh! ¡para qué quiero vivir!

--¡Para doña Clara de Soldevilla, para vuestra esposa!--dijo severamente

Quevedo--; ¡ya que esa desgracia es irremediable, no causéis otra

desgracia mayor!

--¡Clara! ¡mi esposa!--exclamó don Juan.

Y se dulcificó la rigidez de su semblante, sus ojos se humedecieron y

lloró.

--¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío!--dijo--; la vida es un sueño de Satanás!

--¡Sí, sí, un sueño horrible! ¡pero, seguidme! tomad vuestras armas, que

ya no hay peligro en que las toméis, y vamos.

Don Juan tomó sus armas, su sombrero, su capa, y siguió á Quevedo; pero

antes de salir se volvió hacia Dorotea.

--¡Doña Clara os espera!--dijo Quevedo.

Don Juan siguió á su amigo, y entrambos salieron de la casa.

El padre Aliaga se quedó orando al lado del cadáver de Dorotea.

CAPÍTULO LXXXV

EL AUTOR DECLARA QUE HA CONCLUÍDO, Y ATA ALGUNOS CABOS PARA QUE NO

QUEDEN SUELTOS

El cocinero de su majestad supo al día siguiente, al ir á oír misa á

Santo Domingo el Real, una noticia horrible.

Al pasar junto á dos comadres que charlaban en una esquina, oyó las

siguientes palabras:

--Os digo que la he visto; yo misma con estos ojos que se ha de comer la

tierra: es la comedianta Dorotea; pero se ha quedado que espanta; está

que da compasión verla: los ojos hundidos, que le cabe un puño en cada

uno; la boca torcida... ¡ella, que era tan hermosa!... dicen que ha

muerto de repente.

Helósele de repente en las venas la sangre al cocinero mayor.

Y tal comezón le dió en saber lo que le hubiera sido mejor ignorar, de

tal modo le impulsaron su terror y su conciencia, que sin encomendarse á

Dios ni al diablo, se acercó á las dos viejas y las dijo:

--Perdonen voacedes, pero he oído no sé qué de una muerte que me ha

trastornado.

--¡Qué! ¡si todo Madrid está que lo ahogan con un cabello, y aquella

casa parece un jubileo!--dijo una de las viejas--; yo he sudado y me he

estropeado para poder entrar donde está la difunta, y me han roto la

saya; ¡si aquello es mucho! ¡y qué lujo! y allí están todos los cómicos

del corral de la Pacheca, y los del coliseo del Príncipe, y los del

coliseo de la Cruz, y muchos señores, y muchos grandes, y cuatro

lacayotes con hachas, que diz que son del señor duque de Lerma, que diz

era querido de la comedianta; y allí está también el inquisidor general

y otros religiosos, todos rezando, y la sala hecha un ascua de oro de

luces, y la calle que no cabe un alfiler de gente, y todos tristes, y

todos llorosos; y están dando limosna á más y mejor en la puerta á todos

los pobres que llegan. ¡Si parece que se ha muerto una persona real!

Cuando nosotras doblemos la cabeza y nos quedemos como un pollo con

moquillo, nos agarrarán de un zancajo y nos echarán á un estercolero.

¡Pues ya se ve! ¡como era tan hermosa!... y como era querida de un

señor... ¡he ahí! Quede vuesa merced con Dios. Vamos, tía Brígida,

vamos, que ya es tarde.

El cocinero mayor no oyó ni la mitad de la relación de la vieja; la

noticia de que la Dorotea había muerto de repente, le había encogido, le

había helado, le había dejado inmóvil, presa de uno de esos pavores que

no se comprenden, si alguna vez no han pasado por nosotros.

Él, aunque se había quedado con doña Clara Soldevilla en la casa, donde

había entrado con aquella señora al nombre de la Inquisición,

pronunciado por el padre Aliaga; como don Juan y Quevedo habían ido á

buscar á doña Clara, Montiño no sabía nada acerca de la muerte de

Dorotea, porque Quevedo le había echado con cajas destempladas, sin

darle explicación alguna, para quedarse solo cuanto antes con doña Clara

y don Juan.

