juicio lo de las cartas de la reina, y os sentenciarían cometiendo una
injusticia, es cierto; pero las injusticias no sorprenden á nadie en
España. Me debéis, pues, la vida, y os lo digo para que lo sepáis; para
que no podáis olvidarme.
--Me estáis desgarrando el alma, Dorotea.
--¿Y qué importo yo... pobre cómica... querida miserable del duque de
Lerma? pero dad gracias á Dios de que yo sea querida del duque, y de que
el duque, por una casualidad que Dios ha permitido, sea esclavo de un
hombre terrible, que es á su vez esclavo mío.
--¿Y quién es ese hombre?
--El tío Manolillo, el bufón del rey. Él, porque sabe que os amo, y que
vos íbais á salir de la corte, hizo que Lerma os prendiera. Él, porque
yo se lo he pedido, ha hecho que Lerma mande rasgar vuestro proceso y
poneros en libertad. Si yo le hubiese dicho: ese hombre me desprecia,
ese hombre me insulta, quiero vengarme de él y de ella, mátale;
hubiérais subido al cadalso, y con vos Francisco de Quevedo, á quien
Dios maldiga. Sabedlo, quiero que lo sepáis para que no podáis olvidarme
jamás; os lo repito. ¿Qué me importa que os apartéis de mí, que no os
vuelva á ver más, si estoy segura de que vos no olvidaréis nunca mi
memoria?
Don Juan inclinó la cabeza y no supo qué responder.
Estaba seguro de que no podía engañar á Dorotea, porque ésta sabía
demasiado que él amaba, que él no podía dejar de amar á doña Clara.
Y sin embargo, la hermosura y el amor inmenso, excepcional de la
comedianta, excitaban su deseo; halagaban su orgullo; don Juan, si
hubiera podido, sin dejar de amar á doña Clara y de ser feliz con ella,
hubiera sido amante de Dorotea.
Pero esto era imposible: Dorotea tenía demasiado corazón.
Dorotea no podía partir el amor de su alma con otra, por más que aquella
otra fuese la esposa del hombre de su amor.
La situación de don Juan, ante quien Dorotea se presentaba de una manera
enloquecedora, dándole la libertad y con la libertad la vida,
sacrificándoselo todo, con la abnegación sublime de que sólo es capaz
una mujer que ama, la situación de don Juan era horrible.
--¿Cómo podré yo hacer--dijo al fin--, que vos me perdonéis la desgracia
de no haberos conocido antes?
--No blasfeméis de vuestra fortuna--dijo gravemente Dorotea--; Dios os
ha dado en doña Clara una mujer digna de vos. Amadla, reverenciadla,
alegráos como de una felicidad inmensa de que sea vuestra esposa. En
cuanto á mí, con que vos me apreciéis, con que me recordéis, con que os
cause compasión mi desdicha, estoy satisfecha, seré feliz.
Y Dorotea, á quien hasta entonces había sostenido la excitación febril
de la alegría que la causaba el llevar la libertad á don Juan, se sentó
y se puso sumamente pálida.
--Estáis mala, Dorotea--dijo el joven acercándose rápidamente á ella--.
¿Qué tenéis?
--¡Me muero!
--Disponed de mí: yo soy vuestro... yo os amo--dijo don Juan embriagado.
Y en aquel momento, olvidándolo todo, asió con sus dos manos la hermosa
cabeza de Dorotea y la besó en la boca.
--¡Oh! ¡qué horror!--exclamó la joven poniéndose en pie de un salto--;
¡qué crueldad! ¡qué daño me habéis hecho tan terrible!
Y arreglándose el manto, se dirigió á la puerta y llamó.
--¿A dónde vais, Dorotea?--dijo don Juan.
--Es necesario que venga cuanto antes vuestra esposa.
Sonaron entonces las llaves del carcelero.
--Esperad un momento--dijo don Juan asiendo por el manto á Dorotea, que
estaba vuelta hacia la puerta.
--¿Qué más queréis de mí?--contestó la joven.
--Quiero... quiero volveros á ver.
