--¡Cuidado! ¡cuidado con lo que hacéis! no vaya á caer el tósigo en

algún otro plato--dijo el bufón dando la confitura al cocinero y

apartándole del bufete donde los otros platos estaban servidos--.

Hacedlo aquí.

--Ni veo, ni sé lo que me hago--dijo el cocinero mirando con terror los

polvos rojizos que contenía el papel.

--Pues ved de ver--dijo el bufón.

--¿Y cómo pongo yo esto en la pera?--dijo Montiño, cuya voz aterrada por

el miedo, apenas se oía.

--Introducid el veneno con la punta de un cuchillo.

Montiño se dominó, tomó la pera, y con un cuchillo la hizo una

hendedura. Luego, con una agonía infinita, llorando, rezando,

estremeciéndose todo, tomó de aquellos polvos con la punta del

cuchillo, é introdujo otra vez la punta en la hendedura. El bufón le

hizo repetir esta operación tres veces consecutivas.

Una gran cantidad de los polvos había sido introducida en la pera.

--Ahora podéis ponerla ese lazo--dijo el tío Manolillo.

Montiño puso en la pera el lazo rojo y negro.

Tomó la pera el bufón, y colocándola sobre una hoja de parra

contrahecha, para aislarla, la puso sobre las otras confituras.

--Ahora podéis descansar cuanto queráis--dijo el bufón.

--No; no, señor--dijo el cocinero mayor--; lo que yo quiero es irme de

aquí; irme muy lejos de aquí, porque aquí tengo mucho miedo, porque me

muero aquí; porque creo que se me va á caer encima esta maldita casa.

¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios mío!

Y se echó estrepitosamente á llorar.

El tío Manolillo cantaba entretanto entre dientes, y mientras acababa de

arreglar la vajilla, una canción picaresca.

Pero había algo de horrible en el acento y en el canto del bufón.

--¿Dónde están mi capa, mi sombrero, mi espada y mi daga?--dijo Montiño,

que buscaba por todos los rincones.

--¿Cómo, os empeñáis en iros?

--Os juro que no me quedo aquí si no me matáis.

--Es que yo tengo que salir y quisiera que no se quedara la casa

abandonada.

--Es que si he de quedarme solo, no me quedo.

--Y bien mirado--dijo el tío Manolillo, como hablando consigo mismo--,

¿para qué quiero yo á éste aquí? ¿para que cometa alguna imprudencia?

Vamos, vamos, Montiño, saldremos juntos. Afuera están vuestras prendas.

Y tomando una bujía salió de la cocina.

En la pieza inmediata encontró el cocinero mayor su capa, su sombrero y

sus armas.

Púsoselos como pudo, y siguió al tío Manolillo, que no se había

detenido.

Cuando estuvieron en el piso bajo, el bufón dejó la bujía en el patio,

entró en el obscuro zaguán y abrió la puerta.

Montiño escapó con la misma rapidez y el mismo sobresalto con que escapa

un pájaro á quien abren la jaula.

Y sin detenerse, sin volver la cara atrás, temeroso de ser cogido de

nuevo, no paró de correr hasta que dobló tres esquinas.

Entonces se detuvo y escuchó con atención.

Nada se oía más que el rumor monótono y sostenido de la lluvia, porque

seguía lloviendo, y el zumbar del viento pesado y fuerte á lo largo de

las estrechas calles.

Miró y tampoco vió nada, porque la noche era obscura.

Montiño no podía apreciar en dónde estaba precisamente, porque había

salido de la casa tan azorado, que no sabía si había tomado hacia la

derecha ó hacia la izquierda.

Y tal era el miedo, tal la preocupación del menguado cocinero, que no se

le ocurrió orientarse, ni otra cosa más que seguir adelante, y aun esto

no se le ocurrió, sino que lo hizo maquinalmente.

Y siguió, siguió torciendo esquinas á la ventura, empapándose en agua,

tropezando aquí, resbalando allá, sin encontrar ningún transeunte, sino

de tiempo en tiempo y aun así sin reparar en él.

