«No pudiendo permanecer en Madrid, del que salgo esta noche, delego las

facultades que en este testamento se me otorgan, en el ilustrísimo señor

Fray Luis de Aliaga, inquisidor general, archimandrita del reino de

Nápoles, del consejo de Estado, confesor de su majestad el rey nuestro

señor, que conmigo firma aceptando.--_Don Francisco de Quevedo y

Villegas_, del hábito de Santiago.»

Esto escrito, Quevedo apartó del cádaver al padre Aliaga, y le leyó el

testamento.

Oyólo en silencio el confesor del rey.

Pero cuando Quevedo leyó la nota adicional escrita por él, exclamó:

--¡Qué! ¿Os vais dejando esta pesada carga sobre mis hombros?

--Antes de irme yo os abriré camino fray Luis.

--¿Y por qué no os quedáis? ¿por qué no nos ayudáis con vuestras grandes

fuerzas á soportar el enorme peso de aconsejar á su majestad en la

gobernación del reino?

--Líbreme Dios de meterme en embrollos y en obscuridades; que no soy yo

cortesano de los que hoy se usan, ni mis consejos serían para seguidos;

y pues mejor es no aconsejar que aconsejar al aire, dejadme ir á donde

mis consejos se oyen y aprovechan, y no me queráis aquí; que en cuatro

días que hace que en esta última vez en la corte ando, han sucedido

cuatro mil desgracias. Que tal es mi suerte pecadora, que á donde yo voy

va la desdicha, y el bien que hago sangre y lágrimas me cuesta.

--Os debemos, sin embargo, demasiado.

--Quédanse las cosas como se estaban, y no podía suceder de otro modo;

que tal anda ello, que el gobierno es como capa vieja á quien se la va

el remiendo que se la ha puesto, por las puntadas. Ved, pues, lo que me

mandáis para Nápoles, que tengo que hacer bastante, y verme quiero fuera

de Madrid antes de que acabe la noche.

--Sacadme antes de iros, si podéis, de este pantano en que me encuentro.

--A ver voy á Lerma y os le enviaré, y él hará lo que sea menester, que

él lo puede todo.

--¿Y no volveremos á veros por aquí?

--Acaso.

--Id con Dios, id con Dios, don Francisco, y al menos escribiéndonos, no

nos olvidaréis.

--Así haré, porque como escribiendo me divierto, en escribir soy

diligente. Y adiós, fray Luis, y no me detengáis más, que estoy decidido

y aún me queda que hacer, y ansia tengo por acabar.

--¿Y no os despedís de esa desdichada?

Quevedo se volvió en un movimiento nervioso hacia la alcoba, entró en

ella, se acercó al lecho, asió una helada mano del cadáver y se

descubrió.

Su ancha frente, nublada, sombría, transparentando un pensamiento

desesperado, parecía absorber el amarillo reflejo de una lámpara que

estaba encendida sobre una palometa de plata junto al lecho, delante de

una virgen de los Dolores.

La mirada de Quevedo, abarcando aquel cadáver afeado por la muerte, de

que quedaban aún los hombros desnudos, redondos y mórbidos, y las

maravillosas galas y las joyas deslumbrantes, tenía algo de espantoso.

--Te he calumniado--dijo--en el corazón del hombre por quien has muerto;

pero tú ya estás donde la verdad resplandece, pobre niña; tú verás que

de los que aquí quedan, sólo queda en uno la amarga memoria tuya; yo

haré que en los templos de Nápoles se eleven preces por tu alma y por tu

descanso; yo rogaré á Dios por ti lo que me quede de vida; y puesto que

una prenda tuya me legas, este rizo y mi recuerdo serán lo único que de

ti quede algún tiempo sobre la tierra.

Y Quevedo desnudó su daga, cogió uno de los sedosos y pesados rizos de

Dorotea, le cortó, le anudó, le guardó en el seno y salió de la alcoba.

--Adiós, fray Luis, adiós--dijo abrazándole--. Hasta que la desdicha nos

vuelva á juntar.

--Adiós, don Francisco, adiós, y que Él os de fuerzas para sufrir

vuestras amarguras.

Quevedo salió y se encaminó á casa del duque de Lerma, en cuya portería

escribió la carta en tres renglones que le abrió paso hasta el despacho

del duque.

