En otras circunstancias doña Clara se hubiera negado á recibir al tío

Manolillo; pero el tío Manolillo era una persona allegada á la

comedianta Dorotea, á aquella mujer que la hacía probar la amargura

mayor que puede probar una mujer: sentirse herida en su amor, en su

orgullo, en su dignidad; doña Clara, pues, mandó que introdujesen al tío

Manolillo.

Entró lentamente el bufón, abarcando en una mirada sombría el aposento.

Sus ojos estaban encarnados, parecían arrojar el fuego de una calentura

horrible, y su pecho de gigante se alzaba y se deprimía á impulsos de

una respiración poderosa, que se exhalaba por su boca entreabierta y

seca, produciendo un silbido ronco y débil, á veces un ruido semejante

al de un hervor fatigoso; de tiempo en tiempo, á lo largo de los cortos

miembros del tío Manolillo, corría una convulsión rápida, fuerte,

instantánea.

Detúvose en medio de la estancia, y dijo con una voz sepulcral,

terrible, que estremeció á doña Clara:

--¡Estáis preparando vuestra marcha! ¡quedáos! ¡pensáis iros!...

¡iros... y con él! ¿para qué queréis partir ya, si él se quedará aquí?

Doña Clara no palideció ni tembló; pero sus ojos inmóviles,

incontrastables, absorbieron toda entera la mirada calenturienta del

bufón, con toda la expresión funesta de odio, de desesperación, de

horrible alegría.

--¿Qué decís?--dijo marcando fuertemente su pregunta doña Clara.

--Digo que sois viuda.

--¡Viuda!--gritó doña Clara, salvando de un salto la distancia que le

separaba del bufón y asiéndole con violencia: ¡viuda habéis dicho!

--Sí, viuda--contestó el bufón desasiéndose de doña Clara con un ligero

sacudimiento--; pero no quiero atormentaros antes de tiempo; podéis

daros por viuda porque os lo roban.

--¡Que me le roban!

--¡Sí, no volverá!

--Explicáos, ó por mi alma, llamo...

--Y si me prenden, ¿quién llevará á la hermosa doña Clara á que vea por

última vez á su hermoso don Juan?

--¡Está con ella!

--Sí, con Dorotea.

--¡Mentira!

--Aún tendréis un manto fuera de esos baúles; aún os quedará valor; ese

valor que hace pocas noches demostrásteis para salvar á la reina, para

venir á salvaros á vos misma; yo os guiaré.

--¿Dónde están ellos?

--Sí; donde se enamoran, donde enloquecen, como si no hubiera en el

mundo más hombre que él, ni más mujer que ella; ¡oh! tembláis de cólera

y de celos; yo también tiemblo de celos y de desesperación; mirad, mis

ojos arrojan fuego, mi aliento silba, mi cabeza se pierde... porque la

amo... la amo... y quiero... quiero venganza.

Doña Clara no le escuchaba.

Buscaba apresuradamente un objeto.

Al fin levantó de entre sus ropas un manto y se envolvió rápidamente en

él.

--¿Decís, Manuel--exclamó con voz concentrada y breve--, que sabéis

dónde están juntos ese hombre y esa mujer?

--Sí--dijo el bufón.

--Venid.

Doña Clara abrió con un llavín una puerta de servicio, y seguida por el

tío Manolillo, atravesó un espacio obscuro, sin detenerse, sin dudar,

como quien conocía perfectamente el sitio, y á obscuras siempre se

oyeron sus fuertes pisadas, descendiendo rápidamente por una escalera de

caracol.

El bufón, sin vacilar, sin dudar, como ella, la seguía.

Escuchábase sobre el pavimento de mármol el fuerte ruido de sus zapatos

guarnecidos de clavos.

Al fin de la escalera se oyó el ruido de una llave en una cerradura;

salieron doña Clara y el tío Manolillo, y volvió á cerrarse la puerta.

A la luz de un turbio farol que ardía en aquel lugar, que era el zaguán

de la puerta de las Meninas, se vió á doña Clara envolverse

completamente en su manto, y al bufón rebujarse en su capilla.