En el mismo punto se fué al alcázar, evitando pasar por el sitio donde

se suponía muerto al bufón; se había metido entre sábanas, y había

pasado la noche con la cabeza tapada y con fiebre.

Por la mañana se durmió y despertó á las diez.

Al ver entrar el sol por las rendijas de la ventana de su dormitorio...

(Entre paréntesis: al meter Quevedo aquella noche, cuatro horas después

de la muerte de Dorotea, á doña Clara y á don Juan, en un coche, que

tenía prevenido Francisco de Juara en el mesón del Bizco, cesó de

repente la lluvia; lentamente se despejó el cielo; luego amaneció claro,

y un sol brillante inundó de una luz dorada el espacio; parecía que al

despejarse completamente la situación de nuestros personajes, se había

creído el cielo obligado á despejarse también; esto pudo ser una

casualidad, pero una casualidad reparable.)

Al ver entrar el sol por las rendijas de la ventana de su dormitorio,

decíamos, el cocinero mayor saltó del lecho, se vistió apresuradamente,

y afligido por su lastimada conciencia, su primer impulso fué ir á

arrojarse de rodillas delante de Dios, en un templo; en el camino le

había sorprendido, pues, de una manera terriblemente providencial, la

noticia de la muerte de su víctima.

Porque Montiño no tenía duda, no se atrevía á tenerla; Dorotea le había

mandado hacer una cena y poner en ella un veneno: Dorotea había muerto

de repente, luego Dorotea se había envenenado.

Nada tiene, pues, de extraño, la parálisis total que acometió al

cocinero mayor al saber la muerte de Dorotea.

Hacía un rato que los dos horribles conductores de aquella noticia, las

dos viejas queremos decir, hablan desaparecido, y todavía estaba Montiño

hecho un garabito en el mismo lugar donde se había parado para

informarse.

Pero de repente se enderezó, se volvió y dió á correr como un insensato

en dirección á la calle Ancha de San Bernardo, atraído por ese

magnetismo horrible que existe entre el asesinado y el asesino.

Cuando llegó hubo de detenerse; la afluencia de gentes le había cortado

el paso.

La calle estaba llena.

Y nada tenía esto de extraño.

La Dorotea era muy conocida, y á más de esto, se daba una abundante

limosna á la puerta de su casa.

Montiño codeaba á derecha é izquierda, pero no podía pasar.

Entonces, y como la atracción que le impulsaba hacia el cadáver era más

poderosa á medida que se acercaba á él viendo que por codos no podía

abrirse paso, dió á gritar de una manera desentonada:

--¡Dejadme, dejadme pasar, por Dios! ¡quiero verla! ¿no oís que quiero

verla antes de que se la lleven? ¡Dejadme pasar!

Y redoblaba sus gritos.

Todos le creyeron, por lo menos, pariente de la difunta, y le abrieron

paso.

Y así gritando y codeando, logró llegar á la puerta de la casa.

En ella estaba Pedro, el antiguo criado de Dorotea, con un talego en la

mano, del que sacaba sucesivamente reales de plata que iba entregando á

los pobres que se presentaban.

Dos alguaciles, delante de él, impedían que fuese atropellado por los

mendigos, y que entrase gente en la casa, á pesar de lo cual, más de uno

se colaba.

Colábase también Montiño.

--¡Eh! ¿á dónde vais?--le dijo uno de los alguaciles cogiéndole del

brazo.

--¿Que á dónde voy?--dijo Montiño volviendo su mirada escandencida é

insensata al alguacil--. ¿A dónde he de ir sino á verla antes de que se

la lleven?

A estas palabras lacrimosas, chillonas, del cocinero mayor, Pedro volvió

la cabeza y le reconoció.