Recibióle Lerma afablemente y le mostró la carta que acababa de leer.

--Explicadme esto, don Francisco--le dijo.

--La explicación está en estos sangrientos papeles--dijo Quevedo

entregando al duque los que llevaba en la mano.

El duque los examinó rápidamente.

Eran los papeles que le había robado el tío Manolillo, y que le tenían

sujeto.

--¿Qué precio queréis por estos papeles, don Francisco?

--Yo no vendo seguridades ni en ser soplón he pensado nunca. Lo que

quería ya lo tengo, una audiencia vuestra.

El duque se acercó á una bujía y quemó uno por uno aquellos papeles.

--Nada habéis hecho--dijo Quevedo--, si no quemáis también vuestra

ambición y vuestra soberbia.

--¡Siempre cruelísimo conmigo! ¿por qué no me ayudáis?

--Porque no quiero.

--¡Breve estáis!

--Tengo prisa.

--¿Y á qué habéis venido?

--A atar unos cabos que si se quedasen sueltos podrían enmarañarnos.

--Veamos.

--Recordad que sangre tenían los papeles que habéis quemado.

--¿Habéis muerto ó herido?...

--He sacado de penas al bufón del rey. Desdichado era y por mí descansa.

Allá está en la calle de Don Pedro.

--Bien; no se harán informaciones acerca de esa muerte.

--Necesaria ha sido, y con decir que ha sido necesaria, digo que ha sido

justa.

--Bien, bien; el secreto se enterrará con el muerto.

--Hay además en la calle de Don Pedro, esquina á la de la Flor, una casa

deshabitada, de cuya puerta es esta llave.

Y Quevedo dió al duque una llave que el duque puso sobre la mesa.

--En esa casa hay una sala ricamente entapizada y con una cena ricamente

servida; la vajilla es de plata; los manjares apetitosos; pero cuando

mandéis recoger la vajilla y los tapices y los cuadros, advertid que

nadie por golosina coma de aquellos manjares. Podría acontecerle lo que

á Dorotea.

--¡Cómo! ¡pues qué ha sido de Dorotea!

--Debéis alegraros por lo que toca á vuestra hacienda, aunque la lloréis

como cristiano; la Dorotea os tenía apurado; dándose muerte desesperada,

os ha librado de apuros y de gastos.

Púsose densamente pálido el duque de Lerma.

--¿Pero quién ha asesinado á... Dorotea?

--Su despecho.

--Su muerte va á causar un alboroto, un escándalo; era muy querida del

público.

--Pues ved ahí lo que son las mujeres: ella no ha pensado ni un momento

en el escándalo que iba á dar matándose.

--Pero explicadme...

--Ya os he dicho que estoy de prisa; por lo mismo quiero concluir

pronto. Que la causa de su muerte se oculte; que su secreto se entierre

con la infeliz, como el otro con el bufón.

--Se enterrará, se enterrará. ¿Pero dónde está Dorotea?

--En su casa, en su cama, y orando junto á su cama el bueno del

inquisidor general.

--¿Y qué más queréis, don Francisco?

--Quiero real licencia para que partan cuando quieran á Napóles don Juan

Téllez Girón, capitán de la guardia española del rey, con su esposa doña

Clara Soldevilla, dama de honor de su majestad la reina.

--Pediré la licencia á su majestad.

--Dádmela vos por traslado, que otras más graves reales órdenes se han

dado sin que lo sepa su majestad.

El duque, dominado por Quevedo y por la situación, se sentó en la mesa,

escribió, firmó, leyó lo que había escrito á Quevedo y luego dobló el

papel, le puso un sobre y le selló y le sobrescribió.

--Beso á vuecencia las manos y le doy las gracias--dijo Quevedo tomando

el pliego.

Y se encaminó á la puerta.

--No me atrevo á deciros más--dijo el duque--, porque estoy seguro de no

reteneros.

--Adiós, don Francisco de Sandoval y Rojas--dijo con un acento singular

Quevedo--; plegue á Dios que no paguéis, como me temo, el favor de su

majestad.

Y Quevedo salió.

Poco después fué cuando el duque llamó al alcalde de casa y corte, Ruy

Pérez Sarmiento.