El suizo, que alabarda al brazo paseaba en el zaguán, se detuvo un

momento, y al desaparecer, lanzándose en la calle, doña Clara y el bufón

volvió á su paseo.

--Llevadme donde están--dijo doña Clara.

--Seguidme--contestó el bufón.

Y tiró adelante.

Doña Clara le seguía con esa rapidez incomprensible de las mujeres

cuando andan de prisa.

Si de improviso el ancho arroyo de una calle, causado por la continua

lluvia, detenía á doña Clara, el bufón la asía por la cintura, y

levantándola como una pluma, á pesar del enorme peso de buena moza de la

joven, la ponía al otro lado del arroyo.

Luego él y ella seguían su rápida marcha.

En pocos minutos habían atravesado el barranco de Segovia, y subiendo

las pendientes callejas que están al otro lado, llegaron á las vistillas

de San Francisco, y entraron en la calle de Don Pedro.

De repente una voz seca, vibrante, particular, dijo con acento de

amenaza, viniendo de la dirección opuesta á la que llevaban el tío

Manolillo y doña Clara:

--¡Alto allá! que en noches tan obscuras es bueno evitar tropiezos.

El bufón se detuvo al escuchar aquella voz y retrocedió.

--¡Quevedo!--exclamó doña Clara.

Y por instinto, en vez de retroceder, avanzó hasta el bulto informe, del

cual al parecer había salido la voz.

--¡Doña Clara!--exclamó Quevedo--, ¿con quién venís?

--Con el tío Manolillo.

--A mis espaldas, á mis espaldas, señora--exclamó Quevedo poniéndose

rápidamente delante de doña Clara, terciándose la capa y echando al

mismo tiempo al aire las hojas de su daga y su espada.

--¡Ah! ¡ah!--dijo soltando una horrible carcajada el bufón--; ¿conque

habré de mataros, hermano Quevedo, ya que se me os habéis puesto por

medio?

Y acometió hierro en mano á Quevedo.

--Hacéos, hacéos á la pared, doña Clara--dijo Quevedo parando los

primeros golpes del tío Manolillo--; las habemos con un gato garduño,

tan ágil de pies como yo quisiera serlo; así, contra esa puerta, ahora

no hay miedo. Tío Manolillo, idos, y no me obliguéis á despacharos; ya

veis que aunque hace obscuro, mi hierro huele el vuestro, y siempre le

sale al encuentro; en verdad que sois diestro, pero más yo... no me

fatiguéis demasiado, hermano, no sea que por descansar os mate.

El bufón no hablaba una sola palabra; acometía en silencio, y de tiempo

en tiempo salían de su pecho rugidos poderosos, sordos; hálitos

abrasadores, con los que parecía querer comunicar á su acero la fuerza

de su rabia.

--Ved que me canso, tío--repitió Quevedo.

El tío Manolillo redobló su ataque.

--¡Ah!--dijo Quevedo--; ¿conque os empeñáis, hermano? pues señor,

descansemos.

Y dejó caer un tajo tal y tan formidable sobre el bufón, que apenas

recibido cayó el tío Manolillo, como si la tierra le hubiera faltado de

debajo de los pies.

Lo primero que hizo Quevedo fué volver la punta de su espada al suelo,

apoyarse en su pomo y descansar; el combate había sido corto, pero

reñidísimo, duro, formidable; Quevedo se había visto obligado á resistir

los golpes tirados por el puño de hierro del bufón, y sudaba, estaba

jadeante.

Pero en el mismo punto en que se había apoyado en su espada se irguió y

se preparó.

Se escuchaban los pasos precipitados de dos hombres que se acercaban á

la carrera.

--¿Quién va?--dijo Quevedo.

--El cocinero de su majestad--contestó una voz angustiosa.

--¿Y quién más?--repitió Quevedo.

--Fray Luis de Aliaga--contestó otra voz.

--¡Ah, bien venido seáis! He aquí, doña Clara, que Dios nos envía

amigos.

Pero doña Clara no contestó.

Helósele la sangre á Quevedo.