--¡Ah! ¿sois vos, señor Montiño?--dijo también lloroso Pedro--. ¡Oh, qué

desgracia! ¡qué desgracia tan grande y tan impensada! ¡No la olvidaremos

jamás!

--¡Ni yo! ¡ni yo! ¡yo no puedo olvidarla nunca!--exclamó Montiño--;

pero, ¿cómo ha sucedido eso? ¿cuándo?

--Casilda, que está adentro, en la cocina, os dará razón, señor Montiño.

Yo no puedo marcharme de aquí. Como veis, estoy dando limosna por su

alma. Dejad pasar á ese hidalgo, señor Casimiro Trompeta; es de la

casa--dijo Pedro al alguacil que aún tenía asido á Montiño.

El corchete soltó al cocinero, que se despidió, subió las escaleras,

atravesó un pasillo, y se entró de rondón en la cocina, donde, envuelta

en un pañolón negro, estaba Casilda gimoteando, asistida por algunas

comadres de la vecindad y algunas doncellas de cómicas que estaban en la

casa, y componían aquella especie de duelo criaderil.

--¿Pero qué es lo que aquí ha sucedido?--dijo Montiño dirigiendo

bruscamente la palabra á la doncella de Dorotea.

--¿Qué ha de haber sucedido? ¡desdichada que yo soy, sino que mi señora

se ha muerto! ¡Y tan hermosa! ¡tan joven! ¡tan buena!

Y siguieron las lágrimas y los sollozos.

--¿Pero cómo se ha muerto la señora?--dijo Montiño, cuya voz tenía á

cada momento una acentuación más extraña y más punzante.

--¿Y qué se yo?--dijo Casilda--; yo no la he visto morir.

--¿Pero no ha muerto en la casa?

--Sí; sí, señor, según dicen don Francisco de Quevedo y el padre fray

Luis de Aliaga, que la trajeron allá muy tarde.

--¿Que la trajeron?

--Sí, señor; la trajeron al obscurecer; la señora había salido muy

engalanada con el tío Manolillo; dicen que esta noche pasada han matado

al tío Manolillo.

--Eso dicen, eso dicen--exclamó el cocinero mayor--; pero seguid,

seguid; decíais que don Francisco de Quevedo y el padre Aliaga trajeron

á la señora.

--Sí; sí, señor; la metieron envuelta en su manto, y como arrastrando;

luego se encerraron con ella, y después salió don Francisco de Quevedo;

á poco vinieron el duque de Lerma, y un alcalde de casa y corte y un

escribano; entonces supe que mi señora había muerto; pero había tenido

tiempo de hacer testamento; nada la ha faltado, nada, ni sacerdote que

la auxiliara, y calificado, como que era nada menos que el inquisidor

general, ni escribano que autorizase su última voluntad.

--¿Y no vino ningún médico?

--Sí; sí, señor, el doctor Campillos, que era el médico del coliseo;

allá dentro estuvo encerrado mucho tiempo, con la difunta, y con el

duque de Lerma, y con el inquisidor general, y con don Francisco de

Quevedo.

--¿Y no dijo de qué había muerto?

--Sí; sí, señor: de repente, de enfermedad natural.

--¡Eso dijo!

--Sí; sí, señor, eso dijo.

--¿Y eso ha escrito la justicia?

--Sí, señor; eso ha escrito.

Al través de su locura un rayo de razón penetró en el pensamiento de

Montiño, ó más bien un instinto de conservación.

Aguantóse, dejó las cosas como los hombres y la justicia de los hombres

las habían puesto; pero en medio de su locura, su conciencia, más

poderosa que ella, le acusaba de aquella muerte.

Y la fascinación que le había llevado hasta allí, poderosa, terrible, le

arrastró todavía.

Se despidió de Casilda, y se entró en la sala.

Los balcones estaban completamente cerrados; las paredes y el techo

cubiertos con paños de terciopelo negro franjeados de oro, el suelo

cubierto con un paño negro.

