--¿No más que el alma?
--No más.
--¿Es decir, que pretenderéis que apuremos una vida desesperada?
--¡Desesperada! ¿y por qué?
--Un deseo voraz que crecerá con el tiempo; un deseo contrariado; un
volcán comprimido...
--¿Y qué queréis? no somos libres: no nos pertenecemos.
--Tratándose de vos, yo soy enteramente libre.
--Pertenecéis á doña Clara.
--Decidme... apartáos de ella... no es necesario que me lo digáis...
--Yo no os diré eso jamás.
--Harélo yo... os seguiré.
--No me seguiréis... os lo juro.
--¿Y por qué?
--Porque no debéis seguirme.
--No me habléis de deber, cuando se trata de amaros... ¿no os debo la
vida?
--Me debéis la voluntad... si yo he podido salvaros, ese poder no añade
ni un quilate más á la voluntad; esa misma voluntad de salvaros la ha
tenido doña Clara.
--Vos sois más hermosa... vuestro amor más ardiente.
--Ya que os amo, don Juan, no procuréis perder mi aprecio.
--¡Vuestro aprecio!
--Sí por cierto. No me demostréis que el amor en vos es un devaneo; que
al verme joven, hermosa, engalanada, enamorada, os olvidáis de otra
mujer que es más hermosa que yo, y que si no os ama más que yo, os da á
lo menos un amor más puro; hablemos como dos amigos, don Juan, y
desengañáos; si yo aceptase esa promesa que me habéis hecho en un
momento de embriaguez, seríais mío durante ocho días; pero á los ocho
días veríais á doña Clara, porque doña Clara os buscaría, os
embriagaría, con su dolor y con su amor, como ahora os embriago yo, y os
iríais con ella; pero habiéndola lastimado, habiendo turbado su alma con
un recuerdo que no perdería nunca. No hagamos infeliz á esa señora, ya
que nosotros no podamos ser felices.
--Será esta una lucha que durará mientras vivamos; hay en vos, Dorotea,
una fuerza tal para conmigo, que me siento arrastrado; vuestro amor es
un amor tal que me enloquece; os miro, y paréceme que no sois una
criatura mortal; para una fría despedida yo no hubiera venido, os lo
aseguro, y os aseguro también, que si no alcanzo completamente vuestro
amor, vuestra confianza, vuestra alegría, vuestra posesión... mirad,
Dorotea, estoy embriagado, loco; no me desesperéis hasta el punto de que
ponga á prueba vuestro amor.
--¿Y cómo le pondríais á prueba?
--Perdonad; pero al sólo pensamiento de perderos, pasan por mí horribles
tentaciones.
--No... no moriréis...--dijo Dorotea extendiendo hacia don Juan una mano
y dejándosela besar.
Dorotea sufrió sin alterarse, sin estremecerse, los apasionados besos de
que don Juan cubrió su mano.
--Basta de locuras, don Juan--dijo Dorotea--; os he llamado para cenar
con vos antes de separarnos para siempre.
--¡Separarnos! pero eso no puede ser.
--¿No veis que estoy vestida de una manera particular?
--Eso es, Dorotea, que os habéis propuesto demostrarme que sois más
blanca que las perlas, que vuestros ojos brillan más que los diamantes,
que vuestra hermosura domina á todas las riquezas.
--No, no por cierto, don Juan; es que me he vestido de boda.
--¡Ah! ¡para casaros conmigo!
--No, porque vos sois casado. El esposo que he elegido, será enteramente
mío, y yo seré enteramente suya; nada alterará la paz de nuestra unión;
nadie podrá separarnos; fiel yo para él, él será fiel para mí, y ningún
pensamiento, ningún recuerdo ajeno empañará nuestra unión.
--¿Es decir, que me olvidaréis?
--Sí.
--No os creo.
--Cuando sepáis con quien me caso, lo creeréis.
--¿Habláis formalmente, Dorotea?
--¡Oh! ¡sí!
--¿Y quién es ese afortunado esposo? Me estáis atormentando, Dorotea.