--¡Que queréis volverme á ver!... ¡sí, yo también quiero! pues bien:
estad esta noche, á las ocho, al pie de la Cruz de Puerta de Moros.
--Estaré.
En aquel momento se abrió la puerta.
--Adiós--dijo Dorotea, y salió precipitadamente.
--Adiós--dijo don Juan, y se dejó caer aniquilado sobre una silla.
El carcelero cerró la puerta.
--No merece este amor asesino que me ha entrado en el alma--murmuraba la
comedianta bajando precipitadamente las escaleras--. ¡Yo estoy loca! ¡yo
me muero! ¡Dios mío! ¡irá! ¡irá! ¡le parezco hermosa! ¡le embriago!...
¡sí, irá! pues bien... ¡me vengaré de él y de ella! ¡él me obliga!
¡aquel horrible beso!... ¡Oh, Dios mío!
Y acabando de bajar las escaleras, atravesando la alcaidía sin reparar
en nadie, salió.
En la puerta de la torre había una litera.
Al aparecer Dorotea, un criado abrió la portezuela.
Dentro de la litera había un hombre.
Era el tío Manolillo.
Estaba más pálido, más cadavérico que Dorotea.
Al ver el aspecto de aniquilamiento y de desesperación de la joven, una
chispa de alegría involuntaria pasó por los ojos del bufón.
--Ese miserable no te comprende--dijo.
--Os engañáis, Manuel; le enamoro, haría de él cuanto quisiera, menos
que me amara como yo quiero ser amada. Estoy irritada: la cólera y la
desesperación me matan. Quiero vengarme, y empiezo. ¡Pedro! ¡al alcázar!
La litera se puso en movimiento.
--¿A qué vas al alcázar, hija mía?
--No voy yo, sino vos. Tomad.
--¡Ah! ¡la orden de libertad de don Juan! ¡no se la has dado! ¡quieres
que la devuelva al duque de Lerma y que el proceso siga! ¡haces bien!
¡ese no es digno de nuestra protección! ¡no amarte á ti que tanto le
amas! ¡que tanto haces por él! ¡véngate! ¡ya que no sea tuyo, que no sea
de la otra!
--Vais á entrar en el alcázar y á hacer de modo que doña Clara
Soldevilla reciba esta orden sin que pueda saber de dónde viene.
--¡Cómo!
--¡Lo quiero!
--Haces mal.
--Lo quiero. ¡Y cuenta con que doña Clara pueda ni aun por indicios
sospechar!
--¡Haces mal!--repitió el bufón, y tomó la orden y la guardó suspirando.
Ni Dorotea ni el bufón hablaron una palabra hasta que la litera llegó á
las puertas del alcázar.
--Entrad--dijo Dorotea al bufón--; haced que esa orden llegue, como os
he dicho, á las manos de doña Clara, y luego buscad al cocinero mayor, y
hacedle que vaya á verme.
El bufón salió de la litera.
--¡A casa!--dijo la Dorotea.
La litera se puso de nuevo en marcha.
--El bufón, después de meditar un momento en el vestíbulo, se entró
resueltamente en la secretaría de Estado.
--Decid á su excelencia--dijo--que yo, mi majestad el bufón, le mando
que me reciba y me oiga.
Riéronse todos de la manera cómica con que el tío Manolillo dijo estas
palabras, y uno de los oficiales contestó:
--No está su excelencia de humor para recibiros, tío.
--¡Quién le mete al menguado en lo que no le importa!--repuso gravemente
el bufón--; diga al duque que Felipito mi amigo me envía.
--¡Ah! ¡si traéis orden del rey!...
--¡Qué pesado! ¿Te pagan para que repliques, ó para que hagas lo que se
te mande?
--Vamos, no os incomodéis, tío--dijo el oficial--; decid á su
excelencia, Lasala, que el bufón de su majestad quiere verle.
El enviado entró.
--Ya veréis cómo Lerma no me hace esperar tanto--dijo el bufón
paseándose con gran prosopopeya por la secretaría.
En efecto, un momento después de haber entrado, Lasala abrió una mampara
y dijo:
--Su excelencia espera al bufón de su majestad.