Temió que, replegado á la pared contra la puerta de una casa, teniendo

inmediatamente pegada á sí á las espaldas para protegerla de todo ataque

de costado á doña Clara, no la hubiese alcanzado algún golpe del bufón.

--¡Una luz, una luz! exclamó Quevedo--. ¿No traéis con vosotros una luz

para ver lo que ha acontecido á doña Clara?

--¡Cómo! ¿Está doña Clara con vos?--dijo el padre Aliaga.

--La trajo, no sé para qué, el tío Manolillo; he reñido con él, le he

tendido; pero no sé si habrá alcanzado algún golpe á doña Clara.

--¡Oh, qué de crímenes, qué de desgracias!--exclamó el padre Aliaga--.

Pero socorrámosla; ¿dónde está?

--Vamos--dijo Quevedo, que entre tanto había corrido al socorro de doña

Clara--; no es nada, un desmayo; un desmayo que nos viene á las mil

maravillas; quedáos vos aquí, padre Aliaga, y esperadnos.

--¿A dónde vais?

--A llevar á doña Clara á una de estas casas inmediatas. Ayudadme vos,

Montiño.

--Dios quiera que pueda; apenas me tengo de pie.

--Os ayudaremos los dos y es más breve--dijo el padre Aliaga.

Y entre los tres cargaron con doña Clara, que estaba sin sentido.

Después de algunos minutos doña Clara estaba recibida en una casa que se

abrió al nombre del tribunal del Santo Oficio, pronunciado por el padre

Aliaga.

A aquel nombre no había puerta que no se abriera en aquellos tiempos en

España.

Y ninguna persona más competente para usar de él que el inquisidor

general.

Nadie vió á doña Clara, que fué introducida envuelta en su manto.

En efecto, sólo estaba desmayada.

Aquel rudo combate la había aterrado, porque si bien doña Clara era

valiente, su valor era el valor de la mujer.

El cocinero mayor se quedó encerrado con ella.

Pero antes dijo á Quevedo:

--Si habéis matado al tío Manolillo, importa que le quitéis unos papeles

que lleva encima y que son muy importantes; pero apresuráos y entrad

cuanto antes en la casa á cuya puerta os hemos encontrado, porque en esa

casa están de cena la Dorotea y don Juan, y en esa cena hay un plato

envenenado.

--¡Ah!--exclamó Quevedo, y escapó.

Y llegó al lugar donde estaba el bufón y le registró.

Quitóle unos papeles que encontró bajo su ropilla y una llave.

El bufón no se movía.

Quevedo guardó los papeles, se alzó, se volvió á la puerta que estaba

tras él, puso la llave en la cerradura y dijo al padre Aliaga que le

había seguido:

--Entremos, fray Luis, entremos.

Poco después el fraile y el poeta estaban dentro de la casa, cuya puerta

volvió á cerrarse.

CAPÍTULO LXXXIII

EN QUE SE VE QUE EL BUFÓN Y DOROTEA HABÍAN ACABADO DE PERDER EL JUICIO

Hora y media antes de los últimos sucesos podía verse en la casa donde

acababan de entrar Quevedo y el padre Aliaga, un extenso salón

magníficamente engalanado.

Tapices de Flandes cubrían las paredes, una gruesa alfombra el

pavimento; del techo, renegrido ya, pero majestuoso, uno de esos techos

de madera del gusto del Renacimiento, de enorme relieve, con profundos

casetones magistralmente tallados con florones, grecas, hojas, frutas y

caprichos admirables, pendía una araña de cristal cargada de bujías de

cera encendidas.

Debajo de esta araña había una gran mesa cubierta con un mantel, y sobre

el mantel una numerosa variedad de manjares servidos en vajilla de

plata; en el centro estaban los postres de dulces, conservas y frutas de

la estación, y en medio de estos postres un plato de confituras coronado

por una enorme pera, puesta sobre una hoja de parra artificial, y

adornada con un lazo rojo y negro.

A los dos extremos de la mesa había un bosque, por decirlo así, de

botellas de riquísimo cristal, sobre salvillas rodeadas de copas.