En medio de la sala, sobre un magnífico lecho rodeado de gigantescos

candelabros de bronce dorado con blandones, estaba el cadáver,

humildemente amortajado con un sayal ceniciento de la orden de San

Francisco y la cabeza rodeada de una toca blanca.

A los cuatro ángulos del lecho había cuatro lacayos de gran librea,

inmóviles como estatuas, y con blandones amarillos en las manos.

Las libreas de aquellos hombres eran del duque de Lerma.

Detrás del lecho se veía la manguilla negra de terciopelo bordado de

oro, y con la cruz dorada de la parroquia de San Martín.

El cura y los clérigos de la parroquia, y en medio de ellos el

inquisidor general con sus hábitos negros y blancos de dominico,

rezaban.

Detrás de los sacerdotes, arrodillados, rezando también, había una

multitud de hombres y de mujeres vestidos de luto.

Aquellas mujeres y aquellos hombres eran los cómicos de los coliseos de

Madrid.

Al fondo de la sala, junto á la puerta de entrada, silenciosos y graves,

había algunos hidalgos.

Al verse allí, el cocinero mayor sintió un vértigo horrible, parecióle

que las luces se agrandaban, que se iban hacia él, que le rodeaban, que

giraban, que subían, que bajaban, que se revolvían en un torbellino de

fuego.

Parecióle ver en medio de aquel torbellino, de aquel resplandor, impuro

y flameante, levantarse el cadáver de Dorotea, adelantar, asirle,

estrecharle entre sus brazos y arrastrarle consigo.

Y presa de este vértigo infernal, Montiño adelantó con paso nervioso,

lento, marcado, con los cabellos erizados, con los ojos horriblemente

dilatados, con la boca contraída, temblorosa, con el semblante lívido,

estremeciéndose todo, hacia el cadáver, junto al cual llegó y le

contempló de una manera horrorosa en el momento que la clerecía empezaba

á entonar el terrible salmo: _Dies iræ, dies illæ_.

Montiño no pudo resistir más; su cabeza se partía, su pecho se abrasaba,

y antes de que pudiese separarse de allí, su locura estalló, y gritó con

un acento espantoso:

--¡Perdón! ¡perdón! ¡yo pasaré todos los días de mi vida en la

penitencia! ¡pero! ¡suéltame! ¡suéltame! ¡no me arrastres contigo! ¡yo

pasaré mi vida orando y haciendo que la Iglesia ore por ti!

Y tras esto, en medio del escándalo de los que en la sala estaban, dió

con su cuerpo en tierra.

--Este hombre está loco--dijo el padre Aliaga, mandando sacar de allí al

cocinero mayor, y llevarle á un cuarto, en donde se encerró con él.

Pero había causado tal impresión la muerte de la Dorotea, habían dicho

tales cosas acerca de entradas y salidas de su ama Pedro y Casilda, se

había murmurado tanto, que se sospechó por todos, y aun se dió por

seguro, que allí había _gato encerrado_.

El tremendo alcalde de casa y corte Ruy Pérez Sarmiento, á quien ya

conocemos, había sido llamado entre doce y una de la noche anterior por

el duque de Lerma.

El duque de Lerma había llamado al alcalde de casa y corte, porque entre

diez y once de la noche había estado encerrado un largo espacio con él

don Francisco de Quevedo.

Quevedo había hecho llegar, valiéndose de frases hinchadas y misteriosas

para obligar á los ciados, una carta al duque de Lerma, una carta que

sólo contenía estos tres renglones:

«Excelentísimo señor: Tengo en mis manos el cuchillo que puede cortaros

la cabeza; pero yo os daré este cuchillo si me dais licencia para

hablaros.--_Francisco de Quevedo._»

Leer esta carta, y hacer entrar inmediatamente á Quevedo, fué todo uno.

Quevedo entró con unos papeles en la mano.

