un sillón silenciosa y sombría, y quedó profundamente pensativa.
Pasó algún tiempo, durante el que ni ella ni él hablaron una sola
palabra.
De improviso se detuvo Quevedo.
--Paréceme que se acerca alguien--dijo.
La condesa se puso sobresaltada de pie.
--Y bien, ¿qué me importa?--dijo dominándose y sentándose de nuevo--;
sea quien quiera, nada me importa.
--Pues no--dijo Quevedo--; oye, se acercan... llaman.
La condesa volvió á ponerse de pie.
Llamaron por segunda y tercera vez con insistencia, y se oyó una voz de
mujer que dijo recatadamente detrás de la puerta:
--¡Señora! ¡señora! ¡por amor de Dios! ¡oíd, si no queréis que suceda
una desdicha!
La condesa se acercó á la puerta.
--¿Qué sucede, Josefina?--dijo.
--El señor conde de Lemos acaba de llegar á la quinta y pregunta por
vuecencia.
--¡Ah! ¡mi marido!--dijo la condesa.
--¡Tu marido! ve, Catalina, evítame un desastre; el conde es orgulloso y
yo estoy desarmado.
--¡Desarmado! ¡desarmado no! en aquel retrete hay armas de todas clases,
blancas, de fuego... ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío! Espera, Josefina,
espera... y tú espera también... Yo te juro que, á pesar de todos los
condes y de todos los maridos del mundo, no te me escaparás, no huirás
de mi.
Doña Catalina abrió violentamente la puerta y salió.
Quevedo la oyó cruzar por fuera una barra y echar llaves.
--Pues no--dijo Quevedo--, ella es muy capaz de engañar á ese imbécil de
don Fernando de Castro, ó lo que es peor, de hacerle consentir en un
convenio vergonzoso, como si lo viera; después de una hora de
conversación con su marido, volverá para tenerme al lado y no separarse
de mí en una eternidad; si no aprovecho esta coyuntura, largo cautiverio
me espera, y don Juan... y mi proyecto... perder por una mujer... ¡ah!
¡no! ¡Quevedo! ¡muy poco valdrás y merecerás todo cuanto te suceda si no
logras escaparte! Lo primero es prevenirse; me ha dicho que en aquel
retrete hay armas, armémonos.
Quevedo tomó una bujía de sobre la mesa y se dirigió á una puerta
situada á un extremo de la cámara, la abrió y entró.
En los ángulos había algunos hermosos arcabuces; en las paredes, en una
especie de espeteras de madera rica y tallada, gran número de espadas y
dagas; algunos preciosos pistoletes se veían acá y allá.
Quevedo tomó una espada, una daga y dos pistoletes, después de
cerciorarse que estaban cargados, y se los puso en el talabarte; á
seguida salió de la cámara y abrió una de las puertas que suponía de
balcón; pero se había engañado, aquella puerta tenía detrás una fuerte
reja.
Quevedo era un hombre de imaginación pronta; recordó que en el estante,
entre las armas de caza, había algunos frascos de pólvora, y entró, se
apoderó de aquellos frascos y los puso junto á la reja; luego, con la
daga, abrió algunos huecos entre el marco de la reja y la pared, rellenó
de pólvora aquellos huecos, puso en comunicación con ellos un reguero
que llevó hasta un lugar desde donde podía ponerle fuego á cubierto de
la explosión de las cargas de pólvora de la reja, y á continuación se
puso á apilar las mesas, las sillas y los muebles junto á la puerta de
entrada.
Luego se dirigió á aquel misterioso apartamiento, cubierto por una
cortina, en el que tantas veces se había fijado la vista de la condesa,
y se encontró en un precioso dormitorio. Quevedo suspiró, pero
suspirando cargó con un colchón y le llevó á la cámara; volvió y cargó
con otro, y así sucesivamente, colchones, ropas, muebles aumentaron el
montón que cubría la puerta de entrada de la cámara; y cortinas,
tapices, cuadros, ropas, todo fué á parar allí, y todo esto en pocos
momentos.
