--¡Ya lo creo! con una mujer como esa ya puede uno hacer lo que le dé

la gana. ¡Dios de Dios! en mi vida he visto otra tan hermosa.

Entre tanto doña Clara y don Juan estaban estrechamente abrazados,

mudos, en el primer momento de alegría. Parecíales á entrambos que

habían resucitado el uno para el otro.

Al fin se separaron, se miraron, y don Juan vió en los ojos de su mujer

lo que jamás había visto, lo que ni aun había sospechado, lo que no

sabía que existiese: un amor sobrenatural, una vida que vivía en su

vida; una alegría que era su alegría; un alma que absorbía la suya, la

envolvía, la acariciaba y la defendía; una fuerza infinita de absorción

que no le dejaba vida, ni deseo, ni voluntad como no fuesen para doña

Clara.

Habíale parecido su mujer hermosa: pero entonces le pareció que la

hermosura de su mujer no pertenecía á la vida, que tenía algo de

fantástico, de divino.

--¡Juan de mi alma!--le dijo doña Clara--; vámonos de aquí: me parece

que me van á arrancar de tus brazos, que se va á cerrar de nuevo esa

puerta, que no te voy á volver á ver. Vámonos, vámonos; estás libre; he

traído la orden yo misma, y nadie puede impedirte que salgas; nadie,

como no sea Dios, me volverá á separar de ti.

--¿Quién te ha dado esa orden, Clara mía?--dijo don Juan acordándose á

pesar de todo de la pobre Dorotea.

--¡La reina!--contestó doña Clara--; no sé por qué medio: anoche yo me

arrojé en balde á los pies de su majestad: en balde la reina suplicó al

rey. Ni aun pudimos saber dónde estabas preso.

--¡La reina te ha dado esa orden!--dijo profundamente pensativo don

Juan, que no acertaba á comprender cómo aquella orden había pasado de

las manos de Dorotea á las de la reina.

--Sí, sí--repuso impaciente doña Clara--; ¿pero qué importa eso? Lo que

importa es salir de aquí.

Y tiró de su marido, que se dejó conducir.

Al pasar por la alcaidía, el alcaide les salió al encuentro

respetuosamente y gorra en mano.

En la otra mano tenía una daga y una espada, sencillas pero hermosas y

fuertemente bruñidas las empuñaduras de acero.

--El señor alcalde de casa y corte, Ruy Pérez Sarmiento, acaba de

enviarme para vuesa merced, estas armas, que le ocupó cuando le

prendió--dijo el alcaide.

El joven se puso la daga y la espada en el talabarte, y dió las gracias

al alcaide.

--Perdonad, caballero--dijo el alcaide al ver que los dos esposos

seguían hacia la puerta--; pero quisiera que antes de salir miráseis

esta cuentecita.

Y presentó un papel á don Juan.

Aquel papel decía:

«Cuenta de lo que ha adeudado don Juan Téllez Girón, en las veinte y

cuatro horas que ha estado preso en la torre de los Lujanes.

»Por alquiler de la habitación alta donde estuvo preso en otro tiempo el

rey Francisco, y donde sólo se encierran personas principales, diez

ducados.

»Por el alquiler de una cama con colchones de pluma, sábanas de holanda

y repostero de damasco, mantas y demás, cinco ducados.

»Por ídem de doce sillas, un sillón, una mesa, un candelero de plata y

una alfombra, seis ducados.

»Por una comida traída de la hostería de los Tudescos, ocho ducados.

»Por una cena de ídem, cuatro ducados.

»Por un almuerzo de ídem, cuatro ducados.

»Por una vela de cera, cuatro reales de vellón.

»Por asistencia, dos ducados.

»Por derechos de carcelaje, ocho ducados.

»Todo lo cual monta la suma de cuarenta y siete ducados y cuatro reales

de vellón.--_Ginés Piedrahita._»

Debemos advertir, que de esta cuenta sólo leyó don Juan la suma total.

--¿Traes contigo dinero, Clara?--dijo don Juan.

--Sí, por acaso; ¿qué se necesita?