Cinco minutos después de haber entrado el tío Manolillo en el despacho
del duque, éste subía por una escalera de servicio á la cámara del rey.
Felipe III estaba ocupado en examinar con su montero mayor una magnífica
escopeta de dos cañones que acababa de regalarle respetuosamente la muy
noble y leal villa de Eibar.
--¡Eh! vienes á tiempo--dijo el rey al ver al duque--; tú que eres
aficionado, ¿qué te parece este arcabuz de caza? Mira qué llaves, Lerma:
una invención, una verdadera invención.
--En efecto, señor--dijo el duque--, los vizcaínos son muy hábiles y muy
industriosos. A primera vista se conoce la bondad de esa arma. Pero con
licencia de vuestra majestad, vengo á hablarle de un negocio muy
importante.
--¿Tan importante que no admite demora?
--De ningún modo, señor.
--No me dejarán reposar; ni aun cuando rezo estoy seguro: vamos, Lerma,
vamos: y tú espera aquí--dijo el rey al montero mayor.
Felipe III y su secretario universal se encerraron.
--Veamos de qué se trata--dijo el rey con el empacho que le causaban
todos los negocios.
--Del asunto de doña Clara Soldevilla.
--¡Ah! pues mira, ese asunto me trae disgustado; la buena doña Clara me
pidió ayer una audiencia, se la dí, me rogó por su esposo, se arrojó á
los pies, lloró... y como tú me habías dicho que se trataba de un
negocio grave, me mantuve inflexible, hasta tal punto, que se me desmayó
doña Clara, y la llevaron á su cuarto sin sentido. Después he tenido una
verdadera batalla con la reina. Me ha amenazado... me ha dicho que no la
obligase á hablar... y yo no sé qué tenga que hablar la reina en este
asunto. En fin... me ha dicho la reina que yo y ella debemos grandes,
eminentes servicios á ese don Juan, que ha hecho muy bien hiriendo á don
Rodrigo, y que mejor hubiese sido que le hubiera matado. ¿Qué dices tú á
eso?
--Digo, señor, que su majestad la reina tiene mucha razón.
--¿Pues no me dijiste ayer que era necesario castigar con mano fuerte á
ese don Juan y á don Francisco de Quevedo, su cómplice?
--Ayer estaba mal informado, señor; por las primeras diligencias del
proceso resulta que no fueron dos contra uno, sino que por el contrario,
don Rodrigo llevaba otro hombre contra don Juan. Que Quevedo no hizo más
que ayudar como hidalgo á su amigo, y que don Juan se vió en la
necesidad de defenderse. Ni siquiera ha sido un duelo.
--Pues entonces es necesario formar proceso á Calderón.
--Aconsejo á vuestra majestad que me permita echar tierra á este
negocio.
--Pues bien, échasela; pon en libertad á don Juan y á Quevedo y que se
vayan benditos de Dios á Napóles.
--Ya, contando con el beneplácito de vuestra majestad, he mandado al
alcalde Ruy Pérez Sarmiento que destruya la causa y libre auto de
libertad para Quevedo y Girón; el auto de libertad de don Juan está
aquí, señor.
--¡Ah! ¿Conque está todo hecho?
--Aún falta algo que hacer.
--¿Y qué hace falta?
--Tan activo ha andado el alcalde Ruy Pérez en este proceso y tan leal,
que merece un premio.
--¡Ah, merece un premio! Pues dásele.
--Aquí está extendida ya la provisión para él, de oidor de la real
audiencia de Méjico, con las costas del viaje, y sólo falta la firma de
vuestra majestad.
El rey firmó la provisión, y la recogió el duque.
--Por aquí--dijo para sí Lerma, guardando la provisión del licenciado
Sarmiento--, hemos salido de un testigo enojoso.
--¿Queda algo más que hacer?--dijo el rey, que en su marcada antipatía
por los negocios deseaba verse libre.
--Sí, señor; yo creo que vuestra majestad debe aprovechar esta ocasión
de complacer á su majestad la reina.
--¿Y cómo?