Entonces Quevedo aplicó la luz de una bujía á aquella especie de pira
que casi tocaba al techo, y luego otra bujía y luego otra; una llama
viva y brillante apareció á los pocos momentos, y un humo denso y
blanco inundó la cámara.
Era inevitable un incendio.
La cámara debía convertirse en pocos minutos en una hoguera.
Quevedo aprovecho el tiempo, se fué al ángulo donde empezaba el reguero
de pólvora que iba á terminar en los depósitos de pólvora de la reja y
le puso fuego; instantáneamente retumbó una detonación y á seguida un
golpe, como de un objeto desprendido y que había parado á poca
profundidad.
Quevedo, cuanto de prisa se lo permitieron sus mal configurados pies,
corrió al vano cubierto antes por la reja, y la encontró franca.
Como había previsto Quevedo, la pólvora había hecho volar la reja.
Y sin pararse á meditar si la altura era ó no tal que pudiese arrojarse
á tierra un hombre sin peligro, Quevedo se dejó caer.
Pero Quevedo no había contado con el reblandecimiento de la tierra por
una lluvia que había sido constante durante cuatro días, y sucedió lo
que no podía menos de suceder: que al llegar al suelo se clavó hasta las
rodillas en una tierra gredosa, quedando preso y en la completa
imposibilidad de salir por sí solo.
Dejémosle allí para concluir este capítulo y sigamos á la condesa de
Lemos.
Su primer cuidado fué cambiar absolutamente de traje y tomar uno que no
se hiciese sospechoso á su marido.
Por poco que quiso tardar, tardó lo bastante para que, cuando fué á
encontrar al conde de Lemos, que estaba en la cámara principal de la
quinta, éste la recibiese de una manera duramente excepcional.
Ni uno ni otro dieron señales de alegría al verse, como convenía á
esposos que habían estado separados largo tiempo.
La condesa hizo una reverencia á su marido, y don Fernando de Castro
bajó levemente la cabeza en contestación al saludo de doña Catalina.
--Paréceme, señora--dijo el conde--, que habíais tomado la resolución de
haceros ermitaña.
--Si lo sabíais no debíais haber dado ocasión á disgustarme, respetando
mi voluntad.
--Siempre nos hemos llevado mal, señora, desde el momento en que nos
casamos, y en que tuvísteis la franqueza de decirme que, casada conmigo
contra vuestra voluntad, nada podía esperar de vos, sino vuestra
sumisión á vuestra suerte; yo no he abusado de vuestra sumisión; yo no
he intervenido en vuestra vida, pero ha sido mientras habéis respetado
mi honor.
--Bien; concluid.
--¡Tenéis un amante!
--Fuerza era que yo amara á alguien.
--¡Lo confesáis!
--Había pretendido que no lo supiérais; había tomado mis medidas para
ocultároslo; pero como vuestro acento me amenaza, y ningún derecho
tenéis sobre mí, sino delante del mundo, y aquí estamos solos, os lo
confieso: amo á un hombre y soy suya... es más... lo seré.
--¿Y quién es ese hombre?
--Don Francisco de Quevedo.
--¿Y está aquí?
--Aquí está.
--Bien: esto me da ocasión para encerraros en un convento y matar á ese
hombre.
--Al separaros de mí... ruidosamente, perderéis la administración de mis
bienes.
Púsose pálido el conde.
--Si me servís--continuó la condesa--os pagaré bien.
--¿Meditáis bien lo que decís?--dijo aturdido el conde, porque la
amenaza de perder la administración de los bienes de su mujer le había
aterrado.