--Os juro que no tendréis celos del esposo que he elegido.
--¿Vais á meteros á monja?
--¡Llevar yo á Dios un corazón lleno del amor impuro de un hombre! ¡No,
don Juan! no soy tan impía. Podrá faltarme valor para el martirio, podré
ser criminal, podré llamar, arrastrada por mi desdicha, la justicia de
Dios sobre mi cabeza; pero no cometeré un sacrilegio, ¡no, no tomaré á
Dios por esposo, amando á un hombre! ¡otro es el esposo que he elegido,
don Juan!
--No os comprendo, y quisiera comprenderos; hay algo en vuestros ojos,
en vuestro semblante, en vuestra sonrisa, en vuestras palabras, que me
espanta. Encuentro en vos no sé qué calma fría, horrible.
--Sí, el resultado de una decisión irrevocable.
--Pero explicáos. ¿No os inspiro yo confianza?
--Sí, mucha, muchísima; ¡Dios mío! vos lo sois todo para mí; sin vos no
quiero nada... sin vos... sin vos, la vida es para mí una carga
insoportable. Pero cenemos, don Juan, cenemos.
--Si vos cenáis--dijo sonriendo don Juan--, cenaré yo.
--Tenéis razón; más fácil sería que una gota de agua horadase una roca,
que el que yo pudiese pasar un solo bocado. Tengo el cuerpo y el alma,
el corazón y los sentidos, llenos de vos; nada veo más que vos, nada
respiro más que el amor que siento por vos.
--¿Y á qué entonces esa extraña mentira?
--¿Qué mentira?
--La de vuestro casamiento.
--Quisiera que no fuese una horrible verdad.
--Os repito que no os comprendo.
--Dentro de poco me comprenderéis.
--¿Y me amáis?
--Como no creo que haya amado nadie; con un amor voluntarioso, ciego.
Suponed, don Juan, un pobre náufrago que flota sobre una débil barca,
sobre un mar siempre irritado, que ve al fin, cuando ya ha perdido la
esperanza, una ribera fresca, hermosa, odorífera, que le llama, que le
convida; suponed que el náufrago ha tocado á esa ribera, que se ha
creído salvado, y que una nueva ola le ha arrastrado de nuevo, le ha
apartado de aquella ribera amada, hasta que la ha perdido de vista. El
náufrago, acostumbrado antes á la tempestad, sostenido por su débil
esquife, se adormía al bramar de las olas, le era indiferente que éstas
le llevasen acá ó allá, estaba seguro de que un día le tragaría el mar,
y estaba resignado. Yo, antes de veros, era ese náufrago; el mundo, el
mar tempestuoso en que flotaba á la ventura el esquife, que me sostenía,
mi ingenio como cómica, mi belleza como mujer; el día en que una
enfermedad me imposibilitase para la escena, ó los años destruyesen mi
hermosura, estaba previsto por mí; un hospital era mi destino, sin
parientes que me amparasen, sin hijos que cuidasen mi ancianidad; no
había amado nunca; no creía en el amor: pero os vi; vos habéis sido para
mí la ribera encantada donde pude encontrar la felicidad, el porvenir,
acaso la familia, y el mundo, el mundo irritado me ha apartado de vos...
bebamos al menos, don Juan, bebamos. La embriaguez es hermana de la
locura, y yo estoy loca.
Dorotea se levantó y llenó dos copas.
Luego vino con una salvilla, y sirvió una copa á don Juan.
--Por mi amor--dijo don Juan bebiendo.
--Por mi vida--dijo bebiendo también Dorotea.
Y dejó la salvilla con las dos copas vacías sobre la mesa, y volvió á
sentarse en el sillón.
Don Juan acercó el suyo.
Por aquella vez Dorotea no se retiró.
Don Juan rodeó la cintura de Dorotea.
Dorotea se alzó radiante de dignidad.
--La mujer que ama no es la impura cortesana, la torpe comedianta que
vendía sus favores--dijo--; respetadme, don Juan, respetad en mí lo más
noble que Dios ha dado á sus criaturas: el amor y la pureza del alma.