A la derecha y á la izquierda de esta mesa había otras dos cubiertas de

otros platos y de otras botellas y alumbradas cada una por un candelabro

en forma de ramillete, de entre cuyas flores, admirablemente

contrahechas, salían las bujías.

Dos sillones, puestos el uno junto al otro, estaban delante de la mesa;

una hilera de sillones dorados alrededor del salón junto á los tapices,

y espejos y cuadros cubriéndolos á éstos.

Ultimamente, delante de la mesa había un brasero de plata con fuego.

Gran parte de aquellos efectos habían sido llevados de la casa de la

Dorotea; el resto comprado acá y allá, donde se había encontrado y por

lo que habían pedido.

Aquel era un capricho de la Dorotea que la costaba algunos miles de

ducados.

¿Pero qué importaba esto? quería presentarse hermosa y grande ante su

amante en una habitación rica y bella.

Como á las ocho de la noche se levantó un tapiz y entró una mujer

envuelta en un manto.

Tras ella entró un hombre pequeño y ancho, embozado en una capa.

La mujer se desprendió el manto y le arrojó al hombre, que había echado

abajo su embozo.

Eran Dorotea y el bufón.

Ya sabemos que Dorotea era la hermosa de moda; es decir, la comedianta

que por orgullo enriquecía el duque de Lerma, la niña de los grandes

ojos azules y del seno de nácar, que enloquecía á los galanes de Madrid;

la reina de las entretenidas, como diría un francés de nuestros días; la

tentación viviente y continua del corral de la Pacheca, aquella á quien

si por comedianta excelente hubiera aplaudido siempre el público,

aplaudía con frenesí, por inimitable comedianta y por incomparable en

hermosura.

La hemos descrito ya. Pero necesitamos describirla de nuevo.

Dorotea estaba transfigurada por el amor, por el sufrimiento, por la

horrible decisión que á aquella casa la llevaba; su palidez mortal, la

lucidez de su mirada, un no sé qué portentoso que emanaba de la dolorosa

contracción de su boca, de lo grave, profundo y ardiente de su mirada

febril; de aquellos hombros redondos, tersos, mórbidos, en que la vista

parecía tocar una suavidad dulcísima; de aquel seno cuya parte superior

no cubría el escote, agitado por una respiración poderosa, por un

aliento de fuego; de aquellos brazos desnudos, modelados por Dios, de

una manera tan bella, tan dulce, tan pura, que el cincel griego se

hubiera detenido impotente al querer copiarlos; de todo su ser, en fin,

emanaba tal magia, que la hermosura de Dorotea parecía divinizada,

sobrenatural, hija de la imaginación, no real y efectiva; una de esas

bellezas que se ven raras veces, que la mayor parte de los hombres no

ven nunca, y que hacen creer al que las ve que han de desvanecerse como

una sombra al ser tocadas.

Sus densos, brillantes y sedosos cabellos estaban peinados en largos

rizos, en una manera de teatro, contra la moda de aquellos tiempos;

estos rizos, de un tono obscuro, ceñidos en la frente por una corona de

rosas de brillantes, formaban un marco hechicero al rostro de Dorotea,

contrastando con su blancura, que la palidez había llevado hasta el

último punto del blanco en la tez de la mujer. Su pecho estaba rodeado

por las múltiples vueltas de un collar de gruesas perlas (las perlas son

el adorno inmejorable de un cuello hermoso) que se anudaba en un rosetón

de brillantes y encendidos rubíes.

Los brazaletes eran del mismo género: perlas y rubíes, y del mismo

género también los herretes y el ceñidor de su magnífico traje de raso

blanco bordado de oro, traje de teatro, traje de reina, que dejaba

desnudos los hombros, el seno y los brazos, con doble falda, ancho,

flotante, maravilloso, que aún no había estrenado Dorotea, que aún no

había visto nadie.

Jamás se había presentado de tal modo al público, por más que fuesen

famosos por su lujo sus trajes y sus joyas é hiciesen que muchos

tuviesen lástima del duque de Lerma y la mayor parte envidia.