--Dándola este auto, que pone á cubierto de todo proceso al marido de su
dama favorita.
--Tienes razón, Lerma, tienes razón; y ahora más que nunca conozco el
grande afecto que me tienes; no me gusta estar reñido con la reina.
Voy... voy... adiós, Lerma, adiós.
Y el rey abrió una puerta, atravesó un largo corredor, abrió otra puerta
y se encontró en la recámara de Margarita de Austria.
La reina leía.
Al ruido de los pasos del rey volvió la cabeza.
Al verle, dejó el libro, se puso ceremoniosamente de pie, y miró al rey
con severidad.
--Veo que aún estás enojada, Margarita--dijo el rey.
--En efecto, señor--contestó la reina--; tengo un profundo disgusto.
--¡Por tu queridísima doña Clara!
--Me he propuesto no volver á hablar más á vuestra majestad de este
asunto.
--¡Mi majestad!... ¡Pero si estamos solos, Margarita, si estamos solos!
¡Siéntate aquí al lado mío! Vengo á que hagamos las paces.
La reina se sentó al lado del rey, pero con tiesura, con el semblante
nublado y sin mirar á Felipe III.
--¡Lo que yo digo! ¡eso, eso es!--exclamó con impaciencia el rey--; ¡yo
soy lo último de todo!
--¡Señor!--dijo la reina con dignidad.
--Se me respeta, pero no se me ama; basta el más ligero motivo para que
no se me oculte el desvío que causo. ¡Como ha de ser! ¡Y yo, á pesar de
todo, me afano por complacerte, Margarita!
La reina comprendió que debía bajar del empinado lugar á que se había
subido; que debía ser mujer, y combatir al hombre, no al rey.
--Sí--dijo, hiriendo con su pequeño pie la alfombra y mordiéndose
impaciente su grueso labio austriaco--; sí se conoce que mi esposo... me
ama locamente, que adivina mis deseos, que se anticipa á ellos;
ciertamente que soy una insensata, cuando me quejo; ¿qué puedo yo
desear? ¿Qué reina ha tenido más influencia sobre su esposo?
--Puedo hacerte que llores de alegría, y que me abraces como una loca,
Margarita--dijo el rey.
--¿De veras?--preguntó disimulando mal su ansiedad la reina, porque en
las palabras y el aspecto del rey conoció que podía prometerse algo
satisfactorio.
--Tan de veras, como que te traigo una medicina que pondrá buena de
repente á tu amiga doña Clara, que creo que anda enferma.
--¿Cómo queréis que esté una recién casada que adora á su marido, y que
ni aun sabe dónde para?
--¡Es verdad! ¡es verdad! pues bien; toma, Margarita, toma; he mandado
romper el proceso de don Juan Téllez Girón, y aquí está la orden de
libertad.
El rey dió á Margarita de Austria el pliego cerrado que contenía el
auto.
Pasó una alegría infinita por los ojos de la reina.
Rompió el sobre y leyó ávidamente la orden de soltura.
--¡En la torre de los Lujanes! ¡y allí está mi libertador preso,
dudando, temiendo...!
--¡Tu libertador!--dijo el rey con asombro.
--¡Sí, mi generoso y valiente libertador!
--No te comprendo.
--¿Por qué he de callar más? Yo estaba resuelta á revelároslo todo,
cuando no me quedase otro medio de salvar á ese caballero. ¿Por qué no
he de ser franca y leal con vos, cuando está salvado?
--¡Qué! ¿tú me ocultabas algo, Margarita?
--¡Oh! ¡sí, señor! ¡no sé por qué he tenido miedo! vos no podéis dudar
de mí, ¿no es verdad?
--¡Dudar yo de la reina! ¡de mi esposa!--dijo el rey en uno de los
arranques de verdadera dignidad que á veces dejaba conocer--. ¡Cómo!
¿por qué había yo de dudar de vos, señora?
--Oidme, don Felipe, oidme, perdonadme, porque por una sola vez en mi
vida he obrado con ligereza.
--Yo estoy seguro de que no tengo que perdonarte nada--dijo el rey
volviendo á su debilidad habitual, y procurando excusarse de entrar en
explicaciones que le asustaban, porque á primera vista parecían graves.