Don Juan se retiró, no confundido, sino enojado.
Dorotea, pensativa y triste, guardó silencio.
--Dorotea--dijo al fin don Juan--, ¿queréis que hablemos seriamente?
--¿Pues qué, don Juan, creéis que yo me chanceo?
--Quiero decir, que hablemos sin locuras; con arreglo á la situación en
que estamos colocados.
--Hablemos.
--¿No hay un medio de unirnos?
--Ninguno.
--¿Ni aun de que vivamos como dos hermanos?
--Ya habéis dicho que hablemos con juicio, y es una locura pensar que
puedan amarse como hermanos un hombre como vos y una mujer como yo.
--Vivamos como amantes.
--¡Como amantes! ¿pues qué, no os vais de Madrid?
--Sí por cierto; pero por el mismo camino que yo me vaya podéis ir vos.
--Y bien; suponiendo que yo consienta...
Y Dorotea miraba de una manera ansiosa á don Juan.
--Escucha, alma de mi alma--la dijo don Juan--; una casita bella,
apartada, donde yo vaya á verte de noche; un jardín solitario, donde
sólo el firmamento estrellado sea testigo de nuestra dicha; un amor
eterno, embellecido por el deseo y por el misterio; hermosos hijos en
quienes veas reproducido tu amor; una vida tranquila; sin celos...
--¡Sin celos!...
--¡Qué amante puede tenerlos de una esposa!
--¡Ay de mí!--exclamó Dorotea oprimiéndose el pecho.
--¡Bebamos, luz de mi alma!--dijo don Juan, y se levantó y llenó las
copas y las trajo en la salvilla, y se arrodilló sonriendo para que
Dorotea tomase la suya.
Dorotea se inclinó para levantar á don Juan.
Los rizos perfumados de la joven tocaron las mejillas de don Juan y sus
ojos se sintieron atraídos por la mirada dulce, apasionada, saturada de
amor y de deseo del joven.
Aquellos dos semblantes se unieron y resonó el estallido de un doble
beso.
Y entonces el bufón se separó del tapiz, se alejó y dijo bajando las
escaleras:
--¡Oh! ¡gracias á Dios! el veneno es inútil: el veneno no matará á
nadie. Pero es preciso... sí... sí... es preciso que doña Clara se
separe de don Juan; es preciso que don Juan sea de Dorotea y sólo de
Dorotea; es preciso que doña Clara los vea aquí juntos, enamorándose,
acariciándose, embriagados de amor.
Y el bufón bajó silenciosamente las escaleras, se puso los zapatos,
abrió la puerta, salió, cerró y se encaminó al alcázar en busca de doña
Clara.
Don Juan y Dorotea, sin embargo, no habían cambiado de situación: tras
aquel beso irreflexivo, fatal, por decirlo así, Dorotea se había rehecho
de nuevo.
--Sentáos, don Juan--le dijo--, y hablemos por último con seriedad;
hemos vuelto á caer en las locuras. Tenéis sobre mí un poder
maravilloso: ya lo sabía yo, y me he prevenido; lo que me habéis
propuesto es imposible.
--¡Imposible!
--Sí; yo no puedo partir mi amor con otra mujer; yo no puedo deciros
tampoco, y no os diré: abandonad á vuestra esposa; os debéis al gran
nombre que lleváis, y no podéis deshonrarle; aunque queráis yo no
permitiré que le deshonréis por mí. Veámonos por la última vez.. y tened
mucho valor si me amáis.
--¿Qué queréis decirme con esas palabras?
--Que cuando salgáis de aquí llevaréis de mí tal recuerdo, que no me
olvidaréis jamás.
--¿Qué misterio tan incomprensible es este que os arranca de mis brazos,
que os defiende de mí, que me desespera, que me mata?...
--Mi amor.
--Extraño amor que se complace en despedazarme.
--Amor desdichado, muerto apenas nacido.
--Dorotea, no me obliguéis á ser villano.
--Conmigo no podéis ser más que lo que sois.
--Un hombre burlado, por no sé qué intención que no comprendo.