Aquello lo pagaba España, como ha pagado tantas otras cosas.

Pálida, lenta, dominada por un pensamiento fijo, Dorotea adelantó hasta

la mesa; la examinó y luego miró en torno suyo.

--Gracias, Manuel--dijo dirigiendo la palabra de una manera fría al

bufón--; habéis hecho más de lo que yo quería; esto es magnífico.

--Ha costado mucho y se ha trabajado bien--dijo el tío Manolillo con la

voz conmovida y sin apartar su mirada ansiosa de Dorotea.

--¿Qué hora es?--dijo la joven.

--Ya es hora de ir en su busca.

--Pues id; tengo grandes deseos de acabar.

--¡De acabar! ¡de acabar! ¿y qué ha de acabar?

--Esta agonía que me devora, esta muerte en vida.

--Dorotea, yo necesito saber lo que piensas hacer.

--¿Qué?--dijo Dorotea sonriendo tristemente--¡vengarme!

--¡No, tú no le matarás!--dijo el bufón--; ¡le amas demasiado! ¡no te

atreverás!

--¿Dónde está el dulce envenenado, Manuel?--dijo Dorotea sin contestar á

la observación del tío Manolillo.

--Aquí, en este plato del centro--dijo el bufón estremeciéndose--; esa

pera que tiene un lazo negro y rojo. Pero ¿para qué quieres ese veneno?

--Para un último caso.

--¿Pero qué último caso es ese?

--Que don Juan no quiera seguirme.

--Mientes; no hay nada preparado para una marcha.

--Pues yo os aseguro, Manuel, que el viaje se hará.

--Me espantas, Dorotea, yo no sé por qué tiemblo, yo, que no tiemblo por

nada; yo que no me aterro; tú no eres franca conmigo, Dorotea; y debías

serlo... porque yo soy... tu padre... á mí me debes la vida.

--Os lo agradezco, Manuel, os lo agradezco; nada temáis; no sucederá

nada; don Juan me debe la vida también.

--Don Juan no te ama.

--Peor para él.

--Doña Clara le tiene loco.

--¡Oh! ¡doña Clara! aborrezco á mi pesar á esa mujer; porque ella, ella

no tiene la culpa de que él la haya amado; hay momentos en que mataría á

esa mujer.

--Y eso, eso es lo que debía hacerse; pero no tú... tú no debías

matarla; las cuentas con la justicia son malas de ajustar... oye,

Dorotea: voy á quitar de ahí esa pera...

Y el bufón tendió su mano hacia el plato.

--Dejadla, dejadla ahí--dijo Dorotea--; en cuanto á doña Clara, mirad,

Manuel: yo quisiera que doña Clara me viera junto á él aquí...

--¡Oh!--dijo con alegría el bufón--, la traeré.

--Sí; que vea cómo su marido cae á mis pies... porque caerá, Manuel,

caerá; no me ama, pero me desea... cuando esté á mi lado algún tiempo,

se embriagará en mis ojos, en mi sonrisa, en mis palabras. Quiero...

quiero que doña Clara vea que desprecio á ese hombre á quien ama ella...

quiero...

--¡Oh! tú no sabes lo que quieres, y el estado en que te encuentras me

espanta... ¿para qué te has engalanado de ese modo? ¿para qué te has

puesto tan hermosa como un ángel?... ¡pobre niña! tu alma, tu corazón,

tu vida, es ese hombre, ese hombre que no puede hacerte feliz; el solo

hombre á quien has amado; ¡terrible Dios, que has dado al hombre amor y

caridad, sangre y lágrimas, y no le has dado poder!... ¡mañana me

pedirás cuenta de lo que yo haya destruído, arrastrado por mi

desesperación, y no tendrás en cuenta mi amor hacia esta infeliz, mi

rabia al ver que nada puede servirla, mi dolor al mirarla anonadada,

muerta, apurando la hiel más amarga que tú has destinado para probar á

las criaturas! ¡oh! ¡yo estoy loco! ¡mi cabeza se rompe! ¡mi corazón

revienta! ¡Maldito sea ese hombre! ¡maldito! ¡maldito!