--Da á este hombre, dos doblones de á ocho.

Doña Clara sacó un precioso bolsillo, y de él dos doblones.

--Aquí sobra dinero, señor--dijo con un acento particular el alcaide, al

recibir las dos monedas de oro.

--Guardadlo--dijo don Juan.

--Viváis mil años, señor--dijo el alcaide apresurándose á abrir la

puerta.

Doña Clara, llevando á don Juan de la mano, salió de la torre con la

precipitación y alegría con que sale un pájaro á quien abren la jaula, y

se metió con su marido en la litera.

--¡Ah!--dijo, cuando se vió caminando hacia el alcázar--, ¡gracias á

Dios que ha pasado esta horrible pesadilla!

Y estrechó de una manera ardiente las manos de su marido que tenía entre

las suyas.

Don Juan, sin embargo, se mostraba sombrío, pensativo y cabizbajo.

Le preocupaban el recuerdo de Dorotea y la cita que tenía aquella noche

con ella en Puerta de Moros.

CAPÍTULO LXXVI

DE CÓMO EL COCINERO MAYOR CONOCIÓ CON DESPECHO QUE NO HABÍAN ACABADO

PARA ÉL LAS ANGUSTIAS

Encerrado en aquel aposento reservado que, como sabemos, tenía en su

casa Francisco Martínez Montiño, se ocupaba en contar una gran cantidad

de dinero que tenía sobre la mesa.

Con un placer sin igual, apilaba los relucientes doblones de oro, y á

otro lado los escudos y los ducados de plata.

--Cabal, cabal--decía--, nada he perdido; ni un maravedí; mi mujer no me

ha engañado; había puesto á cubierto mi dinero, y el señor Gabriel

Cornejo es un hombre de bien. Mis treinta mil ducados están aquí...

completos, justos. Sólo he perdido el dinero que llevaba en el bolsillo

y que me quitaron los alguaciles. Pero lo doy por bien empleado y más

que hubiera sido. El arca de hierro donde está el dinero de don Juan la

tiene el mayordomo mayor del rey, y me será entregada, según me han

dicho, para que yo responda de ella á su dueño. Además, ese bribón de

sargento mayor que había llegado á inquietarme, ha muerto. Casaré á mi

hija con ese Cristóbal Cuero, y allá se arreglen; haré lo posible para

que el duque de Lerma dé un empleo al galopín Cosme Aldaba, y cuando

todo esté hecho, me iré con Luisa y con lo que haya nacido á Asturias,

compraré una tierra y viviré en paz.

El cocinero empezó á poner en sacos su dinero, y á colocar aquellos

sacos en una arca.

--Sólo me inquieta una cosa--decía entre dientes y compungido...--la

muerte de ese pobre paje Gonzalo... esa muerte cuyo autor conozco, y á

quien no me atrevo á delatar porque sería necesario delatar á mi

mujer... Vamos, es necesario olvidar esto, olvidarlo de todo punto... yo

no he tenido la culpa; y luego, ¿quién sabe si aquellos polvos que me

dió en la cárcel Cristóbal son un hechizo ó un veneno? los tengo aquí;

me los metí sin reparar en ello en el bolsillo. Yo los llevaré al señor

Gabriel Cornejo que entiende de esto y él me lo dirá. Vamos... por

último... yo soy inocente; yo no tengo la culpa de nada de lo que ha

sucedido.

Acabó de colocar su dinero en el arca, y saliendo del cuarto y

cerrándole cuidadosamente, se fué á una habitación donde su mujer y su

hija estaban ocupadas en ponerlo todo en orden.

--¡Eh! ¿qué tal? ¿se te ha pasado ya el susto, mujercita mía?--dijo

Montiño, en quien la debilidad era un defecto incurable.

--No ha sido tan pequeño que pase tan pronto, marido mío; si vos

hubiérais sido mejor de lo que sois y no hubiérais pensado mal de

vuestra mujer, y no la hubiérais hecho meter en la cárcel, estaríamos

mejor; yo no puedo olvidarme tan pronto de lo mucho malo que habéis

hecho contra mí; yo no puedo perdonaros tan fácilmente.

