--Si probáis que el hombre que habéis muerto era un ladrón...--dijo el

alcalde.

--Pero si yo, señor, no he muerto á ningún hombre--dijo Montiño--; ¡si

yo no he matado jamás otra cosa que pavos, capones y conejos!

--Si probáis que el hombre á quien habéis muerto era un ladrón, y que le

habéis muerto en defensa propia, seréis absuelto... no lo dudéis... pero

si no, seréis ahorcado como asesino. Veamos, pues, qué tales trazas

tiene el difunto.

--Es un sargento mayor--dijo un alguacil.

--¡Un sargento mayor!...--exclamó Montiño.

Y de una manera instintiva arrojó una mirada cobarde al cadáver, cuyo

semblante estaba alumbrado por la luz de la linterna de un alguacil.

--¡Don Juan de Guzmán!--exclamó Montiño reconociéndole--¡el infame que

me ha robado mi dinero, mi mujer y mi hija!

--¡Ah, ah! ¿Le conocéis?--dijo el licenciado Sarmiento--¿y además decís

que ese hombre os ha causado perjuicios?

--¡Perjuicios! ¡Dios sólo sabe lo que ese infame ha hecho conmigo!

--Aunque yo no os hubiera encontrado sobre el cadáver y con la daga en

la mano, y á tales horas y en tal noche, las palabras que acabáis de

decir y que demuestran que sois enemigo del muerto, bastan para

llevaros á la horca. Pero no perdamos tiempo. Adelante con él, á la

cárcel, hijos; uno de vosotros avisad á la parroquia y que vengan por el

muerto.

El licenciado Sarmiento echó á andar hacia la cárcel de corte, y los

alguaciles empujaron á Montiño, que se resistía instintivamente á ir

preso.

Al fin, inflexible el alcalde de casa y corte á las súplicas y á las

declamaciones, Montiño fué, ó mejor dicho, fué llevado por los

alguaciles á la cárcel, donde le arrojaron en un calabozo en que había

otros presos.

Cuando Montiño oyó crujir las cadenas y rechinar los cerrojos de la

puerta, se desmayó.

CAPÍTULO LXIX

EN QUE CONTINÚAN LAS DESVENTURAS DEL COCINERO MAYOR, Y SE VE QUE LA

FATALIDAD LE HABÍA TOMADO POR SU INSTRUMENTO

Un farol de hierro con un vidrio empañado, clavado á grande altura en la

pared, arrojaba una luz turbia sobre el calabozo destartalado, negro,

húmedo, un verdadero antro, alrededor del cual había un poyo de piedra.

Francisco Martínez Montiño no pudo ver nada de esto, porque tal iba

cuando entró, ó cuando le entraron en el calabozo, que no veía: ni los

que estaban allí pudieron verle el rostro, porque los alguaciles le

dejaron en la sombra negra proyectada por el farol.

Eran los que allí estaban dos hombres y dos mujeres.

No podía verse el semblante de ninguno de ellos, porque estaban

replegados en sí mismos, en un ángulo los dos hombres, silenciosos y

sombríos, y en otro, las dos mujeres abrazadas, una de las cuales

lloraba silenciosamente.

Pasó como media hora, y con el frío del calabozo, que era mayor que el

que hacía al aire libre, y con la inmovilidad, pasó el vértigo que

dominaba al cocinero mayor. Levantó primero la cabeza, y miró con la

expresión más miserable del mundo en torno suyo; luego desenvolvió unos

tras otros las piernas y los brazos, y al fin se puso de pie.

Entonces notó que le faltaban la espada y la daga.

Esto era natural, porque á un preso no se le dejan armas.

Pero lo que no era natural y lo que le asustó, fué el reparar que su

bolsillo no pesaba. Se registró y halló que no hallaba el dinero que en

los bolsillos había tenido.

Buscó la placa de oro con la cruz de Santiago esmaltada, que le había

dado para su ex sobrino don Juan Téllez Girón, el duque de Lerma, y

halló que no parecía; vivamente asustado, buscó con ansia el vale que le

había dado el duque de Lerma por valor de mil ducados, y halló que

tampoco parecía; un enorme reloj de plata, que Montiño usaba para acudir

con regularidad á las funciones de su oficio, había también

desaparecido; y, por último, hasta le habían despojado del lienzo de

narices.