--¡Ah! no hay ningún hombre que merezca el amor de una mujer; no hay
ninguno que comprenda el alma de una mujer.
Don Juan calló confundido.
--Oye, don Juan--dijo Dorotea asiéndole las manos con acento triste y
con los ojos arrasados de lágrimas--: yo no comprendo el amor como tú le
comprendes; para mí el amor no es el deleite impuro, ni la vanidad, ni
la embriaguez, ni el entretenimiento; para mí el amor es más, mucho más;
tiene algo de divino; para mí el amor es ser el pensamiento entero de un
hombre, el espíritu poderoso que le engrandezca, que le impulse á las
grandes acciones; grandezas buscadas para engrandecer la mujer amada,
cuando se trata de un hombre como tú, que se llama Girón, que es hijo
del gran duque de Osuna, que debe su espada á sus abuelos y á su patria,
y el corazón á una mujer; yo no te pido eso que puede y debe pedirte tu
esposa; yo quiero tu grandeza para que refleje sobre mi frente; yo no
puedo ser para ti más que la amante oculta y misteriosa, que te sonría
apartada de la vista del mundo; mis hijos no pueden llevar tu nombre,
porque... tu nombre pertenece entero á los hijos de la mujer con quien
te has unido: yo sólo puedo ser para ti un sueño embriagador durante
algún tiempo; después... después, cuando hasta el misterio hubiera
perdido para ti su encanto, yo sería una carga para ti..
--¡Una carga!
--Sí, una carga enojosa.
--¿Crees tú que yo reparé jamás en...?
Don Juan se detuvo, porque lo que iba á decir era inconveniente.
Pero Dorotea oyó con el alma las palabras que don Juan no había
pronunciado; las oyó dentro de su corazón.
--No; no hablo yo de esa carga material que consiste en atender á las
necesidades materiales de una mujer; entre nosotros no puede haber eso;
el dinero hace daño al amor; yo cómica, yo cortesana, no he pertenecido
á un amante sino á trueque de un tesoro; yo, mujer, no doy mi corazón
sino por otro corazón; de otra carga más pesada he querido hablarte: de
la carga que consiste en tener que sacrificar algún tiempo todos los
días á una mujer á quien no se ama, á quien nunca se ha amado, por quien
sólo se ha sentido deseo y por la cual al fin ni deseo se siente, y á la
que se sigue fingiendo amor por compasión; carga que acaba por hacerse
insoportable, porque el sacrificio más pequeño se hace insoportable
cuando es continuo; yo sería dentro de poco una carga para ti y después
un remordimiento, porque me abandonaríais...
--Te he dejado seguir porque quería saber á dónde ibas á parar. ¡Que yo
no te amo!
--Ahora... ahora, don Juan, te crees enamorado de mi, y lo estás; estás
loco...
--No vivo más que para ti.
--Es necesario que vivas para los demás; no eres dueño de ti mismo.
--¿De modo, que yo que ansiaba que llegase el momento de ver á mi
libertadora, me encuentro con una especie de hermosísimo fraile que me
predica un sermón de cuaresma? Esto no puede ser. Yo... te amaba como
dices, con el deseo antes de hoy: te amé de ese modo desde el punto en
que te vi... Pero desde hoy, Dorotea, te amo con un amor que no puede
confundirse con nada, porque tu amor me ha obligado á amarte; tú me has
procurado la libertad, y con la libertad la vida, no sé á precio de qué
sacrificio; has podido satisfacer tus celos, vengarlos, diciendo á mi
mujer: «tú, su esposa; tú, la dama hermosísima, noble, rica, favorita de
la reina, no has podido salvarle; y yo, la cómica, yo, su querida, le he
salvado»; y tú no has hecho eso, Dorotea; tú has sufrido tu despecho, tu
desesperación, y has hecho llegar por las manos del rey á mi mujer la
orden que me ponía en libertad; tú sabías que yo libre había de partir
de Madrid y, sin embargo, la libertad me has dado; ¿cómo quieres que no
te ame, á no ser que creas que soy un miserable? Y si soy un miserable,
¿por qué me amas?