Esto lo decía Luisa, subida en una silla, de espaldas á Montiño,

clavando clavos en la pared y dejándole ver el pie más pequeño y el

principio de unas piernas lo más bonito que podía darse.

--Vamos, no hablemos más de esto, mujercita mía; yo he estado loco y á

los locos se les perdona todo; yo te compraré un justillo y una saya de

terciopelo tomados de oro y collar y arracadas de corales, y te daré

aquellos cintillos de diamantes que te gustan tanto.

--Ya sois bueno--dijo Luisa--, conocéis que habéis sido malvado, y

queréis contentarme con regalos, como si con los regalos pudiera curarse

el alma.

Y Luisa se echó á llorar desconsoladamente; aquel llanto era por la

muerte del sargento mayor á quien amaba, y con quien había pensado gozar

fuera de España el dinero robado á su marido.

Pero Montiño era de esos ciegos que no ven ó no quieren ver, y exclamó:

--¡Válgame Dios y qué llanto tan inútil! ya no tienes nada que temer, y

yo te amo más que nunca.

--No queréis que llore, ¡y me habéis llamado adúltera y miserable!--dijo

Luisa buscando un pretexto á su llanto.

--Vamos, mujer, por Dios, olvidemos eso; ya te he dicho que yo estaba

loco. ¿No estás bastante vengada de mí?

--No, no y no; necesito vengarme más.

--Pues bien, haz de mí lo que quieras, pero no me atormentes más con tus

lágrimas. Tendrás todo lo que quieras: ricos trajes, hermosas alhajas...

--¡Ah!--exclamó desconsoladamente Luisa.

--Y á mí, padre, ¿qué me daréis á mí?--dijo la Inesilla.

--A ti, hija mía, te daré un hermoso ajuar, un buen dote y te casaré con

Cristóbal.

--¡Ay, padre! y ¡qué bueno es vuesa merced!

--No lo cree así tu madre, que dice que se ha de vengar de mí.

--¡Bah! madre Luisa está irritadilla... pero eso se le pasará: ¿no es

verdad, madre?

--¡Eh! ¡no!--dijo Luisa.

--¡Todo sea por Dios!--dijo Montiño--; voy á las cocinas, que ya es

tiempo de que yo vuelva de nuevo á mi obligación; quiera Dios que cuando

vuelva te encuentre de mejor humor, mujer.

Y Montiño salió y se trasladó á las cocinas.

--Señor Gómez Puente--dijo al oficial mayor, que adelantó cuchilla y

tenedor en mano--, ¿qué hacéis?

--Salpimento unos lechones, señor Francisco--contestó el oficial mayor.

--Muchas gracias, señor Gómez--dijo Montiño.

--¿De qué, señor Francisco?--dijo el oficial mayor.

--Todo está en orden, todo limpio, todo á punto; parece que no he

faltado yo de las cocinas.

--Vos nos tenéis acostumbrados á trabajar bien.

--Veamos qué vianda habéis preparado á su majestad.

--Aquí está la lista--dijo el oficial mayor dejando la cuchilla sobre un

mantel, sacando un papel doblado del bolsillo de su mandil.

Montiño desdobló con gran interés aquel papel y le recorrió.

--Bien, muy bien--dijo--; diez principios con perniles, diez platos de

volatería, otros tantos de pescados, ocho de caza mayor, surtido

completo de entremeses, variedad de empanadas, de asados y de fritos,

seis ensaladas, todas las frutas secas y frescas de la estación y

abundancia de conservas y dulces de repostería; bien, muy bien, señor

Gómez; ya veo que no hago aquí gran falta. ¿Y la cena, señor Gómez?

--Hela aquí--dijo el oficial sacando otra lista.

Recorrióla con suma avidez Montiño y con cierto disgusto, porque no

halló nada que reprender, y esto, hasta cierto punto, ofendía su amor

propio.

--Está visto que yo aquí no hago absolutamente falta--repitió--. Todo

esto está muy bien.