Y por cierto que aquellos papeles estaban teñidos de sangre.

Pero digamos antes de dónde venía Quevedo.

Cuando salió con el corazón desgarrado de la casa donde había visto

muerta á Dorotea, llevando consigo á don Juan, hizo dar á éste algunas

vueltas por las tenebrosas calles.

Aún no había dejado de llover, y Quevedo, que como tenía de todo, era

algo médico, esperó que la humedad reblandeciese el cerebro de don Juan.

Lo que demuestra que Quevedo, ya en aquellos tiempos, buscaba el alma en

los nervios.

No se engañó don Francisco.

La excitación nerviosa del joven se modificó.

Anduvo por algún tiempo en silencio asido al brazo de Quevedo.

Luego exclamó:

--¡Qué sueño tan horrible!

--Ya que de sueños habláis--dijo Quevedo--, tomad lo pasado como sueño y

escarmiento. No juguéis más con el alma de la mujer, porque las mujeres

son terribles. Olvidad.

--No puedo.

--Domináos.

--Tengo el corazón despedazado.

--Por lo mismo, y porque estáis experimentando lo que es tener el

corazón amargo y sangriento, no queráis que le tenga también vuestra

esposa.

--¡Clara!

--¡Si supiérais de lo que ha sido capaz esa mujer que lloráis!

--¡Dorotea!

--Sí; vos veis en ella un ángel perdido, y era un demonio.

Quevedo era un médico terrible; ponía á sangre fría los dedos sobre la

llaga y la estrujaba.

La muerta nada tenía ya que perder ni que esperar en la vida, y Quevedo

quería salvar á los que, vivos aún, tenían que perder y que esperar.

Calumniaba á Dorotea.

--¿Qué decís, don Francisco?--exclamó el joven.

--Digo que Dorotea era una aventurera que quería perderos.

--¿Perderme y ha muerto por mí?

--Vos no comprendéis á ese animal que se llama hombre, á quien aventaja

en ferocidad ese otro animal que se llama mujer. ¿Hubiérais vos creído

que hubiese persona que para vengarse de otro se diese la muerte?

--No... eso es inconcebible.

--Pues todo el que se mata por amor, no se mata por otra cosa que por

amargar con el recuerdo de su muerte la conciencia del hombre ó de la

mujer que le ha desdeñado.

--¡Oh, no! ¡no puede ser!

--Y sin embargo, es.

--Yo... me había entregado enteramente á Dorotea.

--Dorotea sabía que mientras existiese doña Clara, ella no podía ser

para vos más que un entretenimiento.

Quevedo estaba en la situación, y sus últimas palabras influyeron

terriblemente en el ánimo del joven, porque había oído aquellas mismas

palabras á Dorotea.

--¿Y ha podido llegar la locura de esa infeliz hasta tal punto?--dijo.

--No era locura, sino rabia, y rabia femenil, la más terrible de las

rabias de que puede adolecer una criatura. El amor de Dorotea era

impuro; si no hubiese tenido celos, y celos de vanidad, hubiera

satisfecho su deseo por vos, y á los quince días os hubiera burlado.

Don Juan no contestó.

Cada una de las palabras de Quevedo, le hacían experimentar el frío de

la hoja de un puñal.

El implacable Quevedo continuó:

--Y dad gracias á Dios de que su sabia y misericordiosa providencia me

haya traído á tiempo de impedir el gran crimen que había meditado

Dorotea, y su contrahecho amante el bufón del rey.

--¡Cómo! ¿aquel hombre era...?

--Sí; era ese amante feroz y bajo que tienen todas las aventureras: era

su puñal.

--Me estáis revelando cosas horribles.

--Es que cuando la verdad vale algo es siempre horrorosa en el punto en

que se la quita la camisa.

--¿Y qué era lo que habían meditado ese hombre y esa mujer?

Quevedo notó con alegría, con una alegría _sui generis_, que don Juan

llamaba _esa mujer_ á la desdichada Dorotea.