--¡Don Juan!--exclamó Dorotea con la voz trémula, ardiente, opaca, y la
mirada ansiosa, fija, concentrada en los ojos del joven--; ¡don Juan!
¡mira no mientas involuntariamente!
--No, no; te amo--dijo don Juan estrechándola contra su seno.
Dorotea pugnó por desasirse.
--Sólo á ti amo--murmuró el joven en su oído.
Dorotea rompió á llorar.
--Por ti y para ti viviré--continuó el joven--, y escucha: mi vida es
tuya; ¿para qué quiero yo un nombre que me aparta de ti? Renuncio á ese
nombre, me separo de la mujer que nos impide unirnos, saldré de Madrid,
pero saldré contigo, todo por ti y para ti.
--¡Separarte de doña Clara!--dijo Dorotea levantando de sobre el hombro
de don Juan la cabeza y apartando con las dos manos los rizos que se
habían desordenado sobre su frente, pálida y tersa--. ¡Ser mío,
únicamente mío! ¡Salir de esta casa en que había entrado muerta,
contigo, llena de una vida hermosa! ¡Oh! ¡repítemelo, repítemelo! ¡creo
que me he engañado! ¡que tú no has dicho eso!
--¡Oh, sí! ¡tuyo y no más que tuyo!
--¿Y partiremos?
--Sí.
--¿Desde esta casa?
--Sí.
--¿Y no volverás á ver á doña Clara?
--No amo á nadie más que á ti.
Y don Juan la atrajo á sus brazos.
Dorotea le sonrió de una manera tal, le dejó ver de tal modo su alma,
que una involuntaria sonrisa de triunfo de don Juan borró, como una nube
al sol, la sonrisa de gloria de Dorotea.
En la sonrisa de don Juan había visto, no amor, sino voluptuosidad,
alegría, y aun podemos decir vanidad, por la posesión segura de una
mujer vivamente deseada.
Entonces, Dorotea se levantó de los brazos de don Juan, haciendo un
violento esfuerzo para desasirse de ellos.
Su palidez había crecido.
Durante algunos segundos, una seriedad sombría, y tal que llegó á
imponer respeto á don Juan, apareció en su semblante.
Luego volvió á sonreir.
Pero entre aquella seriedad y aquella sonrisa había pasado una agonía
completa.
--La hora de la partida se acerca--dijo apoyándose dulcemente en el
hombro de don Juan.
--Partamos--dijo don Juan levantándose.
--Espera, espera un momento--dijo Dorotea poniendo sus dos manos sobre
los hombros de don Juan y mirándole frente á frente.
Don Juan exhaló una exclamación de asombro.
Nunca había visto á Dorotea tan hermosa.
Tembló bajo la impresión de la mirada de la comedianta.
--Siempre, siempre tu sed--dijo Dorotea--; nunca tu amor.
--¡Cómo! ¿aún dudas?
--No, no dudo ya--dijo la joven.
Y dejó los hombros de don Juan y se acercó á la mesa.
--¿Qué haces?--dijo don Juan.
--¡Tengo sed! ¡una sed que me devora!--contestó Dorotea fijando una
mirada indescribible en la pera adornada con el lazo rojo y negro que se
veía en medio de la mesa.
Y tomó una botella y llenó de vino una copa.
--Yo también tengo sed--dijo don Juan, que tenía la boca amarga, como
cuando experimentamos una fuerte conmoción en nuestro organismo.
Dorotea llenó otra copa.
Luego se apoyó sobre la mesa, mirando siempre el confite del lazo negro
y rojo.
Su semblante estaba contraído; gruesas gotas de sudor corrían por sus
mejillas.
Hubo un momento en que tembló toda, como á la sensación imprevista de un
frío agudo.
--Estos confites son muy buenos--dijo--; probémoslos antes de beber.
Y tomó la pera envenenada.
Al tomarla miró á don Juan y pasó por sus ojos algo horrible.
--Toma--le dijo, y le mostró la confitura.