--Vuesa merced hace siempre falta en las cocinas--dijo Gómez--; hemos

podido salir adelante dos días; pero si vuesa merced faltara un día más,

no sabríamos cómo componernos. Así como así, faltan en estas dos listas

algunos platos de que gusta sobremanera su majestad, y que son tan

delicados, que sólo vuesa merced los sabe preparar.

--En efecto, y quiero hacer dos platillos de los míos reservados, para

que el rey conozca que no me he muerto todavía. ¡Hola! Lamprea, hijo:

prepárame unos filetes de ternera.

--Buenos días, ó más bien, buenos medios días, señor Francisco--dijo una

voz áspera, en aquel punto, á las espaldas del cocinero, al mismo tiempo

que una mano pesada se apoyaba en su hombro.

Volvióse de una manera nerviosa Montiño, y vió detrás al tío Manolillo

que le presentaba una escudilla de madera.

Estremecióse el triste del cocinero.

El bufón le miraba de una manera terriblemente fija y con una expresión

que era un misterio para el cocinero mayor.

--¿Qué queréis?--dijo Montiño con la voz temblorosa de miedo.

--Quiero que me deis algo bueno que almorzar, tengo mucha hambre y no

puede esperar mi estómago á la mesa de mi hermano don Felipe; paréceme

que esas empanadas que acaban de salir del horno, por lo que huelen, son

de águilas; apropiadme una.

Montiño puso por sí mismo una hermosa empanada en la escudilla del

bufón.

--Ahí veo formadas en batalla algunas botellas con telarañas; la masa,

señor Francisco, no pasa bien sin vino; dadme una botella.

El cocinero dió al bufón una botella, que éste se puso debajo del brazo.

--Ahora, echadme aquí--dijo quitándose la caperuza--algunos pastelillos

y confituras con que acabar mi almuerzo.

Montiño le llenó la caperuza.

--Muchas gracias, hermano--dijo el bufón.

--¿Y qué más queréis?--dijo con voz chillona, con impaciencia Montiño,

viendo que el bufón con la botella bajo un brazo, la escudilla en una

mano y la caperuza en otra, no se movía.

--Quiero que me acompañéis.

--Yo he almorzado ya.

--Que me acompañéis mientras almuerzo yo.

--No puedo; tengo que hacer un platillo de filetes de ternera

sobreasados por mi propia mano...

--Y yo tengo que hablaros urgentemente de un platillo que he inventado

yo y que quiero que hagáis--dijo con voz ronca el bufón.

--¡Ah! ¡habéis inventado un manjar!...--dijo el cocinero, que tenía

graves motivos para no atreverse á desobedecer al bufón--. Pues esto es

distinto. Vamos, tío Manolillo, y veamos vuestra invención.

Y salió con el tío Manolillo.

--¡Pobre señor Francisco!--dijo el oficial mayor--. Cada día me convenzo

más de que está loco.

--Tiene los ojos que le echan fuego--dijo otro de los oficiales.

--Y se sonríe de una manera que mete miedo--observó otro.

--¡Pobre señor Francisco!--dijeron todos.

Entretanto el bufón había llevado al cocinero á su aposento y se había

encerrado con él.

Puso los manjares que llevaba sobre una grasienta mesa y empezó á comer

con ansia.

--Es necesario alimentarse para tener fuerzas--dijo--, y sobre todo

cuando hay que obrar.

--Decidme, tío Manolillo, ¿para qué me habéis traído aquí?

--Para deciros que Dorotea tiene que haceros un encargo y os espera al

momento.

--Yo no puedo ir... y no iré...--dijo el cocinero.

--¿Cómo que no iréis? ¿Ignoráis que sobre vuestra cabeza pende un

proceso de asesinato?

--El duque de Lerma ha mandado romper ese proceso.

--¡Ah, el duque de Lerma!... Pues bien, el duque de Lerma os mandará

prender de nuevo cuando se lo mande yo.

--¡En cuanto vos se lo mandéis! ¡Bah! vos sois algo fanfarrón, tío

Manolillo.

--Oye, Montiño: si te vuelves á permitir burlas conmigo, te doy una

paliza, ¿me entiendes?