--Estamos solos, don Fernando, y podemos hablar libremente: yo había
querido retardar estas explicaciones porque me repugnan; yo hubiera
querido más bien que hubiérais meditado mejor lo que os convenía y que
nos hubiéramos entendido tácitamente. Pero ya que me habéis amenazado,
yo, que si estoy obligada á ser vuestra ante los hombres, no lo he
estado ni lo estoy ante Dios ni ante vuestra conciencia, os declaro que
tengo un esposo del corazón; que digna y honrada he sido de ese esposo,
por más que yo no se lo haya confesado; que suya seré únicamente, y no
vuestra ni de ningún otro. En cambio de vuestro silencio y de vuestro
nombre, que podrá suceder se necesite, tomad de mí lo que queráis y
contad con mi apoyo en la corte.
--Lo que me decís--dijo balbuceando el conde--es horrible.
--Haced lo que mejor os plazca; en ocasión estáis de consentir ó de
rehusar.
--Pero el escándalo...
--Evitaréle yo por mí misma.
--Lo pensaré.
--Pensadlo en buen hora.
En aquel momento sonó una detonación, y poco después se oyeron las voces
de los criados que gritaban:
--¡Fuego! ¡fuego en la cámara de su excelencia la señora condesa!
--¡Eso es que Quevedo se me escapa!--exclamó doña Catalina.
Y corrió desolada al lugar del incendio.
Entre tanto el conde sacó del bolsillo una carta, la retorció y la puso
á la luz.
Aquella carta ardió.
Aquella carta antes de quemarse decía:
«Excelentísimo señor conde de Lemos: Vuestra esposa, ignorando que
habéis sido perdonado de vuestro destierro con el rey, pone en vuestro
lugar un amante, y se solaza con él en vuestra hacienda del río.»
Esta carta no tenía fecha y era anónima.
CAPÍTULO LXXX
DE CÓMO EL INTERÉS AJENO INFLUYÓ EN LA SITUACIÓN DE QUEVEDO
No sabemos cuánto tiempo hubiera estado nuestro buen ingenio preso por
los pies en el lodo pegajoso, y maldiciendo de su suerte, y del amor, y
de las mujeres, y de los hijos bastardos y del mundo entero, y si acaso
hubiera perecido, á no ser por un incidente imprevisto para él.
Y decimos _si acaso hubiera perecido_, porque el incendio había
progresado con una voracidad tal, que las llamas salían en turbiones
rugidores por las rejas de la cámara de la condesa de Lemos, al poco
tiempo de estar enclavado Quevedo en el fango y los escombros, que no
debían tardar en caer, debían caer sobre él inflamados.
Al resplandor de estas llamas, Quevedo vió un hombre embozado que se
deslizaba junto al muro del edificio, sobre un terreno que no habían
podido reblandecer las lluvias por estar cubierto por los anchos aleros.
--¿Quién será éste--dijo Quevedo--que adelanta y me mira? ¿estaría
cercada la casa? pues si es así, á lo menos con éste me quedo.
Y sacando de su cinto uno de los pistoletes, le armó y apuntó.
--¡Eh! ¡vive Dios! ¡don Francisco!--dijo deteniéndose de repente el
embozado que adelantaba--; ¿así queréis tratar á quien viene á salvaros?
--¡Ah! ¡por mis pecados! ¿conque eres tú, Francisco de Juara?--dijo todo
admirado Quevedo--. ¡Milagro patente que tú hagas una buena acción!
--Me conviene. Os tengo cogida una palabra.
--Cógeme primero á mí, y sácame de este atollo.
--A eso vengo, y por vos esperaba. Allá va la punta de mi capa, que si
yo me meto me atollo también y somos dos pájaros en vez de uno.
--Paréceme bien la idea y agárrome á ella--dijo Quevedo agarrándose á la
punta de la capa que le había echado el matón.
Tiró éste, y crujiendo costuras, abriéndose telas, y con gran trabajo,
logró verse al fin en firme Quevedo, pero con una arroba de tierra en
cada pierna y perdidos los zapatos.
--Descalzádome has, condesa--dijo Quevedo--, pero fuego te dejo;
agarrado por los pies me has tenido, pero no por la cabeza; libre me veo
y de ti me escapo; no creía tanto; pero días pasan y días vienen, y tal
vez llegue alguno en que vuelva á pedirte lo que de mí contigo se queda.