Entonces la amargura de Montiño no conoció límites.

Job en padecimientos y Jeremías en lamentaciones, se quedaban muy por

bajo de él.

Tenía sino de ser robado y hasta la justicia le robaba.

Los alguaciles le habían despojado completamente.

Al primer grito herido de Montiño, una de las dos mujeres levantó la

cabeza, y la otra se estrechó más contra su compañera; en el momento en

que una de las mujeres le miró, la luz del farol hería de lleno la calva

frente de Montiño, levantada al cielo en una actitud más épica y más

impía que la que puede suponerse en Ayax amenazando á los dioses; verle

aquella mujer, y esconder otra vez, temblando, su cabeza, entre el seno

y el hombro de su compañera, fué todo cosa de un momento, y uno de los

dos hombres que estaban en un ángulo, y que no le veían el rostro por la

razón capital de que le veían las espaldas, le dijo con acento áspero é

insolente:

--Háganos el menguado la merced de callar, que aquí, al que más y al que

menos le huele el pescuezo á cáñamo, y no alborote de ese modo.

Desde la primera palabra que aquel hombre dijo, tomó el semblante del

cocinero una expresión espantosa de sorpresa y de rabia, que fué

aumentando á medida que el otro pronunciaba su poco cortés, aunque breve

razonamiento, y habían ya acabado, y aún duraba el mutismo colérico de

Montiño y su temblor horrible.

Al fin dijo con voz cavernosa:

--¡Ah! ¿estás tú ahí, miserable, engendro del diablo, infame Cosme

Aldaba, galopín maldito, envenenador protervo? pues espera, espera, que

al fin te tengo en mis manos y frailes franciscos que vengan no te han

de valer.

Y se arrojó furioso sobre los dos hombres.

Pero uno de ellos se levantó y adelantó hasta Montiño, sujetándole por

los brazos con unas fuerzas hercúleas.

--¡Eh! ¿qué vais á hacer con este pobre muchacho, señor Francisco

Montiño?--dijo con acento socarrón--¿es de personas hidalgas querer

maltratar á los amigos que se encuentran cuando se creían perdidos?

--Amigos ¿eh? amigos que me roban mi caudal, y juntamente con él mi

mujer y mi hija.

--¿Quién os las quita? ahí las tenéis en aquel lado, que no se atreven á

hablaros las pobres porque temen que las maltratéis.

--¡Mi Luisa! ¡mi Inés!--dijo el imbécil Montiño olvidándolo todo por su

amor de padre y de marido.

--Sí, sí; tú Inés y tú Luisa--dijo alentada por aquel reblandecimiento

del cocinero mayor, su mujer, que ella era en efecto.

En vano quiso Montiño recobrarse; Luisa se había abalanzado á su cuello

por una parte y por otra Inés, alentada por el ejemplo de su madrastra;

veía por un lado los negros ojos de Luisa, que le miraban de una manera

tentadora, y por otro la dulce é infantil cabeza de Inés que le miraba

suplicante.

Fuera ó no criminal su familia, Montiño la había llorado, y al

encontrarla de nuevo junto á sí, de una manera orgánica, por razón de

temperamento, sin poderlo evitar, sin pensar en evitarlo, se alegraba.

Aquella era una nueva desgracia que sucedía al cocinero mayor.

No puede concebirse la audacia de Luisa, sino por la esperanza de que la

debilidad de su marido la salvaría del apuradísimo trance en que se

encontraba.

Porque no se les había dicho por qué se les había preso, y la prisión no

podía ser resultado sino del envenenamiento de la reina ó del robo hecho

á Montiño.

Si se les hubiera preso por lo primero, les hubieran cargado de cadenas,

les hubieran maltratado, les hubieran tomado inmediatamente alguna

declaración; por alguna palabra al menos, hubieran comprendido la causa

de su prisión; nada de esto había sucedido; luego no estaban presos por

el envenenamiento de la reina, sino por su fuga y por el robo.