No se había atrevido á desenvainar la daga, porque temía no le

aconteciese otra negra aventura como la que creía haberle acontecido la

noche anterior; esto es: matar á un hombre entre lo obscuro, sin

voluntad alguna de matarle.

Y siguió, siguió andando con paso tan rápido, que se cansó al fin y se

sentó en el escalón de una puerta.

Y allí, encogido, temblando á un mismo tiempo de frío y de miedo, se

puso á llorar sin saber por qué lloraba, porque el pobre cocinero mayor

en aquellos momentos había perdido la conciencia de todo.

Pero pasó algún tiempo, y con el frío de la noche, con la lluvia, con el

viento, afectado de una manera externa, fué volviendo al uso de sus

facultades, recordando, apreciando su situación.

Entonces, no estando sujeto á la influencia próxima del tío Manolillo,

la conciencia del cocinero se rebeló contra lo que había hecho, operóse

en su alma una reacción poderosa, y se levantó como al impulso de un

sacudimiento galvánico.

--¡Ah, Dios mío, Dios mío!--exclamó--; ¡no ha sido un sueño, no! ¡no ha

sido una pesadilla, ha sido una verdad horrible! yo he cedido de miedo;

de miedo por aquellos terribles secretos del duque de Lerma, que posee

ese miserable, ¡ese infame Manolillo! ¡y por mi miedo va á morir una

criatura humana y yo me condenaré! No, no; es necesario evitar... es

necesario correr... avisar... ¿y á quién? á la justicia... porqué...

¿qué sé yo á quién quieren matar?...

El cocinero adelantó algunos pasos.

--Pero Dios mío--dijo al fin--, ¿dónde estoy yo? he venido hasta aquí

sin saber por dónde he venido, y no pasa nadie, y la noche está obscura

como boca de lobo.

En aquel momento y como contestando á la pregunta del cocinero, traído

por el viento, llegó hasta él el sonido de un reloj cercano.

--¡Dios mío!--exclamó Montiño--; es el reloj de Nuestra Señora de

Atocha. Me he perdido; estoy de extremo á extremo de palacio y son las

nueve de la noche. Cuando yo salí de aquella maldita casa debían ser,

cuando más, las siete. En dos horas ha habido tiempo para que se cometa

el crimen. Pero ¡ah! Dios sin duda me ha traído aquí cerca del padre

Aliaga, que puede impedir el crimen, que yo le revelaré bajo secreto de

confesión, y que tiene mucho ingenio y sabrá sacarme del paso sin

comprometerme; y no hay que perder tiempo: ¡no, Dios mío, no!

Y siguió adelante, guiado ya por la pendiente de la calle de Atocha y

casi á la carrera.

Cinco minutos después tiraba de la cuerda de la campana de la puerta del

convento y pedía al portero ver al padre Aliaga de orden del rey.

Inmediatamente fué introducido.

El padre Aliaga, sentado delante de su mesa, ceñudo y sombrío, pensaba

más que leía sobre un libro.

Al ruido de los pasos del cocinero mayor, levantó la cabeza.

Al ver el aspecto de Montiño, su palidez singular, su temblor, y sobre

todo, la extraña é insensata mirada de sus ojos, se estremeció

instintivamente, porque al ver el aspecto del cocinero, había creído ver

el presagio de una desgracia.

--¿Qué sucede?--dijo cerrando el libro y levantándose.

--Sucede, que va á suceder un horrible crimen, si no ha sucedido ya.

--¿Un crimen? ¿Y por qué no habéis ido á la justicia en vez de venir á

mi?

--Porque... porque... yo no revelaré ese crimen sino bajo sigilo de

confesión.

--¿Pero no decís que va á cometerse si no se ha cometido? Urge, pues, el

impedirlo.

--Por lo mismo, seguidme, señor, seguidme, y por el camino os haré mi

confesión.

--Vamos--dijo el padre Aliaga tomando su manteo y su sombrero y saliendo

sin avisar á nadie, de su celda con Montiño.