--Habían querido matar á un ángel.

--¿A Clara?

--Sí por cierto; en el momento en que vos estuvísteis encerrado con

Dorotea, el tío Manolillo fué al alcázar, dijo á doña Clara que vos os

olvidábais de ella con otra, y doña Clara le siguió loca de celos,

porque los celos y la prudencia nunca van juntos. Si yo no encuentro á

la puerta misma de la casa donde Dorotea con vos estaba al tío Manolillo

que con doña Clara venía, vuestra esposa, vuestra noble y digna esposa,

os hubiera visto en los brazos de esa mujer, y esa mujer se hubiera

matado segura de que os dejaba á entrambos muertos.

--¡Oh! ¡ved no os engañéis, don Francisco!

--El bufón, que está allá en la calle de Don Pedro sin la vida que yo le

he sacado por la cabeza del tajo más lleno y más derecho que he dado en

toda mi vida, es un testimonio, y doña Clara, que está en una casa de la

misma calle, entre la muerte y la vida, que de muerte es el ansia que la

aflige, es otro.

--¡Cómo! ¡Clara, mi adorada Clara me espera!

--Y sufre y llora.

--Pues vamos, vamos al momento; ¿qué tardamos?

--¿Estáis seguro de dominaros hasta el punto de parecer sereno después

de lo que habéis sufrido?

--Ha sido un sueño, un horrible sueño que ha pasado.

--Cuenta con que el sueño no se conozca en los ojos.

--Descuidad, estoy tranquilo; lo que me habéis revelado me ha

cerciorado.

--Ved que doña Clara es muy aguda de entendimiento y que no es cosa

fácil hacerla ver lo negro blanco.

--No necesito engañarla; verla será para mí la vida, la entrada en el

cielo después de haber salido del infierno.

--Es necesario que la mintáis.

--La diré que he ido á ver á mi madre.

--No; decidla más bien que habéis ido á ver al duque de Lerma.

--¿Y para qué?

--¿No habéis sido puesto en libertad? ¿No necesitáis licencia del rey

para partiros esta misma noche de Madrid?

--¡Ah, sí! ¡Es cierto!

--Pues vamos.

--Vamos.

--Esperad, esperad; allá, en aquella esquina, medio agoniza un farol

delante de una imagen; vamos allí, don Juan, quiero veros el rostro.

Esta fué una intimación indirecta al joven para que se dominase, para

que compusiese su semblante.

Llegaron á la esquina y Quevedo le quitó el sombrero para verle mejor el

rostro.

--No importa que os mojéis la cabeza--dijo--; cuanto más agua cae sobre

el fuego, mejor.

--Vedlo; estoy tranquilo, estoy como siempre--dijo don Juan sonriendo de

una manera tan amarga, tan horrible, que Quevedo retrocedió espantado.

--Esperad; os he enseñado mi corazón, ahora voy á mostraros mi valor.

Y don Juan se sonrió de una manera franca, abierta, natural, tranquila.

--¡Oh! ¡Sí, sí, hijo mío!--dijo Quevedo conmovido--; tenéis un hermoso

corazón y un valor como hay pocos; ello pasará, ello pasará; vuestro

corazón es todo entero de doña Clara, y ella será el ángel glorioso que

os cure de ese otro ángel condenado. Vamos, hijo mío, vamos; seguid

siendo valiente y acordáos para serlo de que vuestra serenidad, vuestra

paz exterior en estos momentos es la paz del alma, es la vida de la

inapreciable compañera que os ha dado Dios; recoged todas vuestras

fuerzas, preparáos y no hablemos más.

Y tiró de don Juan. Algunas calles más allá se encontraron en la de Don

Pedro. Quevedo llamó á la puerta de la casa donde estaba doña Clara

Soldevilla.

Cuando entró en el aposento donde estaba ésta con don Juan, la joven se

levantó de una silla y corrió á su marido, le asió las manos temblorosa

y le miró con ansiedad.

Quevedo despidió al cocinero mayor, que todavía estaba allí. Don Juan

sonrió enamorado, transportado de alegría, á doña Clara. Y esta alegría

no era fingida.

Quevedo había operado con su cruel tratamiento una reacción en el ánimo

del joven; le había ennegrecido el recuerdo de Dorotea, le había hecho

temblar por doña Clara. Don Juan se encontraba al fin delante de ella,

estaba bajo la influencia de su hermosura aumentada por el temor, por la

agonía del alma, bajo el magnetismo de sus hermosos ojos ansiosos y

enamorados, en contacto con aquella vigorosa organización que se

estremecía aterrada.

Don Juan lo olvidó todo; no vió más que á doña Clara.

Su vista fué para él lo que la sombra para el peregrino cansado, lo que

la fuente para el sediento, lo que la luz para el ciego. Y ebrio de

placer, y de amor, y de alegría, y de esperanza, abrazó á doña Clara y

la besó en la boca.

Quevedo miraba aquello con una triste gravedad.

--¡El alma de los jóvenes!--dijo--; ¡humo que agita el viento en el

cielo de la esperanza! Helos curados á los dos.

--¿Dónde has estado?--dijo doña Clara.

--Casa del duque de Lerma.

--¡Oh! sí--dijo doña Clara con toda la fe de su alma--, no podía ser

otra cosa; me habían engañado horriblemente.

Quevedo dejó á los dos esposos en libertad de explicarse, y con uno de

los vecinos de la casa envió á pedir dos sillas de manos.

Cuando llegaron hizo acercar la una, en la cual doña Clara y don Juan

entraron y se dirigieron al alcázar.

Luego, con la otra silla de manos se fué á la casa donde estaba el padre

Aliaga, con lo que había sido Dorotea, abrió, hizo que los ganapanes que

conducían la silla le metiesen dentro y se quedasen fuera.

Poco después Quevedo abrió é hizo que los conductores llevasen la silla,

cerró la puerta, y á pie y lentamente escoltó la silla de manos.

Dentro de la silla iban el cadáver y el padre Aliaga.

Más allá de la casa, entre la obscuridad, bajo la lluvia, quedaba el

cadáver del tío Manolillo.

Cuando el padre Aliaga y Quevedo, con gran trabajo, disimulando cuanto

pudieron el estado de muerte de Dorotea, la pusieron en su lecho y se

encerraron con ella, Quevedo se fué sin vacilar al cajón de la mesa

donde, según la postdata de la carta póstuma de Dorotea á don Juan,

estaba el testamento de la comedianta.

Abrióle, y le encontró fechado y autorizado con muchos días de

anterioridad, á pesar de que con arreglo á todos los indicios, había

sido otorgado aquel mismo día.

Dorotea dejaba su hacienda al bufón, al cocinero mayor, á sus dos

criados Pedro y Casilda, á los pobres y á su alma.

Al bufón, por lo mucho que le estimaba, dejaba seis mil doblones; al

cocinero mayor, _por un gran beneficio que le había hecho_, mil

doblones; á Pedro y Casilda, mil ducados á cada uno; cuatro mil ducados

para los pobres, que debían darse de limosna para su alma, y diez mil

ducados á la parroquia de San Martín por una sepultura en tierra, sin

losa ni letrero, y para sufragios por su alma.

Esta cantidad debía encontrarse parte en dinero, en su casa, y el resto

debía completarse con la venta de sus trajes, sus alhajas y sus muebles.

Quevedo leyó conmovido este testamento, y sobre todo una cláusula en que

Dorotea le constituía su albacea único y le suplicaba tomase en amor

suyo, en memoria suya, la prenda que más quisiese de lo que dejaba.

Quevedo se enjugó las lágrimas con el envés de la mano, y luego escribió

con mano firme al fin del testamento:

El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III · 第 65 / 66 段