Don Juan extendió la mano.
Dorotea se estremeció de nuevo, retiró vivamente la pera y la mordió
exclamando:
--No, no; esta es para mí, para mí sola.
Y temerosa de que don Juan pudiera arrebatarla ni una pequeña parte de
aquel confite mortal, le devoró.
A seguida cayó de rodillas.
--¿Qué haces, Dorotea?--dijo don Juan.
--¡Dejadme! ¡dejadme orar!--exclamó la joven.
--¡Orar!--exclamó asombrado don Juan.
--Sí; orar por mi alma--respondió Dorotea.
Y juntó las manos, las cruzó y dobló la cabeza sobre el pecho.
En aquel momento resonaron voces en la calle y luego el choque de
espadas.
Don Juan sintió un terror vago y se abalanzó á Dorotea y la levantó en
sus brazos.
La joven se abandonó en los brazos de don Juan y le sonrió de una manera
embriagadora.
--¡Oh! ¡no me olvidarás!--exclamó.
--¡Olvidarte, olvidarte yo, vida mía!
Y don Juan, embriagado, la besó en la boca.
--¡Adiós!--exclamó Dorotea entre un beso ardiente.
--¿Por qué me dices adiós, alma mía?
--Me llama mi esposo--dijo sonriendo siempre Dorotea.
--¡Tu esposo!
--Sí; acabo de desposarme... con quien estará eternamente conmigo y yo
eternamente con él.
--Sí, sí--exclamó don Juan engañado por las palabras de Dorotea--; no
nos separaremos jamás.
--Sí--dijo Dorotea rodeando un brazo tembloroso al cuello de don Juan--;
vamos á separarnos muy pronto, porque no me he desposado contigo; me he
desposado con la muerte. Ahora déjame orar; no acabes de perderme.
--¡Con la muerte!--gritó don Juan.
--Sí, el dulce que acabo de comer estaba envenenado.
--¡Envenenado!.. ¡Dios mío! ¡Hola! ¡aquí! ¡aquí!--gritó don Juan,
llamando.
--¡No hay nadie! ¡estamos solos!--exclamó Dorotea.
Y una leve contracción de dolor resistido, pasó por su semblante.
--¡Oh! ¡esto es horrible! ¡esto no puede ser verdad!--exclamó don Juan
reteniendo entre sus brazos á Dorotea.
Otra contracción más violenta, indicó á don Juan que Dorotea sentía un
dolor más agudo.
Al mismo tiempo su cuerpo se hizo más pesado.
Don Juan se vió en la necesidad de doblar una rodilla para sostener á
Dorotea.
--¡No me abandones! ¡no me dejes!--exclamó--; quiero morir en tus
brazos! toma... porque apenas puedo hablar... había escrito este
papel... que es mi última palabra para ti... y mi última voluntad... ¡Oh
Dios mío!
Y sacó del seno un papel doblado, que se desprendió de sus manos y cayó
sobre la alfombra.
Don Juan estaba inmóvil, mudo, dominado por el terror.
Dorotea hizo aún un nuevo esfuerzo, aún tuvo una sonrisa para don Juan;
luego lanzó algunos gritos agudos, horribles; se retorció de una manera
violenta, hasta el punto de desasirse de los brazos de don Juan; dió dos
pasos desatentados, y cayó desplomada.
Don Juan corrió á ella, la volvió, miró su semblante y dió un grito de
horror.
Dorotea estaba muerta, y aquel semblante, poco antes tan hermoso, tan
lleno de vida, estaba afeado por una contracción horrible.
Hay en la vida algunos momentos comparables á la muerte.
Momentos de atonía en que los músculos se petrifican y el corazón se
hiela.
Momentos á los cuales sucede una reacción horrible.
Don Juan probó unos momentos semejantes, y luego, como si despertase de
una pesadilla horrorosa, gritó con un acento imposible de hacer
comprender:
--¡Muerta! ¡muerta! ¡y muerta por mí!
Y seguidamente se arrojó sobre el cadáver y unió su boca á la boca
helada de Dorotea.