Y el tío Manolillo se paseaba iracundo, terrible, á lo largo de la

estancia, con ese paso igual, sostenido, terrible del león enjaulado.

Dorotea tenía una mano apoyada en la mesa, en la otra mano apoyada la

barba y la mirada fija, profundamente fija, en la pera que tenía el lazo

rojo y negro.

Hubo un momento en que se estremeció de pies á cabeza y cerró los ojos.

Luego se pasó la mano por la frente como si hubiera querido arrancarse

un pensamiento horrible, y haciendo un poderoso esfuerzo se separó de la

mesa á la que parecía retenida por una influencia fatal.

--Don Juan estará esperando--dijo al bufón.

--¡Oh! ¡no piensas más que en él!--dijo el tío Manolillo sin detenerse

en su paseo.

--Sí, sí, es verdad; quiero verle cuanto antes; quiero concluir; id por

él.

--¿Y luego?... porque supongo que querrás que él entre solo.

--Sí, sí, es verdad; me olvidaba; entradle hasta aquí á obscuras; que no

pueda ver la desnudez de esta casa; además, esa obscuridad tendrá para

él algo de misterioso, y esta habitación le parecerá mejor. Luego,

Manuel, necesito que nadie me escuche; ¿lo entendéis?

--Nadie te escuchará, hija mía--dijo dolorosamente el bufón.

--Luego, así que haya entrado don Juan, vos saldréis de la casa,

dejaréis la llave debajo de la puerta y os retiraréis.

--¿Y quién ha de acompañarte cuando hayas concluído?

--El.

--¡El!

--Sí, él.

--¡Pero entonces ese veneno!

--No me preguntéis, por Dios, más. Prometedme hacer lo que os he dicho.

--Lo haré; pero no te comprendo.

--Os repito, Manuel, que por caridad no me atormentéis más.

--Una sola palabra. ¿Quieres que traiga aquí á doña Clara?

--No... no... no quiero atormentarla... ella no tiene la culpa... dejad

á doña Clara en paz.

--¿Pero no habías pensado vengarte?...

--Me vengaré, Manuel, pero noblemente. Aborrezco á esa mujer, pero sólo

como á una cosa que me hace daño... no quiero ser infame... que nada

sepa doña Clara... no hay necesidad, basta con que lo sepa él.

--¿Pero qué es lo que ha de saber él?--exclamó el tenaz bufón.

Dorotea hizo un movimiento de colérica impaciencia.

--¿Sois mi señor ó mi amigo?--exclamó--¿pretenderéis que os diga lo que

cuando no os he dicho ya, debíais comprender que no quiero, ó que no

puedo deciros?

--Estás loca y es necesario perdonártelo todo, Dorotea. Pero tienes

razón; no soy tu señor ni aun tu amigo; soy menos que eso, soy tu

esclavo; pero un esclavo que vive para ti y por ti.

Dorotea hizo otro nuevo movimiento de impaciencia.

--Sí, sí, voy... perdóname, porque no sé ni lo que digo ni lo que hago.

Voy por don Juan.

Y el bufón salió.

Aquel hombre singular, que sólo vivía por Dorotea, que por Dorotea era

capaz de todos los crímenes y de todas las grandezas; de matar y de

morir, lloró cuando estuvo fuera de la casa, atravesando entre la

obscuridad de la noche las estrechas calles de la villa hacia Puerta de

Moros.

Cuando llegó vió paseándose delante de la cruz á un hombre.

Se acercó á él y le dijo:

--¿Esperáis á una persona?

--Sí.

--¿Os llamáis don Juan?

--Sí.

--Seguidme, os esperan.

--Guiad.

El bufón tiró adelante; no quería hablar ni una sola palabra más con

aquel hombre que hacía tan infeliz á Dorotea, con aquel hombre á quien

aborrecía, porque no amaba á la comedianta.

Y así, el tío Manolillo delante y don Juan detrás, llegaron en muy poco

espacio á la calle de Don Pedro.