Esto, sin embargo, no estaba claro, y Luisa quería ponerlo como la luz

del sol; porque tratándose de asuntos de su marido, Luisa estaba segura

de domesticarle.

--¿Y os atrevéis á abrazarme después de lo que habéis hecho,

miserables?--dijo al fin el cocinero mayor, que quería conservar su

entereza.

--¿Y qué hemos hecho, señor, más que lo que debíamos?--dijo con la mayor

audacia Cristóbal Cuero, el paje rubio amante de la Inesilla.

--¿Cómo que lo que debíais? ¿Pues no habéis intentado envenenar á su

majestad?

--¿Quién os ha dicho eso, señor Montiño?--dijo Cristóbal.

--¿Quién ha de habérmelo dicho? ¡Los funestos, los terribles resultados!

--¡Cómo! ¿pues qué ha sucedido?--dijo Luisa, á quien se la puso un nudo

en la garganta.

--El paje Gonzalo ha muerto de repente.

--¿Y qué tenemos que ver con la muerte de Gonzalo?

--¡Cómo! ¡infames! ¿qué tenéis que ver? ¿Sabéis por qué ha muerto el

paje?

--Por lo que se muere todo el que entierran--dijo Cosme Aldaba--, porque

se le ha acabado la mecha.

--¡Vil ratón de cocina! ¡asesino! ¡infame!--exclamó el cocinero mayor--;

ha muerto por haber comido una perdiz que se sirvió en la mesa de su

majestad.

Todos se pusieron pálidos; pero Cristóbal Cuero conservó toda su

serenidad.

--¿Y ha comido la reina?--dijo.

--La providencia de Dios ha salvado por fortuna á su majestad.

--Pues yo digo--contestó con una serenidad irritante Cristóbal Cuero--,

que es lástima que su majestad no haya comido.

--¡Cómo! ¡monstruo! ¡cuando debías dar gracias á Dios de que tu crimen

no haya producido todo el terrible resultado que esperabas, infame,

deploras que ese gran crimen se haya frustrado!

--Señor Francisco--dijo con una gran serenidad el paje--, os han

informado mal.

--¿Que me han informado mal?

--Sí por cierto: ¿sabéis lo que eran los polvos con que se avió la

perdiz que se puso en la mesa de su majestad?

--Un veneno tal, que el paje Gonzalo que comió las pechugas de la

perdiz, reventó á los cuatro minutos, y que hizo que el gato del tío

Manolillo, que siempre está hambriento, no quisiera comer los pocos

restos que quedaron de la perdiz.

--Pues, bien, señor Francisco Martínez Montiño: los polvos de que

hablamos (aquí tengo todavía parte en este papel), no son un veneno,

sino un hechizo.

--¡Un hechizo!--dijo el cocinero tomando el papel.

--Sí; sí, señor; un hechizo que no puede matar á la persona que se la da

porque está hecho para ella, y se tiene en cuenta si es mujer ú hombre y

el día de su nacimiento, y su estado, y otras muchas cosas. Ahora, si le

toma una persona distinta de aquella para quien se ha hecho, aquella

persona muere.

Dijo con tal soltura y con tal aplomo estas palabras Cristóbal Cuero,

que Montiño se desconcertó, dudó, vaciló y empezó á ver las cosas de

distinto color.

--¿Pero para qué se daban esos hechizos á su majestad?

--Oíd, señor Francisco: la mujer que tales hechizos toma, se vuelve lo

más obediente del mundo para su marido.

--¡Oh, oh!--exclamó Montiño--, á quien empezaban á parecer bien aquellos

polvos; ¿y para qué querían que la reina fuese obediente al rey? ¿y

quién lo quería?

--Os diré, señor Francisco: la reina, en la apariencia, obedece al rey;

pero en realidad conspira.

--¡Ah, ah! eso es cierto.

--Pues bien; con las conspiraciones de la reina no se puede gobernar.

--¡Ah, ya!

--Y como su excelencia el duque de Lerma, quiere labrar la prosperidad

en los reinos de su majestad...

--¡Ah, ya!

--He aquí que un día encargó á don Rodrigo Calderón que buscara un medio

para que la reina no conspirara; y don Rodrigo buscó al sargento mayor

don Juan de Guzmán para que viese de qué modo podía hacer el que la

reina no conspirase.

--No se lo volverá á encargar más--dijo con acento lúgubre Montiño.

--¿Y por qué, esposo y señor?--dijo suavemente Luisa.

--Porque nadie encarga nada á los muertos--contestó con acento

doblemente lúgubre el cocinero.

--¡Que ha muerto!--preguntó con la misma suavidad y la misma

indiferencia Luisa.

--¿Pues por qué estoy yo aquí?--exclamó en una de sus chillonas salidas

de tono Montiño.

--¡Cómo, marido mío! vos que sois tan humano y tan compasivo, ¿habéis

matado á un hombre?--dijo Luisa.

--Y si le hubiera matado, razones me hubieran sobrado para ello,

señora--exclamó con acento amenazador Montiño.

--¡Razones!

--¡Sí; sí, señora! ¿pues no érais vos amante de ese hombre?

--¿Yo?... ¡que yo era amante de!... ¡de ese hombre!... ¡Dios mío!... ¡y

sois vos!... ¡vos, mi marido!... ¡quien me dice!... ¡esa calumnia

horrible!... ¡yo, la mujer más honrada que ha nacido de madre!

--¡Conque vos sois honrada!... ¡y habéis salido de mi casa!... ¡y me

habéis pervertido mi hija!... ¡y me habéis robado!...

--¡Ta, ta, ta!--dijo con el aplomo más admirable Cristóbal Cuero; ¡que

vuestra mujer, que esta santa os ha robado! ¡lo que ha hecho es lo que

no hubiera hecho ninguna mujer!

--Créolo bien, porque ninguna mujer hubiera cometido contra mí tan negra

infamia.

--¿Llamáis infamia poner á salvo vuestro dinero?

--¡Cómo! ¡que mi dinero está en salvo! ¿y dónde?

--Casa del señor Gabriel Cornejo.

--¿Que están allí mis sesenta mil ducados?

--Sí; sí, señor.

--¡Dios mío!--exclamó Montiño--. Pero eso no puede ser... sería

demasiada fortuna... ese dinero que yo he ganado con tantos afanes...

perderlo... llorarlo... volverlo á encontrar.

--Sí; sí... encontrado lo tenéis y no lo tenéis...

--¡Cómo, pues qué! ¿hay alguna duda?--exclamó alentando apenas el

cocinero mayor.

--Yo he entregado ese dinero al señor Gabriel Cornejo--dijo Cristóbal--,

á mi es á quien el señor Gabriel lo entregará únicamente.

--Pues le llamaremos, le llamaremos, hijo; por eso no quede... no veo

duda alguna.

--Es que yo, señor Francisco, no pediré al señor Gabriel Cornejo ese

dinero, sino yendo á su casa á pedírselo; es decir, estando en libertad.

--¿Y cómo puede ser eso? ¡pecador de mí!--dijo lleno de angustia

Montiño.

--En vos consiste.

--¡En mí!

--Sí, señor Francisco; en vos y sólo en vos, porque sólo por vos estamos

presos.

--¿Por mí?

--Sí por cierto; ¿no decís que la reina no ha comido de la perdiz?

--Si hubiera comido... hubiera muerto como el paje.

--Sí, sí, tenéis razón... hubiera muerto--dijo Cosme Aldaba.

--¡Cómo! ¿pues no decía Cristóbal que los polvos con que estaba

aderezada la perdiz eran un hechizo?

--¡Bah! Cristóbal y vuestra mujer creen eso, pero yo no lo creí nunca.

--¡Ah, Judas traidor! ¿conque tú sabías que era veneno?

--Como vos sabéis que os llamáis Francisco; me lo había dicho don Juan

de Guzmán, y... me había ofrecido tanto dinero...

--¡Oh! ¡infame!

--Para ganarlo necesitaba yo estar en las cocinas... vos me habíais

despedido... era urgente el negocio... entonces fuí á ver á vuestra

mujer, y la rogué, la supliqué... si vos hubiérais estado... os hubiera

rogado también.