¿Y á dónde vamos en esta guisa?--añadió Quevedo.
--Al camino, donde en un ventorrillo tengo preparado para vos un
caballo.
--¿Está muy lejos ese ventorrillo?
--Como un tiro de arcabuz.
--¿Sabes que, sin ofensa, no me fío de ti, Juara?
--Hacéis bien en no fiaros, porque no soy hombre de fiar; pero hoy me
confieso vuestro.
--Pues echa delante, que mejor quiero ver si eres gallardo, que no que
tú me veas las espaldas.
--No me quejo, y delante echo.
--Vóime fiando de ti, porque te tengo fiado.
--Dentro de poco fiaréis más.
--Paréceme que suena gritería en la quinta.
--Sin duda vienen á apagar el fuego.
--Pues andemos de prisa, si es que yo puedo.
--Ya no dan con nosotros; está muy lejos y por aquí hace obscuro.
--Pues silencio, no nos sientan.
Siguieron caminando en silencio.
Poco después estaban sobre el camino, y al cabo entraron en un
ventorrillo.
--Ahora--dijo Juan--, lo que importa es que vuesa merced se mude de
medias y se ponga zapatos.
--¿Y con qué, voto á Baco?--dijo Quevedo.
--Con mis zapatos y con mis medias.
--Paréceme bien--dijo Quevedo echándose fuera las calzas enlodadas--,
pues digo que el enclavamiento fué donoso.
--A él debéis la vida, que si la tierra no está blanda, os estrelláis.
--¿Y tú qué vas á ponerte?
--Las medias y los zapatos del ventero.
--¡Ah! pues... sí... bien... y á Madrid á escape.
--Como gustéis.
--Pues en marcha--dijo Quevedo--, ya estoy listo.
--Esperad, esperad un momento á que yo esté listo también. Quiero daros
resguardo, la noche es obscura y mala y no sabemos lo que os puede
acontecer de aquí á Madrid, que hay media legua larga.
Y Juara entre tanto se ponía apresuradamente unas medias y unos zapatos
que le había dado el ventero.
--Saca los caballos--dijo á este último Juara--, y toma un ducado.
El ventero tomó la moneda y sacó dos caballos.
Quevedo y Juara montaron y se encaminaron á Madrid.
--¡Oh! ¡y cómo arde la quinta!--dijo Juara--no entráis en parte donde no
hagáis daño.
En efecto, la quinta del conde de Lemos era una hoguera.
--Oblíganme--dijo Quevedo--, malo me hacen culpas ajenas; la maldición
me sigue; pero pica, Juara, pica, que me importa llegar á Madrid cuanto
antes. Pero calla, que oigo los cuartos de un reloj da la villa que nos
trae el viento.
--¡Las nueve!--dijo Juara.
--Pues pica largo, y gracias que aún están abiertas las puertas;
enderecemos á la de Segovia.
--Me place; que así podremos dejar en el mesón del Bizco los caballos.
--A caballo iré yo hasta el alcázar, que así llegaré más pronto.
--Como queráis.
--Recuerdo que me has dicho al sacarme de mi atolladero que me tenías
cogida una palabra.
--Sí por cierto: á prima noche, cuando os libré de los alguaciles que os
llevaban á Segovia, para entregaros á cierta dama, me ofrecísteis si os
soltaba dinero y una compañía en los tercios de Nápoles. Yo dije para
mí: ahora no puedo soltar á don Francisco, porque la condesa de Lemos no
me lo perdonaría nunca, y es demasiado persona la condesa para que yo no
la tema; pero después que yo haya entregado á don Francisco, es
distinto. En efecto, apenas entrásteis en el coche, dije á aquel criado
de la condesa, amigo mío, si sabía á dónde os llevaban y aun tuve que
darle algún dinero para que cantase; entonces me dijo: yo no sé á dónde
irá la condesa con ese caballero; nadie sabe una palabra; pero he oído
allá en la casa que se había mandado arreglar la cámara de la señora en
la quinta que tiene el señor junto al río.