--No, no; me habéis de oír: os lo suplico--dijo la reina--, necesito
librar mi conciencia de este peso.
Al oír la palabra conciencia, el rey, que tenía algo de lo asustadizo de
su padre, aunque no su firmeza ni su sombrío recelo, se alarmó.
--¡Tú conciencia, dices!
--Sí, porque siendo vos mi rey y mi esposo, os he callado lo que no
debía haberos callado.
--¿Tendremos alguna otra conspiración?--dijo todo asustado el rey.
--Sí; sí, señor; de conspiraciones se trata; pero de conspiraciones que
ya no deben daros cuidado, porque ya pasaron.
--¿Conspiraciones vuestras?
--Por recobrar vuestra dignidad y la mía.
--Pues lo de siempre. ¿Y quién os ayudaba á conspirar? porque nadie
conspira solo.
--Don Rodrigo Calderón.
--¡Ah! ¡ah!
--Se me mostró leal... cuando era traidor; le concedí algunas audiencias
secretas.
--¿Contra el duque de Lerma?
--Contra el duque de Lerma.
--¡Ah! ¡don Rodrigo conspiraba contra su bienhechor, contra el hombre á
quien todo lo debe! ¡No sabía yo que ese tal era tan malvado!
--Lo es más aún: ese hombre se ha atrevido á dictarme condiciones.
--¡Condiciones á la reina! ¡un vasallo! ¿pero cómo podía ese miserable
atreverse á dictarte condiciones?
--Fuí imprudente; creyéndole un vasallo leal, le escribí algunas cartas
de mi puño y letra, avisándole de la hora que podía entrar en palacio y
verme.
--¡Y esas cartas! ¡esas cartas!
--Las he quemado yo por mi propia mano, gracias á don Juan Téllez Girón,
que se las arrancó á estocadas.
--¡Ah!--dijo respirando el rey--; ¿y de resultas de esas estocadas está
herido don Rodrigo?
--Sí, señor.
--¿Pero don Juan sabrá...?
--Don Juan entregó aquellas cartas sin leerlas á doña Clara.
--¡Ah! ya; sí... esas cartas acompañaban sin duda al rizo de cabellos
aquel de doña Clara, y don Juan habrá creído que de doña Clara eran las
cartas...
--Sí; sí, señor--dijo la reina, que no se atrevió á ser más explícita.
--Pues es necesario premiar á ese caballero.
--Harto premiado está ya con ser esposo de doña Clara; sólo os pido una
cosa, señor.
--¡Qué!
--Que me perdonéis si por amor á vos, por la dignidad de la monarquía,
pude ser una vez imprudente.
Y la reina se arrojó á los pies del rey.
--¡Oh! ¡no! ¡no! ¡en mis brazos, que tan ansiosos están de ti! ¡en mis
brazos, Margarita mía! ¡oh, qué hermosa eres!
Y besó á la reina en la frente.
--¡Oh! ¡cuánto te amo, Felipe mío!--dijo la reina llorando de placer y
estrechando al rey entre sus brazos.
--No me dices eso siempre--contestó el rey con el acento y la expresión
de un niño voluntarioso.
--Es que no siempre me tienes contenta; pero hoy has hecho mucho bueno,
Felipe; has vuelto su esposo á mi buena doña Clara, y á pesar de lo que
te he revelado, no has dudado de mí. ¡Te amo! ¡te amo!
--¡Oh, Dios mío!--dijo el rey--¡si esto durara mucho!...
--Durará... todo lo que tú quieras que dure, Felipe... ¡oh! ¡y qué feliz
soy! pero hay alguien á quien debemos mucho, que llora por nosotros, y
cuyas lágrimas es necesario enjugar.
--¡Doña Clara!
--Doña Clara... y voy... sin perder un momento.
--¡Ir tú!... ¡la reina!...--dijo Felipe III, que no olvidaba nunca la
ceremoniosa etiqueta de la casa de Austria.