El cocinero mayor se acobardó.

--Y si te niegas á servir á Dorotea te llevo á la horca.

Entróle pavor á Montiño.

--¿Pero en qué hay que servir á Dorotea?

--Puede suceder que Dorotea quiera matar á alguien.

--¿Y se valdrá de mí?

--Ya lo creo; en tu casa no es ya nuevo el veneno.

--Os digo que no, que no y que no--exclamó Montiño poniéndose lívido de

miedo--; si vos sois un infame, yo no quiero serlo y no lo seré.

--Urge aprovechar el tiempo, el asunto es importante y te voy á revelar

lo que sólo sabemos Lerma y yo; voy á convencerte de que Lerma es mi

esclavo. Mira.

El bufón sacó de su pecho un legajo de papeles, le desató y, desdoblando

uno de aquellos papeles, le dijo:

--Lee.

--¡Dios mío!--exclamó el cocinero después de haber leído aquella carta.

--Es una prueba de traición á favor de la Inglaterra contra el duque.

¿No es verdad? Pues lee estotra.

--¡Señor, señor!--exclamó el cocinero después de haber leído aquella

segunda carta.

--Aquí se prueba que Lerma roba al rey, ¿no es verdad?

--Sí, sí.

--¿Y crees tú que quien tiene éstas y otras terribles pruebas contra

Lerma no te tiene en sus manos?

--¡Dios mío!--exclamó medio muerto de terror el cocinero.

--¿Y crees tú que si yo digo á Lerma: «la vida de Francisco Martínez

Montiño por estas cartas», no te llevará Lerma al cadalso?

--Tened compasión de mí, Manuel; tened lástima de un hombre de bien que

ningún mal os ha hecho.

--Dorotea necesita vengarse, y para vengarse te llama. Tú eres mío y yo

uso de ti. ¿Qué importa una muerte más? ¿No mataste anoche al amante de

tu mujer?

--¡Le mató Dios, le mató Dios! ¡Yo solo fuí la mano de Dios!

--Pues bien, seguirás siendo la mano de Dios, porque haciendo lo que

Dorotea te mandará, habrás matado á ese infame.

--Pensadlo bien, Manuel, pensadlo bien.

--Lo tengo pensado.

--¿Y decís que...?

--Que si no obedeces á Dorotea vas á la horca.

--Dejadme tiempo para pensar.

--Si no te decides te dejo encerrado aquí, voy á ver á Lerma, le arranco

la orden de prenderte como asesino y vengo con la justicia.

--Bien--dijo el cocinero sudando de angustia--, iré á casa de Dorotea.

--Vendrás conmigo; ya he acabado mi almuerzo y me siento con más fuerzas

que nunca. Vamos.

Y llevándose tras sí á Montiño, que estaba adherido á él por el terror,

salió de su aposento y poco después del alcázar.

Encamináronse á casa de la Dorotea.

Cuando llegaron á la puerta, el bufón dijo al cocinero:

--Llamad y entrad, aquí os aguardo.

Montiño llamó temblando.

Abrióse la puerta y apareció Pedro.

--Decid á vuestra señora--dijo Montiño con voz apenas inteligible--que

aquí está el cocinero mayor del rey.

--No es necesario avisarla--dijo Pedro--; os espera y me ha dicho que en

cuanto vengáis, entréis.

El cocinero entró, y poco después estaba á solas con Dorotea.

CAPÍTULO LXXVII

EN QUE SE ENNEGRECE Á SU VEZ EL CARÁCTER DE DOROTEA

La joven cerró las puertas en cuanto entró en la sala Montiño.

A pesar de su turbación, Montiño notó que Dorotea estaba llorosa, muy

pálida, y visiblemente enferma. Sobre una mesa había mucho dinero en

oro.

--Tomad de aquí lo que necesitéis para una buena merienda para dos

personas--dijo Dorotea.

Montiño, que iba resignado, contestó:

--¿Cómo queréis que sea esa merienda, señora?

--Como pudiera serlo para el rey.

--¿Con vinos y licores?

--Sí... sí... con vinos y licores.