--¡Infame!

--Ello es que ya no tiene remedio lo hecho... busquemos la salida.

Vuestra esposa me llevó inocentemente á las cocinas... yo aderecé la

perdiz... pero en el momento que estuvo servida, me fuí á vuestro

aposento y dije á vuestra mujer... «salváos...»; la dije que podíais ser

preso... y en esto fuí hombre de bien, porque pudiendo salvarme solo,

quise salvaros también.

--Después de haberme perdido... ¡Dios mío! yo no sé cómo puedo mirarte á

la cara, ¡miserable! ¡conque es decir que si su majestad come de la

perdiz...!

--¡Os ahorcan! y por eso yo avisé á vuestra mujer; como no estábais en

la casa, vuestra mujer procuró salvarse, y salvar vuestro caudal...

dejamos encargado á cierta persona que os avisara, pero sin duda no ha

dado con vos.

--¡Bueno he andado yo todo el día!

--No culpéis, pues, ni á vuestra esposa, ni á vuestra hija, ni á su

novio. Yo tengo la culpa de todo, señor Francisco, y yo os prometo que

en saliendo de aquí no me veréis más, porque iré á meterme fraile.

--¿Y crees tú que yo dejaré que tu crimen quede impune por mi parte?

--¡Ah! ¡queréis dar parte á la justicia!

--Es mi obligación; me lo manda mi conciencia.

--Pues bueno; iremos juntos á la horca... todos á la horca... sin

escapar siquiera ni vuestra mujer ni vuestra hija.

Montiño lanzó un rugido de rabia, de dolor, de miedo.

--Conque, ¿qué os parece?

--¿Qué ha de parecerme--dijo Montiño después de algunos momentos de un

silencio enérgicamente expresivo--, ¿qué ha de parecerme sino que estoy

en poder de Satanás?

--Pues bien; sí, es verdad--dijo Cristóbal Cuero--, pero Satanás os

tiene tan bien agarrado, que no os soltará á tres tirones. En vos

consiste recoger vuestro caudal, tener á vuestra mujer y á vuestra hija,

ó que nos ahorquen á todos. Escoged.

--¿Pero cómo puedo yo hacer...?--dijo Montiño en el colmo de la

desesperación.

--Decid que no tenéis queja alguna de vuestra esposa, de vuestra hija ni

de nosotros.

--Eso no puede ser.

--Tened toda la queja que queráis, pero no lo digáis á nadie--dijo Cosme

Aldaba.

--¿Y os soltarán...?--dijo Montiño.

--Indudablemente.

--Pero yo me quedaré aquí.

--¡Vos, marido mío!

--Sí, sí por cierto; como que me acusan de haber dado muerte á vuestro

amante.

--Decid al sargento mayor don Juan de Guzmán, pero no digáis á mi

amante--exclamó con altanería Luisa--; sobre todo, no deis mal ejemplo á

vuestra hija diciendo delante de ella tales cosas.

--¡Mi hija...! ¡tan perdida como vos!

--¡Padre!--exclamó con su dulce voz la Inesilla--; es verdad que quiero

á Cristóbal, pero le quiero para mi marido... y mirad, señor, que mi

madre es una mujer honrada.

--¡Hum!--dijo el cocinero mayor--. Pero eso no quita el que yo tenga

encima un proceso.

--¿Y sois vos en efecto quien ha matado al sargento mayor?--dijo Luisa,

cuya voz estaba perfectamente serena.

--Os diré... no lo puedo asegurar... no sé de fijo si le he matado ó

no.

--¿Que no lo sabéis? pues entonces ¿quién lo sabe?

--¡Dios!

--Pero explicáos.

--Salía yo de una casa, pero como la hora era alta y la noche lóbrega y

el barrio apartado, desnudé la daga... me previne... á los pocos pasos

tropiezo, caigo, y me encuentro sobre un cuerpo humano, y con la

justicia encima, que viéndome con la daga desnuda y sobre un difunto, me

toma por un homicida, y me prende.

--Decidme, señor Francisco--preguntó Cosme Aldaba--, ¿llevábais vos la

daga de punta?

--No me acuerdo--contestó con angustia Montiño.