--Iré... por las comunicaciones interiores... nadie me verá... enviaré
delante á la duquesa de Gandía, para que doña Clara, cuando llegue yo,
esté sola. Y adiós, adiós; es necesario no olvidarnos de que para el que
sufre, cada momento es un siglo. Te amo. Adiós.
Y la reina escapó.
--¡Ah!--dijo el rey--; cuando se hace una buena acción se le queda á uno
el alma tan llena de no sé qué... Vamos, Dios quiera que por estos
momentos de felicidad que me ha dado, no nos pida Lerma algo que vuelva
á ponernos tristes.
Y el rey, por el mismo sitio por donde había ido á la recámara de la
reina, se volvió á la suya y al examen de la escopeta vizcaína que tenía
aún entre las manos su montero mayor.
CAPÍTULO LXXV
EL SOL TRAS LA TORMENTA
Vestida, arrojada sobre un lecho, con el rostro vuelto contra la
almohada, en una bellísima alcoba, había una mujer.
Aquella mujer lloraba silenciosamente; de tiempo en tiempo un sollozo
desesperado hacía desgarrador su llanto.
En la alcoba, sobre un reclinatorio delante de una virgen de los
Dolores, había una lamparilla encendida.
Fuera de la alcoba, junto á la puerta, estaban sentadas dos dueñas
silenciosas é inmóviles.
Pasó algún tiempo así.
Abrióse al cabo una puerta, y asomó por ella la cabeza de una doncella.
--La camarera mayor de la reina quiere ver á la señora--dijo la joven en
voz baja.
--¿Qué hacemos, doña Inés?--dijo también en voz baja la una dueña á la
otra.
--¿Qué os parece que hagamos, doña María?--preguntó la preguntada.
--La señora no duerme, que solloza--dijo doña María.
--Y acaso su excelencia la traiga una buena noticia, dijo doña Inés.
--Pues, avisémosla.
--Avisémosla.
--Id vos.
--No, vos.
--Cualquiera.
Y doña Inés se levantó, abrió las vidrieras, y de puntillas se acercó al
lecho, y dijo casi al oído de su señora:
--La escelentísima señora camarera mayor de su majestad, quiere veros,
señora.
--¡Oh! ¡que entre! ¡que entre al momento!--dijo doña Clara, apartándose
de sobre la frente las pesadas bandas de sus negros cabellos; ¿por qué
la habéis detenido?
La dueña salió como un relámpago.
Cuando doña Clara abrió las vidrieras y salió á la cámara, ya estaba en
ella la duquesa de Gandía.
--¿Qué noticias me traéis, señora? exclamó anhelante la joven
arrojándose al cuello de doña Juana de Velasco.
La duquesa miró en torno suyo, y al ver que habían quedado solas,
exclamó llorando:
--¡Ah! no sé nada; ¡desdichado hijo mío!
--Me habíais hecho concebir una esperanza,--dijo con desaliento doña
Clara.
--Su majestad está en la saleta azul,--dijo la duquesa enjugándose las
lágrimas--; me ha enviado delante, para que apartéis de aquí las
personas que pudieran verla. Su majestad os creía muy enferma.
--¡Ah! sí, del corazón, del alma... me estoy muriendo. Pero no estoy tan
débil que no pueda ir á ver á su majestad. Vendrá á consolarme.
La reina viene alegre, impaciente.
--¡Oh! ¡Dios mío! exclamó doña Clara.
Y apartándose de la duquesa dió á correr, loca, anhelante, atravesó
algunas habitaciones, y en una cayó entre los brazos de la reina que la
había salido al encuentro.
--Oye, Clara,--la dijo Margarita--; consuélate, enjuga tus lágrimas; te
traigo buenas noticias.
--¿Dónde está, señora?
--En la torre de los Lujanes.
--¿Y puedo verle?
--Sí.
--¡Ah! señora, perdonad... pero... permítame vuestra majestad que vaya
al momento... le he creído perdido... son esos hombres tan infames...
y... ¡le amo tanto!
--Espera, espera... serénate, tranquilízate, Clara, amiga mía: no ves
que yo me sonrío, que estoy contenta. ¿Cómo podía estarlo si te
amenazase una desgracia?