Abrió el bufón la puerta de la casa y se dejó ver un fondo tenebroso.

--No receléis en entrar--dijo el tío Manolillo procurando dar á su

acento el tono más amistoso posible--; venturas os esperan, que no

desgracias; el amor os llama, no la traición.

--Adelante--dijo don Juan.

--Seguid mis pasos--dijo el bufón entrando y cerrando la puerta--;

cuidad de que subimos, seguid en derechura, ahora á la izquierda, ahora

á la derecha: hemos subido; seguid recto; ahora bien--dijo el bufón

deteniéndose--, tras ese tapiz, por cuya abertura se ve luz, os esperan.

Adiós.

El bufón se volvió.

Don Juan entró.

Cuando don Juan hubo entrado, el bufón se detuvo.

--No, yo no puedo dejarla sola con ese hombre--dijo--; ella está fuera

de sí; yo no sé lo que intenta; es necesario que yo observe; observaré,

comprimiré mis celos... seré capaz de ser testigo de su alegría si se

comprenden... y seré capaz de alegrarme. ¡Oh, Dios mío! ¿por qué no soy

yo tan hermoso, tan joven y tan gentil como don Juan? ¿ó por qué don

Juan no tiene para mi pobre Dorotea el amor que tengo yo?

Y quitándose los zapatos, se acercó silenciosamente al tapiz y se puso

en acecho.

CAPÍTULO LXXXIV

EN LO QUE VINIERON Á PARAR LOS AMORES DE DOROTEA Y DON JUAN

Don Juan se asombró al ver el lugar donde le esperaba Dorotea.

Porque aquel salón, dispuesto como se encontraba, era completamente

bello y fuertemente voluptuoso.

Dorotea estaba indolentemente reclinada en un sillón junto á la copa, en

la que arrojaba de tiempo en tiempo algunos granos de perfume.

Don Juan había ido allí vivamente excitado por el recuerdo de lo que

había pasado entre Dorotea y él aquella mañana en la prisión.

A pesar de su amor á doña Clara, Dorotea era un astro bellísimo, que

poniéndose entre los dos esposos, producía un eclipse de amor.

Don Juan no veía entonces más que á Dorotea.

Se acercó á ella, y al verla de cerca, sintió una conmoción poderosa,

tembló, se deslumbró.

Dorotea le miraba, le sonreía, y le mostraba una hermosísima mano.

De una manera irreflexiva, dominado por la situación, por la magia

poderosa que se desprendía de Dorotea, por aquella voluptuosidad

concentrada, por decirlo así, don Juan cayó de rodillas, y asió la mano

de Dorotea y quiso llevarla á sus labios.

Pero Dorotea la retiró.

--Perdonad, señor mío--le dijo sonriendo--; pero me hacéis mucho daño, y

no tengo valor para que me lastiméis de nuevo; aún siento el dolor

horrible del cruel beso que me dísteis esta mañana. Tratadme, pues, con

caridad; sentáos y hablemos como dos buenos amigos que se despiden para

no volverse á ver.

--¡Ah, Dorotea! ¿estáis irritada conmigo?

--Irritada no; estoy lastimada y nada más. Pero sentáos.

Don Juan puso el otro sillón que estaba junto á la mesa muy cerca de

Dorotea, y se sentó.

Dorotea retiró su sillón.

Don Juan dijo para sí:

--Dejémosla; no la irritemos; me ama, y su amor me ayudara.

Entrambos guardaron por un momento silencio.

Dorotea miraba de una manera ansiosa, enamorada, dulce, á don Juan; le

transmitía su alma entera, y con su alma todos los embriagadores

sentimientos de que su alma estaba llena; y como si en aquella mirada le

transmitiera también su vida, Dorotea se ponía más pálida, se

espiritualizaba más y más, se hacía irresistible.

-¿Cuándo os vais?--le dijo Dorotea.

--Nunca--respondió el joven--; me quedo con vos.

--¡Conmigo! ¿sabéis si yo quiero que os quedéis?

--¡Oh, vos me amáis!

El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III · 第 63 / 66 段