Y en otra nueva y más terrible reacción, se alzó, y desnudando
violentamente su daga, exclamó:
--¡Muerta por mí!... ¡y yo, miserable, vivo!
Y volvió la punta de su daga al pecho.
Pero en aquel momento, se sintió sujeto por detrás, asidos los brazos,
retenidos por otros brazos que le apretaban con la fuerza de una cadena
de hierro.
--¡Oh! ¡no! ¡no! ¡mientras yo esté á vuestro lado!--dijo una voz.
Aquellos brazos que le sujetaban y aquella voz que le hablaba, mojada en
lágrimas, eran los brazos y la voz de Quevedo.
Este y el padre Aliaga, habían entrado sin que á causa de lo horrible de
la situación los sintiera don Juan.
--¡Desarmadle, fray Luis! ¡vive Dios! ¡que tiene las fuerzas de un toro
y se me escapa!--gritó Quevedo luchando con don Juan.
El inquisidor general, arrancó la daga al joven, y le quitó la espada.
--Mirad, fray Luis, mirad si tiene pistoletes á la cintura--dijo
Quevedo.
El padre Aliaga, en silencio como hasta allí, registró la cintura de don
Juan y le quitó dos pistoletes.
--¡Ah, ya era tiempo! ¡ya no podía resistir más!--dijo Quevedo soltando
al joven.
Este se levantó, dió tres pasos vacilantes, y luego se dejó caer sobre
un sillón, y se cubrió el rostro con las manos.
--Vamos--dijo Quevedo--, nos hemos salvado; veamos ahora si podemos
salvar á esta infeliz.
--¡Muerta!--dijo el padre Aliaga roncamente.
Y se arrodilló junto al cadáver y oró.
Entre tanto Quevedo había levantado el papel que se había caído de la
mano de Dorotea y que ésta había sacado de su seno.
Quevedo, que tenía siempre valor para dominar las situaciones más
difíciles, que no desatendía jamás ninguna circunstancia por ligera que
fuese, se acercó á la mesa, desdobló el papel y le leyó:
«Don Juan--decía--: He tenido la desgracia de conoceros y de que no me
améis: mi vida es demasiado horrible para que yo la conserve, y me
habéis hecho demasiado daño para que yo quiera vengarme de vos; me he
vestido de boda para acudir á vuestra cita; de esa cita saldré envuelta
en una mortaja; sois noble y generoso, y el único medio que tengo para
que no me olvidéis jamás, es morir en vuestros brazos; cuando leáis este
papel, habré muerto ya; os amo, os amo tanto, que todo por vos lo
pierdo; hasta mi alma; sé que no me olvidaréis nunca, mientras viváis, y
quiero mejor vivir muerta en vuestro pensamiento, que vivir muriendo
lejos de vos, abandonada, despreciada por vos; que mi recuerdo no os
haga infeliz; amad... amad mucho á vuestra esposa, porque si os ama como
yo os amo, y un día se ve desdeñada por vos como yo me he visto, morirá
como yo muero. Adiós, recibid mi alma.--_Dorotea._»
Y por bajo se leía:
«Decid á don Francisco de Quevedo, que en mi casa, en un cajón de la
mesa de la sala, está mi testamento; que lo haga cumplir.»
Dos lágrimas, gordas, enormes, de Quevedo, cayeron sobre este papel.
[imagen:...arrancó la daga al joven y le quitó la espada.]
Luego le dobló en silencio, y le guardó.
--Padre Aliaga--dijo dirigiéndose al religioso que oraba en silencio--,
vos os quedaréis, ¿no es verdad?
--Debo orar junto á esta desgraciada, y tanto más, cuanto que es hija de
otra infeliz, á quien he amado mucho, antes de dejar el mundo.
--Y yo necesito apartar de aquí á don Juan.
--Sí, sí; lleváoslo.
--Esperad, esperad--dijo don Juan levantándose y dando algunos pasos
hacia Dorotea.
--¡Que hacéis!--dijo dulcemente el padre Aliaga.
--¡Dejadme, por Dios, que la vea la última vez!