--¡No corre peligro su vida!
--No, ni mucho menos...
--Y entonces, ¿qué hay que temer?
--Nada.
--¡Nada! pues si no hay nada que temer, ¿por qué continúa preso?
--Tú eres valiente, Clara. Domínate, prepárate...
--¿Para qué?
--Tanto valor se necesita para soportar la desgracia, como para resistir
la noticia inesperada de una dicha.
--¡Ah! ¡señora! tendré valor, le tengo.
--Pues bien: toma, Clara mía, toma, y ve tú misma á sacarle de su
prisión.
Y la reina dió á doña Clara el auto de libertad.
La joven le leyó, se dominó, se puso pálida, y miró con una elocuente
ansiedad á la reina.
--Sí, sí; ve amiga mía--dijo la reina--; pero no te olvides de decir á
doña Juana que la espero para volverme á mi cámara.
Doña Clara se arrojó á los pies de la reina, y la cubrió las manos de
besos y lágrimas.
Luego se levantó y dió á correr, como una loca, hacia sus habitaciones.
--¡Libre! ¡libre, madre mía!--exclamó arrojándose en los brazos de la
duquesa y riendo y llorando á un tiempo--¡libre! y ¡libre de todo cargo!
--¡Ah! ¡gracias á Dios!
--Y no podía eso ser de otro modo, porque Dios no podía querer mi
desesperación; pero la reina os espera. Y voy por él. ¡Un manto! ¡una
litera!--añadió dirigiéndose á una puerta--. Después, venid, madre mía;
él estará ya aquí. ¡No oís! ¡dueñas! ¡lacayos!
--Adiós, hija mía, adiós--dijo la duquesa viendo que se acercaba gente,
y salió.
--Pronto, doña Inés, mi manto; que pongan una litera al momento--repitió
con impaciencia doña Clara.
Y cinco minutos después, dentro de una litera salía del alcázar la
joven.
Como la torre de los Lujanes no estaba lejos, y los lacayos que llevaban
la litera iban de prisa, muy pronto la litera paró á la puerta de la
torre, salió de ella doña Clara, y presentó la orden de soltura al
alcaide.
--Y van dos, las dos principales y hermosas--dijo entre dientes el
alcaide leyendo la orden.
Afortunadamente no le oyó doña Clara.
--No hay que oponer nada á esto--dijo el alcaide dando vueltas á la
orden--; en pagando ese caballero ciertos derechos y el alquiler de los
muebles...
--Bien, bien, pero llevadme á donde está--dijo doña Clara.
--¿Y quién le diré que le busca?
--Su esposa.
--¡Ah! perdonad, señora--dijo el carcelero quitándose su caperuza, que
hasta entonces había tenido encasquetada--; como vuestro esposo es joven
y gentilhombre, á estos tales señores suelen buscarlos...
--¿Pero hay algún inconveniente para que yo vea al momento á mi marido?
--Ninguno, señora. ¿Qué ha de haber? yo mismo voy á llevaros. Molinete,
dame las llaves del encierro alto. Vamos, señora, vamos.
El alcaide se metió por una estrecha puerta y por una escalera obscura.
Doña Clara le seguía sin pensar en donde ponía los pies, acertando con
los escalones y con las revueltas por instinto.
Al fin se vió alguna luz en las escaleras, y al acabar de subirlas se
encontraron en un corredor estrecho alumbrado por claraboyas, á cuyo fin
había una puerta de hierro con tres cerrojos y tres candados.
Doña Clara no tuvo paciencia para que el alcaide acabase de abrir.
Golpeó con su pequeña mano la puerta, y dijo con toda la fuerza de sus
pulmones y toda la alegría de su alma:
--¡Juan! ¡Juan!
--¡Clara de mi alma!--gritó desde adentro el joven.
--Sin duda ninguna son marido y mujer, cuando se tratan así delante de
gentes--dijo el alcaide acabando de abrir.
Y cuando la puerta estuvo franca, como nada había ya que guardar allí,
se volvió dejando la puerta abierta y murmurando por las escaleras: