sé que por el afán de guardar para vos solo el favor de su majestad,
habéis llegado hasta el caso de traición, de tomar el nombre de su
majestad, de querer pasar ante esa mujer por su majestad, para deshacer
uno de los medios que suponéis de mi privanza con el príncipe.
--¿Pero quién os ha dicho eso?
--El bufón del rey.
--¡Ese hombre lo sabe todo!
--Ese hombre trabaja por su cuenta, es astuto, tenaz, y sabe
aprovecharse de las debilidades, de los vicios, y aun de los crímenes de
las personas que necesita.
--¿Pero cómo sabe el bufón del rey?...
--¿Que doña Ana os esperaba creyendo esperar al rey? Se lo ha dicho el
cocinero de su majestad.
--Es necesario cerrar las bocas de esos dos hombres.
--Sí, es necesario que la lucha quede entre nosotros dos, es necesario
destruir esas bajas personas intermedias, y ya que de nuestros rostros
han caído los antifaces, entendámonos directamente, padre; solapemos esa
lucha, que por vuestra imprudencia va haciéndose escandalosa, y
convengámonos.
--¿Pero qué es lo que vos queréis?
--Padre y señor, yo quiero heredaros cuando sea tiempo.
--¿Y cuándo creéis que será tiempo?
--Cuando muera el rey.
--Su majestad es joven, y goza de muy buena salud.
--Podrá ser larga la espera, ya lo veo; pero vos me ayudaréis á esperar.
--Explicáos.
--Vos, antes de que muriese Felipe II, mucho tiempo antes, érais el
favorito, los andadores del príncipe de Asturias; cuando Felipe II
murió, vos fuísteis lo que sois ahora, secretario de Estado universal de
Felipe III. Vuestra privanza con el rey cuando era príncipe, os costó
poco; era, como lo es, vanidoso y grave, y vos adulásteis su vanidad y
su tiesura; era, como lo es, devoto, y vos supísteis haceros más devoto
que él.
--Felipe III tenía un padre muy prudente... y cuando me dejó al lado de
su hijo...
--Demostró que no era tan prudente ni tan sagaz como dicen, cuando no
conociendo que vos representábais vuestro papel de Estado, os hacíais
señor del príncipe su hijo, os lo repito; vos tuvísteis la fortuna de
dar con un príncipe imbécil, y yo... el actual príncipe de Asturias,
está viciado precozmente por la pasión á la mujer, que hará de él un rey
á quien será imposible servir, contentar sin humillarse, sin manchar la
dignidad. ¿Creéis que yo he traído al niño príncipe al regazo de esa
mujer? Os engañáis: él me ha obligado á traerle; si no le hubiera
traído... es un niño muy adelantado á su edad. Lope de Vega escribió su
primera comedia á los doce años; el príncipe don Felipe, ha tenido su
primera querida á los siete.... Vió á doña Ana en un coliseo, y concibió
por ella una verdadera pasión; pasión de niño, pero que tiene ya la
impureza del hombre.--Quiero mucho á aquella dama--me dijo--; quiero ir
á casa de aquella dama... y yo resistí, porque aunque yo no era
asustadizo, me asusté... me asusté porque vi á dónde me llevaría la
necesidad de halagar á su alteza para no perder su favor... y me vi
obligado á ceder... hizo el diablo que el príncipe viese otras dos veces
en el mismo coliseo á doña Ana, y ya fué imposible resistir á su
voluntad... me hubiera arrojado de sí, si me hubiese negado. Busqué á
esa mujer... afortunadamente es una cortesana, y la compré... el
príncipe vino, y desde entonces soy para él la vida, el alma... porque
yo soy quien le puede traer junto á esa mujer. Me cuesta, pues, mucho
más el afecto del príncipe, que lo que os costó á vos el de su padre.
Dejadme, pues, seguir libremente mi camino, no me pongáis embarazos,
porque como vos sois el privado de Felipe III, quiero yo serlo de Felipe
IV.
--Yo no puedo tomar parte en esa indignidad, yo no puedo permitirla; por
el contrario, he venido aquí para cerciorarme en ella y evitarla.