--Bueno--dije para mí--; ya sabemos algo; y despidiéndome de mi
compadre, me metí en Madrid y me fuí en derechura á casa del conde de
Lemos. Yo esperaba que habiéndole sido levantado el destierro á su
excelencia, y estando cerca, hubiese llegado á Madrid, y no me engañé.
El conde de Lemos había llegado al obscurecer, y no encontrando á la
condesa en su casa, se había ido á la del duque de Lerma; entonces, me
metí en la primera taberna que encontré, escribí una carta al conde
avisándole de que su esposa se solazaba en aquellos momentos con un
galán en la quinta del río, llevé la carta á casa del duque de Lerma, la
entregué con un doblón á un criado para tener seguridad de que la carta
había llegado á manos del conde, y sin esperar la respuesta, que no era
para esperada, fuíme de allí al mesón del Bizco, alquilé dos caballos, y
por lo que pudiera tronar me fuí á rondar la quinta.--Ya veis que si no
es por mí no escapáis, y que he ganado bien todo el dinero que queráis
darme, y á más mi compañía de los tercios de Nápoles.
--Rico serás y capitán, Juara, y perdónenme los soldados á quienes en ti
tal capitán he de darles.
--Tendrán en mí una cabeza valiente.
--No lo dudo; ni tampoco de que les darás buen ejemplo; pero llegamos á
la puerta de Segovia: adentro, y torzamos hacia el alcázar.
Arremetieron los dos jinetes por la puerta, y poco después Quevedo,
echando pie á tierra en la puerta de las Meninas, dijo á Juara dándole
las bridas:
--Desde ahora estás á mi servicio.
--Muy bien, don Francisco, y me alegro.
--Despídete de las gentes de que tengas que despedirte, porque esta
misma noche marchamos á Nápoles.
--Todos los cuidados los llevo conmigo.
--Bien; busca un buen coche de camino, ajústalo para Barcelona y llévalo
al mesón del Bizco.
--Muy bien.
--Después busca diez hombres bravos, con sus caballos, armados á la
jineta y con arcabuces, que no están los caminos muy buenos para ir
desprevenidos.
--¿Y dinero para todo eso?
--Ya se te dará.
--¿Y para cuándo ha de estar todo preparado?
--Para las doce de la noche.
--Estará.
--Pues adiós, que me importa no perder tiempo.
--Quede vuesa merced con Dios.
Juara se alejó, y Quevedo se metió en el alcázar y se encaminó en
derechura á la habitación de doña Clara Soldevilla.
CAPÍTULO LXXXI
DE CÓMO QUEVEDO SE ASUSTA MÁS DE SABER QUE DON JUAN ESTÁ EN LIBERTAD,
QUE SI HUBIERA SABIDO QUE ESTABA PRESO
Doña Clara se ocupaba en arreglar su equipaje, cuando entró en su cuarto
Quevedo.
La joven le recibió con alegría.
--Pláceme--la dijo Quevedo--, encontraros tan bien entretenida...
--Sí; he llegado á cobrar miedo á la corte.
--Y habéis hecho bien en asustaros, porque Madrid es un almacén de
peligros; ¿conque nos vamos?
--Sí por cierto; sólo necesitábamos saber de vos para marchar, pero
esperábamos saberlo pronto, aunque no se os ha encontrado cuando se os
ha buscado.
--Tened á milagro el verme, porque á punto he estado de perdido.
--¿Qué os ha pasado?
--Cosas que solo por mí pasan; preso me han tenido, pero suelto me veo.
--Don Juan también ha estado preso.
--Lo esperaba, lo temía; pero vos le habréis soltado.
--No por cierto; el rey no quiso oírme, ni la reina ha conseguido nada;
pero al fin, cuando menos lo esperábamos, el rey ha llamado á su
majestad y le ha dado el auto de libertad de mi esposo.