--Pero es muy posible que la lleváseis con la punta al frente.

--Sí, que es muy posible.

--Pudo ser muy bien, que entre lo obscuro tropezáseis con don Juan de

Guzmán.

--No me acuerdo, pero pudo ser.

--Cayó don Juan, y vos sobre él... eso ha sido... un homicidio

involuntario...

--Dios que le llevaba á aquellas horas para su castigo, al infame; ¡pero

Dios mío! ¡haberlo yo matado sin saberlo!...

--Si os quejáis de vuestra mujer--dijo gravemente Cristóbal

Cuero--tenéis que fundar la razón de vuestra queja; si la acusáis de

amores con don Juan de Guzmán, os acusáis del homicidio.

--¡Y es verdad!--exclamó en una nueva salida de tono Montiño.

--Cuando por el contrario, si decís que vuestra mujer es honrada y

buena, y que os satisfacen las razones por qué se salió de vuestra casa

con vuestra hija y con vuestro dinero, nos salvamos todos.

--¿Yo?... ¿cómo me salvo yo?

--Recobrando vuestro dinero, que de otra manera no recobraríais, y

entorpeciendo con él las ruedas del carro de la justicia, á fin de que

eche por otro camino.

--Pero... sepamos, sepámoslo todo: ¿cómo y dónde os han preso?

--En el camino de las Pozas, cuando íbamos sobre cuatro jumentos en

busca de un caserío donde pasar la noche.

--Ibamos á Navalcarnero, esposo--dijo Luisa.

--¿Y no os han dicho nada?

--Nada más, sino que la justicia nos prendía.

--Pues bien; el duque de Lerma os prendió, porque yo se lo pedí al duque

de Lerma, y el duque os soltará, porque yo le pediré que os suelte. A

seguida, tú, Cristóbal, irás á casa del señor Gabriel y me devolverás mi

dinero.

--En seguida.

--¡Oh! ¡qué alegría, madre!--exclamó la Inesilla--; ¿ya no os harán

nada?

--Nada, hija mía.

--¡Ni nos ahorcarán!

--¿Quién piensa en la horca?

--¡Eh! ¡callad! ¡callad por Dios!--dijo el cocinero--, que parece que se

acerca gente.

--En efecto, se oían pasos fuera del calabozo y en dirección á él.

Todos se callaron y se acurrucaron cada cual en su sitio.

Después de haber crujido tres llaves y tres cerrojos la puerta del

calabozo se abrió, y un carcelero dijo desde ella:

--Señor Francisco Martínez Montiño: salid.

Confuso, sin atreverse á alegrarse, temeroso de una nueva desdicha, el

cocinero mayor salió y siguió al carcelero.

Se cerró de nuevo la puerta y se oyeron los tres cerrojos y las tres

llaves.

CAPÍTULO LXX

EN QUE SE ENNEGRECE GRAVEMENTE EL CARÁCTER DEL TÍO MANOLILLO

Cuando el duque de Lerma, de vuelta de la casa de doña Ana, llegó al

postigo de la suya, se le atravesó un bulto embozado.

--¡Hola!--le dijo aquel bulto--; detente y escucha.

--¡Ah! ¡eres tú, bufón!--dijo el duque contrariado.

--Soy tu amo--contestó el tío Manolillo.

--¿Qué quieres?

--Muy poca cosa: una orden tuya al alcaide de la cárcel de Villa, para

que me deje hablar á solas, cuando yo quiera, con el cocinero mayor del

rey.

--¡Cómo? ¿Montiño está preso? ¿y por qué?

--Por un homicidio.

--¿Pero á quién ha muerto?

--Al amante de su mujer.

--¡Cómo! ¿no lo habías matado tú?

--¡Ah! es verdad que sabes que yo he matado á ese infame. Pues bien,

tengo suerte; la justicia, no sé por qué ni cómo, ha encontrado daga en

mano y sobre el cadáver de Guzmán á Montiño; me quito un muerto de

encima. Pero tengo mis proyectos; necesito hablar al cocinero de su

majestad. Conque la orden.

--Entra--dijo el duque, á quien como sabemos tenía sujeto el bufón.