--Vos podéis perderme, señor duque de Lerma, mi buen padre; vos podéis
hacer con una sola palabra, que el rey me encierre en un castillo; pero
desde el fondo de mi calabozo, yo puedo hacer que caigáis desde tan
alto, que no podáis sobrevivir á vuestra caída.
--Horrorizaros debía lo que estáis haciendo--dijo el duque á falta de
otra contestación mejor.
--¿Y por qué? ¿Acaso vos, señor, no habéis querido perderme?
--Debí separaros de la servidumbre del príncipe y os separé; pero no os
prendí como pudiera haberlo hecho; ni os desterré, ni aun siquiera os
envié á nuestro ejército de Italia.
--Y habéis hecho muy bien, porque os conviene tenerme por amigo.
--¿Que me conviene?
--Solo vos, no podríais defenderos de la multitud de hombres de valía
que acechan el favor de su majestad; con vos yo, falta á esos hombres un
aliado, y vos tenéis en mí unos ojos que todo lo ven, unos oídos que
todo lo oyen. Puesto que os tengo cogido...
--¡Cogido!...
--Preso, y de tal modo, que no os podéis mover; voy á deciros las
condiciones...
--¡Vos, condiciones á mí!
--Aquí no hay padre ni hijo; sólo hay el duque de Lerma, favorito del
rey, y el duque de Uceda, favorito del príncipe de Asturias. Oíd, pues,
las condiciones de avenimiento entre el duque de Lerma y el duque de
Uceda.
--¡Oigamos!--dijo con sarcasmo Lerma.
--Me daréis una parte de lo que os produce el favor del rey.
--Disgustos, compromisos.
--Una parte del oro que os dan los ingleses y del que os procura tanta y
tanta cosa como tenéis en las manos, secretario de Estado universal de
su majestad. Quiero, además, un puesto en el Consejo real. Quiero
participación, aunque secreta, en el gobierno con vos. Quiero una parte
en los empleos y en las encomiendas que se dan para venderse...
--Pues no queréis poco, señor duque.
--Mi privanza con el príncipe, en vez de producirme ganancias, me
produce gastos exorbitantes. Bien es verdad, que es dinero que se
siembra para cogerlo dentro de diez, dentro acaso de veinte años, y esto
de una manera dudosa. Estoy empeñado; los acreedores me asedian, y para
pagarles me veo obligado á conspirar.
--¿A conspirar contra mi?
--Contra todo el mundo.
--¿Conque es decir, que me proponéis una alianza?--dijo el duque, cuya
voz temblaba de cólera.
--Sí, señor.
--¡Ah! ¡pedís por esa alianza la mitad de mi poder!
--No, señor; os pido... que vos calléis respecto á mi lo del príncipe, á
cambio de mi silencio respecto á vos por lo de Inglaterra.
--¡Ah! ¡son mutuas concesiones!
--Por supuesto.
--Pero á cambio del tesoro que queréis que yo os dé, ¿qué me daréis vos?
--Os daré... la traición que haré por vos á mis amigos.
--¿Es decir?...
--Que sabréis cuanto piensan Olivares, Zúñiga, Sástago, Mendoza, cuantos
están contra vos, y de los cuales seguiré fingiéndome amigo.
--Aceptado--dijo Lerma, tendiendo la mano crispada á su hijo--;
aceptado, señor duque de Uceda. Pero se me ocurre una cosa.
--¿Qué?
--Conocen nuestros secretos dos hombres.
--Se da de través con ellos. ¿Quiénes son?
--El tío Manolillo y Francisco Martínez Montiño.
--Esperad: ¿no es vuestra amante la Dorotea, la hermosa comedianta?
--Sí.
--Pues por ahí tenéis cogido al bufón del rey.
--Aún queda el cocinero mayor, y éste es el tal, por lo que veo, que un
secreto se le va con la misma facilidad que se escapa el agua de una
cesta.
--Francisco Martínez Montiño es harto débil para que no le rompamos
cuando sea menester.
--Aún todavía quedan otros enemigos, enemigos terribles que no son
vuestros enemigos...
--¿Quiénes?
--El primero, la reina.
--¡Ah! ¡la reina! la tenemos segura... hay ciertas cartas que Calderón
nos venderá...
--Os engañáis, esas cartas han desaparecido.
--¡Cómo!
--¿No sabéis que don Rodrigo ha sido gravemente herido?
--Sí, pardiez: por ese bravo bastardo de Osuna que se nos presentó hace
tres días, sobre un cuartago viejo, á Olivares y á mí.
--Pues el jinete de ese viejo cuartago, don Juan Téllez Girón, el marido
de doña Clara Soldevilla, el maltratador de don Rodrigo, el salvador de
la reina, ha estado á punto de dar con vosotros al traste, señores
conspiradores de palacio: á él debéis el haber estado dos días separados
de vuestros oficios, aturdidos sin saber de dónde venía el golpe.
--¡A él!
--Mejor dicho, me lo debéis á mí.
--Explicáos.
--Si yo no hubiera tenido ocupado á Francisco Martínez Montiño en el
banquete de Estado que os dí hace tres días, el cocinero mayor hubiera
estado en palacio, le hubiera encontrado su sobrino, y habiéndole
encontrado no se hubiera perdido en palacio, no hubiera visto á doña
Clara...
--¿El sobrino del cocinero del rey ha tenido también aventuras con esa
castísima señora?
--Como que es su marido.
--¿Pues cuántos maridos tiene doña Clara?
--Uno: el sobrino del cocinero del rey, que es lo mismo que don Juan
Téllez Girón.
--¡Ah! ¡es cierto! me había olvidado. Pero estamos perdiendo el tiempo.
Debemos concluir por el momento. Tenemos prendas recíprocas... es decir,
estamos unidos por la necesidad. Sepamos cómo quedamos.
--¿Pues cómo hemos de quedar? Unidos como hemos debido estarlo siempre.
--Lo estaremos desde hoy en adelante. Para concluir, os voy á decir lo
último en que debemos quedar convenidos, y eso porque es urgentísimo.
--Sepamos.
--Destierro del padre Aliaga.
--¡Hum! ¡eso es algo difícil!
--¡Destierro del padre Aliaga!--dijo Uceda, como quien repite una orden
que no admite réplica.
--Haré cuanto me sea posible.
--Separación del lado del rey y de la reina.
--Bien.
--Destierro de doña Clara Soldevilla.
--¡Otra dificultad! ¡la ama el rey!
--¡Destierro de doña Clara Soldevilla!
--Se procurará.
--Prisión y proceso á don Juan Téllez Girón y don Francisco de Quevedo.
--Eso ya está hecho. Don Francisco de Quevedo va camino de Segovia, y
don Juan está preso en la torre de los Lujanes.
--En cuanto al bufón y al cocinero, dejadme obrar.
--Bien, muy bien. Pero aún tenemos algo que decir. ¿Y esa mujer?
--¿Doña Ana de Acuña?
--Sí, ¿os interesa esa mujer?
--Yo no he dicho eso.
--Esa mujer, tenedlo entendido, no es mi querida; pensaba que lo fuese
por cálculo; pero os la cedo.
--Yo no he dicho...
--Pues bien, padre y señor, no disputemos acerca de esto. Vine á
interrumpiros, y os dejo de nuevo libre. Estaba aquí con vos esa hermosa
señora, y justo es que con vos la deje.
El duque de Uceda salió por la puerta por donde antes había salido doña
Ana, y volvió con ella de la mano.
--Mañana nos veremos en palacio, padre y señor--dijo el duque de
Uceda--. Hasta mañana.
Y salió por la misma puerta por donde había aparecido.
Quedaron de nuevo solos el secretario de Estado universal del rey y la
cortesana.
El escándalo había crecido. La escena tenida por el duque con su hija la
condesa de Lemos aquella mañana, era nada, una cosa inocente y casi
digna, comparada con la que acababa de tener con su hijo el duque de
Uceda.
Lerma no sabía ya dónde se encontraba.
Era un buque sin timón, sin velas, sin jarcias, entregado á merced del
mar é impulsado por todos los vientos.
El duque no veía.
Sin embargo, veía delante de sí á doña Ana, pálida, llorosa, aterrada.
El duque necesitaba decirla algo.
Vaciló algún tiempo, y al fin la dijo:
--No soy el rey, pero soy sobre poco más ó menos lo mismo que el rey;
¿queréis servirme?
--Sí--dijo doña Ana--; vuestra soy en cuerpo y en alma si me salváis y
me vengáis.
--¡Vengaros! ¿y de quién?
--Del duque de Uceda. Aún siento su mano sobre mi rostro; aún abrasa mi
mejilla. El que ha sido villano con una mujer, debía ser infame con su
padre. De ese hombre quiero que me venguéis.
--Pues bien, ayudadme.
--Os ayudaré; pero para que os ayude es necesario que me salvéis.
--Sí, sí, os salvaré.
--Pero de un peligro inmediato.
--¿Cuál?
--¿No os dije que el tío Manolillo había matado á puñaladas al sargento
mayor...?
--Sí.
--Pues bien; el cadáver de ese hombre está aquí: está en mi casa.
--¡En vuestra casa!--exclamó aterrado el duque.
En aquel momento se oyeron grandes golpes en la puerta de la casa y una
voz terrible, la voz del licenciado Sarmiento, que dijo desde la calle:
--¡Abrid á la justicia del rey!
Quedóse el duque perplejo por un instante, pero luego dijo:
--Mandad á vuestros criados que abran, señora.
--¡Criados! ¡no los tengo! ¡si los he despedido para que no se
enterasen!
--¡Abrid á la justicia del rey!--repitió el alcalde golpeando con furia
la puerta.
--Id, id á abrir, señora--dijo el duque.
--¡Yo! ¡sola!
--Sí; sí, decís bien: iremos los dos.
Y doña Ana y el duque bajaron á abrir á la justicia.
CAPÍTULO LXVII
DE CÓMO EL LICENCIADO SARMIENTO HIZO BUENO UNA VEZ MÁS AL PROVERBIO QUE
DICE: QUE NO ES TAN FIERO EL LEÓN COMO LE PINTAN, Y DE CÓMO TODAS LAS
PULGAS SE VAN AL PERRO FLACO.
Apenas el duque de Uceda había salido de casa de doña Ana y aventurádose
en la calle de Amaniel, que estaba obscura como boca de lobo,
sirviéndole de guía entre las tinieblas su linterna, cuando se sintió
fuertemente sujeto por detrás y oyó una voz áspera que le dijo:
--¡Sois preso por el rey!
--¡Preso yo! ¿y por quién?
--Por quien puede y debe.
--¿Sabéis que soy grande de España?
--¡Ah! ¿vuecencia es grande de España?
--¡El duque de Uceda!
--¡Ah! ¡ah! ¡una linterna! ¡una linterna pronto!--exclamó la misma voz,
que no era otra que la del licenciado Sarmiento.
Hizo luz uno de los alguaciles, es decir, abrió su linterna que entregó
al alcalde, y éste vió con la luz de la linterna el rostro al duque de
Uceda.
--¡Ah! ¡perdonad! ¡perdonad! excelentísimo señor; ha sido una
equivocación--dijo Sarmiento todo trémulo, porque su vara se rompía al
tocar á personas tan encumbradas, como una caña, fuerte para matar un
ratón, pero extremadamente inútil para un león--. Perdone vuecencia, nos
hemos equivocado; creímos que vuecencia salía de una casa donde
perseguimos un delito; vuecencia perdone otra vez y no se enoje, que la
noche y las tinieblas me disculpan.
--Venid, venid acá á un lado, alcalde--dijo el duque de Uceda.
El alcalde se apartó con él todo cuidadoso.
--Es necesario--dijo el duque--que nadie sepa que me habéis encontrado
por estos sitios.
--Descuide vuecencia, que nadie lo sabrá--dijo todo humilde y
reverencioso el alcalde.
--Y para que esto no se os vaya de la memoria, tomad.
Y dió al alcalde una sortija.
--¡Ah, excelentísimo señor!--exclamó el alcalde inclinándose hasta el
suelo y apreciando al mismo tiempo, por el tacto, que la sortija tenía
una gruesa piedra.
--Si alguien tiene noticia de que me habéis encontrado, os pesará.
--Descuide, descuide vuecencia, que no lo sabrá nadie.
--Quedad, alcalde, con Dios.
--Dios vaya con vuecencia.
El duque se alejó y el alcalde permaneció por algunos segundos inmóvil.
Después dijo con la voz no tan tonante como otras veces:
--¡Hola! ¡á mí!
Rodeáronle inmediatamente todos los alguaciles.
--El que no quiera ir á galeras--dijo el alcalde--que calle mucho.
--¿Y qué hemos de callar, señor alcalde?--dijo el más audaz de los
alguaciles.
--Que hemos encontrado á ese caballero.
--Callaremos--dijeron todos.
--Ahora, hijos, yo creo que nos hemos equivocado; que ese caballero no
ha salido de la casa que creímos.
--Sí; sí, señor; nos hemos equivocado.
--Pues bien: como ya hemos esperado harto, y tenemos que evacuar más
diligencias en esa casa, venid conmigo.
Entonces fué cuando el alcalde se acercó á la puerta y llamó.
Al tercer llamamiento se abrió la puerta.
Lo primero que vió el alcalde fué delante de sí un hombre embozado; pero
con tal capa y tal pluma y tal cintillo en la gorra, que le entró miedo.
--¿Tendremos otro grande de España?--dijo.
--Entrad solo, señor alcalde--dijo gravemente el duque de Lerma.
El licenciado Sarmiento entró.
--¿Sois alcalde de casa y corte, según creo?--dijo el duque.
--Sí; sí, señor.
--¿Os vendría bien ir de oidor á las Indias?
--¡Oh! ¡excelentísimo señor!
--No os equivocáis; soy... el duque de Lerma.
--¡Ah!--exclamó el alcalde--; perdonad, señor, pero me habían dicho que
en esta casa se había cometido un asesinato á instigación de...
--¿De quién?
--¿Me exige vuecencia que rompa el sigilo del proceso?
--Os lo mando.
--Pues bien: el acusado es Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor
del rey, por instigación de don Francisco de Quevedo y Villegas y de don
Juan Téllez Girón.
--Pero eso no es verdad--dijo doña Ana que estaba detrás del duque.
--Callad, señora, callad--dijo Lerma--. ¿Conque el acusado de ese
asesinato es el cocinero de su majestad?
--Sí, señor.
--¿Y sus cómplices Quevedo y Girón?
--Sí, señor.
--Venid--dijo el duque de Lerma después de haber meditado un tanto.
El alcalde siguió al duque.
--Decid, señora--dijo Lerma á doña Ana--, ¿dónde está el difunto?
Doña Ana se estremeció.
--Nada temáis--dijo el duque--; voy á salvaros.
--El sargento mayor--dijo doña Ana--está en un patinillo, junto al
postigo que da á la calle de San Bernardino.
--Guiad, pues, señora; alcalde, venid.
Siguieron los tres adelante, atravesaron algunas habitaciones, y al fin
doña Ana se detuvo en un patinillo lóbrego.
Llovía con abundancia, y empapado por la lluvia, estaba en el centro del
patinillo el cadáver del sargento mayor.
Doña Ana le señaló con terror.
--¿Veníais en busca de ese cadáver?--dijo el duque.
--Sí; sí, señor--contestó el alcalde.
--Pues es necesario que le encontréis, pero que no sea aquí.
--¡Cómo, señor!
--Vais á sacar este cadáver por el postigo á la calle.
--¡Señor!
--Sé que os pido mucho; ¿pero sabéis lo que yo puedo hacer por vos?
--¡Oh, excelentísimo señor! ¿Pero cómo he de hacerlo?
--Quitad esas luces de en medio--dijo el duque.
Doña Ana tomó la linterna del alcalde, y con la suya las puso en una
habitación inmediata.
El patinillo quedó á obscuras.
Cuando volvió doña Ana, el duque la dijo:
--Abrid el postigo, señora.
--Pero abridle silenciosamente--dijo el alcalde.