--¡El rey, que se había negado á oíros, y que había desoído á la reina,
os ha dado por fin el auto de libertad de don Juan!
--Sí; él y vos habéis sido declarados libres.
--¡El y yo! ¿y no adivináis quién ha podido alcanzar esa gracia del rey?
--Indudablemente ha sido el duque de Lerma.
--¡El duque de Lerma!--dijo Quevedo frunciendo el entrecejo y poniéndose
pálido--; el duque de Lerma no hace nada de balde.
Pero recobrando su expresión impenetrable, añadió:
--Sin duda el duque de Lerma, después de haber meditado, ha conocido que
le conviene estar bien con don Juan y conmigo. Dios se lo pague á su
excelencia, aunque por su conveniencia lo haya hecho. Y... don Juan,
¿dónde anda que junto á vos no le veo?
--Ha salido--dijo doña Clara fijando su mirada tranquila y profunda en
Quevedo--; ha salido á las ocho sin decirme á dónde iba...
--¿Y no le habéis preguntado?
--Yo jamás pediré cuentas de nada á mi marido.
--Sois la perla de las mujeres. ¿Pero no ha indicado al menos?...
--Nada, y estoy con sumo cuidado: salió á las ocho, son las nueve y
media, él no conoce á nadie en Madrid... como no sea á esa comedianta
con quien tuvo amores... pero no hay que pensar en que... yo no quiero
pensar en ello.
--Ni hay para qué--dijo Quevedo--; amores de un día han sido, ó por
mejor decir, conocimiento de un día, y aun así conocimiento simple.
--Sin embargo... pudiera suceder... la comedianta no está en su casa.
--¡Cómo! ¿os habéis metido en averiguar?...
--Sí, don Francisco, sí... he tenido celos... los tengo... no hace ni
más ni menos tiempo que me conoce á mí don Juan, que el que hace que
conoce á esa mujer, y sin embargo, yo soy su esposa y le amo; ¿tendrá
algo de extraño que esa mujer, que le ama también, sea su amante?
--¡Blasfemia! ¡suposición negra que sólo puede engendrar los celos, que
con llamarse celos está dicho que son locos! vos no debíais haber
llegado hasta el punto de informaros de lo que pasa en la casa de esa
mujer.
--Tengo el presentimiento de que mi marido está con ella.
--¿Pero no sabéis nada de cierto?
--No; Juana, mi doncella, fué á buscar á la comedianta con un pretexto:
con el de venderla muy baratas unas ricas alhajas. Sin embargo, esa
mujer no estaba en casa... es decir, no recibía á nadie.
--Seguid, seguid haciendo vuestro equipaje, señora, que hemos de marchar
esta misma noche; entre tanto descuidad, que yo he de traeros antes de
media hora á don Juan.
Y Quevedo, saludando á doña Clara y evitando prolongar la conversación,
salió, porque le tardaba saber lo que hubiese de cierto en el negocio.
--Y es muy posible--decía encaminándose hacia la casa de la Dorotea,
bajo la tenaz lluvia que no cesaba un momento--; es muy posible que los
celos de doña Clara sean verdades; se prende á don Juan, no bastan las
lágrimas de una mujer como doña Clara para que le suelten, ni aprovechan
para nada las súplicas de la reina. Después y de _motu proprio_, el rey
nos pone en libertad. Veo detrás del rey á Lerma, detrás de Lerma al
bufón, y detrás del bufón á la Dorotea. ¿Quién había de haber creído que
esa muchacha era capaz de un amor tal? ¡pecador de mí! de modo que si le
sucede una desgracia por su conocimiento con Dorotea, yo, que le hice
trabar conocimiento con ella, soy la causa de esa desgracia. Y como doña
Clara, yo tengo también un presentimiento. ¡Dios quiera que quede en
imaginación y en miedo, que tal podría suceder, que no lo olvidásemos en
mucho tiempo!
Y don Francisco apretó cuanto pudo el paso, y llegó al fin casa de la
Dorotea.