Cuando el portero vió salir no menos que á su señoría ilustrísima el

inquisidor general fray Luis de Aliaga, de noche, á tal hora y con tal

prisa, y á pie con un hombre que había entrado en el convento trayendo

órdenes del rey, no pudo menos de maravillarse y santiguarse porque

aquello era verdaderamente extraordinario.

--Empezad, empezad, pues--dijo el padre Aliaga--, y sobre todo, sepamos

á dónde me lleváis.

--A la calle de Don Pedro.

--Nos perderemos; está la noche muy obscura y nos hemos olvidado de

tomar una linterna: esta calle está lejos. Volvamos al convento, y

proveámonos de luz.

--No podemos perder un instante, señor; acaso ya no sea tiempo de

impedir el crimen; es necesario ir de prisa. Asíos á mi brazo, que

seguro estoy de no perderme; toda la calle de Atocha arriba, á la calle

de la Magdalena, la de la Merced, la del Duque de Alba, la de Toledo, la

plaza de la Cebada y la calle de Don Pedro; iría con los ojos vendados.

--Pues bien, vamos y apresurémonos--dijo el padre Aliaga recogiéndose

con una mano los hábitos y asiéndose con otra del brazo de Montiño--;

empezad, pues, os escucho--añadió el religioso.

--Advierto á vueseñoría que no le revelo nada sino bajo sigilo de

confesión.

--Os prometo el sigilo por lo que respecta á vuestra persona, _in verbo

sacerdotis_.

--¡Cómo!

--Bajo palabra de sacerdote.

Entonces, y con esta seguridad, Montiño se persignó y rezó

apresuradamente la confesión general.

Después dijo:

--Hace dos horas envenené una confitura que ha de servir en una

merienda.

Y apenas pronunciadas estas palabras, Montiño rompió á llorar.

El padre Aliaga se detuvo de repente, y oprimiendo el brazo de Montiño,

hasta el punto de hacerle gritar de dolor y de miedo, y convirtiéndose

de fraile en hombre, y en hombre enérgico y terrible, exclamó

sacudiendo con furia al cocinero y con voz concentrada, espantosa:

--¡Miserable! ¡habéis envenenado un manjar que debe comer una criatura

de Dios!

Montiño tembló de los pies á la cabeza, vaciló y cayó de rodillas sobre

el suelo encharcado, murmurando:

--¡Ah! ¡Perdón! ¡perdón, señor!--exclamó--; me aterraron... el tío

Manolillo...

--¡El tío Manolillo!... ¡el bufón del rey!--exclamó aumentando en

severidad el padre Aliaga--. ¡Pero levantáos y seguid! ¡Sigamos,

corriendo, volando, si pudiéramos! ¡Llevadme al lugar donde esa criatura

va á morir, donde está muriendo acaso!

El cocinero, que hacía ya mucho tiempo no era otra cosa que una máquina

que se movía á voluntad de la potencia que tenía al lado, se levantó y

dió á correr, temblando, llorando y rezando, todo á un tiempo.

El padre Aliaga, levantándose los hábitos, asido del brazo de Montiño,

corría también.

--¿Y quién es la persona á quien mata el tío Manolillo?--dijo el padre

Aliaga.

--¡No lo sé, no lo sé!--contestó todo gemibundo y miedoso Montiño.

--¡Cómo! ¿No os ha dicho el tío Manolillo?...

--No, ni la Dorotea tampoco.

--¿Qué decís de la Dorotea?

--La Dorotea ha sido la que me ha mandado envenenar un dulce... guisar

una merienda.

--¡La Dorotea!... ¡Dios mío! ¡Corred, corred, que la Dorotea quiere

envenenar á una persona!... ¡Y no os ha dicho el nombre de esa

persona!...

--No; no, señor.

--Si fuera por acaso don Juan Téllez Girón...

--¿Mi supuesto sobrino?

--Sí, sí; él ha pasado hasta ahora por sobrino vuestro... la Dorotea le

ama... le ama con toda su alma...

--Sí; sí, señor.

--Y pudiera suceder también que no sea á don Juan á quien se quiera

matar... sino á su mujer... doña Clara de Soldevilla...