Doña Ana abrió en silencio el postigo.
--Ahora, alcalde, sacad ese cadáver á la calle.
El alcalde, con la esperanza de merecer por el favor del duque de Lerma,
hizo, como vulgarmente se dice, de tripas corazón, asió á tientas el
cadáver por los pies, le arrastró hacia el postigo y le sacó fuera.
Luego entró.
--¿Habéis concluído ya?--dijo el duque.
--Sí, excelentísimo señor.
[imagen: ...le arrastró hacia el postigo y le sacó fuera.]
--Cerrad el postigo, señora, y después traed las luces.
Poco después volvía con las linternas, y el duque y el alcalde
examinaban el patinillo.
--No queda rastro de sangre--dijo el duque--; la lluvia la ha lavado.
--Pero queda la mancha en la alfombra de la habitación, donde sin culpa
mía, y sin poderlo yo evitar, ese hombre fué herido, y los rastros en
los lugares por donde ha pasado hasta aquí.
--Pues bien; quemad esa alfombra y lavad esos rastros, señora; algo
habéis de hacer por vuestra parte. Ahora bien, alcalde; vais á salir de
esta casa. En ella no habéis encontrado nada. En premio de vuestros
servicios, miráos ya presidente de los oidores de la real audiencia de
Méjico, con tres mil ducados para costas de viaje.
--¡Ah! ¡señor! ¡excelentísimo señor!
--No es esto todo lo que tenéis que hacer.
--Mande vuecencia.
--Cuando salgáis de aquí, iréis con vuestra ronda á la calle de San
Bernardino, á donde da ese postigo. Dentro de poco, el cocinero mayor de
su majestad saldrá por ese postigo. Prendedle junto al muerto, y hacedle
cargo del delito.
--Muy bien, señor.
--Vamos, señora, guiad á la puerta principal.
Cuando estuvieron en el zaguán, el duque se embozó, se cubrió, y abrió
la puerta.
El alcalde salió.
La puerta volvió á cerrarse.
Los alguaciles no habían visto más que el hombre encubierto que había
franqueado por dos veces la puerta; una para que el alcalde entrase,
otra para que saliese.
--He registrado toda la casa, hijos--decía el alcalde á los
alguaciles--y no he encontrado nada de lo que buscaba; es una nobilísima
familia, á quien conozco, y que me merece la mayor confianza. Vámonos,
pues, pero ya que estamos de faena, rondemos un poco por estos barrios,
que no son muy seguros.
Y tiró adelante á la cabeza de la ronda, diciendo para su embozo:
--Si esa dama no fuera tan maravillosamente hermosa, nadie la hubiera
librado de la horca; es verdad que sin la hermosura de esa dama, no
sería yo presidente de la real audiencia de Méjico. Adelante, adelante,
pues, y acabemos con lo que nos ha dado que hacer esta noche, para mí
tan venturosa.
Y diciendo esto, dobló con ansia la esquina de la calle de San
Bernardino, donde él mismo había puesto el cadáver del sargento mayor.
CAPÍTULO LXVIII
DE CÓMO SE AGRAVÓ LA DEMENCIA DEL COCINERO MAYOR, Y ACABÓ POR CREERSE
ASESINO DEL SARGENTO MAYOR.
Apenas salió el duque de Lerma por la puerta principal, cuando doña Ana,
aterrada aún, se fué á buscar al cocinero mayor, que se había quedado
dentro de la casa.
Encontróle más allá de su dormitorio, en un pasadizo, rebujado en el
capotillo, temblando de miedo y de frío, y murmurando entre dientes
palabras ininteligibles.
--¡Oh! ¡oh! ¿quién es?--dijo retirándose de una manera nerviosa al ver á
doña Ana.
--Nada temáis, señor Montiño--dijo doña Ana--; soy yo, que de orden del
duque de Lerma, voy á echaros fuera para que os vayáis á descansar.
--¡A descansar! ¡á descansar! ¿Conque sabéis al fin que es el duque de
Lerma? ¿Conque os habéis arreglado? Todos se arreglan menos yo.
--Vamos, amigo mío, que es ya tarde.