--No, te espero aquí; no quiero subir escaleras: bájame tú mismo la

orden.

Como ven nuestros lectores, para lo que habían sacado á Montiño del

calabozo era para que hablase con el bufón.

Paseábase éste en una de las habitaciones de la alcaidía.

Había dejado la capa y el sombrero que estaban empapados en agua, y así,

con los brazos cruzados, encorvado, meditabundo, con la cabeza sobre el

pecho, tenía algo de terrible.

El carcelero introdujo en la habitación á Montiño, y con arreglo á las

órdenes que tenía, salió y cerró la puerta.

--Venid acá, tío Francisco, venid acá--le dijo el bufón--; tenemos que

hablar mucho y grave.

--¡Ah, tío Manolillo! mucho y grave es lo que á mí me sucede--dijo

compungido el cocinero mayor.

--Sois el rigor de las desdichas, Montiño, y por vuestra torpeza y

vuestra cobardía hacéis esas desdichas mayores; y esa horrible

codicia...

--Yo creía que veníais á otra cosa, tío Manolillo--dijo el cocinero--, y

no á reñirme por desgracias que yo no he podido evitar.

--En efecto--contestó el bufón--, vengo á sacaros de aquí.

--¡A sacarme! ¡Ah! ¡Dios os bendiga, tío Manolillo! no esperaba tanto...

pero vos sabéis que yo soy un hombre de bien, muy desgraciado, eso sí,

pero que no he hecho mal á nadie.

--¿Que no habéis hecho mal á nadie? Vos tenéis la culpa de lo que está

sucediendo desde hace cuatro días: vos, torpe y miserable, vendido á

todos, volviéndose á todos los vientos... vos, por quien ha venido á

Madrid ese hombre fatal.

--¿Qué hombre?

--Don Juan Téllez Girón.

--Pero yo no tengo la culpa; me le envió mi hermano Pedro...

--¿Y por qué no le admitísteis en vuestra casa?...

--¿En mi casa?...

--Sí; si vuestro sobrino, es decir, si don Juan cuando os buscó os

hubiera encontrado...

--¿Pero tengo yo la culpa de no haber estado en mi casa cuando llegó á

Madrid ese caballero?

--Pero cuando os encontró, ¿por qué le dejásteis?...

--¿Cómo llevarle, joven y buen mozo en compañía de mi mujer y de mi

hija?

--Que os han robado, y os han abandonado, y os han deshonrado...

--No; no, señor; eso creía yo... pero mi mujer me ama, mi mujer es

honrada, y mi hija...

--Y si vuestra mujer es honrada, ¿por qué habéis matado al sargento

mayor?

--¡Yo! ¡que he matado yo á don Juan de Guzmán!

--Pues si no le habéis matado, ¿por qué estáis preso?

--Si le he matado--dijo el cocinero en una de sus frecuentes salidas de

tono--, ha sido sin querer... os lo juro... llevaba yo la daga por

delante... la noche era muy obscura...

--¡Mentís!--dijo el bufón mirando profundamente al cocinero, cuyo

semblante estaba desencajado--; ¡mentís tan descaradamente, como

villanamente habéis muerto al sargento mayor!

--Os lo juro que yo, ni aun siquiera sabía que podía encontrármele.

--¡Mentís! vos sabíais demasiado que don Juan de Guzmán, á más de ser

amante de vuestra mujer...

--¡Ah! no, no, tío Manolillo; eso ha sido una equivocación.

--Sabíais--insistió el bufón--, que á más de ser amante de vuestra

mujer, lo era también de cierta dama buscona: de doña Ana de Acuña...

--¡Ah! ¡no! ¡no!

--Se os puede probar.

--¿Que se me puede probar?

--Sí, con el testimonio del duque de Lerma, y con el mío.

--Y bien, aunque se me pruebe que yo sabía eso...

--Habéis matado á don Juan de Guzmán junto al postigo de la casa de

doña Ana; allí, junto al cadáver, hierro en mano, os ha encontrado la

justicia. ¿A qué íbais por allí, señor Francisco Martínez Montiño?

El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III · 第 56 / 66 段