--¡Dios mío!

--¡Corramos! ¡Corramos y callemos!, que las palabras nos fatigan y

retrasan nuestra marcha.

Y siguieron corriendo sin hablar ya, sin escucharse más que de tiempo en

tiempo alguna exclamación angustiosa del cocinero.

Y así, sin encontrar á nadie, bajo la lluvia, azotados por el viento,

llegaron en muy poco tiempo á la calle de Don Pedro.

Pero al entrar en ella, oyeron dos voces irritadas, ruido de aceros que

se chocaban, y á poco un grito de agonía, tras el cual no se volvió á

oír el choque del acero.

Montiño se detuvo, pero el padre Aliaga tiró violentamente de él y le

arrastró hacia un lugar donde resonaban grandes golpes á la puerta de

una casa.

CAPÍTULO LXXIX

DEL MEDIO EXTRAÑO DE QUE SE VALIÓ QUEVEDO PARA SOLTARSE DE LA PRISIÓN EN

QUE LE HABÍA PUESTO EL AMOR DE LA CONDESA DE LEMOS

Dejamos al final del capítulo LXXI á Quevedo y á la condesa de Lemos en

un magnífico salón de una quinta, y sentados á una mesa admirablemente

servida.

El moreno y hermosísimo semblante de la condesa estaba embellecido por

el color febril de una excitación extraña; el amor, pero un amor

lastimado, ofendido, receloso, entumecía sus ojos fijos en Quevedo.

Su mórbida garganta se hinchaba hasta el punto de que parecía no poderla

contener la gargantilla de gruesas perlas, con broche de diamantes, qué

la ceñía, y la magnífica cruz que pendía de esta gargantilla, se

levantaba y descendía á impulsos de la continua dilatación y compresión

del casi desnudo seno de doña Catalina; sus hermosas manos cuajadas de

cintillos, y sus brazos que dejaban descubiertos hasta la mitad, entre

encajes de Flandes, las anchas mangas de su rico traje de brocado

blanco, temblaban al hacer el plato á Quevedo.

Este, por su parte, tenía fija una mirada atónita, ardiente, asombrada

en la condesa.

Nunca la había visto, ni aun la había soñado tan hermosa.

Y era porque todo se combinaba aquella noche en la condesa para aumentar

su hermosura.

El estado de su alma; su voluntarioso amor por Quevedo; la manera cómo

pensando en seducirle, en deslumbrarle, se había ataviado, todo lo cual

la hacía resplandeciente, y luego el carácter particular de aquella

aventura, en que una mujer enamorada lo arrostraba todo, la deshonra, y

acaso la muerte, por el amor de un hombre, daban á la condesa un poderío

terrible, tratándose de un hombre tan sensual y tan espiritual á un

tiempo como Quevedo, que se sentía halagado por completo en los

sentidos, en el alma y en el orgullo por aquella mujer, toda hermosura,

toda alma, toda voluptuosidad, toda deseo, para él y sólo por él.

Y además, hasta la vanidad de Quevedo, que también tenía vanidad, estaba

halagada, y su buen gusto, que le tenía exquisito, estaba satisfecho.

Todo lo que le rodeaba era magnífico, rico y bello; desde el techo, de

madera ensamblada, pintada y dorada, hasta el pavimento, cubierto de una

alfombra de terciopelo, las tapicerías, los cuadros, los cortinajes, los

muebles, las arañas de cristal de Venecia, los espejos con marcos de

plata cincelada, las mesas cargadas de bujerías preciosas, aquella otra

mesa con riquísimos manjares servidos en vajilla de oro, y lo que

alegraba la malicia de Quevedo, con el escudo de arma cincelado de la

casa de Lemos, las viandas exquisitas, los transparentes y límpidos

vinos generosos en costosas y raras cristalerías; el fausto, el brillo,

la nobleza por todas partes, y en medio de esto, viviendo para él solo,

hermosa para él solo, enamorada para él solo, una mujer engalanada con

un tesoro de joyas y del alhajas, semejante á un sueño, noble por su

cuna, distinguida por su talento, envidiada por hermosa y esquiva,

sensible, poética, valiente, obstinada, en lucha con él, todo esto

mareaba á Quevedo, le aturdía, le adormecía, le fascinaba.

Y la mirada de la condesa, que continuamente pasaba de los ojos de

Quevedo á un bello pórtico dorado y misterioso, á cuyo interior servía

de telón una cortina de encajes... Quevedo tuvo necesidad de afirmarse,

por decirlo así, en los estribos y acordarse de su porvenir;

sobreponerlo en grandeza, en goces, en belleza, á aquel su bellísimo

presente, para poder luchar con alguna esperanza de triunfo con la

condesa.

Se encontraba en el alcázar mágico de una encantadora.

--Cuando hayamos dado un enorme escándalo--dijo la condesa sirviendo un

plato á Quevedo y haciéndole la copa--; cuando sin temor á nadie ni á

nada, seamos yo tuya y tú mío; cuando nuestro nido de amor sea más

hermoso y más rico que éste; cuando nos rodee una familia tuya y mía...

--Dios me libre de bastardos..--dijo Quevedo mascando á dos carrillos y

tomando una copa de oro rebosando de vino--. Un bastardo tiene la culpa

de que nos suceda lo que no debía sucedernos.

--¡Qué! ¿te pesa... don Francisco?...

--Pesaríame por ti... ¿pero qué digo, pesarme?... bebe, Catalina, luz de

mis ojos, bebe... embriaguémonos... olvidémonos de todo... pidamos á

Dios que disponga como nos conviene de mi señor el conde de Lemos.

--¡Qué! ¿serías tú capaz?...

--Yo... ¡eh! ¡de qué he de ser yo capaz!... abriría yo de buena gana,

que bien lo merece, el alma torcida del conde, puerta bastante para que

se escapase del cuerpo, si no hubiera de perderte...

--¡Ah! sí... sí... yo estoy loca... tan desesperada estoy, que si tú

fueras otro hombre, no sé á dónde me llevaría mi locura; pero si tú

fueras capaz de una infamia... yo no te amaría...

--Dios nos libre de espectros como de bastardos... los unos y los otros

acaban por pesar mucho... no pensemos en echar peso sobre nuestra

conciencia. Pero... ¡no bebes, luz de mis ojos!

--No... me basta con la embriaguez de mi amor, ya que he perdido el

corazón no quiero perder la cabeza. Resígnate á ser mío, y no esperes

escapar por ningún medio; te tengo, y no te he de soltar tan pronto.

--Hablemos con juicio, Catalina mía.

--¡Juicio! no sé si lo he tenido alguna vez; pero ahora sólo tengo amor

y miedo de que te me vayas.

--No puedo irme; aunque estuviésemos separados, aunque tú, lo que Dios

no permita, murieses, yo no me vería libre; tu memoria... la memoria de

mi felicidad perdida, de mi corazón muerto...

--¡Ah! ¡don Francisco! ¡por qué antes no nos comprendimos!

--El hombre es necio é insensato; necesita ver lo suyo en manos de otro

para conocer que era suyo lo que le han robado... ¡oh! ¡si yo hubiera

sido menos necio! ¡si no hubiera mirado en ti á tu padre!... porque en

fin, ¿qué tiene que ver tu padre contigo? ni tu hermosura, ni tu alma,

la has heredado de él; te las ha dado Dios... yo... desde mis primeros

años he vivido soñando, y aún sueño... aún sueño...

Las dos últimas palabras de Quevedo fueron sombrías.

Después de pronunciarlas, inclinó la cabeza sobre el pecho, é

instantáneamente la levantó, dejando ver en sus enormes y poderosos ojos

negros una expresión de soberbia y de blasfemia tales que aterraron á

doña Catalina.

--¡Oh! ¡qué soy yo para ti!--dijo la joven comprendiendo la mirada de

Quevedo.

--Tú... ¿qué puedes ser tú, Catalina? Tú puedes ser y eres mi diablo

amor.

--¡Oh! ¡y qué palabras!

--Creo que he nacido maldito, Catalina--continuó Quevedo.