--¡Que es ya tarde!--dijo Montiño siguiendo á doña Ana que se encaminaba
á unas escaleras--; decídmelo á mi, que he estado dos horas arrinconado
en el pasadizo, y temblando, más encogido que un orejón.
--Por lo mismo, es conveniente y justo que os volváis á vuestra casa.
--¡A mi casa! ¡á mi casa! ¿Y dónde está mi casa?
Habían bajado las escaleras y se encontraban en el patinillo.
Doña Ana llegó al postigo y le abrió.
--Id con Dios, señor Montiño--dijo.
--Quedad con Dios, señora--dijo el cocinero rebujándose--; pero esperad
un momento... Como veréis á su excelencia... cuando nada importante
tengáis que hablar, recordadle la situación en que me hallo; ya lo sabe
su excelencia; decidle que estoy muy necesitado de amparo.
--Sí, sí, se lo diré--contestó doña Ana con suma impaciencia.
--Perdonad, perdonad, señora--dijo Montiño, notando el disgusto de doña
Ana--; los desventurados creemos que nadie tiene que hacer más que
pensar en ellos. Adiós, señora, adiós... y recibid mil plácemes por
vuestra buena fortuna.
--Adiós, señor Francisco, adiós.
El cocinero salió y doña Ana cerró con precipitación el postigo.
--Pues señor--dijo el cocinero mayor, rebujándose de nuevo en su
capotillo--, sigue lloviendo, y la noche no es más clara que un tizón;
¿y á donde voy yo ahora? El alcázar estará cerrado á piedra y lodo; y
aunque no lo estuviera... por nada del mundo voy yo á mi casa á
despedazarme el alma con aquel doloroso espectáculo; ¡mi dinero!, ¡mi
mujer!, ¡mi hija! Vamos, me voy á casa del señor Gabriel Cornejo; no es
muy buena casa, pero mejor estaré allí que en la calle, y sin
linterna... y con esta noche... pues señor, por lo que pueda suceder
desnudemos la daga y vamos de prisa para llegar cuanto antes.
Y el cocinero arrancó.
Pero á los pocos pasos tropezó y cayó.
Al caer sintió bajo de si un cuerpo humano.
Una de sus manos se apoyaba en su semblante.
Aquel semblante estaba frío y rígido.
--¡Dios mío! ¡Poderoso señor! ¡un difunto!--exclamó todo erizado el
cocinero mayor.
Y para acabar de probar un terror, como después de él no ha probado
ninguno, se oyeron algunas voces cercanas que dijeron:
--¡Téngase á la justicia!
--¡La justicia! ¡y sobre un muerto yo!--exclamó el mismo Montiño--; ¡el
infierno llueve sobre mí desventuras!
A este tiempo le habían asido dos alguaciles, y el licenciado Sarmiento
inundaba con la luz de su linterna el semblante de Montiño, que estaba
lívido, descompuesto, desencajado; el triste temblaba, gemía, no podía
tenerse de pie, y si no se caía era por los dos alguaciles.
--¡Me van á matar!--dijo con el acento de angustia más épico, más
terrible que ha oído nunca un alcalde de casa y corte.
--¿Pues qué queréis que hagamos con vos, señor asesino, á quien
encontramos cebándoos en vuestra víctima y con el homicida arma aún en
la mano?
--¡La daga que había desnudado para defenderme y que me pierde!--exclamó
el desdichado.
--Amarradle y con él á la cárcel--dijo el bribón del licenciado
Sarmiento.
Los alguaciles sacaron cuerdas de sus gregüescos y ataron codo con codo
á Montiño.
--¿Pero qué vais á hacer conmigo?--exclamaba el infeliz llorando.
--Brinco más ó menos, bailarás, hijo, y bailarás en el aire--dijo un
alguacil.
--¡Que bailaré! ¡Para bailar estoy yo! Yo no quiero bailar--dijo
Montiño.
--Que quieras que no quieras, á la fuerza ahorcan--repuso otro de los
alguaciles.
--¡Ahorcan! ¡Que me ahorcarán! ¡Conque después de haber sido robado en
cuerpo y alma, he de ser ahorcado!