--Pues bien, tomo diez doblones.

--Tomad lo que queráis.

--¿Y para cuando ha de estar dispuesta esa merienda?

--Para esta noche á las ocho.

--Es muy pronto.

--Tomad por vuestro trabajo lo que queráis.

--No, no es eso. Lo que importa es tener cocina y utensilios.

--Cocina tendréis; utensilios, compradlos.

--Entonces se necesitan otros cuatro doblones.

--Gastad, gastad, y si no basta con el dinero que ahí está, os daré más.

--¡Dios mio! con ese dinero basta para dar un convite de Estado en

palacio.

--Pues bien, el oro hace milagros. Gastad sin miedo, y que la merienda

esté dispuesta para las ocho de la noche.

--Lo estará.

--El tío Manolillo os llevará á la casa donde habéis de guisar y servir

esa merienda.

--¿Será necesario buscar vajilla?

--No, se llevará de casa. Pero es indispensable buscar otra cosa, para

lo cual no dudo que necesitáreis mucho dinero.

--¿Qué cosa, señora?

--Un veneno que mate como un rayo.

Y al decir estas palabras Dorotea, se cubrió el rostro con las manos y

rompio á llorar.

--¡Un veneno, señora!--exclamó aterrado el cocinero--; ¡un veneno! ¿y

para qué le queréis?

--Buscad un veneno; cuando habéis venido aquí, ¿no habéis venido

resuelto á obedecerme?

--Sí.

--Pues bien, tomad todo ese dinero, tomad más si es necesario. Ahí deben

quedar sesenta doblones. ¿Habrá bastante?

--Sí; sí, señora.

--Pues tomadlos.

El cocinero tomo maquinalmente el dinero y le guardó.

--Oíd: el veneno le pondréis en una sola confitura, pero en gran

cantidad; por ejemplo, en una pera; cuidaréis que no haya otra; á esa

pera la pondréis un lazo rojo y negro.

--¡Señora! ¡señora!

--Estáis demasiado turbado; voy á escribiros lo que debéis envenenar,

con la señal que debéis ponerle, para que no podáis equivocaros.

Y la joven se puso á escribir con mano segura, pero llorando sobre el

papel.

Cuando hubo acabado de escribir, entregó el papel á Montiño.

--Tomad, idos--le dijo--; á las ocho todo ha de estar dispuesto. ¿Lo

entendéis?

--¡Adiós, señora, adiós!--dijo Montiño, y salió apresurado, porque le

parecía que saliendo de allí, se libertaba del horrible compromiso en

que se veía metido.

Pero al abrir la puerta se encontró delante al tío Manolillo.

Entre él y el bufón creyó el cocinero ver levantarse los dos palos rojos

de la horca, y se decidió á hacer todo lo que quisiese con tal de no

verse colgado de aquel patíbulo horrible.

La fatalidad arrastraba á Montiño.

--¿Estáis dispuesto?--le dijo el bufón.

--Sí; sí, señor; estoy dispuesto á todo.

--Pues vamos á donde sea necesario ir.

--Es necesario comprar cacerolas, vasijas, todo lo indispensable para

preparar la vianda que quiere Dorotea.

--Vamos, pues.

No había pasado una hora, cuando Montiño, ayudado por el bufón, guisaba

sin mandil y sin gorro, sin más oficial ni galopín que el tío Manolillo,

en la cocina de una casa deshabitada.

Eran las dos de la tarde.

A cada momento llegaban mozos cargados de muebles, de alfombras, de

cuadros, y un tapicero se ocupaba en adornar á toda prisa un inmenso

salón en aquella misma casa.

CAPÍTULO LXXVIII

EN QUE SE SIGUEN RELATANDO LOS ESTUPENDOS ACONTECIMIENTOS DE ESTA

VERÍDICA HISTORIA

Era ya cerca del obscurecer.

En dos bufetes (así se llamaban en aquellos tiempos una especie de mesas

aparadoras) se veían puestos en tres filas como hasta dos docenas de

platos, conteniendo una riquísima variedad de manjares.