--Tú quieres asustarme.

--No...--respondió Quevedo con voz vibrante--; las palabras que te digo,

se me salen á borbotones del corazón. Escúchame, Catalina: tú eres la

única mujer nacida para mí; tú... tú tienes todo lo que yo he soñado en

la mujer... ya lo ves, te estoy hablando frío y desnudo como si hablara

conmigo mismo. Oye, Catalina, yo necesito dominar, dominarlo todo,

porque desprecio todo lo que me rodea, todo menos á ti, que eres mi

mujer como yo tu hombre... ¿entiendes?... hay en mi algo rebelde, algo

de Satanás... yo marcho, marcho y sigo marchando sin detenerme, la vista

fija en un punto, la cabeza firme en un propósito... ¿por qué te me

pones delante de ese propósito? ¿por qué me has obligado á huir, á

ofenderte?

Quevedo miraba de hito en hito á doña Catalina, que de hito en hito le

miraba también.

Entrambos estaban transfigurados, fuera de sus condiciones ordinarias.

El rostro, la mirada, la actitud de Quevedo eran terribles; no era el

mismo hombre que doña Catalina conocía; hasta su lenguaje, aquel

lenguaje artificial, tan usado por él, había desaparecido.

Y era que doña Catalina, verdad para él, le arrastraba con su

influencia, le llevaba por el camino de la verdad.

--Creo que yo te puedo servir de algo, don Francisco--dijo la condesa

dejando su asiento, dando vuelta á la mesa, rodeando con un brazo el

cuello de Quevedo y asiendo una de sus manos.

--Ahora de mucho, de todo, Catalina mía--dijo Quevedo, rodeando la

cintura de la condesa, que se estremeció.

--Cuenta conmigo.

--Cuidado con lo que ofreces--dijo Quevedo.

--Todo cuanto yo pueda es tuyo.

--¿La ambición de tu padre?...

--Sí...

--¿La vida de tu esposo?...

--Sí, y cien veces sí.

Pasó algo terrible, inmenso, doloroso, por el alma de Quevedo, esto es,

por sus ojos.

La condesa no vió aquella mirada breve y rápida, pero sombría, que pasó

como un relámpago.

Si la hubiera visto se hubiera asustado.

Quevedo empezaba á cobrar miedo á la condesa.

Era demasiado enérgica, demasiado terrible.

Quevedo vió de un golpe que doña Catalina podía ser el obstáculo perenne

de su vida.

Tanto amor y tan ciego, y en una mujer tan ardiente y con tanto ingenio

como doña Catalina, era respetable; más que respetable, terrible.

Quevedo llegó á temer si había más que amor en doña Catalina hacia él.

Si la ambición la impulsaba á recurrir á él por una poderosa simpatía.

Serenó su semblante, y atrayendo á sí con ambas manos la cabeza de la

joven, la dijo:

--¡Oh, y cuan bien que brillaría sobre esta serena y noble frente una

corona!

--Sí, una corona de mirto y rosas purpúreas--dijo doña Catalina

sonriendo--; una corona de amor.

Desconcertóse Quevedo; doña Catalina no tenía más ambición que su amor.

Si la ambición de doña Catalina hubiera sido otra, Quevedo hubiera

tenido esperanzas de dominarla.

Para con doña Catalina no había otro dominio que el amor, y estaba

escarmentada, recelosa.

--Dime, don Francisco--dijo doña Catalina sentándose sobre sus

rodillas--: ¿es cierto que tú sueñas grandezas?...

--¿Yo?...

--¿Que, porque las sueñas, te sirves de la soberbia y de la locura del

duque Osuna?

--El duque de Osuna es mi amigo.

--No; es tu criado.

--¡Catalina!

--¿No has pensado nunca en el reino de Nápoles?

Quevedo miró profundamente á la joven.

La joven sonreía de una manera singular.

--¡Rey!--dijo con acento hueco Quevedo--. ¿Y qué es ser rey?

--Ser esclavo de un favorito--dijo la condesa--; de modo que si el duque

de Osuna, en vez de llamarse virrey, se llamase rey de Nápoles, lo que

no sería otra cosa que un reino más perdido para el rey de España, el

secretario del virrey sería secretario del rey... ¿y quién sabe?...

--El duque de Lerma ha nacido para equivocarse, y nada más que para

equivocarse.

--¿Y qué tiene que ver mi padre?...

--Tú... no has sido tú quien ha pensado ese desvarío que me supones...

lo has oído al duque de Lerma.

--Es que te he adivinado, don Francisco.

--¡Y bien, qué! ¿Si eso fuera cierto?...

--Entonces una mujer que ocupase un alto lugar en la corte de España,

que supiese conspirar, que lo viese todo, que lo oyese todo y que te

amase... sería tus pies y tu cabeza; podrías obrar aquí y allá...

aprovechar las ocasiones propicias... ¿Crees tú que yo puedo ser esa

mujer?

--Sí.

--¿Crees tú que yo soy capaz de sacrificarlo todo por ti?

--Lo creo.

-¿Crees tú que sería capaz de doblar mi orgullo hasta el punto de ser

dama de la duquesa de Osuna, si la duquesa llegase á ser reina?

--Sí.

--Y entonces, ¿por qué quieres destrozarme el corazón, abandonándome?

--Es que yo no te abandono, me ausento.

--Tu ausencia es la muerte de mi esperanza. ¡Dicen que son tan hermosas

las napolitanas! ¿No has dejado allí ningún amor, don Francisco?

--No he amado á nadie más que á ti; virgen del alma, me has tenido y no

me has dejado alma para otra mujer.

--Pues bien; no nos separaremos.

--Es urgente, necesario, que yo salga de aquí esta noche. No sé lo que

ha sido del hijo bastardo del duque de Osuna.

--Yo lo sabré.

--Lo que yo puedo hacer por él no puede hacerlo nadie.

--¿Es decir, que tienes empeño en salir de aquí?

--Lo necesito, lo arriesgo todo si paso algunas horas sin correr al

auxilio de don Juan.

--Pues bien, primero soy yo que nadie; no saldrás.

--Te aborreceré.

--Aunque me aborrezcas; ¿qué me importa, si insistiendo en huir de aquí

me pruebas que no me amas? para el hombre que ama, lo primero es la

mujer de su amor.

Y doña Catalina se levantó irritada de sobre las rodillas de Quevedo.

--¿Conque somos decididamente enemigos?--dijo don Francisco.

--Aún hay un medio de entendernos.

--¿Cuál?

--Entre mis bienes dotales, tengo yo hacienda cerca de Nápoles.

--¡Oh! pues entonces...

--Si me pruebas que me amas, abandono á España, y con el pretexto de la

salud, de mudar de aires, del deseo de ver aquellas posesiones mías, me

voy contigo.

--No puedes dudar de mi amor.

--Necesito una prueba.

--¿Cuál?

--Permanece aquí, deja á mi cuidado el salvar á ese don Juan, y cuando

esté en salvo, partiremos juntos.

--A don Juan no puede salvarle nadie más que yo.

La condesa se irritó.

--Y bien--dijo--, tú me desprecias; á nada te avienes; quieres verte

libre de mí... quieres burlarme; que se pierda, pues, don Juan; piérdete

tú y piérdame yo en buen hora... todo me importa nada.

--Malhaya, amén, la primera mujer que vino al mundo para producir

mujeres--exclamó perdida ya la paciencia Quevedo.

--Malditas sean--dijo la condesa--, si han nacido para ser tan

desventuradas.

--Ello es necesario, señora, que yo salga de aquí--dijo Quevedo,

acabando de perder completamente la paciencia.

--Por lo mismo que tú quieres salir, yo no quiero que salgas, y no

saldrás.

--No me obliguéis á cometer una villanía.

--Será necesario que me mates, y nada me importa morir; ¿no te he dicho

que estoy desesperada?

--Hasta en amor me persigue la desventura--dijo Quevedo.

--Bien merece ser desventurado, quien no es capaz de amar.

El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III · 第 61 / 66 段