--Tomad--dijo el duque dándole una orden firmada por el rey--;

presidente sois desde ahora de la real audiencia de Méjico.

--¡Oh! ¡señor! ¡señor excelentísimo!--dijo doblegándose todo el alcalde.

--Anteanoche me servísteis bien; pero aún os queda que hacerme un último

servicio.

--Mandad, señor.

--En la calle de Don Pedro encontraréis un hombre muerto á hierro.

--¿Y quiere vuecencia que se descubra?...

--Por el contrario, quiero que hagáis el proceso de manera que no pueda,

ni aun por barruntos, sospecharse quién es el homicida.

--Lo haré, señor.

--Pues id al momento, no dé con el difunto una ronda.

--A tal hora y lloviendo, juraría que no hay un alcalde fuera de su

lecho, ni más alguaciles de pie que los que yo traigo.

--Pues id, alcalde, despacháos, depositad el difunto y volved, porque os

necesitaré aún.

Cuando el duque se encontró solo, una expresión de contento animó su

semblante.

Esto consistía en que se le había quitado una montaña de sobre el

corazón, en el momento en que destruyó las pruebas de traición que en

poder del tío Manolillo eran su inquietud mortal.

En cuanto á Dorotea, no diremos que el duque se alegrase de su muerte.

Pero el corazón humano es un abismo.

Dorotea era un cocodrilo alimentado con oro.

Le sacrificaba.

Viva Dorotea, no era posible dejarla. ¿Qué se hubiera dicho de la

magnificencia del duque de Lerma?

No dejándola, era preciso satisfacer sus gastos.

Por la muerte de Dorotea heredaba Lerma un tesoro.

Esto es, el tesoro que hubiera absorbido Dorotea, si no hubiera muerto.

Y como todo el que hereda cuantiosamente se consuela con facilidad de la

pérdida del difunto (en general sea dicho), y como el duque de Lerma

salía bien heredado, estaba en unas magníficas disposiciones de

consuelo.

Todo se arregló á las mil maravillas, porque el licenciado Sarmiento era

hombre que lo entendía.

El tío Manolillo pasó por asesinado por una mano oculta, y con su

entierro se terminó el proceso.

Dorotea pasó por muerta de repente en su casa, en su cama; se la

hicieron, costeándolos el duque de Lerma, que no podía dispensarse de

aquel último gasto, unos ostentosos funerales, y se la enterró según su

voluntad, en la iglesia de San Martín, en una sepultura en el suelo, sin

piedra ni letrero.

Había cesado de llover y hacía sol.

Un mes después, la duquesa de Gandía recibió por un correo expreso una

larga carta del duque de Osuna.

El poderoso grande estaba completamente satisfecho de su hijo y de su

esposa, que se amaban con toda su alma y eran felices.

A la carta de Osuna acompañaban una de don Juan y otra de doña Clara.

Aquellas cartas respiraban felicidad.

El autor debe decir, que tal maña se dió Quevedo, que curó á los dos

esposos completamente, á él del recuerdo de Dorotea, á ella de sus

celos.

Atemos los últimos cabos.

Don Rodrigo Calderón sanó al fin de su herida, y como era necesario al

duque de Lerma, éste se guardó muy bien de mostrarse enojado con don

Rodrigo.

El incendio de la quinta del conde de Lemos se apagó, pero no se apagó

del mismo modo el incendio del corazón de la condesa.

En la primavera siguiente, la condesa de Lemos fué á visitar sus

posesiones de Nápoles.

En resumen, ¿cuál de nuestros personajes era la víctima de los sucesos

que acabamos de relatar?

La situación de la corte había quedado en el mismo estado que antes; las

intrigas seguían, los que antes eran enemigos, seguían profesándose un

razonable odio.

Doña Clara tenía á su don Juan.

La condesa de Lemos á su don Francisco.

Dorotea y el bufón habían dejado de sufrir, porque los muertos no

sufren.

Doña Ana seguía siendo la maestra de amor del príncipe de Asturias.

El padre Aliaga quedóse más desesperado que lo estaba cuatro días antes.

Unos personajes habían ganado.

Otros se habían quedado como estaban.