Sentado á un lado de la cocina, limpiándose el sudor que corría en

abundancia por su frente, y mirando con cierta vanidad inevitable á

pesar de la situación, su magnífica merienda, perfectamente arreglada,

estaba el cocinero mayor.

Al otro lado, arreglando sobre otros dos bufetes una magnífica vajilla

de plata, y un no menos rico y bello juego de cristal, estaba el tío

Manolillo, ceñudo y taciturno.

Ninguno de los dos hablaba una palabra.

Pero como obscureció hasta el punto de que ya no se veía en la cocina,

el bufón dijo al cocinero como pudiera haberlo dicho á un criado:

--Encended una luz.

--Dejad, dejad que descanse un tanto, tío Manolillo--contestó

humildemente el cocinero--; acabo de sentarme y estoy rendido; nunca he

trabajado tanto; es cierto que las confituras y los hojaldres y las

empanadas se han traído de fuera, pero así y todo, he hecho más de doce

platillos en tres horas, y buenos todos, y sin oficiales, ni aun

siquiera galopines. Sólo yo podría hacer otro tanto; ¡qué día! ¡qué día,

Señor!

--Después descansaréis--dijo el bufón--; pero antes, concluyamos;

encended, encended la luz.

--¿Pues qué? ¿no hemos concluído?--dijo el cocinero levantándose.

--Yo creo que no.

--Pues yo creo que sí--dijo el cocinero mientras encendía una tras otra

seis bujías que puso sobre los bufetes.

--¿No os ha hablado Dorotea de cierta confitura que ha de ir á la mesa,

señalada con un lazo de seda negro y rojo?

Montiño se estremeció todo; sus ojos erraron vagos, atónitos,

espantados, sin fijarse en ningún objeto.

--El lazo está aquí--dijo tomando un papel ahuecado de un aparador el

tío Manolillo--, y muy bello por cierto; como que me ha costado tres

reales, á pesar de ser una quisicosa; mirad, mirad, Montiño; ¿no es

verdad que es muy bello?

Y desenvolvió el papel y mostró al cocinero un precioso lazo de seda.

Montiño miró y apartó instintivamente los ojos del terrible lazo.

--Además--dijo el tío Manolillo tomando otro papel más abultado--, aquí

hay una porción de lazos: blancos, verdes, azules, dorados; adornad ese

plato de confituras, Montiño, que esté vistoso; vamos, que se pasa el

tiempo.

Montiño se acercó á uno de los bufetes, tomó un plato de frutas

confitadas, y lentamente, pálido, convulso, fué poniendo á cada dulce un

lazo, un adorno, una flor, que también las había.

Quedaba únicamente por poner el lazo negro y rojo.

Montiño le tomó con la extremidad de los dedos, con el mismo horror que

si hubiera sido un reptil ponzoñoso.

--Esperad, esperad--dijo el tío Manolillo--; voy á daros la confitura

que debéis adornar con ese lazo; es una pera bergamota, una hermosa

pera; tomad.

Y desenvolvió de un papel que tomó de sobre una mesa una magnífica pera

confitada.

Montiño tomó la pera con la misma repugnancia que había tomado el lazo,

y fué á adornarla con él.

--Esperad, esperad, Montiño--dijo el tío Manolillo--; aún falta algo á

esa pera.

--¡Por Dios! ¡Por su Santísima Madre! ¡Por todos los santos y santas del

cielo! ¡No me obliguéis á ser asesino!--exclamó el cocinero juntando las

manos y llorando.

--Bien, no lo hagáis; todo se reduce á que desde aquí mismo os lleve yo

á la cárcel.

--Pues bien--dijo Montiño desesperado--, no soy yo el asesino, sino vos,

vos que me obligáis á elegir entre mi vida y la de otro; yo juro á

Dios...

--Acabad, que lugar tendréis de jurar después.

--Pues bien, sea--dijo el cocinero metiendo su mano derecha de una

manera violenta y nerviosa en el bolsillo derecho de sus gregüescos--:

que Dios tenga piedad de la criatura que va á morir.

Y sacó un papel ajado y le desenvolvió.

El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III · 第 60 / 66 段