Llamó con la misma desenvoltura que si á la puerta de su casa hubiera
llamado.
Pedro contestó desde arriba.
Quevedo intimó que le abriesen.
Pedro replicó que su señora no estaba en casa.
Hubo de terciar Casilda, que conocedora de la confianza que su ama
dispensaba á Quevedo, no tuvo inconveniente en abrir.
--Entrad y os convenceréis--le dijo--: si queréis esperar á la señora,
esperadla.
--Dejadme, sin embargo, subir, hija.
--Subid enhorabuena.
Quevedo subió, y con su audacia acostumbrada, lo registró todo, hasta la
alcoba.
--Pues es verdad--dijo.
--¡Qué! ¿había creído vuesa merced que le engañábamos?--dijo Casilda.
--Todo pudiera ser. Pero veamos si me decís también ahora la verdad.
--Veamos--dijo Casilda.
--¿Dónde está tu señora?
--No lo sé.
--¿Cómo que no lo sabes?
--Ha venido por ella el bufón del rey y se la ha llevado en una silla de
manos.
--Tú sabes dónde está tu señora--dijo Quevedo encarándose de repente á
Pedro.
--¡Yo!
--Sí, tú: te estás rascando una oreja.
--Porque me pica.
--No, sino como diciendo para ti: si yo quisiera podría decir dónde está
mi señora.
--No; no, señor, yo no lo sé.
--¿A dónde has ido con un recado de tu señora?--dijo á bulto Quevedo,
pero con un acento tal de seguridad y una mirada tan profunda, tan
dominadora, que Pedro se turbó.
--¡Pero don Francisco!...--dijo Casilda.
Quevedo no la dejó continuar.
--Vendrá la justicia, y se sabrá todo--dijo--, y os llevarán á la cárcel
y... lo pasaréis mal... porque no sabéis de lo que se trata.
--¿Pues de qué se trata?
--¿Por qué nos han de llevar á la cárcel?--dijeron á un mismo tiempo los
dos domésticos.
--Por encubridores.
--Nosotros no encubrimos nada--dijo Casilda.
--Yo no sé nada--añadió Pedro.
--Sabéis demasiado: peor para vosotros si no queréis declarar, porque
todavía sería tiempo de impedir un gran crimen.
Quevedo, sin saberlo, decía la verdad.
Los criados de Dorotea se aterraron.
--Yo sólo sé que la señora estaba llorosa, que no ha comido, y que antes
de obscurecer se ha vestido como una diosa--dijo Casilda.
--Yo sólo he ido á llevar vajilla de plata y copas y botellas de cristal
á una casa de la calle de Don Pedro.
--¡Vajilla! ¡copas! ¡botellas! ¿y dónde?... ¿hacia dónde de la calle de
Don Pedro está esa casa?
--Hace esquina á la calle de la Flor.
Quevedo no esperó á saber más.
Una intuición poderosa le decía que habiendo salido Dorotea en silla de
manos, vestida como una diosa, según el dicho de Casilda, no podía haber
ido á otra parte que á aquella casa á donde Pedro había llevado vajillas
de plata y de cristal.
Allí donde estuviese Dorotea, allí debía estar don Juan.
Y aquella cita fuera de la casa de la comedianta, entre ésta y el
bastardo de Osuna, en que intervenía el tío Manolillo, asustaba á
Quevedo.
Por la primera vez de su vida procuró correr.
No pudo; pero por la primera vez de su vida, á pesar de la defectuosa
configuración de sus pies y de sus piernas, anduvo de prisa.
La calle á donde se encaminaba estaba cerca de un extremo de Madrid.
CAPÍTULO LXXXII
EN QUE EL TÍO MANOLILLO SIGUE SIRVIENDO DE UNA NEGRA MANERA Á DOROTEA
Apenas había salido Quevedo del cuarto de doña Clara Soldevilla, cuando
uno de sus criados la anunció que el bufón del rey quería hablarla.