¡Pobre Francisco Martínez Montiño! Tú solo, parte paciente de esta

historia; tú, pagador constante de pecados ajenos, tú solo fuiste la

víctima superviviente á estas aventuras de cuatro días lluviosos.

Su locura se había determinado.

Perdió, por lo tanto, la cocina de su majestad, cuya pérdida no se le

indemnizó sino con dejarle un mechinal donde vivía en palacio y una

mezquina pensión nominal, porque no se le pagaba.

No le encerraron porque su locura era tranquila.

Consistía ésta en la manía de querer hacer creer á todo el mundo, que

detrás de él, siguiéndole, persiguiéndole, engalanada con sedas y joyas,

iba constantemente la comediante Dorotea; que cuando se acostaba,

Dorotea se sentaba á la cabecera de su cama.

Y esto, que era asunto de risa para la canalla de escalera abajo de

palacio, era una verdad para el infeliz.

Veía por todas partes á Dorotea, engalanada, pero lívida, horrible. Huía

de sí mismo, pretendiendo huir de ella, en vano; porque la llevaba

consigo, porque su locura había dado una forma real á sus

remordimientos.

El infeliz se había quedado solo.

Su mujer se había fugado con un nuevo amante, robándole su dinero

ahorrado en tantos años, los dos mil doblones que había contenido el

cofre de hierro que había traído de Navalcarnero Francisco Martínez

Montiño, donde había hallado las pruebas de su nacimiento don Juan

Téllez Girón, que éste le había cedido generosamente, y los dos mil

ducados que le había legado Dorotea, como precio horrible de su

envenenamiento.

Flaco, desnudo, hambriento, acurrucado en la puerta de las cocinas,

comiendo de la caridad de los que en otro tiempo habían sido sus

oficiales, fué necesario que, informado el duque de Osuna de su miseria,

le señalase una pensión decente, le diese aposento cómodo en uno de sus

palacios de Madrid, y destinase una persona á su servicio que sólo tenía

esta obligación, y la no muy pesada de cuidar de otro personaje de quien

no hemos vuelto á ocuparnos desde el primer capítulo de este libro, de

_Cascabel_, del pobre caballo viejo y cojo, sobre el cual había entrado

el señor Juan Montiño en Madrid.

Así pasaron algunos años.

El excocinero hablando siempre de Dorotea y viéndola siempre, pero sin

nombrar jamás la palabra envenenamiento.

_Cascabel_, rumiando su pienso cernido en un rincón de las caballerizas

del duque de Osuna.

Un día encontraron á _Cascabel_ muerto.

Pocos días después, al entrar por la mañana en el aposento de Francisco

Montiño el hombre que le asistía, le encontró sentado sobre la cama,

mirando con extrañeza cuanto le rodeaba.

--¡Dónde estoy!--dijo--; ¡y mi mujer! ¡dónde está mi mujer! ¡dónde está

mi hija! ¡y tan tarde, y sin haber acudido á las cocinas!

El asistente le creyó más loco que nunca.

Y sin embargo, Montiño había recobrado la razón, pero para morir.

Cuando le dijeron cómo había vivido seis años; que su mujer le había

robado y abandonado; que su hija había desaparecido con el paje

Cristóbal Cuero; que vivía de la caridad del duque de Osuna, Montiño fué

lentamente desplomándose; cuando, por último, le contaron que nombraba

continuamente á Dorotea, un grito horroroso, un rugido terrible salió

del pecho del desdichado, y cayó sobre el lecho acometido de un vértigo

mortal.

Llamóse al padre Aliaga, que no se separó de él, y tanto se esforzaron

que le creyeron salvado.

Había dejado el lecho.

Pero el mismo día en que le dejó, en que salió á la calle, le esperaron

en vano.

Llegó la noche y tampoco vino.

Al día siguiente se supo que le habían hallado muerto sobre la sepultura

de Dorotea.

Aquella sepultura no tenía losa ni nombre.

Montiño no había preguntado á nadie por el lugar de la sepultura de

Dorotea.

¿Quién le había llevado á morir sobre la tumba de su víctima?

--¿Quién sabe? una casualidad tal vez.

Tal vez la mano de Dios.

Madrid, 1.º de Mayo de 1858.

FIN DEL COCINERO DE SU MAJESTAD

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El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III · 第 66 / 66 段